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Se ha dicho muchas veces que los cuentos
populares encierran una serie de “crueldades”, que no son aptas para
el desarrollo emocional del niño y cuyas lecturas pueden estimular
su agresividad. Los críticos consideran que varios de los cuentos
populares, rescatados de la tradición oral por los hermanos Grimm y
Charles Perrault, al
menos en sus versiones originales, deben ser leídos sólo por los
adultos, aun sabiendo que los niños, como todos los humanos, no
están al margen de los actos de violencia y las “crueldades”, que a
diario experimentan a través de las pantallas de la televisión o en
la vida cotidiana.
Los instintos primarios y reprimidos, como
es el caso de la agresión, pueden aflorar en cualquier momento y
hasta dominar sobre la parte racional y consciente del niño, pues
todos los individuos cargan genéticamente un instinto de agresión en
la parte más irracional e inconsciente de su ser. No obstante, como
bien apunta el psicoanalista Bruno Bettelheim: “La creencia común de
los padres es que el niño debe ser apartado de lo que más le
preocupa: sus ansiedades desconocidas y sin forma, y sus caóticas,
airadas e incluso violentas fantasías. Muchos padres están
convencidos de que los niños deberían presenciar tan sólo la
realidad consciente o las imágenes agradables y que colman sus
deseos, es decir, deberían conocer únicamente el lado bueno de las
cosas. Pero este mundo de una sola cara nutre a la mente de modo
unilateral, pues la vida real no siempre es agradable” (Bettelheim,
B., 1986, p. 14-15).
Mucho antes de que exista una literatura
escrita exclusivamente para niños, los cuentos populares -de hadas,
ogros y princesas- se transmitían a través de la tradición oral y de
generación en generación. Durante siglos, quizás milenios, los
cuentos eran contados entre los adultos; empero, de tanto repetirse
una y otra vez, llegaron también a gustar a los niños no sólo por el
poder de la fantasía que alimenta el desarrollo de su personalidad,
sino también porque abordan temas que les toca de cerca. Así pues,
los cuentos populares se han convertido en un tesoro invalorable
para los niños, incluso cuando no existía una literatura infantil
propiamente dicha y en épocas en que la pedagogía no había advertido
su importancia.
Con el transcurso del tiempo, los cuentos
populares sufrieron una serie de mutilaciones tanto en la forma como
en el contenido, y muchas de las adaptaciones, lejos de mejorar el
valor ético y estético del cuento, tuvieron la intención de
moralizar y censurar las partes “crueles”, arguyendo que la
violencia era un hecho ajeno a la realidad del niño y algo impropio
en la literatura infantil. De cualquier modo, una cosa es mutilar el
contenido de un cuento, y, otra muy distinta, adaptarlo al nivel
lingüístico o al desarrollo cognoscitivo del niño, quien, para gozar
de la lectura, requiere comprender el léxico y la sintaxis del
texto. Esto implica, por ejemplo, simplificar las descripciones
largas, las frases irónicas y las moralejas, debido a que éstas son
incomprensibles para los niños que no han alcanzado la etapa del
razonamiento lógico, sobre todo, si consideramos los preceptos de la
psicología evolutiva.
Si bien es cierto que la literatura
infantil estimula la fantasía del niño y cumple una función
terapéutica, es también cierto que los cuentos llamados “crueles” no
tienen por qué ser censurados ni rechazados; por el contrario, deben
ser presentados con un sentido crítico, ya que el propio niño vive
en un mundo que no es un paraíso, sino un territorio lleno de
tragedias e injusticias. Es más, los cuentos populares, al mismo
tiempo que entretienen al niño, le ayudan a comprenderse mejor a sí
mismo y contribuyen al desarrollo de su personalidad; claro está,
cuando y siempre se los conserve y cuente en su forma original, pues
cualquier tipo de mutilación que sufran sus partes más violentas no
hará otra cosa que restarle importancia al cuento y malograr su
contenido literario que, como en toda obra de arte bien concebida,
es perfectamente comprensible para el niño.
Ahora bien, ¿vale la pena poner al alcance
de los niños los cuentos populares que encierras una cantidad
inverosímil de crueldades y violencia? No creo que baste con
abolirse las escenas más desagradables o explicarles a los niños que
las “crueldades” corresponden a la fantasía del autor y a una época
pretérita en la historia, porque esto implicaría cubrir con un manto
las violencias que a diario se comenten contra millones de niño en
todo el mundo. ¿Quién no ha recibido una bofetada en su infancia?
