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Capítulo 1
Por fin he regresado al cabo de quince días de
ausencia. Tres hace ya que nuestra gente está en Roulettenburg. Yo pensaba que
me estarían aguardando con impaciencia, pero me equivoqué. El general tenía un
aire muy despreocupado, me habló con altanería y me mandó a ver a su hermana.
Era evidente que habían conseguido dinero en alguna parte. Tuve incluso la
impresión de que al general le daba cierta vergüenza mirarme. Marya Filippovna
estaba atareadísima y me habló un poco por encima del hombro, pero tomó el
dinero, lo contó y escuchó todo mi informe. Esperaban a comer a Mezentzov, al
francesito y a no sé qué inglés. Como de costumbre, en cuanto había dinero
invitaban a comer, al estilo de Moscú. Polina Aleksandrovna me preguntó al verme
por qué había tardado tanto; y sin esperar respuesta salió para no sé dónde. Por
supuesto, lo hizo adrede. Menester es, sin embargo, que nos expliquemos. Hay
mucho que contar.
Me asignaron una habitación exigua en el cuarto piso
del hotel. Saben que formo parte del séquito del general. Todo hace pensar que
se las han arreglado para darse a conocer. Al general le tienen aquí todos por
un acaudalado magnate ruso. Aun antes de la comida me mandó, entre otros
encargos, a cambiar dos billetes de mil francos. Los cambié en la caja del
hotel. Ahora, durante ocho días por lo menos, nos tendrán por millonarios. Yo
quería sacar de paseo a Misha y Nadya, pero me avisaron desde la escalera que
fuera a ver al general, quien había tenido a bien enterarse de adónde iba a
llevarlos. No cabe duda de que este hombre no puede fijar sus ojos directamente
en los míos; él bien quisiera, pero le contesto siempre con una mirada tan
sostenida, es decir, tan irrespetuosa que parece azorarse. En tono altisonante,
amontonando una frase sobre otra y acabando por hacerse un lío, me dio a
entender que llevara a los niños de paseo al parque, más allá del Casino, pero
terminó por perder los estribos y añadió mordazmente: «Porque bien pudiera
ocurrir que los llevara usted al Casino, a la ruleta. Perdone -añadió-, pero sé
que es usted bastante frívolo y que quizá se sienta inclinado a jugar. En todo
caso, aunque no soy mentor suyo ni deseo serlo, tengo al menos derecho a esperar
que usted, por así decirlo, no me comprometa ... ».
-Pero si no tengo dinero -respondí con calma-. Para
perderlo hay que tenerlo.
-Lo tendrá enseguida -respondió el general
ruborizándose un tanto. Revolvió en su escritorio, consultó un cuaderno y de
ello resultó que me correspondían unos ciento veinte rublos.
-Al liquidar -añadió- hay que convertir los rublos en
táleros. Aquí tiene cien táleros en números redondos. Lo que falta no caerá en
olvido.
Tomé el dinero en silencio.
-Por favor, no se enoje por lo que le digo. Es usted
tan quisquilloso... Si le he hecho una observación ha sido por ponerle sobre
aviso, por así decirlo; a lo que por supuesto tengo algún derecho...
Cuando volvía a casa con los niños antes de la hora de
comer, vi pasar toda una cabalgata. Nuestra gente iba a visitar unas ruinas.
¡Dos calesas soberbias y magníficos caballos!
Mademoiselle Blanche iba en una de ellas con Marya
Filippovna y Polina; el francesito, el inglés y nuestro general iban a caballo.
Los transeúntes se paraban a mirar. Todo ello era de muy buen efecto, sólo que a
expensas del general. Calculé que con los cuatro mil francos que yo había traído
y con los que ellos, por lo visto, habían conseguido reunir, tenían ahora siete
u ocho mil, cantidad demasiado pequeña para mademoiselle Blanche.
Mademoiselle Blanche, a la que acompaña su madre,
reside también en el hotel. Por aquí anda también nuestro francesito. La
servidumbre le llama monsieur le comte y a mademoiselle Blanche madame la
comtesse. Es posible que, en efecto, sean comte y comtesse.
Yo bien sabía que monsieur le comte no me reconocería
cuando nos encontráramos a la mesa. Al general, por supuesto, no se le ocurriría
presentarnos o, por lo menos, presentarme a mí, puesto que monsieur le comte ha
estado en Rusia y sabe lo poquita cosa que es lo que ellos llaman un outchitel,
esto es, un tutor. Sin embargo, me conoce muy bien. Confieso que me presenté en
la comida sin haber sido invitado; el general, por lo visto, se olvidó de dar
instrucciones, porque de otro modo me hubiera mandado de seguro a comer a la
mesa redonda. Cuando llegué, pues, el general me miró con extrañeza. La buena de
Marya Filippovna me señaló un puesto a la mesa, pero el encuentro con mister
Astley salvó la situación y acabé formando parte del grupo, al menos en
apariencia.
Tropecé por primera vez con este inglés excéntrico en
Prusia, en un vagón en que estábamos sentados uno frente a otro cuando yo iba al
alcance de nuestra gente; más tarde volví a encontrarle cuando viajaba por
Francia y por último en Suiza dos veces en quince días; y he aquí que
inopinadamente topaba con él de nuevo en Roulettenburg. En mi vida he conocido a
un hombre más tímido, tímido hasta lo increíble; y él sin duda lo sabe porque no
tiene un pelo de tonto. Pero es hombre muy agradable y flemático. Le saqué
conversación cuando nos encontramos por primera vez en Prusia. Me dijo que había
estado ese verano en el Cabo Norte y que tenía gran deseo de asistir a la feria
de Nizhni Novgorod. Ignoro cómo trabó conocimiento con el general. Se me antoja
que está locamente enamorado de Polina. Cuando ella entró se le encendió a él el
rostro con todos los colores del ocaso. Mostró alegría cuando me senté junto a
él a la mesa y, al parecer, me considera ya como amigo entrañable.
A la mesa el francesito galleaba más que de costumbre y
se mostraba desenvuelto y autoritario con todos. Recuerdo que ya en Moscú
soltaba pompas de jabón. Habló por los codos de finanzas y de política rusa. De
vez en cuando el general se atrevía a objetar algo, pero discretamente, para no
verse privado por entero de su autoridad.
Yo estaba de humor extraño y, por supuesto, antes de
mediada la comida me hice la pregunta usual y sempiterna: «¿Por qué pierdo el
tiempo con este general y no le he dado ya esquinazo?». De cuando en cuando
lanzaba una mirada a Polina Aleksandrovna, quien ni se daba cuenta de mi
presencia. Ello ocasionó el que yo me desbocara y echara por alto toda cortesía.
La cosa empezó con que, sin motivo aparente, me
entrometí de rondón en la conversación ajena. Lo que yo quería sobre todo era
reñir con el francesito. Me volví hacia el general y en voz alta y precisa,
interrumpiéndole por lo visto, dije que ese verano les era absolutamente
imposible a los rusos sentarse a comer a una mesa redonda de hotel. El general
me miró con asombro.
-Si uno tiene amor propio -proseguí- no puede evitar
los altercados y tiene que aguantar las afrentas más soeces. En París, en el
Rin, incluso en Suiza, se sientan a la mesa redonda tantos polaquillos y sus
simpatizantes franceses que un ruso no halla modo de intervenir en la
conversación.
Dije esto en francés. El general me miró perplejo, sin
saber si debía mostrarse ofendido o sólo maravillado de mi desplante.
-Bien se ve que alguien le ha dado a usted una lección
-dijo el francesito con descuido y desdén.
-En París, Para empezar, cambié insultos con un polaco
-respondí- y luego con un oficial francés que se puso de parte del polaco. Pero
después algunos de los franceses se pusieron a su vez de parte mía, cuando les
conté cómo quise escupir en el café de un monsignore.
-¿Escupir? -preguntó el general con fatua perplejidad y
mirando en torno suyo. El francesito me escudriñó con mirada incrédula.
-Así como suena –contesté-. Como durante un par de días
creí que tendría que hacer una rápida visita a Roma por causa de nuestro
negocio, fui a la oficina de la legación del Padre Santo en París para que
visaran el pasaporte. Allí me salió al encuentro un clérigo pequeño, cincuentón,
seco y con cara de pocos amigos. Me escuchó cortésmente, pero con aire
avinagrado, y me dijo que esperase. Aunque tenía prisa, me senté, claro está, a
esperar, saqué L'Opinion Nationale y me puse a leer una sarta terrible de
insultos contra Rusia. Mientras tanto oí que alguien en la habitación vecina iba
a ver a Monsignore y vi al clérigo hacerle una reverencia. Le repetí la petición
anterior y, con aire aún más agrio, me dijo otra vez que esperara. Poco después
entró otro desconocido, en visita de negocios; un austriaco, por lo visto, que
también fue atendido y conducido al piso de arriba. Yo ya no pude contener mi
enojo: me levanté, me acerqué al clérigo y le dije con retintín que puesto que
Monsignore recibía, bien podía atender también a mi asunto. Al oír esto el
clérigo dió un paso atrás, sobrecogido de insólito espanto. Sencillamente no
podía comprender que un ruso de medio pelo, una nulidad, osara equipararse a los
invitados de Monsignore. En el tono más insolente, como si se deleitara en
insultarme, me miró de pies a cabeza y gritó: "¿Pero cree que Monsignore va a
dejar de tomar su café por usted?". Yo también grité, pero más fuerte todavía: "
¡Pues sepa usted que escupo en el café de su Monsignore! ¡Si ahora mismo no
arregla usted lo de mi pasaporte, yo mismo voy a verle!".
»"¡Cómo! ¿Ahora que está el cardenal con él?, exclamó
el clérigo, apartándose de mí espantado, lanzándose a la puerta y poniendo los
brazos en cruz, como dando a entender que moriría antes que dejarme pasar.
»Yo le contesté entonces que soy un hereje y un
bárbaro, que je suis hérétique et barbare, y que a mí me importan un comino
todos esos arzobispos, cardenales, monseñores, etc., etc.; en fin, mostré que no
cejaba en mi propósito. El clérigo me miró con infinita ojeriza, me arrancó el
pasaporte de las manos y lo llevó al piso de arriba. Un minuto después estaba
visado. Aquí está. ¿Tiene usted a bien examinarlo? -saqué el pasaporte y enseñé
el visado romano.
-Usted, sin embargo... -empezó a decir el general.
-Lo que le salvó a usted fue declararse bárbaro y
hereje -comentó el francesito sonriendo con ironía-. Cela n'était pas si bête.
-¿Pero es posible que se mire así a nuestros
compatriotas? Se plantan aquí sin atreverse a decir esta boca es mía y
dispuestos, por lo visto, a negar que son rusos. A mí, por lo menos, en mi hotel
de París empezaron a tratarme con mucha mayor atención cuando les conté lo de mi
pelotera con el clérigo. Un caballero polaco, gordo él, mi adversario más
decidido a la mesa redonda, quedó relegado a segundo plano. Hasta los franceses
se reportaron cuando dije que dos años antes había visto a un individuo sobre el
que había disparado un soldado francés en 1812 sólo para descargar su fusil. Ese
hombre era entonces un niño de diez años cuya familia no había logrado escapar
de Mosni.
-¡No puede ser! -exclamó el francesito-. ¡Un soldado
francés no dispararía nunca contra un niño!
-Y, sin embargo, así fue -repuse-. Esto me lo contó un
respetable capitán de reserva y yo mismo vi en su mejilla la cicatriz que dejó
la bala.
El francés empezó a hablar larga y rápidamente. El
general quiso apoyarle, pero yo le aconsejé que leyera, por ejemplo, ciertos
trozos de las Notas del general Perovski, que estuvo prisionero de los franceses
en 1812. Finalmente, Marya Filippovna habló de algo para dar otro rumbo a la
conversación. El general estaba muy descontento conmigo, porque el francés y yo
casi habíamos empezado a gritar. Pero a mister Astley, por lo visto, le agradó
mucho mi disputa con el francés. Se levantó de la mesa y me invitó a tomar con
él un vaso de vino. A la caída de la tarde, como era menester, logré hablar con
Polina Aleksandrovna un cuarto de hora. Nuestra conversación tuvo lugar durante
el paseo. Todos fuimos al parque del Casino. Polina se sentó en un banco frente
a la fuente y dejó a Nadyenka que jugara con otros niños sin alejarse mucho. Yo
también solté a Misha junto a la fuente y por fin quedamos solos.
Para empezar tratamos, por supuesto, de negocios.
Polina, sin más, se encolerizó cuando le entregué sólo setecientos gulden. Había
estado segura de que, empeñando sus brillantes, le habría traído de París por lo
menos dos mil, si no más.
-Necesito dinero -dijo-, y tengo que agenciármelo sea
como sea. De lo contrario estoy perdida.
Yo empecé a preguntarle qué había sucedido durante mi
ausencia.
-Nada de particular, salvo dos noticias que llegaron de
Petersburgo: primero, que la abuela estaba muy mal, y dos días después que, por
lo visto, estaba agonizando. Esta noticia es de Timofei Petrovich -agregó Polina-,
que es hombre de crédito. Estamos esperando la última noticia, la definitiva.
-¿Así es que aquí todos están a la expectativa?
-pregunté.
-Por supuesto, todos y todo; desde hace medio año no se
espera más que esto.
-¿Usted también? -inquirí.
~¡Pero si yo no tengo ningún parentesco con ella! Yo
soy sólo hijastra del general. Ahora bien, sé que seguramente me recordará en su
testamento.
-Tengo la impresión de que heredará usted mucho -dije
con énfasis.
-Sí, me tenía afecto. ¿Pero por qué tiene usted esa
impresión?
-Dígame -respondí yo con una pregunta-, ¿no está
nuestro marqués iniciado en todos los secretos de la familia?
-¿Y a usted qué le va en ello? -preguntó Polina
mirándome seca y severamente.
- ¡Anda, porque si no me equivoco, el general ya ha
conseguido que le preste dinero!
-Sus sospechas están bien fundadas.
-¡Claro! ¿Le daría dinero si no supiera lo de la
abuela? ¿Notó usted a la mesa que mencionó a la abuela tres veces y la llamó «la
abuelita», la baboulinka? ¡Qué relaciones tan íntimas y amistosas!
-Sí, tiene usted razón. Tan pronto como sepa que en el
testamento se me deja algo, pide mi mano. ¿No es esto lo que quería usted saber?
-¿Sólo que pide su mano? Yo creía que ya la había
pedido hacía tiempo
-¡Usted sabe muy bien que no! -dijo Polina, irritada-.
¿Dónde conoció usted a ese inglés? -añadió tras un minuto de silencio.
