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Pensé que la doctrina y la historia de un pueblo tan
extraordinario merecían despertar la curiosidad de un hombre
razonable. Para instruirme me fui a ver a uno de los cuáqueros
más célebres de Inglaterra, el cual, tras estar dedicado
treinta años al comercio, había sabido poner un límite a su
fortuna y a sus deseos, retirándose al campo en las cercanías
de Londres.
Lo encontré en su retiro; una casa pequeña pero bien
construida, limpia y sin adornos inútiles. El cuáquero era un
hermoso anciano, que nunca había estado enfermo, porque no
sabía lo que eran las pasiones ni la intemperancia; jamás he
conocido a nadie con aspecto más noble y simpático que el
suyo. Al igual que sus demás compañeros de religión, utilizaba
un traje sin pliegues a los costados, ni botones en los
bolsillos o en las mangas, y llevaba sobre su cabeza un
sombrero grande con las alas vueltas hacia arriba, semejante a
los usados por nuestros eclesiásticos.
Me recibió sin quitarse el sombrero, adelantándose hacia mí
sin hacer ni la más leve inclinación hacia el suelo; sin
embargo, la expresión abierta y humana de su semblante
denotaba más cortesía que la costumbre de echar un pie hacia
atrás y coger con la mano lo que está hecho para cubrir la
cabeza.
-Amigo -me dijo-, observo que eres extranjero. Si puedo
serte útil no tienes más que hablar.
-Señor -le respondí haciendo una reverencia y echando un
pie hacia atrás, según nuestra costumbre-, espero que mi
justificada curiosidad no os causará molestia y querréis
hacerme el honor de instruirme en vuestra religión.
-Las gentes de tu país -me contestó- hacen demasiadas
reverencias y cumplidos, pero nunca encontré a ningún
compatriota tuyo que se interesara en lo mismo que tú. Entra y
comencemos por comer juntos.
Le hice algunos cumplidos, pues no es fácil olvidar de
pronto nuestros hábitos y, tras una comida sana y frugal que
empezó y terminó con una oración a Dios, me puse a interrogar
a mi hombre.
-Mi querido señor -le dije--, ¿estáis bautizado?
-No -me contestó el cuáquero-, y mis compañeros de religión
tampoco lo están.
-¿Cómo? Voto al cielo -repliqué yo-. ¿Entonces no sois
cristianos?
-Hijo mío -repuso en tono suave-, no jures. Nosotros somos
cristianos y nos esforzamos en ser buenos cristianos, pero no
creemos que el cristianismo consista en echar un poco de agua
con sal sobre la cabeza.
-Eh. Diablos -dije, ofendido por semejantes impiedades--.
¿Es que acaso habéis olvidado que Jesucristo fue bautizado por
Juan?
-Amigo, deja de jurar de una vez -dijo el piadoso
cuáquero-. Efectivamente, Juan bautizó a Cristo, pero éste no
bautizó a nadie. Nosotros somos discípulos de Cristo, no de
Juan.
- ¡Ay !-exclamé-, si hubiera Inquisición en este país, qué
pronto os quemarían, pobre hombre. Ruego a Dios que pueda yo
bautizaros y convertiros en un verdadero cristiano.
-Si ello fuera preciso para condescender con tus
debilidades, lo haríamos con gusto -agregó en tono grave-. No
condenamos a nadie porque practique la ceremonia del bautismo,
pero pensamos que los que profesan una religión verdaderamente
sana y espiritual deben abstenerse, en lo que les sea posible,
de realizar prácticas judaicas.
-Es lo que me faltaba por escuchar. ¿Qué ceremonias
judaicas? -exclamé.
-Sí, hijo mío -continuó diciendo-, y tan judaicas que
muchos judíos todavía hoy en día practican en ocasiones el
bautismo de Juan. Consulta la historia antigua y verás que en
ella se dice que Juan no hizo más que renovar una costumbre
que mucho tiempo antes de que él naciera era practicada por
los judíos, de la misma forma que la peregrinación a La Meca
lo era por los ismaelitas. Pero circuncisión y ablución son
abolidas por el bautismo de Cristo, ese bautismo espiritual,
esa ablución del alma que salva a los hombres. Ya lo decía
Juan, el precursor: «Yo os bautizo en verdad con agua, pero
otro vendrá después de mí, más poderoso que yo, del que no soy
digno de descalzarle las sandalias. Él os bautizará con el
fuego y con el Espíritu Santo». Y el gran apóstol de los
gentiles, Pablo, escribió a los corintios: «Cristo no me ha
enviado para bautizar, sino para predicar el Evangelio». Pablo
bautizó con el agua a tan sólo dos personas y muy a su pesar
circuncidó a su discípulo Timoteo. Los demás apóstoles también
circuncidaron a todos aquellos que lo deseaban. ¿Tú estás
circuncidado?
