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- I -
Hablemos del escándalo
Es cosa de todos sabida que, en el año de
1882, naturalismo y realismo son a la literatura lo que a la política
el partido formado por el Duque de la Torre: se ofrecen como última
novedad, y, por añadidura, novedad escandalosa. Hasta los oídos del
más profano en letras comienzan a familiarizarse con los dos ismos.
Dada la olímpica indiferencia con que suele
el público mirar las cuestiones literarias, algo desusado y anormal
habrá en ésta cuando así logra irritar la curiosidad de unos, vencer
la apatía de otros, y que todo el mundo se imagine llamado a opinar de
ella y resolverla.
Este movimiento no sería malo, al contrario,
si naciese de aquel ardiente amor al arte que dicen inflamaba a los
ciudadanos de las repúblicas griegas; pero aquí reconoce distinto
origen, y desatiende la cuestión literaria para atender a otras
diferentes aunque afines. Muy análogo es lo que ocurre ahora con el
naturalismo y el realismo a lo que sucedió con los dramas del Sr.
Echegaray. Si teníamos o no un grande y verdadero poeta dramático; si
sus ficciones eran bellas; si procedía de nuestra escuela romántica o
había que considerar en él un atrevido novador, de todo esto se le
importó algo a media docena de literatos y críticos; lo que es al
público le tuvo sin cuidado; discutió, principalmente, si Echegaray
era moral o inmoral, si las señoritas podían o no asistir a la
representación de Mar sin orillas, y si el autor figuraba en las filas
democráticas y había hablado in illo tempore de cierta trenza... El
resultado fue el que tenía que ser: extraviarse lastimosamente la
opinión, por tal manera, que harán falta bastantes años y la lenta
acción de juiciosa crítica para que se descubra el verdadero rostro
literario de Echegaray, y en vez del dramaturgo subversivo y
demoledor, se vea al reaccionario que retrocede, no sólo al
romanticismo, sino al teatro antiguo de Calderón y Lope.
Otro tanto acaecerá con el naturalismo y el
realismo: a fuerza de encarecer su grosería, de asustarse de su
licencia, de juzgarlo por dos o tres páginas, o si se quiere por dos o
tres libros, el público se quedará en ayunas, sin conocer el carácter
de estas manifestaciones literarias, después de tanto como se habla de
ellas a troche y moche.
Fácil es probar la verdad de cuanto indico.
¿Qué lector de periódicos habrá que no tropiece con artículos
rebosando indignación, donde se pone a naturalistas y realistas como
hoja de perejil, anatematizándolos en nombre de las potestades del
cielo y de la tierra? Y esto no sólo en los diarios conservadores y
graves, sino en el papel más radical y ensalzao, que diría un
personaje de Pereda. Publicaciones hay que después de burlarse, tal
vez, de los dogmas de la Iglesia, y de atacar sañudamente a clases e
instituciones, se revuelven muy enojadas contra el naturalismo, que en
su entender tiene la culpa de todos los males que afligen a la
sociedad. Aquí que no peco, dicen para su sayo. Hubo un tiempo en que
la acusación de desmoralizarnos pesó sobre la lotería y los toros: el
naturalismo va a heredar los crímenes de estas dos diversiones
genuinamente nacionales.
En confirmación de mi aserto aduciré un
hecho. El Sr. Moret y Prendergast asistió este verano a los Juegos
florales de Pontevedra, haciendo gran propaganda
democrático-monárquica: pero también lució su elocuencia en la velada
literaria, donde, dejando a un lado las lides del Parlamento y las
tempestades de la política, lanzó un indignado apóstrofe a Zola y
felicitó a los poetas y literatos gallegos que concurrieron al
certamen, por no haber seguido las huellas del autor de los Rougon
Macquart.
Francamente, confieso que si me hubiese
pasado toda la mañana en querer adivinar lo que diría por la noche el
Sr. Moret, así se me pudo ocurrir que la tomase con Zola, como con
Juliano el Apóstata o el moro Muza. Cualquiera de estos dos personajes
hace en nuestra poesía tantos estragos como el pontífice del
naturalismo francés: a poeta alguno, que yo sepa, se le pasa por las
mientes imitarlo, ni en Pontevedra, ni en otra ciudad de España. Si el
Sr. Moret recomendase a los poetas originalidad e independencia
respecto de Bécquer, de Espronceda, de Campoamor o Núñez de Arce...,
entonces no digo... Lo que es Zola bien inocente está de los delitos
poéticos que se cometen en nuestra patria. Y en la prosa misma nos
dañan bastante más, hoy por hoy, otros modelos.
El proceder del Sr. Moret me recuerda el caso
de aquel padre predicador que en un pueblo se desataba condenando las
peinetas, los descotes bajos y otras modas nuevas y peregrinas de
Francia, que nadie conocía ni usaba entre las mujeres que componían su
auditorio. Oíanle éstas y se daban al codo murmurando bajito: «¡Hola,
se usan descotes! ¡Hola, conque se llevan peinetas!».
El lado cómico que para mí presenta el
apóstrofe del Sr. Moret, es dar señal indudable de la confusión de
géneros que hoy reina en la oratoria. Poca gente asiste a los sermones
en la iglesia; pero, en cambio, casi no hay apertura de Sociedad,
discurso de Academia, ni arenga política que no tienda a moralizar a
los oyentes. Al Sr. Moret le sirvió Zola para mezclar en su discurso
lo grave con lo ameno, lo útil con lo dulce; sólo que erró en el
ejemplo.
Si entre los hombres políticos no está en
olor de santidad el naturalismo, tampoco entre los literatos de España
goza de la mejor reputación. Pueden atestiguarlo las frases
pronunciadas por mi inspirado amigo el señor Balaguer al resumir los
debates de la sección de literatura del Ateneo. Un insigne novelista,
de los que más prefiere y ama el público español, me declaraba
últimamente no haber leído a Zola, Daudet ni ninguno de los escritores
naturalistas franceses, si bien le llegaba su mal olor. Pues bien: con
todo el respeto que se merece el elegante narrador y cuantos piensen
como él reuniendo iguales méritos, protesto y digo que no es lícito
juzgar y condenar de oídas y de prisa, y sentenciar a la hoguera
encendida por el ama de Don Quijote a una época literaria, a una
generación entera de escritores dotados de cualidades muy diversas, y
que si pueden convenir en dos o tres principios fundamentales, y ser,
digámoslo así, frutos de un mismo otoño, se diferencian entre sí como
la uva de la manzana y ésta de la granada y del níspero. ¿No fuera
mejor, antes de quemar el ya ingente montón de libros naturalistas,
proceder a un donoso escrutinio como aquel de marras?
Ni es sólo en España donde la literatura
naturalista y realista está fuera de la ley. Citaré para demostrarlo
un detalle que me concierne; y perdone el lector si saco a colación mi
nombre, di necessitá, como dijo el divino poeta. En la Revue
Britannique del 8 de Agosto de 1882 vio la luz un artículo titulado
Littérature Espagnole Critique. Un diplomate romancier: Juan Valera.
(Largo es el título; pero responda de ello su autor, que firma
Desconocid). Ahora pues, este Mr. Desconocid, tras de hablar un buen
rato de las novelas del Sr. Valera, va y se enfada y dice: «J'apprends
qu'une femme, dans Un voyage de fiancés (Viaje de novios), essaye
d'acclimater en Espagne le roman naturaliste. Le naturalisme consiste
probablement en ce que [...]». No reproduzco el resto del párrafo,
porque el censor idealista añade a renglón seguido cosas nada ideales;
paso por alto lo de traducir viaje de novios «Voyage de fiancés», como
si fuesen los futuros y no los esposos quienes viajan juntos mano a
mano -cosa no vista hasta la fecha- porque también traduce «Pasarse de
listo» por «Trop d'imagination»); y voy solamente a la ira y desdén
que el crítico traspirenaico manifiesta cuando averigua que existe en
España une femme que osa tratar de aclimatar la novela naturalista!
Parece al pronto que todo crítico formal, al tener noticia del
atentado, desearía procurarse el cuerpo del delito para ver con sus
propios ojos hasta dónde llega la iniquidad del autor; y si esto
hiciese Mr. Desconocid, lograría dos ventajas: primera, convencerse de
que casi estoy tan inocente de la tentativa de aclimatación consabida,
como Zola de la perversión de nuestros poetas; segunda, evitar la
garrafalada de traducir viaje de novios por «Voyage de fiancés», y
todas las ingeniosas frases que le inspiró esta versión libérrima.
Pero Mr. Desconocid echó por el atajo, diciendo lo que quiso sin
molestarse en leer la obra, sistema cómodo y por muchos empleado.
He de confesar que, viéndome acusada nada
menos que en dos lenguas (la Revue Britannique se publica, si no me
engaño, en París y Londres simultáneamente) de los susodichos ensayos
de aclimatación, creció mi deseo de escribir algo acerca de la
palpitante cuestión literaria: naturalismo y realismo. Cualquiera que
sea el fallo que las generaciones presentes y futuras pronuncien
acerca de las nuevas formas del arte, su estudio solicita la mente con
el poderoso atractivo de lo que vive, de lo que alienta; de lo actual,
en suma. Podrá la hora que corre ser o no ser la más bella del día;
podrá no brindarnos calor solar ni amorosa luz de luna; pero al fin es
la hora en que vivimos.
Aún suponiendo que naturalismo y realismo
fuesen un error literario, un síntoma de decadencia, como el
culteranismo, v. gr., todavía su conocimiento, su análisis, importaría
grandemente a la literatura. ¿No investiga con afán el teólogo la
historia de las herejías? ¿No se complace el médico en diagnosticar
una enfermedad extraña? Para el botánico hay sin duda algunas plantas
lindas y útiles y otras feas y nocivas, pero todas forman parte del
plan divino y tienen su belleza peculiar en cuanto dan elocuente
testimonio de la fuerza creadora. Al literato no le es lícito
escandalizarse nimiamente de un género nuevo, porque los períodos
literarios nacen unos de otros, se suceden con orden, y se encadenan
con precisión en cierto modo matemática: no basta el capricho de un
escritor, ni de muchos, para innovar formas artísticas; han de venir
preparadas, han de deducirse de las anteriores. Razón por la cual es
pueril imputar al arte la perversión de las costumbres, cuando con
mayor motivo pueden achacarse a la sociedad los extravíos del arte.
Todas estas consideraciones, y la convicción
de que el asunto es nuevo en España, me inducen a emborronar una serie
de artículos donde procure tratarlo y esclarecerlo lo mejor que sepa,
en estilo mondo y llano, sin enfadosas citas de autoridades ni
filosofías hondas. Quizás esta misma ligereza de mi trabajo lo haga
soportable al público: el corcho sobrenada, mientras se sumerge el
bronce. Si no salgo airosa de mi empresa, otro lo cantará con mejor
plectro.
Obedece al mismo propósito de vulgarización
literaria la inserción de estos someros estudios en un periódico
diario. Si a tanto honor los hiciese acreedores la aprobación del
lector discreto, no faltará un in 8.º donde empapelarlos; entretanto,
corran y dilátense llevados por las alas potentes y veloces de la
prensa, de la cual todo el mundo murmura, y a la cual todo el mundo se
acoge cuando le importa... Y aquí me ocurre una aclaración. El pasado
año se discutió en el Ateneo el tema de estos artículos, a saber: el
naturalismo. La costumbre -con otra causa más poderosa no atino ahora,
tal vez por la premura con que escribo- veda a las damas la asistencia
a aquel centro intelectual; de suerte que, aun cuando me hallase en la
corte de las Españas, no podría apreciar si se ventiló en él con
equidad y profundidad la cuestión. Así es que al asegurar que el
asunto es nuevo, aludo en particular a los dominios de la palabra
escrita, donde definitivamente se resuelven los problemas literarios.
Sentado todo lo anterior, hablemos del
escándalo. Cada profesión tiene su heroísmo propio: el anatómico es
valiente cuando diseca un cadáver y se expone a picarse con el bisturí
y quedar inficionado del carbunclo, o cosa parecida; el aeronauta,
cuando corta las cuerdas del globo; el escritor ha menester resolución
para contrarrestar poco o mucho la opinión general; así es que
probablemente, al emprender este trabajo, añado algunos renglones
honrosos a mi modesta hoja de servicios.
Tal vez alguien vuelva a hablar de
aclimataciones y otras niñerías, afirmando que quise abogar por una
literatura inmunda, vitanda y reprobable. A bien que la verdad se hace
lugar tarde o temprano, y el que desapasionada y pacientemente lea lo
que sigue, no verá panegíricos ni alegatos, sino la apreciación
imparcial de la fase literaria más reciente y característica. Y, por
otra parte, como las ideas se difunden hoy con tal rapidez, es posible
que en breve lo que ahora parece novedad sea conocido hasta de los
estudiantes de primer año de retórica. Para entonces tendrá el
naturalismo en España panegiristas y sectarios verdaderos, y a los
meros expositores nos reintegrarán en nuestro puesto neutral.