-Ya sabía yo que me preguntaría usted por él.
Le relaté mis encuentros anteriores con mister Astley
durante el viaje.
-Es hombre tímido y enamoradizo y, por supuesto, ya
está enamorado de usted.
Sí, está enamorado de mí -repuso Polina.
-Y, claro, es diez veces más rico que el francés. ¿Pero
es que el francés tiene de veras algo? ¿No es eso motivo de duda?
-No, no lo es. Tiene un cháteau o algo por el estilo.
Ayer, sin ir más lejos, me hablaba el general de ello, y muy positivamente.
Bueno, ¿qué? ¿Está usted satisfecho?
-Yo que usted me casaría sin más con el inglés.
-¿Por qué? -preguntó Polina.
-El francés es mejor mozo, pero es un granuja, y el
inglés, además de ser honrado, es diez veces más rico -dije con brusquedad.
-Sí, pero el francés es marqués y más listo -respondió
ella con la mayor tranquilidad.
-¿De veras?
-Como lo oye.
A Polina le desagradaban mucho mis preguntas, y eché de
ver que quería enfurecerme con el tono y la brutalidad de sus respuestas. Así se
lo dije al momento.
-De veras que me divierte verle tan rabioso. Tiene que
pagarme de algún modo el que le permita hacer preguntas y conjeturas parecidas.
-Es que yo, en efecto, me considero con derecho a hacer
a usted toda clase de preguntas -respondí con calma-, precisamente porque estoy
dispuesto a pagar por ellas lo que se pida, y porque estimo que mi vida no vale
un comino ahora.
Polina rompió a reír.
-La última vez, en el Schlangenberg, dijo usted que a
la primera palabra mía estaba dispuesto a tirarse de cabeza desde allí, desde
una altura, según parece, de mil pies. Alguna vez pronunciaré esa palabra,
aunque sólo sea para ver cómo paga usted lo que se pida, y puede estar seguro de
que seré inflexible. Me es usted odioso, justamente porque le he permitido
tantas cosas, y más odioso aún porque le necesito. Pero mientras le necesite,
tendré que ponerle a buen recaudo.
Se dispuso a levantarse. Hablaba con irritación.
últimamente, cada vez que hablaba conmigo, terminaba el coloquio en una nota de
enojo y furia, de verdadera furia.
-Permítame preguntarle: ¿qué clase de persona es
mademoiselle Blanche? -dije, deseando que no se fuera sin una explicación.
-Usted mismo sabe qué clase de persona es mademoiselle
Blanche. No hay por qué añadir nada a lo que se sabe hace tiempo. Mademoiselle
Blanche será probablemente esposa del general, es decir, si se confirman los
rumores sobre la muerte de la abuela, porque mademoiselle Blanche, lo mismo que
su madre y que su primo el marqués, saben muy bien que estamos arruinados.
-¿Y el general está perdidamente enamorado?
-No se trata de eso ahora. Escuche y tenga presente lo
que le digo: tome estos setecientos florines y vaya a jugar; gáneme cuanto pueda
a la ruleta; necesito ahora dinero de la forma que sea.
Dicho esto, llamó a Nadyenka y se encaminó al Casino,
donde se reunió con el resto de nuestro grupo. Yo, pensativo y perplejo, tomé
por la primera vereda que vi a la izquierda. La orden de jugar a la ruleta me
produjo el efecto de un mazazo en la cabeza. Cosa rara, tenía bastante de qué
preocuparme y, sin embargo, aquí estaba ahora, metido a analizar mis
sentimientos hacia Polina. Cierto era que me había sentido mejor durante estos
quince días de ausencia que ahora, en el día de mi regreso, aunque todavía en el
camino desatinaba como un loco, respingaba como un azogado, y a veces hasta en
sueños la veía. Una vez (esto pasó en Suiza), me dormí en el vagón y, por lo
visto, empecé a hablar con Polina en voz alta, dando mucho que reír a mis
compañeros de viaje. Y ahora, una vez más, me hice la pregunta: ¿la quiero?
Y una vez más no supe qué contestar; o, mejor dicho,
una vez más, por centésima vez, me contesté que la odiaba. Sí, me era odiosa.
Había momentos (cabalmente cada vez que terminábamos una conversación) en que
hubiera dado media vida por estrangularla. Juro que si hubiera sido posible
hundirle un cuchillo bien afilado en el seno, creo que lo hubiera hecho con
placer. Y, no obstante, juro por lo más sagrado que si en el Schlangenberg, en
esa cumbre tan a la moda, me hubiera dicho efectivamente: «¡Tírese!», me hubiera
tirado en el acto, y hasta con gusto. Yo lo sabía. De una manera u otra había
que resolver aquello. Ella, por su parte, lo comprendía perfectamente, y sólo el
pensar que yo me daba cuenta justa y cabal de su inaccesibilidad para mí, de la
imposibilidad de convertir mis fantasías en realidades, sólo el pensarlo, estaba
seguro, le producía extraordinario deleite; de lo contrario, ¿cómo podría, tan
discreta e inteligente como es, permitirse tales intimidades y revelaciones
conmigo? Se me antoja que hasta entonces me había mirado como aquella emperatriz
de la antigüedad que se desnudaba en presencia de un esclavo suyo, considerando
que no era hombre. Sí, muchas veces me consideraba como sí no fuese hombre...
Pero, en fin, había recibido su encargo: ganar a la
ruleta de la manera que fuese. No tenía tiempo para pensar con qué fin y con
cuánta rapidez era menester ganar y qué nuevas combinaciones surgían en aquella
cabeza siempre entregada al cálculo. Además, en los últimos quince días habían
entrado en juego nuevos factores, de los cuales aún no tenía idea. Era preciso
averiguar todo ello, adentrarse en muchas cuestiones y cuanto antes mejor. Pero
de momento no había tiempo. Tenía que ir a la ruleta.
Capítulo 2
Confieso que el mandato me era desagradable, porque
aunque había resuelto jugar no había previsto que empezaría jugando por cuenta
ajena. Hasta me sacó un tanto de quicio, y entré en las salas de juego con ánimo
muy desabrido. No me gustó lo que vi allí a la primera ojeada. No puedo aguantar
el servilismo que delatan las crónicas de todo el mundo, y sobre todo las de
nuestros periódicos rusos, en las que cada primavera los que las escriben hablan
de dos cosas: primera, del extraordinario esplendor y lujo de las salas de juego
en las «ciudades de la ruleta» del Rin; y, segunda, de los montones de oro que,
según dicen, se ven en las mesas. Porque en definitiva, no se les paga por ello,
y sencillamente lo dicen por puro servilismo. No hay esplendor alguno en estas
salas cochambrosas, y en cuanto a oro, no sólo no hay montones de él en las
mesas, sino que apenas se ve. Cierto es que alguna vez durante la temporada
aparece de pronto un tipo raro, un inglés o algún asiático, un turco, como
sucedió este verano, y pierde o gana sumas muy considerables; los demás, sin
embargo, siguen jugándose unos míseros gulden, y la cantidad que aparece en la
mesa es por lo general bastante modesta.
Cuando entré en la sala de juego (por primera vez en m
vida) dejé pasar un rato sin probar fortuna. Además, la muchedumbre era
agobiante. Sin embargo, aunque hubiera estado solo, creo que en esa ocasión me
hubiera marchado sin jugar. Confieso que me latía fuertemente el corazón y que
no las tenía todas conmigo; muy probablemente sabía, y había decidido tiempo
atrás, que de Roulettenburg no saldría como había llegado; que algo radical y
definitivo iba a ocurrir en mi vida. Así tenía que ser y así sería. Por ridícula
que parezca mi gran confianza en los beneficios de la ruleta, más ridícula aún
es la opinión corriente de que es absurdo y estúpido esperar nada del juego. ¿Y
por qué el juego habrá de ser peor que cualquier otro medio de procurarse
dinero, por ejemplo, el comercio? Una cosa es cierta: que de cada ciento gana
uno. Pero eso ¿a mí qué me importa?
En todo caso, decidí desde el primer momento observarlo
todo con cuidado y no intentar nada serio, en esa ocasión. Si algo había de
ocurrir esa noche, sería de improviso, y nada del otro jueves; y de ese modo me
dispuse a apostar. Tenía, por añadidura, que aprender el juego mismo, ya que a
pesar de las mil descripciones de la ruleta que había leído con tanta avidez, la
verdad es que no sabría nada de su funcionamiento hasta que no lo viera con mis
propios ojos.
En primer lugar, todo me parecía muy sucio, algo así
como moralmente sucio e indecente. No me refiero, ni mucho menos, a esas caras
ávidas e intranquilas que a decenas, hasta a centenares, se agolpan alrededor de
las mesas de juego. Francamente, no veo nada sucio en el deseo de ganar lo más
posible y cuanto antes: siempre he tenido por muy necia la opinión de un
moralista acaudalado y bien nutrido, quien, oyendo decir a alguien, por vía de
justificación, que «al fin y al cabo estaba apostando cantidades pequeñas»,
contestó: «Tanto peor, pues el afán de lucro también será mezquino». ¡Como si
ese afán no fuera el mismo cuando se gana poco que cuando se gana mucho! Es
cuestión de proporción. Lo que para Rothschild es poco, para mí es la riqueza; y
si de lo que se trata es de ingresos o ganancias, entonces no es sólo en la
ruleta, sino en cualquier transacción, donde uno le saca a otro lo que puede.
Que las ganancias y las pérdidas sean en general algo repulsivo es otra cuestión
que no voy a resolver aquí. Puesto que yo mismo sentía agudamente el afán de
lucro, toda esa codicia y toda esa porquería codiciosa me resultaban, cuando
entré en la sala, convenientes y, por así decirlo, familiares. Nada más
agradable que cuando puede uno dejarse de cumplidos en su trato con otro y cada
cual se comporta abiertamente, a la pata la llana. ¿Y de qué sirve engañarse a
sí mismo? ¡Qué menester tan trivial y poco provechoso! Repelente en particular,
a primera vista, en toda esa chusma de la ruleta era el respeto con que miraba
lo que se estaba haciendo, la seriedad, mejor dicho, la deferencia con que se
agolpaba en torno a las mesas. He aquí por qué en estos casos se distingue con
esmero entre los juegos que se dicen de mauvais genre y los permitidos a las
personas decentes. Hay dos clases de juego: una para caballeros y otra plebeya,
mercenaria, propia de la canalla. Aquí la distinción se observa rigurosamente;
¡y qué vil, en realidad, es esa distinción! Un caballero, por ejemplo, puede
hacer una puesta de cinco o diez luises, rara vez más; o puede apostar hasta mil
francos, si es muy rico, pero sólo por jugar, sólo por divertirse, en realidad
sólo para observar el proceso de la ganancia o la pérdida; pero de ningún modo
puede mostrar interés en la ganancia misma. Si gana, puede, por ejemplo, soltar
una carcajada, hacer un comentario a cualquiera de los concurrentes, incluso
apuntar de nuevo o doblar su puesta, pero sólo por curiosidad, para estudiar y
calcular las probabilidades, pero no por el deseo plebeyo de ganar. En suma, que
no debe ver en todas estas mesas de juego, ruletas y trente et quarante, sino un
entretenimiento organizado exclusivamente para su satisfacción. Los vaivenes de
la suerte, en que se apoya y se justifica la banca, no debe siquiera
sospecharlos. No estaría mal que se figurara, por ejemplo, que todos los demás
jugadores, toda esa chusma que tiembla ante un guiden, son en realidad tan ricos
y caballerosos como él y que juegan sólo para divertirse y pasar el tiempo. Este
desconocimiento completo de la realidad, esta ingenua visión de lo que es la
gente, son, por supuesto, típicos de la más refinada aristocracia. Vi que muchas
mamás empujaban adelante a sus hijas, jovencitas inocentes y elegantes de quince
o dieciséis años, y les daban unas monedas de oro para enseñarlas a jugar. La
señorita ganaba o perdía sonriendo y se marchaba tan satisfecha. Nuestro general
se acercó a la mesa con aire grave e imponente. Un lacayo corrió a ofrecerle una
silla, pero él ni siquiera le vio. Con mucha lentitud sacó el portamonedas; de
él, con mucha lentitud, extrajo trescientos francos en oro, los apuntó al negro
y ganó. No recogió lo ganado y lo dejó en la mesa. Salió el negro otra vez y
tampoco recogió lo ganado. Y cuando la tercera vez salió el rojo, perdió de un
golpe mil doscientos francos. Se retiró sonriendo y sin perder la dignidad. Yo
estaba seguro de que por dentro iba consumido de rabia y que si la puesta
hubiera sido dos o tres veces mayor, hubiera perdido la serenidad y dado suelta
a su turbación. Por otra parte, un francés, en mi presencia, ganó y perdió hasta
treinta mil francos, alegre y tranquilamente. El caballero auténtico, aunque
pierda cuanto tiene, no debe alterarse. El dinero está tan por bajo de la
dignidad de un caballero que casi no vale la pena pensar en él. Sería muy
aristocrático, por supuesto, no darse cuenta de la cochambre de toda esa chusma
y esa escena. A veces, sin embargo, no es menos aristocrático y refinado el
darse cuenta, es decir, observar con cuidado, examinar con impertinentes, como
si dijéramos, a toda esa chusma; pero sólo viendo en esa cochambre y en toda esa
muchedumbre una forma especial de pasatiempo, un espectáculo organizado para
divertir a los caballeros. Uno puede abrirse paso entre el gentío y mirar en
torno, pero con el pleno convencimiento de que, en rigor, uno es sólo observador
y de ningún modo parte del grupo. Pero, por otro lado, no se debe observar con
demasiada atención, pues ello sería actitud impropia de un caballero, ya que al
fin y al cabo el espectáculo no merece ser observado larga y atentamente; y
sabido es que pocos espectáculos son dignos de la cuidadosa atención de un
caballero. Sin embargo, a mí me parecía que todo esto merecía la atención más
solícita, especialmente cuando venía aquí no sólo para observar, sino para
formar parte, sincera y conscientemente, de esa chusma. En cuanto a mis
convicciones morales más íntimas, es claro que no hallan acomodo en el presente
razonamiento. En fin, ¡qué le vamos a hacer! Hablo sólo para desahogar mi
conciencia. Pero una cosa sí haré notar: que últimamente me ha sido -no sé por
qué- profundamente repulsivo ajustar mi conducta y mis pensamientos a cualquier
género de patrón moral. Era otro patrón el que me guiaba...
Es verdad que la chusma juega muy sucio. No ando lejos
de pensar que a la mesa de juego misma se dan casos del más vulgar latrocinio.
Para los crupieres, sentados a los extremos de la mesa, observar y liquidar las
apuestas es trabajo muy duro. ¡Ésa es otra chusma! Franceses en su mayor parte.
