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Satán será liberado de su cárcel
y saldrá
para reducir a las naciones, Gog y Magog...
-APOCALIPSIS, XX, 7
COMO CONOCÍ A GOG
Me avergüenza decir dónde conocí a Gog; en un manicomio
particular.
Fui allí con objeto de hacer compañía a un joven poeta
dálmata, a quien la pasión desesperada por una sombra -la amada era una «reina
de la pantalla» y únicamente en la pantalla le había sonreído- condenaba al
delirio. Como ordinariamente estaba tranquilo, eI director de aquella casa para
locos pensionistas -enano de estatura, pero elegante por su carnosidad- nos
permitía estar juntos en el jardín. Aquí y allá, a la sombra de los cedros y de
los castaños de Indias, había mesas redondas de hierro y sillas, como en los
cafés. Enfermeros pálidos, vestidos de blanco, transcurrían por los paseos,
disimulando su vigilancia.
Un día muy caluroso en que el poeta y yo estábamos
hablando, se acercó a nuestro velador uno de los huéspedes. Era un monstruo que
debía tener medio siglo, vestido de verde claro. Alto, pero mal garbado: no
tenía ni un solo pelo en toda la cabeza; sin cabellos, sin cejas, sin bigotes,
sin barba. Un informe bulbo de piel desnuda, con excrecencias coralinas. La cara
era de un escarlata oscuro, casi pavonado, y anchísima. Uno de los ojos era de
un bello celeste un poco ceniciento; el otro, casi verde con estrías de un
amarillo de tortuga. Las mandíbulas eran cuadradas y potentes; los labios,
macizos pero pálidos, se entreabrían en una sonrisa completamente metálica, de
oro.
Saludó, sin hablar, al poeta y se sentó a nuestro lado.
No abrió la boca, pero pareció que seguía atentamente nuestra conversación.
Me enteré después, por mi amigo, que éste era Gog.
Su verdadero nombre era, según parece, Goggins, pero
desde joven le habían llamado siempre Gog, y este diminutivo le gustó porque le
circundaba de una especie de aureola bíblica y fabulosa; Gog, rey de Magog.
Había nacido en una de las islas Hawai, de una mujer indígena y de padre
desconocido, pero seguramente de raza blanca. A los dieciséis años, embarcado
como boy de cocina en un vapor americano, había llegado a San Francisco y vivido
en varios puntos de California, a la ventura. Después de algunos años, no se
sabe cómo, logró algunos millares de dólares y se trasladó a Chicago. Tenía el
genio de business o un demonio de su parte, porque en poco tiempo su fortuna en
dinero se hizo enorme, incluso para el Ohio. Al terminar la guerra era uno de
los hombres más ricos de los Estados Unidos, es decir del planeta. En 1920 se
retiró, sin grandes pérdidas, de todas sus empresas y depositó sus millones,
unos aquí y otros allá, en todos los Bancos del mundo.
-Hasta ahora -decía- he sido un galeote del dinero;
pero de hoy en adelante debe ser mi servidor. No quiero esperar, como mis
semejantes, a quedarme chocho para descubrir los medios de gozar.
Comenzó en aquel tiempo, para Gog, una vida nueva;
investigaciones febriles, carreras a través de los continentes, sorpresas,
locuras, fugas. No tenía mujer ni hijos, pero no le faltaban animadores,
parásitos, ayudantes, consejeros, cómplices.
Es preciso tener en cuenta la peligrosa mezcla que
había en él; un semisalvaje inquieto que tenía bajo su dominio las riquezas de
un emperador. Un descendiente de caníbales que se había apoderado, permaneciendo
bruto, del más espantoso instrumento de creación y de destrucción del mundo
moderno.
Ignorantisimo, quiso ser iniciado en las más refinadas
drogas de una cultura de putrefacción. Ya casi sedentario, quiso conocer todas
las patrias -él, que no tenía patria verdadera-. Animalesco por el origen y la
vocación, quiso proporcionarse todas las formas del epicureísmo cerebral de
nuestros tiempos.
Me hace el efecto de que en esa dilapidación maniática
adquirió un olfato perverso para las más radicales ideologías, pero reforzó al
mismo tiempo su barbarie ingénita. Su cerebro era, en algunos momentos, capaz de
rebasar los más exasperantes modernismos, pero su alma se había vuelto más árida
y cruel que la de sus antepasados maternos.
Toda la inteligencia instintiva que le había ayudado
para el saqueo legal de los millones, la empleaba ahora para el acaparamiento
febril de las rarezas y de las voluptuosidades de toda especie, para satisfacer
los más inverosímiles deseos, los caprichos más infames y fantásticos.
A los siete años de llevar esta vida gastó las tres
cuartas partes de su capital y de su salud. Desde 1928 fue de sanatorio en
sanatorio, siempre ansioso e impaciente, presa de frenesí de cambio y de
novedad. Los médicos intentaban retener un huésped tan explotable, pero no lo
conseguían. Ningún alienista pudo definir su enfermedad; quién hablaba de
síndrome psicasténico, quién de una alteración de la personalidad, quién de
locura moral; los más opinaban que tenía más de una tara, y de tal modo
confundidas entre sí que no permitían más que simulacros de curación, a ciegas.
Cuando había permanecido en uno de esos asilos tres o cuatro meses, quería ser
transportado a otro -a aquél, el verdadero- y se ponía tan furioso que tenían
que contentarle a la fuerza.
Cuando le conocí se hallaba allí desde hacía poco. Y
todas las veces que fui a visitar a mi poeta le veía también a él. Comenzó a
hablarme. De este modo pude saber, un poco por él y un poco por los médicos, su
historia. Su conversación era singularísima; pasaba de un discurso paradójico,
pero al mismo tiempo inteligente, a manifestaciones de una vulgaridad peor que
plebeya, bestial. Parecía que estuviesen unidos en él Asmodeo, con su agudeza
cínica, y Calibán, con su ciega torpeza de bruto.
Pero conmigo hablaba gustoso. He tenido siempre la
virtud de aplacar a los agitados y de amansar a los locos. Un día, después de
haber hablado más que de costumbre, se marchó a su habitación -vivía en una
villa, toda para él, en el parque del manicomio- y volvió para entregarme un
envoltorio de seda verde.
-Lea -me dijo-, son hojas que he salvado del último
naufragio. Aquí dentro hay algo del viejo Gog. Ahora ha llegado para mí el día
en que nace más de un sol, y cedo con la máxima despreocupación los harapos de
la noche.
