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Este estudio expone el recorrido por la
historia del relato breve de terror hasta su época de máximo
esplendor, es decir, el final del siglo XIX y principios del siglo
XX. Generalmente se ha organizado según los géneros o influencias
predominantes. Pero, en alguna ocasión, la historia se detiene en un
autor especialmente significativo debido a su importancia.
Los orígenes del género
Tal y como bien ilustra la conocida frase
de H. P.
Lovecraft, «La emoción más antigua y más intensa de la
humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos
es el miedo a lo desconocido», y como es lógico esperar de un género
tan estrechamente relacionado con las emociones primitivas, el
cuento de horror es tan viejo como el pensamiento y el lenguaje
humanos. Efectivamente, el terror aparece como un ingrediente del
folklore más antiguo de todas las razas, y cristaliza en las
narraciones orales y en las canciones, crónicas y textos sagrados
más arcaicos. En efecto, constituyó una característica destacada de
la magia ceremonial prehistórica y se desarrolló ampliamente en
todas las cultura antiguas, desde la egipcia hasta la celta, cuyas
antiguas leyendas eran un medio para intentar encontrar una
explicación ante las leyes físicas de un mundo que les resultaba
hostil y espantoso. Eran el espejo de las pesadillas, historias
surgidas del inconsciente, de los impulsos de destrucción y deseo
que se encuentran ocultos en nuestra más profunda y escondida
consciencia interior. El germen del terror se encuentra no más allá
de la misma naturaleza humana, ese es el motivo de las intensas
emociones que lo producen y que él mismo hace nacer.
Pero a pesar de estos antecedentes, más o
menos remotos, el relato de terror tuvo sus verdaderas referencias
en la literatura fantástica que irrumpió con fuerza en el panorama
del romanticismo de finales del siglo XVIII y durante el siglo XIX,
tiempo en que los autores clásicos del género rescataron el cuento
de terror de la leyenda y el cuento popular. En estos relatos
modernos, los eventos sobrenaturales, a diferencia de las leyendas
tradicionales, no ocurren en lugares exóticos o ignotos, sino que
suceden aquí y ahora, en el entorno cotidiano. Aún así, no deja de
llamar la atención el hecho, aparentemente contradictorio, de que
justamente en uno de los períodos históricos más racionalistas, en
que la ciencia comienza a dar explicación a algunos de los misterios
de la humanidad y el hombre deja de creer en mitos y supersticiones
que desde siempre alimentaron su alma de terror, el fantasma
comience a poblar una parte no despreciable de la literatura. No es,
naturalmente, una obsesión nueva en el hombre, ni tampoco aparece
por vez primera en la historia de la literatura, sin embargo, en
pocas ocasiones ha despertado tanto interés como en el siglo XIX, y
nunca se había erigido, como entonces, en personaje fundamental de
un tipo de literatura que, con los años, iría creando sus propias
pautas hasta adquirir la categoría de género literario.
Pero ya desde su nacimiento, la literatura
fantástica no presenta las mismas características en los diferentes
países en que se cultivó. Rafael Llopis, en su Historia natural
de los cuentos de miedo1,
distingue entre la tradición anglosajona y la germánica, denominadas
respectivamente de raíz negra y blanca, según la tendencia se
encamine hacia el gusto por lo macabro y truculento o hacia lo
maravilloso y poético.
El desarrollo del género en el continente
En este apartado se explica el recorrido
histórico de la literatura en el continente europeo, es decir, se
describe la llamada tradición blanca. Esta corriente se instauró
mayormente en Alemania, más respetuosa con los muertos, y que siguió
su tradición de cuentos poéticos y legendarios de ambiente brumoso y
melancólico, basándose en su folklore y su cultura oral, que
permanecían vivos en la mente del pueblo y que los escritores
románticos recuperaron en la literatura. También se hace especial
hincapié en el autor más significativo del período y la corriente,
el alemán
Hoffmann.
La tradición blanca
Los relatos fantásticos alemanes suelen
evocar ambientes maravillosos mezclados con elementos de la vida
diaria. Ludwin Tieck (1773-1853) y Adelbert von Chamisso (1781-1838)
fueron dos de los representantes más característicos de esta
tendencia. La maravillosa historia de Peter Schlemihl, novela
escrita por Chamisso en 1814, es considerada por algunos como la
mejor novela fantástica jamás escrita. En ella conviven elementos de
cuentos y leyendas tradicionales junto con otros de la realidad
cotidiana, pero el libro se recuerda sobre todo por la sugerente
historia del hombre que perdió su sombra.
Ernst Theodor Amadeus Hoffmann
La figura más importante del cuento
fantástico alemán, la que marcaría una fuerte impronta y
trascendería las fronteras de su país, dejando muchos seguidores en
la literatura europea de la primera mitad del siglo XIX, fue E. T.
