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El Tío1,
como todo diablo de vasta cultura y declarado defensor del cuento
breve -brevísimo-, aprovechó una de nuestras conversas para darme
una lección sobre el arte de trabajar la palabra con la precisión de
un orfebre.
-Escribir un cuento breve es como grabar un
verso de García Lorca en un anillo de bodas -dijo-. Así de fácil
pero a la vez difícil.
Lo miré callado, pensando en que el Tío, a
pesar de sus atributos de Satanás, jamás dice las cosas al tuntún.
Es un tipo asaz inteligente, sabio en las ciencias ocultas y en las
ciencias de ciencias. ¿Qué no sabe? ¿Qué no puede? ¿Qué no quiere?
Es un modelo de constancia y rigor intelectual. Y, lo más
deslumbrante, tiene una respuesta para cada pregunta. Así un día,
mientras hablábamos de literatura y literatura, dijo: “Los hombres
escriben cuentos violentos”. ¿Y las mujeres?, le pregunté. “Ése es
otro cuento”, me contestó.
-En tu opinión, ¿cómo se distingue al buen
escritor de cuentos? -le dije a modo de tantearle sus conocimientos.
-Para empezar, al buen escritor se lo
distingue incluso por la forma de andar -replicó con la sabiduría de
quien posee el don del genio y la magia de la palabra-. El escritor
de fuste no necesita tarjetas de presentación, críticos ni
reconocimientos. En él, más que en nadie, la pasión de escribir es
como estar endemoniado, una forma de levitar al borde del delirio,
de hacer añicos la realidad y contar un cuento en el cual la mentira
es tan cierta que nadie la pone en duda, aparte de que su vicio de
escribir en soledad es una enfermedad endémica y sin remedio. Nadie
lo puede librar de esa atadura voluntaria, ni siquiera Cristo en
calzoncillos...
El Tío, consciente de que la virtud del
intelectual consiste en simplificar lo complejo y no en hacer más
complejo lo simple, se daba modos de meterme los conocimientos como
con cuchara, aplicando una didáctica más eficaz que la de un
profesor emérito. Por eso cuando hablaba de un tema aparentemente
difícil, como es la literatura, lo hacía con gran desparpajo y muchos
ejemplos.
-¿Y cómo se sabe que un cuento es un buen
cuento? -le pregunté con la curiosidad de quien aprovecha una charla
sobre el arte de escribir.
-Cuando te atrapa desde un principio y el
lenguaje fluye con fuerza propia, cuando el lector reconoce las
situaciones del cuento y empieza a identificarse con los personajes,
quienes, por su verisimilitud, dejan de ser puras invenciones para
hacerse creíbles a los ojos del lector. Un buen cuento se parece a
un caleidoscopio, donde uno encuentra nuevas figuras literarias cada
vez que lo lee y lo relee. Claro que todo esto no depende sólo de la
perfección formal del cuento, incluidos el argumento, el lenguaje y
el estilo, sino de la destreza del autor, quien
debe mantener el suspense del lector hasta el final. En el mejor de
los casos, el cuento debe tener un desenlace sorpresivo e
inesperado, porque un cuento sin un final sorpresivo es como un
regalo descubierto en Navidad.
-Y si el cuento no atrapa desde un
principio ni mantiene tenso el ánimo del lector hasta el final, ¿qué
hacer? -le pregunté, mientras rememoraba los malos cuentos que
escribí en mi juventud creyéndolos obras maestras.
-¡Ah! -contestó el Tío, reacomodándose en
su trono-. En ese caso lo mejor es tirarlo como cuando se tira abajo
un edificio cuyas puertas y ventanas aparecieron construidas en el
techo. A propósito, García Márquez dice: "El esfuerzo de escribir un
cuento corto es tan intenso como empezar una novela”. Y si el
cuento, por alguna razón misteriosa, no sale bien desde un
principio, lo aconsejable es “empezarlo de nuevo por otro camino, o
tirarlo a la basura", porque escribir un cuento que no quiere ser
escrito es como forzar a una mujer que no te ama.
Me quedé pensando en que no es fácil ser
albañil de la literatura, un oficio que parece reservado sólo para
quienes, desde el instante en que conciben una historia en la
imaginación, se sienten apresados en un torbellino de imágenes y
palabras.
-Otra pregunta -le dije-. A tu juicio,
¿quién es el buen escritor de cuentos?
-El ñatito que ve como en una película la
obra de su creación y es capaz de inventar ficciones sobre los tres
pilares fundamentales de la condición humana: la vida, el amor y la
muerte, así algunos críticos digan que lo más importante no es QUÉ
se cuenta sino CÓMO se cuenta. Tampoco cabe duda de que un buen
escritor de cuentos breves, usando los instrumentos simples de la palabra
escrita, es capaz de crear personajes, a quienes les concede vida
propia con su aliento y su talento, los crea no de un montoncito de
tierra, como Dios creó al hombre, sino de un montoncito de palabras,
como tú me estás creando contra viento y marea, soplándome vida en
tus cuentos de la mina. El buen escritor posee la magia de sacar las
palabras hasta por los bolsillos, como el mago saca las palomas por
las mangas de la camisa.
