|
El presente trabajo estaría incompleto sin la
realización de un estudio comparativo de los diferentes tipos de
relatos que permiten establecer una sistematización de temas,
recursos, estructuras, etc. que configuran el género de los cuentos
fantásticos y de terror.
En este apartado, se trabajarán
detalladamente diversos aspectos observados y extrapolados a partir
de todas las lecturas. Los distintos temas que se tratarán son los
siguientes:
- La evolución del género a lo largo de la
historia
- Las diferencias entre la literatura fantástica y la literatura de
terror
- El punto de vista
- El recurso del lector
- Los temas
- La atmósfera
- El lenguaje y el vocabulario
- Conclusión final
La evolución de los recursos y los
tratamientos a lo largo del tiempo
Una primera sistematización sería la de las
diferencias significativas causadas por la evolución a través del
tiempo en los temas, el tratamiento y la exposición de los
argumentos en cada uno de los períodos históricos en que el
desarrollo de la literatura del género ha sido significativo.
Cuentos anteriores al siglo XIX
Las primeras manifestaciones del relato de
terror se centran en ambientes y recursos inspirados en la Edad
Media. Muertos que despiertan de su tumba, tentaciones del diablo,
las torturas de la Santa Inquisición, etc. son los temas más
tratados en este tipo de narraciones. Encontramos su ejemplo más
claro en las historias de temática fantástica del "Manuscrito
encontrado en Zaragoza" del Conde polaco Jan
Potocki y en algunos
cuentos de
Poe.
El siglo XVIII es una época dominada por la
revolución científica, y muchos de los cuentos se centran en
vertientes desconocidas de la recién descubierta física moderna. Los
cuentos de
Hoffmann
representan claramente estas influencias al estar un gran número de
ellos dedicado a desarrollar temas acerca el hipnotismo, el
magnetismo y los avances mecánicos, en especial los que permiten
construir autómatas, elemento que nos permite introducirnos en otro
de los temas recurrentes en la literatura de esta época y también de
posteriores, el tema del doble también es un recurso muy utilizado
por el autor alemán.
El siglo XIX
En este período, el más prolífico en cuanto
a obra breve fantástica y de terror, podemos hacer distinción entre
tres tipos de obras diferenciadas:
-En primer lugar, las narraciones de Edgar
Allan Poe, que merecen una clasificación para sí solas debido a su
excepcionalidad por lo referente a temas tratados, recursos
utilizados y calidad de las obras. Poe, aún muy influenciado por el
romanticismo, tiene cuentos en que se narran relaciones amorosas con
cierto aspecto tormentoso e incluso terrorífico, pero sus más
característicos trabajos son aquellos que desarrollan temas tan
grotescos que no volverán a ser tratados con tal intensidad hasta el
terror materialista de
Lovecraft y demás autores afines. Cuentos que se centran en la
parte morbosa de la muerte, la corrupción, la putrefacción y relatos
que desarrollan sus argumentos de una forma extremadamente atroz
sitúan a Poe fuera de la corriente principal de este siglo.
-La corriente más desarrollada y popular
durante este período es, sin duda, la ghost story inglesa.
Estas narraciones tienen como elemento terrorífico principal la
presencia de un fantasma. Son relatos derivados de la novela gótica
y conservan su ambiente cerrado y oscuro. La historia de fantasmas
es el subgénero más popular de las narraciones fantásticas, pero en
muchos casos también el de menos calidad literaria y el de menos
originalidad argumental. Los autores más importantes de este
subgénero, que consiguieron llevarlo hasta las cimas del éxito,
fueron J. Sheridan Le Fanu y M. R. James, entre otros.
-La otra corriente totalmente distinta de
las otras dos es la representada por los cuentos de
Maupassant.
Cuentos centrados en el hombre, y en sus miedos y obsesiones. La
demencia del autor francés le dio la capacidad de sumergirse en la
debilidad de la mente humana, la fragilidad de la racionalidad y las
consecuencias de su pérdida. Por otro lado, Maupassant también creó
algunas narraciones fantásticas, pero siempre centradas en elementos
humanos.
Finales del siglo XIX y primera mitad
del siglo XX
Los inicios del siglo pasado vieron nacer
dos ramas de la literatura fantástica y de terror cultivada hasta
ese momento:
-El terror llevado a su máxima expresión,
sin ningún tipo de intento de explicación lógica ni sobrenatural,
dio paso al relato materialista de terror, narraciones centradas en
especies de universos desconocidos y oscuros donde el mal en su
estado puro hacía terribles intervenciones en el mundo de los
hombres para extender su dominio y apoderarse de todo. Estos
relatos, iniciados por Machen y llevados a la perfección por
Lovecraft, crean extraños monstruos que viven en las inhóspitas
profundidades del mundo de los hombres y que ejercen poderes
malignos mediante brujas y otros personajes demoníacos que corrompen
a los hombres.
-El desarrollo contrario, es decir, la
fantasía llevada a su máxima expresión, sin ningún tipo de finalidad
terrorífica, dio lugar a la literatura de fantasía y de ciencia
ficción, iniciada por Verne años antes y que fue desarrollada por H.
G. Wells y más tarde por J. R. R. Tolkien. Este tipo de literatura
se centra en viajes fantásticos, fenómenos increíbles y puede llegar
a crear un mundo fantástico habitado por extraños seres distintos de
los hombres.
Conclusiones
Hemos podido observar una clara evolución
de los relatos que han gozado de más popularidad a través de las
épocas. Al principio, la tradición blanca alemana ejercía su
hegemonía de estilo y calidad, pero sus características
extremadamente románticas favorecieron el éxito de la evolución de
la tradición negra inglesa, la ghost story fue un relato
enormemente aceptado por la sociedad victoriana repleta de azarosos
burgueses y aristócratas que encontraban en las historias de terror
una divertida distracción para sus largas veladas de sociedad.