Por otro lado, yo observaba y estudiaba no para describir la ruleta, sino para
«hacerme al juego», para saber cómo conducirme en el futuro. Noté, por ejemplo,
que nada es más frecuente que ver salir de detrás de la mesa una mano que se
apropia lo que uno ha ganado. Se produce un altercado, a menudo se oye una
gritería, ¡y vaya usted a buscar testigos para probar que la puesta es suya!
Al principio todo me parecía un galimatías sin sentido.
Sólo adiviné y distinguí no sé cómo que las puestas eran al número, a pares y
nones y al color. Del dinero de Polina Aleksandrovna decidí arriesgar esa noche
cien gulden. La idea de entrar a jugar y no por propia incumbencia me tenía un
poco fuera de quicio. Era una sensación sumamente desagradable y quería
sacudírmela de encima cuanto antes. Se me antojaba que empezando con Polina daba
al traste con mi propia suerte. ¿No es verdad que es imposible acercarse a una
mesa de juego sin sentirse en seguida contagiado por la superstición? Empecé
sacando cinco federicos de oro, esto es, cincuenta gulden, y poniéndolos a los
pares. Giró la rueda, salió el quince y perdí. Con una sensación de ahogo, sólo
para liberarme de algún modo y marcharme, puse otros cinco federicos al rojo.
Salió el rojo. Puse los diez federicos, salió otra vez el rojo. Lo puse todo al
rojo, y volvió a salir el rojo. Cuando recibí cuarenta federicos puse veinte en
los doce números medios sin tener idea de lo que podría resultar. Me pagaron el
triple. Así, pues, mis diez federicos de oro se habían trocado de pronto en
ochenta. La extraña e insólita sensación que ello me produjo se me hizo tan
insoportable que decidí irme. Me parecía que de ningún modo jugaría así si
estuviera jugando por mi propia cuenta. Sin embargo, puse los ochenta federicos
una vez más a los pares. Esta vez salió el cuatro; me entregaron otros ochenta
federicos, y cogiendo el montón de ciento sesenta federicos de oro salí a buscar
a Polina Aleksandrovna.
Todos se habían ido de paseo al parque y no conseguí
verla hasta después de la cena. En esta ocasión no estaba presente el francés, y
el general se despachó a sus anchas: entre otras cosas juzgó necesario
advertirme una vez más que no le agradaría verme junto a una mesa de juego.
Pensaba que le pondría en un gran compromiso si perdía demasiado; «pero aunque
ganara usted mucho, quedaría yo también en un compromiso -añadió con intención-.
Por supuesto que no tengo derecho a dirigir sus actos, pero usted mismo estará
de acuerdo en que ... ». Ahí se quedó, como era costumbre suya, sin acabar la
frase. Yo respondí secamente que tenía muy poco dinero y, por lo tanto, no podía
perder cantidades demasiado llamativas aun si llegaba a jugar. Cuando subía a mi
habitación logré entregar a Polina sus ganancias y le anuncié que no volvería a
jugar más por cuenta de ella.
-¿Y eso por qué? -preguntó alarmada.
-Porque quiero jugar por mi propia cuenta -respondí
mirándola asombrado- y esto me lo impide.
-¿Conque sigue usted convencido de que la ruleta es su
única vía de salvación? -preguntó irónicamente. Yo volví a contestar muy
seriamente que sí; en cuanto a mi convencimiento de que ganaría sin duda alguna
.... bueno, quizá fuera absurdo, de acuerdo, pero que me dejaran en paz.
Polina Aleksandrovna insistió en que fuera a medias con
ella en las ganancias de hoy, y me ofreció ochenta federicos de oro, proponiendo
que en el futuro continuásemos el juego sobre esa base. Yo rechacé la oferta, de
plano y sin ambages, y declaré que no podía jugar por cuenta de otros, no porque
no quisiera hacerlo, sino porque probablemente perdería.
-Y, sin embargo, yo también, por estúpido que parezca,
cifro mis esperanzas casi únicamente en la ruleta -dijo pensativa-. Por
consiguiente, tiene usted que seguir jugando conmigo a medias, y, por supuesto,
lo hará.
Con esto se apartó de mí sin escuchar mis ulteriores
objeciones.
Capítulo 3
Polina, sin embargo, ayer no me habló del juego en todo
el día, más aún, evitó en general hablar conmigo. Su previa manera de tratarme
no se alteró; esa completa despreocupación en su actitud cuando nos
encontrábamos, con un matiz de odio y desprecio. Por lo común no procura ocultar
su aversión hacia mí; esto lo veo yo mismo. No obstante, tampoco me oculta que
le soy necesario y que me reserva para algo. Entre nosotros han surgido unas
relaciones harto raras, en gran medida incomprensibles para mí, habida cuenta
del orgullo y la arrogancia con que se comporta con todos. Ella sabe, por
ejemplo, que yo la amo hasta la locura, me da venia incluso para que le hable de
mi pasión (aunque, por supuesto, nada expresa mejor su desprecio que esa
licencia que me da para hablarle de mi amor sin trabas ni circunloquios: «Quiere
decirse que tengo tan en poco tus sentimientos que me es absolutamente
indiferente que me hables de ellos, sean los que sean». De sus propios asuntos
me hablaba mucho ya antes, pero nunca con entera franqueza. Además, en sus
desdenes para conmigo hay cierto refinamiento: sabe, por ejemplo, que conozco
alguna circunstancia de su vida o alguna cosa que la trae muy inquieta; incluso
ella misma me contará algo de sus asuntos si necesita servirse de mí para algún
fin particular, ni más ni menos que si fuese su esclavo o recadero; pero me
contará sólo aquello que necesita saber un hombre que va a servir de recadero) y
aunque la pauta entera de los acontecimientos me sigue siendo desconocida,
aunque Polina misma ve que sufro y me inquieto por -causa de sus propios
sufrimientos e inquietudes, jamás se dignará tranquilizarme por completo con una
franqueza amistosa, y eso que, confiándome a menudo encargos no sólo engorrosos,
sino hasta arriesgados, debería, en mi opinión, ser franca conmigo. Pero ¿por
qué habría de ocuparse de mis sentimientos, de que también yo estoy inquieto y
de que quizá sus inquietudes y desgracias me preocupan y torturan tres veces más
que a ella misma?
Desde hacía unas tres semanas conocía yo su intención
de jugar a la ruleta. Hasta me había anunciado que tendría que jugar por cuenta
suya, porque sería indecoroso que ella misma jugara. Por el tono de sus palabras
saqué pronto la conclusión de que obraba a impulsos de una grave preocupación y
no simplemente por el deseo de lucro. ¿Qué significaba para ella el dinero en sí
mismo? Ahí había un propósito, alguna circunstancia que yo quizá pudiera
adivinar, pero que hasta este momento ignoro. Claro que la humillación y
esclavitud en que me tiene podrían darme (a menudo me dan) la posibilidad de
hacerle preguntas duras y groseras. Dado que no soy para ella sino un esclavo,
un ser demasiado insignificante, no tiene motivo para ofenderse de mi ruda
curiosidad. Pero es el caso que, aunque ella me permite hacerle preguntas, no
las contesta. Hay veces que ni siquiera se da cuenta de ellas. ¡Así están las
cosas entre nosotros!
Ayer se habló mucho del telegrama que se mandó hace
cuatro días a Petersburgo y que no ha tenido contestación. El general, por lo
visto, está pensativo e inquieto. Se trata, ni que decir tiene, de la abuela.
También el francés está agitado. Ayer, sin ir más lejos, estuvieron hablando
largo rato después de la comida. El tono que emplea el francés con todos
nosotros es sumamente altivo y desenvuelto. Aquí se da lo del refrán: «les das
la mano y se toman el pie». Hasta con Polina se muestra desembarazado hasta la
grosería; pero, por otro lado, participa con gusto en los paseos por el parque y
en las cabalgatas y excursiones al campo. Desde hace bastante tiempo conozco
algunas de las circunstancias que ligan al francés y al general. En Rusia
proyectaron abrir juntos una fábrica, pero no sé si el proyecto se malogró o si
sigue todavía en pie. Además, conozco por casualidad parte de un secreto de
familia: el francés, efectivamente, había sacado de apuros al general el año
antes, dándole treinta mil rublos para que completara cierta cantidad que
faltaba en los fondos públicos antes de presentar la dimisión de su cargo. Y,
por supuesto, el general está en sus garras; pero ahora, cabalmente ahora, quien
desempeña el papel principal en este asunto es mademoiselle Blanche, y en esto
estoy seguro de no equivocarme.
¿Quién es mademoiselle Blanche? Aquí, entre nosotros,
se dice que es una francesa de noble alcurnia y fortuna colosal, a quien
acompaña su madre. También se sabe que tiene algún parentesco, aunque muy
remoto, con nuestro marques: prima segunda o algo por el estilo. Se dice que
hasta mi viaje a París el francés y mademoiselle Blanche se trataban con
bastante más ceremonia, como si quisieran dar ejemplo de finura y delicadeza.
Ahora, sin embargo, su relación, amistad y parentesco parecen menos delicados y
más íntimos. Quizá estiman que nuestros asuntos van por tan mal camino que no
tienen por qué mostrarse demasiado corteses con nosotros o guardar las
apariencias. Yo ya noté anteayer cómo mister Astley miraba a mademoiselle
Blanche y a la madre de ésta. Tuve la impresión de que las conocía. Me pareció
también que nuestro francés había tropezado previamente con mister Astley; pero
éste es tan tímido, reservado y taciturno que es casi seguro que no lavará en
público los trapos sucios de nadie. Por lo pronto, el francés apenas le saluda y
casi no le mira, lo que quiere decir, por lo tanto, que no le teme. Esto se
comprende. ¿Pero por qué mademoiselle Blanche tampoco le mira? Tanto más cuanto
el marqués reveló anoche el secreto- de pronto, no recuerdo con qué motivo, dijo
en conversación general que mister Astley es colosalmente rico y que lo sabe de
buena fuente. ¡Buena ocasión era ésa para que mademoiselle Blanche mirara a
mister Astley! De todos modos, el general estaba intranquilo. Bien se comprende
lo que puede significar para él el telegrama con la noticia de la muerte de su
tía.
Aunque estaba casi seguro de que Polina evitaría, como
de propósito, conversar conmigo, yo también me mostré frío e indiferente,
pensando que ella acabaría por acercárseme. En consecuencia, ayer y hoy he
concentrado principalmente mi atención en mademoiselle Blanche. ¡Pobre general,
ya está perdido por completo! Enamorarse a los cincuenta y cinco años y con
pasión tan fuerte es, por supuesto, una desgracia. Agréguese a ello su viudez,
sus hijos, la ruina casi total de su hacienda, sus deudas, y, para acabar, la
mujer de quien le ha tocado en suerte enamorarse. Mademoiselle Blanche es bella,
pero no sé si se me comprenderá si digo que tiene uno de esos semblantes de los
que cabe asustarse. Yo al menos les tengo miedo a esas mujeres. Tendrá unos
veinticinco años. Es alta y ancha de hombros, terminados en ángulos rectos. El
cuello y el pecho son espléndidos. Es trigueña de piel, tiene el pelo negro como
el azabache y en tal abundancia que hay bastante para dos coiffures. El blanco
de sus ojos tira un poco a amarillo, la mirada es insolente, los dientes son de
blancura deslumbrante, los labios los lleva siempre pintados, huele a almizcle.
Viste con ostentación, en ropa de alto precio, con chic, pero con gusto
exquisito. Sus manos y pies son una maravilla. Su voz es un contralto algo
ronco. De vez en cuando ríe a carcajadas y muestra todos los dientes, pero por
lo común su expresión es taciturna y descarada, al menos en presencia de Polina
y de Marya Filippovna. (Rumor extraño: Marya Filippovna regresa a Rusia.)
Sospecho que mademoiselle Blanche carece de instrucción; quizá incluso no sea
inteligente, pero por otra parte es suspicaz y astuta. Se me antoja que en su
vida no han faltado las aventuras. Para decirlo todo, puede ser que el marqués
no sea pariente suyo y que la madre no tenga de tal más que el nombre. Pero hay
prueba de que en Berlín, adonde fuimos con ellos, ella y su madre tenían
amistades bastante decorosas. En cuanto al marqués, aunque sigo dudando de que
sea marqués, es evidente que pertenece a la buena sociedad, según ésta se
entiende, por ejemplo, en Moscú o en cualquier parte de Alemania. No sé qué será
en Francia; se dice que tiene un cháteau. He pensado que en estos quince días
han pasado muchas cosas y, sin embargo, todavía no sé a ciencia cierta si entre
mademoiselle Blanche y el general se ha dicho algo decisivo. En resumen, todo
depende ahora de nuestra situación económica, es decir, de si el general puede
mostrarles dinero bastante. Si, por ejemplo, llegara la noticia de que la abuela
no ha muerto, estoy seguro de que mademoiselle Blanche desaparecería al
instante. A mí mismo me sorprende y divierte lo chismorrero que he llegado a
ser. ¡Oh, cómo me repugna todo esto! ¡Con qué placer mandaría a paseo a todos y
todo! ¿Pero es que puedo apartarme de Polina? ¿Es que puedo renunciar a huronear
en torno a ella? El espionaje es sin duda una bajeza, pero ¿a mí qué me importa?
Interesante también me ha parecido mister Astley ayer y
hoy. Sí, tengo la seguridad de que está enamorado de Polina. Es curioso y
divertido lo que puede expresar a veces la mirada tímida y mórbidamente casta de
un hombre enamorado, sobre todo cuando ese hombre preferiría que se lo tragara
la tierra a decir o sugerir nada con la lengua o los ojos. Mister Astley se
encuentra con nosotros a menudo en los paseos. Se quita el sombrero y pasa de
largo, devorado sin duda por el deseo de unirse a nuestro grupo. Si le invitan,
rehúsa al instante. En los lugares de descanso, en el Casino, junto al quiosco
de la música o junto a la fuente, se instala siempre no lejos de nuestro
asiento; y dondequiera que estemos -en el parque, en el bosque, o en lo alto del
Schlangenberg- basta levantar los ojos y mirar en torno para ver
indefectiblemente -en la vereda más cercana o tras un arbusto- a mister Astley
en su escondite. Sospecho que busca ocasión para hablar conmigo a solas. Esta
mañana nos encontramos y cambiamos un par de palabras. A veces habla de manera
sumamente inconexa. Sin darme los «buenos días» me dijo:
-¡Ah, mademoiselle Blanche! ¡He visto a muchas mujeres
como mademoiselle Blanche!