A. Hoffmann (1776-1822), cuya obra más propiamente fantástica es
Las minas de Falún, relato ambientado en la revolución
industrial que consigue provocar el efecto fantástico y ejemplifica
lo que será el relato fantástico moderno, en el que encontramos
indicios de la tecnología moderna, no como explicación del fenómeno
irracional, sino como parte de un decorado racional.
Italo
Calvino, en su antología2
, observó y analizó el particular modo de ver la realidad de
Hoffmann, que él denominó lo fantástico visionario, una de las
tendencias dominantes de este género en el siglo XIX. En los
primeros decenios de ese siglo, particularmente, abunda este tipo de
relato donde un elemento visual extraño es motivo desencadenante del
conflicto. En todos los casos, nos hallamos ante algo cuya
apariencia ambigua esconde un poder maligno capaz de trastornar
totalmente la mente del protagonista, llegando, en algunos casos, a
producirle la muerte. Otra de las grandes aportaciones de Hoffmann a
la literatura fantástica es la del recurso del doble, que consiste
en la presencia de un personaje que, poco a poco, va apropiándose de
la identidad de otro personaje o bien en el desdoblamiento físico de
un ser humano.
El desarrollo del género en las islas
británicas
Gran Bretaña, con su novela gótica, fue la
pionera de la novela negra de terror. A lo largo del siglo XVII, y
hasta bien entrado el XVIII, aparece un número cada vez mayor de
fugaces leyendas y baladas de carácter tenebroso que, no obstante,
se conservan bajo el aspecto de literatura aceptada y cortés. Se
multiplican las coplas de tema horroroso y espectral, y se observa
un gran interés del pueblo por sencillas obras de autores como
Daniel Defoe. Pero las clases superiores de la sociedad fueron
perdiendo la fe en lo sobrenatural, lo que dio paso a una etapa de
racionalismo clásico. Luego, empezando con las traducciones de
relatos orientales, y adquiriendo forma definitiva hacia mediados de
siglo, acontece el despertar del sentimiento romántico, la era de un
goce nuevo de la naturaleza, así como del esplendor de los tiempos
pasados, de los escenarios extraños, las acciones valerosas y de las
maravillas increíbles. Finalmente, tras la tímida aparición de unas
cuantas escenas espectrales en novelas de la época, el instinto de
liberación dio origen a una nueva escuela narrativa: la escuela
«gótica» de la narración fantástica y de horror, y su evolución en
relato corto, la denominada generalmente ghost story, es
decir, historia de fantasmas.
La novela gótica
La tendencia más destacada del relato
fantástico surgida en la Gran Bretaña debe su nombre a la presencia
casi obligada del castillo medieval, verdadero protagonista de este
tipo de literatura, y a su compleja arquitectura repleta de
pasadizos secretos, pue rtas
falsas y un sinfín de habitaciones. Esta estructura laberíntica se
presta a crear ambientes inquietantes de sombras, ruidos extraños y
cadáveres a discreción. De hecho, el castillo se perfila en todas
estas narraciones como núcleo del suspense y del espanto demoníaco.
El esquema general incluye, además, a un noble malvado y tirano que
desempeñaba el papel de villano; a la inocente y virtuosa doncella,
largamente perseguida, que sufre los mayores terrores y sirve de
punto de vista y centro de las simpatías del lector; al héroe
valeroso e inmaculado, de alta cuna pero vestido a menudo con
humilde disfraz; y también el convencionalismo de rimbombantes
nombres extranjeros para los personajes, y una serie interminable de
elementos escenográficos, tales como luces extrañas, trampas
húmedas, lámparas apagadas, manuscritos ocultos y mohosos, goznes
chirriantes, tapices que se estremecen y demás. Todo este aparato
aparece una y otra vez con divertida invariabilidad, a veces con
tremendo efecto, a lo largo de la historia de la novela gótica; y no
ha desaparecido hoy, ni mucho menos, aunque una técnica más sutil le
confiere una forma menos ingenua y evidente.
La primera novela gótica donde aparecen
todos los elementos que constituyen la esencia del género es El
castillo de Otranto (1764), de Horace Walpole (1717-1798). La
historia tiene un estilo animado y prosaico cuya vivacidad impide la
creación de una atmósfera auténticamente espectral en ningún
momento. Nos habla de Manfredo, príncipe usurpador y sin escrúpulos,
decidido a fundar una dinastía, el cual, tras la muerte súbita y
misteriosa de su único hijo, intenta casarse con la dama destinada
al malogrado hijo, Isabel, que huye ante los designios de Manfredo,
y encuentra en las criptas subterráneas del castillo a un noble y
joven protector, Teodoro, con aspecto de campesino, aunque tiene un
sorprendente parecido con el antiguo señor que gobernaba el dominio
antes de la época de Manfredo. Poco después, el castillo se ve
asediado por fenómenos sobrenaturales de diverso carácter: aquí y
allá aparecen fragmentos de una armadura gigantesca, un retrato se
sale del cuadro y camina, un trueno destruye el edificio, y un
espectro colosal y armado surge de las ruinas del castillo.