Probablemente muchos. ¿Cuántos niños fallecen a consecuencia del
martirio causado por los mayores? El síndrome del apaleamiento es
cada vez más frecuente no sólo en los hogares, sino también en los
recintos de enseñanza, donde los profesores maltratan a los alumnos,
sujetos al precepto de que la “letra con sangre entra”. En verdad,
nada pudo contra este mal de todos los tiempos, ni siquiera la
Declaración de Ginebra, en 1924, ni la Asamblea General de las
Naciones Unidas, ni el famoso “Año Internacional del Niño”,
celebrado en 1980.
Sólo en Latinoamérica mueren cada año, por
golpes recibidos en el hogar, tantos niños como mueren en los
accidentes de tráfico, y se habla de cifras alarmantes de niños
permanentemente lesionados por idénticos motivos. Sin ir más lejos,
en cualquier escuela primaria, el maestro puede advertir las huellas
que deja la violencia en el semblante y la conducta de un niño que
es objeto de maltratos. Es decir, hay quienes no necesitan leer los
cuentos “crueles” de los hermanos Grimm y Charles Perrault para
comprender las consecuencias negativas del castigo, puesto que ellos
mismos, en algún momento de su vida, han sentido el dolor en carne
propia. La violencia no es un hecho ajeno a la experiencia cotidiana
del niño, quien, cada día y durante horas, se hace testigo de
escenas “crueles” a través del cine, la televisión y las revistas de
series, donde se cuentan historias que tienen como tema central la
violencia. Éste es el caso de Tom y Jerry, un gato voraz y un ratón
astuto que enseñan a los niños las maneras más sofisticadas de
vengarse y eliminar al adversario.
La realidad nos enseña que no hay por qué
censurar ni clasificar como “malos” los cuentos que abordan el tema
de la violencia; por el contrario, la lectura de los cuentos
populares tiene un sentido terapéutico por medio del cual el niño
puede resolver sus conflictos emocionales internos. Para Sigmund
Freud, padre del psicoanálisis, la fantasía es un medio que le
permite al niño cumplir con un deseo frustrado, como si la fantasía
fuese una suerte de corrector de la realidad insatisfecha. De este
mismo modo, la lectura de los cuentos populares, al influir en su
mundo inconsciente, le permite elaborar los conflictos internos y
resolverlos en un plano consciente. Si bien es cierto que el niño
experimenta angustia mientras lee “Caperucita
Roja”, es también cierto que siente una enorme satisfacción
cuando sabe que Caperucita es liberada por el cazador, quien da
muerte al lobo feroz. Una sensación parecida le causa la lectura de
"Cenicienta",
una adolescente que sufre el desprecio de la madrastra y las
hermanastras, hasta el día en que se le aparece un hada que la ayuda
y un príncipe que la convierte en su esposa.
En el cuento de “Blancanieves”,
la madrastra perversa, que siente celos y envidia por la juventud y
belleza de su hijastra, ordena a uno de sus súbditos quitarle la
vida. Pero éste, en lugar de consumar el crimen, la abandona en el
bosque, donde Blancanieves se refugia en la cabaña de los siete
enanitos, hasta el día en que su madrastra, disfrazada de bruja, le
da de comer una manzana envenenada. Cuando Blancanieves yace en el
féretro de cristal, lista para ser sepultada por los siete enanitos,
aparece el príncipe que la resucita con un beso y se la lleva a
vivir en su castillo.
Las escenas de “crueldad” se repiten una y
otra vez en los cuentos populares. Así, en “Pulgarcito“,
el ogro quiere degollar y comerse a los siete hermanos, del mismo
modo como la bruja quiere matar y comerse a “Hansel
y Gretel” en la casa de chocolate. En ambos cuentos, aparte de
que la monstruosidad humana está simbolizada en el ogro y la bruja
-enemigos temibles-, la inteligencia infantil está encarnada por los
protagonistas menores que se libran de una muerte atroz y retornan a
sus hogares, donde son recibidos por sus padres con la esperanza de
vivir felices por el resto de sus días.