Poe no tuvo un gran éxito con sus
narraciones extraordinarias en su tiempo, su gran talento fue
reconocido posteriormente por Baudelaire y por las generaciones
venideras. En realidad es una lástima, ya que, es posible que si su
obra hubiera encontrado la justa retribución a su talento, Poe
hubiera tenido una vida menos miserable, hubiera vivido más años y
hubiera podido deleitarnos con muchas más creaciones.
Maupassant tuvo un éxito considerable entre
el público francés, pero su proyección internacional fue mucho
menor. Su literatura refinada y sus cuentos basados en personajes
psicológicamente trabajados, al contrario que en los relatos
ingleses, presentan una alternativa bastante radical a cualquiera de
la otras manifestaciones literarias del momento.
El tiempo provocó un desarrollo hacia los
extremos, separándose la literatura fantástica y de terror en dos
géneros distintos que se centraban en determinados aspectos de la
obra para dejar a otros en el olvido o la indiferencia. Los relatos
de Lovecraft, aunque no tuvieron tampoco un gran éxito en su
momento, respondieron a las demandas de una literatura de terror con
elementos propios de la modernización del género y por eso nacieron
todos esos monstruos demoníacos. Por otro lado, la literatura de
fantasía se creó para dar a los hombres lo que la ciencia no podía
permitir. De ese modo, sueños de los humanos como volar, viajar en
el tiempo, viajar a la luna o conocer los recónditos recovecos de
nuestro planeta fueron una realidad en la ficción. También es
interesante la creación de mundos alternativos por autores como
Tolkien o Le Guin, por citar dos de los más importantes, que puede
obedecer a la creencia de la existencia de seres desconocidos en
nuestro mundo o a las ansias de crear un mundo mejor
Diferencia entre los términos
«literatura fantástica» y «literatura de terror»
Numerosas veces en este estudio se ha
utilizado el término «literatura fantástica y de terror», ya que hay
muchos problemas a la hora de diferenciarlos en el ámbito que nos
ocupa.
Para una mejor comprensión, expongamos un
ejemplo: está claro que la aparición de un fantasma en la acción de
un cuento produce terror, pero, en efecto, el fantasma es un recurso
que nos proporciona lo fantástico, ya que estos seres no existen en
la realidad; por tanto, son personajes inventados por la fantasía
con la función de asustar a aquellos que leyeran sobre ellos.
Es necesario decir que no toda la
literatura fantástica produce un efecto terrorífico, ni tampoco toda
la literatura de terror utiliza recursos fantásticos para conseguir
su objetivo.
Podríamos establecer la diferencia en el
ámbito de la literatura que tratan ambos calificativos. El
calificativo fantástico se usaría para establecer el ámbito al que
pertenece el relato, es decir, al que pertenecen sus recursos, su
ambientación, sus personajes, etc. El término de terror queda
reservado para el efecto que produce la lectura de la obra sobre el
receptor del mensaje, la impresión que produce en el lector, es
decir, la lectura de historias ambientadas en extraños lugares y en
las que aparecen extraños personajes pueden producir miedo en el
lector, convirtiéndose por tanto la susodicha historia en una
narración de terror.
La justificación para esta distinción es
muy clara. El miedo más intenso es el miedo a lo desconocido y ¿qué
se desconoce más que lo que no existe? Además, si a este
desconocimiento se añaden otros eternos temas que producen miedo
como la muerte, el dolor o la tortura, el efecto es mucho más
intenso, y es de aquí de donde salen los seres sobrenaturales que
pueblan los universos de la literatura fantástica y de terror de los
últimos siglos.
El tratamiento del punto de vista
Los autores tienen a su disposición un gran
número de recursos y uno de ellos es la posibilidad de explicar una
misma historia desde diferentes puntos de vista, de modo que, según
la impresión o sentimiento que quiere transmitir, el escritor tiene
la posibilidad de elegir uno u otro.
El narrador es la persona a través de la
cual conocemos el relato, es decir, la persona que nos refiere los
hechos de los que se constituye el argumento de la historia que
narra el cuento.
La función que el narrador cumple en los
relatos fantásticos es, en algunos casos, la misma que tenía antaño
el narrador de carne y hueso que se disponía a hacer pasar una
velada agradable a su auditorio, ávido de escuchar sucesos que
estimularan su imaginación y le produjeran un ligero escalofrío. De
igual manera, el lector puede identificarse, como receptor del
cuento y, sobre todo, a través de la actitud de ciertos personajes,
con los antiguos oyentes que adoptaban parecido talante escéptico al
principio, para dejarse convencer sin remedio ante la evidencia con
que se presentaban los acontecimientos.
Punto de vista externo. Narrador
testimonial.
En muchas ocasiones, el relato que
constituye la verdadera acción del cuento se encuentra introducido
por unos relatos preliminares que nos explican el origen de la
historia y que son narrados por personajes ajenos a la acción, que
la han conocido de forma indirecta mediante las explicaciones de
personas que sí las vivieron o mediante los escritos que éstas
dejaron en vida contando toda la historia.