- II -
Entramos en materia
Empezaré diciendo lo que en mi opinión debe
entenderse por naturalismo y realismo, y si son una misma cosa o cosas
distintas.
Por supuesto que el Diccionario de la Lengua
castellana (que tiene el don de omitir las palabras más usuales y
corrientes del lenguaje intelectual, y traer en cambio otras como of,
chincate, songuita, etc., que sólo habiendo nacido hace seis siglos, o
en Filipinas, o en Cuba, tendríamos ocasión de emplear), carece de los
vocablos naturalismo y realismo. Lo cual no me sorprendería si éstos
fuesen nuevos; pero no lo son, aunque lo es, en cierto modo, su
acepción literaria presente. En filosofía, ambos términos se emplean
desde tiempo inmemorial: ¿quién no ha oído decir el naturalismo de
Lucrecio, el realismo de Aristóteles? En cuanto al sentido más
reciente de la palabra naturalismo, Zola declara que ya se lo da
Montaigne, escritor moralista que murió a fines del siglo XVI.
Entre las cien mil voces añadidas al
Diccionario por una Sociedad de Literatos (París, Garnier, 1882),
encuéntrase la palabra naturalismo, pero únicamente en su acepción
filosófica: ni por asociarse se acuerdan más de la literatura los
literatos susodichos. Así es que para fijar el sentido de las voces
naturalismo y realismo, acudiremos al de natural y real. Según el
Diccionario, natural es «lo que pertenece a la naturaleza»; real «lo
que tiene existencia verdadera y efectiva».
Y es muy cierto que el naturalismo riguroso,
en literatura y en filosofía, lo refiere todo a la naturaleza: para él
no hay más causa de los actos humanos que la acción de las fuerzas
naturales del organismo y el medio ambiente. Su fondo es determinista,
como veremos.
Por determinismo entendían los escolásticos
el sistema de los que aseguraban que Dios movía o inclinaba
irresistiblemente la voluntad del hombre a aquella parte que convenía
a sus designios. Hoy determinismo significa la misma dependencia de la
voluntad, sólo que quien la inclina y subyuga no es Dios, sino la
materia y sus fuerzas y energías. De un fatalismo providencialista,
hemos pasado a otro materialista. Y pido perdón al lector si voy a
detenerme algo en el asunto; poquísimas veces ocurrirá que aquí se
hable de filosofía, y nunca profundizaremos tanto que se nos levante
jaqueca; pero dos o tres nocioncillas son indispensables para entender
en qué consiste la diferencia del naturalismo y el realismo.
Filósofos y teólogos discurrieron, en todo
tiempo, sobre la difícil cuestión de la libertad humana. ¿Nuestra
voluntad es libre? ¿Podemos obrar como debemos? Es más: ¿podemos
querer obrar como debemos? La antigüedad pagana se inclinó
generalmente a la solución fatalista. Sus dramas nos ofrecen el
reflejo de esta creencia: los Atridas, al cometer crímenes espantosos,
obedecen a los dioses; penetrado de una idea fatalista, el filósofo
estoico Epicteto decía a Dios: «llévame adonde te plazca»; y el
historiador Veleyo Patérculo escribía que Catón «no hizo el bien por
dar ejemplo, sino porque le era imposible, dentro de su condición,
obrar de otro modo». Más adelante, la teología cristiana, a su vez,
discutió el tema del albedrío, en el cual se encerraba el gravísimo
problema del destino final del hombre; porque, según acertadamente
observaba San Clemente de Alejandría ni elogios, ni honores, ni
suplicios tendrían justo fundamento, si el alma no gozase de libertad
al desear y al abstenerse, y si el vicio fuese involuntario. El mérito
singular de la teología católica consiste en romper las cadenas del
antiguo fatalismo, sin negar la parte importantísima que toma en
nuestros actos la necesidad. En efecto, reconociendo el libre arbitrio
absoluto, como lo hacía el hereje Pelagio resultaba que el hombre
podría, entregado a sus fuerzas solas y sin ayuda de la gracia,
salvarse y ser perfecto, mientras que, anulando la libertad, como el
otro heresiarca Lutero, el ente más malvado e inicuo sería también
perfecto e impecable, puesto que no estaba en su mano proceder de
distinto modo.
Supo la teología mantenerse a igual distancia
de ambos extremos; y San Agustín acertó a realizar la conciliación del
albedrío y la gracia, con aquella profundidad y tino propios de su
entendimiento de águila. Para esta conciliación hay un dogma católico
que alumbra el problema con clara luz: el del pecado original. Sólo la
caída de una naturaleza originariamente pura y libre puede dar la
clave de esta mezcla de nobles aspiraciones y bajos instintos, de
necesidades intelectuales y apetitos sensuales, de este combate que
todos los moralistas, todos los psicólogos, todos los artistas se han
complacido en sorprender, analizar y retratar.
Tiene la explicación agustiniana la ventaja
inapreciable de estar de acuerdo con lo que nos enseñan la experiencia
y sentido íntimo. Todos sabemos que cuando en el pleno goce de
nuestras facultades nos resolvemos a una acción, aceptamos su
responsabilidad: es más: aun bajo el influjo de pasiones fuertes, ira,
celos, amor, la voluntad puede acudir en nuestro auxilio; ¡quién habrá
que, haciéndose violencia, no la haya llamado a veces, y -si merece el
nombre de racional- no la haya visto obedecer al llamamiento! Pero
tampoco ignora nadie que no siempre sucede así, y que hay ocasiones en
que, como dice San Agustín, «por la resistencia habitual de la
carne... el hombre ve lo que debe hacer, y lo desea sin poder
cumplirlo». Si en principio se admite la libertad, hay que suponerla
relativa, e incesantemente contrastada y limitada por todos los
obstáculos que en el mundo encuentra. Jamás negó la sabia teología
católica semejantes obstáculos, ni desconoció la mutua influencia del
cuerpo y del alma, ni consideró al hombre espíritu puro, ajeno y
superior a su carne mortal; y los psicólogos y los artistas
aprendieron de la teología aquella sutil y honda distinción entre el
sentir y el consentir, que da asunto a tanto dramático conflicto
inmortalizado por el arte.
¡Qué horizontes tan vastos abre a la
literatura esta concepción mixta de la voluntad humana!
Cualquiera pensará que nos hemos ido a mil
leguas de Zola y del naturalismo; pues no es así; ya estamos de
vuelta. El fatalismo vulgar, el determinismo providencialista de
Epicteto y Lutero, los trasladó Zola a la región literaria,
vistiéndoles ropaje científico moderno.
Mostraremos cómo.
Si al hablar de la teoría naturalista la
personifico en Zola, no es porque sea el único a practicarla, sino
porque la ha formulado clara y explícitamente en siete tomos de
estudios crítico-literarios, sobre todo en el que lleva por título La
Novela Experimental. Declara allí que el método del novelista moderno
ha de ser el mismo que prescribe Claudio Bernard al médico en su
Introducción al Estudio de la Medicina Experimental; y afirma que en
todo y por todo se refiere a las doctrinas del gran fisiólogo,
limitándose a escribir novelista donde él puso médico. Fundado en
estos cimientos, dice que así en los seres orgánicos como en los
inorgánicos hay un determinismo absoluto en las condiciones de
existencia de los fenómenos. «La ciencia, añade, prueba que las
condiciones de existencia de todo fenómeno son las mismas en los
cuerpos vivos que en los inertes, por donde la fisiología adquiere
igual certidumbre que la química y la física. Pero hay más todavía:
cuando se demuestre que el cuerpo del hombre es una máquina, cuyas
piezas, andando el tiempo, monte y desmonte el experimentador a su
arbitrio, será forzoso pasar a sus actos pasionales e intelectuales, y
entonces penetraremos en los dominios que hasta hoy señorearon la
poesía y las letras. Tenemos química y física experimentales; en pos
viene la fisiología, y después la novela experimental también. Todo se
enlaza: hubo que partir del determinismo de los cuerpos inorgánicos
para llegar al de los vivos; y puesto que sabios como Claudio Bernard
demuestran ahora que al cuerpo humano lo rigen leyes fijas, podemos
vaticinar, sin que quepa error, la hora en que serán formuladas a su
vez las leyes del pensamiento y de las pasiones. Igual determinismo
debe regir la piedra del camino que el cerebro humano. Hasta aquí el
texto, que no peca de obscuro, y ahorra el trabajo de citar otros.
Tocamos con la mano el vicio capital de la
estética naturalista. Someter el pensamiento y la pasión a las mismas
leyes que determinan la caída de la piedra; considerar exclusivamente
las influencias físico-químicas, prescindiendo hasta de la
espontaneidad individual, es lo que se propone el naturalismo y lo que
Zola llama en otro pasaje de sus obras «mostrar y poner de realce la
bestia humana». Por lógica consecuencia, el naturalismo se obliga a no
respirar sino del lado de la materia, a explicar el drama de la vida
humana por medio del instinto ciego y la concupiscencia desenfrenada.
Se ve forzado el escritor rigurosamente partidario del método
proclamado por Zola, a verificar una especie de selección entre los
motivos que pueden determinar la voluntad humana, eligiendo siempre
los externos y tangibles y desatendiendo los morales, íntimos y
delicados: lo cual, sobre mutilar la realidad, es artificioso y a
veces raya en afectación, cuando, por ejemplo, la heroína de Una
Página de Amor manifiesta los grados de su enamoramiento por los de
temperatura que alcanza la planta de sus pies.
Y no obstante, ¿cómo dudar que si la
psicología, lo mismo que toda ciencia, tiene sus leyes ineludibles y
su proceso causal y lógico no posee la exactitud demostrable que
encontramos, por ejemplo, en la física? En física el efecto
corresponde estrictamente a la causa: poseyendo el dato anterior
tenemos el posterior; mientras en los dominios del espíritu no existe
ecuación entre la intensidad de la causa y del efecto, y el observador
y el científico tienen que confesar, como lo confiesa Delboeuf
(testigo de cuenta, autor de La Psicología Considerada como Ciencia
Natural) «que lo psíquico es irreductible a lo físico».
En esta materia le ha sucedido a Zola una
cosa que suele ocurrir a los científicos de afición: tomó las
hipótesis por leyes, y sobre el frágil cimiento de dos o tres hechos
aislados erigió un enorme edificio. Tal vez imaginó que hasta Claudio
Bernard nadie había formulado las admirables reglas del método
experimental, tan fecundas en resultados para las ciencias de la
naturaleza. Hace rato que nuestro siglo aplica esas reglas, madres de
sus adelantos. Zola quiere sujetar a ellas el arte, y el arte se
resiste, como se resistiría el alado corcel Pegaso a tirar de una
carreta; y bien sabe Dios que esta comparación no es en mi ánimo
irrespetuosa para los hombres de ciencia; sólo quiero decir que su
objeto y caminos son distintos de los del artista.
Y aquí conviene notar el segundo error de la
estética naturalista, error curioso que en mi concepto debe atribuirse
también a la ciencia mal digerida de Zola. Después de predecir el día
en que, habiendo realizado los novelistas presentes y futuros gran
cantidad de experiencias, ayuden a descubrir las leyes del pensamiento
y la pasión, anuncia los brillantes destinos de la novela
experimental, llamada a regular la marcha de la sociedad, a ilustrar
al criminalista, al sociólogo, al moralista, al gobernante... Dice
Aristófanes en sus Ranas: «He aquí los servicios que en todo tiempo
prestaron los poetas ilustres: Orfeo enseñó los sacros misterios y el
horror al homicidio; Museo, los remedios contra enfermedades y los
oráculos; Hesíodo, la agricultura, el tiempo de la siembra y
recolección; y al divino Homero ¿de dónde le vino tanto honor y
gloria, sino de haber enseñado cosas útiles, como el arte de las
batallas, el valor militar, la profesión de las armas?...». Ha llovido
desde Aristófanes acá. Hoy pensamos que la gloria y el honor del
divino Homero consisten en haber sido un excelso poeta: el arte de las
batallas es bien diferente ahora de lo que era en los días de Agamenón
y Aquiles, y la belleza de la poesía homérica permanece siempre nueva
e inmutable.
El artista de raza (y no quiero negar que lo
sea Zola, sino observar que sus pruritos científicos le extravían en
este caso) nota en sí algo que se subleva ante la idea utilitaria que
constituye el segundo error estético de la escuela naturalista. Este
error lo ha combatido más que nadie el mismo Zola, en un libro
titulado Mis Odios (anterior a La Novela Experimental), refutando la
obra póstuma de Proudhon, Del Principio del Arte y de su Función
Social. Es de ver a Zola indignado porque Proudhon intenta convertir a
los artistas en una especie de cofradía de menestrales que se consagra
al perfeccionamiento de la humanidad, y leer cómo protesta en nombre
de la independencia sublime del arte, diciendo con donaire que el
objeto del escritor socialista es sin duda comerse las rosas en
ensalada. No hay artista que se avenga a confundir así los dominios
del arte y de la ciencia: si el arte moderno exige reflexión, madurez
y cultura, el arte de todas las edades reclama principalmente la
personalidad artística, lo que Zola, con frase vaga en demasía, llama
el temperamento. Quien careciere de esa quisicosa, no pise los
umbrales del templo de la belleza, porque será expulsado.