Encontré, dentro del envoltorio, un grueso paquete de
hojas sueltas, escritas en tinta verde, con una caligrafía inexperta y pesada de
muchacho. Las leí todas, a veces con una sonrisa, a veces con disgusto, a veces
con horror, pero siempre, lo confieso, con avidez.
Eran apuntes sueltos, páginas de antiguos diarios,
fragmentos de recuerdos, mezclados todos sin orden, sin fechas precisas,
redactados en un inglés vulgar, pero bastante descifrable.
No pude volver a la mansión de los locos hasta muchos
días después. Busqué a Gog para devolverle su manuscrito. Me dijeron que se
había marchado después de un acceso terrible, y que no había dejado ningún
recado para mí. Escribí a la casa de curación donde se había refugiado y no
recibí contestación. Han pasado casi dos años y no sé si Gog sigue con vida o ha
muerto.
Supuse, y a mi juicio atinadamente, que tuvo la
intención de regalarme esas hojas, y tal fue también el parecer de los amigos a
quienes consulté. Por eso me he decidido a traducirlas -excepto cinco o seis
demasiado repugnantes- y a publicarlas.
II
No se trata, como el lector verá, ni de un libro de
memorias, ni, mucho menos, de una obra de arte. Se trata, me parece, de un
documento singular y sintomático; espantoso, tal vez, pero de un cierto valor
para el estudio del hombre de nuestro siglo. Y como documento -y no con otra
intención- publico esta serie de notas, con la esperanza de que, una vez
reflexionado, se reconozca la utilidad de mi «abuso de confianza».
Huelga, creo, añadir que yo no puedo de ninguna manera
aprobar los sentimientos y los pensamientos de Gog y de sus interlocutores. Todo
mi ser- que ahora se ha renovado con mi retorno a la Verdad- no puede menos que
aborrecer todo lo que Gog cree, dice o hace. Quien conozca mis libros, sobre
todo los últimos, se dará cuenta de que no puede haber nada de común entre Gog y
yo. Pero en ese cínico, sádico, maniático, hiperbólico semisalvaje, he visto una
especie de símbolo de la falsa y bestial -para mí- civilización cosmopolita, y
lo presento a los lectores de hoy con la misma intención con que los espartanos
mostraban a sus hijos un ilota completamente borracho.
Muchísimos, en nuestro tiempo, se parecen en realidad a
Gog. Pero Gog es, a mi juicio, un ejemplo particularmente instructivo y
revelador, por dos razones. Primera, porque su riqueza le ha permitido realizar
impunemente muchas extravagancias, idiotas o criminales, que sus semejantes
deben contentarse con imaginar en sueños. Segunda, porque su sinceridad de
primitivo le lleva a confesar sin rubor sus caprichos más repulsivos, es decir,
aquello que los otros esconden y no se atreven a decir ni de sí mismos.
Gog es, por decirlo con una sola palabra, un monstruo,
y refleja por eso, exagerándolas, ciertas tendencias modernas. Pero esta misma
exageración ayuda al fin que me propongo al publicar los fragmentos de su
Diario, puesto que se perciben mejor, en esta ampliación grotesca, las
enfermedades secretas (espirituales) de que sufre la presente civilización. Y no
habría publicado estas hojas si no hubiese creído hacer una cosa útil para
aquellos que las lean.
Advierto finalmente que he traducido con fidelidad la
prosa desaliñada y premiosa de Gog, sin añadir tilde, ni enmendar o embellecer.
No es culpa mía, pues, si este libro no es un modelo de estilo.
El orden en que han sido dispuestos los capítulos es
aproximado y conjetural, casi seguramente inexacto. Pero no he podido hacerlo de
otra manera. Gog consignaba, generalmente, el lugar, el día y el mes, pero no el
año, y me he tenido que contentar con una cronología puramente hipotética.
Y ésta es una pequeña libertad, en comparación con esa
otra bastante mayor que me he permitido: la de hacer servir el mal de Gog para
el bien común.
G. P.
LAS OBRAS MAESTRAS DE LA LITERATURA
Cuba, 7 noviembre
Tenía necesidad, para ciertos propósitos míos, de
conocer lo que los profesores de los colléges llaman las «obras maestras de la
literatura». Di a un laureado bibliotecario, que me aseguraron que era un
conocedor perfecto de ellas, la orden de prepararme una lista, lo más
restringida posible, de obras, y de procurármelas en las mejores condiciones.
Apenas me hallé en posesión de estos tesoros, no permití la entrada a nadie, y
ya no me levanté de la cama.
Las primeras se me antojaron malas y me pareció
increíble que tales humbugs fuesen verdaderamente los productos de primera
calidad del espíritu humano. Aquello que no comprendía me parecía inútil; lo que
comprendía no me gustaba o me ofendía. Género absurdo, aburrido; tal vez
insignificante o nauseabundo. Relatos que si eran verdaderos me parecían
inverosímiles, y si inventados, insulsos. Escribí a un profesor célebre de la
Universidad de W. para preguntarle si aquella lista estaba bien hecha. Me
contestó que sí y me dio algunas indicaciones. Tuve valor para leer aquellos
libros, todos, menos tres o cuatro que no pude soportar desde las primeras
páginas.
Huestes de hombres, llamados héroes, que se
despanzurraban durante diez años seguidos bajo las murallas de una pequeña
ciudad, por culpa de una vieja seducida; el viaje de un vivo en el embudo de los
muertos como pretexto para hablar mal de los muertos y de los vivos; un loco
hético y un loco gordo que van por el mundo en busca de palizas; un guerrero que
pierde la razón por una mujer y se divierte en desbarbar las encinas de las
selvas; un villano cuyo padre ha sido asesinado y que, para vengarle, hace morir
a una muchacha que le ama y a otros variados personajes; un diablo cojo que
levanta los tejados de todas las casas para exhibir sus vergüenzas; las
aventuras de un hombre de mediana estatura que hace el gigante entre los pigmeos
y el enano entre los gigantes, siempre de un modo inoportuno y ridículo; la
odisea de un idiota que a través de una serie de bufas desventuras sostiene que
este mundo es el mejor de los mundos posibles; las peripecias de un profesor
demoníaco servido por un demonio profesional; la aburrida historia de una
adúltera provinciana que se fastidia y, al fin, se envenena; las salidas
locuaces e incomprensibles de un profeta acompañado de un águila y de una
serpiente; un joven pobre y febril que asesina a una vieja, y luego, imbécil, no
sabe siquiera aprovecharse de la coartada y acaba cayendo en manos de la
Policía.