No cabe duda que los cuentos populares,
tanto por la trama como por el desenlace, sean excelentes recursos
terapéuticos que ayudan al niño a resolver sus ataduras emocionales
y forjar una personalidad más equilibrada. Según Bruno Bettelheim:
“Los cuentos de hadas tienen un valor inestimable, puesto que
ofrecen a la imaginación del niño nuevas dimensiones a las que le
sería imposible llegar por sí solo. Todavía hay algo más importante,
la forma y la estructura de los cuentos de hadas sugieren al niño
imágenes que le servirán para estructurar sus propios ensueños y
canalizar mejor su vida (...) Los cuentos de hadas transmiten a los
niños, de diversas maneras: que la lucha contra las serias
dificultades de la vida es inevitable, es parte intrínseca de la
existencia humana; pero si uno no huye, sino que se enfrenta a las
privaciones inesperadas y a menudo injustas, llega a dominar todos
los obstáculos alzándose, al fin, victorioso (...) Las historias
modernas que se escriben para los niños evitan, generalmente, estos
problemas existenciales, aunque sean cruciales para todos nosotros.
El niño necesita más que nadie que se le den sugerencias, en forma
simbólica, de cómo debe tratar con dichas historias y avanzar sin
peligro hacia la madurez. Las historias ‘seguras’ no mencionan ni la
muerte ni el envejecimiento, límites de nuestra existencia, ni el
deseo de la vida eterna. Mientras que, por el contrario, los cuentos
de hadas enfrentan debidamente al niño con los conflictos humanos
básicos“ (Bettelheim, B., 1986, p. 14-16).
En el amplio espectro de la literatura
infantil, existen algunos cuentos que son más “crueles” que otros.
Aquí tenemos, por mencionar algunos casos, “El enebro”, un cuento
trascrito de la tradición oral por los hermanos Grimm: La madre
muere al nacer su hijo. La madrastra llega a tener una hija y odia
al hijastro. Lo mata. Involucra a la hija para dominarla. Alimenta
al padre con la carne del hijo. El pájaro del enebro (un arbusto),
que en realidad simboliza a la madre, resucita al hijo cuando la
madrastra es triturada por las muelas del molino. Otro cuento, del
autor francés Charles Perrault, es el famoso “Barba
Azul”, quien degüella a sus esposas la primera noche de bodas. A
la última de ellas le entrega una llave, que tiene una huella
indeleble de sangre, y le advierte no abrir la puerta prohibida de
la habitación secreta. Pero ella, sin resistir a la tentación de la
curiosidad y desoyendo las advertencias, abre la puerta prohibida y
encuentra, en medio de una escena bañada de sangre, los cadáveres de
las anteriores mujeres de Barba Azul, quien, luego de sorprenderla
delante de la macabra escena, la condena a morir como a sus
predecesoras por el simple hecho de haberle desobedecido. Y, aunque
al final el esposo-monstruo recibe el castigo que se merece, no es
seguro que el niño se sienta completamente aliviado, pues este
cuento escalofriante, que narra la “cruel” historia de un hombre
acomodado, no es tan fácil de comprenderlo si, al menos, carece de
magia y no ocurre nada de maravillo en la trama ni el desenlace.
El tema del esposo-monstruo, los reyes o
príncipes encantados, es frecuente en los cuentos populares, en los
cuales aparece un personaje convertido en animal o monstruo por
actos de hechicería, como en “La
Bella y la Bestia”, “El cerdo encantado” y “El rey sapo”. En
otros cuentos aparecen las “damiselas venenosas” (como las llaman en
Oriente). Se trata de hermosas mujeres que esconden armas blancas en
el cuerpo o un brebaje venenoso con el que matan a sus esposos la
primera noche de bodas, y, por supuesto, no se debe olvidar la
maldad femenina encarnada en las madrastras “crueles” tanto de
Blancanieves como de Cenicienta.
Según M-L. von Franz , “muchísimos mitos y
cuentos de hadas hablan de un príncipe convertido por hechicería en
un animal salvaje o en un monstruo, que es redimido por el amor de
una doncella: un proceso que simboliza la forma en que el ánimus se
hace consciente (como en el caso de la Bella y la Bestia). Muy
frecuentemente, a la heroína no se le permite hacer preguntas acerca
de su misterioso y desconocido enamorado y esposo; o se encuentra
con él solo en la oscuridad y jamás debe mirarlo. Esto implica que,
por confianza y amor ciegos hacia él, ella podrá redimir a su
marido. Pero eso jamás sucede. Ella siempre rompe su promesa y, al
final, encuentra a su marido otra vez después de una búsqueda larga
y difícil y de muchos sufrimientos (Von Franz, M-L., 1995, p.