Puede y debe el arte apoyarse en las ciencias
auxiliares; un escultor tiene que saber muy bien anatomía, para
aspirar a hacer algo más que modelos anatómicos. Aquel sentimiento
inefable que en nosotros produce la belleza, sea él lo que fuere y
consista en lo que consista, es patrimonio exclusivo del arte. Yerra
el naturalismo en este fin útil y secundario a que trata de enderezar
las fuerzas artísticas de nuestro siglo, y este error y el sentido
determinista y fatalista de su programa, son los límites que él mismo
se impone, son las ligaduras que una fórmula más amplia ha de romper.
- III -
Seguimos filosofando
Tal cual la expone Zola, adolece la estética
naturalista de los defectos que ya conocemos. Algunos de sus
principios son de grandes resultados para el arte; pero existe en el
naturalismo, considerado como cuerpo de doctrina, una limitación, un
carácter cerrado y exclusivo que no acierto a explicar sino diciendo
que se parece a las habitaciones bajas de techo y muy chicas, en las
cuales la respiración se dificulta. Para no ahogarse hay que abrir la
ventana: dejemos circular el aire y entrar la luz del cielo.
Si es real cuanto tiene existencia verdadera
y efectiva, el realismo en el arte nos ofrece una teoría más ancha,
completa y perfecta que el naturalismo. Comprende y abarca lo natural
y lo espiritual, el cuerpo y el alma, y concilia y reduce a unidad la
oposición del naturalismo y del idealismo racional. En el realismo
cabe todo, menos las exageraciones y desvaríos de dos escuelas
extremas, y por precisa consecuencia, exclusivistas.
Un hecho solo basta a probar la verdad de
esto que afirmo. Por culpa de su estrecha tesis naturalista, Zola se
ve obligado a desdeñar y negar el valor de la poesía lírica. Pues
bien; para la estética realista vale tanto el poeta lírico más
subjetivo e interior como el novelista más objetivo. Uno y otro dan
forma artística a elementos reales. ¿Qué importa que esos elementos
los tomen de dentro o de fuera, de la contemplación de su propia alma
o de la del mundo? Siempre que una realidad -sea del orden espiritual
o del material- sirva de base al arte, basta para legitimarlo.
Citemos cualquier poeta lírico, el menos
exterior, lord Byron o Enrique Heine. Sus poesías son una parte de
ellos mismos: esas quejas y tristezas y amarguras, ese escepticismo
desconsolador, lo tuvieron en el alma antes de convertirlo en lindos
versos: no hay duda que es un elemento real, tan real, o más, si se
quiere, que lo que un novelista pueda averiguar y describir de las
acciones y pensamientos del prójimo: ¿quién refiere bien una
enfermedad sino el enfermo? Y aun por eso resultan insoportables los
imitadores en frío de estos poetas tristes; son como el que remedase
quejidos de dolor, no doliéndole nada.
El gran poeta Leopardi es un caso de los más
característicos de lo que puede llamarse realidad poética interior.
Las penas de su edad viril, la condición de su familia, la dureza de
la suerte, sus estudios de humanidades y hasta los miedos que pasó de
niño en una habitación obscura, todo está en sus poesías, como
indeleble sello personal, de tal modo que, si suponemos a Leopardi
viviendo en diferentes condiciones de las que vivió, ya no se concibe
la mayor parte de sus versos. Y digo yo: ¿no es justísimo que quepa en
la ancha esfera de la realidad una obra de arte donde el autor pone la
médula de sus huesos y la sangre de su corazón, por decirlo así? Aun
suponiendo, y es mucho suponer, que el poeta lírico no expresase sino
sus propios e individuales sentimientos, y que éstos pareciesen
extraños, ¿no es la excepción, el caso nuevo y la enfermedad
desconocida lo que más importa a la curiosidad científica del médico
observador?
Pero si todas las obras de arte que se fundan
en la realidad caben dentro de la estética realista, algunas hay que
cumplen por completo su programa, y son aquellas donde tan
perfectamente se equilibran la razón y la imaginación, que atraviesan
las edades viviendo vida inmortal. Las obras maestras universalmente
reconocidas como tales, tienen todas carácter anchamente realista: así
los poemas de Homero y Dante, los dramas de Shakespeare, el Quijote y
el Fausto. La Biblia, considerada literariamente, dejando aparte su
autoridad sagrada, es la epopeya más realista que se conoce.
A fin de esclarecer esta teoría, diré algo
del idealismo, para que no pesen sobre el naturalismo todas las
censuras y se vea que tan malo es caerse hacia el Norte como hacia el
Sur. Y ante todo conviene saber que el idealismo está muy en olor de
santidad, goza de excelente reputación y se cometen infinitos crímenes
literarios al amparo de su nombre: es la teoría simpática por
excelencia, la que invocan poetas de caramelo y escritores
amerengados; el que se ajusta a sus cánones pasa por persona de
delicado gusto y alta moralidad; por todo lo cual debe tratársele con
respeto y no tomar la exposición de sus doctrinas de ningún zascandil.
Busquémosla, pues, en Hegel y sus discípulos, donde larga y hondamente
se contiene.
Entre naturalistas e idealistas hay el mismo
antagonismo que entre Lutero y Pelagio. Si Zola niega en redondo el
libre arbitrio, Hegel lo extiende tanto, que todo está en él y sale de
él. Para Zola, el universo físico hace, condiciona, dirige y señorea
el pensamiento y voluntad del hombre; para Hegel y sus discípulos ese
universo no existe sino mediante la idea. ¿Qué digo ese universo? Dios
mismo sólo es en cuanto es idea; y el que se asuste de este concepto
será, según el hegeliano Vera, un impío o un insensato (a escoger). ¿Y
qué se entiende por idea? La idea, en las doctrinas de Hegel, es
principio de la naturaleza y de todos los seres en general, y la
palabra Dios no significa sino la idea absoluta o el absoluto
pensamiento. Consecuencias estéticas del sistema hegeliano. En opinión
de Hegel, la esfera del arte es «una región superior, más pura y
verdadera que lo real, donde todas las oposiciones de lo finito y de
lo infinito desaparecen; donde la libertad, desplegándose sin límites
ni obstáculos, alcanza su objeto supremo» Con este aleteo vertiginoso
ya parece que nos hemos apartado de la tierra y que nos hallamos en
las nubes, dentro de un globo aerostático. Espacios a la derecha,
espacios a la izquierda, y en parte alguna suelo donde sentar los
pies. Y es lo peor del caso que semejante concepción trascendental del
arte la presenta Hegel con tal profundidad dialéctica, que seduce. Lo
cierto es que con esa libertad pelagiana que se despliega sin límites
ni obstáculos, y con ese universo construido de dentro a fuera, cada
artista puede dar por ley del arte su ideal propio, y decir,
parodiando a Luis XIV: «La estética soy yo». «El arte -enseña Hegel-
restituye a aquello que en realidad está manchado por la mezcla de lo
accidental y exterior, la armonía del objeto con su verdadera idea,
rechazando todo cuanto no corresponda con ella en la representación; y
mediante esta purificación produce lo ideal, mejorando la naturaleza,
como suele decirse del pintor retratista». Ya tiene el arte carta
blanca para enmendarle la plana a la naturaleza y forjar «el objeto»,
según le venga en talante a «la verdadera idea».
Pongamos ejemplos de estas correcciones a la
naturaleza, tomándolos de algún escritor idealista. Gilliatt, el héroe
de Los Trabajadores del Mar de Víctor Hugo, es en realidad un hombre
rudo, que casualmente se prenda de una muchacha y se ofrece a
desempeñar un trabajo hercúleo para obtener su mano. Nada más natural
y humano, en cierto modo, que este asunto. Pero, por medio del
procedimiento de Hegel, el hombre se va agigantando, convirtiéndose en
un titán; sostiene lucha colosal con los elementos desencadenados, con
los monstruos marinos, venciéndolos, por supuesto; por si no basta,
concluye siendo mártir sublime, y el autor decreta su apoteosis.
Sin salir de esta misma novela, Los
Trabajadores del Mar, aún encontramos otro personaje más conforme que
Gilliatt con las leyes de la estética idealista: el pulpo. Pulpos sin
enmienda los vemos a cada paso en nuestra costa cantábrica; cuando
aplican sus ventosas a la pierna de un bañista o de un marinero, basta
por lo regular una sacudida ligera para soltarse; por acá, el
inofensivo cefalópodo se come cocido, y es manjar sabroso, aunque algo
coriáceo. Pero éstos son los pulpos tal cual Dios los crió, la
apariencia sensible del pulpo, que diría un hegeliano; lo real del
pulpo, o sea su idea, es lo que Víctor Hugo aprovechó para dramatizar
la acción de Los Trabajadores. Allí el pulpo ideal, o la idea que se
oculta bajo la forma del pulpo, crece, no sólo física, sino
moralmente, hasta medir tamaño desmesurado: el pulpo es la sombra, el
pulpo es el abismo, el pulpo es Lucifer. Así se corrige a la
naturaleza.
Un héroe idealista de muy diversa condición
que Gilliatt es el Rafael de Lamartine. Éste no representa la fuerza y
la abnegación, no es el león-cordero, sino la poesía, la melancolía,
el amor insondable e infinito, el estado de ensueño perpetuo.
Complácese el autor en describir la lindeza de Rafael, muy semejante a
la del de Urbino, y además le atribuye las cualidades siguientes: «Si
Rafael fuese pintor -dice- pintaría la Virgen de Foligno; si manejase
el cincel, esculpiría la Psiquis de Canova; si fuese poeta hubiera
escrito los apóstrofes de Job a Jehová, las estancias de la Herminia
del Tasso, la conversación de Romeo y Julieta a la luz de la luna, de
Shakespeare, el retrato de Hydea, de lord Byron...». Ustedes creerán
que Rafael se conforma con pintar lo mismo que su homónimo, esculpir
como Canova y poetizar como Job, el Tasso, Shakespeare y Byron en una
pieza. ¡Quiá! El autor añade que, puesto en tales y cuáles
circunstancias, Rafael hubiese tendido a todas las cimas, como César,
hablado como Demóstenes y muerto como Catón. Así se compone un héroe
idealista de la especie sentimental. ¡Cuán preferible es retratar un
ser humano, de carne y hueso, a fantasear maniquíes!
Los hombres de extraordinario talento suelen
poseer la virtud de la lanza de Aquiles para curar las heridas que
abren. En la Poética de Hegel doy con un párrafo que es el mejor
programa de la novela realista. «Por lo que hace a la representación,
la novela propiamente dicha exige también, como la epopeya, la pintura
de un mundo entero y el cuadro de la vida, cuyos numerosos materiales
y variado fondo se encierren en el círculo de la acción particular que
es centro del conjunto. En cuanto a las condiciones especiales de
concepción y ejecución, hay que otorgar al poeta ancho campo, tanto
más libre, cuanto menos puede, en este caso, eliminar de sus
descripciones la prosa de la vida real, sin que por eso él haya de
mostrarse vulgar ni prosaico». Si se tiene en cuenta la época en que
Hegel escribió esto, cuando la novela analítica era la excepción, es
más de admirar la exactitud de la apreciación independiente del
sistema general hegeliano, como lo es también en cierto modo lo que
dice acerca del fin y propósito del arte. En este terreno lleva
inmensa ventaja a Zola: para Hegel, el arte es objeto propio de sí
mismo, y referirlo a otra cosa, a la moral, por ejemplo, es desviarlo
de su camino verdadero.
«El objeto del arte -declara el filósofo de
Stuttgart- es manifestar la verdad bajo formas sensibles, y cualquiera
otro que se proponga, como la instrucción, la purificación, el
perfeccionamiento moral, la fortuna, la gloria, no conviene al arte
considerado en sí». El error que aquí nos sale al paso es que Hegel,
al decir verdad, sobreentiende idea, pero al menos no saca a la
belleza de su terreno propio; no confunde, como Zola, los fines del
arte y de las ciencias morales y políticas.
El idealismo está representado en literatura
por la escuela romántica, que Hegel consideraba la más perfecta, y en
la cual cifraba el progreso artístico. Esta escuela, que tanto brilló
en nuestro siglo, fue al principio piedra de escándalo, como lo es el
naturalismo ahora. Sus instructivas vicisitudes merecen capítulo
aparte.
