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La tradición oral latinoamericana, desde su pasado milenario, tuvo
innumerables Iriartes, Esopos y Samaniegos que, aun sin saber leer
ni escribir, transmitieron las fábulas de generación en generación y
de boca en boca, hasta cuando aparecieron los compiladores de la
colonia y la república, quienes, gracias al buen manejo de la pluma
y el tintero, perpetuaron la memoria colectiva en las páginas de los
libros impresos, pasando así de la oralidad a la escritura y
salvando una rica tradición popular que, de otro modo, pudo haber
sucumbido en el tiempo y el olvido.
No se sabe con certeza cuándo surgieron estas fábulas cuyos
protagonistas están dotados de voz humana, mas es probable que
fueron introducidos en América durante la conquista (siglo XVI), no
tanto por las huestes de Hernán Cortés y Francisco Pizarro, sino,
más bien, por los esclavos africanos llevados como mercancía humana,
pues los folklorólogos detectaron que las fábulas de origen
africano, aunque en versiones diferentes, se contaban en las minas y
las plantaciones donde existieron esclavos negros; los cuales, a
pesar de haber echado por la borda a los dioses de la fecundidad
para evitar la multiplicación de esclavos en tierras americanas,
decidieron conservar las fábulas de la tradición oral y difundirlas
entre los indígenas que compartían la misma suerte del despojo y la
colonización. Con el transcurso del tiempo, estas fábulas se
impregnaron del folklore y los vocablos típicos de las culturas
precolombinas.
Algunas fábulas de la tradición oral son prodigios de la
imaginación popular, imaginación que no siempre es una aberración de
la lógica, sino un modo de expresar las sensaciones y emociones del
alma por medio de imágenes, emblemas y símbolos. En tanto otros, de
enorme poder sugestivo y expresión lacónica, hunden sus raíces en
las culturas ancestrales y son piezas claves del folklore, porque
son muestras vivas de la fidelidad con que la memoria colectiva
conserva el ingenio y la sabiduría popular.
El folklore es tan rico en colorido, que Gabriela Mistral estaba
convencida de que la poesía infantil válida, o la única válida, era
la popular y propiamente el folklore que cada pueblo tiene a mano,
pues en él encontramos todo lo que necesita, como alimento, el
espíritu del niño. En efecto, los niños latinoamericanos no
necesitan consumir una literatura alienante y comercial llegada de
Occidente, con una caravana de príncipes, hadas y gnomos, ya que les
basta con oír las historias de su entorno en boca de diestros
cuenteros, que a uno lo mantienen en vilo y lo ponen en trance de
encanto, sin más recursos que las inflexiones de la voz, los gestos
del rostro y los movimientos de las manos y el cuerpo.
Desde tiempos muy remotos, los hombres han usado el velo de la
ficción o de la simbología para defender las virtudes y criticar los
defectos; y, ante todo, para cuestionar a los poderes de dominación,
pues la fábula, al igual que la trova en la antigua Grecia o Roma,
es una suerte de venganza del esclavo dotado de ingenio y talento.
Por ejemplo, el zorro y el conejo, que representan la astucia y la
picardía, son dos de los personajes en torno a los cuales giran la
mayor cantidad de fábulas latinoamericanas. En Perú y Bolivia se los
conoce con el nombre genérico de “Cumpa Conejo y Atój Antoño”. En
Colombia y Ecuador como “Tío Conejo y Tía Zorra” y en Argentina como
“Don Juan el Zorro y el Conejo”.
Los personajes de las fábulas representan casi siempre figuras
arquetípicas que simbolizan las virtudes y los defectos humanos, y
dentro de una peculiar estructura, el malo es perfectamente malo y
el bueno es inconfundiblemente bueno, y el anhelo de justicia, tan
fuerte entre los niños como entre los desposeídos, desenlaza en el
premio y el castigo correspondientes; más todavía, para que la
moraleja y la nobleza de los diálogos adquieran mayor efecto, se ha
recurrido al género de la fábula, cuyos personajes, aparte de ser
los héroes de los niños latinoamericanos, no tienen nada que
envidiar a los de Occidente y a los dibujos animados de Walt Disney.