Finalmente se descubre que Teodoro es hijo del anterior señor del
castillo y legítimo heredero de las posesiones.
La historia creada por Walpole se considera
acartonada, y completamente desprovista del horror que caracteriza a
la literatura preternatural. Pero era tal la apetencia que la época
sentía por estas pinceladas de extrañeza, y por la espectral
antigüedad reflejada en ellas, que la obra fue acogida con toda
seriedad por los lectores más sesudos, y puesta en un encumbrado
pedestal dentro de la historia literaria. Lo que hizo por encima de
todo lo demás fue crear un tipo de escenario, de personajes y de
incidentes enteramente nuevos, los cuales, manejados con habilidad
por manos más diestras darían lugar a grandes novelas de la escuela
gótica.
Una de las autoras más importantes del
género fue Anne Radcliffe (1746-1823), cuyas famosas novelas
hicieron del terror y el suspense una moda, e instauraron nuevas
pautas en lo que atañe a la atmósfera aterradora y macabra. La
autora inglesa escribió alrededor de seis novelas, de la que destaca
Los misterios de Udolpho (1794). Puede considerarse a esta
novela prototipo de la novela gótica del primer período. Sin
embargo, las obras consideradas culminantes de este género son:
El monje y Melmoth el errabundo.
El monje (1795) de Matthew Gregory
Lewis (1775-1818), autor educado en Alemania, saturado de delirantes
tradiciones teutonas desconocidas por sus predecesores, dio al
terror formas más violentas de lo que nadie se habría atrevido a
pensar; y el resultado fue una obra maestra de viva pesadilla cuyo
carácter gótico está sazonado con cantidades adicionales de
elementos macabros.
La historia trata de un monje español,
Ambrosio, a quien hace caer desde su estado de orgullosa virtud al
fondo mismo del mal un demonio que adopta la forma de la joven
Matilde, el cual, cuando finalmente el desdichado espera la muerte a
manos de la Inquisición, le induce a comprar su huida al Demonio,
quien pone como precio su alma, porque, le dice que tanto el cuerpo
como el alma los tiene perdidos. Seguidamente, el Demonio lo lleva a
un paraje solitario, le dice que ha vendido su alma en vano, ya que
estaba a punto de concedérsele el perdón y una posibilidad de
salvarse en el momento de su horrenda transacción, y consuma la
sarcástica traición reprochándole sus crímenes enormes, y
arrojándole al precipicio, con lo que hunde su alma en la perdición
eterna. La novela contiene descripciones sobrecogedoras, como los
conjuros en la cripta bajo el cementerio del convento, la quema del
convento y el fin último del desdichado abad. Sin embargo, El
monje es una novela que resulta demasiado larga y difusa, y
pierde fuerza a causa de su ligereza, así como por la exagerada
reacción contra aquellos cánones del decoro que Lewis despreciaba al
principio por considerarlos mojigatos.
Las novelas góticas empezaron a aparecer
ahora, tanto en Inglaterra como en Alemania, en profusión
multitudinaria y mediocre, pero la mayoría eran simplemente
ridículas a la luz del gusto maduro. La escuela de lo gótico se
estaba agotando; sin embargo, antes de su desaparición surgió su
última y más grande figura en la persona de Charles Robert Maturin
(1782-1824) que concibió finalmente la obra maestra del horror,
Melmoth el errabundo (1820), en la que la novela gótica alcanza
unas alturas de pavor espiritual como jamás había conocido.
Melmoth es la historia de un caballero
irlandés que, en el siglo XVII, consigue prolongar la vida por
mediación del Diablo, a cambio de su alma. Si logra persuadir a otro
de que le libere de esta transacción y asuma su estado, se salvará;
pero no consigue llevar a efecto este intercambio, por muy
insistentemente que acosa a aquellos a los que la desesperación
vuelve imprudentes y frenéticos. La estructura del relato es muy
torpe y exageradamente larga, pero en diversos momentos de la novela
se siente el pulso de una fuerza inexistente en las obras anteriores
de este género, una afinidad con la verdad esencial de la naturaleza
humana, una comprensión de las fuentes más hondas del auténtico
miedo y una abrasadora pasión de simpatía por parte del escritor.
Realmente, el estilo de Maturin merece un elogio especial, pues su
forma directa y su vitalidad se elevan por encima de las pomposas
artificiosidades de que pecan sus predecesores.
La novela gótica cumple finalmente con su
ciclo, el que comenzó como una rebelión ante la Edad de la Razón y
finaliza con la incorporación de la razón como determinante del
terror.