En este caso, hay ocasiones en que la
tercera persona de los relatos preliminares, que no sólo nos informa
del temperamento y costumbres del personaje principal, sino que nos
permite conocer de cerca la reacción de los demás personajes ante
los extraordinarios sucesos, se combina con la primera persona de
los dietarios a las epístolas, que nos proporciona el punto de vista
del protagonista, héroe o víctima de los acontecimientos que
entreteje el argumento. Este tipo de estructura del punto de vista
se ve claramente en numerosos cuentos de M. R. James, tales como "El
conde Magnus" o "El número 13" donde conocidos o parientes de los
verdaderos protagonistas nos introducen en la acción que compone el
centro del relato, acontecida tiempo atrás. Generalmente, estos
personajes que nos acompañan en el inicio del cuento, se presentan
formalmente, notamos que son hombres cultos y dignos de confianza
que tan solo remiten una historia que les ha sido dada. Lo que hacen
estos respetables guías es prepararnos para un mayor impacto en
nuestra realidad. Despiertan nuestras simpatías y nos disponemos a
seguir su narración a donde quiera que nos lleve, aunque sea a
cualquier universo fantástico desconocido.
Punto de vista externo. Narrador
omnisciente.
Es frecuente también la utilización del
punto de vista omnisciente que da plena libertad al narrador para
contar la historia sin sujetarse a las limitaciones que comporta
narrar tan sólo lo vivido directamente. En estos casos, el narrador
construye el relato creando la atmósfera apropiada con plena
autoridad, aportando datos desconocidos por los personajes.
Cuentos ilustrativos de esta perspectiva
narrativa son muchos de los escritos por H. P. Lovecraft, quien
además de crear narradores para la historia también hacía que se
dirigiesen al propio lector mediante reflexiones filosóficas o
morales. "En la cripta"1,
cuento al que pertenece el fragmento siguiente, es un ejemplo muy
adecuado. Este fragmento es el que abre la narración, e ilustra
claramente cómo el narrador omnisciente se dirige al lector en su
actitud de conocedor elevado de todo:
No hay nada más absurdo, a mi juicio, que
la convencional asociación de lo sencillo y lo saludable que
parece impregnar la psicología de las multitudes. Mencione usted,
por ejemplo, un bucólico escenario yanqui, un desmañado y
corpulento empresario de una funeraria de pueblo y un lamentable
percance relacionado con una tumba, y a ningún lector corriente se
le ocurrirá esperar otra cosa que un sabroso, aunque grotesco,
acto de comedia. Y, sin embargo, Dios sabe bien que la prosaica
historia que la muerte de George Birch me autoriza a contar, tiene
ciertos aspectos al lado de los cuales empalidecen nuestras más
dramáticas tragedias.
A continuación de esta introducción, el
narrador externo que conoce todos los hechos aunque se han mantenido
en secreto al resto del público, nos cuenta toda la historia y sus
consecuencias.
Otros ejemplos de este tipo de punto de
vista los podemos encontrar en "La luz interior", de Arthur Machen y
"El maleficio de las runas", de M. R. James.
Punto de vista interno. Narrador
protagonista.
Una de las formas más directas para
reproducir un ambiente que transmita las emociones deseadas se
consigue mediante un narrador protagonista de los hechos, que relata
en primera persona. Al identificarse las funciones de narrador y
protagonista, la historia resulta creíble para el lector, que no
desconfía de la veracidad de los acontecimientos contados por quien
los ha vivido. El narrador, por otra parte, es a veces un personaje
nervioso y excitable, dominado por obsesiones que le acechan
constantemente y le obligan a cometer las más terribles acciones.
Son característicos estos narradores de las obras de autores como
Edgar Allan Poe o Guy de Maupassant. De hecho, la obra "El corazón
delator"2,
de la que está extraído el fragmento que nos presenta la historia,
es el ejemplo perfecto para este caso:
¡Es verdad! Soy muy nervioso,
horrorosamente nervioso, siempre lo fui, pero, ¿por qué pretendéis
que esté loco? La enfermedad ha aguzado mis sentidos, sin
destruirlos ni embotarlos. Tenía el oído muy fino; ninguno le
igualaba; he escuchado todas las cosas del cielo y de la tierra, y
no pocas del infierno. ¿Cómo he de estar loco? ¡Atención! Ahora
veréis con qué sano juicio y con qué calma puedo referiros toda la
historia.
En otras ocasiones, se trata de un
personaje serio y poco imaginativo, escéptico por naturaleza, de tal
manera que el lector se identifica con él y se deja guiar, confiado,
a través de las vicisitudes que la historia le propone. A veces,
este tipo de personaje narrador se presenta en una situación
extrema, y empieza dirigiéndose al lector, diciendo normalmente que
no espera ser creído y que sólo relata su aventura para prevenir a
futuras víctimas o para que quede constancia de los motivos de su
muerte. El hecho de que no nos presione, de que no nos obligue a
creer, nos predispone a creer, sin embargo, todo lo que nos diga.
Por ejemplo:
Escribo esta historia, no con la
esperanza de que sea creída, sino para prepararle, en la medida de
lo posible, una escapatoria a la próxima víctima. Tal vez ésta
pueda beneficiarse de mi infortunio. Me llamo Edward George Eden.
Nací en Trentham, en Staffordshire, pues mi padre era un empleado
de los jardines de aquella ciudad. Perdí a mi madre cuando tenía
tres años y a mi padre cuando tenía cinco; mi tío George Eden me
adoptó entonces como hijo suyo. Era soltero, autodidacta y muy
conocido en Birmingham como periodista emprendedor; él me educó
generosamente y estimuló mi ambición de triunfar en el mundo y, a
su muerte, que acaeció hace cuatro años, me dejó toda su fortuna,
que ascendía a unas quinientas libras después de pagar todos los
gastos pertinentes. Yo tenía entonces dieciocho años. En su
testamento me aconsejaba que invirtiera el dinero en completar mi
educación. Yo ya había elegido la carrera de medicina y, gracias a
su generosidad y a mi buena estrella al serme concedida una beca,
me convertí en estudiante de medicina en la Universidad de
Londres. Cuando comienza mi relato, me alojaba en el 110 de la
University Street, en una pequeña buhardilla, de mobiliario muy
zarrapastroso y muy expuesta a las corrientes, que daba a la parte
posterior del local de Schoolbred. En este cuartito vivía y
dormía, pues deseaba aprovechar los recursos de que disponía hasta
el último chelín.