En la actualidad, las fábulas de la tradición oral, que
representan la lucha del débil contra el fuerte o la simple
realización de una travesura, no sólo pasan a enriquecer el acervo
cultural de un continente tan complejo como el latinoamericano, sino
que son joyas literarias dignas de ser incluidas en antologías de
literatura infantil, por cuanto la fábula es una de las formas
primeras y predilectas de los niños, y los fabulistas los magos de
la palabra oral y escrita.
Cuentos de espantos y aparecidos
Los niños latinoamericanos, como todos los niños del mundo, nacen
y crecen en un ámbito en el cual se transmiten cuentos de espantos y
aparecidos, capaces de superar a los cuentos crueles de los hermanos
Grimm y Charles Perrault. Así, en los cuentos provenientes de la
tradición oral, la vida y la muerte tienen diversas
interpretaciones; y una de éstas, de carácter tanto pagano como
cristiano, es la creencia popular de que el alma -o espíritu-
sobrevive a la muerte y que, tras el juicio final, unos van a
disfrutar de la felicidad en el Paraíso y otros a sufrir los
tormentos entre las llamas del Infierno. Según Carl G. Jung, el alma
del inconsciente humano forma también parte de los elementos vivos
de la naturaleza. Entre los pueblos primitivos, “cuya conciencia
está en un nivel de desarrollo distinto al nuestro, el alma -o
psique- no se considera unitario. Muchos primitivos suponen que el
hombre tiene un alma selvática además de la suya propia, y que esa
alma selvática está encarnada en un animal salvaje o en un árbol,
con el cual el individuo tiene cierta clase de identidad psíquica
(...) Es un hecho psicológico muy conocido que un individuo pueda
tener tal identidad inconsciente con alguna otra persona o con un
objeto (…) Esta identidad toma diversidad de formas entre los
primitivos. Si el alma selvática es la de un animal, al propio
animal se le considera como una especie de hermano del hombre. Un
hombre cuyo hermano sea, por ejemplo, un cocodrilo, se supone que
está a salvo cuando nade en un río infestado de cocodrilos. Si el
alma selvática es un árbol, se supone que el árbol tiene algo así
como una autoridad paternal sobre el individuo concernido. En ambos
casos, una ofensa contra el alma selvática se interpreta como una
ofensa contra el hombre” (Jung, C.G., 1995, p. 289).
En las culturas ancestrales latinoamericanas, desde antes de la
Era cristiana, se cree que el alma es algo intangible y que puede
seguir vivo, en forma de fantasma o espíritu, tras el deceso del
cuerpo. Es decir, una vez muerta la persona, su alma se torna en un
astro luminoso que se va al cielo o que, una vez condenado a vagar
como alma en pena, vuelve al reino de los vivos para vengar ofensas,
cobrar a los deudores, castigar a los infieles y espantar a los más
incautos. Estos personajes de doble vida, amparados por la
oscuridad, aparecen en pozos, parajes solitarios y casas
abandonadas, y su presencia es casi siempre anunciada por el aleteo
de una mariposa nocturna, el relámpago del trueno, el crujido de las
maderas, el crepitar del fuego y el soplo del viento. Los difuntos
se aparecen en forma de luz cuando se trata de almas del Purgatorio
y en forma de bulto negro o de hombre grotesco si se trata de almas
condenadas.
Algunas creencias dicen que las mujeres perversas se convierten
en brujas o en sacerdotisas que mantienen vínculos con las “fuerzas
de las tinieblas” y que, a veces, pueden proceder como un demonio de
la muerte, tal cual se las representa en ciertos mitos, leyendas y
cuentos de hadas. Otras supersticiones dan cuenta de que las brujas
se aparecen en forma de cerdo, caballo o perro, y que existen varias
formulas para defenderse de estas arpías, como colocar una cruz de
fresno, una herradura y una rama de laurel en la puerta de la casa,
o poner dos dedos en cruz y decir: “Puyes”. “Jesús, María y José” u
otras palabras santas.