La ghost story
De la novela gótica, y en plena época
victoriana, derivan los populares relatos de fantasmas o ghost
stories que proporcionarían placenteras y aterradoras veladas a
los lectores hasta el primer cuarto del siglo XX. Brevedad,
humorismo y realismo son sus principales características. Brevedad,
porque era mucho más sencillo mantener el suspense durante unas
pocas páginas que pretender prolongarlo en obras extensas; el
lector, además, quería un poco de emoción condensada. Humorismo,
porque era la fórmula más idónea para que el lector inglés aceptara
los elementos fantásticos e increíbles que la historia le proponía;
de ese modo, si los personajes mantenían una actitud escéptica o
irónica ante acontecimientos extraños, el lector se identificaba con
aquéllos y, en el desenlace final, unos y otros no tenían más
remedio que rendirse ante la evidencia. Finalmente, realismo como
reacción a los ambientes góticos del romanticismo. Ahora los relatos
se desarrollan en un escenario cotidiano donde personajes normales y
corrientes viven sus días de forma rutinaria, recurso utilizado para
desarmar al lector cuando el terror aceche, ya que, por el trasfondo
realista, puede identificarse plenamente con la historia y sus
protagonistas.
"La historia de Willie el vagabundo"
(1824) y "La cámara de los
tapices" (1829), del novelista escocés Walter
Scott (1771-1832),
son las primeras obras maestras de este género. Pero, diez años más
tarde aparecen los relatos de Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873),
que crean un terror misterioso superior al logrado por cualquier
otro. Este autor fue el verdadero impulsor del relato de fantasmas y
el primero en recurrir, de modo efectivo, a teorías filosóficas para
hacer verosímiles sus relatos. El público victoriano no se
contentaba con las argumentaciones pseudofilosóficas extraídas de
creencias populares con que los románticos fundamentaban sus obras,
sino que exigía mayor rigor y coherencia lógica para racionalizar lo
sobrenatural y poder creer, durante unos instantes, en ello.
Los relatos de fantasmas alcanzan su
madurez, sin embargo, con M. R. James (1862-1936), que se dedicó a
escribir este tipo de literatura para amenizar las veladas navideñas
de sus compañeros del aristocrático colegio de Eton, del que era
director, y para distraerse de sus aburridas tareas profesionales.
Sus relatos tienen el ambiente erudito y acogedor de Cambridge; sus
personajes viven rodeados de libros y antigüedades y sus
preocupaciones giran en torno al saber y la investigación. En sus
cuentos no falta un fino sentido del humor que suele practicar con
juegos de palabras y equívocos producidos por diferencias de acento
característico de los distintos condados y clases sociales inglesas.
La aparición del fantasma suele ir precedida de una serie de
preparativos que van enrareciendo el clima de placentero bienestar
que el protagonista disfrutaba. Premoniciones, avisos y sospechas
asaltan a los personajes, que ve incluso cómo el espacio y cuanto le
rodea, descrito con minuciosidad y realismo al principio, se vuelve
activo y malicioso. En muchos cuentos además, para dar mayor
verosimilitud a sus relatos y complacer así a su descreída y docta
audiencia, James recurría a citas, referencias, libros y documentos
que servían de apoyo a las teorías expuestas y, de paso, ofrecía una
imagen irónica y a veces autoburlesca.
Después de M. R. James, los relatos de
fantasmas inician su decadencia y, al igual que sucedió con la
novela gótica, surge una nueva tendencia de la mano de Arthur Machen
y Algernon
Blackwood,
quienes ofrecen al público terrores acordes con los nuevos tiempos.
Y es que la crisis del racionalismo y las convulsiones políticas y
sociales de principios de siglo, por un lado, y el aumento del
número de los adelantos científicos, por otro, contribuyen a crear
un sentimiento de inseguridad y de cambio de los valores
tradicionales; el fantasma, pues, deja de provocar miedo y el cuento
fantástico retrocede a épocas primitivas para buscar los terrores
más antiguos de la humanidad.
Edgar Allan Poe
Capítulo aparte merece Edgar Allan
Poe, maestro
indiscutible del arte de narrar que representará la perfecta
síntesis de las tradiciones blanca y negra, lo macabro y lo feérico,
lo fantástico visionario y lo fantástico interior; su obra nos
muestra con igual intensidad a la ensangrentada muchacha que se
levanta de la tumba después de permanecer varios días enterrada de
La caída de la casa Usher como la sugestión de un asesino
psicópata que quiere liberar su alma mediante un monólogo cargado de
tensión en El corazón delator.
Los temas de Poe nacen de forma
irremediable de su mundo interior: obsesiones, alucinaciones,
sueños... se transforman en materia literaria que el escritor
elabora y ordena creando mundos habitados por extraños personajes,
que actúan movidos por impulsos ajenos a la mayoría de los humanos,
a pesar de la tendencia reflexiva y racionalizadora que les suele
caracterizar. Sin embargo, la fascinación que los cuentos de Poe
ejercen se debe, principalmente, a su capacidad para crear ambientes
densos y compactos donde el lector se sumerge de forma irremediable
desde el principio hasta el fin. Y es que Poe tenía una gran
habilidad para expresar con palabras justas lo que quería decir, sin
añadir nada que pudiera estorbar el centro de la historia. Este
sentido económico del lenguaje, junto con su capacidad para la
creación de mundos herméticos donde la intriga se mantiene hasta el
final, hacia el que confluye toda la historia, le han dado la justa
fama de creador del relato breve moderno.