Este es el fragmento inicial del cuento de
H. G. Wells "La historia del difunto señor Elvesham"3.
Podemos observar que el cuento empieza precisamente con este tipo de
advertencia anteriormente explicada; además, el joven protagonista,
un estudiante aventajado que goza de perfecta salud y vive con
ciertas dificultades económicas, despierta de inmediato las
simpatías del lector y permiten su reconocimiento. La naturalidad
con que se desarrollan los hechos y la precisión de fechas y lugares
con que ilustra la historia, son ingredientes perfectos para que el
lector se deje guiar por ese meticuloso narrador y confíe en él
plenamente. Ya puede empezar lo inaudito. Estamos dispuestos a vivir
la suerte del protagonista.
El recurso del lector
Son muchas las ocasiones en que un autor
deja parte de su narración a la libre imaginación del lector. Aunque
los motivos y usos pueden ser diversos, se pueden identificar
claramente dos de ellos:
-El final abierto
-Lo imposible de describir
Incertidumbre en el desenlace. El final
abierto.
La duda es un recurso muy utilizado y
clasificado por Todorov como el verdadero creador de lo fantástico.
Ésta se produce cuando, una vez el lector ha acabado de leer el
relato, hay una vacilación entre las posibles explicaciones que
pueda tener la fantástica historia que nos ha relatado el cuento. El
autor ha creído oportuno que el propio lector escoja la explicación
que más le satisfaga para construir el verdadero desenlace y final
explicación de la composición. Cuentos como "¿Quién sabe?", de
Maupassant, "La Venus de Ille", de
Merimée y por
descontado la famosa y genial obra de Henry James "La otra vuelta de
tuerca", ejemplo ideal de lo fantástico de Todorov.
En algunas ocasiones, sin embargo, ni tan
siquiera esa duda es posible, pues el escritor no desarrolla ningún
tipo de posibilidad para una hipotética conclusión y desenlace. Es
en estas ocasiones cuando el lector debe hacer un mayor esfuerzo por
inventar él mismo una explicación convincente y no quedarse a medio
relato. En este caso, la utilización del autor es, en cierto modo,
negligente, ya que permite al lector realizar lo que es su trabajo,
pues en el caso de la duda, el escritor crea indirectamente
numerosos desenlaces posibles; por el contrario, en el segundo uso
del recurso, el autor omite cualquier tipo de desenlace, terminando
el relato en el nudo de la historia. Son cuentos inconclusos de este
tipo "El número 13" de M. R. James y "La música de Erich Zann", de
Lovecraft, aunque en algunos casos la voluntad de la narración es
tan solo exponer unos hechos que sucedieron, de forma que no se debe
esperar ningún desenlace o resolución al enigma, pues ésta,
seguramente, no existe o se desconoce.
Omisión en las descripciones
En este caso, el recurso se da cuando el
autor, en las descripciones de personajes, sensaciones, espacios,
estados, etc. recurre al hecho de que son tan horripilantemente
indescriptibles que las palabras no bastan para transmitir el enorme
terror que producen.
Ilustrémoslo con el final de "La
declaración de Randolph Carter"4,
de H. P. Lovecraft:
Después de eso, se hizo un silencio. No
sé durante cuantísimo tiempo permanecí allí sentado, sumido en un
negro estupor, murmurando, mascullando palabras, llamando,
gritando en el teléfono. Una y otra vez, durante una eternidad,
susurré, llamé, grité, chillé:
-¡Warren! ¡Warren! Contéstame, ¿estás
ahí?
Y entonces llegó hasta mí el más absoluto
horror, lo increíble, lo imposible, lo abominable. He dicho que me
había parecido una eternidad el tiempo transcurrido desde que
oyera por última vez la desgarrada advertencia de Warren, y que
durante ese tiempo sólo mis propios gritos habían roto el
espantoso silencio. Pero al cabo de un rato, sonó un nuevo clic en
el receptor, y pegué el oído para escuchar. Llamé de nuevo:
-¡Warren! ¿Estás ahí?
Y en respuesta, oí lo que ha provocado
estas tinieblas en mi espíritu. Ignoro por completo a qué criatura
pertenecía aquella voz, y tampoco puedo describirla con detalle,
puesto que las primeras palabras me dejaron sin conocimiento y
provocaron una laguna en mi memoria que dura hasta el momento en
que desperté en el hospital. Vagamente, puedo decir que la voz era
profunda, hueca, gelatinosa, lejana, ultraterrena, inhumana,
espectral. Pero esto no da idea de aquella voz. Esto es el final
de mi experiencia, y aquí termina mi relato. Oí la voz, y ya no me
enteré de nada más. La oí allí, sentado, petrificado en aquel
cementerio desconocido de la hondonada, rodeado de lápidas
leprosas y tumbas desmoronadas. Allí, en medio de una vegetación
putrefacta y vapores corrompidos, oí claramente la voz que brotó
de las recónditas profundidades de aquel impuro sepulcro abierto,
mientras en torno mío seguían danzando sin forma unas sombras
necrófagas, bajo la luna menguante.
Y esto fue lo que dijo:
-¡Idiota, Warren ya está muerto!
En este cuento, jamás sabremos qué es lo
que pudo ver Warren en las profundidades de esa tumba. Es algo que
no se puede describir con palabras y que nosotros debemos crear.
