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En voz baja se dice por toda Europa que los ingleses son
locos y fanáticos; locos porque inoculan a sus hijos la
viruela para evitar que contraigan esta enfermedad; fanáticos
porque, para prevenir un mal incierto, provocan, tranquila-
mente, una enfermedad segura y terrible. Los ingleses, por su
parte, dicen: «Los otros europeos son cobardes y
desnaturalizados; cobardes, porque temen hacer sufrir un poco
a sus hijos; desnaturalizados, porque los exponen a que mueran
un día de viruela». Para juzgar las razones de esa disputa
narraré la historia de esa famosa inoculación, de la que con
tanto temor se habla fuera de Europa.
Las mujeres de Circasia tienen la costumbre, desde tiempo
inmemorial, de provocar la viruela a sus hijos, a partir de
los seis meses de edad, haciéndoles una incisión en el brazo e
inoculando en ella una póstula que ha sido previamente
extraída con cuidado del cuerpo de otro niño. Esta póstula
produce en el brazo donde se inocula el mismo efecto que la
levadura en un trozo de masa: fermenta y extiende por toda la
sangre las cualidades que posee. Los granos de los niños que
sufren esa viruela artificial sirven para provocar la
enfermedad en otros. Este proceso se renueva constantemente en
Circasia; cuando no hay viruela en el país hay tanta
preocupación como en otros lugares la habría por un mal año.
Lo que ha introducido esta costumbre en Circasia, que
parece tan extraña en otros pueblos, tiene, sin embargo, una
causa común a todos los pueblos: la ternura materna y el
interés.
Los circasianos son pobres y sus hijas hermosas; por ello
es natural que comercien con ellas. Abastecen de bellezas los
harenes del Gran Señor, del sofí de Persia y de los que son lo
suficientemente ricos como para mantener una mercancía tan
preciosa. Educan a sus hijas con gran esmero para el placer de
los hombres; les enseñan danzas lánguidas y lascivas y los más
voluptuosos artificios para despertar el deseo de los
desdeñosos amos a que las destinan.
Las pobres criaturas repiten todos los días su lección con
su madre, como nuestros niños repiten su catecismo, sin
comprender nada.
Con frecuencia, después de tantos desvelos en la educación
de sus hijas, los circasianos veían disiparse sus esperanzas.
La viruela invadía una familia y una hija moría, otra perdía
un ojo, una tercera quedaba con la nariz deformada; las pobres
gentes aquellas quedaban arruinadas sin remisión. Cuando la
viruela se convertía en epidémica, el comercio quedaba
interrumpido por varios años, lo que suponía una disminución
notable de los harenes de Persia y Turquía.
Una nación dedicada al comercio está siempre alerta por sus
intereses y no descuida conocimiento alguno que pueda ser útil
para su negocio. Los circasianos comprobaron que una persona
entre mil era atacada dos veces por la viruela, que las
personas podían ser atacadas tres o cuatro veces por una
pequeña viruela, pero sólo una vez por una que sea
decididamente peligrosa. En una palabra, que se trataba de una
enfermedad que atacaba sólo una vez en la vida. Descubrieron
también que cuando la viruela es benigna y la piel del
paciente fina y delicada, la erupción no deja marcas en el
rostro. De estas observaciones naturales concluyeron que si
una criatura de seis meses o un año tenía una viruela benigna,
no moría, no le quedaban marcas en el rostro y no correría el
riesgo de contraer la enfermedad en el resto de los días.
Por tanto, para preservar la vida y la belleza de los niños
había que provocar la enfermedad en edad muy temprana; eso fue
lo que hicieron, inoculando en el cuerpo de las criaturas una
pústula extraída del cuerpo de una persona atacada por una
viruela claramente declarada, pero benigna. La experiencia fue
un éxito. Los turcos, gente cuerda, adoptaron enseguida esta
costumbre, y hoy no hay ningún bajá en Constantinopla que no
le provoque la viruela a sus hijos en la más tierna infancia.