Guardó silencio, mirándome con intención. No sé lo que
quiso decir con ello, porque cuando le pregunté «¿y eso qué significa?», sonrió
astutamente, sacudió la cabeza y añadió: «En fin, así es la vida. ¿Le gustan
mucho las flores a mademoiselle Polina?».
-No sé; no tengo idea.
-¿Cómo? ¿Que no lo sabe? -gritó presa del mayor
asombro.
-No lo sé. No me he fijado -repetí riendo.
-Hmm. Eso me da que pensar. -Inclinó la cabeza y
prosiguió su camino. Pero tenía aspecto satisfecho. Estuvimos hablando en un
francés de lo más abominable.
Capítulo 4
Hoy ha sido un día chusco, feo, absurdo. Son ahora las
once de la noche. Estoy sentado en mi cuchitril y hago inventario de lo
acaecido. Empezó con que por la mañana tuve que jugar a la ruleta por cuenta de
Polina Aleksandrovna. Tomé sus ciento sesenta federicos de oro, pero bajo dos
condiciones: primera, que no jugaría a medias con ella, es decir, que si ganaba
no aceptaría nada; y segunda, que esa noche Polina me explicaría por qué le era
tan urgente ganar y exactamente cuánto dinero. Yo, en todo caso, no puedo
suponer que sea sólo por dinero. Es evidente que lo necesita, y lo más pronto
posible, para algún fin especial. Prometió explicármelo y me dirigí al Casino.
En las salas de juego la muchedumbre era terrible. ¡Qué insolentes y codiciosos
eran todos! Me abrí camino hasta el centro y me coloqué junto al crupier; luego
empecé cautelosamente a «probar el juego» en posturas de dos o tres monedas.
Mientras tanto observaba y tomaba nota mental de lo que veía; me pareció que la
«combinación» no significa gran cosa y no tiene, ni con mucho, la importancia
que le dan algunos jugadores. Se sientan con papeles llenos de garabatos,
apuntan los aciertos, hacen cuentas, deducen las probabilidades, calculan, por
fin realizan sus puestas y.. pierden igual que nosotros, simples mortales, que
jugamos sin «combinación». Sin embargo, saqué una conclusión que me parece
exacta: aunque no hay, en efecto, sistema, existe no obstante, una especie de
pauta en las probabilidades, lo que, por supuesto, es muy extraño. Ocurre, por
ejemplo, que después de los doce números medios salen los doce últimos; dos
veces -digamos- la bola cae en estos doce últimos y vuelve a los doce primeros.
Una vez que ha caído en los doce primeros, vuelve otra vez a los doce medios,
cae en ellos tres o cuatro veces seguidas y pasa de nuevo a los doce últimos; y
de ahí, después de salir un par de veces, pasa de nuevo a los doce primeros, cae
en ellos una vez y vuelve a desplazarse para caer tres veces en los números
medios; y así sucesivamente durante la hora y media o dos horas. Uno, tres y
dos; uno, tres y dos. Es muy divertido. Otro día, u otra mañana, ocurre, por
ejemplo, que el rojo va seguido del negro y viceversa en giros consecutivos de
la rueda sin orden ni concierto, hasta el punto de que no se dan más de dos o
tres golpes seguidos en el rojo o en el negro. Otro día u otra noche no sale más
que el rojo, llegando, por ejemplo, hasta más de veintidós veces seguidas, y así
continúa infaliblemente durante un día entero. Mucho de esto me lo explicó
mister Astley, quien pasó toda la mañana junto a las mesas de juego, aunque no
hizo una sola puesta. En cuanto a mí, perdí hasta el último kopek -y muy
deprisa-. Para empezar puse veinte federicos de oro a los pares y gané, puse
cinco y volví a ganar, y así dos o tres veces más. Creo que tuve entre manos
unos cuatrocientos federicos de oro en unos cinco minutos. Debiera haberme
retirado entonces, pero en mí surgió una extraña sensación, una especie de reto
a la suerte, un afán de mojarle la oreja, de sacarle la lengua. Apunté con la
puesta más grande permitida, cuatro mil gulden, y perdí. Luego, enardecido,
saqué todo lo que me quedaba, lo apunté al mismo número y volví a perder. Me
aparté de la mesa como atontado. Ni siquiera entendía lo que me había pasado y
no expliqué mis pérdidas a Polina Aleksandrovna hasta poco antes de la comida.
Mientras tanto estuve vagando por el parque.
Durante la comida estuve tan animado como lo había
estado tres días antes. El francés y mademoiselle Blanche comían una vez más con
nosotros. Por lo visto, mademoiselle Blanche había estado aquella mañana en el
Casino y había presenciado mis hazañas. En esta ocasión habló conmigo más
atentamente que de costumbre. El francés se fue derecho al grano y me preguntó
sin más si el dinero que había perdido era mío. Me pareció que sospechaba de
Polina. En una palabra, ahí había gato encerrado. Contesté al momento con una
mentira, diciendo que el dinero era mío.
El general quedó muy asombrado. ¿De dónde había sacado
yo tanto dinero? Expliqué que había empezado con diez federicos de oro, y que
seis o siete aciertos seguidos, doblando las puestas, me habían proporcionado
cinco o seis mil gulden; y que después lo había perdido todo en dos golpes.
Todo esto, por supuesto, era verosímil. Mientras lo
explicaba miraba a Polina, pero no pude leer nada en su rostro. Sin embargo, me
había dejado mentir y no me había corregido; de ello saqué la conclusión de que
tenía que mentir y encubrir el hecho de haber jugado por cuenta de ella. En todo
caso, pensé para mis adentros, está obligada a darme una explicación, y poco
antes había prometido revelarme algo.
Yo pensaba que el general me haría alguna observación,
pero guardó silencio; noté, sin embargo, por su cara, que estaba agitado e
intranquilo. Acaso, dados sus apuros económicos, le era penoso escuchar cómo un
majadero manirroto como yo había ganado y perdido en un cuarto de hora ese
respetable montón de oro.
Sospecho que anoche tuvo con el francés una acalorada
disputa, porque estuvieron hablando largo y tendido a puerta cerrada. El francés
se fue por lo visto irritado, y esta mañana temprano vino de nuevo a ver al
general, probablemente para proseguir la conversación de ayer.
Habiendo oído hablar de mis pérdidas, el francés me
hizo observar con mordacidad, más aún, con malicia, que era menester ser más
prudente. No sé por qué agregó que, aunque los rusos juegan mucho, no son
siquiera, a su parecer, diestros en el juego.
-En mi opinión, la ruleta ha sido inventada sólo para
los rusos -observé yo; y cuando el francés sonrió desdeñosamente al oír mi
dictamen, dije que yo llevaba razón porque, cuando hablo de los rusos como
jugadores, lo hago para insultarlos y no para alabarlos, y, por lo tanto, es
posible creerme.
-¿En qué funda usted su opinión? -preguntó el francés.
-En que en el catecismo de las virtudes y los méritos
del hombre civilizado de Occidente figura histórica y casi primordialmente la
capacidad de adquirir capital. Ahora bien, el ruso no sólo es incapaz de
adquirir capital, sino que lo derrocha sin sentido, indecorosamente. Lo que no
quita que el dinero también nos sea necesario a los rusos -añadí-; por
consiguiente, nos atraen y cautivan aquellos métodos, como, por ejemplo, la
ruleta, con los cuales puede uno enriquecerse de repente, en dos horas, sin
esfuerzo. Esto es para nosotros una gran tentación; y como jugamos sin sentido,
sin esfuerzo, pues perdemos.
-Eso es hasta cierto punto verdad -subrayó el francés
con fatuidad.
-No, eso no es verdad, y debería darle vergüenza hablar
así de su patria -apuntó el general en tono severo y petulante.
-Perdón -le respondí-; en realidad no se sabe todavía
qué es más repugnante: la perversión rusa o el método alemán de acumular dinero
por medio del trabajo honrado.
-¡Qué idea tan indecorosa! -exclamó el general.
-¡Qué idea tan rusa! -exclamó el francés.
Yo me reí. Tenía unas ganas locas de azuzarlos.
-Yo prefiero con mucho vivir en tiendas de lona como un
quirguiz a inclinarme ante el ídolo alemán.
-¿Qué ídolo? -gritó el general, que ya empezaba a
sulfurarse en serio.
-El método alemán de acumular riqueza. No llevo aquí
mucho tiempo, pero lo que hasta ahora vengo observando y comprobando subleva mi
sangre tártara. ¡Juro por lo más sagrado que no quiero tales virtudes! Ayer hice
un recorrido de unas diez verstas. Pues bien, todo coincide exactamente con lo
que dicen esos librillos alemanes con estampas que enseñan moralidad. Aquí, en
cada casa, hay un Vater, terriblemente virtuoso y extremadamente honrado. Tan
honrado es que da miedo acercarse a él. Yo no puedo aguantar a las personas
honradas a quienes no puede uno acercarse sin miedo. Cada uno de esos Vater
tiene su familia, y durante las veladas toda ella lee en voz alta libros de sana
doctrina. Sobre la casita murmuran los olmos y los castaños. Puesta de sol,
cigüeña en el tejado, y todo es sumamente poético y conmovedor..
-No se enfade, general. Permítame contar algo todavía
más conmovedor. Yo recuerdo que mi padre, que en paz descanse, también bajo los
tilos, en el jardín, solía leernos a mi madre y a mí durante las veladas libros
parecidos... Así pues, puedo juzgar con tino. Ahora bien, cada familia de aquí
se halla en completa esclavitud y sumisión con respecto al Vater. Todos trabajan
como bueyes y todos ahorran como judíos. Supongamos que el Vater ha acaparado ya
tantos o cuantos gulden y que piensa traspasar al hijo mayor el oficio o la
parcela de tierra; a ese fin, no se da una dote a la hija y ésta se queda para
vestir santos; a ese fin, se vende al hijo menor como siervo o soldado y el
dinero obtenido se agrega al capital doméstico. Así sucede aquí; me he enterado.
Todo ello se hace por pura honradez, por la más rigurosa honradez, hasta el
punto de que el hijo menor cree que ha sido vendido por pura honradez; vamos,
que es ideal cuando la propia víctima se alegra de que la lleven al matadero.
Bueno, ¿qué queda? Pues que incluso para el hijo mayor las cosas no van mejor:
allí cerca tiene a su Amalia, a la que ama tiernamente; pero no puede casarse
porque aún no ha reunido bastantes gulden. Así pues, los dos esperan honesta y
sinceramente y van al sacrificio con la sonrisa en los labios. A Amalia se le
hunden las mejillas, enflaquece. Por fin, al cabo de veinte años aumenta la
prosperidad; se han ido acumulando los gulden honesta y virtuosamente. El Vater
bendice a su hijo mayor, que ha llegado a la cuarentena, y a Amalia, que con
treinta y cinco años a cuestas tiene el pecho hundido y la nariz colorada... En
tal ocasión echa unas lagrimitas, pronuncia una homilía y muere. El hijo mayor
se convierte en virtuoso Vater y.. vuelta a las andadas. De este modo, al cabo
de cincuenta o sesenta años, el nieto del primer Vater junta, efectivamente, un
capital considerable que lega a su hijo, éste al suyo, este otro al suyo, y al
cabo de cinco o seis generaciones sale un barón Rothschild o una Hoppe y
Compañía, o algo por el estilo. Bueno, señores, no dirán que no es un
espectáculo majestuoso: trabajo continuo durante uno o dos siglos, paciencia,
inteligencia, honradez, fuerza de voluntad, constancia, cálculo, ¡y una cigüeña
en el tejado! ¿Qué más se puede pedir? No hay nada que supere a esto, y con ese
criterio los alemanes empiezan a juzgar a todos los que son un poco diferentes
de ellos, y a castigarlos sin más. Bueno, señores, así es la cosa. Yo, por mi
parte, prefiero armar una juerga a la rusa o hacerme rico con la ruleta. No me
interesa llegar a ser Hoppe y Compañía al cabo de cinco generaciones. Necesito
el dinero para mí mismo y no me considero indispensable para nada ni subordinado
al capital. Sé que he dicho un montón de tonterías, pero, en fin, ¿qué se le va
a hacer? Ésas son mis convicciones.
-No sé si lleva usted mucha razón en lo que ha dicho
-dijo pensativo el general-, pero lo que sí sé es que empieza a bufonear de modo
inaguantable en cuanto se le da la menor oportunidad...
Según costumbre suya, no acabó la frase. Si nuestro
general se ponía a hablar de un tema algo más importante que la conversación
cotidiana, nunca terminaba sus frases. El francés escuchaba distraídamente, con
los ojos algo saltones. No había entendido casi nada de lo que yo había dicho.
Polina miraba la escena con cierta indiferencia altiva. Parecía no haber oído
mis palabras ni nada de lo que se había dicho a la mesa.
Capítulo 5
Estaba más absorta que de ordinario, pero no bien nos
levantamos de la mesa me mandó que fuera con ella de paseo. Recogimos a los
niños y nos dirigimos a la fuente del parque.
Como me encontraba sobremanera agitado, pregunté
estúpida y groseramente por qué el marqués Des Grieux, nuestro francés, no sólo
no la acompañaba ahora cuando iba a algún sitio, sino que ni hablaba con ella
durante días enteros.
-Porque es un canalla -fue la extraña contestación.
Hasta ahora, nunca la había oído hablar en esos términos de Des Grieux. Guardé
silencio, por temor a comprender su irritación.
-¿Ha notado que hoy no se llevaba bien con el general?
-¿Quiere usted saber de qué se trata? -respondió con
tono seco y enojado-. Usted sabe que el general lo tiene todo hipotecado con el
francés; toda su hacienda es de él, y si la abuela no muere, el francés entrará
en posesión de todo lo hipotecado.
-¡Ah! ¿Conque es verdad que todo está hipotecado? Lo
había oído decir, pero no lo sabía de cierto.
-Pues sí.
-Si es así, adiós a mademoiselle Blanche -dije yo-. En
tal caso no será generala. ¿Sabe? Me parece que el general está tan enamorado
que puede pegarse un tiro si mademoiselle Blanche le da esquinazo. Enamorarse
así a sus años es peligroso.
-A mí también me parece que algo le ocurrirá -apuntó
pensativa Polina Aleksandrovna.
-¡Y qué estupendo sería! -exclamé-. No hay manera más
burda de demostrar que iba a casarse con él sólo por dinero. Aquí ni siquiera se
han observado las buenas maneras; todo ha ocurrido sin ceremonia alguna. ¡Cosa
más rara! Y en cuanto a la abuela, ¿hay algo más grotesco e indecente que mandar
telegrama tras telegrama preguntando: ¿ha muerto? ¿ha muerto?¿Qué le parece,
Polina Aleksandrovna?