Le respondí que no tenía ese honor .
-Y bien, amigo mío; de este modo tú eres cristiano sin
estar circuncidado y yo lo soy sin haber sido bautizado.
De esta manera aquel buen hombre aprovechaba astutamente
tres o cuatro pasajes de las Sagradas Escrituras que parecían
dar la razón a su secta; pero con la mejor fe del mundo se
olvidaba de un centenar de pasajes que se la quitaban. No me
tomé el trabajo de rebatir sus argumentos. Nada se puede hacer
con los entusiastas. Jamás hay que hablarle a un hombre de los
defectos de su amante, ni a uno que litiga los defectos de su
causa, ni dar razones a un iluminado. De manera que me puse a
hablar de otras cuestiones.
-En lo que se refiere a la comunión -le pregunté-, ¿de qué
modo la practicáis? -No la practicamos -dijo él. -¿Qué? ¿No
comulgáis?
-No, tan sólo practicamos la comunión de los corazones.
Volvió a citarme las escrituras. Me colocó un hermoso sermón
contra la comunión y, en tono inspirado, me habló para
probarme que todos los sacramentos eran invenciones humanas y
que la palabra sacramento no figuraba en ningún lugar del
Evangelio.
-Perdona --dijo-- que en mi ignorancia no haya podido darte
ni la centésima parte de las pruebas de mi religión, pero de
todas formas puedes encontrarlas en la exposición que de
nuestra fe hace Robert Barclay; es uno de los mejores libros
que hayan sido escritos por el hombre. Nuestros enemigos dicen
de él que es muy peligroso, lo cual prueba que es verdadero.
Le prometí leer el libro, con lo cual el cuáquero creyó que
me había convertido.
Luego, con unas pocas palabras, me explicó la razón de
algunas singularidades de su secta, que la exponen al
desprecio ajeno.
-Confiesa -me dijo- que tuviste que hacer un gran esfuerzo
para no echarte a reír cuando respondí a tus cumplidos con el
sombrero puesto y tuteándote. Sin embargo, creo que eres lo
bastante instruido Como para saber que en los tiempos de
Cristo ningún pueblo cometía la ridiculez de reemplazar el
singular por el plural. A César Augusto se le decía; te amo,
te ruego, te agradezco. Ni siquiera toleraba que se le dijese
señor, dominus. Sólo después de mucho tiempo los hombres se
hicieron llamar vos en lugar de tú, como si fueran dobles, y
usurparon los impertinentes títulos de Grandeza, Eminencia,
Santidad, que son los mismos títulos que los gusanos de tierra
dan a otros gusanos de tierra, asegurándoles, con profundo
respeto e insigne falsedad, que son sus más humildes y
obedientes servido- res. Para ponernos en guardia contra ese
indigno comercio de adulaciones y mentiras tuteamos tanto a
los reyes como a los zapateros remendones y no saludamos a
nadie, sin- tiendo por los hombres caridad, y respeto tan sólo
por las leyes.
Usamos un traje diferente al del resto de los hombres para
que ello nos recuerde continuamente que no debemos parecernos
a ellos. Los demás llevan las insignias de sus dignidades;
nosotros, las de la humildad cristiana. Huimos de las fiestas
mundanas, de los espectáculos, del juego, por- que creemos que
seríamos dignos de lástima si llenáramos con trivialidades
semejantes unos corazones que están reservados a Dios. No
juramos nunca, ni siquiera delante de la justicia. Pensamos
que el nombre del Altísimo no debe prostituirse mezclándolo
con las miserables querellas de los hombres. Cuando debemos
comparecer ante los magistrados por asuntos que conciernen a
otros (pues nosotros nunca nos metemos en procesos), decimos
la verdad únicamente, un sí o un no, mientras que muchos
cristianos cometen perjurio sobre los Evangelios. No vamos
nunca a la guerra, no porque temamos a la muerte, ya que, al
contrario, bendecimos el momento que nos une al Señor de los
seres, sino porque no somos ni lobos, ni tigres, ni dogos,
sino hombres cristianos. Nuestro Dios, que nos ha ordenado
amar a nuestros enemigos y sufrir en silencio, no quiere que
crucemos los mares para estrangular a nuestros hermanos tan
sólo porque unos verdugos vestidos de rojo, con gorros de dos
pies de altura, enrolan a los ciudadanos haciendo ruido con
dos palitos que golpean una piel de asno tirante. Cuando tras
una victoria de las armas Londres entera resplandece
iluminada; cuando, el cielo brilla con los fuegos de
artificio; cuando los aires resuenan con el ruido de las
acciones de gracias, de las campanas, de los órganos, de los
cañones, nosotros nos lamentamos en silencio por esas muertes
que causan el público regocijo.
FIN
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