Mediante el uso de este procedimiento, el escritor crea una imagen
absolutamente más aterradora de lo que nunca había podido llegar a
imaginar y transcribir al papel, ya que la imaginación de la persona
tiene muchos más recursos creativos que cualquiera de las lenguas en
que se puede escribir.
El empleo de esta técnica es bastante
moderno y fue muy utilizada por Lovecraft, que en uno de sus relatos
la llevó a ser el centro de la trama. En el cuento titulado "Lo
innombrable", un joven y su amigo discuten acerca de una leyenda que
explica que en una vieja casa del siglo XVIII habita un ser
indescriptible e innombrable debido a sus horribles formas y demás
características físicas. Es curioso que en el relato se haga
alusión, en el contexto de un hombre que habla a un escritor
aficionado amigo suyo, a la puerilidad que supone la utilización de
una constante referencia a lo innombrable y lo incalificable, muy en
consonancia con la escasa categoría como escritor del amigo.
Pensándolo fríamente, es bien cierto que
puede interpretarse el uso de este recurso como una forma de
evitarse unas descripciones que quizá una pluma más diestra podría
elaborar de forma magistral. Sin embargo, confiemos en que no sea
así.
Los temas más utilizados
Los temas recurrentes en los relatos
fantásticos y de terror pueden resumirse en seis grandes grupos,
que, a su vez, se subdividen en distintos pequeños temas más
definidos y concretos. Son los siguientes:
-La muerte
-La pérdida de la integridad física y/o psíquica
-El Mal
-El subconsciente y el inconsciente
-El propio cuerpo
-Los hechos cotidianos
La muerte
Indudablemente, unos de los grandes temas
de la literatura de terror es la muerte. Esta temática no hace más
que trasladar al papel el gran interrogante del sentido de la vida,
¿qué ocurre después de la muerte?
Las respuestas literarias en forma de
personaje han sido:
-EL FANTASMA: seres espectrales que
aparecen en los lugares donde vivieron y llegan a ser presencias
siniestras que alteran el orden de los vivos. Sus acciones tienen a
menudo un carácter vengativo o justiciero. Son cuentos de fantasmas
todas las ghost stories, evidentemente, y muchos otros
cuentos de Lovecraft, Poe, Hoffmann, etc. Es posible que haya sido
el recurso más utilizado de todos los tiempos.
-EL NO-MUERTO: seres que no han podido
alcanzar la paz del descanso eterno y que, en su paseo patético por
el mundo de los mortales, son una amenaza permanente para la
estabilidad psíquica de todos los que se encuentran con ellos, ya
que, generalmente, se alimentan de los seres humanos vivos para
mantener su estado de supervivencia entra la vida y la muerte. En
este grupo se sitúan, entre otros, los vampiros, las momias, los
muertos vivientes, los necrófagos etc. Los grandes cuentos que
utilizan la figura del no-muerto son "El vampiro" de Polidori,
"Vampirismo" de Hoffmann, "Berenice" de Poe, y muchos otros.
La pérdida de la integridad física y/o
psíquica
De hecho, este apartado es un derivado del
anterior. Los humanos tenemos miedo a nuestra muerte, no queremos
morir, ya que la muerte supone el fin de la existencia, y
encontramos inconcebible que el mundo siga sin nosotros, sin que
nosotros podamos conocer. Al fin y al cabo, todo se reduce a lo
mismo, queremos conocer y la muerte supone el fin del conocimiento.
Por eso uno de los grandes sueños de los hombres ha sido la
inmortalidad.
Por otro lado, otro de los grandes temores
es una vida de sufrimiento. Es enorme el terror que tenemos a las
torturas y a que nos infrinjan sufrimiento. El dolor físico es un
recurso muy utilizado y las macabras descripciones de este
sufrimiento siempre nos producen escalofríos.
La vertiente psíquica de este sufrimiento
se corresponde con la pérdida de la razón, capacidad que nos
diferencia de las bestias y que supone uno de los nuestros más
preciados tesoros. Este argumento se tratará más profundamente en
los temas del subconsciente. Diversos cuentos de Poe como "El pozo y
el péndulo" o "La máscara de la Muerte Roja" y de Maupassant, como
"El Horla", "Él" o "¿Quién sabe?" ilustran claramente este temor.
La encarnación del mal
El Mal existe, y el Mal es portador de
terror. La tradición cristiana crea la figura del Diablo, un ser
astuto que engaña a los humanos y les impone, a menudo, su ley.
Muchas narraciones de terror incorporan la figura del Diablo como
personaje decisivo y convierten el pacto con el Diablo en un tema
importante dentro del género.
Derivado de este pacto, se encuentra el
argumento típico de los tres deseos, por los que se da a cambio algo
valioso o nada, depende de la criatura mágica que los conceda.
La temática del pacto con el diablo es
tratada en cuentos como "El pacto" de Sir Dominick de Sheridan Le
Fanu o "El huésped siniestro" y "Bárbara Roloffin" de Hoffmann
El inconsciente
La narrativa de terror siempre se ha
preocupado de lo que pasa en el interior de sus personajes, porque
es este aspecto el más interesante y el que aporta más elementos
patéticos al relato.
Hablar de miedo significa hablar de la
mente, que es su motor y receptáculo al mismo tiempo, una mente que
puede trastornarse por los efectos del terror y conducir al
individuo hasta los límites de la locura.
Podemos citar diversas manifestaciones de
este trastorno mental producido por y para el miedo:
-EL DOBLE: este recurso plantea el pánico
que el individuo siente ante la presencia de otro yo que reposa en
el fondo del personaje, depositario de su personalidad oculta y
dispuesto a saltar en cualquier momento al mundo exterior para
ocupar el lugar de su propio creador. Los cuentos más famosos que
tratan este tema son "El hombre de arena" de Hoffmann y "William
Wilson" de Poe.