Según cuenta la tradición oral, las brujas se reúnen en vísperas
de San Juan y durante la Semana Santa; ocasiones en las que se
celebran ceremonias dirigidas por el Diablo. Allí se inician las
novicias por medio de orgías sexuales, en las que se incluyen niños
y animales, y donde no faltan los rituales de canibalismo y magia
negra. Unos dicen que las comidas y bebidas que consumen las brujas
están preparadas sobre la base de grasa de niños recién nacidos,
sangre de murciélagos, carne de lagartijas, sapos, serpientes y
hierbas alucinógenas; mientras otros aseveran que los niños que
vuelan hacia las reuniones, montados en escobas, horquillas para
estiércol, lobos, gatos y otros animales domésticos, son adiestrados
por el Lucifer llegado de los avernos.
Desde antes de la conquista, los cuentos de espantos y
aparecidos, arraigados en la creencia popular, han sido difundidos
de generación en generación. Por eso mismo, “la tradición europea de
brujas, duendes y fantasmas se mezclan con la indígena y la africana
de espíritus del agua, las selvas y los montes. Encontramos mujeres
que vuelan en barcos pintados en los muros, como la ‘Tatuana’ en
Centroamérica o ‘la Mulata de Córdova’ en México; pequeños duendes
que enamoran a las niñas hermosas cantándoles coplas, como el
‘Sombrerón’ en Guatemala; espíritus que defienden la naturaleza y
que castigan brutalmente a quien la daña, como la ‘Marimonda’ en
Colombia o el ‘Coipora’ en Brasil; barcos malditos que navegan sin
encontrar puertos jamás, como el ‘Caleuche’ en Chile o el ‘Barco
Negro’ en Nicaragua; y están también las mujeres demoníacas que
seducen a los hombres que andan lejos de sus casas. Son mujeres
hermosas, atractivas y extrañas. Cuando los hombres las abrazan, los
espantan con su rostro de calavera” (Cuentos de espantos y
aparecidos, 1984, p. 6-7). En la cultura andina tenemos a la
k’achachola (chola hermosa), quien, ni bien envilece al caminante
solitario y desprevenido, lo conduce a una galería abandonada de la
mina o a la orilla del río, donde lo seduce y abandona antes de que
cante el gallo y despunte el alba. Muchos hombres que despertaron de
una embriaguez alucinante en las laderas de los cerros o en las
orillas de los ríos, cuentan haberse encontrado con la k’achachola.
De las consejas coloniales, provenientes de la tradición oral,
valga mencionar a los duendecillos de sombreros alones y botines de
charol que, siendo niños abortados o muertos antes del bautismo,
retornan a buscar a sus seres queridos, y que, escondidos en las
tinajas de agua o chicha, lloran o ríen sin cesar, pues son muertos
que conversan y conviven entre los vivos. De otro lado, no se debe
olvidar a las brujas que conservan su perenne juventud bañándose en
sangre de vírgenes degolladas; a las calaveras que vuelan a la luz
de los relámpagos en carretas tiradas por caballos y conducidas por
jinetes sin cabeza; a los espíritus malignos que raptan niños
desobedientes para hacer con sus huesos botones y con sus carnes
exquisitos manjares; a los fantasmas diabólicos y a otros personajes
como el Supay o Tío (dios satánico de los socavones y dueño de los
minerales), que es un personaje creado y esculpido por los propios
mineros, quienes, sentados alrededor de él, masticando hojas de coca
y bebiendo sorbos de aguardiente, le rinden pleitesía y le suplican
que les depare el mejor filón de estaño y, a la vez, los ampare de
los peligros y la muerte.