- IV -
Historia de un motín
Allá por los años de 1829, el conde Alfredo
de Vigny, escritor delicado cuya aspiración era encerrarse en una
torre de marfil para evitar el contacto del vulgo, dio al Teatro
Francés la traducción y arreglo del Otelo de Shakespeare. Esta
tragedia y las mejores del gran dramático inglés se conocían en
Francia ya, merced a las adaptaciones de Ducis, que en 1792 había
aderezado el Otelo al gusto de la época, con dos desenlaces distintos,
uno el de Shakespeare, y otro «para uso de las almas sensibles». No
juzgó el conde de Vigny necesarias tales precauciones, aunque sí
atenuó en muchos pasajes la crudeza shakesperiana; gracias a lo cual
el público se mostró resignado durante los primeros actos, y hasta
aplaudió de tiempo en tiempo. Pero al llegar a la escena en que el
moro, frenético de celos, pide a Desdémona el pañuelo bordado que le
entregara en prenda de amor, la palabra pañuelo (mouchoir), traducción
literal de la inglesa handkerchief produjo en el auditorio una
explosión de risas, silbidos, pateos y chicheos. Esperaban los
espectadores algún circunloquio, alguna perífrasis alambicada, como
cándido cendal o cosa por el estilo, que no ofendiese sus cultas
orejas; y al ver que el autor se tomaba la libertad de decir pañuelo a
secas, armaron tal escándalo, que el teatro se caía.
Formaba parte Alfredo de Vigny de una escuela
literaria entonces naciente, que venía a innovar y a transformar por
completo la literatura. Dominaba el clasicismo a la sazón, no sólo en
las esferas oficiales, sino en el gusto y opinión general, como lo
demuestra la anécdota del pañuelo. ¡Tan mínima licencia causar tan
terrible espanto! Es que lo que hoy nos parece leve, a la sazón era
gravísimo. Las letras, a fuerza de inspirarse en los modelos clásicos,
de sujetarse servilmente a las reglas de los preceptistas, y de
pretender majestad, prosopopeya y elegancia, habían llegado a tal
extremo de decadencia, que se juzgaba delito la naturalidad, y
sacrilegio llamar a las cosas por su nombre, y las nueve décimas
partes de las palabras francesas se hallaban proscritas a pretexto de
no profanar la nobleza del estilo. Por eso el gran poeta que capitaneó
la renovación literaria, Víctor Hugo, dijo en las Contemplaciones.
«¡No haya desde hoy más vocablos patricios ni plebeyos! Suscitando una
tempestad en el fondo de mi tintero, mezclé la negra multitud de las
palabras con el blanco enjambre de las ideas, y exclamé: ¡De hoy más
no existirá palabra en que no pueda posarse la idea bañada de éter!».
Una literatura que, como el clasicismo de
principios del siglo, mermaba el lenguaje, apagaba la inspiración y se
condenaba a imitar por sistema, había de ser forzosamente incolora,
artificiosa y pobre; y los románticos, que venían a abrir nuevas
fuentes, a poner en cultura terrenos vírgenes, llegaban tan a tiempo
como apetecida lluvia sobre la tierra desecada. Aunque al pronto el
público se alborotase y protestase, tenía que acabar por abrirle los
brazos. Es curioso que las acusaciones dirigidas al romanticismo
incipiente se parezcan como un huevo a otro a las que hoy se lanzan
contra el realismo. Leer la crítica del romanticismo hecha por un
clásico, es leer la del realismo por un idealista. Según los clásicos,
la escuela romántica buscaba adrede lo feo, sustituía lo patético con
lo repugnante, la pasión con el instinto; registraba los pudrideros,
sacaba a luz las llagas y úlceras más asquerosas, corrompía el idioma
y empleaba términos bajos y viles. ¿No diría cualquiera que el objeto
de esta censura es L'Assommoir?
Sin arredrarse, proseguían los románticos su
formidable motín. En Inglaterra, Coleridge, Carlos Lamb, Southey,
Wordsworth, Walter Scott, rompían con la tradición, desdeñaban la
cultura clásica y preferían a La Eneida una balada antigua, y a Roma
la Edad Media. En Italia, la renovación dramática procedía del
romanticismo, por medio de Manzoni. Alemania, verdadera cuna de la
literatura romántica, la poseía ya riquísima y triunfante. España,
harta de poetas sutiles y académicos, también se abrió gustosísima al
cartaginés, que traía las manos llenas de tesoros. Pero en ninguna
parte fue el romanticismo tan fértil, militante y brioso como en
Francia. Sólo por aquel brillante y deslumbrador período literario
merecen nuestros vecinos la legítima influencia, que no es posible
disputarles, y que ejercen en la literatura de Europa».
¡Magnífica expansión, rico florecimiento del
ingenio humano! Sólo puede compararse a otra gran época intelectual:
la de esplendor de la filosofía escolástica. Y tiene de notable haber
sido mucho más corta: nacido el romanticismo después que el siglo XIX,
un gran crítico, Sainte-Beuve, habló de él en 1848 como de cosa
cerrada y concluida, declarando que el mundo pertenecía ya a otras
ideas, otros sentimientos, otras generaciones. Fue un relámpago de
poesía, de belleza y de encendida claridad, al cual se le puede
aplicar la estrofa de Núñez de Arce:
¡Qué espontáneo y feliz renacimiento!
¡Qué pléyade de artistas y escritores!
En la luz, en las ondas, en el viento
Hallaba inspiración el pensamiento,
Gloria el soldado y el pintor colores.
Un individuo de la falange francesa, Dovalle,
muerto en desafío a la edad de veintidós años, aconsejaba así al poeta
romántico: «Ardiendo en amor y penetrado de armonías, deja brotar tus
inflamados versos, y fogoso y libre pide a tu genio cantos nuevos e
independientes. Si el cielo te disputa la sagrada chispa, vuela
atrevido a robársela. ¡Vuela, mancebo! Sí, acuérdate de Ícaro: ¡él
cayó, pero logró ver el cielo!».
Aunque del movimiento romántico francés
descartemos a algunos de sus representantes que, como Alfredo de
Musset y Balzac, no le pertenecen del todo y corresponden en rigor a
distinta escuela, le queda una cantidad tal de nombres célebres, que
bastan a enriquecer, no algunos lustros, sino un par de siglos.
Chateaubriand -hoy desdeñado más de lo justo-; el suave y melodioso
Lamartine; Jorge Sand; Teófilo Gautier, tan perfecto en la forma;
Víctor Hugo, coloso que aún se mantiene de pie; Agustín Thierry,
primer historiador artista, son suficientes para ello, sin contar los
muchos autores, quizá secundarios, pero de indisputable valía, que dan
señal evidente de la fecundidad de una época y pulularon en el
romanticismo francés; Vigny, Mérimée, Gerardo de Nerval, Nodier,
Dumas, y, en fin, una bandada de dulces y valientes poetisas, de
poetas y narradores originales que fuera prolijo citar. Teatro,
poesía, novela, historia, todo se vio instaurado, regenerado y
engrandecido por la escuela romántica.
Nosotros, los del lado acá del Pirineo,
satélites -mal que nos pese- de Francia, recordamos también la época
romántica como fecha gloriosa, experimentamos todavía su influencia y
tardaremos bastante en eximirnos de ella. Diónos el romanticismo a
Zorrilla, que fue como el ruiseñor de nuestra aurora al par que el
lucero melancólico de nuestro ocaso: místicos arpegios, notas de
guzla, serenatas árabes, medrosas leyendas cristianas, la poesía del
pasado, la riqueza de las formas nuevas, todo lo expresó el poeta
castellano con tan inagotable vena, con tan sonora versificación, con
tan deleitable y nunca escuchada música, que aun hoy... ¡que lo
tenemos tan lejos ya!, parece que su dulzura nos suena dentro, en el
alma. A su lado, Espronceda alza la byroniana frente; y el soldado
poeta, García Gutiérrez, coge tempranos laureles que sólo le disputa
Hartzenbusch, el Duque de Rivas satisface la exigencia
histórico-pintoresca en sus romances, y Larra, más romántico en su
vida que en sus obras, con agudo humorismo, con zumbona ironía, indica
la transición del período romántico al realista. Mucho antes de que
empezase a verificarse, aunque determinada por la francesa, nuestra
revolución literaria tuvo carácter propio: nada nos faltó: andando el
tiempo, si no poseímos un Heine y un Alfredo de Musset, nos nacieron
Campoamor y Bécquer.
Mas el teatro del combate decisivo, importa
repetirlo, fue Francia. Allí hubo ataque impetuoso por parte de los
disidentes, y tenaz resistencia por la de los conservadores. Baour-Lormian,
en una comedia titulada El Clásico y el Romántico, establecía la
sinonimia de clásico y hombre de bien, de romántico y pillo: y
siguiendo sus huellas, siete literatos clásicos netos elevaron a
Carlos X una exposición donde le rogaban que toda pieza contaminada de
romanticismo fuese excluida del Teatro Francés, a lo cual el Rey
contestó, con muy buen acuerdo, que en materia de poesía dramática él
no tenía más autoridad que la de espectador, ni más puesto que el
asiento que ocupaba.
A su vez los románticos provocaban la lucha,
retaban al enemigo, y se mostraban díscolos y sediciosos hasta lo
sumo. Reíanse a mandíbula batiente de las tres unidades de
Aristóteles; mandaban a paseo los preceptos de Horacio y Boileau (sin
ver que muchos de ellos son verdades evidentes dictadas por inflexible
lógica, y que el preceptista no pudo inventar, como ningún matemático
inventa los axiomas fundamentales, primeros principios de la ciencia),
y se divertían en chasquear a los críticos que les eran adversos, como
ingeniosamente lo hizo Carlos Nodier. Este docto filólogo y elegante
narrador publicó una obra titulada Smarra, y los críticos, tomándola
por engendro romántico, la censuraron acerbamente. ¡Cuál no sería su
sorpresa al enterarse de que Smarra se componía de pasajes traducidos
de Homero, Virgilio, Estacio, Teócrito, Catulo, Luciano, Dante,
Shakespeare y Milton!
Hasta en los pormenores de indumentaria
querían los románticos manifestar independencia y originalidad, sin
cuidarse de evitar la extravagancia. Son proverbiales y
características las melenas de entonces, y famoso el traje con que
Teófilo Gautier asistió al memorable estreno del Hernani de Víctor
Hugo. Componíase el traje en cuestión de chaleco de raso cereza, muy
ajustado, a manera de coleto, pantalón verde pálido con franja negra,
frac negro con solapas de terciopelo, sobretodo gris forrado de raso
verde, y a la garganta una cinta de moiré, sin asomos de tirilla ni
cuello blanco. Semejante atavío, escogido adrede para escandalizar a
los pacíficos ciudadanos y a los clásicos asombradizos, produjo casi
tanto efecto como el drama.
No se limitaba el romanticismo a la
literatura: trascendía a las costumbres. Es una de sus señas
particulares haber puesto en moda ciertos detalles, ciertas
fisonomías, las damiselas pálidas y con tirabuzones, los héroes
desesperados y en último grado de tisis, la orgía y el cementerio.
Varió totalmente el concepto que se tenía de literato: éste era por lo
general, en otros tiempos, persona inofensiva, apacible, de retirado y
estudioso vivir: desde el advenimiento del romanticismo se convirtió
en calavera misántropo, al cual las musas atormentaban en vez de
consolarle, y que ni andaba, ni comía, ni se conducía en nada como el
resto del género humano, encontrándose siempre cercado de aventuras,
pasiones y disgustos profundísimos y misteriosos. Y que no todo era
ficticio en el tipo romántico, lo prueba la azarosa vida de Byron, el
precoz hastío de Alfredo Musset, la demencia y el suicidio de Gerardo
de Nerval, las singulares vicisitudes de Jorge Sand, las volcánicas
pasiones y trágico fin de Larra, los desahogos y vehemencias de
Espronceda. No hay vino que no se suba a la cabeza si se bebe con
exceso, y la ambrosía romántica fue sobrado embriagadora para que no
se trastornasen los que la gustaban en la copa divina del arte.
¡Tiempos heroicos de la literatura moderna!
Sólo la ciega intolerancia podrá desconocer su valor y considerarlos
únicamente como preparación para la edad realista que empieza. Y no
obstante, al llamar a la vida artística lo feo y lo bello
indistintamente, al otorgar carta de naturaleza en los dominios de la
poesía a todas las palabras, el romanticismo sirvió la causa de la
realidad. En vano protestó Víctor Hugo declarando que vallas
infranqueables separan a la realidad según el arte, de la realidad
según la naturaleza. No impedirá esta restricción calculada que el
realismo contemporáneo, y aun el propio naturalismo, se funden y
apoyen en principios proclamados por la escuela romántica.
