|
La religión anglicana se practica sólo en Inglaterra e
Irlanda. El presbiterianismo es la religión dominante en
Escocia. Este presbiterianismo no es otra cosa que el
calvinismo puro, tal como fuera establecido en Francia y tal
como subsiste en Ginebra. Como los sacerdotes de esta secta
reciben de sus iglesias sueldos muy mediocres, no pueden vivir
con tanto lujo como los obispos, por lo cual han tomado
partido de predicar contra los honores que no pueden alcanzar.
Figuraos al orgulloso Diógenes pisoteando el orgullo de
Platón; los presbiterianos de Escocia se parecen a ese
altanero y miserable razonador. Trataron a Carlos II con menos
miramientos que Diógenes había tratado a Alejandro. Cuando
tomaron las armas a favor de él, contra Cromwell, que les
había engañado, hicieron escuchar a aquel pobre rey cuatro
sermones diarios, le prohibieron el juego y le impusieron
penitencias; Carlos se cansó enseguida de ser rey de aquellos
pedantes y se les escapó de las manos como un escolar se
escapa del colegio.
Frente a un joven y vivaz bachiller francés, que vocifera
por las mañanas en las escuelas de teología y por las noches
canta en compañía de damas, un teólogo anglicano es un Catón;
pero ese Catón parece un cortesano comparado con un
presbiteriano de Escocia. Este adopta maneras circunspectas y
severo talante, porta un gran sombrero, un largo sobre- todo
sobre una chaqueta corta, predica nasal mente y llama
«Prostituta de Babilonia» a todas las iglesias cuyos
eclesiásticos reciben cincuenta mil libras de renta y cuyos
fieles son tan excelentes que los llaman Monseñor, Vuestra
Grandeza, Vuestra Eminencia.
Estos caballeros, que también tienen algunas iglesias en
Inglaterra, han puesto de moda en el país los aires graves y
severos. A ellos se debe la santificación del domingo en los
tres reinos; ese día está prohibido trabajar y divertirse, lo
que es mucho más severo que lo que ordena la Iglesia Católica;
nada de ópera, nada de comedia, nada de conciertos en Londres
ese día; el juego de cartas también está expresamente
prohibido, de manera que sólo las personas respetables y las
llamadas personas honradas juegan ese día; el resto del pueblo
se va a escuchar sermones, a la taberna ya las casas de las
mujeres alegres.
A pesar de que las sectas episcopal y presbiteriana son las
predominantes en Inglaterra, todas las otras son bien
recibidas y viven en bastante buena armonía, mientras que la
mayoría de los respectivos predicadores se detestan
recíprocamente, casi tan cordialmente como un jansenista
condena a un jesuita.
Entrad en la Bolsa de Londres, ese lugar más respetable que
otros sitios donde se recitan cursos; veréis allí reunidos,
para bien de los hombres, a representantes de todas las
naciones. Allí el judío, el mahometano y el cristiano se
tratan como si pertenecieran a la misma religión, y no dan el
nombre de infieles más que a los que quiebran; allí un
presbiteriano confía en un anabaptista, y un anglicano confía
en la palabra de un cuáquero. Al salir de esas pacíficas y
libres asambleas unos van a la sinagoga, otros a beber; uno le
hace cortar el prepucio a su hijo mientras se musitan palabras
en hebreo que él no entiende; aquellos se van a su iglesia a
esperar, con el sombrero puesto, la inspiración divina, y
todos están tan contentos.
Si en Inglaterra no hubiera más que una religión, se podría
temer el despotismo; si hubiera dos, las gentes se degollarían
mutuamente, pero hay treinta y todos viven en paz y dichosos.
FIN
|