193-94). Así, en muchos mitos, el amante de una mujer es una figura
misteriosa que ella nunca debe ver. El ejemplo está en la doncella
Psique, quien era amada por Eros, pero tenía prohibido que intentara
mirarlo. Casualmente lo hizo una vez y él la abandonó; ella pudo
recuperar su amor solo después de larga búsqueda y muchos
sufrimientos.
Asimismo, “La figura de una muchachita
deforme aparece en numerosos cuentos de hadas. En esos cuentos la
fealdad de la joroba suele esconder una gran belleza que se descubre
cuando el ‘hombre adecuado’ viene a liberar a la muchacha de su
mágico encantamiento, generalmente con un beso” (Jocobi, J., 1995,
p. 289).
Quizás por ello, varios de los cuentos
censurados por la pedagogía y la psicología, siguen siendo los
mejores espejos que reflejan ese mundo cruel y violento del cual son
víctimas y testigos los niños. Valga citar algunos de los “cuentos
crueles” de la literatura infantil:
-“Piel de asno”, un rey que enviuda y
quiere casarse con su propia hija, la misma que huye horrorizada del
palacio.
-“Hansel y Gretel”, los pequeños héroes que
son abandonados en un bosque tenebroso, debido a que sus padres,
pobres leñadores, no tienen qué darles de comer.
-“Caperucita Roja”, la historia despiadada
de un lobo que devora a una anciana y su nieta, quien se entretuvo
en el bosque desobedeciendo las recomendaciones de su madre.
-“Grisalida”, un hombre somete a su mujer a
todo tipo de suplicios morales -le quita a su hija- para poner a
prueba su paciencia y sumisión.
-“La bella durmiente”, cuya versión
original no termina con la feliz boda, sino en la horrible muerte de
la madre del príncipe, que cae a un cubil lleno de serpientes y
sapos venenosos, muerte que, en realidad, estaba destinada a la
esposa de su hijo.
-“Alí Baba” y el terrible descuartizamiento
que se lee en sus páginas, estremece al más experimentado lector de
las crónicas de crímenes que a diario se publican en la prensa.
Para algunos críticos, partidarios de la
censura y la moralización, ni siquiera los cuentos de
HC. Andersen
reúnen las condiciones necesarias para ser catalogados dentro del
marco de la literatura infantil, puesto que el dolor y la “crueldad”
descritos en algunos de ellos, como en “Claus grande y Claus chico”,
se tornan en escenas inapropiadas para la lectura de los niños. Sin
embargo, se debe aclarar que los cuentos de Andersen, así sean
tristes, y a veces demasiado tristes, son cuentos que apasionan a
los niños no sólo porque su honda sensibilidad poética hace más leve
el dolor, sino también porque sus protagonistas, a pesar de las
peripecias y adversidades de la vida, tienen la magia de tener un
final feliz como en “El
patito feo”.
Las escenas de violencia en los cuentos
populares confirman la regla de que nadie está libre de esta
conducta negativa que forma parte de la personalidad humana, y que,
por mucho que los censores tiendan a eliminar la violencia en los
cuentos infantiles, los niños seguirán exigiendo que se los lean,
una y otra vez, las escenas “crueles” en Cenicienta, Blancanieves o
Caperucita Roja; esos cuentos que tienen la magia de despertarles su
fantasía y ayudarles a resolver sus conflictos emocionales, pues
quién no recuerda la escena “cruel” en que Caperucita, ya despojada
de su capita roja y recostada junto al lobo disfrazado con el
camisón de la abuelita, le pregunta con voz temblorosa:
“-Abuela, ¡qué brazos tan largos tienes!
-Es para abrazarte mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué piernas tan largas tienes!
-Es para correr mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué orejas tan grandes tienes!
-Es para oír mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!
-Es para ver mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué dientes tan grandes tienes!
-¡Es para comerte!...” (Cuentos de Perrault,
1975, p. 92).
FIN |