-A propósito de ambientes y personajes,
algunos de mis lectores dice que me repito demasiado, que patino
sobre el mismo tema y sobre el mismo personaje.
-¡Bah! -refunfuñó el Tío-. No les hagas
caso, sigue insistiendo sobre el mismo tema, sigue escribiendo sobre
este Tío de la mina y, como recomendaba el viejo Tolstoi: “Describe
tu aldea y serás universal”.
En efecto, me prometí para mis adentros
seguir escribiendo sobre la realidad dantesca de los mineros y sobre
las ocurrencias de su dios y su diablo protector encarnados en el
Tío, el mismo que en ese instante conversaba conmigo sobre sus
autores preferidos y sobre las claves del cuento breve, dándome la
oportunidad de preguntarle una y otra vez, por ejemplo, ¿cómo elegir
un buen cuento en medio de tanta palabrería?
-Eso varía de lector a lector -aclaró el
Tío-. Hay cuentos y cuentistas para todos los gustos. Más todavía,
los cuentos, al igual que sus autores, tienen diversas formas,
tamaños y contenidos. Así hay cuentos largos como Julio Cortázar y
cuentos cortos como Tito Monterroso; cuentos livianos como Julio
Ramón Ribeyro y cuentos pesados como Lezama Lima; cuentos chuecos
como Augusto Céspedes y cuentos borrachos como Edgar Allan Poe;
cuentos humorísticos como Bryce Echenique y cuentos angustiados como
Franz Kafka; cuentos eruditos como JL Borges y cuentos dandys como
Óscar Wilde; cuentos pervertidos como Marqués de Sade y cuentos
degenerados como Charles Bukovski; cuentos decentes como Antón
Chéjov y cuentos eróticos como Anaîs Nin; cuentos del realismo
social como Máximo Gorki y cuentos del realismo mágico como García
Márquez; cuentos suicidas como Horacio Quiroga y cuentos tímidos
como Juan Rulfo; cuentos naturalistas como Guy de Maupassant y
cuentos de ciencia-ficción como Isaac Asimov; cuentos psicológicos
como William Faulkner y cuentos intimistas como JC Onetti; cuentos
de la tradición oral como Charles Perrault y cuentos infantiles como
HC Andersen; cuentos de la mina como Baldomero Lillo, cuentos rurales
como Ciro Alegría, cuentos urbanos como Mario Benedetti y así, como
estos ejemplos, hay un montón de cuentos como hay de todo en la viña
del Señor. El saber elegirlos no es responsabilidad del escritor
sino un oficio que le corresponde al lector.
Al escuchar el chorro de nombres, en mi
condición de eterno aprendiz, me quedé turulato por la sabiduría del
Tío, quien conocía las técnicas del arte de narrar sin haber escrito
un solo cuento. Claro que tampoco tenía por qué haberlo hecho, si en
sus manos tenía a un escribano como yo, encargado de transcribir los
dictados de su ingenio y su corazón de diablo.
Mi curiosidad por saber más sobre el arte
de escribir cuentos breves fue in crescendo, hasta que
indagué el porqué de su preferencia por el cuento breve.
El Tío se arrimó en el espaldar de su
trono, irguió la cabeza, cruzó los brazos y explicó:
-Porque es una creación literaria donde se
ensamblan la brevedad, la precisión verbal y la originalidad, pero
también la sintaxis correcta y la claridad semántica, porque no es
lo mismo decir: “Dos tazas de té, que dos tetazas”, ni es lo mismo
decir: “La Virgen del Socavón, que el socavón de la virgen”.
Estaba a punto de abrir la boca cuando él,
sin importarle un bledo lo que quería decirle, se me adelantó con la
agilidad propia de un gran conversador:
-El cuento breve es tiempo concentrado, tan
concentrado que, algunas veces, puede estar compuesto sólo por un
título y una frase. Ahí tenemos “El dinosaurio”, un cuentito corto
como su autor: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”,
dice Monterroso, seguro de haber cazado un animal prehistórico con
siete palabras. Otro ejemplo, Antón Chéjov, acaso sin saberlo, anotó
en su cuaderno de apuntes una anécdota, que bien podía haber sido un
cuento condensado: "Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un
millón, vuelve a casa, se suicida". Lástima que el ruso dejó esta
idea entre sus apuntes como un diamante no pulido. De lo contrario,
éste podía haber sido el cuento breve más perfecto sobre la vida de
un millonario suicida. ¿Qué te parece, eh? ¿Qué te parece?