De este modo, las fábulas, mitos, cuentos y leyendas sobre la
creación del universo y del hombre -la misión salvadora de las
deidades, el hondo simbolismo de la Pachamama (madre-tierra), las
graciosas leyendas del Achachila (deidad mitológica de la teogonía
andina), de la coca, la papa, el tabaco y otros- provienen de la
tradición oral y constituyen el cimiento de las culturas
precolombinas. Asimismo, junto a los mitos y leyendas que corren de
boca en boca, desvelando sueños y sembrando el pánico entre los
creyentes, está la Chola sin cabeza, el Jucumari (oso) y el cóndor
(“mallku”, en aymara), del que se cuentan historias estremecedoras o
simples alegorías que exaltan su belleza, aparte de que el cóndor,
por venir de las alturas al igual que la lluvia, es el símbolo
seminal y fecundador de la Pachamama.
De la época colonial de la Villa Imperial de Potosí procede el
cuento del K’arisiri (saca-manteca), un personaje con apariencia de
fraile que deambulaba en las afueras de los caseríos, extrayendo la
grasa de los indígenas errantes, para luego usarla en la elaboración
de velas, ungüentos y curas maravillosas. Se cuenta que la mayoría
de los afectados fallecían a consecuencia de la precaria operación o
quedaban enfermos de por vida. Además, tanto los indígenas como los
blancos y mestizos de la época, pensaban que el K’arisiri era un ser
venido del más allá, aunque la palabra “k’ari”, en aymara, significa
embuste o mentira.
Los cuentos de espantos y aparecidos en la tradición oral andina
son muestras de que la inventiva popular es capaz de crear, con el
golpe de la imaginación, personajes y situaciones que nada tienen
que envidiar a los compiladores de la tradición oral europea, donde
destacan, entre otros, los hermanos Grimm en Alemania y Charles
Perrault en Francia.
Mitos de la tradición oral
En las culturas andinas, como en todas las civilizaciones de
Oriente y Occidente, los mitos juegan un papel importante en la vida
cotidiana de sus habitantes, quienes, desde la más remota
antigüedad, dieron origen a una serie de deidades que representan
tanto el bien como el mal. Los mitos, en cierto modo, son la esencia
de una mentalidad proclive a las supersticiones y responden a las
interrogantes sobre el origen del hombre y el universo.
Los mitos, al igual que las fábulas y leyendas, fueron llevados
por los pueblos primitivos en sus procesos migratorios y
transmitidos de generación en generación. El mito no sólo enseña las
costumbres de los ancestros, sino también representa la escala de
valores existentes en una cultura.
El mito, a diferencia de la leyenda cuyos personajes existieron
en algún momento pretérito de la historia, no tiene un tiempo
definido ni un personaje que existió en la vida real. De ahí que el
mito, tradicionalmente, está vinculado a la religión y el culto,
pues sus personajes, admirados y adorados, son seres divinos, algo
que tiene un nombre basado en un credo pero jamás en una prueba
concreta. Entre las divinidades aztecas encontramos a
Huitzilopochtli, que era el dios de la guerra; Tezcatlipoca (espejo
humeante), dios del sol; Quetzalcoalt (la serpiente pájaro), dios
del viento, creador y civilizador; Tlaloc, dios de las montañas, de
la lluvia y los manantiales. El mito azteca de los cuatro soles
refiere que los dioses crearon sucesivamente cuatro mundos; lluvias
excesivas destruyeron el primero, lluvias de fuego el segundo,
terremotos el tercero; los hombres del cuarto fueron convertidos en
monos. Poseían una tradición del diluvio, del que se salvaron un
hombre, Coxcoxtli, y una mujer, Xochiquetzal, quienes repoblaron el
mundo. Entre los mayas Itzamna, asociado al sol, era el dios
civilizador, Kukulcán (la serpiente emplumada) enseñó la agricultura
y dio leyes justas. En la creación intervinieron los dioses Hunahpú,
Kukulcán y Hurakán. Tras varios intentos fracasados hicieron al
hombre maíz. El fuego lo recibieron los hombres de Hurakán, también
llamado Tohil, en Guatemala.