- V -
Estado de la atmósfera
Lo que se ve claramente al estudiar el
romanticismo y fijar en él una mirada desapasionada, es que tenía
razón Sainte-Beuve; que su vida fue tan corta como intensa y
brillante, y que desde mediados del siglo ha muerto, dejando numerosa
descendencia. Porque la clausura del período romántico no se debió a
que aquel clasicismo rancio y anémico de otros días resucitase para
imperar de nuevo; ni semejantes restauraciones caben en los dominios
de la inteligencia, ni el entendimiento humano es ningún costal que se
vacíe cuando está muy lleno, quedando encima lo de abajo, como suele
decirse de las modas. Acertaba Madama Staël al declarar que ni el arte
ni la naturaleza reinciden con precisión matemática; sólo vuelve y es
restaurado lo que sobrevive a la crítica y cuela al través de su fino
tamiz; así del clasicismo renacen hoy cosas realmente buenas y bellas
que en él hubo, o que por lo menos, si no son buenas y bellas, están
en armonía con las exigencias de la época presente y del actual
espíritu literario. Lo propio sucede al romanticismo: de él sobrevive
cuanto sobrevivir merece, mientras sus exageraciones, extravíos y
delirios pasaron como torrente de lava, abrasando el suelo y dejando
en pos inútil escoria. Una literatura nueva, que ni es clásica ni
romántica, pero que se origina de ambas escuelas y propende a
equilibrarlas en justa proporción, va dominando y apoderándose de la
segunda mitad del siglo XIX. Su fórmula no se reduce a un eclecticismo
dedicado a encolar cabezas románticas sobre troncos clásicos, ni a un
sincretismo que mezcle, a guisa de legumbres en menestra, los
elementos de ambas doctrinas rivales. Es producto natural, como el
hijo en quien se unen substancialmente la sangre paterna y la materna,
dando por fruto un individuo dotado de espontaneidad y vida propia.
Me parece ocioso insistir en demostrar lo que
no puede ni discutirse, a saber, que existen formas literarias
recientes, y que las antiguas decaen y se extinguen poco a poco. Sería
estudio curioso el de la disminución gradual de la influencia
romántica, no sólo en las letras, sino en las costumbres. Sin rasgar
el velo que cubre la vida privada, considero fácil poner de relieve el
notable cambio que han sufrido los hábitos literarios y el estado de
ánimo de los escritores. Desde hace algunos años calmóse la
efervescencia de los cerebros, atenuóse aquella irritabilidad
enfermiza, o subjetivismo, que tanto atormentaba a Byron y Espronceda,
y entramos en un período de mayor serenidad y sosiego. Nuestros
grandes autores y poetas contemporáneos viven como el resto de los
mortales; sus pasiones -si es que las experimentan- laten escondidas
en el fondo de su alma, y no se desbordan en sus libros ni en sus
versos; el suicidio perdió prestigio a sus ojos, y no lo buscan ni en
el exceso de desordenados placeres ni en ningún pomo de veneno o arma
mortífera. En vestir, en habla y conducta, son idénticos a cualquiera,
y el que por la calle se tropiece con Núñez de Arce o Campoamor sin
conocerlos, dirá que ha visto dos caballeros bien portados, el uno de
pelo blanco, el otro algo descolorido, que no tienen nada de
particular. Todo París conoce la existencia burguesa y metódica de
Zola, encariñadísimo con su familia; y si no fuera que siempre comete
indiscreción quien descubre intimidades del hogar, por inocentes que
sean, yo añadiría en este respecto, al nombre del novelista francés,
algunos muy ilustres en España.
Lo cual no quiere decir que se haya concluido
la vaga tristeza, la contemplación melancólica, el soñar cosas
diferentes de las que nos ofrece la realidad tangible, el descontento
y sed del alma y otras enfermedades que sólo aquejan a espíritus altos
y poderosos, o tiernos y delicados. ¡Ah, no por cierto! Esa poesía
interior no se agotó: lo proscrito es su manifestación inoportuna,
afectada y sistemática. Los soñadores proceden hoy como aquellos
frailecitos humildes y santas monjas que, al desempeñar los menesteres
de la cocina o barrer el claustro, sabían muy bien traer el
pensamiento embebecido en Dios, sin que por fuera pareciese sino que
atendían enteramente al puchero y a la escoba. No es nuestra edad tan
positiva como aseguran gentes que la miran por alto, ni hay siglo en
que la condición humana se mude del todo y el hombre encierre bajo
doble llave algunas de sus facultades, usando sólo de las que le place
dejar fuera. La diferencia consiste en que el romanticismo tuvo ritos,
a los cuales, en el año de 1882, nadie se sujetaría sin que le
retozase la risa en el cuerpo. Si en el estreno del drama más
discutido de Echegaray se presentase alguien con el estrafalario
atavío de Teófilo Gautier en Hernani, puede que lo mandasen a Leganés.
Ahora bien: si el romanticismo ha muerto y el
clasicismo no ha resucitado, será que la literatura contemporánea
encontró otros moldes, como suele decirse, que le vienen más cabales o
más anchos. Tengo por difícil juzgar ahora estos moldes:
indudablemente es temprano: no somos aún la posteridad, y quizá no
acertaríamos a manifestarnos imparciales y sagaces. Sólo es lícito
indicar que una tendencia general, la realista, se impone a las
letras, aquí contrastada por lo que aún subsiste del espíritu
romántico, allá acentuada por el naturalismo, que es su nota más
aguda, pero en todas partes vigorosa y dominante ya, como lo prueba el
examen de la producción literaria en Europa.
De la generación romántica francesa sólo
queda en pie Víctor Hugo materialmente, porque vive; moralmente hace
tiempo que no se cuenta con él; sus últimas obras no se pueden leer
con gusto, ni casi con paciencia, y los autores franceses cuya
celebridad atraviesa el Pirineo y los Alpes esparciéndose por todo el
mundo civilizado, son realistas y naturalistas. Inglaterra ha visto
caer uno a uno los colosos de su período romántico, Byron, Southey,
Walter Scott, y venir a reemplazarlos una falange de realistas de
talento singular: Dickens, que se paseaba por las calles de Londres
días enteros anotando en su cartera lo que oía, lo que veía, las
menudencias y trivialidades de la vida cotidiana; Thackeray, que
continuó las vigorosas pinturas de Fielding; y por último, como corona
de este renacimiento del genio nacional, Tennyson, el poeta del home,
el cantor de los sentimientos naturales y apacibles, de la familia, de
la vida doméstica y del paisaje tranquilo. España... ¿Quién duda que
también España propende, si no tan resueltamente como Inglaterra, por
lo menos con fuerza bastante, a recobrar en literatura su carácter
castizo y propio, más realista que otra cosa? Se han establecido de
algún tiempo acá corrientes de purismo y arcaísmo, que si no se
desbordan, serán muy útiles y nos pondrán en relación y contacto con
nuestros clásicos, para que no perdamos el gusto y sabor de Cervantes,
Hurtado y Santa Teresa. No sólo los escritores primorosos y un tanto
amanerados, como Valera, sino los que escriben libremente, ex toto
corde, como Galdós, desempolvan, limpian de orín y dan curso a frases
añejas, pero adecuadas, significativas y hermosas. Y no es únicamente
la forma, el estilo, lo que va haciéndose cada vez más nacional en los
escritores de nota; es el fondo y la índole de sus producciones.
Galdós con los admirables Episodios y las Novelas Contemporáneas,
Valera con sus elegantes novelas andaluzas, Pereda con sus frescas
narraciones montañesas, llevan a cabo una restauración, retratan
nuestra vida histórica, psicológica, regional; escriben el poema de la
moderna España. Hasta Alarcón, el novelista que más conserva las
tradiciones románticas, luce entre sus obras un precioso capricho de
Goya, un cuento español por los cuatro costados, El Sombrero de Tres
Picos. La patria va reconciliándose consigo misma por medio de las
letras.
En resumen, la literatura de la segunda mitad
del siglo XIX, fértil, variada y compleja, presenta rasgos
característicos: reflexiva, nutrida de hechos, positiva y científica,
basada en la observación del individuo y de la sociedad, profesa a la
vez el culto de la forma artística, y lo practica, no con la serena
sencillez clásica, sino con riqueza y complicación. Si es realista y
naturalista, es también refinada; y como a su perspicacia analítica no
se esconde ningún detalle, los traslada prolijamente, y pule y cincela
el estilo.
Nótase en ella cierto renacimiento de las
nacionalidades, que mueve a cada pueblo a convertir la mirada a lo
pasado, a estudiar sus propios excelsos escritores, y a buscar en
ellos aquel perfume peculiar o inexplicable que es a las letras de un
país lo que a ese mismo país su cielo, su clima, su territorio. Al par
se observa el fenómeno de la imitación literaria, la influencia
recíproca de las naciones, fenómeno ni nuevo ni sorprendente, por más
que alardeando de patriotismo lo condenen algunos con severidad
irreflexiva.
La imitación entre naciones no es caso
extraordinario, ni tan humillante para la nación imitadora como suele
decirse. Prescindamos de los latinos, que calcaron a los griegos;
nosotros hemos imitado a los poetas italianos; Francia a su vez imitó
nuestro teatro, nuestra novela: uno de sus autores más célebres,
admirado por Walter Scott, Lesage, escribió el Gil Blas, El Bachiller
de Salamanca, y El Diablo Cojuelo, pisando las huellas de nuestros
escritores del género picaresco; en el período romántico, Alemania
brindó inspiración a los franceses, que a su vez influyeron
notablemente en Heine; y esto fue de modo que si cada nación hubiese
de restituir lo que le prestaron las demás, todas quedarían, si no
arruinadas, empobrecidas cuando menos. A propósito de imitación decía
Alfredo de Musset con su donaire acostumbrado: «Acúsanme de que tomé a
Byron por modelo. ¿Pues no saben que Byron imitaba a Pulci? Si leen a
los italianos, verán cómo los desvalijó. Nada pertenece a nadie, todo
pertenece a todos; y es preciso ser ignorante como un maestro de
escuela para forjarse la ilusión de que decimos una sola palabra que
nadie haya dicho. Hasta el plantar coles es imitar a alguien».
La evolución (no me satisface la palabra,
pero no tengo a mano otra mejor) que se verifica en la literatura
actual y va dejando atrás al clasicismo y al romanticismo, transforma
todos los géneros. La poesía se modifica y admite la realidad vulgar
como elemento de belleza: fácil es probarlo con sólo nombrar a
Campoamor. La historia se apoya cada vez más en la ciencia y en el
conocimiento analítico de las sociedades. La crítica dejó de ser
magisterio y pontificado, convirtiéndose en estudio y observación
incesante. El teatro mismo, último refugio de lo convencional
artístico, entreabre sus puertas, si no a la verdad, por lo menos a la
verosimilitud invocada a gritos por el público, que si acepta y
aplaude bufonadas, magias, pantomimas y hasta fantoches como mero
pasatiempo o diversión de los sentidos, en cuanto entiende que una
obra escénica aspira a penetrar en el terreno del sentimiento y de la
inteligencia, ya no le da tan fácilmente pasaporte. Pero donde más
victoriosa se entroniza la realidad, donde está como en su casa, es en
la novela, género predilecto de nuestro siglo, que va sobreponiéndose
a los restantes, adoptando todas las formas, plegándose a todas las
necesidades intelectuales, justificando su título de moderna epopeya.
Ya es hora de concretarnos a la novela, puesto que en su campo es
donde se produce el movimiento realista y naturalista con actividad
extraordinaria.
- VI -
Genealogía
La forma primaria de la novela es el cuento,
no escrito, sino oral, embeleso del pueblo y de la niñez. Cuando al
amor de la lumbre, durante las largas veladas de invierno, o hilando
su rueca al lado de la cuna, las tradicionales abuela y nodriza
refieren en incorrecto y sencillo lenguaje medrosas leyendas o morales
apólogos, son... ¡quién lo diría! predecesoras de Balzac, Zola y
Galdós.
Pocos pueblos del mundo carecen de estas
ficciones. La India fue riquísimo venero de ellas, y las comunicó a
las comarcas occidentales, donde por ventura las encuentra algún sabio
filólogo y se admira de que un pastor le refiera la fábula sánscrita
que leyó el día antes en la colección de Pilpay. Árabes, persas,
pieles-rojas, negros, salvajes de Australia, las razas más inferiores
e incivilizadas poseen sus cuentos. ¡Cosa rara!: el pueblo escaso de
semejante género de literatura es el que nos impuso y dio todos los
restantes, a saber, Grecia. Se cree que Esopo hubo de ser esclavo en
algún país oriental para traer al suyo los primeros apólogos y
fábulas. De novela, ni señales en las épocas gloriosas de la
antigüedad clásica. Hasta cuatro siglos antes de nuestra era, cuando
tenían ya los griegos sus admirables epopeyas, teatro, poesía lírica,
filosofía e historia, no aparece la primer ficción novelesca, la
Ciropedia de Jenofonte narración moral y política que no carece de
analogía con el Telémaco; el período ático -así se llama todo el
tiempo en que florecieron las letras helenas- no presenta otro
novelista ni otra novela, pues no se sabe que Jenofonte reincidiese.