Antes de Poe, los cultivadores del relato
preternatural habían trabajado generalmente sin comprender la base
psicológica del atractivo del horror, y obstaculizados por una mayor
o menor adecuación a convencionalismos literarios vacíos tales como
el final feliz, la virtud recompensada y, en general, una didáctica
moral huera, una aceptación de modelos y valores populares y una
imposición a sus propias emociones en el relato, tomando el partido
de los defensores de las ideas artificiosas de la mayoría. Poe, por
otra parte, percibía la impersonalidad esencial del artista
verdadero, y sabía que la función de la ficción creadora consiste
meramente en expresar e interpretar los sucesos y los sentimientos
tal como son, sin tener en cuenta hacia dónde tienden o qué
demuestran, si el bien o el mal, lo atractivo o lo repulsivo, lo
estimulante o lo deprimente, haciendo siempre de cronista vivo e
independiente, más que de maestro, simpatizante o vendedor de
opiniones. Vio claramente que, para el artista, todas las fases de
la vida y del pensamiento son igualmente elegibles como tema; y dado
que por temperamento se sentía inclinado a lo extraño y lo
melancólico, decidió hacerse intérprete de esos poderosos
sentimientos y sucesos a los que suele acompañar el dolor más que el
placer, la decadencia más que el esplendor, el terror más que la
serenidad, y que son fundamentalmente adversos o indiferentes a los
gustos y sentimientos tradicionales y externos de la humanidad, así
como a la salud, la cordura o el bienestar normal y expansivo de la
especie.
Los espectros de Poe adquieren de este modo
una malignidad convincente que no posee ninguno de sus predecesores,
e instauran un nuevo modelo de realismo en los anales de la
literatura de horror. Su intención impersonal y artística estuvo
favorecida, además, por una actitud científica que no es frecuente
encontrar antes de él, por lo que Poe estudia la mente humana más
que los usos de la ficción gótica, trabaja con unos conocimientos
analíticos de las verdaderas fuentes del terror que duplican la
fuerza de sus relatos y los libran de todos los absurdos inherentes
al estremecimiento convencional y estereotipado. Consiguió la
elevación de la enfermedad, la perversión y la corrupción a la
categoría de motivos artísticamente expresables. De hecho, puede
decirse con justicia que Poe inventó el relato corto en su forma
actual.
Herederos de Hoffmann
La literatura fantástica no sólo proliferó
en países de cultura anglosajona y germánica, como hemos visto, sino
que fue cultivada con gran éxito en distintos ámbitos geográficos y,
particularmente, en Francia. El descubrimiento de Hoffmann y de Poe
en este país originó una serie de imitadores que crearon piezas
literarias de indudable valor. Entre los autores más destacados cabe
mencionar a Charles Nodier, introductor de la novela gótica en
Francia, donde tuvo una gran acogida; a Honoré de
Balzac, que junto a su
conocida obra La comedia humana escribió importantes relatos
fantásticos, sobre todo en su primera época; y, finalmente, Téophile
Gautier (1811-1872), principal seguidor de Hoffmann en Francia y
autor, entre otros muchos relatos, de La muerte enamorada,
obra maestra del género que trata sobre el tema del vampirismo.
En la segunda mitad del siglo XIX, ya lejos
del romanticismo y en pleno movimiento naturalista, surge un
escritor, Guy de
Maupassant (1850-1893), cuya obra fantástica no pertenece a
ninguna escuela y que es más conocido por sus obras de tinte
realista, como sucede con otros autores del género. A partir de
1884, cuando ya era un escritor conocido y de prestigio dentro del
movimiento naturalista, empezaron a manifestarse en él los síntomas
de una enfermedad que, paulatinamente, enajenaría su mente y lo
arrastraría hasta la locura y la muerte. Fue también a partir de
entonces cuando empezó a escribir relatos fantásticos que surgieron,
en parte, como una necesidad de expresar el terror que iba
apoderándose de su alma enferma, de ahuyentar las pesadillas que lo
acosaban y que él convertía, de esta manera, en materia artística.
Cuentos como "El Horla", "¿Quién sabe?", "La mano" o "Un loco" son
la expresión desesperada de un enfermo que siente, poco a poco, su
desintegración.
El relato materialista de terror del
siglo XX
Como ya habíamos adelantado, a finales del
siglo XIX y principios del XX se produjo un cambio bastante radical
en las temáticas en que se basaban los cuentos de horror. En cierto
modo, el fantasma se podría decir que ya no producía terror, el
miedo a la muerte había sido sustituido por el miedo a las
atrocidades que podrían ocurrir en vida. Estas nuevas temáticas que
estudiaron los más profundos miedos del ser humano fueron
ampliamente tratados por diversos autores, de los que citaremos los
más importantes y representativos.