Así como el cuento tiene un carácter profano, ya que tanto el
autor como el lector lo conceptúan una suerte de ficción, el mito
tiene un tono religioso y sagrado, y, sin embargo, tiende a ser
verdadero. En casi todas las culturas se confunde el mito con la
realidad, y se cree que los mitos de creación del universo son
verdaderos, pues todavía hay quienes aseveran que los elementos
materiales que nos rodean fueron creados por un ser supremo o por
espíritus extraterrenales. En el mundo andino, por ejemplo, la
religión muestra alguna semejanza con el panteísmo, en la medida en
que Dios, principio y fin del universal, se confunde con la
naturaleza.
Los mitos cosmogónicos, que explicaban el origen del mundo, los
hombres, vegetales y animales, son diversos y varían de sentido
dependiendo de las características geográficas y ecológicas del
lugar donde surgieron. En los pueblos andinos, por citar un caso,
los espíritus superiores que regían las fuerzas de la naturaleza y
podían facilitar al hombre su sustento, su seguridad y su propia
supervivencia, actuaban en diferentes planos y con distintas
funciones; unos actuaban en el plano celeste, otros en la tierra y
algunos en el mundo subterráneo, lugar de procedencia y destino
final de los hombres después de la muerte.
En el mito de creación de las culturas andinas, según refiere la
tradición oral, el mundo fue reconstruido después de un diluvio por
el dios Wiracocha (divinidad suprema), quien, según el mito,
apareció con un vestido talar, largas barbas y sujetando por la
brida a un animal desconocido (una imagen que los indígenas
confundieron con la apariencia física de los conquistadores). Surgió
del lago Titicaca, con la misión de formar el sol, la luna, las
estrellas y fijar su curso en el cielo. A continuación modeló en
barro buen número de estatuas, tanto mujeres como hombres, y las
animó para que poblaran la tierra. Con el transcurso del tiempo, los
hombres olvidaron el mandato de su Dios Padre, se enemistaron y
cayeron en la esclavitud de sus bajas ambiciones. Entonces Wiracocha,
asaltado por la desesperación y la ira, volvió a salir de las aguas
del lago Titicaca, se dirigió al Tiahuanaco y allí convirtió en
piedra a sus criaturas desobedientes, excepto a quienes huyeron
hacia las montañas para vivir como tribus salvajes. Wiracocha,
inconforme con el desenlace, ordenó al Sol (padre de la humanidad),
que enviara a la tierra a su hijo Manco Cápac y su hija Mama Ocllo,
con el fin de reformar a los rebeldes y enseñarles una vida
civilizada.
Cuenta la leyenda que Manco Cápac llevaba un bastón de oro en la
mano, para que allí donde éste se hundiera se quedara a fundar la
ciudad sagrada. El bastón se hundió y desapareció para siempre junto
al monte Wanakauri, donde se echaron los cimientos del Cuzco y donde
Maco Cápac y Mama Ocllo comenzaron su obra civilizadora. Así, la
fundación del imperio de los incas se les atribuye a los hermanos y
esposos Manco Cápac y Mama Ocllo, quienes, según la tradición oral,
no sólo eran de origen divino, sino también los padres de una de las
civilizaciones que se encontraba en pleno apogeo a la llegada de los
conquistadores.
En la historiografía del siglo XVI se insiste en que los incas
impusieron a todos sus súbditos una religión oficial, un culto
estatal que tenía como eje central la reverencia al Sol. En este
sentido, valga aclarar que las leyendas y tradiciones llegaron a
constituir el corpus de su propia ideología religiosa. Y, aunque no
se limitaron a imponer un Estado teocrático, basada en el culto a
las fuerzas de la naturaleza, ellos adoraban al Sol como su Creador
principal, al considerarse sus hijos y descendientes directos. Junto
al Inti (sol) estaba la Mama Quilla (madre-luna)), que ocupaba un
rango superior, asumiendo la protección de todo lo referente al
universo femenino. En lugar secundario estaban una serie de
divinidades astronómicas, como la Illapa (trueno), la Nina (fuego) o
la Pachamama (madre-tierra o diosa de la fecundidad). También se
adoraba al Supay (diablo), dios del mundo oscuro, subterráneo, en
honor al cual sacrificaban animales y vidas humanas (Ver:
Diccionario Enciclopédico Sopena, Tomo 3, 1979).
