|
Héteme aquí ante estas blancas páginas
-blancas como el negro porvenir: ¡terrible blancura!- buscando
retener el tiempo que pasa, fijar el huidero hoy, eternizarme o
inmortalizarme en fin, bien que eternidad e inmortalidad no sean una
sola y misma cosa. Héteme aquí ante estas páginas blancas, mi
porvenir, tratando de derramar mi vida a fin de continuar viviendo,
de darme la vida, de arrancarme a la muerte de cada instante. Trato,
a la vez, de consolarme de mi destierro, del destierro de mi
eternidad, de este destierro al que quiero llamar mi des-cielo.
¡El destierro!, ¡la proscripción! y ¡qué de
experiencias íntimas, hasta religiosas, le debo! Fue entonces allí,
en aquella isla de Fuenteventura, a la que querré eternamente y
desde el fondo de mis entrañas, en aquel asilo de Dios, y después
aquí, en París, henchido y desbordante de historia humana,
universal, donde he escrito mis sonetos, que alguien ha comparado,
por el origen y la intención, a los Castigos escritos contra la
tiranía de Napoleón el Pequeño por Víctor Hugo en su isla de
Guernesey. Pero no me bastan, no estoy en ellos con todo mi yo del
destierro, me parecen demasiado poca cosa para eternizarme en el
presente fugitivo, en este espantoso presente histórico, ya que la
historia es la posibilidad de los espantos.
Recibo a poca gente; paso la mayor parte de
mis mañanas solo, en esta jaula cercana a la plaza de los Estados
Unidos. Después del almuerzo voy a la Rotonda de Montparnasse,
esquina del bulevar Raspail, donde tenemos una pequeña reunión de
españoles, jóvenes estudiantes la mayoría y comentamos las raras
noticias que nos llegan de España, de la nuestra y de la de los
otros, y recomenzamos cada día a repetir las mismas cosas,
levantando, como aquí se dice, castillos en Españas. A esa Rotonda
se le sigue llamando acá por algunos la de Trotski, pues parece que
allí acudía, cuando desterrado en París, ese caudillo ruso
bolchevique.
¡Qué horrible vivir en la expectativa,
imaginando cada día lo que puede ocurrir al siguiente! ¡Y lo que
puede no ocurrir! Me paso horas enteras, solo, tendido sobre el
lecho solitario de mi pequeño hotel -family house-,
contemplando el techo de mi cuarto y no el cielo y soñando en el
porvenir de España y en el mío. O deshaciéndolos. Y no me atrevo a
emprender trabajo alguno por no saber si podré acabarlo en paz. Como
no sé si este destierro durará todavía tres días, tres semanas, tres
meses o tres años -iba a añadir tres siglos- no emprendo nada que
pueda durar. Y, sin embargo, nada dura más que lo que se hace en el
momento y para el momento. ¿He de repetir mi expresión favorita la
eternización de la momentaneidad? Mi gusto innato -¡y tan español!-
de las antítesis y del conceptismo me arrastraría a hablar de la
momentaneización de la eternidad. ¡Clavar la rueda del tiempo!
(Hace ya dos años y cerca de medio más que
escribí en París estas líneas y hoy las repaso aquí, en Hendaya, a
la vista de mi España. ¡Dos años y medio más! Cuando cuitados
españoles que vienen a verme me preguntan refiriéndose a la tiranía:
"¿Cuánto durará esto?", les respondo: "lo que ustedes quieran".
Y si me dicen: "¡esto va a durar todavía
mucho, por las trazas!" yo: "¿cuánto? ¿cinco años más, veinte?,
supongamos que veinte; tengo sesenta y tres, con veinte más, ochenta
y tres; pienso vivir noventa; ¡por mucho que dure yo duraré más!" Y
en tanto a la vista tantálica de mi España vasca, viendo salir y
ponerse el sol por las montañas de mi tierra. Sale por ahí, ahora un
poco a la izquierda de la Peña de Aya, las Tres Coronas y desde
aquí, desde mi cuarto, contemplo en la falda sombrosa de esa montaña
la cola de caballo, la cascada de Uramildea. ¡Con qué ansia lleno a
la distancia mi vista con la frescura de ese torrente! En cuanto
pueda volver a España iré, Tántalo libertado, a chapuzarme en esas
aguas de consuelo.
Y veo ponerse el sol, ahora a principios de
junio, sobre la estribación del Jaizquibel, encima del fuerte de
Guadalupe, donde estuvo preso el pobre general don Dámaso Berenguer,
el de las incertidumbres. Y al pie del Jaizquibel me tienta a diario
la ciudad de Fuenterrabía -oleografía en la tapa de España- con las
ruinas cubiertas de yedra, del castillo del Emperador Carlos I, el
hijo de la Loca de Castilla y del Hermoso de Borgoña, el primer
Habsburgo de España, con quien nos entró -fue la Contra Reforma- la
tragedia en que aún vivimos. ¡Pobre príncipe Don Juan, el ex-futuro
Don Juan III, con quien se extinguió la posibilidad de una dinastía
española, castiza de verdad!
¡La Campana de Fuenterrabía! Cuando la oigo
se me remejen las entrañas. Y así, como en Fuenteventura y en París
me di a hacer sonetos, aquí en Hendaya, me ha dado, sobre todo, por
hacer romances. Y uno de ellos a la campana de Fuenterrabía, a
Fuenterrabía misma campana, que dice:
- Si no has de volverme a España,
- Dios de la única bondad,
- si no has de acostarme en ella,
- ¡hágase tu voluntad!
-
- Como en el cielo en la tierra
- En la montaña y la mar,
- Fuenterrabía
- soñada, tu campana oigo sonar.
-
- Es el llamado de Jaizquibel,
- -sobre él pasa el huracán entraña de mi
honda España,
- te siento en mi palpitar.
- Espejo del Bidasoa
-
- Que vas a perderte al mar
- ¡Qué de ensueños te me llevas!
- A Dios van a reposar.
- Campana Fuenterrabía,
- lengua de la eternidad,
- me traes la voz redentora
- de Dios, la única bondad.
-
- ¡Hazme, Señor, tu campana,
- campana de tu verdad,
- y la guerra de este siglo
- me dé en tierra eterna paz!
Volvamos al relato.
En estas circunstancias y en tal estado de
ánimo me dio la ocurrencia, hace ya algunos meses, después de haber
leído la terrible Piel de zapa, de Balzac, cuyo argumento conocía y
que devoré con angustia creciente, aquí en París y en el destierro,
de ponerme en una novela que vendría a ser una autobiografía. Pero
¿no son acaso autobiografías todas las novelas que se eternizan y
duran eternizando y haciendo durar a sus autores y a sus
antagonistas?
En estos días de mediados de julio de 1925
-ayer fue el 14 de julio- he leído las eternas cartas de amor que
aquel otro proscrito que fue José Mazzini escribió a Judit Sidoli.
Un proscrito italiano, Alcestes de Ambris, me las ha prestado; no
sabe bien el servicio que con ello me ha rendido. En una de esas
cartas, de octubre de 1834, Mazzini, respondiendo a su Judit que le
pedía que escribiese una novela, le decía: "Me es imposible
escribirla. Sabes muy bien que no podría separarme de ti y ponerme
en un cuadro sin que se revelara mi amor... Y desde el momento en
que pongo mi amor cerca de ti, la novela desaparece". Yo también he
puesto a mi Concha, a la madre de mis hijos, que es el símbolo vivo
de mi España, de mis ensueños y de mi porvenir, porque es en esos
hijos en quienes he de eternizarme, yo también la he puesto
expresamente en uno de mis últimos sonetos y tácitamente en todos. Y
me he puesto en ellos. Y además, los repito, ¿no son, en rigor,
todas las novelas que nacen vivas, autobiográficas y no es por esto
por lo que se eternizan? Y que no choque mi expresión de nacer
vivas, porque
a) se nace vivo,
b) se nace y se muere muerto,
c) se nace vivo para morir muerto y
d) se nace muerto para morir vivo.
Sí, toda novela, toda obra de ficción, todo
poema, cuando es vivo es autobiográfico. Todo ser de ficción, todo
personaje poético que crea un autor hace parte del autor mismo. Y si
éste pone en su poema un hombre de carne y hueso a quien ha
conocido, es después de haberlo hecho suyo, parte de sí mismo. Los
grandes historiadores son también autobiógrafos. Los tiranos que ha
descrito Tácito son él mismo. Por el amor y la admiración que les ha
consagrado -se admira y hasta se quiere aquello a que se execra y
que se combate... ¡Ah, cómo quiso Sarmiento al tirano Rosas!- se los
ha apropiado, se los ha hecho él mismo. Mentira la supuesta
impersonalidad u objetividad de Flaubert. Todos los personajes
poéticos de Flaubert son Flaubert y más que ningún otro Emma Bovary.
Hasta Mr. Homais, que es Flaubert, y si Flaubert se burla de Mr.
Homais es para burlarse de sí mismo, por compasión, es decir, por
amor de sí mismo. ¡Pobre Bouvard! ¡Pobre Pécuchet!
Todas las criaturas son su creador. Y jamás
se ha sentido Dios más creador, más padre, que cuando murió en
Cristo, cuando en Él, en su Hijo, gustó la muerte.
He dicho que nosotros, los autores, los
poetas, nos ponemos, nos creamos en todos los personajes poéticos
que creamos, hasta cuando hacemos historia, cuando poetizamos,
cuando creamos personas de que pensamos que existen en carne y hueso
fuera de nosotros. ¿Es que mi Alfonso XIII de Borbón y Habsburgo-Lorena,
mi Primo de Rivera, mi Martínez Anido, mi conde de Romanones, no son
otras tantas creaciones mías, partes de mí tan mías como mi Augusto
Pérez, mi Pachico Zabalbide, mi Alejandro Gómez y todas las demás
criaturas de mis novelas? Todos los que vivimos principalmente de la
lectura y en la lectura, no podemos separar de los personajes
poéticos o novelescos a los históricos. Don Quijote es para nosotros
tan real y efectivo como Cervantes, o más bien éste tanto como
aquél. Todo es para nosotros libro, lectura; podemos hablar del
Libro de la Historia, del Libro de la Naturaleza, del Libro del
Universo. Somos bíblicos. Y podemos decir que en el principio fue el
Libro. O la Historia. Porque la Historia comienza con el Libro y no
con la Palabra, y antes de la Historia, del Libro, no había
conciencia, no había espejo, no había nada. La prehistoria es la
inconciencia, es la nada.
(Dice el Génesis que Dios creó el Hombre a
su imagen y semejanza. Es decir, que le creó espejo para verse en
él, para conocerse, para crearse.)
Mazzini es hoy para mí como Don Quijote; ni
más ni menos. No existe menos que éste y por tanto no ha existido
menos que él.
¡Vivir en la historia y vivir la historia!
Y un modo de vivir la historia es contarla, crearla en libros. Tal
historiador, poeta por su manera de contar, de crear, de inventar un
suceso que los hombres creían que se había verificado objetivamente,
fuera de sus conciencias, es decir, en la nada, ha provocado otros
sucesos. Bien dicho está que ganar una batalla es hacer creer a los
propios y a los ajenos, a los amigos y a los enemigos, que se la ha
ganado. Hay una leyenda de la realidad que es la sustancia, la
íntima realidad de la realidad misma. La esencia de un individuo y
la de un pueblo es su historia, y la historia es lo que se llama la
filosofía de la historia, es la reflexión que cada individuo o cada
pueblo hacen de los que les sucede, de lo que se sucede en ellos.
Con sucesos, sucedidos, se constituyen hechos, ideas hecha carne.
Pero como lo que me propongo al presente es contar cómo se hace una
novela y no filosofar o historiar, no debo distraerme ya más y dejo
para otra ocasión el explicar la diferencia que va de suceso a
hecho, de lo que sucede y pasa a lo que se hace y queda.
Se ha dicho de Lenin que en agosto de 1917,
un poco antes de apoderarse del poder, dejó inacabado un folleto,
muy mal escrito, sobre la Revolución y el Estado, porque creyó más
útil y más oportuno experimentar la revolución que escribir sobre
ella. Pero ¿es qué escribir de la revolución no es también hacer
experiencias con ella? ¿Es que Carlos Marx no ha hecho la revolución
rusa tanto si es que no más que Lenin? ¿Es que Rousseau no ha hecho
la Revolución Francesa tanto como Mirabeau, Danton y Compañía? Son
cosas que se han dicho miles de veces, pero hay que repetirlas otras
millares para que continúen viviendo, ya que la conservación del
universo es, según los teólogos, una creación continua.