Me pareció comprender, con mi cabeza virgen, que esa
literatura tan alabada se hallaba apenas en la edad de la piedra, lo que me dejó
desesperadamente desilusionado. Escribí a un especialista en poesía, el cual
intentó confundirme diciéndome que aquellas obras valían por el estilo, la
forma, el lenguaje, las imágenes y los pensamientos y que un espíritu educado
podía experimentar con ellas grandísimas satisfacciones. Le contestó que, por mi
parte, obligado a leer casi todos aquellos libros en traducciones, la forma
importaba poco, y que el contenido me parecía, como es, anticuado, insensato,
estúpido y extravagante. Gasté cien dólares en esta consulta, sin ningún fruto.
Por fortuna conocí más tarde a algunos escritores
jóvenes que confirmaron mi juicio sobre aquellas viejas obras y me hicieron leer
sus libros, donde encontré, entre muchas cosas turbias, un alimento más adecuado
a mis gustos. Me ha quedado, sin embargo, la duda de que la literatura sea tal
vez incapaz de perfeccionamientos decisivos. Es muy probable que nadie, dentro
de un siglo, se dedique a una industria tan atrasada y poco remuneradora.
MÚSICOS
New Parthenon, 26 abril
Cuando se supo que yo era protector de las artes vino a
ofrecérseme un músico macedonio.
Tenía una cara triangular coronada por un gran mechón
de cabellos rubios. De altísima estatura, su capa de color ortiga apenas le
llegaba a las rodillas.
-¿Qué sabe usted hacer?
-He inventado una nueva música, sin instrumentos. La
vieja música no sabe más que hacer gemir tripas, hacer pasar el aliento por
tubos de metal o percutir sobre burros muertos. Yo me he libertado de los
productores artificiales de sonidos. He escrito una sinfonía con sonidos
naturales que produce sensaciones absolutamente insospechadas y será el
principio de una revolución en este arte ahora decrépito.
-¿Qué título tiene su sinfonía?
-La Carrera de los Cometas.
-¿Cuándo podré oírla?
-Dentro de dos días.
Al tercer día me avisaron que todo estaba dispuesto. La
sala de música había sido cerrada, en el fondo, con un telón de seda amarillo de
plata. No podían verse, de este modo, ni instrumentos, ni músicos.
Un silbido largo, gemebundo, como el que produce el
viento del Norte por las rendijas, anunció el principio del concierto. Luego,
tras el telón, se elevó un zumbido profundo y alterno, semejante al de las
colmenas. Un borbotón de agua, chorro de una fuente invisible, le acompañó con
sus rebotes sordos, y se oyó al mismo tiempo una melopea estridente como
producida por furiosas limas. Pero todo fue dominado, de pronto, por un coro
solemne de rugidos de leones evocadores del hambre inmensa de los desiertos, de
la desesperación, de la ferocidad, del terror de los imposibles. La seda del
telón se estremecía; algunos de mis compañeros se pusieron pálidos.
De repente el silencio. Había terminado el primer
tiempo.
El segundo comenzó con un batir precipitado de
numerosos martillos sobre yunques, inmediatamente seguido de un zurrido de
veletas presas de delirio, reforzado con golpes asmáticos de un motor. Un
estrépito de vidrios en alboroto, como si alguien revolviese un ejército de
cristalería con un compás de danza, dio principio al allegro. Pero todo se vio
cubierto por un lamento gutural de voces femeninas, interrumpido a intervalos
regulares por los insultos de una risa galvánica. Un tañido seco y pataleante,
como de caballos en fuga, puso fin al segundo tiempo.
El tercero se abrió con un repiqueteo presuroso, como
si, al otro lado del telón, innumerables manos batiesen sobre sendas máquinas de
escribir; luego gradualmente se fue apaciguando corno un chaparrón que cesa, y
se elevaron rugidos inhumanos, como de lobos gigantes enloquecidos por el
hombre. Apenas hubieron terminado, un rumor como de ventiladores llenó la sala,
envuelto en un alegre estallido de sarmientos inflamados y en un susurro
crepitante que evocaba el de un pueblo de gusanos de seda entre las hojas de las
moreras. Una algarabía sorda, como de una caldera de agua hirviente, hacía de
bordón. Luego un silbar de mirlos, un arrullar de palomas, un estridor de
mochuelos y una insistencia de maderas golpeadas en crescendo. Y entonces los
martillos volvieron a golpear, los leones a rugir, las limas a chirriar, los
motores a restallar. Lentamente se fueron uniendo silbidos de locomotoras,
lamentos de sirenas, descargas de fusilería, chillidos de claxon, estrépito de
hierros revueltos, un paroxismo de tal intensidad que ya no pudo distinguirse
ningún sonido aislado, pues todo se confundió en un ruido feroz y compacto que
se dilataba contra las paredes como si quisiese derribarlas.
El silencio repentino pareció un refrigerio
contranatural, una resurrección de la nada. La sinfonía había terminado.
Nadie aplaudió. Después de algunos minutos salió de
detrás del telón, cauto y sudoroso, el penacho de maíz del macedonio. Sus ojos
color de pizarra parecían suplicar la limosna de una felicitación. No tuve
piedad; aquel clown balcánico carecía en absoluto de orgullo.
Al día siguiente me propuso la audición de una segunda
sinfonía: El Delirio de los Gallos Titanes. Rehusé.
Se marchó triste, con un cheque de mil dólares en el
bolsillo, firmado por mí.
Sin embargo, una semana después, compareció otro
músico. Llegó a la puerta este del New Parthenon con un bagaje enorme de cajas.
Le hice pasar. Era un boliviano con el rostro cincelado a cuchillo, dominado por
una nariz en forma de puñal.
-He inventado -me dijo- la música del silencio. ¿Quiere
usted ser el primero en oírla? -¿La música del silencio?
-Toda música tiende al silencio y toda su potencia está
en las pausas entre uno y otro sonido. Los viejos compositores tienen todavía
necesidad de estos recursos armónicos para sacar al silencio su secreto. He
encontrado la manera de prescindir de la armazón superflua de las notas
transformadas en sonidos y le ofrezco el silencio en su estado genuino de
pureza.
Al día siguiente entré en la sala de música. En el
fondo, unos veinte ejecutantes se hallaban alineados en forma de media luna en
torno del podio. Tenían en las manos los acostumbrados instrumentos de todas las
orquestas: violines, violoncelos, flautas, trombones. No faltaba tampoco el
timbal. Todos estaban inmóviles, rígidos, fijos, tiesos, dentro de sus vestidos
negros. Miré con más atención. Sobre las pecheras blanquísimas todas las cabezas
eran iguales; cabezas enigmáticas de maniquíes de cera, de cadáveres
artificiales. Los mismos ojos de cristal, las mismas bocas de carmín, la misma
nariz rosada y ligeramente brillante.