Los chinos, que en todo madrugan, poseyeron novelas desde tiempos
remotos; pero como la cultura occidental arranca de Grecia, si
quisiésemos rendir homenaje a nuestro primer novelista, tendríamos que
celebrar el milenario, o cosa así, de Jenofonte.
Durante el período de decadencia literaria
que comenzó en Alejandría, sale a luz en el siglo de Augusto una linda
novela pastoral, las Eubeanas, de Dión Crisóstomo. ¡No parece sino que
la fantasía novelesca estaba aguardando, para manifestarse libremente,
la venida del Cristianismo! Y muy a sus anchas debió de volar desde
entonces, y mucho abundarían las ficciones descabelladas y las fábulas
milesias, cuando en el siglo II Luciano de Samosata escritor escéptico
y agudísimo, como quien dice, el Voltaire del paganismo, creyó
necesario atacarlas en la misma guisa que Cervantes atacó después los
libros de caballería, parodiándolas en dos novelas satíricas, la
Historia Verdadera y el Asno.
En efecto, la literatura de aquellos primeros
siglos del Cristianismo, si cuenta con alguna buena novela, como Las
Babilonias de Jámblico, está plagada de patrañas, milagrerías e
invenciones fantásticas, de biografías e historias sin pies ni cabeza,
de cuentos referentes a Homero, Virgilio y otros poetas y héroes, de
Evangelios, leyendas y actas apócrifas, algunas de muy galana
invención; por donde se ve que el linaje de las novelas, con no ser
tan antiguo como el de otros géneros, puede preciarse de ilustre, ya
que un parentesco de afinidad le une a la literatura sagrada. La era
de la novela griega concluye con Dafnis y Cloe, Amores de Teagenes y
Clariclea, las narraciones de Aquiles Tacio, las Efesianas de
Jenofonte de Efeso, las Cartas de Aristenetes: género especial de
novela erótica donde el paganismo moribundo se complacía en adornar
con prolijas guirnaldas y festones el altar arruinado del amor
clásico.
Sobreviene la Edad Media: cambian personajes,
asuntos y escritores; la novela es poema épico, canción de gesta o
fabliau; sus protagonistas, Jasón, Edipo, los Doce Pares, el Rey Artús,
Flora y Blancaflor, Lanzarote, Parcival, Guarino, Tristán e Iseo; los
argumentos, la conquista del Santo Grial, la guerra de Troya, la de
Tebas; los autores, troveros o clérigos. Muy rudimentariamente, ya se
contenían allí los libros de caballerías y la novela histórica, así
como las crónicas de los Santos y leyendas doradas encerraban el
germen de la novela psicológica, de menos acción y movimiento, pero
más delicada y sentida. Francia e Inglaterra se llevaron la palma en
este género de historias romancescas, de paladines, aventuras, hazañas
y maravillas: bien nos desquitamos nosotros en el siglo XVI.
Semejante a los jardines encantados que por
arte de magia hacía florecer en lo más crudo del invierno algún
alquimista, abriéronse de pronto en nuestra patria los cálices,
pintados de gules, sinople y azul, de la literatura andantesca. No
habían penetrado en España las crónicas y proezas de los héroes
carlovingios, los amoríos de Lanzarotes y Tristanes ni los embustes de
Merlín, pero en cambio moraba ya entre nosotros, amén del brioso
Campeador real, el Cid ideal, el caballero perfecto, puro y heroico
hasta la santidad; el muy fermoso y nunca bien ponderado Amadís de
Gaula, patriarca de la Orden de Caballería, tipo tan caro a nuestra
imaginación meridional e hidalga, que ya a principios del siglo XV,
los perros favoritos de los magnates castellanos se llamaban Amadís,
como ahora se llamarían Bismarck o Garibaldi. ¿Nació el padre Amadís
en Portugal o en Castilla? Decídanlo los eruditos: lo cierto es que
calentó su cabeza el sol ibérico, el sol que derretía los sesos de
Alonso Quijano errante por las abrasadoras llanuras manchegas, y que
su interminable posteridad, como retoños de oliva, brotó en el campo
de las letras españolas. ¡Oh y cuán fecundo himeneo fue aquel del
firme y casto Amadís con la incomparable señora Oriana!
Un mundo, un mundo imaginario, poético,
dorado, misterioso y extranatural como el que vio el caballero de la
Triste Figura en el fondo de la cueva de Montesinos, se alza en pos
del hijo del Rey Perión de Gaula. Lisuartes, Floriseles y Esferamundis;
caballeros del Febo, de la Ardiente Espada de la Selva; hermosísimas
doncellas, feridas de punta de amores; dueñas rencorosas o doloridas;
reinas y emperatrices de regiones extrañas, de ínsulas remotas, de
comarcas antípodas, adonde algún alígero dragón transportaba en un
decir Jesús al andante; enanos, jayanes, moros y magos, endriagos y
vestiglos, sabios con barbas que les besaban los pies, y princesas
encantadas con pelo que les cubría el cuerpo todo; castillos, simas,
opulentos camarines, lagos de pez que encerraban ciudades de oro y
esmeraldas; cuanto brotó la fantasía de Ariosto, cuanto en melodiosas
octavas cantó Torcuato Tasso, lo narraron en prosa castellana, rica,
ampulosa, conceptuosa, henchida de retruécanos y tiquis miquis
amatorios, García Ordóñez de Montalvo, Feliciano de Silva, Toribio
Fernández, Pelayo de Ribera, Luis Hurtado y otros mil noveladores de
la falange cuya lectura secó el cerebro de Don Quijote y cuyo estilo
parecía de perlas al buen hidalgo. «¡Oh, que quiero -dice una heroína
andantesca, la reina Sidonia- dar fin a mis razones por la sinrazón
que hago de quejarme de aquel que no la guarda en sus leyes!»
Apresúrate, llega ya, manco glorioso, que
haces gran falta en el siglo: ase la péñola y descabézame luego al
punto ese ejército de gigantes, que al tocarles tú se volverán
inofensivos cueros de vino tinto: hendiráslos de una sola cuchillada,
y perdiendo su savia embriagadora, se quedarán aplastados y hueros.
¡Ven, Miguel de Cervantes Saavedra, a concluir con una ralea de
escritores disparatados, a abatir un ideal quimérico, a entronizar la
realidad, a concebir la mejor novela del mundo!
Notemos aquí un pormenor muy importante. Si
bien la novela caballeresca prendió, arraigó y fructificó tan lozana y
copiosamente en nuestro suelo, ello es que nos vino de fuera. Amadís,
en su origen, es una leyenda del ciclo bretón, importada a España por
algún fugitivo trovador provenzal. Tirante el blanco, otro libro
primitivo andantesco, fue trasladado del inglés al portugués y al
lemosín. Las aventuras de los andantes caballeros ocurren en Bretaña,
en Gales, en Francia. Aunque diestramente adaptadas sus historias a
nuestra habla, y leídas con deleite y hasta con entusiasta furor no
pierden jamás un dejo extranjerizo que repugna al paladar nacional.
Venga un Cervantes; que escriba en forma de novela una historia llena
de verdad y de ingenio, protesta del ingenio patrio contra el falso
idealismo y los enrevesados discursos que nos pronuncian héroes
nacidos en otros países, y al punto se hará popular su obra, y la
celebrarán las damas, y la reirán los pajes, y se leerá en los salones
y en las antesalas, y sepultará en el olvido las soñadas aventuras
caballerescas: olvido tan rápido y total como ruidosa era su fama y
aplauso.
De andar en manos de todo el mundo, pasaron
los libros de caballerías a ser objeto de curiosidad. Sus autores eran
contemporáneos de Herrera, Mendoza y los Luises. ¿Quién se acuerda hoy
de aquellos fecundos novelistas, tan caros a su época? ¿Quién sabe, a
no buscarlo exprofeso en un manual de literatura, el nombre del
ingenio que compuso, v. gr. Don Cirongilio de Tracia?
No me es posible persuadirme -digan lo que
quieran los trascendentalistas- a que Cervantes, cuando escribió el
Quijote, no quiso realmente atacar los libros de caballerías, y matar
en ellos una literatura exótica que robaba a la castiza todo el favor
del público. Y lo creo así, en primer lugar, porque si la literatura
caballeresca no hubiese alcanzado desarrollo y preponderancia
alarmante, Cervantes, al combatirla, procedería como su héroe, tomando
los carneros por ejércitos, y batiéndose con los molinos de viento; y
en segundo, porque juzgando analógicamente, comprendo bien que si un
realista contemporáneo poseyese el talento asombroso de Cervantes, lo
emplease en escribir algo contra el género idealista, sentimental y
empalagoso que aún goza hoy del favor del vulgo, como los libros de
caballerías, en tiempos de Cervantes. Por lo demás, claro que el
Quijote no es mera sátira literaria. ¡Qué ha de ser, si es lo más
grande y hermoso que se ha escrito en el género novelesco!
El principal mérito literario de Cervantes
-dejando aparte el valor intrínseco del Quijote como obra de arte-
consiste en haber reanudado la tradición nacional, haciendo que al
concepto del Amadís forastero y tan quimérico como Artús y Roldán
reemplace un tipo real como nuestro héroe castellano el Cid Rodrigo
Díaz, que con mostrarse siempre valeroso y honrado, y noble y
comedido, y cristiano, lo mismo que el solitario de la Peña Pobre, es
además un ser de carne y hueso y manifiesta afectos, pasiones y hasta
pequeñeces humanas, ni más ni menos que Don Quijote; con ellos me
entierren y no con la dilatada estirpe de los Amadises.
No inventó Cervantes la novela realista
española porque ésta ya existía y la representaba La Celestina, obra
maestra, más novelesca todavía que dramática, si bien escrita en
diálogo. Ningún hombre, aunque atesore el genio y la inspiración de
Cervantes, inventa un género de buenas a primeras: lo que hace es
deducirlo de los antecedentes literarios. Mas no importa: el Quijote y
el Amadís dividen en dos hemisferios nuestra literatura novelesca. Al
hemisferio del Amadís se pueden relegar todas las obras en que reina
la imaginación, y al del Quijote aquellas en que predomina el carácter
realista, patente en los monumentos más antiguos de las letras
hispanas. En el primero caben, pues, los innumerables libros de
caballería, las novelas pastoriles y alegóricas, sin excluir la misma
Galatea y el Persiles, de Cervantes; en el segundo las novelas
ejemplares y picarescas: el Lazarillo, el Gran Tacaño, Marcos de
Obregón, Guzmán de Alfarache; los cuadros llenos de luz y color de la
Gitanilla, el humorístico Coloquio de los Perros, el Diablo Cojuelo,
de Guevara; el cuento donosísimo de los Tres Maridos Burlados, y... ¿a
qué citar? ¿Cuándo acabaríamos de nombrar y encarecer tantas obras
maestras de gracia, observación, donosura, ingenio, desenfado, vida,
estilo y sentenciosa profundidad moral? Mientras el territorio
idealista se pierde, se hunde cada vez más en las nieblas del olvido
el realista, embellecido por el tiempo -como sucede a los lienzos de
Velázquez y Murillo- basta para hacer que el pasado de nuestra
literatura recreativa sea sin par en el orbe.
Esta brevísima excursión por el campo de la
novela desde su nacimiento hasta la aurora de los tiempos modernos, en
los cuales tanto se enriqueció y tantas metamorfosis sufrió, nos
enseña cuán mudable es el gusto y cómo las épocas forman la literatura
a su imagen. ¡Qué diferencia, por ejemplo, entre tres obras
recreativas: Dafnis y Cloe, Amadís de Gaula y el Gran Tacaño! Me
represento a Dafnis y Cloe como un bajo-relieve pagano cincelado, no
en puro mármol, sino en alabastro finísimo. Sobre el fondo de una
rústica cueva, donde se alza el ara de las ninfas rodeada de flores,
retozan el zagal y la zagala adolescentes, y a su lado brinca una
cabra y yace caído el zurrón, el cayado, los odres llenos de leche
fresca; el diseño es elegante, sin vigor ni severidad, pero no sin
cierta gracia y refinada molicie que blandamente recrean la vista.
Amadís es un tapiz cuyas figuras se prolongan, más altas del tamaño
natural; el paladín, armado de punta en blanco, se despide de la dama
cuyos pies encubre el largo brial y cuyas delicadas manos sostienen
una flor; entre los colores apagados de la tapicería, resplandecen
aquí y allí lizos de oro y plata; en el fondo hay una ciudad de
edificios cuadrangulares, simétricos, como las pintan en los códices.
Y por último, el Gran Tacaño es a manera de pintura, de la mejor época
de la escuela española; Velázquez sin duda fue quien destacó del
lienzo la figura pergaminosa y enjuta del Dómine Cabra; sólo Velázquez
podría dar semejante claro-obscuro a la sotana vieja, al rostro
amarillento, al mueblaje exiguo del avaro. ¡Qué luz! ¡Qué sombras!