El galés Arthur Machen (1863-1947) es el
primer escritor totalmente desinteresado por los fantasmas y
preocupado, en cambio, por lo que Llopis denomina los "arquetipos",
es decir, «los fenómenos naturales de ahora y de siempre, las
constantes de la naturaleza y del hombre vividas desde un nivel
primordial de la conciencia que quedó acuñado para siempre en épocas
remotas, modelado por anhelos y terrores ancestrales»3.
Los personajes de Machen dedican todo su saber secreto y terrible a
la búsqueda de las fuerzas ocultas que alguna vez gobernaron el
mundo y que hoy permanecen olvidadas para la mayoría de los
mortales. Sus héroes son seres extraños a los ojos de la sociedad y
cumplen de forma irremediable la misión que parece habérseles
encomendado: el conocimiento de estas divinidades antiguas, de estas
fuerzas espantosas y secretas para las que no existe ningún nombre
capaz de designarlas y bajo las cuales las almas de los hombres se
marchitan, mueren y ennegrecen, como dice un personaje de El gran
dios Pan (1894), obra maestra del autor, que se centra en un
terrible y singular experimento y sus consecuencias, y donde
encontramos una frase que describe de manera formidable el terror
que sus narraciones pueden llegar a provocar. Uno de los personajes
hace la siguiente reflexión: «Es demasiado increíble, demasiado
monstruoso; tales cosas no pueden existir en este mundo pacífico...
Porque, mire usted, si tal cosa fuese posible, nuestra tierra sería
una pesadilla».
Al igual que Machen, Algernon Blackwood
(1869-1951) pretendió ir un poco más allá del relato de fantasmas
tradicional, y, para ello, elige la naturaleza como medio para
apelar a los terrores del alma. Sus obras se desarrollan en
solitarios parajes, tanto campestres como urbanos, pero siempre
aislados, que nos sobrecogen por su grandiosidad y misterio. Sus
personajes buscan, con cierta nostalgia, lo que podríamos llamar el
paraíso perdido, el estado natural y primitivo de la conciencia
humana cuando se sentía plenamente integrada en la naturaleza y
formando parte de ella.
Los cambios producidos por Machen y
Blackwood, entre otros escritores, confluyen en la obra, plenamente
enmarcada ya en el siglo XX, de H. P. Lovecraft, máximo exponente
del relato materialista de terror.
Howard Philips Lovecraft
Lovecraft, un hombre enfermizo y misántropo
de Nueva Inglaterra, marcaría una nueva revolución en la literatura
de terror. Por ese motivo y por su gran relevancia, exige que se le
dedique un apartado de forma íntegra para analizarlo con la
profundidad adecuada. Básicamente, tal y como mantiene en su estudio
teórico, consideraba que la literatura fantástica tiene como
fundamento el miedo a lo desconocido, elemento que utilizó
abundantemente en su obra y que podemos afirmar como su leit
motiv.
Una de las grandes aportaciones de
Lovecraft fue el pequeño mundo creado por y para sus cuentos. El
autor creó una mitología, una geografía y una cultura completamente
propias:
-Lovecraft imaginó su propia mitología, que
detallaremos más adelante, con un panteón regido por criaturas
ciclópeas sumidas en una muerte-sueño milenaria, esperando volver a
este mundo cuando algún hombre recite las invocaciones arcanas.
Estos dioses son seres más poderosos que el hombre y de una
dimensión diferente. Criaturas amenazadoras, enemigos de la raza
humana, que pretenden aniquilar a los seres humanos y dominar el
planeta. Los dioses de Lovecraft simbolizan arquetipos poderosos que
pueblan el inconsciente colectivo de la humanidad y yacen reprimidos
en una enorme ciudad sumergida situada en mitad del Pacífico,
esperando la oportunidad para avasallar la conciencia y dominar
nuestros actos.
-Creó también una serie de localidades de
Nueva Inglaterra en las que localizar sus cuentos. Son claros
ejemplos las ciudades imaginarias de Arkham, Dunwich, Innsmouth y la
Universidad de Miskatonic, centro del estudio y del culto a los
Primigenios. Estos lugares donde tiende a ocurrir lo sobrenatural, a
pesar de no existir en la realidad, no dejan de ser realistas pues
no presentan ningún aspecto fuera de lo normal.
-También creó una cultura bibliográfica
verosímil, la cual sustentaba sus mitos y era citada en varias de
sus obras. El famoso Libro de Al Azif o Necronomicón,
escrito por el árabe loco Abdul al Hazred, es el punto de contacto
entre el mundo arcano y el real.
Destaca "El horror de Dunwich" como modelo
de su obra fantástica, ya que en este relato encontramos elementos
propios de este género: el contacto con la otra dimensión, las
criaturas que la habitan y el Necronomicón como la llave
entre nuestro mundo y el otro. Por otra parte, la ciencia y sus
limitaciones suelen estar presentes en la literatura fantástica en
el enfrentamiento con el fenómeno sobrenatural, en la piel de
profesores o científicos que tratan de resolver las incertidumbres
de lo fantástico. Un ejemplo de esto lo tenemos en ese mismo cuento,
en el que un profesor de la Universidad de Miskatonic define un
monstruo como "una imposibilidad en un mundo normal".