El boliviano apareció en el podio y dio la señal de
comenzar golpeando el atril con una larga varita blanca. Nadie se movió; no se
oyó sonido alguno. Solamente el director se movía, mirando hacia arriba como si
oyese una melodía que le era revelada a él solo. Luego se volvía a derecha e
izquierda, miraba a los intérpretes espectrales y a sus rostros de cera, y
marcaba con la batuta, ahora un pianissimo, ahora un presto, con leves sacudidas
de hombros que hacían pensar en un fantasma en la agonía. Los cuarenta ojos de
porcelana le miraban fijamente con expresión unánime de odio imponente.
Finalmente, el maestro, después de haber tendido por
última vez, con la cabeza baja, sus grandes orejas encarnadas, se volvió hacia
nosotros con una sonrisa de triunfo.
Me dirigí hacia él y arranqué de mi talonario un cheque
que no me preocupé de llenar. A la mañana siguiente se marchó con sus cajas, muy
alegre. Me dijeron que canturreaba entre dientes estos versos:
«Para marchar yo solo por la tierra no hay fuerzas en
mi alma...» 1
Desde aquel día no quise más conciertos en mi casa.
VISITA A FORD
Detroit (Mich.) 11 mayo
Había ya encontrado tres o cuatro veces al viejo Ford
(Henry) en los tiempos en que me ocupaba de negocios, pero esta vez he querido
hacerle una visita personal y «desinteresada».
Le he encontrado fresco de aspecto y de buen humor,
dispuesto por consiguiente a hablar y expansionarse.
-Usted sabe -me ha dicho- que no se trata de
desarrollar una industria, sino de realizar un vasto experimento intelectual y
político. Nadie ha comprendido bien los místicos principios de mi actividad. Sin
embargo, no pueden ser más sencillos: se reducen al Menos Cuatro y al Más Cuatro
y a sus relaciones. El Menos Cuatro son: disminución proporcional de los
operarios; disminución del tiempo para la fabricación de cada unidad vendible;
disminución de «tipos» de los objetos fabricados; y, finalmente, disminución
progresiva de los precios de venta.
»El Más Cuatro, relacionado íntimamente con el Menos
Cuatro, son: aumento de las máquinas de los aparatos, con objeto de reducir la
mano de obra; aumento indefinido de la producción diaria y anual; aumento de la
perfección mecánica de los productos; aumento de los jornales y de los sueldos.
»A un espíritu superficial y anticuado estos ocho
objetivos pueden aparecer como contradictorios entre sí, pero usted, hombre
práctico, podrá comprender su perfecta armonía. Aumentar la cantidad y el
rendimiento de las máquinas significa poder disminuir el número de operarios;
reducir el tiempo necesario para la fabricación de un objeto quiere decir
producir mucho más durante el día; disminuir el número de los "tipos", obligando
a los consumidores a renunciar a sus gustos individuales, tiene como
consecuencia un aumento de la producción y una reducción de los precios de
coste; y, finalmente, disminuyendo los precios y aumentando los salarios, se
aumenta el número de aquellos que tienen posibilidad de comprar y su capacidad
de adquirir, con lo que se puede aumentar la producción sin peligros. Si los
automóviles son caros y mis dependientes ganan poco, muy pocos podrán
comprarlos. Pague usted mucho y venda a bajo precio y todos se convertirán en
sus clientes. El secreto para enriquecerse es ganar como si se fuese pródigo y
vender como si se estuviese en vísperas de quiebra. Esta paradoja, que asusta a
los tímidos, es el secreto de mi fortuna.
»Volviendo a mis ocho principios, es fácil deducir que
el ideal máximo sería el siguiente: Fabricar sin ningún operario un número cada
vez mayor de objetos que no cuesten casi nada. Reconozco que serán precisas
todavía algunas decenas de años antes de que se consiga este ideal. Soy un
utopista, pero no un loco. Me voy, sin embargo, preparando para ese día. Estoy
construyendo en Detroit una nueva fábrica que llevará por nombre "La Solitaria".
Una verdadera alhaja, un sueño, un milagro: la fábrica donde no habrá nadie.
Cuando esté terminada y hayan sido montadas las máquinas del más reciente
modelo, y en parte absolutamente nuevas, que se están preparando, no habrá
necesidad de obreros. De cuando en cuando un ingeniero hará una breve visita a
"La Solitaria", pondrá en movimiento algunos engranajes y se marchará. Las
máquinas lo harán todo por sí solas y trabajarán no únicamente durante el día,
como hacen ahora los hombres, sino también toda la noche, y aun los domingos,
pues ninguna ley de Michigan prohibe el trabajo de los motores y de los tornos
en días de fiesta. Un tren eléctrico llevará automáticamente a los depósitos los
miles de automóviles y los miles de aeroplanos producidos por "La Solitaria".
Dentro de veinte años, todas mis fábricas serán iguales y podré lanzar al
mercado millones de aparatos al mes con sólo la ayuda de algunas docenas de
técnicos, de mozos de almacén y de contadores.
-La idea es genial -manifesté- y el sistema sería
excelente, si no hubiese una dificultad. ¿Quién comprará esos millones de
automóviles, de tractores y de aeroplanos? Si usted suprime la mano de obra
reduce también el número de compradores.
Una sonrisa iluminó el bello rostro de viejo juvenil de
Ford.
-Ya he pensado también en eso -respondió-. Produciré
tantas máquinas y a precios tan modestos, que a ningún otro industrial del mundo
le tendrá cuenta fabricar lo que yo fabrique. Mis fábricas surtirán por eso a
los cinco continentes. En muchas partes del mundo eI automóvil y el aeroplano no
son todavía de uso general. Con la potencia de la publicidad y del control
bancario obligaremos a todos los pueblos a usarlos. Mis mercados son
prácticamente ilimitados.
-Pero, perdone; si sus métodos anulan, en gran parte,
la industria de otros países, ¿de dónde sacarán éstos el dinero necesario para
comprar sus máquinas?