("Cuando Lenin resuelve un gran problema"
-ha dicho Radek- "no piensa en abstractas categorías históricas, no
cavila sobre la renta de la tierra o la plusvalía ni sobre el
absolutismo o el liberalismo; piensa en los hombres vivos, en el
aldeano Ssidor de Twer, en el obrero de las fábricas Putiloff o en
el policía de la calle, y procura representarse cómo las decisiones
que te tomen obrarán sobre el aldeano Ssidor o sobre el obrero
Onufri". Lo
que no quiere decir otra cosa sino que
Lenin ha sido un historiador, un novelista, un poeta y no un
sociólogo o un ideólogo, un estadista y no un mero político.)
Vivir en la historia y vivir la historia,
hacerme en la historia, en mi España, y hacer mi historia, mi
España, y con ella mi universo, y mi eternidad, tal ha sido y sigue
siempre siendo la trágica cuita de mi destierro. La historia es
leyenda, ya lo consabemos -es consabido-, y esta leyenda, esta
historia me devora y cuando ella acabe me acabaré yo con ella. Lo
que es una tragedia más terrible que aquella de aquel trágico
Valentín de La piel de zapa. Y no sólo mi tragedia, sino la de todos
los que viven en la historia, por ella y de ella, la de todos los
ciudadanos, es decir, de todos los hombres -animales políticos o
civiles, que diría Aristóteles-, la de todos los que escribimos, la
de todos los que leemos, la de todos los que lean esto. Y aquí
estalla la universalidad, la omnipersonalidad y la todopersonalidad
-omnis no es totus- no la impersonalidad de este relato. Que no el
ejemplo de ego-ismo sino de nos-ismo.
¡Mi leyenda!, ¡mi novela! Es decir, la
leyenda, la novela de mí, Miguel de Unamuno, al que llamamos así,
hemos hecho conjuntamente los otros y yo, mis amigos y mis enemigos,
y mi yo amigo y mi yo enemigo. Y he aquí por qué no puedo mirarme un
rato al espejo, porque al punto se me van los ojos tras de mis ojos,
tras su retrato, y desde que miro a mi mirada me siento vaciarme de
mí mismo, perder mi historia, mi leyenda, mi novela, volver a la
inconciencia, al pasado, a la nada. ¡Cómo si el porvenir no fuese
también nada! Y, sin embargo, el porvenir es nuestro todo.
¡Mi novela!, ¡mi leyenda! El Unamuno de mi
leyenda, de mi novela, el que hemos hechos juntos mi yo amigo y mi
yo enemigo y los demás, mis amigos y mis enemigos, este Unamuno me
da vida y muerte, me crea y me destruye, me sostiene y me ahoga. Es
mi agonía. ¿Seré como me creo o como se me cree? Y he aquí cómo
estas líneas se convierten en una confesión ante mi yo desconocido e
inconocible; desconocido e inconocible para mí mismo. He aquí que
hago la leyenda en que he de enterrarme. Pero voy al caso de mi
novela.
Porque había imaginado, hace ya unos meses,
hacer una novela en la que quería poner la más íntima experiencia de
mi destierro, crearme, eternizarme bajo los rasgos de desterrado y
de proscrito. Y ahora pienso que la mejor manera de hacer esa novela
es contar cómo hay que hacerla. Es la novela de la novela, la
creación de la creación. O Dios de Dios, Deus de Deo.
Habría que inventar, primero, un personaje
central que sería, naturalmente, yo mismo. Y a ese personaje se
empezaría por darle un nombre. Le llamaría U. Jugo de la Raza; U, es
la inicial de mi apellido; Jugo el primero de mi abuelo materno y el
del viejo caserío de Galdácano, en Vizcaya, de donde procedía;
Lazarra es el nombre, vasco también -como Larra, Larrea, Larrazábal,
Larramendi, Larraburu, Larraga, Larraeta... y tantos más- de mi
abuela paterna. Lo escribo la Raza para hacer un juego de palabras
-gusto conceptista- aunque Larraza signifique pasto. Y Jugo no sé
bien qué, pero no lo que en español jugo.
U. Jugo de la Raza se aburre de una manera
soberana -y, ¡qué aburrimiento el de un soberano!- porque no vive ya
más que sí mismo, en el pobre yo de bajo la historia, en el hombre
triste que no se ha hecho novela. Y por eso le gustan las novelas.
Le gustan y las busca para vivir en otro, para ser otro, para
eternizarse en otro. Es por lo menos lo que él cree, pero en
realidad busca las novelas a fin de descubrirse, a fin de vivir en
sí, de ser él mismo. O más bien a fin de escapar de su yo
desconocido e inconocible hasta para sí mismo.
U. Jugo de la Raza, errando por las orillas
del Sena, a lo largo de los muelles, entre los puestos de librería
de viejo, da con una novela que apenas ha comenzado a leerla antes
de comprarla, le gana enormemente, le saca de sí, le introduce en el
personaje de la novela -la novela de una confesión
autobiográfico-romántica-, le identifica con aquel otro, le da una
historia, en fin. El mundo grosero de la realidad del siglo
desaparece a sus ojos. Cuando por un instante, separándolos de las
páginas del libro, los fija en las aguas del Sena, paréceles que
esas aguas no corren, que son las de un espejo inmóvil y aparta de
ellas sus ojos horrorizados y los vuelve a las páginas del libro, de
la novela, para encontrarse en ellas, para en ellas vivir. Y he aquí
que da con un pasaje eterno, en que lee estas palabras proféticas:
"Cuando el lector llegue al fin de esta dolorosa historia se morirá
conmigo".
Entonces, Jugo de la Raza sintió que las
letras del libro se le borraban de ante los ojos, como si se
aniquilaran en las aguas del Sena, como si él mismo se aniquilara;
sintió ardor en la nuca y frío en todo el cuerpo, le temblaron las
piernas y apreciósele en el espíritu el espectro de la angina de
pecho de que había estado obsesionado años antes. El libro le tembló
en las manos, tuvo que apoyarse en el cajón del muelle y al cabo,
dejando el volumen en el sitio de dónde o tomó, se alejó, a lo largo
del río, hacia su casa. Había sentido sobre su frente el soplo del
aletazo del Angel de la Muerte. Llegó a casa, a la casa de pasaje,
tendióse sobre la cama, se desvaneció, creyó morir y sufrió la más
íntima congoja.
"No, no tocaré más a ese libro, no leeré en
él, no lo compraré para terminarlo -se decía-. Sería mi muerte. Es
una tontería, lo sé, fue un capricho macabro del autor el meter allí
aquellas palabras, pero estuvieron a punto de matarme. Es más fuerte
que yo. Y cuando para volver acá he atravesado el puente de Alma
-¡el puente del alma!- he sentido ganas de arrojarme al Sena, al
espejo. He tenido que agarrarme al parapeto. Y me he acordado de
otras tentaciones parecidas, ahora ya viejas, y de aquella fantasía
del suicida de nacimiento que imaginé que vivió cerca de ochenta
años queriendo siempre suicidarse y matándose por el pensamiento día
a día. ¿Es esto vida? No; no leeré más de ese libro... ni de ningún
otro; no me pasearé por las orillas del Sena donde se venden
libros."
Pero el pobre Jugo de la Raza no podía
vivir sin el libro, sin aquel libro; su vida, su existencia íntima,
su realidad, su verdadera realidad estaba ya definitiva e
irrevocablemente unida a la del personaje de la novela. Si
continuaba leyéndolo, viviéndolo, corría riesgo de morirse cuando se
muriese el personaje novelesco; pero si no lo leía ya, si no vivía
ya más el libro, ¿viviría? Y tras esto volvió a pasearse por las
orillas del Sena, pasó una vez más ante el mismo puesto de libros,
lanzó una mirada de inmenso amor y de horror inmenso al volumen
fatídico, después contempló las aguas del Sena y... ¡venció! ¿O fue
vencido? Pasó sin abrir el libro y diciéndose: "¿Cómo seguirá esa
historia?, ¿cómo acabará?" Pero estaba convencido de que un día no
sabría resistir y de que le sería menester tomar el libro y
proseguir la lectura aunque tuviese que morirse al acabarla.
Así es como se desarrollaría la novela de
mi Jugo de la Raza, mi novela de Jugo de la Raza. Y entre tanto yo,
Miguel de Unamuno, novelesco también, apenas si escribía, apenas si
obraba por miedo a ser devorado por mis actos. De tiempo en tiempo
escribía cartas políticas contra Don Alfonso XIII, pero estas cartas
que hacían historia en mi España, me devoraban. Y allá en mi España,
mis amigos y mis enemigos decían que no soy un político, que no
tengo temperamento de tal, y menos todavía de revolucionario, que
debería consagrarme a escribir poemas y novelas y dejarme de
políticas. ¡Cómo si hacer política fuese otra cosa que escribir
poemas y como si escribir poemas no fuese otra manera de hacer
política!
Pero lo más terrible es que no escribía
gran cosa, que me hundía en una congojosa inacción de expectativa,
pensando en lo que haría o diría o escribiría si sucediera esto o lo
otro, soñando el porvenir, lo que equivale, lo tengo dicho, a
deshacerlo. Y leía los libros que me caían al azar en las manos, sin
plan ni concierto, para satisfacer ese terrible vicio de la lectura,
el vicio impune de que habla Valéry Larbaud. Impune. ¡Vamos! ¡Y qué
sabroso castigo! El vicio de la lectura lleva el castigo de muerte
continua.
La mayor parte de mis proyectos -y entre
ellos el de escribir esto que estoy escribiendo sobre la manera cómo
se hace una novela- quedaban en suspenso. Había publicado mis
sonetos aquí, en París, y en España se había publicado mi Teresa,
escrita antes de que estallara el infamante golpe de Estado del 13
de septiembre de 1923, antes que hubiese comenzado mi historia del
destierro, la historia de mi destierro. Y he aquí que me era preciso
vivir en el otro sentido, ¡ganarme la vida escribiendo! Y aun
así,... Crítica, el bravo diario de Buenos Aires, me había pedido
una colaboración bien remunerada; no tengo dinero de sobra, sobre
todo viviendo lejos de los míos, pero no lograba poner pluma en
papel. Tenía y sigo teniendo en suspenso mi colaboración a Caras y
caretas, semanario de Buenos Aires. En España no quería ni quiero
escribir en periódico alguno ni en revistas.
¡Y quiero contar un caso! Que fue que
servía en cierto regimiento un mozo despierto y sagaz, avisado e
irónico, de carrera civil y liberal, y de los que llamamos de cuota.
El capitán de su compañía le temía y le repugnaba, procurando no
producirse delante de él, pero una vez se vio llevado a soltar una
de esas arengas patrióticas de ordenanza delante de él y de los
demás soldados. El pobre capitán no podía apartar sus ojos de los
ojos y de la boca del despierto mozo, espiando su gesto, ni ello le
dejaba acertar con los lugares comunes de su arenga, hasta que al
cabo, azarado y azorado, ya no dueño de sí, se dirigió al soldado
diciéndole: "qué, ¿se sonríe usted?", y el mozo: "no, mi capitán, no
me sonrío" y entonces el otro: "si ¡por dentro!"
Como aquí también, en la frontera, he
podido enterarme de la perversión radical de la política y de lo que
es este instituto de pinches de verdugos. Pero no quiero quemarme
más la sangre escribiendo de ello y vuelvo al viejo relato.)
Volvamos, pues, a la novela de Jugo de la
Raza, a la novela de su lectura de la novela. Lo que habría que
seguir era que un día el pobre Jugo de la Raza, no pudo ya resistir
más, fue vencido por la historia, es decir, por la vida, o mejor por
la muerte. Al pasar junto al puesto de libros, en los muelles del
Sena, compró el libro, se lo metió en el bolsillo y se puso a correr
a lo largo del río, hacia su casa, llevándose el libro como se lleva
una cosa robada con miedo de que se la vuelvan a uno a robar. Iba
tan de prisa que se le cortaba el aliento, le faltaba huelgo y veía
reaparecer el viejo y ya casi extinguido espectro de la angina de
pecho. Tuvo que detenerse y entonces, mirando a todos lados, a los
que pasaban y mirando sobre todo a las aguas del Sena, el espejo
fluido, abrió el libro y leyó algunas líneas. Pero volvió a cerrarlo
al punto. Volvía a encontrar lo que, años antes, había llamado la
disnea cerebral, acaso la enfermedad X de Mac Kenzie, y hasta creía
sentir un cosquilleo fatídico a lo largo del brazo izquierdo y entre
los dedos de la mano. En otros momentos se decía: "En llegando a
aquel árbol me caeré muerto", y después que lo había pasado, una
vocecita, desde el fondo del corazón, le decía: "acaso estás
realmente muerto..." Y así llegó a casa.