-Todo eso es una tontería -respondió con repugnancia,
interrumpiéndome-. Pero me asombra que esté usted de tan buen humor. ¿Por qué
está contento? ¿No será por haber perdido mi dinero?
-¿Por qué me lo dio para que lo perdiera? Ya le dije
que no puedo jugar por cuenta de otros y mucho menos por la de usted. Obedezco
en todo aquello que usted me mande; pero el resultado no depende de mí. Ya le
advertí que no resultaría nada positivo. Dígame, ¿le duele haber perdido tanto
dinero? ¿Para qué necesita tanto?
-¿A qué vienen estas preguntas?
-¡Pero si usted misma prometió explicarme ... ! Mire,
estoy plenamente seguro de que ganaré en cuanto empiece a jugar por mi cuenta (y
tengo doce federicos de oro). Entonces pídame cuanto necesite.
Hizo un gesto de desdén.
-No se enfade conmigo -proseguí- por esa propuesta.
Estoy tan convencido de que no soy nada para usted, es decir, de que no soy nada
a sus ojos, que puede usted incluso tomar dinero de mí. No tiene usted por qué
ofenderse de un regalo mío. Además, he perdido su dinero.
Me lanzó una rápida ojeada y, notando que yo hablaba en
tono irritado y sarcástico, interrumpió de nuevo la conversación.
-No hay nada que pueda interesarle en mis
circunstancias. Si quiere saberlo, es que tengo deudas. He pedido prestado y
quisiera devolverlo. He tenido la idea extraña y temeraria de que aquí ganaría
irremisiblemente al juego. No sé por qué he tenido esta idea, pero he creído en
ella porque no me quedaba otra alternativa.
-O porque era absolutamente necesario ganar. Por lo
mismo que el que se ahoga se agarra a una paja. Confiese que si no se ahogara,
no creería que una paja es una rama de árbol.
Polina se mostró sorprendida.
-¡Cómo! -exclamó-. ¡Pero si usted también pone sus
esperanzas en lo mismo! Hace quince días me dijo usted con muchos pormenores que
estaba completamente convencido de que ganaría aquí a la ruleta, y trató de
persuadirme de que no le tuviera por loco. ¿Hablaba usted en broma entonces?
Recuerdo que hablaba usted con tal seriedad que era imposible creer que era
guasa.
-Es cierto -repliqué pensativo-. Todavía tengo la
certeza absoluta de que ganaré. Confieso que me lleva usted ahora a hacerme una
pregunta: ¿por qué la pérdida estúpida y vergonzosa de hoy no ha dejado en mí
duda alguna? Sigo creyendo a pies juntillas que tan pronto como empiece a jugar
por mi cuenta ganaré sin falta.
-¿Por qué está tan absolutamente convencido?
-Si puede creerlo, no lo sé. Sólo sé que me es preciso
ganar, que ésta es también mi única salida. He aquí quizá por qué tengo que
ganar irremisiblemente, o así me lo parece.
-Es decir, que también es necesario para usted, si está
tan fanáticamente seguro.
-Apuesto a que duda de que soy capaz de sentir una
necesidad seria.
-Me es igual -contestó Polina en voz baja e
indiferente-. Bueno, si quiere, sí. Dudo que nada serio le traiga a usted de
cabeza. Usted puede atribularse, pero no en serio. Es usted un hombre
desordenado, inestable. ¿Para qué quiere el dinero? Entre las razones que adujo
usted entonces, no encontré ninguna seria.
-A propósito -interrumpí-, decía usted que necesitaba
pagar una deuda. ¡Bonita deuda será! ¿No es con el francés?
-¿Qué preguntas son éstas? Hoy está usted más
impertinente que de costumbre. ¿No está borracho?
-Ya sabe que me permito hablar de todo y que pregunto a
veces con la mayor franqueza. Repito que soy su esclavo y que no importa lo que
dice un esclavo. Además, un esclavo no puede ofender.
-¡Tonterías! No puedo aguantar esa teoría suya sobre la
«esclavitud».
-Fíjese en que no hablo de mi esclavitud porque me
guste ser su esclavo. Hablo de ella como de un simple hecho que no depende de
mí.
-Diga sin rodeos, ¿por qué necesita dinero?
-Y usted, ¿por qué quiere saberlo?
-Como guste -respondió con un movimiento orgulloso de
la cabeza.
-No puede usted aguantar la teoría de la esclavitud,
pero exige esclavitud: «¡Responder y no razonar!». Bueno, sea. ¿Por qué necesito
dinero, pregunta usted? ¿Cómo que por qué? El dinero es todo.
-Comprendo, pero no hasta el punto de caer en tal
locura por el deseo de tenerlo. Porque usted llega hasta el frenesí, hasta el
fatalismo. En ello hay algo, algún motivo especial. Dígalo sin ambages. Lo
quiero.
Empezaba por lo visto a enfadarse y a mí me agradaba
mucho que me preguntara con acaloramiento.
-Claro que hay un motivo -dije-, pero temo no saber
cómo explicarlo. Sólo que con el dinero seré para usted otro hombre, y no un
esclavo.
-¿Cómo? ¿Cómo conseguirá usted eso?
-¿Que cómo lo conseguiré? ¿Conque usted no concibe
siquiera que yo pueda conseguir que no me mire como a un esclavo? Pues bien, eso
es lo que no quiero, esa sorpresa, esa perplejidad.
-Usted decía que consideraba esa esclavitud como un
placer. As! lo pensaba yo también.
-Así lo pensaba usted -exclamé con extraño deleite-.
¡Ah, qué deliciosa es esa ingenuidad suya! ¡Conque sí, sí, usted mira mi
esclavitud como un placer. Hay placer, sí, cuando se llega al colmo de la
humildad y la insignificancia -continué en mi delirio-. ¿Quién sabe? Quizá lo
haya también en el knut cuando se hunde en la espalda y arranca tiras de
carne... Pero quizá quiero probar otra clase de placer. Hoy, a la mesa, en
presencia de usted, el general me predicó un sermón a cuenta de los setecientos
rublos anuales que ahora puede que no me pague. El marqués Des Grieux me mira
alzando las cejas, y ni me ve siquiera. Y yo, por mi parte, quizá tenga un deseo
vehemente de tirar de la nariz al marqués Des Grieux en presencia de usted.
-Palabras propias de un mocosuelo. En toda situación es
posible comportarse con dignidad. Si hay lucha, que sea noble y no humillante.
-Eso viene derechito de un manual de caligrafía. Usted
supone sin más que no sé portarme con dignidad. Es decir, que podré ser un
hombre digno, pero que no sé portarme con dignidad. Comprendo que quizá sea
verdad. Sí, todos los rusos son así y le diré por qué: porque los rusos están
demasiado bien dotados, son demasiado versátiles, para encontrar de momento una
forma de la buena crianza. Es cuestión de forma. La mayoría de nosotros, los
rusos, estamos tan bien dotados que necesitamos genio para lograr una forma de
la buena crianza. Ahora bien, lo que más a menudo falta es el genio, porque en
general se da raramente. Sólo entre los franceses y quizá entre algunos otros
europeos, está tan bien definida la buena crianza que una persona puede tener un
aspecto dignísimo y ser totalmente indigna. De ahí que la forma signifique tanto
para ellos. El francés aguanta un insulto, un insulto auténtico y directo, sin
pestañear, pero no tolerará un papirotazo en la nariz, porque ello es una
violación de la forma recibida y consagrada de la buena crianza. De ahí la
afición de nuestras mocitas rusas a los franceses, porque los modales de éstos
son impecables. A mi modo de ver, sin embargo, no tienen buena crianza, sino
sólo «gallo», le coq gaulois. Pero claro, yo no comprendo eso porque no soy
mujer. Quizá los gallos tienen también buenos modales. Está visto que estoy
desbarrando y que no me para usted los pies. Interrúmpame más a menudo. Cuando
hablo con usted quiero decirlo todo, todo, todo. Pierdo todo sentido de lo que
son los buenos modales; hasta convengo en que no sólo no tengo buenos modales,
sino ni dignidad siquiera. Se lo explicaré. No me preocupo en lo más mínimo de
las cualidades morales. Ahora en mí todo está como detenido. Usted misma sabe
por qué. No tengo en la cabeza un solo pensamiento humano. Hace ya mucho que no
sé lo que sucede en el mundo, ni en Rusia ni aquí., He pasado por Dresde y ni
recuerdo cómo es Dresde. Usted misma sabe lo que me ha sorbido el seso. Como no
abrigo ninguna esperanza y soy un cero a los ojos de usted, hablo sin rodeos.
Dondequiera que estoy sólo veo a usted, y lo demás me importa un comino. No sé
por qué ni cómo la quiero. ¿Sabe? Quizá no tiene usted nada de guapa. Figúrese
que ni tengo idea de si es usted hermosa de cara. Su corazón, huelga decirlo, no
tiene nada de hermoso y acaso sea usted innoble de espíritu.
-¿Es por eso por lo que quiere usted comprarme con
dinero? -preguntó-. ¿Porque no cree en mi nobleza de espíritu?
-¿Cuándo he pensado en comprarla con dinero? -grité.
-Se le ha ido la lengua y ha perdido el hilo. Si no
comprarme a mí misma, sí piensa comprar mi respeto con dinero.
-¡Que no, de ningún modo! Ya le he dicho que me cuesta
trabajo explicarme. Usted me abruma. No se enfade con mi cháchara. Usted
comprende por qué no Vale la pena enojarse conmigo: estoy sencillamente loco.
Pero, por otra parte, me da lo mismo que se enfade usted. Allá arriba, en mi
cuchitril, me basta sólo recordar e imaginar el rumor del vestido de usted y ya
estoy para morderme las manos. ¿Y por qué se enfada conmigo? ¿Porque me llamo su
esclavo? ¡Aprovéchese, aprovéchese de mi esclavitud, aprovéchese de ella! ¿Sabe
que la mataré algún día? Y no la mataré por haber dejado de quererla, ni por
celos; la mataré sencillamente porque siento ganas de comérmela. Usted se ríe...
-No me río, no, señor -dijo indignada-. Le mando que se
calle.
Se detuvo, con el aliento entrecortado por la ira. ¡Por
Dios vivo que no sé si era hermosa! Lo que si sé es que me gustaba mirarla
cuando se encaraba conmigo así, por lo que a menudo me agradaba provocar su
enojo. Quizá ella misma lo notaba y se enfadaba de propósito. Se lo dije.
- ¡Qué porquería! -exclamó con repugnancia.
-Me es igual -proseguí-. Sepa que hay peligro en que
nos paseemos juntos; más de una vez he sentido el deseo irresistible de
golpearla, de desfigurarla, de estrangularla. ¿Y cree usted que las cosas no
llegarán a ese extremo? Usted me lleva hasta el arrebato. ¿Cree que temo el
escándalo? ¿El enojo de usted? ¿Y a mí qué me importa su enojo? Yo la quiero sin
esperanza y sé que después de esto la querré mil veces más. Si algún día la mato
tendré que matarme yo también (ahora bien, retrasaré el matarme lo más posible
para sentir el dolor intolerable de no tenerla). ¿Sabe usted una cosa increíble?
Que con cada día que pasa la quiero a usted más, lo que es casi imposible. Y
después de esto, ¿cómo puedo dejar de ser fatalista? Recuerde que anteayer,
provocado por usted, le dije en el Schlangenberg que con sólo pronunciar usted
una palabra me arrojaría al abismo. Si la hubiera pronunciado me habría lanzado.
¿No cree usted que lo hubiera hecho?
-¡Qué cháchara tan estúpida! -exclamó.
-Me da igual que sea estúpida o juiciosa -respondí-. Lo
que sé es que en presencia de usted necesito hablar, hablar, hablar... y hablo.
Ante usted pierdo por completo el amor propio y todo me da lo mismo.
. -¿Y con qué razón le mandaría tirarse desde el
Schlangenberg? Eso para mí no tendría ninguna utilidad.
-¡Magnífico! -exclamé-. De propósito, para aplastarme,
ha usado usted esa magnífica expresión «ninguna utilidad». Para mí es usted
transparente. ¿Dice que «ninguna utilidad»? La satisfacción es siempre útil; y
el poder feroz sin cortapisas, aunque sea sólo sobre una mosca, es también una
forma especial de placer. El ser humano es déspota por naturaleza y muy
aficionado a ser verdugo. Usted lo es en alto grado.
Recuerdo que me miraba con atención reconcentrada. Mi
rostro, por lo visto, expresaba en ese momento todos mis sentimientos absurdos e
incoherentes. Recuerdo todavía que nuestra conversación de entonces fue en
efecto, casi palabra por palabra, como aquí queda descrita. Mis ojos estaban
inyectados de sangre. En las comisuras de mis labios espumajeaba la saliva. Y en
lo tocante al Schlangenberg, juro por mi honor, aun en este instante, que si me
hubiera mandado que me tirara ¡me hubiera tirado! Aunque ella sólo lo hubiera
dicho en broma, por desprecio, escupiendo las palabras, ¡me hubiera tirado
entonces!
-No, pero sí le creo -concedió, pero de la manera en
que a veces ella se expresa, con tal desdén, con tal rencor, con tal altivez,
que vive Dios que podría matarla en ese momento. Ella cortejaba el peligro. Yo
tampoco mentía al decírselo.
-¿Usted no es cobarde? -me preguntó de pronto.
-No sé; quizá lo sea. No sé ... ; hace tiempo que no he
pensado en ello.
-Si yo le dijera: «mate a esa persona», ¿la mataría
usted?
-¿A quién?
-A quien yo quisiera.
-¿Al francés?
-No pregunte. Conteste. A quien yo le indicara. Quiero
saber si hablaba usted en serio hace un momento. -Aguardaba la contestación con
tal seriedad e impaciencia que todo ello me pareció un tanto extraño.
-¡Pero acabemos, dígame qué es lo que pasa aquí!
-exclamé-. ¿Es que me teme usted? Veo bien la confusión que reina aquí. Usted es
hijastra de un hombre loco y arruinado, a quien ha envenenado la pasión por ese
diablo de mujer, Blanche. Luego está ese francés con su misteriosa influencia
sobre usted y he aquí que ahora me hace usted seriamente una pregunta...
insólita. Por lo menos tengo que saber qué hay; de lo contrario me haré un lío y
meteré la pata. ¿O es que le da a usted vergüenza de honrarme con su franqueza?
¿Pero es posible que tenga usted vergüenza de mí?
-No le hablo a usted en absoluto de eso. Le he hecho
una pregunta y espero contestación.
-Claro que mataría a quien me mandara usted -exclamé-,
pero ¿es posible que... es posible que usted mande tal cosa?
