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Un cuento
es una imagen que razona.
Gaston Bachelard
Tomando como base el ensayo del escritor
argentino Julio Cortázar “Algunos aspectos del cuento”
(originalmente publicado en Diez años de la revista “Casa de las
Américas”, nº 60, julio 1970, La Habana) y cotejando éste con
otros textos de otros autores, vamos a trazar aquí unas líneas
generales que nos sirvan de acercamiento reflexivo hacia el debate
que nos ocupa: ¿Qué diferencia al cuento de la novela?
Desde la aparición de las narraciones
extraordinarias de Edgar Allan Poe y los relatos de Kafka, pasando
por el impulso dado por el boom latinoamericano, hemos llegado a un
punto en que el interés por el cuento no ha dejado de subir. En 1970
Julio Cortázar afirmaba que “casi todos los países americanos de
lengua española le están dando al cuento una importancia excepcional
que jamás había tenido en otros países latinos como Francia o
España” (Cortázar, 1970). En aquel momento Cortázar ignoraba aún de
qué manera Europa recogería su herencia y la de muchos escritores
americanos. Hoy en día, y no sólo en España, cada vez hay más
jóvenes que se interesan por este género y lo practican, cada vez
hay más talleres de escritura orientados al relato, más reuniones
literarias cuyo centro de creación común es el mismo, más y más
concursos de cuento. La novela no se ha visto afectada por esta
abrupta fiebre de popularidad del cuento, de manera que ambos
géneros narrativos conviven en el plano creativo. Es en otro plano,
el de las ediciones y las ventas, donde al cuento todavía le queda
mucho por conquistar; de momento, tal y como explica Félix J. Palma
(Lanzas, 2002) el lector de relatos vendría a ser una “rara avis”
perteneciente a una minoría suficientemente educada para disfrutar
de ellos y que además no deja dinero a la industria editorial.
Quizás sea un poco aventurado decir esto, pues, como apunta Roland
Barthes, “innumerables son los relatos del mundo”, pero, dado que
existen diferentes tipos de cuentos para todo tipo de lector, esto
no parece ser el problema. Se acercaría más Fernando Iwasaki,
periodista y director de la revista Renacimiento, que aporta
una reflexión clave: “lo que no hay es un marketing del cuento. ¿O
es que de verdad la gente quiere leer las biografías de Arzallus,
Pitita Ridruejo y el juez Garzón?”. (Ibíd.)
A colación de esta reflexión de Iwasaki,
uno podría seguir reflexionando de manera que el problema seguiría
ampliándose y unificándose simultáneamente hasta llegar a
plantearnos la propia base de la sociedad de consumo, incluso de la
democracia. No es este el tema que nos ocupa ahora.
Julio Cortázar hizo una propuesta a la hora
de diferenciar el cuento de la novela. En “Algunos aspectos del
cuento”, trató de definir el éste comparándolo con la novela y ambos
a su vez en analogía con la fotografía y las películas de cine
respectivamente. Estas declaraciones del escritor argentino son muy
interesantes, y también es muy fácil cometer con ellas ciertas
injusticias al sacarlas de contexto. Es necesario realizar un
análisis riguroso diciendo en qué aspectos del cuento, la novela, la
fotografía y el cine se fija Cortázar para compararlos. En primer
lugar, la limitación física:
La novela y el cuento se dejan comparar
analógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que
una película es en principio un “orden abierto”, novelesco,
mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida
limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que
abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza
estéticamente esa limitación. (Cortázar, 1970; el subrayado es
mío)
Vemos que, según Cortázar, el cuento y la
fotografía parten de la premisa de la limitación, y de la
utilización estética de esa limitación. No se compara la clase, sino
el hecho de la limitación. Es cierto que, por ejemplo, el
cortometraje, que también parte de estas premisas limitativas, se
ajustaría más a lo que es el cuento, pero por lo general el
cortometraje suele ser una película de bajo presupuesto, con pocos
medios; ¿cuántos directores de cine consagrados han dedicado su
creatividad a este subgénero? En cambio, ejemplos como los de
Cortázar, Borges y muchos otros, nos muestran la evidencia de que el
cuento es un género válido en sí mismo, y no un campo de pruebas
para futuros novelistas, al igual que los buenos fotógrafos no
suelen dedicarse a otras artes. Quizás otros géneros de las artes
visuales se acerquen más al cuento; el video-art, por ejemplo. En
cualquier caso la fotografía parece estar lo suficientemente cerca
como para dar por buena la comparación. No ocurre así con la novela.
