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Este es el país de las sectas. Un inglés, como hombre
libre, va al cielo por el camino que más le gusta.
Sin embargo, pese a que cada cual puede servir a Dios a su
manera, la verdadera religión, aquella en la que uno puede
hacer fortuna, es la secta de los episcopalianos, llamada
Iglesia Anglicana, o Iglesia por excelencia. En Inglaterra o
en Irlanda no es posible conseguir un empleo sin ser un fiel
anglicano. Esta razón, que es muy convincente, ha con- vertido
a tantos no-conformistas, que hoy tan sólo la vigésima parte
de la población no pertenece a la Iglesia dominante.
El clero anglicano ha mantenido muchas ceremonias
católicas, y en especial la de cobrar diezmos con cuidado muy
escrupuloso. Los sacerdotes anglicanos poseen la piadosa
ambición de ser los amos.
Además, fomentan entre sus ovejas un santo celo contra los
no-conformistas. Este celo fue particularmente vivo durante el
gobierno de los «tories», en los últimos años de la reina Ana;
pero sus efectos no iban más allá de, en ocasiones, romper los
cristales de las capillas heréticas. Las guerras civiles han
terminado en Inglaterra con la furia de las sectas y en el
reinado de la reina Ana se escuchaban sólo los sordos ruidos
de un mar todavía agitado mucho tiempo después de la tormenta.
Cuando los «whigs» y los «tories» desgarraron su país, como
anteriormente güelfos y gibelinos habían desgarrado Italia,
fue necesario que la religión entrara en los partidos. Los «tories»
eran partidarios del episcopado; los «whigs» querían abolirlo,
pero cuando fueron los dueños de la situación se contentaron
con quitarle importancia.
Cuando el conde Harles, de Oxford, y Lord Bolingbrobe
bebían a la salud de los «tories», la iglesia anglicana los
veía como los defensores de sus santos privilegios. La
asamblea del bajo clero, que es una especie de Cámara de los
Comunes formada por eclesiásticos, gozaba entonces de cierto
prestigio; tenía, por tanto, libertad para reunirse y ordenar
que- mar de vez en cuando algunos libros impíos, es decir, los
escritos en contra suya. El gobierno, que actualmente es «whig»,
ni siquiera permite a esos caballeros tener sus asambleas;
están reducidos en la oscuridad de sus parroquias a la triste
función de rezar por el gobierno, al cual si pudieran
ocasionarían gustosamente problemas. En cuanto a los obispos,
veintiséis en total, continúan teniendo asiento en la Cámara
alta a pesar de los «whigs», pues todavía persiste el viejo
abuso de considerarlos barones, pero no tienen en ella más
poder que los duques y pares en el Parlamento de París. Hay
una cláusula en el juramento que se presta al Estado que pone
a prueba la cristiana paciencia de estos caballeros.
Se promete pertenecer a la Iglesia, tal como la establece
la ley. No hay un solo obispo, deán o arzobispo que no crea
serlo por derecho divino; por tanto, es una gran mortificación
para ellos encontrarse en la obligación de confesar que es una
miserable ley hecha por profanos laicos la que les otorga el
poder que poseen. Un religioso (el padre Courayer) ha escrito
hace poco un libro para probar la validez y la sucesión de las
ordenaciones anglicanas. Esta obra ha sido prohibida en
Francia; pero ¿creéis acaso que ha gustado al gobierno de
Inglaterra? De ninguna manera. A estos malditos «whigs» les
preocupa muy poco haber interrumpido o no la sucesión
episcopal y que el obispo Parker haya sido consagrado en una
taberna, según se dice, o en una iglesia. Ellos prefieren que
los obispos deban su autoridad al Parlamento y no a los
apóstoles. Lord B. dice que esa idea del derecho divino
servirá solamente para formar tiranos de esclavina y roquete,
mientras que la ley hace ciudadanos.
En cuanto a las costumbres, el clero anglicano es más
morigerado que el de Francia, y he aquí la causa: todos los
eclesiásticos se ordenan en las universidades de Oxford o
Cambridge, lejos dela corrupción de la capital; son llamados a
las dignidades de la Iglesia a edad avanzada, cuando los
hombres no tienen más pasión que la avaricia, cuando su
ambición carece de alimento, Los empleos son aquí la
recompensa de grandes servicios prestados a la Iglesia o al
ejército. Aquí no se ven obispos jóvenes ni coroneles recién
salidos de los colegios. Además, casi todos los sacerdotes
están casados; la poca gracia adquirida en la universidad y el
escaso trato con las mujeres hacen que generalmente un obispo
deba conformarse con su propia mujer. Los sacerdotes van a
veces a la taberna y si se emborrachan lo hacen seriamente,
sin escándalos. Ese ser indefinible, que no es eclesiástico ni
seglar, en una palabra, lo que llamamos abate, es una especie
desconocida en Inglaterra; aquí casi todos los eclesiásticos
son reservados y casi todos pedantes. Cuando se enteran que en
Francia jóvenes conocidos por su liviandad y elevados a la
prelacía por intrigas de mujeres hacen públicamente el amor,
se dedican a componer canciones galantes, ofrecen diariamente
cenas largas y delicadas, y después van a implorar las luces
del Espíritu Santo, y con todo tienen el valor de llamarse
sucesores de los apóstoles, dan gracias a Dios de ser
protestantes. Pero se trata de villanos heréticos, dignos de
ser quemados en los infiernos, como dice el señor François
Rabelais, motivo por el cual no me mezclaré en sus asuntos.
FIN
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