-LA PÉRDIDA DE LA IDENTIDAD: recurso que
muestra el terror atávico del ser humano, que se aterra con la sola
idea de convertirse en otra persona. Dentro de este grupo podemos
situar muchos casos de locura, y también las transformaciones
físicas, a través de las cuales se ilustra el pánico a la
transmutación y sus terribles efectos. Grandes cuentos que utilizan
ese recurso son "La historia del difunto señor Elvesham" de Wells y
"El clérigo malvado" y "El ser en el umbral" de Lovecraft.
-LA EXPERIMENTACIÓN HIPNÓTICA: la obsesión
de experimentar, producto de los avances científicos del siglo XIX,
hace que la literatura incorpore la figura del científico loco, que
es capaz de crear seres deformes o de experimentar peligrosamente
con el inconsciente de otros personajes. Ejemplos de este tema son
cuentos como "La luz interior" de Machen, y numerosos cuentos de
Hoffmann, gran admirador del magnetismo.
El propio cuerpo
Cuando los relatos basan su eficacia
narrativa en la presentación inquietante del pánico que puede
producir algún miembro del cuerpo humano, la sorpresa para el lector
es contundente, quizá porque no hay nada más trastornador como la
visión, transformada pero posible, de un elemento tan conocido y tan
próximo a nosotros como nuestro propio cuerpo.
Este recurso y el que se trabaja en el
siguiente apartado, basan su efectividad en la transformación de
nuestro espacio cercano. Su finalidad es transportar lo fantástico
terrorífico a un ámbito que nos afecte profundamente. Cuentos
centrados en elementos del propio cuerpo son "La mano" y "La
cabellera" de Maupassant
Los hechos cotidianos
El género, en su estado más moderno, tuvo
que buscar motivos diferentes para hacer crecer el miedo, para
despertar el interés de un lector nuevo que, heredero de las
conquistas del ser humano en el campo del conocimiento, ha quedado
ya inmunizado contra fantasmas, momias y vampiros.
Quizá algunos piensen que la literatura
contemporánea ha recurrido a temas más banales, pero sin duda son
temas más próximos al lector, que es el verdadero destinatario de la
literatura. Indudable maestro del terror en la vida cotidiana fue M.
R. James, del que autores posteriores como Lovecraft o Machen
aprendieron a crear el terror en cualquier lugar.
El ambiente o atmósfera
La atmósfera, para Lovecraft5,
es un elemento decisivo en la factura de un relato verdaderamente
preternatural; y es que si el autor logra despertar en nosotros un
profundo sentimiento de pavor y una sensación de angustia al
emplazarnos ante lo desconocido, poco importa que en otros aspectos
fracase, pues habrá logrado su principal objetivo. Mediante la
creación de ambientes adecuados y el cuidado en su presentación, el
lector va penetrando en el relato como si de la realidad se tratase,
y va recibiendo una serie de sensaciones que le permiten vivir la
historia de manera auténtica, metiéndose de lleno en ella.
La creación de ambientes ha ido variando a
lo largo de la historia de la literatura fantástica de acuerdo con
los gustos del público lector. Al principio, en los primeros
relatos, de argumento simple, se creaban ambientes propicios al
miedo. Eran puertas que chirriaban, pasos furtivos alrededor de la
media noche, proyecciones de sombras grotescas y un sinfín de
elementos que presagiaban, poco a poco, un terror incontrolable,
porque provenía de algún poder que estaba más allá de la capacidad
de comprensión humana. Más tarde, se impuso un ambiente realista
para hacernos sentir como si estuviésemos en nuestra propia casa,
pero cuando el confiado lector se encontraba cómodo tras reconocer
todo cuanto se le describía, una serie de fenómenos, que al
principio podían atribuirse a la casualidad, iban distorsionando
esta atmósfera familiar, de forma casi imperceptible, hasta que el
terror dominaba por completo la escena. Por contraste, el efecto
resultaba más fuerte.
En opinión de Howard Philips Lovecraft, la
consecución de una buena atmósfera creíble pasa por la «estudiada
elección de frases y palabras cadenciosas y un minucioso y selectivo
cuidado en los mil y un detalles casi invisibles que se agregan al
trasfondo realista».
La atmósfera es, como todos sabemos,
invisible, a pesar de lo cual le atribuimos muchas propiedades. En
literatura es, además, responsable del juego delicioso que
entablamos con el miedo y con la necesidad imperiosa de seguir
leyendo para conocer el final. Placer difícil de explicar y, sin
embargo, fácil de entender con aquella famosa frase de Madame du
Deffand: «¿Cree en los fantasmas?» -le preguntaron- «No, pero les
tengo miedo» -fue su respuesta.
Los ambientes más usuales
Es evidente que muchos de los típicos
relatos de terror de la época clásica se ambientaban en lugares más
o menos comunes entre ellos. Es evidente que habrá excepciones que
se aparten de la norma, pero, precisamente en eso consiste la rica
variedad que los autores clásicos han sido capaces de crear. De
hecho, como nos muestra la denominada tendencia realista de la
literatura fantástica, el terror nos puede asaltar a plena luz del
día, en cualquier momento y lugar.
La mayoría de los relatos trabajados, sobre
todo los pertenecientes al género de la ghost story, están
ambientados en bosques sombríos y profundos o en grandes casas o
mansiones victorianas, algunas veces en ruinas, donde los fantasmas
caminan a sus anchas por tapizadas habitaciones, pasadizos secretos,
oscuras buhardillas y húmedos sótanos.