¡Qué violentos contrastes! ¡Qué pincel valiente, franco, natural y
cómico a un tiempo! Dafnis y Cloe y Amadís no tienen más vida que la
del arte; el Gran Tacaño vive en el arte y en la realidad.
- VII -
Prosigue la genealogía
En achaque de novelas hemos madrugado
bastante más que los franceses. Hartos estábamos ya de producir
historias caballerescas, y florecía en nuestro Parnaso el género
picaresco y pastoril, mientras ellos no poseían un mal libro de
entretenimiento en prosa, si se exceptúan algunas nouvelles.
Sin embargo, cuando en sus tratados de
literatura llegan nuestros vecinos al siglo XVI, no se olvidan jamás
de decir que también tuvieron por entonces su Cervantes. Veamos quién
fue el tal.
Poseído de la embriaguez de letras humanas
que caracterizó al Renacimiento, cierto fraile franciscano, hijo de un
ventero turenés, se dio a estudiar el griego, descuidando totalmente
los deberes de su regla. Día y noche vivía encerrado en la celda con
un compañero, y en vez de maitines, ambos recitaban trozos de Luciano
o de Aristófanes. Sorprendidos por el Padre Superior, fuéles impuesta
penitencia; y cuéntase -aunque los historiadores no lo dan por cosa
averiguada- que desde aquel punto y hora el fraile humanista revolvió
el convento con mil travesuras diabólicas, nada decorosas ni limpias,
hasta que por fin logró escaparse y abandonar el claustro, yéndose
mundo adelante a campar por su respeto. Sucesivamente fue monje
benedictino, médico, astrónomo, bibliotecario, secretario de embajada,
novelista, y al cabo cura párroco; estudió y practicó todas las
ciencias y todos los idiomas; disecó por primera vez en Francia un
cadáver; satirizó a los religiosos, a la magistratura, a la
Universidad, a los protestantes, a los reyes, a los pontífices, a
Roma; y todo sin sufrir graves persecuciones, y muriendo en paz,
gracias a lo mucho que lo protegía el Papa Clemente VII, al paso que
Calvino le hubiera tostado de bonísima gana, y el poeta Ronsard
escribía su epitafio encargando al pasajero que derramase sobre la
fosa del fraile exclaustrado sesos, jamones y vino, que le serían más
gratos que las frescas azucenas.
Ahora bien: este hombre singular, habiendo
publicado obras científicas y visto que nadie las compraba, concibió
la idea de inculcar al pueblo los mismos conocimientos; pero en tal
forma, que le divirtiesen y los tragase sin sentir, para lo cual
compuso una sátira desmesurada, extravagante y bufa, un colosal
sainetón, del que «despachó más ejemplares en dos meses que Biblias se
vendían en nueve años». Y la ponderación no es corta, porque en
aquellos tiempos de protestantismo militante se leía harto la Biblia.
El autor compara la burlesca epopeya de Gargantúa y Pantagruel a un
hueso que hay que roer para descubrir la substanciosa medula; el hueso
es verdad que tiene tuétano suculento, pero también grasa, sangre y
piltrafas, que es preciso apartar. Es de los libros más raros y
heterogéneos que se conocen: aquí una máxima profunda, allí una
grosería indecente; después de un admirable sistema de educación, una
aventura estrambótica. Para hacerse cargo de la índole de la fábula,
baste decir que cada vez que mama el héroe, el gigante Pantagruel, se
chupa la leche de cuatro mil seiscientas vacas.
Poner en parangón a Rabelais con Cervantes,
es lo mismo que comparar a Luciano de Samosata con Homero.
Indudablemente Rabelais era un sabio, y Cervantes no: he de decirlo
aunque me excomulgue algún cervantista. Pero a Rabelais, como a su
siglo, la erudición no lo salvó enteramente de la barbarie. Rabelais
legó a su patria una obra deforme, y Cervantes una creación acabada y
sublime en su género. Nosotros podemos encomiar el habla de Cervantes,
y los franceses no propondrán nunca por modelo el lenguaje de Rabelais,
a pesar de su riqueza, variedad y carácter pintoresco.
Ni formó Rabelais, como el autor del Quijote,
escuela de novelistas, ni Gargantúa y Pantagruel son, en rigor,
novelas. Más imitadores tuvo en lo sucesivo una mujer, la Reina
Margarita de Navarra. En aquel siglo donde nadie era mojigato sino los
protestantes, la erudita Princesa, viajando en litera y mojando la
pluma en el tintero que su camarista sostenía en el regazo, borroneó
el Heptamerón, serie de cuentos alegres al estilo de los de micer
Boccaccio. En este género del cuento breve o nouvelle fue fecundísima
Francia; ya desde el siglo XV se conocía una gran colección, las Cien
Novelas Nuevas. Solían tales historietas narrarse primero de viva voz,
imprimiéndose después si agradaban: superiores al cuento popular, eran
inferiores a la novela propiamente dicha. Nosotros carecemos de
nouvelles. la novela ejemplar, aunque corta, tiene más alcance que la
nouvelle francesa.
Los extremos se tocan: Francia, que descolló
en semejantes cuentos ligeros, produjo también los novelones
monumentales en varios tomos, que abundaron en el siglo XVII. Era
moda, a la sazón, imitar a España; nuestra preponderancia política
había impuesto a Europa los trajes, costumbres y literatura
castellana. Dícese que Antonio Pérez, famoso valido de Felipe II, fue
quien trasplantó a la corte de Francia, donde vivía refugiado, nuestro
culteranismo; al par el caballero Marini, aquella peste de las letras
italianas, gran corruptor del gusto en su tierra, cruzó los Alpes para
inficionar a París. Formóse la sociedad del palacio de Rambouillet,
donde se conversaba apretando el ingenio, quintesenciando el estilo,
discreteando a porfía, y llovían madrigales, acrósticos y todo género
de rimas galantes. A ejemplo del palacio memorable en los anales de la
literatura francesa, se crearon otros círculos presididos por las
preciosas (que entonces aún no eran ridículas), en los cuales también
se alambicaba el lenguaje y los afectos: fruto y espejo de estas
asambleas sui generis fueron las novelas interminables de La
Calprénede, de Gomberville y de la señorita de Scudéry. Los héroes de
ellas, aunque llevaban nombres griegos, turcos y romanos, hablaban y
sentían como franceses contemporáneos de las preciosas; Bruto escribía
billeticos perfumados a Lucrecia, y Horacio Cocles, prendado de Clelia,
contaba al eco sus amorosas cuitas. En Clelia levantó la señorita
Scudéry el famoso mapa del país de Terneza, al través del cual serpea
el río de la Afición, se extiende el lago de la Indiferencia y
descuellan los distritos del Abandono y la Perfidia. Considerando que
tales novelas solían constar de ocho o diez volúmenes de a ochocientas
páginas, resulta que era preferible engolfarse en los libros de
caballerías, aun a riesgo de secarse la mollera como el Ingenioso
Hidalgo.
Es verdad que no todas las ficciones
novelescas del siglo XVII parecen hoy tan soporíferas: las de Madama
de Lafayette se sufren mejor; la Astrea de Urfé es linda pastoral; la
Novela cómica, de Scarron, imitada del español, ofrece colorido y
animados lances. Nosotros abandonábamos el riquísimo venero abierto
por Cervantes, y entretanto los franceses muy a su sabor lo
explotaban, sacando de él oro puro. Lesage, quizá el primer novelista
de Francia en el siglo XVIII, se labró un manto regio zurciendo
retazos de la capa de Espinel, Guevara y Mateo Alemán. Bien quisimos
disputar a Francia el Gil Blas, en cuyo rostro y talle leíamos su
origen castellano; pero ¿quién nos tiene la culpa de ser tan
descuidados y pródigos? Inútilmente alegamos que Gil Blas debió nacer
del lado acá del Pirineo: los franceses nos responden que lo que hay
de español en G il Blas es lo exterior, la vestidura: el carácter del
protagonista, versátil y mediocre, es esencialmente galo. Y en eso,
vive Dios que llevan razón. Nuestros héroes son más héroes, nuestros
pícaros más pícaros que Gil Blas.
El abate Prévost, novelador incansable que
compuso sobre doscientos volúmenes, olvidados hoy, casualmente acertó
a escribir uno por el cual figura al lado de Lesage. Manon Lescaut no
es más ni menos que la historia sucinta de dos perdidos, uno varón y
otro hembra. El héroe, el caballero Desgrieux, un solemne fullero; la
heroína, Manon, una cortesana de baja estofa. Y está lo original y
pasmoso del libro en que, con tales antecedentes, Manon y Desgrieux
cautivan, interesan, hasta arrancar lágrimas. No es que se verifique
en los dos personajes alguna de aquellas maravillosas conversiones, o
redenciones por el amor, que fingen los escritores contemporáneos,
desde Dumas en La Dama de las Camelias hasta Farina en Capelli Biondi:
nada de eso. La cortesana muere impenitente. ¿A qué debe, pues, su
atractivo singular la historia de Manon? Su autor nos lo revela. «Manon
Lescaut -dice- no es sino pintura y sentimiento, pero pintura
verdadera y sentimiento natural. En cuanto al estilo, habla en él la
naturaleza misma». La impresión que causa el breve libro de Prévost es
la que produce un suceso cierto, el análisis de una pasión hecho por
el paciente. Un hombre penetra en la iglesia; arrodíllase al pie de un
confesonario, y refiere su vida sin omitir circunstancia, sin encubrir
sus vilezas ni sus culpas, sin velar sus sentimientos ni atenuar sus
malas acciones: ese hombre es gran pecador, pero ha amado mucho, ha
sido arrastrado a pecar por afectos vehementísimos, y el confesor que
le escucha siente deslizarse por sus mejillas una lágrima. Esto
acontece al que oye en confesión al caballero Desgrieux.
¡Cuán lejos está Rousseau de poseer la
naturalidad del abate Prévost! Rousseau es idealista y moralista:
predicar, enseñar, reformar el universo, tal es su propósito. Sus
novelas rebosan doctrinas, reflexiones y declamaciones: virtud,
sensibilidad, amistad y ternura andan en ellas como por su casa. El
Emilio, en especial, puede considerarse tipo de la novela docente: el
arte, el interés de la ficción, la pintura de las pasiones, todo es
allí secundario: el caso es demostrar cuanto se propuso el autor que
el libro demostrase. Penetrado de las excelencias y ventajas del
estado salvaje y primitivo, Rousseau defendió su tesis hasta el
extremo, decía con gracia Voltaire, de infundir ganas de andar a
cuatro pies, y solicitó que la igualdad se aplicase tan sin límites,
que se casase el hijo del rey con la hija del verdugo. ¡Pícara idea y
cuántos estragos hizo en la novela andando el tiempo! Lo noto de paso,
y continúo.
Por supuesto que la moral de Rousseau era
peregrina: su héroe Saint-Preux, adorando la virtud, seducía a la
doncella que sus padres le fiaban para educarla. No obstante, todo lo
que se diga de la popularidad y éxito de las novelas de Rousseau es
poco. Rousseau ejerció sobre su época el decisivo influjo que alcanzan
los escritores si aciertan a erigirse en moralistas. Las mujeres lo
idolatraron; las madres lactaron a sus hijos para obedecerle;
pulularon las Julias y los Emilios; ciertas comarcas del Norte
quisieron tomarle por legislador; la Convención puso en práctica sus
teorías, y el torrente de la revolución corrió por el cauce de sus
ideas. No ventilemos aquí si todo esto fue vera gloria: lo evidente es
que no fue gloria literaria. Como novelista, vale más el abate Prévost.
El mérito literario que no puede negarse a
Rousseau, es el de introducir melodías nuevas en el idioma francés,
desecado por la pluma corrosiva y aguda de Voltaire. Rousseau supo ver
el paisaje y la naturaleza y describirla en páginas elocuentes y
hermosas: Pablo y Virginia son la segunda parte de la Eloísa;
Bernardino de Saint-Pierre aplicó a un tiempo los procedimientos
artísticos y las teorías anti-sociales de su modelo Rousseau, cuando
buscó para teatro de su poema un país virgen, un mundo medio salvaje y
desierto, y para héroes dos seres jóvenes y candorosos, no
inficionados por la civilización y que mueren a su contacto, como la
tropical sensitiva languidece al tocarla la mano del hombre.
Mejor que Rousseau narraba Voltaire. Sus
cuentos en prosa son la misma sobriedad, la misma claridad, la misma
perfección; no es posible indicar en ellos ni leves errores
gramaticales; allí resalta el respeto más profundo, la más completa
intuición de eso que se llama genio de un idioma. Pero también se
advierte aquella pobreza de fantasía, aquella carencia de sentimiento,
aquella luz sin calor y aquel corazoncillo seco y encogido, arrugado
como nuez añeja, eterna inferioridad del autor de Cándido. Voltaire
cuenta; no es posible que novele. El novelista necesita más simpatía y
alma menos estrecha.