-No hay que tener miedo -repuso Ford-. Los clientes
extranjeros pagarán con los objetos producidos por sus padres y que nosotros no
podemos fabricar; cuadros, estatuas, joyas, tapices, libros y muebles antiguos,
reliquias históricas, manuscritos y autógrafos. Todo cosas «únicas» que no
podemos reproducir con nuestras máquinas. En Asia y Europa existen todavía
colecciones privadas y públicas llenas hasta rebosar de estos tesoros que no se
pueden imitar, acumulados durante sesenta siglos de civilización. Entre los
europeos y entre los asiáticos aumenta cada día la manía de poseer los aparatos
mecánicos más modernos y disminuye al mismo tiempo el amor hacia los restos de
la vieja cultura. Llegará pronto el momento en que se verán obligados a ceder
sus Rembrandt y Rafael, sus Velázquez y Holbein, las biblias de Maguncia y los
códices de Romero, y los joyeles de CeIlini y las estatuas de Fidias para
obtener de nosotros algunos millones de coches y de motores. Y de ese modo, el
almacén retrospectivo de la civilización universal deberán venir a buscarlo a
los Estados Unidos, con gran ventaja, por otra parte, para las industrias del
turismo.
»Además, mis precios, como consecuencia de la reducción
del coste, serán de tal modo bajos que hasta los pueblos más pobres podrán
comprar mis aeroplanos de deporte y mis automóviles de familia. Yo no busco,
como usted sabe, la riqueza. Solamente los pequeños industriales atrasados se
proponen como fin el ganar dinero. ¿Qué quiere usted que yo haga con los
millones? Si vienen no es culpa mía, sino el resultado involuntario de mi
sistema altruista y filantrópico. Personalmente vivo como un asceta: tres
dólares al día me bastan para alimentarme y vestirme. Soy el místico
desinteresado de la producción y la venta: las ganancias excesivas me fastidian
y no aprovechan más que al Fisco. Mi ambición es científica y humanitaria; es la
religión del movimiento sin reposo, de la producción sin límites, de la máquina
libertadora y dominadora. Cuando todos puedan poseer un aeroplano y trabajar una
hora al día, entonces yo figuraré entre los profetas del mundo y los hombres me
adorarán como un auténtico redentor. Y ahora, viejo Gog, ¿un drink? ¿Es cierto
que pertenece usted secretamente a los «húmedos», o le han calumniado?
No había bebido nunca un whisky tan perfecto y no había
hablado nunca con un hombre tan profundo. No olvidaré fácilmente esta visita en
Detroit.
EL MILAGRO A DOMICILIO
New Parthenon, 17 julio
Siempre he sentido un ardiente deseo de asistir a algún
milagro y, para no verme defraudado, me he dirigido a los especialistas del
ramo. He reunido, durante mis viajes, a cinco hombres que disfrutaban, en sus
países, de la fama de poseer un poder especial en el arte de los prodigios, y
los tengo aquí, a mi disposición.
Me cuesta considerables sumas -ninguno de ellos
consentía en expatriarse sino a cambio de una importante indemnización-; pero
soy, supongo, el único en el mundo que posee cinco Magos entre su personal de
servicio. Uno solo podía faltar o no hallarse siempre dispuesto, mientras que de
este modo estoy seguro de obtener el «milagro a domicilio» en el momento en que
lo pida.
El primero de estos taumaturgos es tibetano y se llama
Adjrup Gumbo. Dice ser “lama amarillo” y haber adquirido su poder mágico
viviendo largos años en una gompa, en las más desiertas montañas del Tíbet, como
discípulo del famoso Ralpa, de Ladak.
El segundo, Tiufa, es un negro wambagwe, del África
Oriental, y era considerado, entre las gentes de su tribu, como el dueño
absoluto de la tierra y del cielo.
En Bengala pude encontrar el célebre Baba Bharad, un
sannyasi convertido en uno de los más extraordinarios faquires de toda la India.
El cuarto es Fang-Wong, un chino taoísta, adepto y
luego maestro de la escuela tántrica, es decir, de la más reputada magia de
Oriente.
El último es un europeo, Wolareg, que pretende hallarse
en posesión de las más antiguas tradiciones iniciadoras y afirmar ser uno de los
jefes del ocultismo occidental. No ha querido decirme nunca dónde nació; habla
con toda perfección cuatro o cinco lenguas y escribe continuamente. Tiene casi
dos metros de estatura y una cara de viejo muchacho mongol. Lleva el cuello
siempre envuelto en una bufanda porque sufre de furúnculos y ántrax, y habla, no
obstante su estatura, con una voz un poco infantil, pero al mismo tiempo
solemne.
Creí haber escogido bien y poder al fin satisfacer el
deseo de asistir a algún milagro entero y verdadero. Esto hubiera sido, de
cuando en cuando, un remedio contra el horrible aburrimiento que me persigue en
estos tiempos. Cuentas equivocadas, esperanzas vanas. Al menos hasta ahora -y
hace más de un año que esos archimagos viven a mis espaldas- no he conseguido
ver nada que se pueda llamar un milagro.
Reconozco que no Ies ha faltado la buena voluntad.
Todas las veces que he dado la orden, a uno o a otro, para que me mostrasen un
prodigio, han hecho todo lo posible por contentarme. Les he dejado en libertad
para elegir el momento y el género de milagro; he concedido todas las prórrogas
posibles.
Las promesas eran para engolosinar. Tiufa se compromete
a hacer caer la lluvia en un día sereno y hacer huir el temporal; Fang-Wong
tenía la seguridad de hacer aparecer cierto número de demonios que obedecieran a
cualquier gesto mío; Adjrup Gumbo decía que estaba dispuesto a resucitar un
cadáver en presencia mía y hacerme hablar con un muerto designado por mí; Baba
Bharad, especializado en la levitación, me aseguraba que un día u otro
ascendería sin ninguna ayuda cielo arriba hasta desaparecer de la vista y luego
descendería a mi llamada; Wolareg, finalmente, se declaraba capaz de romper y
mover los objetos sin tocarlos, transformar la sustancia de las cosas, fabricar
oro, evocar espectros parlantes y hacerme dueño del mundo de los fenómenos y de
lo oculto.
Pero todas sus tentativas han sido inútiles. Ahora
faltaban, para el buen resultado del milagro, algunas esencias o piedras
necesarias, que había de hacer venir del fondo de Asia o de África y que era
preciso esperar algunos meses para que llegasen; otra vez eran contrarias las
fuerzas cósmicas o no eran favorables las conjunciones de los astros, lo que
hacía necesario aplazar la ceremonia; o bien el mago caía en una especie de
catalepsia para realizar la tarea y manifestaba, al despertar, que un ocultista
enemigo suyo se había enterado, desde lejos, de la operación que se estaba
preparando. Wolareg declaró que no cabía hacer nada si no podía disponer, como
oficina para los ritos, de una caverna subterránea, revestida de basalto,
orientada según sus instrucciones, y provista de trípodes, de hierbas mágicas,
de varias varitas esculpidas, hechas con huesos de iniciados difuntos, y de un
sanctasanctórum. Hice construir esa gruta en la parte más extensa del parque, de
acuerdo con los planos y deseos de Wolareg, pero, según decía, faltaba siempre
algo esencial y que no podía encontrarse, y ha sido ése el que me ha costado más
y el que me ha dado menos.