Llegó a casa, comió tratando de prolongar
la comida -prolongarla con prisa-, subió a su alcoba, se desnudó y
se acostó como para dormir, como para morir. El corazón le latía a
rebato. Tendido en la cama, recitó primero un padrenuestro y luego
un avemaría, deteniéndose en: "hágase tu voluntad así en la tierra
como el cielo" y en "Santa María madre de Dios, ruega por nosotros
pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte" Lo repitió tres
veces, se santiguó y esperó, antes de abrir el libro, a que el
corazón se le apaciguara. Sentía que el tiempo lo devoraba, que el
porvenir de aquella ficción con que se había identificado; sentíase
hundirse en sí mismo.
Un poco calmado abrió el libro y reanudó su
lectura. Se olvidó de sí mismo por completo y entonces sí que pudo
decir que se había muerto. Soñaba el otro, o más bien el otro era un
sueño que se soñaba con él, una criatura de su soledad infinita. Al
fin despertó con una terrible punzada en el corazón. El personaje
del libro acaba de volver a decir: "Debo repetir a mi lector que se
morirá conmigo". Y esta vez el efecto fue espantoso. El trágico
lector perdió conocimiento en su lecho de agonía espiritual; dejó de
soñar al otro y dejó de soñarse a sí mismo. Y cuando volvió en sí,
arrojó el libro, apagó la luz y procuró, después de haberse
santiguado de nuevo, dormirse, dejar de soñarse. ¡Imposible! De
tiempo en tiempo tenía que levantarse a beber agua; se le ocurrió
que bebía en el Sena, el espejo. "¿Estaré loco? -se repetía-, pero
no, porque cuando se pregunta si está loco es que no lo está. Y, sin
embargo..." Levantóse, prendió fuego en la chimenea y quemó el
libro, volviendo en seguida a acostarse. Y consiguió al cabo
dormirse.
El pasaje que había pensado para mi novela,
en el caso de que la hubiera escrito, y en el que habría de mostrar
al héroe quemando el libro, me recuerda lo que acabo de leer en la
carta que Mazzini, el gran soñador, escribió desde Grenchèn a su
Judit el 1º de mayo de 1835: "Si bajo a mi corazón encuentro allí
cenizas y un hogar apagado. El volcán ha cumplido su incendio y no
quedan de él más que el calor y la lava que se agitan en su
superficie, y cuando todo se haya helado y las cosas se hayan
cumplido, no quedará ya nada -un recuerdo indefinible como de algo
que hubiera podido ser y no ha sido-, el recuerdo de los medios que
deberían haberse empleado para la dicha y que se quedaron perdidos
en la inercia de los deseos titánicos rechazados desde el interior
sin haber podido tampoco haberse derramado hacia fuera, que han
minado el alma de esperanzas, de ansiedades, de votos sin frutos...
y después nada."
Mazzini era un desterrado, un desterrado de
la eternidad.
(Como lo fue antes de él el Dante, el gran
proscrito -y el gran desdeñoso; proscritos y desdeñosos también
Moisés y San Pablo- y después de él Víctor Hugo. Y todos ellos,
Moisés, San Pablo, el Dante, Mazzini, Víctor Hugo y tantos más
aprendieron en la proscripción de su patria, o buscándola por el
desierto, lo que es el destierro de la eternidad. Y fue desde el
destierro de su Florencia desde donde pudo ver el Dante cómo Italia
estaba sierva y era hostería del dolor: Ai serva Italia di dolore
ostello.)
En cuanto a la idea de hacer decir a mi
lector de la novela, a mi Jugo de la Raza: "¿estaré loco?", debo
confesar que la mayor confianza que pueda tener en mi sano juicio me
ha sido dada en los momentos en que observando lo que hacen los
otros y lo que no hacen, escuchando lo que dicen y lo que callan, me
ha surgido esta fugitiva sospecha de sí estaré loco.
Estar loco se dice que es haber perdido la
razón. La razón, pero no la verdad, porque hay locos que dicen las
verdades que los demás callan por no ser racionar ni razonable
decirlas, y por eso se dicen que están locos. ¿Y qué es la razón? La
razón es aquello en que estamos todos de acuerdo, todos o por lo
menos la mayoría. La verdad es otra cosa, la razón es social; la
verdad, de ordinario, es completamente individual, personal e
incomunicable.
La razón nos une y las verdades nos
separan. (Más ahora caigo en cuenta de que acaso es la verdad la que
nos une y son las razones las que nos separan. Y de que toda esa
turbia filosofía sobre la razón, la verdad y la locura obedecía a un
estado de ánimo de que en momentos de mayor serenidad de espíritu me
curo. Y aquí, en la frontera, a la vista de las montañas de mi
tierra nativa, aunque mi pelea se ha exacerbado, se me ha serenado
en el fondo el espíritu. Y ni un momento se me ocurre que esté loco.
Porque si acometo, a riesgo tal vez de mi vida, a molinos de viento
como si fuesen gigantes es a sabiendas de que son molinos de viento.
Pero como los demás, los que se tienen por cuerdos, los creen
gigantes hay que desengañarles de ello.)
A las veces, en los instantes en que me
creo criatura de ficción y hago mi novela, en que me represento a mí
mismo, delante de mí mismo, me ha ocurrido soñar o bien que casi
todos los demás, sobre todo en mi España, están locos o bien que yo
lo estoy y puesto que no pueden estarlo todos los demás que lo estoy
yo. Y oyendo los juicios que emiten sobre mis dichos, mis escritos y
mis actos, pienso: "¿No será acaso que pronuncio otras palabras que
las que me oigo pronunciar o que se me oye pronunciar otras que las
que pronuncio?". Y no dejo entonces de acordarme de la figura de Don
Quijote.
(Después de esto me ha ocurrido aquí, en
Hendaya, encontrar con un pobre diablo que se acercó a saludarme, y
que me dijo que en España se me tenía por loco. Resultó después que
era policía, y él mismo me lo confesó, y que estaba borracho. Que no
es precisamente estar loco.)
Aquí debo repetir algo que creo haber dicho
a propósito de nuestro señor Don Quijote, y es preguntar cuál habría
sido su castigo si en vez de morir recobrada la razón, la de todo el
mundo, perdiendo así su verdad, la suya, si en vez de morir como era
necesario habría vivido algunos años más todavía. Y habría sido que
todos los locos que había entonces en España -y debió haber habido
muchos, porque acababa de traerse del Perú la enfermedad terrible-
habrían acudido a él solicitando su ayuda, y al ver que se la
rehusaba, le habrían abrumado de ultrajes y tratado de farsante, de
traidor y de renegado. Porque hay una turba de locos que padecen de
manía persecutoria, la que se convierte en manía perseguidora, y
estos locos se ponen a perseguir a Don Quijote cuando éste no se
presta a perseguir a sus supuestos perseguidores. Pero ¿qué es lo
que habré hecho yo, Don Quijote mío, para haber llegado a ser así el
imán de los locos que se creen perseguidos? ¿Por qué se acorren a
mí? ¿por qué me cubren de alabanzas si al fin han de cubrirme de
injurias?
(A este mismo mi Quijote le ocurrió que
después de haber libertado del poder de los cuadrilleros de la Santa
Hermandad a los galeotes a quienes le llevaban presos, estos
galeotes le apedrearon. Y aunque sepa yo que acaso un día los
galeotes han de apedrearme, no por eso cejo en mi empeño de combatir
contra el poderío de los cuadrilleros de la actual Santa Hermandad
de mi España. No puedo tolerar, y aunque se me tome a locura, el que
los verdugos se erijan en jueces y el que el fin de la autoridad,
que es la justicia, se ahogue con lo que llaman el principio de la
autoridad y es el principio del poder, o sea lo que llaman el orden.
Ni puedo tolerar que un cuitada y menguada burguesía por miedo
pánico -irreflexivo- al incendio comunista -pesadilla de locos de
miedo- entregue su caso y su hacienda a los bomberos que se las
destrozan más aún que el incendio mismo. Cuando no ocurre lo que
ahora en España y es que son los bomberos los que provocan los
incendios para vivir de extinguirlos.)
Volvamos una vez más a la novela de Jugo de
la Raza, a la novela de su lectura de la novela, a la novela del
lector (del lector actor, del lector para quien leer es vivir lo que
lee.)
Cuando se despertó a la mañana siguiente,
en su lecho de agonía espiritual, encontrase encalmado, se levantó y
contempló un momento las cenizas del libro fatídico de su vida. Y
aquellas cenizas le parecieron, como las aguas del Sena, un nuevo
espejo. Su tormento se renovó: ¿cómo acabaría la historia? Y se fue
a los muelles del Sena a buscar otro ejemplar sabiendo que no lo
encontraría y porque no había de encontrarlo. Y sufrió de no poder
encontrarlo; sufrió a muerte. Decidió emprender un viaje por esos
mundos de Dios; acaso Éste le olvidara, le dejara su historia. Y por
el momento se fue al Louvre, a contemplar la Venus de Milo, a fin de
librarse de aquella obsesión, pero la Venus de Milo le pareció como
el Sena y como las cenizas del libro que había quemado, otro espejo.
Decidió partir, irse a contemplar las montañas y la mar y cosas
estáticas y arquitectónicas. Y en tanto se decía: "¿Cómo acabará esa
historia?"
Es algo de lo que me decía cuando imaginaba
ese pasaje de mi novela: "¿Cómo acabará esa historia del Directorio
y cuál será la suerte de la monarquía española y de España? Y
devoraba -como sigo devorándolos- los periódicos, y aguardaba cartas
de España. Y escribía aquellos versos del soneto LXXVIII de mi De
Fuenteventura a París:
Que es la Revolución una comedia
que el señor ha inventado contra el tedio.
Porque ¿no está hecha de tedio la congoja
de la historia? Y al mismo tiempo tenía el disgusto de mis
compatriotas.
Me doy perfecta cuenta de los sentimientos
que Mazzini expresaba en una carta desde Berna, dirigida a su Judit,
del 2 de marzo de 1835: "Aplastaría con mi desprecio y mi mentis, si
me dejara llevar de mi inclinación personal, a los hombres que
hablan mi lengua, pero aplastaría con mi indignación y mi venganza
al extranjero que se permitiese, delante de mí, adivinarlo" Concibo
del todo su "rabioso despecho" contra los hombres, y sobre todo
contra sus compatriotas, contra los que le comprendían y le juzgaban
tan mal. ¡Qué grande era la verdad de aquella "alma desdeñosa",
melliza de la del Dante, el otro gran proscrito, el otro gran
desdeñoso!
No hay medio de adivinar, de vaticinar
mejor, cómo acabará todo aquello, allá en mi España; nadie cree en
lo que dice ser suyo; los socialistas no creen en el socialismo, ni
en la lucha de clases, ni en la ley férrea del salario y otros
simbolismos marxistas; los comunistas no creen en la comunidad (y
menos en la comunión), los conservadores, en la conservación; ni los
anarquistas, en la anarquía. Volvamos a la novela de mi Jugo de la
Raza, de mi lector a la novela de su lectura, de mi novela.
Pensaba hacerle emprender un viaje fuera de
París, a la rebusca del olvido de la historia; habría andado
errante, perseguido por las cenizas del libro que había quemado y
deteniéndose para mirar las aguas de los ríos y hasta las de la mar.
Pensaba hacerle pasearse, transido de angustia histórica, a lo largo
de los canales de Gante y de Brujas, o en Ginebra, a lo largo del
lago Leman y pasar, melancólico, aquel puente de Lucerna que pasé
yo, hace treinta y seis años, cuando tenía veinticinco. Habría
colocado en mi novela recuerdos de mis viajes, habría hablado de
Gante y de Ginebra y de Venecia y de Florencia y... A su llegada a
una de esas ciudades mi pobre Jugo de la Raza se habría acercado a
un puesto de libros y se habría dado con otro ejemplar del libro
fatídico, y todo tembloroso lo habría comprado y se lo habría
llevado a París proponiéndose continuar la lectura hasta que su
curiosidad se satisficiese, hasta que hubiese podido prever el fin
sin llegar a él, hasta que hubiese podido decir: "Ahora ya se
entrevé cómo va a acabar esto."