Según algunos, los circasianos adoptaron esta costumbre de
los árabes. Dejemos para algún sabio benedictino la
dilucidación de ese punto histórico; seguramente escribirá
varios volúmenes en infolio con las pruebas. Lo que yo puedo
decir sobre el asunto es que en los principios del reinado de
Jorge I la señora Worley-Montagu, una de las damas más
espirituales de Inglaterra, cuando estuvo con su marido en la
Embajada de Constantinopla, no tuvo el menor inconveniente en
hacer inocular a su hijo, nacido en ese país, la viruela.
Aunque su capellán trató de convencerla de lo contrario,
diciéndole que el experimento no era cristiano y sólo podía
dar resultado con infieles, el niño de la señora Wortley no
sufrió ninguna molestia. Cuando regresó a Londres comunicó a
la princesa de Gales, actualmente reina, su experiencia. Hay
que confesar que la princesa, dejando aparte sus títulos y
coronas, ha nacido para proteger a todas las artes y para
hacer el bien a los hombres; es como un amable filósofo
coronado; nunca ha perdido ocasión de aprender y de mostrar su
generosidad. Cuando oyó decir que una hija de Milton vivía
todavía y se encontraba en la mayor miseria, le envió
inmediatamente un importante regalo. Es ella quien ha
protegido al pobre padre Corayer y quien hizo de intermediaria
entre el doctor Clarke y Leibnitz. Nada más oír hablar de la
inoculación de la viruela ordenó que se hiciera una prueba con
cuatro condenados a muerte, a los cuales salvó la vida
doblemente, por un lado librándoles del cadalso, y por otro,
gracias a la viruela artificial, salvándoles del peligro de
contraer alguna vez la verdadera.
La princesa, asegurada del éxito de la prueba, hizo
inocular a sus hijos. Todo Inglaterra siguió su ejemplo y
desde entonces, por lo menos diez mil niños deben la vida y
otras tantas niñas la belleza, a la reina ya la señora Wortley-Montagu.
En el mundo, sesenta personas sobre cien contraen la
viruela; de esas sesenta, diez mueren en lo mejor de la vida y
otras diez quedan terriblemente marcadas. Por tanto, una
quinta parte de los seres humanos mueren o quedan marcados por
esta enfermedad. De los que han sido inoculados, tanto en
Turquía como en Inglaterra, ninguno muere, a menos que sea
enfermizo o esté condenado a muerte. Si la inoculación se hace
debidamente, nadie queda con marcas ni nadie es atacado por
segunda vez por la enfermedad. Si alguna embajadora francesa
hubiera traído de Constantinopla ese secreto a París, hubiera
hecho un gran servicio a la nación; el duque de Villequier,
padre del actual duque de Aumont, el hombre con más salud y
con mejor constitución de Francia, no hubiera muerto en la
flor de la edad; el príncipe de Soubise, que tenía una
espléndida salud, no hubiera fallecido a los veinticinco años;
Monseñor, el abuelo de Luis XV, no hubiera sido enterrado a
los cincuenta; veinte mil personas muertas en París en una
epidemia de 1723 vivirían aún. ¿ y entonces? ¿Es que, acaso,
los franceses no aman la vida? ¿Es que las mujeres no se
preocupan por su belleza? En verdad somos una gente extraña.
Probablemente dentro de diez años, si curas y médicos no se
oponen a ello, adoptaremos las costumbres inglesas; o bien,
dentro de tres meses se empezará a inocular por capricho,
cuando los ingleses hayan dejado de hacerlo por inconstancia.
He sabido que desde hace cien años los chinos practican
esta costumbre; es gran prejuicio el ejemplo dado por una
nación que pasa por ser la más sensata y la dotada con mejor
policía del mundo. Ciertamente, los chinos proceden de una
manera distinta; no se hacen una incisión, sino que se
inoculan la viruela por la nariz, como si fuera tabaco en
polvo. Es un modo más agradable, pero igual a fin de cuentas,
y de la misma manera demuestra que si la inoculación se
hubiera practicado en Francia, se habrían salvado millares de
vidas.
FIN
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