Los otros intentaron, algunas veces, ofrecerme algún
truco ingenioso como sustitutivo de los milagros en vano prometidos. Les dejaba
hacer, al principio, para divertirme y, luego, para desenmascararlos. No quería
despilfarrar de ese modo mis dólares. Me había provisto, para no parecer un
imbécil, de obras de prestidigitación y de ensayos críticos sobre los médiums y
faquires y los había leído. Conmigo no era posible el engaño.
Una vez murió uno de mis camareros, y Adjrup Gumbo
recibió el encargo de resucitarlo. Se encerró en la cámara del muerto por
algunas horas, la llenó de humo y luego me mandó llamar. A través de los vapores
y de los aromas, vi de pronto a mi pobre Ben que encogía las piernas y alzaba a
sacudidas la cabeza; pero hice abrir las ventanas y me di cuenta de que el
tibetano, sirviéndose de los hilos de la luz eléctrica, había recurrido, no a la
ciencia de los lamas, sino a la corriente puesta a su disposición por la ciencia
europea. Y el supuesto resucitado tuvo que ser enterrado al día siguiente en el
cementerio vecino.
Baba Bharad quiso repetir ante mí el conocido prodigio
de la simiente de mangostán que, sembrada y regada, después de una hora se
transforma en una planta con frutos. Pero no me fue difícil, con la ayuda de una
pala, demostrarle que conocía el misterio, es decir, que en el terreno había
sido colocada con anterioridad, sobre un redondel de corcho, la plantita de
mangostán, que el agua había levantado en el momento oportuno.
Fang-Wong hizo aparecer, en una estancia medio vacía,
una forma verdusca que, según él, era uno de los más temibles demonios
subterráneos, uno de aquellos espantosos «Fran-Lean». Mi lámpara de bolsillo me
permitió reconocer, bajo la capa verde, a un negro empleado en la cocina que se
había prestado a representar el papel de demonio ante la promesa de una botella
de gin.
En lo que se refiere a Tiufa, tuve que resignarme a
contemplar su cuerpo fuliginoso y untoso asaeteado por grandes alfileres, de
cuyas heridas brotaban algunas gotas de sangre; muy poca sangre por el dinero
que cuesta su manutención.
Es necesario ahora que piense en deshacerme de los
cinco taumaturgos impotentes. Wolareg, desde la altura de sus dos metros asegura
que falta el «aura», la «atmósfera magnética», que este país materialista no
permite las manifestaciones de la pura «energía espiritual)), y, en fin, que mi
escepticismo paraliza sus poderes y los de sus colegas.
Hecho notable: los cinco magos se han hecho muy amigos
y disfrutan, cada día, de un milagroso apetito.
NARRACIÓN DE LA ISLA
New Parthenon, 6 noviembre
El sábado por la tarde vi aparecer de pronto un hombre
al cual no había visto desde hacía más de veinte años. Con Pat Carnes conocí el
hambre y el espanto en Frisco, en los primeros tiempos de mi llegada. Pat, un
irlandés lleno de espíritu y de recursos, me salvó más de una vez de la
desesperación.
Desde que llegué a esta ciudad del Este no había sabido
nada más de él.
Cuando se presentó, sin decir su nombre, no le
reconocía. Ha cambiado de color y me parece que hasta de corpulencia. Era un
junco de piel blanca y se me ha convertido en una encina de color moreno. Ha
hecho, según dice, de viajero; en los primeros años por necesidad y luego por
curiosidad. No hay país que no haya visto, mar que no haya surcado, carretera
que no haya recorrido. Habla ocho lenguas y unos veinte dialectos; ha sido
reclutador de coolies, socio de piratas, negociante de serpientes, jefe
hechicero, falso monje budista, guía de los desiertos, todos los oficios, en
suma, de la gente que no tiene más vocación que la de cambiar de lugar. Si
escribiese sus recuerdos haría un libro mucho más rico que los de Melville y de
Jack London.
Me dijo, sin embargo, que el tiempo de las aventuras ya
ha pasado, que no hay ningún lugar de la tierra donde no se encuentren huellas
de viajeros y de civilización, que es casi imposible encontrar un pedazo de
selva o de estepa donde no haya penetrado un blanco. En todos sus viajes no pudo
descubrir más que una isla desconocida hasta entonces por los marineros y los
geógrafos. Una isla del Pacífico, un poco más grande que una de las islas
Sandwich, al sur de Nueva Zelanda. Se halla habitada por unos cuantos centenares
de melanesios papúes, que arribaron allí con sus barcas hace muchos siglos.
-La singularidad de esta isla -me contaba Pat Cairness-
no se halla en su aspecto, que es muy parecido al de las demás islas del
Pacífico, ni en sus habitantes, que han conservado las costumbres y tradiciones
de su raza. Está en esto: los jefes han reconocido hace mucho tiempo que la isla
no puede alimentar más que a un número fijo de habitantes. Este número es
precisamente de setecientos setenta. Gran parte del suelo, montuoso, es estéril,
y en el mar no hay mucha pesca. De fuera no puede llegar nada porque nadie,
después de ellos, ha desembarcado en la isla, y los sucesores de los primeros
inmigrantes han olvidado el arte de construir grandes embarcaciones. Por esta
razón la asamblea de jefes promulgó en tiempo inmemorial una extrañísima ley: la
de que a cada nuevo nacimiento debe seguir una muerte, de manera que el número
de los habitantes no rebase nunca el de setecientos setenta. Es una ley, según
creo, única en el mundo y que hace observar con toda severidad el Consejo de los
ancianos, compuesto de brujos y guerreros. Como en todos los países del mundo,
los nacimientos superan a las muertes naturales, por lo que todos los años diez
o veinte de esos infelices segregados del mundo deben ser muertos en la tribu.