-¿Qué se cree? ¿Que le tendré lástima? Se lo mandaré y
escurriré el bulto. ¿Aguantará eso? ¡Claro que no podrá aguantarlo! Puede que
matara usted cumpliendo la orden, pero vendría a matarme a mí por haberme
atrevido a dársela.
Tales palabras me dejaron casi atontado. Por supuesto,
yo pensaba que me hacía la pregunta medio en broma, para provocarme, pero había
hablado con demasiada seriedad. De todos modos, me asombró que se expresara así,
que tuviera tales derechos sobre mi persona, que consintiera en ejercer tal
ascendiente sobre mí y que dijera tan sin rodeos: «Ve a tu perdición, que yo me
echaré a un lado». En esas palabras había tal cinismo y desenfado que la cosa
pasaba de castaño oscuro. Porque, vamos a ver, ¿qué opinión tenía de mí? Esto
rebasaba los límites de la esclavitud y la humillación. Opinar así de un hombre
es ponerlo al nivel de quien opina. Y a pesar de lo absurdo e inverosímil de
nuestra conversación, el corazón me temblaba.
De pronto soltó una carcajada. Estábamos sentados en el
banco, junto a los niños, que seguían jugando, de cara al lugar donde se
detenían los carruajes para que se apeara la gente en la avenida que había
delante del Casino.
-¿Ve usted a esa baronesa gorda? -preguntó-. Es la
baronesa Burmerhelm. Llegó hace sólo tres días. Mire a su marido: ese prusiano
seco y larguirucho con un bastón en la mano. ¿Recuerda cómo nos miraba anteayer?
Vaya usted al momento, acérquese a la baronesa, quítese el sombrero y dígale
algo en francés.
-¿Para qué?
-Usted juró que se tiraría desde lo alto del
Schlangenberg. Usted jura que está dispuesto a matar si se lo ordeno. En lugar
de muertes y tragedias quiero sólo pasar un buen rato. Hala, vaya, no hay pero
que valga. Quiero ver cómo le apalea a usted el barón.
-Usted me provoca. ¿Cree que no lo haré?
-Sí, le provoco. Vaya. Así lo quiero.
-Perdone, voy, aunque es un capricho absurdo. Sólo una
cosa: ¿qué hacer para que el general no se lleve un disgusto o no se lo dé a
usted? Palabra que no me preocupo por mí, sino por usted ... y, bueno, por el
general. ¿Y qué antojo es éste de ir a insultar a una mujer?
-Ya veo que se le va a usted la fuerza por la boca
-dijo con desdén-. Hace un momento tenía usted los ojos inyectados de sangre,
pero quizá sólo porque había bebido demasiado vino con la comida. ¿Cree que no
me doy cuenta de que esto es estúpido y grosero y que el general se va a
enfadar? Quiero sencillamente reírme; lo quiero y basta. ¿Y para qué insultar a
una mujer? Para que cuanto antes le den a usted una paliza.
Giré sobre los talones y en silencio fui a cumplir su
encargo. Sin duda era una acción estúpida, y por supuesto no sabía cómo
evitarla, pero recuerdo que cuando me acercaba a la baronesa algo en mí mismo
parecía azuzarme, algo así como la picardía de un colegial. Me sentía totalmente
desquiciado, igual que si estuviera borracho.
Capítulo 6
Han pasado ya veinticuatro horas desde ese día
estúpido, ¡y cuánto jaleo, escándalo, bulle-bulle y aspaviento! ¡Qué confusión,
qué embrollo, qué necedad, qué ordinariez ha habido en esto, de todo lo cual he
sido yo la causa! A veces, sin embargo, me parece cosa de risa, a mí por lo
menos. No consigo explicarme lo que me sucedió: ¿estaba, en efecto, fuera de mí
o simplemente me salí un momento del carril y me porté como un patán merecedor
de que lo aten? A veces me parece que estoy ido de la cabeza, pero otras creo
que soy un chicuelo no muy lejos todavía del banco de la escuela, y que lo que
hago son sólo burdas chiquilladas de escolar.
Ha sido Polina, todo ello ha sido obra de Polina. Sin
ella no hubiera habido esas travesuras. ¡Quién sabe! Acaso lo hice por
desesperación (por muy necio que parezca suponerlo). No comprendo, no comprendo
en qué consiste su atractivo. En cuanto a hermosa, lo es, debe de serlo, porque
vuelve locos a otros hombres. Alta y bien plantada, sólo que muy delgada. Tengo
la impresión de que puede hacerse un nudo con ella o plegarla en dos.
Su pie es largo y estrecho -una tortura, eso es, una
tortura-. Su pelo tiene un ligero tinte rojizo. Los ojos, auténticamente felinos
¡y con qué orgullo y altivez sabe mirar con ellos! Hace cuatro meses, a raíz de
mi llegada, estaba ella hablando una noche en la sala con Des Grieux. La
conversación era acalorada. Y ella le miraba de tal modo... que más tarde,
cuando fui a acostarme, saqué la conclusión de que acababa de darle una
bofetada. Estaba de pie ante él y mirándole... Desde esa noche la quiero.
Pero vamos al caso.
Por una vereda entré en la avenida, me planté en medio
de ella y me puse a esperar al barón y la baronesa. Cuando estuvieron a cinco
pasos de mí me quité el sombrero y me incliné.
Recuerdo que la baronesa llevaba un vestido de seda de
mucho vuelo, gris oscuro, con volante de crinolina y cola. Era mujer pequeña y
de corpulencia poco común, con una papada gruesa y colgante que impedía verle el
cuello. Su rostro era de un rojo subido; los ojos eran pequeños, malignos e
insolentes. Caminaba como si tuviera derecho a todos los honores. El marido era
alto y seco. Como ocurre a menudo entre los alemanes, tenía la cara torcida y
cubierta de un sinfín de pequeñas arrugas. Usaba lentes. Tendría unos cuarenta y
cinco años. Las piernas casi le empezaban en el pecho mismo, señal de casta.
Ufano como pavo real. Un tanto desmañado. Había algo de carnero en la expresión
de su rostro que alguien podría tomar por sabiduría.
Todo esto cruzó ante mis ojos en tres segundos.
Mi inclinación de cabeza y mi sombrero en la mano
atrajeron poco a poco la atención de la pareja. El barón contrajo ligeramente
las cejas. La baronesa navegaba derecha hacia mí.
-Madame la baronne -articulé claramente en voz alta,
acentuando cada palabra-, j'ai I'honneur d'étre votre esclave.
Me incliné, me puse el sombrero y pasé junto al barón,
volviendo mi rostro hacia él y sonriendo cortésmente.
Polina me había ordenado que me quitara el sombrero,
pero la inclinación de cabeza y el resto de la faena eran de mi propia cosecha.
El diablo sabe lo que me impulsó a hacerlo. Fue sencillamente un patinazo.
-Hein! -gritó o, mejor dicho, graznó el barón,
volviéndose hacia mí con mortificado asombro.
Yo también me volví y me detuve en respetuosa espera,
sin dejar de mirarle y sonreír. Él, por lo visto, estaba perplejo y alzó
desmesuradamente las cejas. Su rostro se iba entenebreciendo. La baronesa se
volvió también hacia mí y me miró asimismo con irritada sorpresa. Algunos de los
transeúntes se pusieron a observarnos. Otros hasta se detuvieron.
-Heín! -graznó de nuevo el barón, con redoblado
graznido y redoblada furia.
-Ja wohl -dije yo arrastrando las sílabas sin apartar
mis ojos de los suyos.
-Sind Sie rasend? -gritó enarbolando el bastón y
empezando por lo visto a acobardarse. Quizá le desconcertaba mi atavío. Yo
estaba vestido muy pulcramente, hasta con atildamiento, como hombre de la mejor
sociedad.
-Ja wo-o-ohl! -exclamé de pronto a voz en cuello,
arrastrando la o a la manera de los berlineses, quienes a cada instante
introducen en la conversación las palabras ja wohl, alargando más o menos la o
para expresar diversos matices de pensamiento y emoción.
El barón y la baronesa, atemorizados, giraron sobre sus
talones rápidamente y casi salieron huyendo. De los circunstantes, algunos
hacían comentarios y otros me miraban estupefactos. Pero no lo recuerdo bien.
Yo di la vuelta y a mi paso acostumbrado me dirigí a
Polina Aleksandrovna; pero aún no había cubierto cien pasos de la distancia que
me separaba de su banco cuando vi que se levantaba y se encaminaba con los niños
al hotel.
La alcancé en la escalinata.
-He llevado a cabo ... la payasada -dije cuando estuve
a su lado.
-Bueno, ¿y qué? Ahora arrégleselas como pueda
-respondió sin mirarme y se dirigió a la escalera.
Toda esa tarde estuve paseando por el parque.
Atravesándolo y atravesando después un bosque, llegué a un principado vecino. En
una cabaña tomé unos huevos revueltos y vino. Por este idilio me cobraron nada
menos que un tálero y medio.
Eran ya las once cuando regresé a casa. En seguida
vinieron a buscarme porque me llamaba el general.
Nuestra gente ocupa en el hotel dos apartamentos con un
total de cuatro habitaciones. La primera es grande, un salón con piano. Junto a
ella hay otra, amplia, que es el gabinete del general, y en el centro de ella me
estaba esperando éste de pie, en actitud majestuosa. Des Grieux estaba
arrebañado en un diván.
-Permítame preguntarle, señor mío, qué ha hecho usted
-dijo para empezar el general, volviéndose hacia mí.
-Desearía, general, que me dijera sin rodeos lo que
tiene que decirme. ¿Usted probablemente quiere aludir a mi encuentro de hoy con
cierto alemán?
-¿Con cierto alemán? Ese alemán es el barón Burmerhelm,
un personaje importante, señor mío. Usted se ha portado groseramente con él y
con la baronesa.
-No, señor, nada de eso.
-Los ha asustado usted.
-Repito que no, señor. Cuando estuve en Berlín me chocó
oír constantemente tras cada palabra la expresión ja wohl! que allí pronuncian
arrastrándola de una manera desagradable. Cuando tropecé con ellos en la avenida
me acordé de pronto, no sé por qué, de ese ja wohl! y el recuerdo me irritó...
Sin contar que la baronesa, tres veces ya, al encontrarse conmigo, tiene la
costumbre de venir directamente hacia mí, como si yo fuera un gusano que se
puede aplastar con el pie. Convenga en que yo también puedo tener amor propio.
Me quité el sombrero y cortésmente (le aseguro que cortésmente) le dije: Madame,
j'ai l'honneur d'être votre esclave. Cuando el barón se volvió y gritó hein!, de
repente me dieron ganas de gritar ja wohl. Lo grité dos veces: la primera, de
manera corriente, y la segunda, arrastrando la frase lo más posible. Eso es
todo.
Confieso que quedé muy contento de esta explicación
propia de un mozalbete. Deseaba ardientemente alargar esta historia de la manera
más absurda posible.
-¿Se ríe usted de mí? -exclamó el general. Se volvió al
francés y le dijo en francés que yo, sin duda, insistía en dar un escándalo. Des
Grieux se rió desdeñosamente y se encogió de hombros.
-¡Oh, no lo crea! ¡No es así ni mucho menos! -exclamé-;
mi proceder, por supuesto, no ha sido bonito, y lo reconozco con toda franqueza.
Cabe incluso decir que ha sido una majadería, una travesura de colegial, pero
nada más. Y sepa usted, general, que me arrepiento de todo corazón. Pero en ello
hay una circunstancia que, a mi modo de ver, casi me exime del arrepentimiento.
Recientemente, en estas últimas dos o tres semanas, no estoy bien: me siento
enfermo, nervioso, irritado, antojadizo, y en más de una ocasión pierdo por
completo el dominio sobre mí mismo. A decir verdad, algunas veces he sentido el
deseo vehemente de abalanzarme sobre el marqués Des Grieux y.. en fin, no hay
por qué acabar la frase; podría ofenderse. En suma, son síntomas de una
enfermedad. No sé si la baronesa Burmerhelm tomará en cuenta esta circunstancia
cuando le presente mis excusas (porque tengo la intención de presentarle mis
excusas). Sospecho que no, que últimamente se ha empezado a abusar de esta
circunstancia en el campo jurídico. En las causas criminales, los abogados
tratan a menudo de justificar a sus clientes alegando que en el momento de
cometer el delito no se acordaban de nada, lo que bien pudiera ser una especie
de enfermedad: «Asestó el golpe -dicen- y no recuerda nada». Y figúrese,
general, que la medicina les da la razón, que efectivamente corrobora la
existencia de tal enfermedad, de una ofuscación pasajera en que el individuo no
recuerda casi nada, o recuerda la mitad o la cuarta parte de lo sucedido. Pero
el barón y la baronesa son gentes chapadas a la antigua, sin contar que son
junker prusianos y terratenientes. Lo probable es que todavía ignoren ese
progreso en el campo de la medicina legal y que, por lo tanto, no acepten mis
explicaciones. ¿Qué piensa usted, general?
-¡Basta, caballero! -dijo el general en tono áspero y
con indignación mal contenida-. ¡Basta ya! Voy a intentar de una vez para
siempre librarme de sus chiquilladas. No presentará usted sus excusas a la
baronesa y el barón. Toda relación con usted, aunque sea sólo para pedirles
perdón, será humillante para ellos. El barón, al enterarse de que pertenece
usted a mi casa, ha tenido una conversación conmigo en el Casino, y confieso que
faltó poco para que me pidiera una satisfacción. ¿Se da usted cuenta de la
situación en que me ha puesto usted a mí, a mí, señor mío? Yo, yo mismo he
tenido que pedir perdón al barón y darle mi palabra de que en seguida, hoy
mismo, dejará usted de pertenecer a mi casa...
-Un momento, un momento, general, ¿conque ha sido él
mismo quien ha exigido que yo deje de pertenecer a la casa de usted, para usar
la frase de que usted se sirve?
-No, pero yo mismo me consideré obligado a darle esa
satisfacción y, por supuesto, el barón quedó satisfecho. Nos vamos a separar,
señor mío. A usted le corresponde percibir de mí estos cuatro federicos de oro y
tres florines, según el cambio vigente. Aquí está el dinero y un papel con la
cuenta; puede usted comprobar la suma. Adiós. De ahora en adelante somos
extraños uno para el otro. Salvo inquietudes y molestias no le debo a usted nada
más. Voy a llamar al hotelero para informarle que desde mañana no respondo de
los gastos de usted en el hotel. Servidor de usted.