Teogonía de los dioses Lovecraftianos
Lovecraft llegó a crear un verdadero
panteón de Dioses, comparable casi a las mitologías tradicionales de
las culturas humanas o a la creada por Tolkien para su Tierra Media.
Pero, a pesar que Lovecraft fue el creador de la nueva religión, él
nunca intentó sistematizar los mitos como lo hiciera Hesíodo con los
mitos griegos. Solo dejó clara la base sobre la cual se inventarían
las más terribles historias. Esta idea central era que antes de que
apareciera el hombre, la Tierra había tenido otros amos. El
verdadero sistematizador de los mitos fue sobre todo August Derleth.
Él fue el creador de lo benignos Dioses arquetípicos y del sello
sagrado de estos: una piedra en forma de estrella de cinco puntas
que es el talismán más eficaz contra los Primordiales. Pero Derleth
intentó sistematizarlos mediante sus propios relatos mientras que
Lin Carter4,
erudito, teólogo, y bibliógrafo de la relación Lovecraftiana, resume
los mitos de la manera siguiente:
«Estudiando las divinidades y los demonios
que aparecen en los mitos de Cthulu se induce que la tesis de
Lovecraft, la fuente misma de los mitos, es que, en épocas
geológicas muy remotas nuestro mundo fue habitado y gobernado por
grupos de dioses diabólicos y de divinidades benévolas mucho antes
de que apareciese el hombre en la Tierra, ésta era compartida por
los primigenios y la Gran Raza de Yith, quienes cayeron en discordia
y se alzaron contra sus propios creadores, es decir, contra los
misteriosos Dioses Arquetípicos, primeros pobladores de los espacios
estelares. La Gran Raza, constituida por seres espirituales e
inmateriales que parasitaban cuerpos ajenos, abandonó las zonas
terráqueas por ella dominadas y huyó a través del tiempo hasta el
siglo CC, en el que se apoderaron de los cuerpos de una raza de
escarabajos que sucederá al hombre, en esa época remota, como forma
de vida dominante en el planeta. Los Primigenios, sin rival ya,
quisieron dominar el mundo y en combate con los Dioses Arquetípicos
que moraban en Betelgeuse, les robaron ciertos talismanes y sellos y
determinadas tablillas de piedra cubiertas de jeroglíficos, que
ocultaron en un planeta próximo a la estrella Celaeno.
«Los Dioses Arquetípicos castigaron esta
inoportuna e impropia rebelión. Aunque los Primigenios, bajo la
orden de Azathoth, combatieron largamente, por último fueron
vencidos y expulsados o apresados. Hastur el Inefable fue exiliado
al lago de Hali, cerca de Carcosa, en las Híadas próximas a
Aldebarán; el Gran Cthulhu fue mantenido en un letargo mágico,
similar a la muerte, en la cósmica ciudad sumergida de R'lyeh,
situada no lejos de Ponapé, en el Pacífico; Ithaqua, El Que Camina
En el Viento fue desterrado a los helados desiertos árticos, de los
que un sello poderoso le impide escapar. Yog-Sothoth fue expulsado
de nuestro continuo espacio-tiempo y fue lanzado al Caos junto con
Azathoth, a quien, además por haber sido el cabecilla de la
rebelión, los Dioses Arquetípicos privaron de inteligencia y de
voluntad. Tsathoggua fue arrojado a una caverna situada bajo el
Monte Voormithadreth en Hyperbórea, junto con algunos dioses menores
como Abhoth y Atlach-Nacha. Cthugha fue exiliado en la estrella
Fomalhaut. Ghatanothoa, el Dios-Demonio, fue sellado en las criptas
que se extienden bajo una arcaica fortaleza construida por los
crustáceos de Yuggoth en la cima del Monte Yadith-Gho, que domina la
primitiva ciudad de Mu. Muchos dioses menores fueron obligados a
refugiarse en el negro castillo de ónice que corona la ciudad de
Kadath, situada en el Desierto de Hielo, en la zona en que el mundo
de los sueños penetra en nuestra Tierra. De los Primigenios Mayores,
solo Nyarlathotep parece haber evitado tanto prisión como exilio.
«Pero, antes de ser derrotados en la
primera de las guerras, los Primigenios Mayores habían engendrado
una multitud de sicarios infernales que desde entonces se esforzaran
por liberarlos de nuevo; sin embargo, ni siquiera los Profundos de
R'lyeh, seres marítimos y anfibios, pueden levantar ni tocar el
Signo Arquetípico, poderoso Sello de estos Dioses, que mantiene a
Cthulhu dormido en la muerte. Y, aunque en la página 751 de la
edición completa del Necronomicón figura el famoso Noveno
Verso que, debidamente entonado, devolverá la libertad a Yog-Sothoth
y dará origen a su retorno anunciado por los profetas, ninguno de
sus adoradores humanos o inhumanos ha conseguido hasta la fecha
liberarlo. En ocasiones alguien ha conseguido levantar el Sello
Arquetípico, pero siempre ha sido vuelto a colocar en su sitio, bien
por intervención directa de los propios Dioses, bien de sus muchos
servidores humanos. Sin embargo, Al Hazred ha profetizado que, por
fin, los Primigenios serán liberados y regresarán. Debemos suponer,
pues, que, en algún futuro incierto, volverán a disputar una vez más
el Universo a los Dioses Arquetípicos.»