(Cuando en París escribía yo esto, hace ya
cerca de dos años, no se me podía ocurrir hacerle pasearse a mi Jugo
de la Raza más que por Gante y Ginebra y Lucerna y Venecia y
Florencia... Hoy le haría pasearse por este idílico país vasco
francés que a la dulzura de la dulce Francia une el dulcísimo agrete
de su Vasconia. Iría bordeando las plácidas riberas del humilde
Nivelle, entre mansas praderas de esmeralda, junto a Ascain, y al
pie del Larrún -otro derivado de larra, pasto -, iría restregándose
la mirada en la verdura apaciguadora del campo nativo, henchida de
silenciosa tradición milenaria, y que trae el olvido de la engañosa
historia, iría pasando junto a esos viejos caseríos que se miran en
las aguas de un río quieto; iría oyendo el silencio de los abismos
humanos.
Le haría llegar hasta San Juan Pie de
Puerto, de donde fue aquel singular Huarte de San Juan el del Examen
de Ingenios, a San Juan Pie de Puerto, de donde el Nive baja a San
Juan de Luz. Y allí, en la vieja pequeña ciudad navarra en un tiempo
española y hoy francesa, sentado en un banco de piedra en Eyalaberri,
embozado por la paz ambiente, oiría el rumor eterno del Nive. E iría
a verlo cuando pasa bajo el puente que lleva a la iglesia. Y el
campo circunstante le hablaría en vascuence, en infantil eusquera,
le hablaría infantilmente, en balbuceo de paz y de confianza. Y como
se le hubiera descompuesto el reló iría a un relojero que al
declarar que no sabía vascuence le diría que son las lenguas y las
religiones las que separan a los hombres. Como si Cristo y Buda no
hubieran dicho a Dios lo mismo, sólo que en dos lenguas diferentes.
Mi Jugo de la Raza vagaría pensativo por
aquella calle de la Ciudadela que desde la iglesia sube al castillo,
obra de Vauban, y la mayoría de cuyas casas son anteriores a la
Revolución, aquellas casas en que han dormido tres siglos. Por
aquella calle no pueden subir, gracias a Dios, los autos de los
coleccionistas de kilómetros. Y allí, en aquella calle de paz y de
retiro, visitaría la prison des evesques, la cárcel de los obispos
de San Juan, la mazmorra de la Inquisición. Por detrás de ella, las
viejas murallas que amparan pequeñas huertecillas enjauladas. Y la
vieja cárcel está por detrás, envuelta en hiedra.
Luego mi pobre lector trágico iría a
contemplar la cascada que forma el Nive y a sentir cómo aquellas
aguas que no son ni un momento las mismas, hacen como un muro. Y un
muro que no es un espejo. Y espejo histórico. Y seguiría, río abajo,
hacia Uhartlize deteniéndose ante aquella casa en cuyo dintel se
lee: Vivons en paix- Pierre Ezpellet et Jeanne Iribarne, Cons. Annee
8e 1800.
Y pensaría en la vida de paz -¡vivamos en
paz!- de Pedro Ezpeleta y Juana Iribarne cuando Napoleón estaba
llenando el mundo con el fragor de su historia.
Luego mi Jugo de la Raza, ansioso de beber
con los ojos la verdura de las montañas de su patria, se iría hasta
el puente de Arnegui, en la frontera entre Francia y España. Por
allí, por aquel puente insignificante y pobre, pasó en el segundo
día de Carnaval de 1875 el pretendiente don Carlos de Borbón y
Este, para los carlistas Carlos VII, al
acabarse la anterior guerra civil. Y a mí se me arrancó de mi casa
para lanzarme al confinamiento de Fuerteventura en el día mismo, 21
de febrero de 1924, en que hacía cincuenta años había oído caer
junto a mi casa natal de Bilbao una de las primeras bombas que los
carlistas lanzaron sobre mi villa. Y allí, en el humilde puente de
Arnegui, podría haberse percatado Jugo de la Raza de que los
aldeanos que habitan aquel contorno nada saben ya de Carlos VII, el
que pasó diciendo al volver la cara a España: "¡Volveré, volveré!"
Por allí, por aquel mismo puente o por
cerca de él, debió haber pasado el Carlomagno de la leyenda; por
allí se va al Roncescalles donde resonó la trompa de Rolando -que no
era un Orlando furioso-, que hoy calla entre aquellas encañadas de
sombra, de silencio y de paz. Y luego Jugo de la Raza uniría en su
imaginación, en esa nuestra sagrada imaginación que funde siglos y
vastedades de tierra, que hace de los tiempos eternidad y de los
campos infinitud, uniría a Carlos VII y a Carlomango. Y con ellos al
pobre Alfonso XIII y al primer Habsburgo de España, a Carlos I el
Emperador, V de Alemania, recordando cuando él, Jugo, visitó Yuste
y, a falta de otro espejo de aguas, contempló el estanque donde se
dice que el emperador, desde un balcón, pescaba tencas. Y entre
Carlos VII el Pretendiente y Carlomagno, Alfonso XIII y Carlos I, se
le presentaría la pálida sombra enigmática del príncipe don Juan,
muerto de tisis en Salamanca antes de haber podido subir al trono,
el ex futuro don Juan III, hijo de los Reyes Católicos Fernando e
Isabel. Y Jugo de la Raza, pensando en todo esto, camino del puente
de Arnegui a San Juan Pie de Puerto, se diría: "¿Y cómo va a acabar
todo esto?")
Pero interrumpo esta novela para volver a
la otra. Devoro aquí las noticias que me llegan de mi España, sobre
todo las concernientes a la campaña de Marruecos, preguntándome si
el resultado de ésta me permitirá volver a mi patria, hacer allí mi
historia y la suya; ir a morirme allí.
Morirme allí y ser enterrado en el
desierto...
¿Y no tendrán algo de razón? ¿No estaré
acaso a punto de sacrificar mi yo íntimo, divino, el que soy en
Dios, el que debe ser, al otro, al yo histórico, al que se mueve en
su historia y con su historia? ¿Por qué obstinarme en no volver a
entrar en España? ¿No estoy en vena de hacerme mi leyenda, la que me
entierra, además de la que los otros, amigos y enemigos, me hacen?
Es que si no me hago mi leyenda me muero del todo. Y si me la hago,
también.
Judit Sidoli, escribiendo a su José Mazzini,
le hablaba de "sentimientos que se convierten en necesidades", de
"trabajo por necesidad material de obra, por vanidad", y el gran
proscrito se revolvía contra ese juicio. Poco después, en otra carta
-de Grenchen, y del 14 de mayo de 1835-, le escribía: "Hay horas,
horas solemnes, horas que me despiertan sobre diez años, en que nos
veo; veo la vida, veo mi corazón y el de los otros, pero en
seguida... vuelvo a las ilusiones de la poesía." La poesía de
Mazzini era la historia, su historia, la de Italia, que era su madre
y su hija.
¡Hipócrita! Porque yo que soy, de
profesión, un ganapán helenista -es una cátedra de griego la que el
Directorio hizo la comedia de quitarme reservándomela-, sé que
hipócrita significa actor. ¿Hipócrita? ¡No! Mi papel es la verdad y
debo vivir mi verdad, que es mi vida.
Ahora hago el papel de proscrito. Hasta el
descuidado desaliño de mi persona, hasta mi terquedad en no cambiar
de traje, en no hacérmelo nuevo, dependen en parte -con ayuda de
cierta inclinación a la avaricia que me ha acompañado siempre y que
cuando estoy solo, lejos de mi familia, no halla contrapeso-
dependen del papel que represento. Cuando mi mujer vino a verme, con
mis tres hijas, en febrero de 1925 se ocupó de mi ropa blanca,
renovó mis vestidos, me proveyó de calcetines nuevos. Ahora están
todos agujereados, deshechos, acaso para que pueda
decirme lo que se dijo Don Quijote, mi Don
Quijote, cuando vio que las mallas de sus medias se le habían roto,
y fue: "¡OH pobreza, pobreza!", con lo que sigue y comenté tan
apasionadamente en mi Vida de Don Quijote y Sancho.
¿Es que represento una comedia, hasta para
los míos? ¡Pero no!, es que mi vida y mi verdad son mi papel. Cuando
se me desterró sin que se me hubiera dicho -y sigo ignorándolo- la
causa o siquiera el pretexto de mi destierro, pedí a los míos, a mi
familia, que ninguno de ellos me acompañara, que me dejasen partir
solo.
Pedí que se me dejara solo, y
comprendiéndome y queriéndome de veras -eran los míos al fin y yo de
ellos- dejáronme solo. Y entonces al final de mi confinamiento en la
isla, después que mi hijo mayor hubo venido con su mujer a
juntárseme, presentóseme una dama -a la que acompañaba, para
guardarla, acaso, su hija- que me había puesto casi fuera de mí con
su persecución epistolar. Acaso quería darme a entender que llegaba
a hacer conmigo lo que los míos, mi mujer y mis hijos no habían
hecho. Esa dama es mujer de letras, y mi mujer, aunque escriba bien,
no lo es. ¿Pero es que esa pobre mujer de letras, preocupada de su
nombre y queriendo acaso unirlo al mío, me quiere más que mi Concha,
la madre de mis ocho hijos
y mi verdadera madre? Mi verdadera madre,
sí. En un momento de suprema, de abismática congoja, cuando me vio
en las garras del Ángel de la Nada, llorar con un llanto
sobrehumano, me gritó desde el fondo de sus entrañas maternales,
sobrehumanas, divinas, arrojándose en mis brazos: "¡hijo mío!"
Entonces descubrí todo lo que Dios hizo par mí en esta mujer, la
madre de mis hijos, mi virgen madre, que no tiene otra novela que mi
novela, ella, mi espejo de santa inconciencia divina, de eternidad.
Es por lo que me dejó solo en mi isla mientras que la otra, la mujer
de letras, la de su novela y no la mía, fue a buscar a mi lado
emociones y hasta películas de cine.
Pero la pobre mujer de letras buscaba lo
que busco, lo que busca todo escritor, todo historiador, todo
novelista, todo político, todo poeta: vivir en la duradera y
permanente historia, no morir. En estos días he leído a Proust,
prototipo de escritores y de solitarios y ¡qué tragedia la de su
soledad! Lo que le acongoja, lo que le permite sondar los abismos de
la tragedia es su sentimiento de la muerte, pero de la muerte de
cada instante, es que siente morir momento a momento, que diseca el
cadáver de su alma, y ¡con qué minuciosidad! ¡A la rebusca del
tiempo perdido! Siempre que pierde el tiempo. Lo que se llama ganar
tiempo es perderlo. El tiempo: he aquí la tragedia.
"Conozco esos dolores de artistas, tratados
por artistas: con la sombra del dolor y no su cuerpo", escribía
Mazzini a su Judit el 2 de marzo de 1835, Y Mazzini era un artista;
ni más ni menos que un artista. Un poeta, y como político, un poeta,
nada más que un poeta. Sombra de dolor y no cuerpo. Pero ahí está el
fondo de la tragedia novelesca, de la novela trágica de la historia:
el dolor es sombra y no cuerpo; el dolor más doloroso, el que nos
arranca gritos y lágrimas de Dios es sombra del tedio: el tiempo no
es corporal. Kant decía que es una forma a priori de la
sensibilidad. ¡Qué sueño el de la vida...! ¿Sin despertar?
(Y leo ese número aquí, en mis montañas,
que Góngora llamó "del Pirineo la ceniza verde" (Soledades, II,
759), y veo que esos jóvenes "mucho Océano y pocas aguas prenden" (II,
75) Y el océano sin aguas es acaso la poesía pura o culterana. Pero,
en fin, "voces de sangre y sangre son del alma" (Soledades, II, 119)
estas mis memorias, este mi relato de cómo se hace una novela.
Y ved cómo yo, que execro del gongorismo,
que no encuentro poesías, esto es, creación, o sea acción, donde no
hay pasión, donde no hay cuerpo y carne de dolor humano, donde no
hay lágrimas de sangre, me dejo ganar de lo más terrible, de lo más
antipoético del gongorismo que es la erudición. "No es sordo el mar;
la erudición engaña" (Soledades, II, 172) escribió, no pensó,
Góngora, y ahí se pinta. Era un erudito, un catedrático de poesía,
aquel clérigo cordobés... , ¡maldito oficio!
Y a todo esto me ha traído lo de los
dolores de artistas de Mazzini combinado con el homenaje de los
jóvenes culteranos de España a Góngora. Pero Mazzini, el ¡Dios y el
Pueblo!, era un patriota, era un ciudadano, era un hombre civil; ¿lo
son esos jóvenes culteranos? Y ahora me percato de nuestro grande
error de haber puesto la cultura sobre la civilización, o mejor
sobre la civilidad. ¡No, no, ante todo y sobre todo la civilidad!)
Y he aquí que por última vez volvemos a la
historia de nuestro Jugo de la Raza.