De este modo, las fábulas, mitos, cuentos y leyendas, tanto de
esencia quechua como de inspiración náhualtl, guaraní o aymara, son
claras preocupaciones del espíritu indígena por querer desentrañar
las maravillas y los misterios que les rodea y espanta. El mito es
el resumen del asombro y el temor del hombre frente a un mundo
desconocido; y, por supuesto, una rica fuente de inspiración
literaria. De ahí que los mitos sobre la creación del hombre y el
universo, han sido arrancados de la tradición oral para ser
incorporados en los libros de ficción como “leit-motiv” y como un
capítulo aparte en los textos de historia oficial, puesto que los
mitos andinos, que dieron origen a las leyendas y los cuentos
populares, son pautas que ayudan a explicar mejor la cosmovisión de
las culturas precolombinas en Latinoamérica.
Origen de los mitos
El mito (del gr. mythos, fábula) proviene de la tradición
alegórica que tiene por base un hecho real, histórico o filosófico.
El mito es un relato fantástico, en el cual los dioses y los héroes,
lo mismo que los animales y las fuerzas físicas de la naturaleza,
presentan propiedades humanas.
La misma palabra “mitología” sirve para designar el conjunto de
mitos o leyendas cosmogónicas, divinas o heroicas de un pueblo, pues
los mitos poseen una intención fundamentalmente religiosa y
pretenden explicar la fenomenología natural en cuyo misterio no
podían penetrar los hombres primitivos por procedimientos
científicos. El mito nace, por lo tanto, en el momento en que las
concepciones fenoménico-religiosas del pasado, en un principio
accidentales y dispersas, se consolidan en formas concretas,
personificadas, adquiriendo así peculiaridades humanas.
Para explicar el origen de los mitos se han propuesto diferentes
sistemas de análisis. Según la interpretación alegórica de los
filósofos jonios, los dioses eran la personificación de elementos
materiales y fuerzas físicas (aire, agua, tierra, sol, trueno, etc.)
o de ideas morales (sobre todo las referentes al bien y el mal), ya
que detrás de cada mito se esconde la cosmovisión del hombre
primitivo, quien, acostumbrado a la contemplación empírica de su
entorno y los fenómenos naturales, creía, por ejemplo, que el trueno
era el bramido de un dios enfurecido o que el sol era eclipsado por
un monstruo a la hora del poniente. Este miedo a lo desconocido, que
es la fuente inagotable de toda religión, le llevó al hombre
primitivo a crear seres sobrenaturales, entre ellos a Dios, pues el
desdoblamiento del mundo y el nacimiento de un mundo religioso,
misterioso, con apariencia de encantamiento y de magia, como diría
Marx, tiene lugar cuando el hombre era una criatura miserable y
abandonada en medio de las fuerzas de la naturaleza, cuyas leyes
ignoraba del todo.
Desde la más remota antigüedad se ha tratado de explicar e
interpretar el origen y el contenido de los mitos. Varios fueron los
filósofos que alimentaron la teoría de que los dioses representados
en los mitos eran personas significativas para la colectividad; y
que, por eso mismo, fueron endiosados. En el siglo IV a. de J.C.,
esta teoría fue ratificada por el mitógrafo griego Evémero, quien, a
través de un método de interpretación de los mitos, sostuvo que los
personajes mitológicos son seres humanos divinizados después de su
muerte. Esta misma teoría, que trascendió hasta nuestros días, fue
adoptada durante la Edad Media por la Iglesia católica, a la que
suministraba una interpretación fácil del paganismo.
Los mitos, como los hombres, han pasado por un proceso evolutivo,
en cuyo decurso se han deformado las estructuras originarias o mitos
primitivos. De ahí que su ininteligibilidad ha dado lugar a
incontables interpretaciones, con las que se ha intentado penetrar
en un supuesto, o acaso real contenido esotérico. Empero, sean sus
narraciones fantásticas o no, lo cierto es que las mitologías,
tomadas en sus formas más puras, constituyen un documento
inestimable para el investigador que se esfuerza en profundizar en
la historia de los pueblos y sus raíces étnicas (Ver: Diccionario
Enciclopédico Ilustrado Sopena, Tomo 3, Ed. Ramón Sopena, S A,
Barcelona, 1979).