Tomé el dinero y el papel en que estaba apuntada la
cuenta con lápiz, me incliné ante el general y le dije muy seriamente:
-General, el asunto no puede acabar así. Siento mucho
que haya tenido usted un disgusto con el barón, pero, con perdón, usted mismo
tiene la culpa de ello. ¿Por qué se le ocurrió responder de mí ante el barón?
¿Qué quiere decir eso de que pertenezco a la casa de usted? Yo soy sencillamente
un tutor en casa de usted, nada más. No soy hijo de usted, no estoy bajo su
tutela y no puede usted ser responsable de mis acciones. Soy persona
jurídicamente competente. Tengo veinticinco años, poseo el título de licenciado,
soy de familia noble y enteramente extraño a usted. Sólo la profunda estima que
profeso a su dignidad me impide exigirle ahora una satisfacción y pedirle,
además, que explique por qué se arrogó el derecho de contestar por mí al barón.
El general quedó tan estupefacto que puso los brazos en
cruz, se volvió de repente al francés y apresuradamente le hizo saber que yo
casi le había retado a un duelo. El francés lanzó una estrepitosa carcajada.
-Al barón, sin embargo, no pienso soltarle así como así
-proseguí con toda sangre fría, sin hacer el menor caso de la risa de M. Des
Grieux-; y ya que usted, general, al acceder hoy a escuchar las quejas del barón
y tomar su partido, se ha convertido, por así decirlo, en partícipe de este
asunto, tengo el honor de informarle que mañana por la mañana a lo más tardar
exigiré del barón, en mi propio nombre, una explicación en debida forma de por
qué, siendo yo la persona con quien tenía que tratar, me pasó por alto para
tratar con otra -como si yo no fuera digno o no pudiera responder por mí mismo.
Sucedió lo que había previsto. El general, al oír esta
nueva majadería, se acobardó horriblemente.
-¿Cómo? ¿Es posible que se empeñe todavía en prolongar
este condenado asunto? –exclamó-. ¡Ay, Dios mío! ¿Pero qué hace usted conmigo?
¡No se atreva usted, no se atreva, señor mío, o le juro que... También aquí hay
autoridades y yo... yo... por mi posición social... y el barón también .... en
una palabra, que lo detendrán a usted y que la policía le expulsará de aquí para
que no alborote. ¡Téngalo presente! -Y si bien hablaba con voz entrecortada por
la ira, estaba terriblemente acobardado.
-General -respondí con calma que le resultaba
intolerable-, no es posible detener a nadie por alboroto hasta que el alboroto
mismo se produzca. Todavía no he iniciado mis explicaciones con el barón y usted
no sabe en absoluto de qué manera y sobre qué supuestos pienso proceder en este
asunto. Sólo deseo esclarecer la suposición, que estimo injuriosa para mí, de
que me encuentro bajo la tutela de una persona que tiene dominio sobre mi
libertad de acción. No tiene usted, pues, por qué preocuparse o alarmarse.
-¡Por Dios santo, por Dios santo, Aleksei Ivanovich,
abandone ese propósito insensato! -murmuró el general, cambiando súbitamente su
tono airado en otro de súplica, e incluso cogiéndome de las manos-. ¡Imagínese
lo que puede resultar de esto! ¡Más disgustos! ¡Usted mismo convendrá en que
debo conducirme aquí de una manera especial, sobre todo ahora!... ¡sobre todo
ahora!... ¡Ay, usted no conoce, no conoce, todas mis circunstancias! Cuando nos
vayamos de aquí estoy dispuesto a contratarle de nuevo. Hablaba sólo de ahora...
en fin, usted conoce los motivos! -gritó desesperado- ¡Aleksei Ivanovich,
Aleksei Ivanovich!
Una vez más, desde la puerta, le dije con voz firme que
no se preocupara, le prometí que todo se haría pulcra y decorosamente, y me
apresuré a salir.
A veces los rusos que están en el extranjero se
muestran demasiado pusilánimes, temen sobremanera el qué dirán, la manera cómo
la gente los mira, y se preguntan si es decoroso hacer esto o aquello; en fin,
viven como encorsetados, sobre todo cuando aspiran a distinguirse. Lo que más
les agrada es cierta pauta preconcebida, establecida de una vez para siempre,
que aplican servilmente en los hoteles, en los paseos, en las reuniones, cuando
van de viaje... Ahora bien, al general se le escapó sin querer el comentario de
que, además de eso, había otras circunstancias particulares, de que le era
preciso «conducirse de manera algo especial». De ahí que se apocara tan de
repente y cambiara de tono conmigo. Yo lo observé y tomé nota mental de ello. Y
como, sin duda, por pura necedad, él podía apelar mañana a las autoridades, me
era preciso tomar precauciones.
Por otra parte, yo en realidad no quería enfurecer al
general; pero sí quería enfurecer a Polina. Polina me había tratado tan
cruelmente, me había puesto en situación tan estúpida que quería obligarla a que
me pidiera ella misma que cesara en mis actos. Mis travesuras Podían llegar a
comprometerla, sin contar que en mí iban surgiendo otras emociones y apetencias;
porque si ante ella me veo reducido voluntariamente a la nada, eso no significa
que sea un «gallina» ante otras gentes, ni por supuesto que pueda el barón
«darme de bastonazos». Lo que yo deseaba era reírme de todos ellos y salir
victorioso en este asunto. ¡Que mirasen bien! Quizá ella se asustaría y me
llamaría de nuevo. Y si no lo hacía, vería de todos modos que no soy un
«gallina».
(Noticia sorprendente. Acaba de decirme la niñera, con
quien he tropezado en la escalera, que Marya Filippovna ha salido sola, en el
tren de esta noche, para Karlsbad con el fin de visitar a una prima suya. ¿Qué
significa esto? La niñera dice que venía preparando el viaje desde hacía tiempo,
pero ¿cómo es que nadie lo sabía? Aunque bien pudiera ser que yo fuese el único
en no saberlo. La niñera me ha dicho, además, que anteayer Marya Filippovna tuvo
una disputa con el general. Lo comprendo. El tema, sin duda, fue mademoiselle
Blanche. Sí, algo decisivo va a ocurrir aquí.)
Capítulo 7
Al día siguiente llamé al hotelero y le dije que
preparase mi cuenta por separado. Mi habitación no era lo bastante cara para
alarmarme y obligarme a abandonar el hotel. Contaba con diecisiete federicos de
oro, y allí... allí estaba quizá la riqueza. Lo curioso era que todavía no había
ganado, pero sentía, pensaba y obraba como hombre rico y no podía imaginarme de
otro modo.
A pesar de lo temprano de la hora, me disponía a ir a
ver a mister Astley en el Hotel d'Angleterre, cercano al nuestro, cuando
inopinadamente se presentó Des Grieux. Esto no había sucedido nunca antes; más
aún, mis relaciones con este caballero habían sido últimamente harto raras y
tirantes. Él no se recataba para mostrarme su desdén, mejor dicho, se esforzaba
por mostrármelo; y yo, por mi parte, tenía mis razones para no manifestarle
aprecio. En una palabra, le detestaba. Su llegada me llenó de asombró. Me
percaté en el acto de que sucedía algo especial.
Entró muy amablemente y me dijo algo lisonjero acerca
de mi habitación. Al verme con el sombrero en la mano, me preguntó si salía de
paseo a una hora tan temprana. Al oír que iba a visitar a mister Astley para
hablar de negocios, pensó un instante, caviló, y su rostro reflejó la más aguda
preocupación.
Des Grieux era como todos los franceses, a saber,
festivo y amable cuando serlo es necesario y provechoso, y fastidioso hasta más
no poder cuando ser festivo y amable deja de ser necesario. Raras veces es el
francés naturalmente amable; lo es siempre, como si dijéramos, por exigencia,
por cálculo. Si, pongamos por caso, juzga indispensable ser fantasioso,
original, extravagante, su fantasía resulta sumamente necia y artificial y
reviste formas aceptadas y gastadas por el uso repetido. El francés natural es
la encarnación del pragmatismo más angosto, mezquino y cotidiano, en una
palabra, es el ser más fastidioso de la tierra. A mi juicio, sólo las gentes sin
experiencia,,y en particular las jovencitas rusas, se sienten cautivadas por los
franceses. A toda persona como Dios manda le es familiar e inaguantable este
convencionalismo, esta forma preestablecida de la cortesía de salón, de la
desenvoltura y de la jovialidad.
-Vengo a hablarle de un asunto -empezó diciendo con
excesiva soltura, aunque con amabilidad- y no le ocultaré que vengo como
embajador, o,,mejor dicho, como mediador, del general. Como conozco el ruso muy
mal, no comprendí casi nada anoche; pero el general me dio explicaciones
detalladas, y confieso que...
-Escuche, monsieur Des Grieux -le interrumpí-. Usted ha
aceptado en este asunto el oficio de mediador. Yo, claro, soy un outchitel y
nunca he aspirado al honor de ser amigo íntimo de esta familia o de establecer
relaciones particularmente estrechas con ella; por lo tanto, no conozco todas
las circunstancias. Pero ilumíneme: ¿es que es usted ahora, con todo rigor,
miembro de la familia? Porque como veo que toma usted una parte tan activa en
todo, que es indefectiblemente mediador en tantas cosas...
No le agradó mi pregunta. Le resultaba demasiado
transparente, y no quería irse de la lengua.
-Me ligan al general, en parte, ciertos asuntos, y, en
parte, también, algunas circunstancias personales -dijo con sequedad-. El
general me envía a rogarle que desista de lo que proyectaba ayer. Lo que usted
urdía era, sin duda, muy ingenioso; pero el general me ha pedido expresamente
que indique a usted que no logrará su objeto. Por añadidura, el barón no le
recibirá, y, en definitiva, cuenta con medios de librarse de toda futura
importunidad por parte de usted. Convenga en que es así. Dígame, pues, de qué
sirve persistir. El general promete que, con toda seguridad, le repondrá a usted
en su puesto en la primera ocasión oportuna y que hasta esa fecha le abonará sus
honorarios, vos appointements. Esto es bastante ventajoso, ¿no le parece?
Yo le repliqué con calma que se equivocaba un tanto;
que bien podía ser que no me echasen de casa del barón; que, por el contrario,
quizá me escuchasen; y le pedí que confesara que había venido probablemente para
averiguar qué medidas pensaba tomar yo en este asunto.
-¡Por Dios santo! Puesto que el general está tan
implicado, claro que le gustará saber qué hará usted y cómo lo hará. Eso es
natural.
Yo me dispuse a darle explicaciones y él,
arrellanándose cómodamente, se dispuso a escucharlas, ladeando la cabeza un poco
hacia mí, con un evidente y manifiesto gesto de ironía en el rostro. De
ordinario me miraba muy por encima del hombro. Yo hacía todo lo posible por
fingir que ponderaba el caso con toda la seriedad que requería. Dije que puesto
que el barón se había quejado de mí al general como si yo fuera un criado de
éste, me había hecho perder mi colocación, en primer lugar, y, en segundo, me
había tratado como persona incapaz de responder por sí misma y con quien ni
siquiera valía la pena hablar. Por supuesto que me sentía ofendido, y con
sobrado motivo; pero, en consideración de la diferencia de edad, del nivel
social, etc., etc. (y aquí apenas podía contener la risa), no quería aventurarme
a una chiquillada más, como sería exigir satisfacción directamente del barón o
incluso sencillamente sugerir que me la diera. De todos modos, me juzgaba con
derecho a ofrecerle mis excusas, a la baronesa en particular, tanto más cuanto
que últimamente me sentía de veras indispuesto, desquiciado y, por así decirlo,
antojadizo, etc., etc. No obstante, el barón, con su apelación de ayer al
general, ofensiva para mí, y su empeño en que el general me privase de mi
empleo, me había puesto en situación de no poderles ya ofrecer a él y a la
baronesa mis excusas, puesto que él, y la baronesa, y todo el mundo pensarían de
seguro que lo hacía por miedo, a fin de ser repuesto en mi cargo. De aquí que yo
estimase necesario pedir ahora al barón que fuera él quien primero me ofreciera
excusas, en los términos más moderados, diciendo, por ejemplo, que no había
querido ofenderme en absoluto; y que cuando el barón lo dijera, yo por mi parte,
como sin darle importancia, le presentaría cordial y sinceramente mis propias
excusas. En suma -dije en conclusión-, sólo pedía que el barón me ofreciera una
salida.
-¡Uf, qué escrupulosidad y qué finura! ¿Y por qué tiene
usted que disculparse? Vamos, monsieur; reconozca, monsieur.. que lo hace usted
adrede para molestar al general... y quizá con otras miras personales... mon
cher monsieur, pardon, j'ai oublié votre nom, monsieur Alexis ?.. n'est-ce pas?
-Pero, perdón, mon cher marquis, ¿a usted qué le va en
ello?
-Mais le général..
-¿Y qué le va al general? ]Él dijo algo ayer de que
tenía que conducirse de cierta manera... y que estaba inquieto .... pero yo no
comprendí nada.
-Aquí hay,.. aquí hay efectivamente una circunstancia
personal -dijo Des Grieux con tono suplicante en el que se notaba cada vez más
la mortificación-. ¿Usted conoce a mademoiselle de Cominges?
-¿Quiere usted decir mademoiselle Blanche?
-Pues si, mademoiselle Blanche de Cominges... et madame
sa mère...; reconozca que el general ... para decirlo de una vez, qué el general
está enamorado y que hasta es posible que se celebre la boda aquí. Imagínese que
en tal ocasión hay escándalos, historias...
-No veo escándalos ni historias que tengan relación con
la boda.
-Pero le baron est si irascible, un caractère prussien,
vous savez, enfin, il fera une querelle d'Allemand.
-Pero a mí y no a ustedes, puesto que yo ya no
pertenezco a la casa... (Yo trataba adrede de parecer lo más torpe posible.)
Pero, perdón, ¿ya está resuelto que mademoiselle Blanche se casa con el general?
¿A qué esperan? Quiero decir.. ¿a qué viene ocultarlo, por lo menos de nosotros,
la gente de la casa?
-A usted no puedo... es que todavía no está por
completo ... ; sin embargo... usted sabe que esperan noticias de Rusia; el
general necesita arreglar algunos asuntos...
-¡Ah, ah! ¡la baboulinka!
Des Grieux me miró con encono.
-En fin -interrumpió-, confío plenamente en su
congénita amabilidad, en su inteligencia, en su tacto ... ; al fin y al cabo, lo
haría usted por una familia en la que fue recibido como pariente, querido,
respetado...
-¡Perdone, he sido despedido! Usted afirma ahora que
fue por salvar las apariencias; pero reconozca que si le dicen a uno: «No
quiero, por supuesto, tirarte de las orejas, pero para salvar las apariencias
deja que te tire de ellas ... ». ¿No es lo mismo?