El cual, así que yo le haría volver a París
trayéndose el libro fatídico, se propondría el terrible problema de
acabar de leer la novela que se había convertido en su vida y morir
en acabándola o renunciar a leerla y vivir, vivir, y, por
consiguiente, morirse también. Una u otra muerte; en la historia o
fuera de la historia. Y yo le habría hecho decir estas cosas en
monólogo que es una manera de darse vida:
"Pero esto no es más que una locura... El
autor de esta novela se está burlando de mí... ¿O soy yo quien se
está burlando de mí mismo? ¿Y por qué he de morirme cuando acabe de
leer este libro y el personaje autobiográfico se muera? ¿Por qué no
he de sobrevivirme a mí mismo? Sobrevivirme y examinar mi cadáver.
Voy a continuar leyendo un poco hasta que al pobre diablo no le
quede más que un poco de vida, y entonces cuando haya previsto el
fin viviré pensando que le hago vivir. Cuando don Juan Valera, ya
viejo, se quedó ciego, se negó a que le operasen y decía: "Si me
operan, pueden dejarme ciego definitivamente para siempre, sin
esperanza de recobrar la vista, mientras que si no me dejo operar
podré vivir siempre con la esperanza de que una operación me
curaría." No; no voy a continuar leyendo; voy a guardar el libro al
alcance de la mano, a la cabecera de mi cama, mientras me duerma y
pensaré que podría leerlo si quisiera, pero sin leerlo. ¿Podré vivir
así? De todos modos, he de morirme, pues que todo el mundo se
muere..." (La expresión popular española es que todo dios se
muere...)
Y en tanto Jugo de la Raza habría
recomenzado a leer el libro sin terminarlo, leyéndolo muy
lentamente, muy lentamente, sílaba a sílaba, deletreándolo,
deteniéndose cada vez una línea más adelante que en la precedente
lectura y para recomenzarla de nuevo. Que es como avanzar cien pasos
de tortuga y retroceder noventa y nueve, avanzar de nuevo y volver a
retroceder en igual proporción y siempre con el espanto del último
paso.
Estas palabras que habría puesto en la boca
de mi Jugo de la Raza, a saber: que todo el mundo se muere (o en
español popular, que todo dios se muere) son una de las más grandes
vulgaridades que cabe decir, el más común de todos los lugares
comunes, y, por tanto, la más paradójica de las paradojas. Cuando
estudiábamos lógica, el ejemplo de los silogismos que se nos
presentaba era: "Todos los hombres son mortales; Pedro es hombre,
luego Pedro es mortal" Y había este antisilogismo, el ilógico:
"Cristo es inmortal; Cristo es hombre, luego todo hombre es
inmortal."
(Este antisilogísmo cuya premisa mayor es
un término individual, no universal ni particular, pero que alcanza
la máxima universalidad, pues si Cristo resucitó puede resucitar
cualquier hombre, o como se diría en español popular, puede
resucitar todo cristo, ese antisilogismo está en la base de lo que
he llamado el sentimiento trágico de la vida y hace la esencia de la
agonía del cristianismo. Todo lo cual constituye la divina tragedia.
¡La Divina Tragedia! Y no como el Dante, el
creyente medieval, el proscrito gibelino, llamó a la suya: Divina
Comedia. La del Dante era comedia, y no tragedia, porque había en
ella esperanza. En el canto vigésimo del Paradiso hay un terceto que
nos muestra la luz que brilla sobre esa comedia. Es donde dice que
el reino de los cielos padece fuerza -según la sentencia evangélica-
de cálido amor y de viva esperanza que vence a la divina voluntad:
Regnum coelorum violenza pate
da caldo amore, e da viva speranza,
che vince la divina volontate.
Y esto es más que poesía pura o que
erudición culterana.
¡La viva esperanza vence a la divina
voluntad! ¡Creer en esto sí que es fe y fe poética! El que espere
firmemente, lleno de fe en su esperanza, no morirse, ¡no se
morirá... ! Y en todo caso los condenados del Dante viven en la
historia, y así, su condenación no es trágica, no es de divina
tragedia, sino cómica. Sobre ellos y a pesar de su condena se sonríe
Dios...)
¡Una vulgaridad! Y, sin embargo, el pasaje
más trágico de la trágica correspondencia de Mazzini, es aquel
fechado en 30 de junio de 1835 en que dice: "Todo el mundo se muere;
Romagnosi se ha muerto, se ha muerto Pecchio, y Vittorelli, a quien
creía muerto hace tiempo, acaba de morirse." Y acaso Mazzini se dijo
un día: "Yo, que me creía muerto, voy a morirme." Como Proust.
¿Qué voy a hacer de mi Jugo de la Raza?
Como esto que escrito, lector, es una novela verdadera, un poema
verdadero, una creación, y consiste en decirte cómo se hace y no
cómo se cuenta una novela, una vida histórica, no tengo por qué
satisfacer tu interés folletinesco y frívolo. Todo lector que
leyendo una novela se preocupa de saber cómo acabarán los personajes
de ella sin preocuparse de saber cómo acabará él, no merece que
satisfaga su curiosidad.
En cuanto a mis dolores, acaso
incomunicables, digo lo que Mazzini el 15 de julio de 1835 escribía
desde Grenchen a su Judit: "Hoy debo decirte para que no digas, ya
que mis dolores pertenecen a la poesía, como tú la llamas, que son
tales realmente desde hace algún tiempo..." Y en otra carta, del 2
de junio del mismo año: "A todo lo que les es extraño le han llamado
poesía; han llamado loco al poeta hasta volverle de veras loco;
volvieron loco al Tasso, cometieron el suicidio de Chatterton y de
otros; han llegado hasta ensañarse con los muertos, Byron, Foscolo y
otros, porque no siguieron sus caminos. ¡Caiga el desprecio sobre
ellos! Sufriré, pero no quiero renegar de mi alma, no quiero hacerme
malo para complacerles, y me haría malo, muy malo, si se me
arrancara lo que llaman poesía, puesto que, a fuerza de haber
prostituido el nombre de poesía con hipocresía, se ha llegado a
dudar de todo. Pero para mí, que veo y llamo a las cosas a mi
manera, la poesía es la virtud, es el amor, la piedad, el afecto, el
amor de la patria, el infortunio inmerecido, eres tú, es tu amor de
madre, es todo lo que hay de sagrado en la tierra..." No puedo
continuar escuchando a Mazzini. Al leer esto, el corazón del lector
oye caer del cielo negro, de por encima de las nubes amontonadas en
tormenta, los gritos de un águila herida en su vuelo cuando se
bañaba en la luz de sol.
¡Poesía! ¡Divina poesía! ¡Consuelo que es
toda la vida! Sí, la poesía es todo esto. Y es también la política.
El otro gran poeta proscrito, el más grande sin duda de todos los
ciudadanos proscritos, el gibelino Dante, fue y es y sigue siendo un
muy alto y muy profundo, un soberano poeta y un político y un
creyente. Política, religión y poesía fueron en él y para él una
sola cosa, una íntima trinidad. Su ciudadanía, su fe y su fantasía
le hicieron eterno.
(Y ahora, en el número de La Gaceta
Literaria, en que los jóvenes culteranos de España rinden un
homenaje a Góngora y que acabo de recibir y leer, uno de estos
jóvenes, Benjamín Jarnés, en un articulito que se titula
culteranamente "Oro trillado y néctar exprimido", nos dice que
"Góngora no apela al fuego fatuo de la fantasía, ni a la llama
oscilante de la pasión, sino a la perenne luz de la tranquila
inteligencia". ¿Y a esto le llaman poesía esos intelectuales?
¿Poesía sin fuego de fantasía ni llama de pasión? ¡Pues que se
alimente de pan hecho con ese oro trillado! Y luego añade que
Góngora, no tanto se propuso repetir un cuento bello cuanto inventar
un bello idioma. Pero ¿es que hay un idioma sin cuento ni belleza de
idioma sin belleza de cuento?
Todo este homenaje a Góngora, por las
circunstancias en que se ha rendido, por el estado actual de mi
pobre patria, me parece un tácito homenaje de servidumbre a la
tiranía, un acto servil y en algunos, no en todos, ¡claro!, un acto
de pordiosería. Y toda esa poesía que celebran, no es más que
mentira. ¡Mentira, mentira, mentira...! El mismo Góngora era un
mentiroso. Oíd como empieza sus Soledades el que dijo que "la
erudición engaña". Así:
Era del año la estación florida
en que el mentido robador de Europa...
¡El mentido! ¿El mentido? ¿Por qué se creía
obligado a decirnos que el robo de Europa por Júpiter convertido en
toro es una mentira? ¿Por qué el erudito culterano se creía obligado
a darnos a entender que eran mentiras sus ficciones? Mentiras y no
ficciones. Y es que él, el artista culterano, que era clérigo,
sacerdote de la Iglesia Católica Apostólica Romana, ¿creía en el
Cristo a quien rendía culto público? ¿Es qué al consagrar en la
sagrada misa no ejercía de culterano también? Me quedo con la
fantasía y la pasión del Dante!
Existen desdichados que me aconsejan dejar
la política. Lo que ellos con un gesto de fingido desdén, que no es
más que miedo, miedo de eunucos o de impotentes o de muertos, llaman
política y me aseguran que debería consagrarme a mis cátedras, a mis
estudios, a mis novelas, a mis poemas, a mi vida. No quieren saber
que mis cátedras, mis estudios, mis novelas, mis poemas son
política. Que hoy, en mi patria, se trata de luchar por la libertad
de la verdad, que es la suprema justicia, por libertar la verdad de
la peor de las tiranías, la de la estupidez y la impotencia, de la
fuerza pura y sin dirección. Mazzini, el hijo predilecto del Dante,
hizo de su vida un poema, una novela mucho más poética que las de
Manzoni, D'Azeglio, Grosi o Guerrazzi. Y la mayor parte y la mejor
de las poesías de Lamartine y de Hugo vino de que eran tan poetas
como eran políticos. ¿Y los poetas que no han hecho jamás política?
Habría que verlo de cerca y en todo caso "non raggionam di lor, ma
guarda e passa."
Y hay otros, los más viles, los
intelectuales por antonomasia, los técnicos, los sabios, los
filósofos. El 28 de junio de 1835, Mazzini escribía a su Judit: "En
cuanto a mí, lo dejo todo y vuelvo a entrar en mi individualidad,
henchido de amargura por todo lo que más quiero, de disgusto hacia
los hombres, de desprecio para con aquellos que recogen la cobardía
en los despojos de la filosofía, lleno de altanería frente a todos,
pero de dolor y de indignación frente a mí mismo, y al presente y al
porvenir. No volveré a levantar las manos fuera del fango de las
doctrinas. ¡Qué la maldición de mi patria, de la que ha de surgir en
el porvenir, caiga sobre ellos!"
¡Así sea! Así sea digno yo de los sabios,
de los filósofos que se alimentan en España y de España, de los que
no quieren gritos, de los que quieren que se reciba sonriendo los
escupitajos de los viles, de los más que viles, de los que se
preguntan qué es lo que se va a hacer de la libertad. ¿Ellos?
Ellos... ,venderla. ¡Prostitutos!
Voy a volver todavía, después de la última
vez, después que dije que no volvería a ello, a mi Jugo de la Raza.
Me preguntaba si consumido por su fatídica ansiedad, teniendo
siempre ante los ojos y al alcance de la mano el agorero libro y no
atreviéndose a abrirlo y a continuar en él la lectura para prolongar
así la agonía que era su vida, me preguntaba si no le haría sufrir
un ataque de hemiplejía o cualquier otro accidente de igual género.
Si no le haría perder la voluntad y la memoria o en todo caso el
apetito de vivir, de suerte que olvidara el libro, la novela, su
propia vida y se olvidara de sí mismo. Otro modo de morir y antes de
tiempo. Sí es que hay un tiempo para morirse y se pueda morir fuera
de él.
Esta solución me ha sido sugerida por los
últimos retratos que he visto del pobre Francos Rodríguez,
periodista, antiguo republicano y después ministro de don Alfonso.
Está hemipléjico. En uno de esos retratos aparece fotografiado al
salir de Palacio en compañía de Horacio Echeverrieta, después de
haber visto al rey para invitarle a poner la primera piedra de la
Casa de la Prensa de cuya asociación es Francos presidente. Otro le
representa durante la ceremonia a que asistía el rey y a su lado. Su
rostro refleja el espanto vaciado en carne. Y me he acordado de
aquel otro pobre don Gumersindo Azcárate, republicano también, a
quien ya inválido y balbuciente se le transportaba a Palacio como un
cadáver vivo. Y en la ceremonia de la primera piedra de la Casa de
la Prensa, Primo de Rivera hizo el elogio de Pi y Margall,
consecuente republicano de toda su vida, que murió en el pleno uso
de sus facultades de ciudadano, que se murió cuando estaba vivo.