Las modernas revelaciones de las mitologías de Oriente, de
América, de África y de Occidente, complicaron el problema y crearon
una mitología comparada que ha intentado clasificar y explicar el
origen de estas creencias, ya sea por una tradición común, de origen
oriental, o por el estado psicológico del hombre primitivo, quien,
por experiencia empírica, creía que todo fenómeno material o físico,
dotado de movimiento y fuerza propia, estaba provisto de vida
análoga a la nuestra. Es decir, una suerte de antropomorfismo
primitivo que atribuía a los fenómenos divinizados características
humanas. Además, como es sabido, en el mundo del mito todo es
posible. No existe fronteras entre las divinidades y los hombres.
Los dioses pueden comportarse como los simples mortales, y éstos, a
su vez, como dioses.
Ya dijimos que la mitología cuenta las aventuras cosmogónicas,
divinas y heroicas de un pueblo, de los dioses y su reino, sobre
cómo fueron creados el sol, la tierra, la luna, los mares y los
hombres, y cómo llegó la muerte. Los mitos, aunque son relatos
basados en hechos sobrenaturales, enseñan a los hombres lo que es
bueno y lo que es malo, y cómo deben de comportarse con los dioses y
sus semejantes, aunque ellos mismos, los hombres, según el relato
bíblico, hayan sido creados por Dios a su imagen y semejanza.
Los mitos que explicaban el origen del mundo, de los hombres, de
las plantas y los animales, son diversos y varían de sentido
dependiendo de las características geográficas y ecológicas del
lugar donde surgieron. En los pueblos andinos, por citar un caso,
actuaban en diferentes planos y con distintas funciones una serie de
espíritus superiores, que regían las fuerzas de la naturaleza y
podían facilitar al hombre su sustento, su seguridad y su propia
supervivencia como grupo.
En síntesis, los mitos son para los pueblos lo que la
Biblia es
para los cristianos o el Corán para los musulmanes, una suerte de
relatos sagrados, cuyos dioses y héroes tienen su origen en un
momento pretérito de la historia.
Compiladores de la tradición oral
En algunos países, aunque no existen escritores especializados
exclusivamente en literatura infantil, hay quienes hacen el esfuerzo
de desempolvar y rescatar del olvido los temas y personajes
provenientes de la tradición oral. Entre los escritores argentinos,
que han rescatado parte de ese infinito caudal, está Julio Aramburu,
quien, en su libro El folklore de los niños, recoge canciones y
leyendas de acento norteño; en parte, inspirado por don Juan Villafone, cuya obra,
El libro de cuentos y leyendas, narra las
aventuras de “Don Juan el Zorro”.
En Bolivia, Antonio Paredes Candia publicó un pulcro volumen de
relatos titulado Cuentos bolivianos para niños, que cuenta las
andanzas de un zorro ladino, conocido con el nombre de “Atoj Antoño”.
El animal astuto, personaje preferido de los fabulistas; en la
primera parte del libro se burla de la ingenuidad de todos los
animales y, en la segunda, tropieza con un animal más listo que él,
conocido con el nombre de Suttu, que es un conejo que trama sus
planes hasta vencer al zorro. El texto contiene expresiones y
sonidos onomatopéyicos en el dulce lenguaje de los quechuas y
aymaras. Además, en Bolivia se encuentran tantos cultores de la
fábula como compiladores de los ingeniosos relatos que se escuchan
en labios del pueblo. Basta mencionar la antología Selección del
cuento boliviano para niños de Hugo Molina Viaña, donde destaca el
eminente folklorista Felipe Costa Arguedas, con el cuento “La perdiz
y el zorro”. Toribio Claure hizo también intentos de adaptación del
“Cumpa conejo”, pero sin lograr buenos resultados, ya que sus
textos, sensiblemente, tuvieron un tratamiento demasiado didáctico,
como todos los textos de lectura y escritura de la literatura
infantil, que en un principio estuvieron sometidos a la tiranía de
la pedagogía. Por suerte, desde los años ‘80 del siglo XX, varios
autores se han esmerado en hacer adaptaciones literarias de la
tradición oral y, asimismo, han considerado el grado de desarrollo
lingüístico e intelectual de los niños.