No podemos olvidar el famoso castillo en
ruinas de la novela y el cuento gótico, situado en inhóspitos
parajes desolados y rodeados de una especie de permanente neblina
que ambienta lúgubremente la acción.
En general, podemos concluir que los
escenarios más utilizados son aquellos en donde es más difícil
conocer. Es decir, el miedo más intenso es el miedo a lo
desconocido, por tanto, elementos que impidan conocer tales como la
oscuridad, la niebla, la lejanía, la inmensidad, serán constantes en
los escenarios donde se desarrollen los relatos.
Los distintos usos del lenguaje y del
vocabulario
El lenguaje y vocabulario utilizados por
los autores de literatura fantástica de terror es muy diferente
según su época y, sobre todo, según su ambientación y objetivo
concreto.
El lenguaje culto y el lenguaje estándar
Los autores de las primeras épocas de la
literatura fantástica, escribían sus relatos en un registro culto y
refinado; de hecho, el adecuado a la literatura de su tiempo.
Autores como Ernst Theodor Amadeus Hoffmann
o Edgar Allan Poe, creaban sus cuentos en un lenguaje elevado,
plagado de figuras poéticas y con un estilo muy romántico, expresivo
y descriptivo.
Sin embargo, los autores posteriores como
M. R. James o Lovecraft que llevaron la literatura de terror a las
masas, utilizaron un lenguaje mucho más próximo a sus lectores,
consiguiendo de este modo el gran éxito del género. También lo
utilizaron para dar más verosimilitud a los personajes de sus
relatos. Hacían que algunas de las personas que aparecían en sus
narraciones hablaran de una forma en consonancia a su extracción
social e incluso con un curioso acento según su lugar de
procedencia. Lamentablemente, debido a las traducciones en que
debemos leer los cuentos de estos autores, muchas de estas
características habladas se pierden.
Un vocabulario destinado al terror
Autores como Poe y Lovecraft, que centraron
gran parte de su obra en consagrar la corrupción de los seres vivos
y la morbosidad de la podredumbre en categorías estéticas sobre las
que escribir, utilizaron un vocabulario muy específico para
describir de forma macabra y efectiva la impresión de la podredumbre
y la descomposición. Podemos observar este desarrollo del
vocabulario en cuentos como "El extraño caso del señor Valdemar" de
Poe6,
en el que se narra la inmediata descomposición del cuerpo del pobre
Valdemar:
Cuando efectuaba yo los pases magnéticos,
entre gritos de «¡Muerto, muerto!», que hacían por completo
explosión sobre la lengua, y no sobre los labios del paciente, su
cuerpo entero, de pronto, en el espacio de un solo minuto, o
incluso en menos tiempo, se contrajo, se desmenuzó, se pudrió
terminantemente bajo mis manos. Sobre el lecho, ante todos los
presentes, yacía una masa casi líquida de repugnante, de
aborrecible podredumbre.
Otro importante característica del
vocabulario usado es aquél que nos transmite un dolor que casi
podemos sentir en nuestro cuerpo. Las torturas narradas en cuentos
de Poe o en El manuscrito encontrado en Zaragoza de Jan Potocki, ofrecen una
estremecedora visión de las capacidad humana para infligir dolor a
sus semejantes. Veamos un ejemplo de esta última obra, primera
novela fantástica de la historia. El fragmento ha sido extraído del
estudio de Tzvetan Todorov7.
Se debe advertir que no es algo adecuado para almas sensibles:
Mi querido hijo, no te asustes de lo que
voy a decirte. Vamos a hacerte un poco de daño. ¿Ves esas dos
tablas? Pondremos tus piernas entre ellas y las ataremos con una
cuerda. Después pondremos entre tus piernas las cuñas que aquí
ves, y haremos que penetren en ellas a golpes de martillo.
Primeramente tus pies se hincharán, saldrá sangre del dedo gordo,
y las uñas de los otros dedos caerán todas. Después, la planta de
los pies se abrirá, y se verá salir de ellos una grasa mezclada
con carne aplastada. Lo cual te hará mucho daño. ¿Sigues callado?
Bien, lo que te he dicho hasta ahora no es mas que el principio,
aunque bastará para que te desvanezcas Con estos frascos, llenos
de diversas sustancias, te haremos volver en sí. Cuando te hayas
recuperado, quitaremos estas cuñas, y pondremos estas otras, que
son mucho más gruesas. Al primer golpe de martillo, tus rodillas y
tus tobillos estallarán. Al segundo, tus piernas se partirán en
dos. Saldrá de ellas el tuétano de los huesos y resbalará hasta
ese montón de paja, mezclado con tu sangre. ¿No quieres hablar?
... Bien, apretad las clavijas.
Realmente estremecedor, sin duda. El
fragmento narra el discurso que hace un falso inquisidor a Alfonso,
protagonista de la novela. Hay otro episodio de crueldad que se
desarrolla entre Alfonso y los cadáveres animados de los dos
delincuentes colgados, en los que también se narran horribles
torturas, aunque con un cierto aire de humor:
El otro ahorcado, que me había agarrado
la pierna derecha, quiso también martirizarme Comenzó haciéndome
cosquillas en la planta del pie que tenía sujeto, pero después el
monstruo me arrancó la piel del pie, separó los nervios, les quitó
su encarnadura, y el muy canalla se puso a tocar sobre ellos como
si fuesen un instrumento musical. Mas como por lo visto no daban
un sonido que fuese de su agrado, hundió sus uñas en mi corva,
agarró con ellas mis tendones y se puso a retorcerlos como se hace
para afinar un arpa. Finalmente, se puso a tocar sobre mi pierna
convertida en salterio. Escuché su risa diabólica.