-Pues si es así, si ninguna súplica influye sobre usted
-dijo con severidad y arrogancia-, permítame asegurarle que se tomarán ciertas
medidas. Aquí hay autoridades que le expulsarán hoy mismo, que diablel, un blanc-bec
comme vous desafiar a un personaje como el barón! ¿Cree usted que le van a dejar
en paz? Y, créame, aquí nadie le teme a usted. Si he venido a suplicarle ha sido
por cuenta propia, porque ha molestado usted al general. ¿De veras cree usted,
de veras, que el barón no mandará a un lacayo que le eche a usted a la calle?
-¡Pero si no soy yo quien irá! -respondí con insólita
calma-. Se equivoca usted, monsieur Des Grieux. Todo esto se arreglará mucho más
decorosamente de lo que usted piensa. Ahora mismo voy a ver a mister Astley para
pedirle que sea mi segundo, mi second. Ese señor me tiene aprecio y
probablemente no rehusará. Él irá a ver al barón y el barón lo recibirá. Aunque
yo soy sólo un outchitel y parezco hasta cierto punto un subalterne, y aunque en
definitiva carezco de protección, mister Astley es sobrino de un lord, de un
lord auténtico, todo el mundo lo sabe, lord Pibrock, y ese lord está aquí. Puede
usted estar seguro de que el barón se mostrará cortés con mister Astley y le
escuchará. Y si no le escucha, mister Astley lo considerará como un insulto
personal (ya sabe usted lo tercos que son los ingleses) y enviará a un amigo
suyo al barón -y por cierto tiene buenos amigos-. Calcule usted ahora que puede
pasar algo distinto de lo que piensa.
El francés quedó claramente sobrecogido; efectivamente,
todo esto tenía visos de verdad; por consiguiente yo podía muy bien provocar un
disgusto.
-Le imploro que deje todo -dijo con voz verdaderamente
suplicante-. A usted le agradaría que ocurriera algo desagradable. No es una
satisfacción lo que usted busca, sino una contrariedad. Ya he dicho que todo
esto es divertido y aun ingenioso que bien pudiera ser lo que usted busca. En
fin -terminó diciendo al ver que me levantaba y cogía el sombrero-, he venido a
entregarle estas dos palabras de cierta persona. Léalas, porque se me ha
encargado que aguarde contestación.
Dicho esto, sacó del bolsillo un papelito doblado y
sellado con lacre y me lo alargó. Del puño de Polina, decía así:
«Me parece que se propone usted continuar este asunto.
Está usted enfadado y empieza a hacer travesuras. Hay, sin embargo,
circunstancias especiales que quizá le explique más tarde. Por favor, desista y
deje el camino franco. ¡Cuántas bobadas hay en esto! Le necesito y usted
prometió obedecerme. Recuerde Schlangenberg. Le pido que sea obediente y, si es
preciso, se lo mando.
Su P.
P S. Si está enojado conmigo por lo de ayer,
perdóneme.»
Cuando leí estos renglones me pareció que se me iba la
cabeza. Mis labios perdieron su color y empecé a temblar. El maldito francés me
miraba con aire de intensa circunspección y apartaba de mí los ojos como para no
ver mi zozobra. Mejor hubiera sido que se hubiera reído de mí abiertamente.
-Bien -respondí-, diga a mademoiselle que no se
preocupe. Permítame, no obstante, hacerle una pregunta -añadí con aspereza-,
¿por qué ha tardado tanto en darme esta nota? En lugar de decir tantas
nimiedades, creo que debiera usted haber comenzado con esto... si, en efecto,
vino con este encargo.
-Ah, yo quería... todo esto es tan insólito que usted
perdonará mi natural impaciencia... Yo quería enterarme por mi cuenta,
personalmente, de cuáles eran las intenciones de usted. Pero como no conozco el
contenido de esa nota, pensé que no corría prisa en dársela.
-Comprendo. A usted sencillamente le mandaron que la
entregara sólo como último recurso, y que no la entregara si lograba su
propósito de palabra. ¿No es así? ¡Hable con franqueza, monsieur Des Grieux!
-Peut-étre -dijo, tomando un aire muy comedido y
dirigiéndome una mirada algo peculiar.
Cogí el sombrero; él hizo una inclinación de cabeza y
salió. Tuve la impresión de que llevaba una sonrisa burlona en los labios.
¿Acaso cabía esperar otra cosa?
-Tú y yo, franchute, tenemos todavía cuentas que
arreglar. Mediremos fuerzas -murmuré bajando la escalera. Aún no sabía qué era
aquello que había causado tal mareo. El aire me refrescó un poco.
Un par de minutos después, cuando apenas había empezado
a discurrir con claridad, surgieron luminosos en mi mente dos pensamientos:
primero, que de unas naderías, de unas cuantas amenazas inverosímiles de
escolar, lanzadas anoche al buen tuntún, había resultado un desasosiego general,
y segundo, ¿qué clase de ascendiente tenía este francés sobre Polina? Bastaba
una palabra suya para que ella hiciera cuanto él necesitaba: me escribía una
nota y hasta me suplicaba. Sus relaciones, por supuesto, habían sido siempre un
enigma para mí, desde el principio mismo, desde que empecé a conocerlos. Sin
embargo, en estos últimos días había notado en ella una evidente aversión, por
no decir desprecio, hacia él; y él, por su parte, apenas se fijaba en ella, la
trataba con la grosería más descarada. Yo lo había notado. Polina misma me había
hablado de aversión; ahora se le escapaban revelaciones harto significativas. Es
decir, que él sencillamente la tenía en su poder; que ella, por algún motivo,
era su cautiva...
Capítulo 8
En la promenade, como aquí la llaman, esto es, en la
avenida de los castaños, tropecé con mi inglés.
-¡Oh, oh! -dijo al verme-, yo iba a verle a usted y
usted venía a verme a mí. ¿Conque se ha separado usted de los suyos?
-Primero, dígame cómo lo sabe -pregunté asombrado-. ¿o
es que ya lo sabe todo el mundo?
-¡Oh, no! Todos lo ignoran y no tienen por qué saberlo.
Nadie habla de ello.
-¿Entonces, cómo lo sabe usted?
-Lo sé, es decir, que me he enterado por casualidad. Y
ahora ¿adónde irá usted desde aquí? Le tengo aprecio y por eso iba a verle.
-Es usted un hombre excelente, míster Astley -respondí
(pero, por otra parte, la cosa me chocó mucho: ¿de quién lo había sabido?)-. Y
como todavía no he tomado café y usted, de seguro, lo ha tomado malo, vamos al
café del Casino. Allí nos sentamos, fumamos, yo le cuento y usted me cuenta.
El café estaba a cien pasos. Nos trajeron café, nos
sentamos y yo encendí un cigarrillo. Míster Astley no fumó y, fijando en mí los
ojos, se dispuso a escuchar.
-No voy a ninguna parte -empecé diciendo-. Me quedo
aquí.
-Estaba seguro de que se quedaría -dijo mister Astley
en tono aprobatorio.
Al dirigirme a ver a mister Astley no tenía intención
de decirle nada, mejor dicho, no quería decirle nada acerca de mi amor por
Polina. Durante esos días apenas le había dicho una palabra de ello. Además, era
muy reservado. Desde el primer momento advertí que Polina le había causado una
profunda impresión, aunque jamás pronunciaba su nombre. Pero, cosa rara, ahora,
de repente, no bien se hubo sentado y fijado en mí sus ojos color de estaño,
sentí, no sé por qué, el deseo de contarle todo, es decir, todo mi amor, con
todos sus matices. Estuve hablando media hora, lo que para mí fue sumamente
agradable. Era la primera vez que hablaba de ello. Notando que se turbaba ante
algunos de los pasajes más ardientes, acentué de propósito el ardor de mi
narración. De una cosa me arrepiento: quizá hablé del francés más de lo
necesario...
-Míster Astley escuchó inmóvil, sentado frente a mí,
sin decir palabra ni emitir sonido alguno y con sus ojos fijos en los míos; pero
cuando comencé a hablar del francés, me interrumpió de pronto y me preguntó
severamente si me juzgaba con derecho a aludir a un terna que nada tenía que ver
conmigo. Míster Astley siempre hacía preguntas de una manera muy rara.
-Tiene usted razón. Me temo que no -respondí.
-¿De ese marqués y de miss Polina no puede usted decir
nada concreto? ¿Sólo conjetura?
Una vez más me extrañó que un hombre tan. apocado como
míster Astley hiciera una pregunta tan categórica.
-No, nada concreto –contesté-; nada, por supuesto.
-En tal caso ha hecho usted mal no sólo en hablarme a
mí de ello, sino hasta en pensarlo usted mismo.
-Bueno, bueno, lo reconozco; pero ahora no se trata de
eso -interrumpí asombrado de mí mismo. Y entonces le conté toda la historia de
ayer, con todos sus detalles, la ocurrencia de Polina, mi aventura con el barón,
mi despido, la insólita pusilanimidad del general y, por último, le referí
minuciosamente la visita de Des Grieux esa misma mañana, sin omitir ningún
detalle. En conclusión le enseñé la nota.
-¿Qué saca de esto? -pregunté-. He venido precisamente
para averiguar lo que usted piensa. En lo que a mí toca, me parece que hubiera
matado a ese franchute y quizá lo haga todavía.
-Yo también -dijo míster Astley-. En cuanto a miss
Polina, usted sabe que entramos en tratos aun con gentes que nos son odiosas, si
a ello nos obliga la necesidad. Ahí puede haber relaciones que ignoramos y que
dependen de circunstancias ajenas al caso. Creo que puede estar usted tranquilo
-en parte, claro-. En cuanto a la conducta de ella ayer, no cabe duda de que es
extraña, no porque quisiera librarse de usted exponiéndole al garrote del barón
(quien, no sé por qué, no lo utilizó aunque lo tenía en la mano), sino porque
semejante travesura en una miss tan... tan excelente no es decorosa. Claro que
ella no podía suponer que usted pondría literalmente en práctica sus antojos...
-¿Sabe usted? -grité de repente, clavando la mirada en
míster Astley-. Me parece que usted ya ha oído hablar de todo esto. ¿Y sabe
quién se lo ha dicho? La misma miss Polina.
Míster Astley me miró extrañado.
-Le brillan a usted los ojos y en ellos veo la sospecha
-dijo, y en seguida volvió a su calma anterior-, pero no tiene usted el menor
derecho a revelar sus sospechas. No puedo reconocer ese derecho y me niego en
redondo a contestar a su pregunta.
-¡Bueno, basta! ¡Por otra parte no es necesario!
-exclamé extrañamente agitado y sin comprender por qué se me había ocurrido tal
cosa. ¿Cuándo, dónde y cómo hubiera podido míster Astley ser elegido por Polina
como confidente? Sin embargo, a veces en días recientes había perdido de vista a
míster Astley, y Polina siempre había sido un enigma para mí, un enigma tal que
ahora, por ejemplo, habiéndome lanzado a contar a míster Astley la historia de
mi amor, vi de pronto con sorpresa mientras la contaba que de mis relaciones con
ella apenas podía decir nada preciso y positivo. Al contrario, todo era
ilusorio, extraño, infundado, sin la menor semejanza con cosa alguna.-Bueno,
bueno, desbarro; y ahora no puedo sacar en limpio mucho más -respondí, como si
me faltara el aliento-. De todos modos, es usted una buena persona. Ahora a otra
cosa, y le pido, no consejo, sino su opinión.
Callé un instante y proseguí.
-En opinión de usted, ¿por qué se asustó tanto el
general? ¿Por qué todos ellos han hecho de mi estúpida picardía algo que les
trae de cabeza? Tan de cabeza que hasta el propio Des Grieux ha creído necesario
intervenir (y él interviene sólo en los casos más importantes), me ha visitado
(¡hay que ver!), me ha requerido y suplicado, ¡a mí, él, Des Grieux, a mí! Por
último, observe usted que ha venido a las nueve, y que la nota de miss Polina ya
estaba en sus manos. ¿Cuándo, pues, fue escrita?, cabe preguntar. ¡Quizá
despertaran a miss Polina para ello! Salvo deducir de esto que miss Polina es su
esclava (¡porque hasta a mí me pide perdón!), salvo eso, ¿qué le va a ella,
personalmente, en este asunto? ¿Por qué está tan interesada? ¿Por qué se
asustaron tanto de un barón cualquiera? ¿Y qué tiene que ver con ello que el
general se case con mademoiselle Blanche de Cominges? Ellos dicen que cabalmente
por eso necesita conducirse de una manera especial, pero convenga en que esto es
ya demasiado especial. ¿Qué piensa usted? Por lo que me dicen sus ojos estoy
seguro de que de esto sabe usted más que yo.
Míster Asdey sonrió y asintió con la cabeza.
-En efecto, de esto creo saber mucho más que usted
-apuntó-. Aquí se trata sólo de mademoiselle Blanche, y estoy seguro de que es
la pura verdad.
-¿Pero por qué mademoiselle Blanche? -grité impaciente
(tuve de pronto la esperanza de que ahora se revelaría algo acerca de
mademoiselle Polina).
-Se me antoja que en el momento presente mademoiselle
Blanche tiene especial interés en evitar a toda costa un encuentro con el barón
y la baronesa, tanto más cuanto que el encuentro sería desagradable, por no
decir escandaloso.
-¿Qué me dice usted?
-El año antepasado, mademoiselle Blanche estuvo ya
aquí, en Roulettenberg, durante la temporada. Yo también andaba por aquí.
Mademoiselle Blanche no se llamaba todavía mademoiselle de Cominges y, por el
mismo motivo, tampoco existía su madre, madame veuve Cominges. Al menos, no
había mención de ella. Des Grieux... tampoco había Des Grieux. Tengo la profunda
convicción de que no sólo no hay parentesco entre ellos, sino que ni siquiera se
conocen de antiguo. Tampoco empezó hace mucho eso de marqués Des Grieux; de ello
estoy seguro por una circunstancia. Cabe incluso suponer que empezó a llamarse
Des Grieux hace poco. Conozco aquí a un individuo que le conocía bajo otro
nombre.
-¿Pero no es cierto que tiene un respetable círculo de
amistades?
-¡Puede ser! También puede tenerlo mademoiselle Blanche.
Hace dos años, sin embargo, a resultas de una queja de esta misma baronesa, fue
invitada por la policía local a abandonar la ciudad y así lo hizo.
-¿Cómo fue eso?
-Se presentó aquí primero con un italiano, un príncipe
o algo así, que tenía un nombre histórico, Barberini o algo por el estilo. Iba
cubierto de sortijas y brillantes, y por cierto de buena ley. Iban y venían en |