Diderot reúne mejores condiciones de
novelista. Voltaire sabe literatura, pero Diderot es artista, artista
que pinta con la pluma: en él comienza la serie de los escritores
coloristas de Francia; él emplea antes que nadie frases que copian y
reproducen la sensación, por donde consumados estilistas
contemporáneos le reconocen y nombran maestro. Sus teorías estéticas,
nuevas y atrevidas entonces, contenían ya el realismo; en sus novelas
late la realidad: lástima grande que, obedeciendo al gusto de la
época, las haya sembrado de pasajes licenciosos, enteramente
innecesarios. No pueden compararse sus aptitudes con las de ningún
escritor de su tiempo; lea el que lo dude El Sobrino de Rameau, tesoro
de originalidad; lea la misma Religiosa, descartando las manchas de
inverecundia que la afean y el alegato contra los votos perpetuos que
el acérrimo libertino no supo omitir, y verá un libro interesantísimo,
con delicado interés, sin aventuras ni incidentes extraordinarios, sin
galanes ni amoríos de reja, con sólo el combate interior de un
espíritu y el vigoroso estudio de un carácter. Diderot escribió La
Religiosa fingiendo ser las memorias de una doncella obligada por su
familia a entrar monja sin vocación, y que tras de mil luchas se
escapa del claustro, y dirigió el manuscrito al Marqués de Croismare,
gran filántropo, como si la desdichada le pidiese auxilio. El Marqués,
engañado por la admirable naturalidad del relato, se apresuró a mandar
dinero y a ofrecer protección a la imaginaria heroína de Diderot.
Con estos novelistas de la Enciclopedia hemos
llegado a un punto crítico. La Revolución comienza, y mientras dure su
formidable sacudida nadie escribe novelas, pero todo el mundo se halla
expuesto a vivirlas muy dramáticas.
- VIII -
Los vencidos
Cuando pasó el Terror, las letras, que habían
subido al cadalso con Andrés Chénier, comenzaron a volver en sí,
pálidas aún del susto.
Pigault Lebrun fue el Boccaccio de aquella
época azarosa, un Boccaccio tan inferior al italiano, como la estopa a
la batista. Fiéveé narrador agradable, entretuvo al público con
historietas, y Ducray Duminil contó a la juventud patéticos sucesos,
novelas donde la virtud perseguida triunfaba siempre en última
instancia. De la pluma de Madama de Genlis brotó un chorro continuo,
igual y monótono de narraciones con tendencia pedagógico-moral; pero
la iluminada y profetisa Madama de Krüdener picó más alto, escribiendo
Valeria.
No obstante, la figura principal que domina
estas secundarias, entre las cuales tantas son femeninas, es otra
mujer de prodigiosa cultura y excelso entendimiento, filósofa,
historiadora, talento varonil si los hubo: la Baronesa de Staël.
Antes de componer novelas, la hija de Necker
se había ensayado con obras serias y profundas, y su Corina y su
Delfina fueron para ella como descanso de graves tareas, o, mejor
dicho, como expansiones líricas, válvulas que abrió para desahogar su
corazón, cuya viveza de sentimientos no desmentía su sexo. Ella misma
fue heroína de sus novelas, y fundó así, rompiendo con la tradición de
impersonalidad de los narradores y cuentistas, la novela idealista
introspectiva. Delfina y Corina lograron tal aplauso y ganaron tantos
lectores, que hasta se cree que Napoleón no se desdeñó de criticar, en
su cesáreo estilo, y por medio de un artículo anónimo inserto en el
Monitor, las producciones novelescas de su acérrima adversaria.
Al par que trazaba a la novela los rumbos que
tantas veces recorrió después, Madama de Staël descubría una mina
explotada luego por el romanticismo, dando a conocer en su magnífico
libro La Alemania las riquezas de la literatura germánica, romántica
ya, y que de tal modo vino a influir en la de los países latinos.
Es de notar que los enciclopedistas, y
Voltaire más que ninguno, mientras preparaban la revolución política
atacando desaforadamente el antiguo régimen y minándolo por todos
lados, se habían mostrado en literatura conservadores y pacatos hasta
dejarlo de sobra, respetando supersticiosamente las reglas clásicas; y
como si el clasicismo en sus postrimerías quisiese revestirse de nueva
juventud y forma encantadora, encarnó en Andrés Chénier, el poeta más
griego y más clásico que tuvo nunca Francia, al par que el primer
lírico del siglo XVIII. De modo que aun cuando Diderot reclamó la
verdad en la escena y en la novela, y Rousseau hizo florecer en su
prosa el lirismo romántico, las letras permanecieron estacionarias y
clásicas durante la revolución y primeros años del imperio, hasta que
vinieron Madama de Staël y Chateaubriand.
Siendo jovencita, Madama de Staël leía
asiduamente a Rousseau; el joven emigrado bretón que comparte con ella
la soberanía de aquel período, era también discípulo del ginebrino, y
discípulo más adicto, porque mientras Madama de Staël se mostró asaz
indiferente a la naturaleza, musa del autor de las Confesiones,
Chateaubriand se lanzaba a América por anhelo de conocer y cantar un
paisaje virgen, y describir con mas poesía que su maestro las
magnificencias de bosques, ríos y montañas. Por este mismo propósito,
donde el poeta tenía más parte que el novelista, resultó que las
novelas de Chateaubriand fueron poemas mejor que otra cosa. Al menos
Corina se estudiaba a sí propia y a la sociedad en que vivió; no que
René se idealizaba, subiéndose al pedestal de su enfermizo orgullo,
perdiéndose en nebulosa melancolía, y aislándose así del resto de los
humanos. Sus contemporáneos hicieron de Chateaubriand un semidiós; la
generación presente le desdeña con exceso olvidando sus méritos de
artista. René no es inferior a Werther, de Goethe, como análisis de
una noble enfermedad, la insaciable, vaga e inmensa pasión de ánimo de
nuestro siglo. El descrédito cada vez mayor de Chateaubriand no puede
achacarse sino a la creciente exigencia de realidad artística.
En efecto, cuantos quisieron buscar la
belleza fuera de los caminos de la verdad, comparten la suerte del
ilustre autor de los Mártires; la indiferencia general arrincona sus
obras, cuando no sus nombres. ¿De qué le sirvió a Lamartine su unción,
su dulzura, su instinto de compositor melodista, su fantasía de poeta,
tantas y tantas cualidades eminentes? ¿Lee hoy alguien sus novelas?
¿Se embelesa nadie con el platónico panteísta Rafael? ¿Llora nadie las
penas y abandono de Graziella? ¿Hay quien pueda llevar en paciencia a
Genoveva?
Si las novelas de Víctor Hugo no han perdido
tanto como las de Chateaubriand y Lamartine, consiste quizá en que son
más objetivas; en los problemas sociales que plantean y resuelven,
aunque por modo apocalíptico; en el vivo interés romancesco que saben
despertar, y en cierto realismo... ¡perdóneme el gran poeta! de brocha
gorda, que a despecho de la estética idealista del autor, asoma aquí y
allí en todas ellas. Y digo de brocha gorda, porque nadie ignora que a
Víctor Hugo le son más fáciles los toques de efecto que las pinceladas
discretas y suaves, por donde su realismo viene a ser un efectismo
poderoso, pero no tan hábil que no se le vea la hilaza. En suma,
Víctor Hugo toma de la verdad aquello que puede herir la imaginación y
avasallarla: verbigracia, el soplo por la nariz con que el presidiario
Juan Valjean
apaga la luz en casa de Monseñor Bienvenido.
Lo que únicamente tiende a producir impresión de realidad, Víctor Hugo
no sabe o no quiere observarlo. En justo castigo de esta culpa, sus
novelas van estando, si no tan marchitas como las de Chateaubriand y
Lamartine, al menos algo destartaladas. Para que produzcan ilusión,
hay que verlas con luz artificial.
Por lo demás, ni Chateaubriand ni Víctor Hugo
ni Lamartine hicieron de la novela artículo de consumo general,
fabricado al gusto del consumidor. Esta empresa industrial estaba
guardada para el irrestañable e impertérrito criollo Dumas, abogado de
los folletines, a cuya intercesión se encomiendan aún tantos dañinos
escribidores.
¡Peregrina figura literaria la del autor de
Monte Cristo! Trabajo le mando a quien se proponga leer sus obras
enteras. Si la inmortalidad de cada autor se midiese por la cantidad
de tomos que diese a la estampa, Alejandro Dumas, padre, sería el
primer escritor de nuestra época. Porque si bien está demostrado que,
además de novelista, fue Dumas razón social de una fábrica de novelas
conforme a los últimos adelantos, donde muchas, como el blanco y
carmín de la doña Elvira del soneto, sólo tenían de suyas el haberle
costado su dinero; si es cierto que se patentizó la imposibilidad
física de que hubiese escrito cuanto publicaba, y si cuando pleiteó
con los directores de La Prensa y de El Constitucional, éstos le
probaron que, sin perjuicio de otros encargos, se había comprometido a
darles a ellos cada año mayor número de cuartillas de original que
puede despachar el escribiente más ligero; si amén de contraer y
cubrir todos estos compromisos está averiguado que viajaba, que hacía
vida social, frecuentaba los bastidores de los teatros y las
redacciones de la prensa, se metía en política y galanteaba, todavía
es admirable que haya dado abasto a escribir la prodigiosa cantidad de
libros que sin disputa le pertenecen, y a leer y retocar los ajenos
cuando salían escudados con su nombre.
Por muchos cirineos que le ayudasen a llevar
el peso de la producción, Dumas aparece fecundísimo. Un teatro se
fundó sólo para representar sus obras; un periódico para despachar en
folletín sus novelas, pues ya no alcanzaban los editores a imprimirlas
aparte». En tan inmenso océano de narraciones novelescas como nos
dejó, sobreabunda el género pseudo-histórico, especie de resurrección
de los libros de caballerías adaptados al gusto moderno. Alejandro
Dumas llamaba a la historia clavo donde colgaba sus lienzos, y otras
veces aseguraba que a la historia era lícito hacerle violencia,
siempre que los bastardos naciesen con vida. Penetrado de tales
axiomas, trató a la verdad histórica sin cumplimientos, como todos
sabemos. Es cierto que también Chateaubriand había sustituido a la
erudición sólida y a la crítica severa su fantasía incomparable; pero
¡de cuán distinto modo! Chateaubriand bordó de oro y perlas la túnica
de la historia; Dumas la vistió de máscara.
En medio de todo, hay dotes sorprendentes en
Alejandro Dumas. No es grano de anís inventar tanto, producir con tan
incansable aliento y mecer y arrullar gratamente -siquiera sea con
patrañas inverosímiles- a una generación entera. El don de imaginar,
acaso nadie lo ha tenido en tanta cantidad como Alejandro Dumas, si
bien otros lo poseyeron de calidad mejor y más exquisita: que en esto
de imaginación, como en todo, hay género de primera y de segunda. Y
realmente, Alejandro Dumas es el tipo de la literatura secundaria, no
del todo ínfima, pero tampoco comparable a la que forjan grandes
escritores con los cuales no puede medirse el autor de Los Tres
Mosqueteros.
Literariamente, Dumas es mediocre. De ahí
proviene su éxito y popularidad. Dumas subió a la altura exacta de la
mayor parte de las inteligencias. Si su forma fuese más selecta y
elegante, o su personalidad más caracterizada, o sus ideas más
originales, ya no estaría al alcance de todo el mundo. Su novela es,
pues, la novela por antonomasia; la novela que lee cada quisque cuando
se aburre y no sabe cómo matar el tiempo; la novela de las
suscripciones; la novela que se presta como un paraguas; la novela que
un taller entero de modistas lee por turno; la novela que tiene los
cantos grasientos y las hojas sobadas; la novela mal impresa,
coleccionada de folletines, con láminas melodramáticas y cursis; y la
novela, en suma, más antiliteraria en el fondo, donde el arte importa
un bledo y lo que interesa es únicamente saber en qué parará y cómo se
las compondrá el autor para salvar a tal personaje o matar a cuál
otro.
Hoy, al ver la enorme biblioteca dumasiana,
no sabe uno qué admirar más, si su tamaño o su poca consistencia. El
abate Prévost, de sus doscientos volúmenes, logró salvar uno que le
inmortaliza: diez o doce años después del fallecimiento de Dumas,
dudamos si alguna de sus obras pasará a las futuras edades.
Bien arrumbado se va quedando asimismo el
rival de Dumas, el poco menos fecundo e inventivo Eugenio Sue. En éste
había la cuerda socialista, populachera y humanitaria, que tocada
diestramente, gana triunfos tan brillantes como efímeros. Sin embargo,
Sue tuvo más de artista que Dumas; dio mayor relieve a sus creaciones.
Su fantasía rica e intensa, evocaba con fuerza superior. Pero si en
alguien alcanzó esta facultad aquel grado de pujanza que todo lo
poetiza y transforma, y sin reemplazar a la verdad, compensa su falta,
fue en Jorge Sand. |