Pensando en esta solución que podría haber
dado a la novela de mi Jugo de la Raza, si en lugar de hacerse
ensayara contarla, he evocado a mi mujer y a mis hijos y he pensado
que no he de morirme huérfano, que serán ellos, mis hijos, mis
padres, y ellas, mis hijas, mis madres. Y si un día el espanto del
porvenir se vacía en la carne de mi cara, si pierdo la voluntad y la
memoria, no sufrirán ellos, mis hijos y mis hijas, mis padres y mis
madres, que los otros me rindan el menor homenaje y ni que me
perdonen vengativamente, no sufrirán que ese trágico botarate, que
ese monstruo de frivolidad que escribió un día que me querría exento
de pasión -es decir, peor que muerto- haga mi elogio. Y si esto es
comedia, es, como la del Dante, divina comedia.
(Al releer, volviendo a escribirlo, esto,
me doy cuenta, como lector de mí mismo, del deplorable efecto que ha
de hacer eso de que no quiero que me perdonen. Es algo de una
soberbia luzbelina y casi satánica, es algo que no se compadece con
el "perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a
nuestros deudores". Porque si perdonamos a nuestros deudores, ¿por
qué no han de perdonarnos aquellos a quienes debemos? Y que en el
fragor de la pelea les he ofendido es innegable. Pero me ha
envenenado el pan y el vino del alma el ver que imponen castigos
injustos, inmerecidos, no más que en vista del indulto. Lo más
repugnante de lo que llaman la regia prerrogativa del indulto es que
más de una vez -de alguna tengo experiencia inmediata- el poder
regio ha violentado a los tribunales de justicia, ha ejercido sobre
ellos cohecho, para que condenaran injustamente al solo fin de poder
luego infligir un rencoroso indulto. A lo que también obedece la
absurda gravedad de la pena con que se agrava los supuestos delitos
de injuria al rey, de lesa majestad.)
Presumo que algún lector, al leer esta
confesión cínica y a la que acaso repute de impúdica, esta confesión
a lo Juan Jacobo, se revuelva contra mi doctrina de la divina
comedia, o mejor de la divina tragedia y se indigne diciendo que no
hago sino representar un papel, que no comprendo el patriotismo, que
no ha sido seria la comedia de mi vida. Pero a este lector indignado
lo que le indigna es que le muestro que él es, a su vez, un
personaje cómico, novelesco y nada menos, un persona que quiero
poner en medio del sueño de su vida. Que haga del sueño, de su
sueño, vida y se habrá salvado. Y como no hay nada más que comedia y
novela, que piense que lo que le parece realidad extraescénica es
comedia de comedia, novela de novela, que el nóumeno inventado por
Kant es lo de más fenomenal que puede darse y la sustancia lo que
hay de más formal. El fondo de una cosa es superficie.
Y ahora ¿para qué acabar la novela de Jugo?
Esta novela y por lo demás todas las que se hacen y no que se
contenta uno con contarlas, en rigor no acaban. Lo acabado, lo
perfecto, es la muerte y la vida no puede morirse. El lector que
busque novelas acabadas no merece ser mi lector; él ya está acabado
antes de haberme leído.
El lector aficionado a muertes extrañas, el
sádico a la busca de eyaculaciones de la sensibilidad, el que
leyendo La piel de zapa se siente desfallecer de espasmo voluptuoso
cuando Rafael llama a Paulina: "Paulina, ¡ven!..., Paulina"- y más
adelante: "Te quiero, te adoro, te deseo..."- y la ve rodar sobre su
canapé medio desnuda, y la desea en su agonía, en su agonía que es
su deseo mismo, a través de los sones estrangulados de su estertor
agónico y que muerde a Paulina en el seno y que ella muere agarrada
a él, ese lector querría que yo le diese de parecida manera el fin
de la agonía de mi protagonista, pero si no ha sentido esa agonía en
sí mismo, ¿para qué he de extenderme más? Además hay necesidades a
que no quiero plegarme. ¡Que se las arregle solo, como pueda, solo y
solitario!
A despecho de lo cual algún lector volverá
a preguntarme: "Y bien, ¿cómo acaba este hombre?, ¿cómo le devora la
historia?" ¿Y cómo acabarás tú, lector? Si no eres más que lector,
al acabar tu lectura, y si eres hombre, hombre como yo, es decir,
comediante y autor de ti mismo, entonces no debes leer por miedo de
olvidarte a ti mismo.
Cuéntase de un actor que recogía grandes
aplausos cada vez que se suicidaba hipócritamente y que una, la solo
y última en que lo hizo teatralmente, pero verazmente, es decir, que
no pudo ya volver a reanudar representación alguna, que se suicidó
de veras, lo que se dice de veras, entonces fue silbado. Y habría
sido más trágico aún si hubiera recogido risas o sonrisas. ¡La
risa!, ¡la risa!, ¡la abismática pasión trágica de nuestro señor Don
Quijote! Y la de Cristo. Hacer reír con una agonía "Si eres el rey
de los judíos, sálvate a ti mismo" (Luc., XXIII, 37).
"Dios no es capaz de ironía, y el amor es
una cosa demasiado santa, es demasiado la cosa más pura de nuestra
naturaleza para que no nos venga de Él. Así, pues, negar a Dios, lo
que es absurdo, o creer en la inmortalidad." Así escribía desde
Londres a su madre -¡a su madre!- el agónico Mazzini -¡maravilloso
agonista!- el 26 de junio de 1839, treinta y tres años antes de su
definitiva muerte terrestre. ¿Y si la historia no fuese más que la
risa de Dios? ¿Cada revolución una de sus carcajadas? Carcajadas que
resuenan como truenos mientras los divinos ojos lagrimean de risa.
En todo caso y por lo demás no quiero
morirme no más que para dar gusto a ciertos lectores inciertos. Y
tú, lector, que has llegado hasta aquí, ¿es que vives?
CONTINUACIÓN: Así acababa el relato de cómo
se hace una novela que apareció en francés, en el número del 15 de
mayo de 1926 del Mercure de France, relato escrito hace ya cerca de
dos años. Y después ha continuado mi novela, historia, comedia o
tragedia de mi España, y la de toda Europa y la de la humanidad
entera. Y sobre la congoja del posible acabamiento de mi novela,
sobre y bajo ella, sigue acongojándome la congoja del posible
acabamiento de la novela de la humanidad. En lo que se incluye, como
episodio, eso que llaman el ocaso de Occidente y el fin de nuestra
civilización.
¿He de recordar una vez más el fin de la
oda de Carducci "Sobre el monte Mario"? Cuando nos describe lo de
que "hasta que sobre el Ecuador recogida, a las llamadas del calor
que huye, la extenuada prole no tenga más que una sola mujer, un
solo hombre, que erguidos en medio de ruinas de montes, entre
muertos bosques, lívidos, con los ojos vítreos, te vean sobre el
inmenso hielo, ¡OH sol, ponerte!" Apocalíptica visión que me
recuerda otra, por más cómica más terrible, que he leído en
Courteline y que nos pinta el fin de los últimos hombres, recogidos
en un buque, nueva arca de Noé, en un nuevo diluvio universal. Con
los últimos hombres, con la última familia humana, va a bordo un
loro: el buque empieza a hundirse, los hombres se ahogan, pero el
loro trepa a lo más alto del maste mayor y cuando este último tope
va a hundirse en las aguas el loro lanza al cielo un "Liberté,
Egalité, Fraternité!" Y así se acaba la historia.
A esto suelen llamarle pesimismo. Pero no
es el pesimismo a que suele referirse el todavía rey de España -hoy
4 de junio de 1927- don Alfonso XIII cuando dice que hay que aislar
a los pesimistas. Y por eso me aislaron unos meses en la isla de
Fuerteventura, para que no contaminase mi pesimismo paradójico a mis
compatriotas. Se me indultó luego de aquel confinamiento o
aislamiento, a que se me llevó sin habérseme dado todavía la razón o
siquiera el pretexto; me vine a Francia sin hacer caso del indulto y
me fijé en París, donde escribí el precedente relato, y a fines de
agosto de 1925 me vine de París acá, a Hendaya, a continuar haciendo
novela de vida. Y es esta parte de mi novela la que voy ahora,
lector, a contarte para sigas viendo cómo se hace una novela.
Escribí lo que precede hace doce días y
todo este tiempo lo he pasado sin poner la pluma en estas
cuartillas, rumiando el pensamiento de cómo habría de terminar la
novela que se hace. Porque ahora quiero acabarla, quiero sacar a mi
Jugo de la Raza de la tremenda pesadilla de la lectura del libro
fatídico, quiero llegar al fin de su novela como Balzac llegó al fin
de la novela de Rafael Valentín. Y creo poder llegar a él, creo
poder acabar de hacer la novela gracias a veintidós meses de Hendaya.
Por debajo de estos incidentes de policía,
a la que los tiranuelos rebajan y degradan la política, la santa
política, he llevado y sigo llevando aquí, en mi destierro de
Hendaya, en este fronterizo rincón de mi nativa tierra vasca, una
vida íntima de política, una novela de eternidad histórica. Unas
veces me voy a la playa de Ondarraitz, a bañar la niñez eterna de mi
espíritu en la visión de la eterna niñez de la mar que nos habla de
antes de la historia o mejor debajo de ella, de su sustancia divina,
y otras veces, remontando el curso del Bidasoa lindero paso junto a
la isleta de los Faisanes donde se concertó el casamiento de Luis
XIV de Francia con la infanta de España María Teresa, hija de
nuestro Felipe IV, el Habsburgo, y se firmó el pacto de Familia -¡ya
no hay Pirineos!", se dijo, como si con pactos así se abatieran
montañas de roca milenaria-, y voy a la aldea de Biriatu, remanso de
paz. Allí, en Biriatu, me siento un momento al pie de la iglesiuca,
frente al caserío de Muniorte, donde la tradición local dice que
viven descendientes bastardos de Ricardo Plantagenet, duque de
Aquitania, que habría sido rey de Inglaterra, el famoso Príncipe
Negro que fue a ayudar a don Pedro el Cruel de Castilla, y contemplo
la encañada del Bidasoa, al pie del Choldocogaña, tan llena de
recuerdos de nuestras contiendas civiles, por donde corre más
historia que agua y envuelvo mis pensamientos de proscrito en el
aire tamizado y húmedo de nuestras montañas maternales. Alguna vez
me llego a Urruña, cuyo reló nos dice que todas las horas hieren y
la última mata -vulnerant omnes, ultima necat- o más allá, a San
Juan de la Luz, en cuya iglesia matriz se casó Luis XIV con la
infanta de España, tapiándose luego la puerta por donde entraron a
la boda y salieron de ella. Y otras veces me voy a Bayona, eternidad
histórica, porque Bayona me trae la esencia de mi Bilbao de hace más
de cincuenta años, del Bilbao que hizo mi niñez y al que mi niñez
hizo. El contorno de la catedral de Bayona me vuelve a la basílica
de Santiago de Bilbao, a mi basílica. ¡Hasta la fuente aquella
monumental que tiene al lado! Y todo esto me ha llevado a ver el
final de la novela de mi Jugo.
Mi Jugo se dejaría al cabo del libro,
renunciaría al libro fatídico, a concluir de leerlo. En sus
correrías por los mundos de Dios para escapar de la fatídica lectura
iría a dar a su tierra natal, a la de su niñez misma, con su niñez
eterna, con aquella edad en que aún no sabía leer, en que todavía no
era hombre de libro. Y en esa niñez encontraría su hombre interior,
el eso anthropos. Porque nos dice San Pablo en los versillos 14 y 15
de la epístola a los Efesios que, "por eso doblo mis rodillas ante
Padre, por quien se nombra todo lo paterno" -podría sin gran
violencia traducirse: toda patria"- "en los cielos y en la tierra,
para que os dé según la riqueza de su gloria el robusteceros con
poder, por su espíritu, en el hombre de dentro..." Y este hombre de
dentro se encuentra en su patria, en su eterna patria, en la patria
de su eternidad, al encontrarse con su niñez, con su sentimiento -y
más que sentimiento, con su esencia de filialidad-, al sentirse hijo
y descubrir al padre. O sea sentir en sí al padre.