Ambrose Bierce, escritor norteamericano de relatos fantásticos que
vivió entre 1842 y 1913, hace de la novela1
una mordaz apreciación. En su
Diccionario del Diablo la define
como
Cuento inflado. Especie de composición
que guarda con la literatura la misma relación que el panorama
guarda con el arte. Como es demasiado larga para leer de un tirón,
las impresiones producidas por sus partes sucesivas son
sucesivamente borradas, como en un panorama. La unidad, la
totalidad del efecto, es imposible porque aparte de las escasas
páginas que se leen al final, todo lo que queda en la mente es el
simple argumento de lo ocurrido antes. (Bierce, 1906)
Esto no es lo que ocurre con un
largometraje, aunque Cortázar no se refiere expresamente al
largometraje sino al cine en general. La comparación también es
buena, pues se refiere simplemente al “orden abierto” de novela y
cine, aunque quizás hubiera sido más acertado por su parte
especificar el carácter intermitente de acercamiento a la primera y
tal vez a partir de ahí hacer alguna propuesta concreta en el ámbito
cinematográfico: sagas, las series de televisión, telenovelas, etc.
Una vez tratado el problema de la
limitación, veamos qué ocurre con lo que Cortázar denomina “el lado
de allá”. Como se ha dicho antes, fotógrafo y cuentista recortan un
fragmento de la realidad, pero lo hacen
de manera tal que ese recorte actúe como
una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia
[...] proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va
mucho más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la
foto o en el cuento (Cortázar, 1970)
Esa apertura es necesaria para llegar al
“clímax” al que la novela puede llegar por acumulación de elementos
parciales. Vemos que, según Cortázar, el efecto imprescindible del
buen cuento es casi el mismo que el de los buenos poemas. De hecho,
el propio autor argentino dice:
[el cuento], ese género de tan difícil
definición [...], en última instancia tan secreto y replegado en
sí mismo, caracol del lenguaje, hermano misterioso de la poesía en
otra dimensión del tiempo literario (Ibíd.)
Y no es el único que se refirió al carácter
cercano a la poesía del cuento. William Faulkner afirmó que
todo novelista quiere escribir poesía,
descubre que no puede y a continuación intenta el cuento, y al
volver a fracasar, y sólo entonces, se pone a escribir novelas.
Es curiosa esta declaración, sobretodo
viniendo de un premio Nobel de Literatura autor de novelas de gran
valor. Basta la lectura aislada de un fragmento, incluso un capítulo
de muchas grandes novelas o cuentos para darnos cuenta de que la
poesía no es patrimonio exclusivo del verso. El mismo Cortázar, en
el capítulo siete de Rayuela, hace gala de la poeticidad de su
prosa:
Toco tu boca, con un dedo toco el borde
de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si
por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los
ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la
boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara,
una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí
para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no
busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por
debajo de la que mi mano te dibuja.[…] (Cortázar, 1963)
Joan Rendé también sitúa al cuento a medio
camino entre la poesía y la novela. Dice lo siguiente:
Si aceptáramos la aseveración de Ernesto
Sábato que dice 'la prosa es lo diurno y la poesía la noche: se
alimenta de nuestros símbolos, es el lenguaje de las tinieblas y
de los abismos', si estuviéramos de acuerdo con esta definición,
entonces tendríamos que situar el cuento en el preciso centro del
atardecer, con toda su belleza efímera y vacilante, pero con toda
rotundidad de conclusiones luminosas, atmosféricas y
sentimentales.
Es, desde luego, arduo hablar de géneros,
tratar de establecer esas líneas serpenteantes entre poesías,
cuentos y novelas. Lo que les une, lo que tienen en común todas
ellas -y nadie lo negará- son las palabras, esos iconos inventados
para plasmar el pensamiento y el sentimiento: la memoria de los
seres humanos. Detrás de ellas -unas veces por el propio valor,
acierto o combinación y otras veces también por omisión- siempre hay
algo más: por lo menos, esa parte de pensamiento o de sentimiento
que no pudo plasmar totalmente la palabra. Al igual que el que
escribe sus memorias nunca podrá reflejar todo lo vivido, con cada
palabra en particular pasa lo mismo: siempre hay algo que se escapa.
Las palabras se unen tratando de establecer un corpus que se acerque
lo más posible al pensamiento, al sentimiento. Nace la literatura y
con ella la materialización del misterio. La vida se mira en un
espejo de pergamino; no se reconoce y se extraña, sin saber por qué
se extraña pero se queda frente a él y se busca. Es lo que hay
detrás de los buenos poemas, cuentos o novelas; aquello que, al
apartar la vista del libro o de la pantalla, nos hace fijar la vista
en el infinito.
Quizás lo apasionante del cuento es que
todos y todas contamos historias, cada día, a nuestros amigos, a
nuestros compañeros, a todo el mundo; pasamos la vida contando
cuentos. Algunos escriben esas historias con maestría y nos hacen
partícipes de la parte más profunda del ser acercándonos a ese
patrimonio universal y misterioso que provoca una inevitable
reverencia ante los libros.
FIN |