-¿Y qué me dices de los cuentos de largo
aliento? -le pregunté sólo por llevar más agua a su molino.
El Tío se dio cuenta de mi actitud de
preguntón, paseó la mirada por doquier, se alisó los bigotes con la
lengua y contestó:
-Los cuentos largos son como los
largometrajes, si no terminas dormido, terminas bostezando como
cuando te metes en una sopa de letras. En el cuento breve, que se
diferencia de la novela por su extensión, deben figurar sólo las
palabras necesarias. No en vano Cortázar decía que el cuento es
instantáneo como una fotografía y la novela es larga como una
película.
-O sea que la clave de un cuento breve
radica
en sintetizar el lenguaje -dije sin estar muy seguro de lo que
decía.
-Más que sintetizar -precisó el Tío-, es
necesario economizar el lenguaje, evitando la “inflación palabraria”,
como dice Eduardo Galeano, quien recorrió un largo trecho
hacia el desnudamiento de la palabra. El lenguaje tiene que ser
llano y sencillo, lo más sencillo y claro posibles. No hay porqué
escribir una prosa florida ni abigarrada, ni usar un lenguaje
rimbombante ni hacer del cuento un árbol de abundante follaje y
pocos frutos. Por el contrario, se trata de hacer un striptease
del lenguaje, hasta dejarlo con su pura sencillez y encanto, porque
en la sencillez del lenguaje se esconde la belleza del arte
literario...
-Cómo es eso de desnudar la palabra
-irrumpí, sin haber comprendido el meollo del asunto.
-Fácil -dijo el Tío-. ¿Recuerdas el
ejemplito sobre el letrero del pescadero?
-No -contesté, rascándome la cabeza.
-Ay, ay, ay. ¡Qué cabezota, eh! -enfatizó-.
Según el ejemplo de Galeano, el pescadero rotuló sobre la entrada de
su tienda: "AQUÍ SE VENDE PESCADO FRESCO". Pasó un vecino y le dijo:
"Es obvio que es 'aquí', no hace falta escribirlo". Y borró el AQUÍ.
Pasó otro vecino y le dijo: "Es innecesario escribir 'se vende', ¿o
acaso regala usted el pescado?". Y borró el SE VENDE. Y sólo quedó
PESCADO FRESCO. Sí. Y pasó otro vecino y dijo: "¿Acaso cree que
alguien piensa que vende pescado podrido, que escribe 'fresco'...?".
Y borró FRESCO. Ya sólo figuraba PESCADO. Así es... hasta que otro
vecino pasó y le dijo al pescadero: "¿Por qué escribe 'pescado'?
¿Acaso alguien dudaría de que se vende otra cosa que pescado, con el
olor que sale de aquí?". Así que el pescadero quitó las palabras que
escribió sobre la entrada de su tienda...
El Tío parecía levitar mientras hablaba,
como haciendo gala de su memoria retentiva. Hizo una breve pausa y
luego continuó:
-Qué te parece la ocurrencia del pelado
Galeano, ese trotamundos que, además de hacer striptease del
lenguaje, logró escribir la historia de América Latina en
pedacitos y con las venas abiertas.
-Muy bueno el ejemplo, muy bueno
-contesté-. Pero, ¿hacía falta quitar todas las palabras del
letrero?
-Está más claro que el agua. Hay cosas que
no pueden ser "palabreadas" así nomás. Por eso Galeano, siguiendo
las enseñazas del maestro Juan Carlos Onetti, se hizo consciente de
que “las únicas palabras que merecen existir son las palabras
mejores que el silencio".
-En eso estoy plenamente de acuerdo -le dije de golpe
y porrazo-. Es como cuando se habla, si las palabras que se van a
decir no son más bellas que el silencio, lo mejor es callar.
-Así es, pues -aseveró el Tío-. A veces,
“la única manera de decir es callando” o como dice el verso de Pablo
Neruda: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente...”.
Ahí se plantó nuestra conversa y se abrió
un largo silencio.
Antes de cerrar la noche, me despedí del
Tío, no sin antes agradecerle por su magistral enseñanza que, de
seguir machacando mi oficio de artesano en la palabra, me ayudará a
mejorar mis cuentos mal escritos, aunque sé por experiencia propia
que “del dicho al hecho, hay mucho trecho”, tal cual reza el refrán
popular.
Iba a franquear la puerta, cuando de
pronto, a mis espaldas, escuché la voz del Tío:
-No dejes de escribir cuentos breves, como
esos que a mí me gustan.
Me di la vuelta, le eché una veloz ojeada y
pregunté:
-¿Como cuáles?
-Como los cuentos mineros donde cobro vida
propia gracias a las aventuras de tu imaginación.
Me volví otra vez y salí de prisa, sin
dejar más palabras que el silencio a mis espaldas.
FIN |