Precisamente en estos días ha caído en mis
manos y como por divina, o sea paternal providencia, un librito de
Juan Hessen, titulado "Filialidad de Dios" (Gottes Kindschaft), y en
él he leído: "Debería por eso quedar bien en claro que es siempre y
cada vez el niño quien en nosotros cree. Como el ver es una función
de la vista, así el creer es una función del sentido infantil. Hay
tanto potencia de creer en nosotros cuanta infantilidad tengamos." Y
no deja Hessen, ¡claro está!, de recordarnos aquello del Evangelio
de San Mateo (XVIII, 3) cuando el Cristo, el Hijo del Hombre, el
Hijo del Padre, decía: "En verdad os digo que si no os volvéis y os
hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos". "Si no os
volvéis", dice. Y por eso le hago yo volverse a mi Jugo.
Y el niño, el hijo, descubre al padre. En
los versillos 14 y 15 del capítulo VIII de la epístola a los Romanos
-y tampoco deja de recordarlo Hessen- San Pablo nos dice que:
"cuantos no recibiréis ya espíritus de servidumbre otra vez para
temor, sino que recibiréis espíritu de ahijamiento en que clamemos:
abbá, ¡padre!" O sea: ¡papá! Yo no recuerdo cuándo decía "¡papá!"
antes de empezar a leer y escribir; es un momento de mi eternidad
que se me pierde en la bruma oceánica de mi pasado. Murió mi padre
cuando yo apenas había cumplido los seis años y toda imagen suya se
me ha borrado de la memoria, sustituida -acaso borrada- por las
imágenes artísticas o artificiales, las de retratos; entre otras, un
daguerrotipo de cuando era un mozo, no más que hijo de él a su vez.
Aunque no toda imagen suya se me ha borrado, sino que confusamente,
en niebla oceánica, sin rasgos distintos, aún le columbro en un
momento en que se me reveló, muy niño yo, el misterio del lenguaje.
Era que había en mi casa paterna de Bilbao una sala de recibo,
santuario litúrgico del hogar, a donde no se nos dejaba entrar a los
niños, no fuéramos a manchar su suelo encerado o arrugar las fundas
de los sillones. Del techo pendía un espejo de bola donde uno se
veía pequeñito y deformado, y de las paredes colgaban unas
litografías bíblicas, una de las cuales representaba -me parece
estarla viendo- a Moisés sacando con una varita agua de la roca como
yo ahora saco estos recuerdos de la roca de la eternidad de mi
niñez. Junto a la sala, un cuarto oscuro donde se escondía la
Marmota, ser misterioso y enigmático. Pues bien, un día en que logré
yo entrar en la vedada y litúrgica sala de recibo, me encontré a mi
padre -¡papá!-, que me acogió en sus brazos, sentado en uno de los
sillones enfundados, frente a un francés, a un señor Legorgeux -a
quien conocí luego- y hablando en francés. Y qué efecto pudo
producir en mi infantil conciencia -no quiero decir sólo fantasía,
aunque acaso mi padre, a mi propio padre -¡papá!- hablar en una
lengua que me sonaba a cosa extraña y como de otro mundo, que es
aquella impresión la que ha quedado grabada, la del padre que habla
una lengua misteriosa y enigmática. Que el francés era entonces para
mí lengua de misterio.
Descubrí al padre -¡papá!- hablando una
lengua de misterio y acaso acariciándome en la nuestra. Pero
¿descubre el hijo al padre? ¿O no es más bien el padre el que
descubre al hijo? ¿Es la filialidad que llevamos en las entrañas la
que nos descubre la paternidad, o no es más bien la paternidad de
nuestras entrañas la que nos descubre nuestra filialidad? "El niño
es el padre del hombre" ha cantado para siempre Wordsworth, pero ¿no
es el sentimiento -¡que pobre palabra!- de paternidad, de
perpetuidad hacia el porvenir, el que nos revela el sentimiento de
filialidad, de perpetuidad hacia el pasado?, ¿no hay acaso un
sentido oscuro de perpetuidad hacia el futuro, de per existencia o
sobre existencia? Y así se explicaría que entre los indios, pueblo
infantil, filial, haya más que la creencia, la vivencia, la
experiencia íntima de una vida -o mejor, una sucesión de vidas-
prenatal, como entre nosotros, los occidentales, hay la creencia -en
muchos la vivencia, la experiencia íntima, el deseo, la esperanza
vital, la fe -en una vida de tras la muerte. Y ese nirvana a que los
indios se encaminan -y no hay más que el camino-, ¿es algo distinto
de la oscura vida natal intrauterina, del sueño sin ensueños, pero
con inconsciente sentir de vida, de antes del nacimiento, pero
después de la concepción? Y he aquí por qué cuando me pongo a soñar
en una experiencia mística a contratiempo, o mejor a arredrotiempo,
le llamo al morir desnacer, y la muerte es otro parto.
"¡Padre, en tus manos pongo mi espíritu!",
clamó el Hijo (Lucas, XXIII, 46) al morirse, al desnacer, en el
parto de la muerte. O según otro Evangelio (Juan XIX.30), clamó: ¡tetélestai!
("¡queda cumplido!")
- "¡Queda cumplido!" suspiró, y doblando
- la cabeza -follaje nazareno en las
manos de Dios puso el espíritu;
- lo dio a luz;
- que así Cristo nació sobre la cruz,
- y al nacer se soñaba a arredro tiempo
- cuando sobre un pesebre
- murió en Belén
- allende todo mal y todo bien
- "¡Queda cumplido!", y "¡en tus manos
pongo mi espíritu!"
¿Y qué es lo que así quedó cumplido?, ¿y
qué fue ese espíritu que así puso en manos del Padre, en manos de
Dios? Quedó cumplida su obra y su obra fue su espíritu. Nuestra obra
es nuestro espíritu y mi obra soy yo mismo que me estoy haciendo día
a día y siglo a siglo, como tu obra eres tú mismo, lector, que te
estás haciendo momento a momento, ahora oyéndome como hablándote.
Porque quiero creer que me oyes más que me lees, como yo te hablo
más que te escribo. Somos nuestra propia obra. Cada uno es hijo de
sus obras, quedó dicho, y lo repitió Cervantes, hijo del Quijote,
pero ¿no es uno también padre de sus obras? Y Cervantes, padre del
Quijote. De donde uno, sin conceptismo, es padre e hijo de sí mismo
y su obra el espíritu santo. Dios mismo, para ser Padre, se nos
enseña que tuvo que ser Hijo, y para sentirse nacer como Padre bajó
a morir como Hijo. "Se va al Padre por el Hijo", se nos dice en el
cuarto Evangelio (XIV, 6), y que quien ve al Hijo ve al Padre (XIV,8),
y en Rusia se le llama al Hijo "nuestro padrecito Jesús".
De mí sé decir que no descubrí de veras mi
esencia filial, mi eternidad de filialidad, hasta que no fui padre,
hasta que no descubrí mi esencia paternal. Es cuando llegué al
hombre de dentro, al eso anthropos, padre e hijo. Entonces me sentí
hijo, hijo de mis hijos e hijo de la madre de mis hijos. Y éste es
el eterno misterio de la vida. El terrible Rafael Valentín de La
piel de zapa, de Balzac, se muere, consumido de deseos, en el seno
de Paulina y estertorando, en las ansias de la agonía, "te quiero,
te adoro, te deseo..", pero no desnace ni renace porque no es el
seno de madre, de madre de sus hijos, de su madre, donde acaba la
novela. ¿Y después de esto, en mi novela de Jugo le he de hacer
acabarse en la experiencia de la paternidad filial, de la filialidad
paternal?
Pero hay otro mundo, novelesco también; hay
otra novela. No la de la carne, sino la de la palabra, la de la
palabra hecha letra. Y ésta es propiamente con la letra, pues sin el
esqueleto no se tiene pie en la carne. Y aquí entra lo de la acción
y contemplación, la política y la novela. La acción es
contemplativa, la contemplación es activa; la política es novelesca
y la novela es política. Cuando mi pobre Jugo, errando por los
bordes -no se les puede llamar riberas- del Sena, dio con libro
agorero y se puso a devorarlo y se ensimismó con él, convirtióse en
un puro contemplador, en un mero lector, lo que es algo absurdo e
inhumano; padecía la novela, pero no la hacía. Y yo quiero contarte,
lector, cómo se hace una novela, cómo haces y has de hacer tú mismo
tu propia novela. El hombre de dentro, el intra-hombre, cuando se
hace lector, contemplador, si es viviente, ha de hacerse, lector,
contemplador del personaje a quien va, a la vez que leyendo,
haciendo, creando, contemplador de su propia obra. El hombre de
dentro, el intra-hombre -y éste es más divino que el tras-hombre o
sobre-hombre nietzscheniano- cuando se hace lector hácese por lo
mismo autor, o sea, actor; cuando lee una novela se hace novelista,
cuando lee historia, historiador. Y todo lector que sea hombre de
dentro, humano, es, lector, autor de lo que lee y está leyendo. Esto
que ahora lees aquí, lector, te lo estás diciendo tú a ti mismo y es
tan tuyo como mío. Y si no es así es que ni lo lees. Por lo cual te
pido perdón, lector mío, por aquella, más que impertinencia,
insolencia que te solté de que no quería decirte cómo acababa la
novela de mi Jugo, mi novela y tu novela. Y me pido perdón a mí
mismo por ello.
¿Me has comprendido, lector? Y si te dirijo
así esta pregunta es para poder colocar a seguida lo que acabo de
leer en un libro filosófico italiano -una de mis lectura de azar- Le
sorgenti irrazionali del pensiero, de Nicola Abbagnano, y es esto:
"Comprender no quiere decir penetrar en la intimidad del pensamiento
ajeno, sino tan sólo traducir en el propio pensamiento, en la propia
verdad, la soterraña experiencia en que se funde la vida propia y la
ajena." Pero ¿no es esto acaso penetrar en la entraña del
pensamiento de otro? Si yo traduzco en mi propio pensamiento la
soterraña experiencia en que se funden mi vida y tu vida, lector, o
si tú la traduces en el propio tuyo, si nos llegamos a comprender
mutuamente, a prendernos conjuntamente, ¿no es que he penetrado yo
en la intimidad de tu pensamiento a la vez que penetras tú en la
intimidad del tuyo y que no es ni mío ni tuyo, sino común de los
dos? ¿No es acaso que mi hombre de dentro, mi intra-hombre, se toca
y hasta se une con tu hombre de dentro, con tu intra-hombre, de modo
que yo viva en ti y tú en mí?
Y no te sorprenda el que así te meta mis
lecturas de azar y te meta en ellas. Gusto de las lecturas de azar,
del azar de las lecturas, a las que caen, como gusto de jugar todas
las tardes, después de comer, el café aquí, en el Grand Café de
Hendaya, con otros tres compañeros, y al tute. ¡Gran maestro de vida
de pensamiento el tute! Porque el problema de la vida consiste en
saber aprovecharse del azar, en darse maña para que no le canten a
uno las cuarenta, si es que no tute de reyes o de caballos, o en
cantarlos uno cuando el azar se los trae. ¡Qué bien dice Montesinos
en el Quijote: "paciencia y barajar"! ¡Profundísima sentencia de
sabiduría quijotesca! ¡Paciencia y barajar! Y mano y vista prontas
al azar que pasa. ¡Paciencia y barajar! Que es lo que hago aquí, en
Hendaya, en la frontera, yo con la novela política de mi vida -y con
la religiosa-: ¡paciencia y barajar! Tal es el problema.
Y no me saltes diciendo, lector mío -¡y yo
mismo, como lector de mí mismo!- que en vez de contarte, según te
prometí, como se hace una novela, te vengo planteando problemas, y
lo que es más grave, problemas metapolíticos y religiosos. ¿Quieres
que nos detengamos un momento en esto del problema? Dispensa a un
filólogo helenista que te explique la novela, o sea la etimología,
de la palabra problema. Que es el sustantivo que representa el
resultado de la acción de un verbo, proballein, que significa echar
o poner por delante, presentar algo, y equivale al latino projicere,
proyectar, de donde problema viene a equivaler a proyecto. Y el
problema, ¿proyecto de qué es? ¡De acción! El proyecto de un
edificio es proyecto de construcción. Y un problema presupone no
tanto una solución, en el sentido analítico, o disolutivo, cuanto
una construcción, una creación. Se resuelve haciendo. O dicho en
otros términos, un proyecto se resuelve en un trayecto, un problema
en un metablema, en un cambio. Y sólo con la acción se resuelven
problemas. Acción que es contemplativa como la contemplación es
activa, pues creer que se puede hacer política sin novela o novela
sin política es no saber lo que se quiere creer.
Gran político de acción, tan grande como
Pericles, fue Tucídides, el maestro de Maquiavelo, el que nos dejó
"para siempre -"¡para siempre!": es su frase y su sello -la historia
de la guerra del Peloponeso.