La bibliografía de Lovecraft. El
Necronomicón
La mitología lovecraftiana no solamente es
rica en dioses y lugares sagrados en los cuales ocurrieron hechos
trascendentales sino que también posee multitud de libros proscritos
y profanos que no deberían ser leídos. Al parecer, en ellos se alude
veladamente, bajo parábolas y símbolos y a menudo en forma
fragmentaria, a oscuros arcanos que sólo los adeptos saben
interpretar.
Algunos de dichos libros tienen existencia
real, como el The saurus Chemicus de Bacon, la Turba
Philosophorum, The Witch-Cult in Western Europe de Murray, De
Masticatione Mortuorum in tumulis de Raufft, el Libro de
Dzyan, la Ars Magna et Ultima de Llull, el Libro de
Thoth, el Zohar, la Cryptomensis Patefacta de
Falconer o la Polygraphia de Trithemius. Estos libros se
citan sobre todo por sus nombres rimbombantes y misteriosos, pero,
naturalmente, tienen en realidad muy poco o nada que ver con los
Mitos. De los demás, sin embargo, la mayoría es puramente inventada
y tratan directamente de los Mitos entre otros temas esotéricos.
Entre ellos, los principales son el Libro de Eibon, El
texto R’lyeh, los Fragmentos de Celaeno, los Cultes
des Goules del conde d’Erlette, De Vermis Mysteriis de
Ludvig Prinn, las Arcillas de Eltdown, el People of the
Monolith de Justin Geoffrey, los Manuscritos Pnakóticos,
los Siete libros Crípticos de Hsan, los Unaussprechlichen
Kulten de Von Junzt y, sobre todo, el Necronomicón de
Abdul Al Hazred. Libro este que fue descrito con tal lujo de
detalles que mucha gente llegó a creer en su existencia real. De
hecho, Derleth relata en un divertido artículo cómo, al principio,
algunos lectores engañados empezaron a insertar anuncios,
solicitándolo, en las revistas más serias y respetables. Luego, ya
como broma, ya como estafa, el Necronomicón comenzó a
aparecer en la sección de ofertas de la prensa y, por fin, hasta en
los catálogos de los libreros de viejo. Derleth cita el siguiente
anuncio, aparecido en 1962 en el Antiquarian Bookman: «Al
Hazred, Abdul. Necronomicón, España, 1647. Encuadernado en
piel algo arañada descolorida, por lo demás buen estado.
Numerosísimos grabaditos madera signos y símbolos místicos. Parece
tratado (en latín) de Magia Ceremonial. Ex libris. Sello en guardas
indica procede de Biblioteca Universidad Miskatonic. Mejor postor.»
Asimismo, el libro ha sido a menudo solicitado en las bibliotecas
públicas y, lo que es más gracioso, incluso ha aparecido en los
propios ficheros de éstas. En 1960 se descubrió, en el archivo de la
Biblioteca General de la Universidad de California, una ficha,
elaborada sin duda por un estudiante, que detallaba las
características editoriales del Necronomicón, situándolo en
la selección restringida de la sección de religiones primitivas.
Bibliografía
- Lovecraft, Howard Philips: El horror
en la literatura, Editorial Alianza. Madrid, 2002.
- Varios autores: Los mitos de Cthulhu,
Editorial Alianza. Madrid, 1978.
- Varios autores: Relatos fantásticos,
Editorial Vicens Vives. Barcelona, 1999.
Lecturas recomendadas (además de la
bibliografía anteriormente citada)
- Hoffmann, Ernst Theodor Amadeus:
Cuentos II, Editorial Alianza. Madrid, 1986.
- James, Montague Rhodes: Cuentos de
fantasmas, Editorial Siruela. Madrid, 1988.
- Lovecraft, Howard Philips: En la
cripta, Editorial Alianza. Madrid, 2001.
- Lovecraft, Howard Philips: El clérigo
malvado y otros relatos, Editorial Alianza. Madrid, 2001.
- Poe, Edgar Allan: Cuentos,
Editorial Planeta. Barcelona, 1983.
- Scott, Walter: La habitación tapizada
y otros relatos, Editorial Valdemar. Madrid, 2002.
- Varios autores: Cuentos fantásticos
del siglo XIX, Editorial Siruela. Madrid, 1988.
- Varios autores: El libro de los
vampiros, Editorial Fontamara. Barcelona, 1982.
- Varios autores: Los mejores relatos
de terror, Editorial Alfaguara. Madrid, 1998.
FIN |