El espanto del hambre ha hecho inventar a los oligarcas papúes un sistema
estadístico muy burdo, pero preciso. Una vez al año, en primavera, se reúne la
asamblea y se lee la lista de los nacidos y de los muertos. Si son, por ejemplo,
veinte los nacidos y ocho los muertos, es necesario que doce vivientes sean
sacrificados para la salvación de la comunidad. Durante un cierto tiempo, según
me dijeron, tocaba a los ancianos el morir; pero como el Consejo de los Jefes
está formado en su mayoría de ancianos, éstos se las arreglaron de manera,
recurriendo a no sé qué astucias, que se confiase a la suerte la cuestión de
diezmar la tribu. Cada habitante posee una tablilla donde se halla inscrito, por
medio de un dibujo o de un jeroglífico, su nombre. Llegado el día terrible, esas
tarjetas de los vivos son reunidas en el casco de una barca enterrada ante la
tienda del Consejo y revueltas cuidadosamente con un remo por el hechicero más
viejo. Luego se suelta un perro, adiestrado para este fin, el cual se mete en la
barca, agarra con los dientes una de las tablillas, la entrega al brujo y repite
la operación todas las veces que sea necesario. A los designados se les conceden
tres días para despedirse de la familia y para suprimirse de la manera que les
sea más agradable. Si después de tres días hay alguno que no ha tenido valor
para suicidarse, es capturado por cuatro hombres elegidos entre los más
robustos, encerrado en un saco de piel junto con algunas piedras, y arrojado al
mar.
»Contada de este modo, la cosa parece sencilla y en
cierto modo hasta lógica. Pero es preciso vivir allí, como hice yo durante algún
tiempo, para tener una idea de lo espantoso de esa ley, y de todas las
consecuencias trágicas que acarrea. Ante todo, la mujer que queda embarazada se
encierra en su tienda y no se atreve a presentarse ante nadie. Es una enemiga,
todos la odiarían. Cada muchacho que está a punto de nacer es una amenaza para
los que ya han nacido, un peligro público. Y, sin embargo, la madre y el padre
están tranquilos, aunque la suerte puede designar a uno de ellos -como ya ha
ocurrido alguna vez-a desaparecer para hacer sitio al hijito. De aquí se deriva
que las mujeres estériles son las más respetadas de todas y que los hombres no
se deciden al matrimonio más que en último extremo.
»Además se halla bastante difundido en la isla el
homicidio, porque los asesinos se proponen también procurar nivelar el número de
los nacidos y sustraerse, al menos por cierto tiempo, a las terribles sorpresas
de la muerte. En mis viajes no vi nunca nada tan lúgubre como esa asamblea en la
que se debe proceder a la designación de los sacrificios al espectro de la
carestía. Asistí a una de esas asambleas, y, aunque esté muy lejos de ser un
sentimental, me ha dejado una sensación penosa. Algunos días antes hay quien
intenta esconderse en las grutas de la isla con la esperanza de sustraerse al
peligro. Pero la isla es pequeña y la vigilancia es una cosa que interesa a
todos, pues las ausencias aumentan el peligro de los presentes. Algunos son
arrastrados por la fuerza hasta la reunión, y allí vi cómo se debatían
furiosamente para no entregar la tablilla con su nombre. Aquella vez los
excedentes eran nueve únicamente y pude comprobar que ninguno de ellos aceptaba
con resignación la sentencia de la suerte. Una mujer joven se agarraba
desesperadamente a las rodillas del jefe pidiendo piedad. Tenía, según parece,
un nene todavía muy pequeño y suplicaba sollozando que le permitiesen vivir un
año más para no dejarle solo. Un hombre, ya anciano, declaró que se hallaba
gravemente enfermo y que libertaría pronto a la tribu del peso de su existencia,
pero pedía gracia de que le dejasen morir de muerte natural. Un joven clamaba a
grandes voces que le dispensaran de la muerte inmediata, no por él, decía, sino
porque era el único sostén de su madre anciana y de tres hermanitas que no se
hallaban todavía en edad de trabajar. Dos padres lanzaban desesperados gritos
porque entre los señalados por la suerte se hallaba el más pequeño y más bello
de sus hijos. Una jovencita imploraba que esperasen al menos a que se hubiese
casado; debía desposarse dentro de pocos días y no quería morir sin haber
cumplido la promesa hecha solemnemente a su futuro esposo. Un viejecillo del
Consejo buscaba salvarse proclamando que sólo él conocía ciertos secretos
necesarios para la vida de la tribu y que si se le mataba moriría sin revelarlos
a nadie para vengarse.
»Durante tres días no se oyeron en toda la isla más que
gemidos y lamentos. Pero la ley es inexorable y no admite prórrogas ni
dispensas. Sólo en un caso uno de los designados puede ser salvado: cuando otro
acepta morir en su lugar. Pero según me dijeron, este caso no se presenta casi
nunca. Al tercer día, siete condenados se habían dado ya muerte por sí mismos,
en medio de los gritos de los parientes y de los amigos, y al cuarto día fueron
arrojados dos sacos al mar, en presencia de todo el pueblo taciturno. Pero
ocurrió entonces que los que habían escapado a la muerte comenzaron a
tranquilizarse, las caras eran más serenas: un año de vida segura estaba ante
ellos.
Pat Cairness me contó muchas otras historias, pero ésta
fue la que más me impresionó por su singularidad.
LA «FOM»
Chicago, 3 abril
Esta mañana, mientras me hallaba preparando
tranquilamente mi itinerario asiático, se me ha presentado un hombre de unos
cincuenta años, amable y casi obsequioso, quien me ha manifestado que debía
hablarme a solas de cosas muy importantes. Hice salir a mi secretario y me
dispuse a escucharle.
-¿Conoce usted la «DOM»? -me ha preguntado en voz baja
el visitante.
He tenido que admitir que no había oído hablar nunca de
ella.
Me lo imaginaba. Y es mejor que sea así. Se trata, como
le explicaré, de una Liga secreta. Mis jefes creen que la adhesión de usted
sería infinitamente de desear.
He creído que se trataba de una especie de Ku-Klux-Klan
y he manifestado que en manera alguna quería mezclarme en sociedades secretas.