Y así es, lector, como se hace para siempre
una novela.
Terminado el viernes 17 de junio de 1927,
en Hendaya,
Bajos Pirineos, frontera entre Francia y España
MARTES 21: ¿Terminado? ¡Qué pronto escribí
eso! ¿Es que se puede terminar algo, aunque sólo sea una novela, de
cómo se hace una novela? Hace ya años, en mi primera mocedad, oía
hablar a mis amigos wagnerianos de melodía infinita. No sé bien lo
que es esto, pero debe de ser como la vida y su novela, que nunca
terminan. Y como la historia.
Porque hoy me llega un número de La
Prensa, de Buenos Aires, el del 22 de mayo de este año, y en él
un artículo de Azorín sobre Jacques de Lacretelle. Éste envió a
aquél un librito suyo titulado Aparte y Azorín lo comenta.
"Se compone -nos dice éste hablándonos del librito de Lacretelle (no
de De Lacretelle, amigos argentinos)- de una novelita titulada
"Cólera", de un "Diario", en que el autor explica cómo ha compuesto
dicha novela, y de unas páginas filosóficas, críticas, dedicadas a
evocar la memoria de Juan Jacobo Rousseau en Ermenonville." No
conozco el librito de J. De Lacretelle -o de Lacretelle- más que por
este artículo de Azorín; pero encuentro profundamente significativo
y simbólico el que un autor que escribe un "Diario" para explicar
cómo ha compuesto una novela evoque la memoria de Rousseau, que se
pasó la vida explicándonos cómo se hizo la novela de esa su vida, o
sea su vida representativa, que fue una novela.
Añade luego Azorín: "De todos estos
trabajos, el más interesante, sin duda es el "Diario de cólera", es
decir, las notas que, si no día por día, al menos muy
frecuentemente, ha ido tomando el autor sobre el desenvolvimiento de
la novela que llevaba entre manos. Ya se ha escrito, recientemente,
otro diario de esta laya; me refiero al libro que el sutilísimo y
elegante André Gide ha escrito para explicar la génesis y proceso de
cierta novela suya. El género debiera propagarse. Todo novelista,
con motivo de una novela suya, podría escribir otro libro -novela
veraz, auténtica- para dar a conocer el mecanismo de su ficción.
Cuando yo era niño -supongo que ahora pasa lo mismo- me interesaban
mucho los relojes; mi padre o alguno de mis tíos solían enseñarme el
suyo; yo lo examinaba con cuidado, con admiración; lo ponía junto a
mi oído; escuchaba el precipitado y perseverante tictac; veía cómo
el minutero avanzaba con mucha lentitud; finalmente, después de
visto todo lo exterior de la muestra, mi padre o mi tío levantaba
-con la uña o con un cortaplumas- la tapa posterior y me enseñaba el
complicado y sutil organismo... Los novelistas que ahora hacen
libros para explicar el mecanismo de su novela, para hacer ver cómo
ellos proceden al escribir, lo que hacen sencillamente, es levantar
la tapa del reló. El reló del señor Lacretelle es precioso; no sé
cuántos rubíes tiene la maquinaria; pero todo ello es pulido,
brillante. Contemplémosla y digamos algo de lo que hemos observado."
Lo que merece comentario: Lo primero, que
la comparación del reló está muy mal traída y responde a la idea del
"mecanismo de su ficción". Una ficción de mecanismo, mecánica, no es
ni puede ser novela. Una novela, para ser viva, para ser vida, tiene
que ser, como la vida misma, organismo y no mecanismo. Y no sirve
levantar la tapa del reló. Ante todo porque una verdadera novela,
una novela viva, no tiene tapa, y luego porque no es maquinaria lo
que hay que mostrar, sino entrañas palpitantes de vida, calientes de
sangre. Y eso se ve fuera. Es como la cólera que se ve en la cara y
en los ojos y sin necesidad de levantar tapa alguna.
El relojero, que es un mecánico, puede
levantar la tapa del reló para que el cliente vea la maquinaria,
pero el novelista no tiene que levantar nada para que el lector
sienta la palpitación de las entrañas del organismo vivo de la
novela, que son las entrañas mismas del novelista, del autor. Y las
del lector identificado con él por la lectura.
Más, por otra parte, el relojero conoce
reflexivamente, críticamente, el mecanismo del reló, pero el
novelista, ¿conoce así el organismo de su novela? Si hay tapa en
ésta, la hay para el novelista mismo. Los mejores novelistas no
saben lo que han puesto en sus novelas. Y si se ponen a hacer un
diario de cómo las han escrito es para descubrirse a sí mismos. Los
hombres de diarios o autobiografías y confesiones, San Agustín,
Rousseau, Amiel, se han pasado la vida buscándose a sí mismos
-buscando a Dios en sí mismos-, y sus diarios, autobiografías o
confesiones no han sido sino la experiencia de es rebusca. Y esa
experiencia no puede acabar sino con la vida.
¿Con su vida? ¡Ni con ella! Porque su vida
íntima, entrañada, novelesca, se continúa en la de sus lectores. Así
como empezó antes. Porque nuestra vida íntima, entrañada, novelesca,
¿empezó con cada uno de nosotros? Pero de esto ya he dicho algo y no
es cosa de volver a lo dicho. Aunque, ¿por qué no? Es lo propio del
hombre del diario, del que se confiesa, el repetirse. Cada día suyo
es el mismo día.
Y ¡ojo con caer en el diario! El hombre que
da en llevar un diario -como Amiel- se hace el hombre del diario,
vive para él. Ya no apunta en su diario lo que a diario piensa, sino
que lo piensa para apuntarlo. Y en el fondo, ¿no es lo mismo? Juega
uno con eso del libro del hombre y el hombre del libro, pero ¿hay
hombres que no sean de libro? Hasta los hay que no saben ni leer ni
escribir. Todo hombre, verdaderamente hombre, es hijo de una
leyenda, escrita u oral. Y no hay más que leyenda, o sea novela.
Quedamos, pues, en que el novelista que
cuenta cómo se hace una novela cuenta cómo se hace un novelista, o
sea cómo se hace un hombre. Y muestra sus entrañas humanas, eternas
y universales, sin tener que levantar tapa alguna de reló. Esto de
levantar tapas de reló se queda para literatos que no son
precisamente novelistas.
¡Tapa de reló! Los niños despanzurran a un
muñeco, y más si es de mecanismos, para verle las tripas, para ver
lo que lleva dentro. Y, en efecto, para darse cuenta de cómo
funciona un muñeco, un fantoche, un homunculus mecánico, hay que
despanzurrarle, hay que levantar la tapa del reló. Pero ¿un hombre
histórico?, ¿un hombre de verdad?, ¿un actor del drama de la vida?,
¿un sujeto de novela? Este lleva las entrañas en la cara. O dicho de
otro modo, su entraña -intranea-, lo de dentro, es su extraña -extranea-,
lo de fuera; su forma es su fondo. Y he aquí por qué toda expresión
de un hombre histórico verdadera es autobiográfica. Y he aquí por
qué un hombre histórico verdadero no tiene tapa. Aunque sea un
hipócrita. Pues precisamente son los hipócritas los que más llevan
las entrañas en la cara. Tienen tapa, pero es de cristal
JUEVES 30-6
Acabo de leer que como Federico Lefreve, el
de las conversaciones con hombres públicos para publicarlas en Les
Nouvelles Littèraires -a mí me sometió a una-, le preguntara a Jorge
Clemenceau, el mozo de ochenta y cinco años, si se decidiría a
escribir sus Memorias, éste le contestó: "¡Jamás!, la vida está
hecha para ser vivida y no para ser contada." Y, sin embargo,
Clemenceau, en su larga vida quijotesca de guerrillero de la pluma
no ha hecho sino contar su vida.
Contar la vida, ¿no es acaso un modo, y tal
vez el más profundo, de vivirla? ¿No vivió Amiel su vida íntima
contándola? ¿No es su Diario su vida? ¿Cuándo se acabará de
comprender que la acción es contemplativa y la contemplación es
activa?
Hay lo hecho y hay lo que se hace. Se llega
a lo invisible de Dios por lo que está hecho -per ea quae facta sunt,
según la versión latina canónica, no muy ceñida al original griego,
de un pasaje de San Pablo (Romanos, I, 20)- pero ése es el camino de
la naturaleza, y la naturaleza es muerta. Hay el camino de la
historia, y la historia es viva; y el camino de la historia es
llegar a lo invisible de Dios, a sus misterios, por lo que se está
haciendo, per ea quae fiunt. No por poemas -que es la expresión
precisa pauliniana-, sino por poesías; no por entendimiento, sino
por intelección o mejor por intención -propiamente intensión-. (¿Por
qué ya que tenemos extensión e intensidad, no hemos de tener
intensión y extensidad?)
Vivo ahora y aquí mi vida contándola. Y
ahora y aquí es de la actualidad, que sustenta y funde a la sucesión
del tiempo así como la eternidad la envuelve y junta.
DOMINGO, 3-7
Leyendo hoy una historia de la mística
filosófica de la Edad Media he vuelto a dar con aquella sentencia de
San Agustín en sus confesiones donde dice (lib.10,c.33,n.50) que se
ha hecho problema en sí mismo mihi quaestio factus sum -porque creo
que es por problema como hay que traducir quaestio-. Y yo me he
hecho problema, cuestión, proyecto de mí mismo. ¿Cómo se resuelve
esto? Haciendo del proyecto, trayecto del problema, metablema;
luchando. Y así, luchando, civilmente, ahondando en mí mismo como
problema, cuestión para mí, trascenderé de mí mismo, y hacia dentro,
concentrándome para irradiarme, y llegaré al Dios actual, el de la
historia.
Hugo de San Víctor, el místico del siglo
XII, decía que subir a Dios es entrarse en sí mismo y no sólo entrar
en sí, sino pasarse de sí mismo, en lo de más adentro -in intimis
etiam seipsum transire- de cierto inefable modo, y que lo más íntimo
es lo más cercano, lo supremo y eterno. Y a través de mí mismo,
traspasándome, llego al Dios de mi España en esta experiencia del
destierro.
LUNES, 4-7
Ahora que ha venido mi familia y me he
establecido con ella, para los meses de verano, en una villa fuera
del hotel, he vuelto a ciertos hábitos familiares y entre ellos a
entretenerme haciendo, entre los míos, solitarios a la baraja, lo
que aquí en Francia, llaman patience.
El solitario que más me gusta es uno que
deja un cierto margen al cálculo del jugador, aunque no sea mucho.
Se colocan los naipes en ocho filas de cinco en sentido vertical -o
sea cinco filas de ocho en sentido horizontal- y se trata de sacar
desde abajo los ases y los doses poniendo las 32 cartas que quedan
en cuatro filas verticales de mayor a menor y sin que se sigan dos
de un mismo palo, o sea, que a una sota de oros, por ejemplo, no
debe seguir un siete de oros también, sino de cualquiera de los
otros tres palos. El resultado depende en parte de cómo se empiece;
hay que saber, pues, aprovechar el azar. Y no es otro el arte de la
vida en la historia.
Mientras sigo el juego, ateniéndome a sus
reglas, a sus normas, con la más escrupulosa conciencia normativa,
con un vivo sentimiento del deber, de la obediencia a la ley que me
he creado -el juego bien jugado es la fuente de la conciencia
moral-, mientras sigo el juego es como si una música silenciosa
brezara mis meditaciones de la historia que voy viviendo y haciendo.
Barajar los naipes es algo, en otro plano,
como ver romperse las olas de la mar en la arena de la playa. Y
ambas cosas nos hablan de la naturaleza en la historia, del azar en
la libertad.
Y no me impaciento si la jugada tarda en
resolverse y no hago trampas. Y ello me enseña a esperar que se
resuelva la jugada histórica de mi España, a no impacientarme por su
solución, a barajar y tener paciencia en este otro juego solitario y
de paciencia. Los días vienen y se van como vienen y se van las olas
de la mar; los hombres vienen y se van -a las veces se van y luego
vienen- como vienen y se van los naipes, y este vaivén es la
historia. Allá a lo lejos, sin que yo conscientemente lo oiga,
resuena, en la playa, la música de la mar fronteriza. Rompen en ella
las olas que han venido lamiendo costa de España.
¡Y qué de cosas me sugieren los cuatro
reyes, con sus cuatro sotas, los de espadas, bastos, oros y copas,
caudillos de las cuatro filas del orden vencedor! ¡El orden!
¡Paciencia, pues y barajar!
MARTES, 5-7
Sigo pensando en los solitarios, en la
historia. El solitario es el juego del azar. Un buen matemático
podría calcular la probabilidad que hay de que salga o no una |