Conclusión final sobre el terror y la
fantasía en la literatura
Se ha clasificado al terror como un valor
estético situado en los límites, tal y como podemos deducir de las
palabras de Rilke «Lo bello es el principio de lo terrible que aún
podemos soportar». Entrar en el ámbito de lo terrible significa
transgredir la medida, el equilibrio, para afrontar un vértigo que
puede conducir a la locura, al reconocimiento despavoridor de lo
siniestro.
Sin embargo, a pesar de los peligros que
comporta enfrentarnos a lo terrible, todos hemos sentido su
atracción, el extraño placer que encontramos en la sensación del
terror producida por determinadas narraciones, pinturas, etc. ¿Es
éste un placer morboso y enfermizo o, al contrario, hemos de
considerar que la experiencia estética del miedo contribuye
eficazmente a la construcción del sujeto?
Eugenio Trías en Lo bello y lo siniestro
se plantea esta cuestión en términos similares: «¿Cómo puede un
sentimiento doloroso como el miedo (phobos) transformarse en un
sentimiento placentero?». En su respuesta remite al concepto de
catarsis, tal y como la entendemos con el sentido que le dio
Aristóteles en su definición de la tragedia, es decir, como
purificación de las emociones de identificación y terror que produce
la obra de arte. El lector o espectador desde la distancia
protectora que, en principio, asegura el hecho de encontrarse
delante de una obra de arte, de un artificio que sitúa sus
sentimientos en un plano diferente al de su realidad cotidiana, se
entrega a la representación, a la lectura, y en el proceso de gozo y
sufrimiento que comporta la fruición estética deja que sus instintos
y sentimientos se desborden. Al acabar la obra, se habrá producido
una liberación purificadora, catártica. El desequilibrio vivido en
el artificio llega a ser, siguiendo a Aristóteles, sentimiento
placentero, reconfortante. El descenso artístico a los infiernos del
terror llega a ser, también, conocimiento. Conocer es, sin duda, una
forma de tomar consciencia del sentimiento del miedo y, por tanto,
de saber controlar o convivir con una parte de nosotros mismos,
profundamente real, que el pensamiento racionalista, sin poderla
extirpar, había querido ocultar.
De hecho, el terror, como vía escapatoria
del estricto racionalismo y como tipo de narración por excelencia,
está muy bien explicado por Fernando Sabater8:
En rigor, la narración terrorífica es el
cuento por excelencia, la historia prototípica que esperamos
escuchar cuando nos sentamos con las orejas bien abiertas a los
pies de alguien frente al resplandor temblón del fuego: es lo que
por antonomasia merece ser contado. Se trata de un género que
elude la declamación o el ditirambo, prefiriendo decantarse por el
susurro; en esto revela su entronque con la esencia primordial del
cuento, modalidad expresiva, fundamentalmente nocturna, reñida con
lo altisonante, tanto como con lo doctrinal. Al cuento y al amor
lo que les cuadra es la oscuridad y el cuchicheo. Una vez bajada
la voz, en el casi silencio expectante que pueblan los crujidos
extraños de las cosas mal dormidas, ¿cómo resistir la tentación de
evocar los fantasmas que no nos abandonan, de blasfemar muy bajito
contra la razón y su orden, de hacer presente el pánico elemental
que la jornada laboriosa o el miedo a la locura nos impulsan a
disimular durante el día? Por un momento suspendemos la hipocresía
salutífera que nos certifica como sensatos y emprendedores
ciudadanos de estados sustentados en el progreso de la ciencia y
volvemos a vernos como realmente somos: habitantes de lo
improbable, vecinos de la nada, protagonistas de una pesadilla de
tal desolación y desamparo que el único medio de conservar la
cordura es intentar olvidar, en lo posible, nuestra mísera
condición.
Fernando Sabater establece la literatura
fantástica como una liberación, una ventana abierta al aire fresco
del que nuestro mundo carece, seguramente, debido a la extrema
importancia del absoluto racionalismo científico que debe imperar en
nuestra sociedad. Por suerte o por desgracia, esta liberación viene
limitada por el ámbito en que pueden desarrollarse. En palabras de
Italo Calvino9:
De cualquier modo, todas las “realidades”
y las “fantasías” pueden cobrar forma sólo a través de la
escritura, en lo cual exterioridad e interioridad, mundo y yo,
experiencia y fantasía aparecen compuestas de la misma materia
verbal; las visiones polimorfas de los ojos y del alma se
encuentran contenidas en líneas uniformes de caracteres minúsculos
o mayúsculos, de puntos, de comas, de paréntesis; páginas de
signos alineados, apretados como granos de arena, representan el
espectáculo abigarrado del mundo en una superficie siempre igual y
siempre diferente, como las dunas que empuja el viento del
desierto.
Por otra parte, no debemos perder de vista
el mundo del que hemos partido en nuestro viaje al mundo fantástico
de liberación del que habla Sabater, pues Umberto Eco10
nos advierte:
Somos proclives a mezclar ficción y
realidad, a leer la realidad como si fuera ficción y la ficción
como si fuera realidad. Algunas de estas prácticas de confusión
son agradables e inocentes, otras, completamente necesarias, y
otras más trágicamente preocupantes.
Tras este paseo por las citas de tres
grandes ensayistas y pensadores de nuestro tiempo, reflexionemos un
instante y quedémonos con lo que más nos ha influido de cada uno,
construyendo de esta forma, nuestro propio universo de literatura
fantástica, con vistas a nuestra vida real y al que podamos escapar
siempre que nuestro mundo resulte demasiado pesado para nosotros.
FIN |