En Colombia prolifera el género de la fábula y tiene excelentes
cultores. El escritor Rafael Pombo es, además de precursor de la
literatura infantil colombiana, el primero en haber dedicado mucho
tiempo a la infancia, al igual que Rubén Darío, José Martí, Gabriela
Mistral y Juana de Ibarburu. Otro gran escritor es Euclides
Jaramillo, quien, orgulloso de su predilección por los cuentos
populares ha publicado el libro Cuentos del pícaro Tío conejo,
entre los que destaca “Tío conejo y Tía zorra muerta”. Entre esa
pléyade de fabulistas colombianos se cuenta a José Manuel Marroquín,
quien fue Presidente de la república y reconocido autor de fábulas
que recitan los niños en la escuela no sólo porque tienen chispa,
sino también porque es el género más tradicional de la literatura
infantil colombiana, que cada vez acrecienta su círculo de lectores.
En Ecuador, como en ningún otro país de Sudamérica, existe muy
poca literatura destinada a los niños, y lo poco que existe está
adscrito a la educación como material didáctico. Empero, cabe
mencionar la figura del “poeta indio” Juan León Mera, quien, al
margen de escribir cartillas educativas para jóvenes y niños,
escribió el magnífico libro Poetas y cantores del pueblo
ecuatoriano, en el cual recogió la tradición popular y el
folklore de su tierra. Especial mención merece su novela Cumanda, que es
una de las versiones de la leyenda “Virgen del Sol”, inicialmente
escrita en verso. La novela romántica de Juan León Mera puede ser
leída por niños y adultos, como esas grandes novelas escritas por Dickens,
Tolstoi, Stevenson o Juan Ramón Jiménez.
Perú cuenta con varios compiladores de la tradición oral, entre
ellos, Arturo Jiménez Borja, quien dio a conocer el libro Cuentos y
leyendas del Perú, selección que incluye títulos como “La culebra y
la zorra”, “El sapo y la zorra”, “El puma y el zorro” y el
conocidísimo relato “El zorro y el cuy” (cuy: roedor oriundo de
Perú, Ecuador y Bolivia). Manuel Robles Alarcón tiene publicado el
libro Fantásticas aventuras de Atoj y el Diguillo, Marcos Youri
Montero el libro Gauchiscocha y Enriqueta Herrera el libro
Leyendas y fábulas peruanas, inspiradas en los antiguos cronistas
de indias, cuyas obras están salpicadas de preciosos relatos
pertenecientes a la cultura incaica, como la fábula “La zorra
vanidosa“. Otros autores que recrearon cuentos y fábulas de la
tradición oral peruana son: José María Sánchez Barra, Felipe Pardo y
Aliaga, Mariano Melgar, José Pérez Vargas, César Vega Herrera y
Amalia Alayza de Ganio, quien, al igual que José María Arguedas y
Ciro Alegría, se dedicó a relatar la vida del hombre andino. El
protagonista central de sus libros, El pastorcito de los Andes y
Las aventuras de Machu Picchu, es un niño pastor que nos da a
conocer, por medio de sus aventuras, las costumbres y leyendas de la
tierra peruana.
En Venezuela, los cuentos del Tío Tigre y Tío Conejo están entre
los más conocidos de la tradición popular. El primero en compilar
estos cuentos fue Rafael Rivero Oramas, quien publicó en 1973 el
libro El mundo de Tío Conejo, que tuvo un éxito inmediato entre
los lectores adultos y niños, porque los cuentos, mitos, fábulas y
leyendas, provenientes de la tradición oral y la memoria colectiva,
no conocen edades ni épocas, pero son joyas que enriquecen el acervo
cultural y literario de un pueblo.
FIN |