Cuando le haya dicho lo que es la «Fom» estoy seguro de
que cambiará de manera de pensar. El nombre, como ya debe imaginarse, es una
sigla de iniciales. Nuestra Liga se llama: Friends of Mankind y sus fines son
completamente desinteresados. Los fundadores, cuyos nombres me es imposible
revelarle, han partido del siguiente principio: el aumento continuo de la
Humanidad es contrario al bienestar de la Humanidad misma. Por medio de la
industria, la agricultura y la política colonial, se intenta suplir el déficit,
pero está claro que dentro de algún tiempo habrá un balance demasiado desigual
entre el banquete y el número de los que al banquete asisten. Malthus tenía
razón, pero se equivocó al creer demasiado cercano el desastre. En realidad, la
Naturaleza, en forma de terremotos, erupciones, epidemias, carestía y guerras,
viene a diezmar de un modo periódico al género humano. También el tráfico
automovilístico, el comercio de estupefacientes y los progresos del suicidio
contribuyen, desde hace algún tiempo, a la reducción de los habitantes del
planeta. Pero todas estas, llamémoslas providencias, no consiguen compensar el
aumento de nacimientos, sin contar que son, para las víctimas, formas dolorosas
de supresión.
»¿Cómo remediarlo? Aunque no hayamos llegado al hambre,
está cercano el momento en que nuestras raciones se verán reducidas. Y entonces
es cuando interviene la "Fom". Ésta se propone acelerar racionalmente la
desaparición de los que sean menos dignos de vivir. La nuestra podría llamarse
-en su primera fase- la Liga para la eutanasia inadvertida. El inconveniente de
las calamidades naturales -como las epidemias y las guerras- es que provocan la
desaparición de los jóvenes, de los inocentes, de los fuertes. Pero si es
necesario hacer un expurgo sobre la tierra, es justo, ante todo, eliminar a los
inútiles, a los peligrosos o a aquellos que han vivido ya bastante. El terremoto
y la cólera son ciegos; nosotros tenemos ojos y muy buena vista. Nuestra Liga se
propone, pues, apresurar de un modo dulce y discreto, y en el secreto más
absoluto, la extinción de los débiles, de los enfermos incurables, de los
viejos, dé los inmorales y de los delincuentes; de todos esos seres que no
merecen vivir, o que viven para sufrir, o que imponen gastos considerables a la
sociedad.
»Los medios de que nos servimos son los más
perfeccionados: venenos que no dejan rastro, inyecciones a altas dosis,
inhalaciones de gases anestésicos y tóxicos. A nuestra Liga pertenecen muchos
médicos, enfermeros y criados, los que se hallan en las condiciones más
favorables para esos actos humanitarios, y los resultados son excelentes. Pero
forman también parte de ella numerosos particulares que se prestan, con toda la
cautela necesaria, a suprimir a un amigo, a un pariente y también a simples
desconocidos. La moral pública, ofuscada por las viejas supersticiones, no ha
llegado todavía a reconocer, o al menos a tolerar, nuestras operaciones
benéficas, y por eso nos vemos obligados a obrar con el más profundo secreto.
Ninguno de los nuestros, hasta ahora, ha sido descubierto, y, a despecho de los
obstáculos, las estadísticas de mortalidad, desde que se constituyó la "Fom",
demuestran que nuestro trabajo filantrópico no ha sido inútil.
»Aneja a la sección, llamémosla "tanatófila", de la "Fom",
existe otra igualmente preciosa y que podríamos llamar moralizadora. Hay, por
ejemplo, culpas que nuestros códigos no castigan o que la Policía no sabe
descubrir. Nuestra Liga atiende también a esa necesaria represión. Una junta
formada de profesores de moral y de juristas se ocupa en establecer una lista de
culpables en ésta y otras ciudades. Para las ejecuciones hemos tenido que
recurrir a delincuentes profesionales o voluntarios que se encargan, siempre con
el más absoluto secreto, de castigar a los inculpados. Ésos roban a los
ladrones, a los avaros, a los estafadores; secuestran y apalean a los
perseguidores sistemáticos de los niños y de los dependientes; someten a
humillantes penas a los especuladores deshonestos, a los encubridores y a otras
personas dañosas e inmorales. Somos, en este caso, homeópatas: delito contra
delito. Para castigar el mal debemos resignarnos a infligir el mal, pero la
nobleza del fin nos absuelve.
»Como ve, la "Fom" tiene dos cometidos necesarios y
honrosos: impedir la ruina del standard of life, amenazado por el exceso de
población, y combatir a los viciosos y criminales que la ley no castiga.
Eliminación de lo superfluo y purificación de la sociedad. Nosotros contribuimos
por eso, y con una doble obra, a la mejora material y ética del género humano y
podemos llamarnos, con tranquila conciencia, Friends of Mankind.
Dejé hablar al locuaz apóstol de la «Fom» hasta el
final; deseaba saberlo todo, y confieso que algunos de sus razonamientos no me
disgustaron. Quien está libre -como yo lo estoy- de toda preocupación moral o
religiosa, no puede oponerse seriamente a una tal dialéctica. Si no tenemos más
que una vida y la vida consiste en tener una buena ración en el convite
universal, el programa de los Friends of Mankind es lógico y científico. Sin
embargo, mi repugnancia a asociarme con otros y a ligarme con el vínculo
secreto, hizo que no me inscribiese. Di, sin embargo, buenas esperanzas al
emisario de la «Fom», ante el temor de ser objeto de represalias. Dentro de
cuatro días salgo para San Francisco y China; ya tendré tiempo de pensarlo a la
vuelta.
LA CIUDAD ABANDONADA
Tien-Tsin, 13 diciembre
La ciudad más maravillosa que he visto en toda el Asia
es sin duda alguna aquella que descubrí, una noche de octubre, al oriente de
Khamil, en pleno desierto.
La caravana de camellos reunida con gran trabajo en
Turfan, era demasiado lenta para un hombre habituado, en América y Europa, a la
rapidez de los trenes de lujo. Además, los conductores mongoles de camellos se
me habían hecho odiosos en las tres etapas, durante las cuales había tenido que
dominarme para no fustigar a los más desaprensivos. Al llegar a Khamil, con la
excusa de hacer nuevas provisiones, parecía que ya no se querían mover de allí.
Desesperado al verme detenido en aquella puerca ciudad donde no tenía nada que
hacer ni que ver, pregunté al jefe de los sirvientes, Ghitaj, si era posible
marchar adelante a caballo, para esperar a la caravana en pleno desierto.
A la mañana siguiente dejamos la repugnante Khamil
montados en dos caballos peludos y pequeños, pero rapidísimos, y corrimos hacia
el Este.
El aire era frío, pero sereno. La pista se alargaba
casi recta entre la hierba corta y dura de la inmensa estepa. Cabalgamos muchas
horas en silencio, sin encontrar alma viviente. Al recuesto de una duna arenosa
hicimos alto para comer el carnero asado que llevábamos. Ghitaj consiguió hacer
un poco de fuego con las malezas y me ofreció la bebida famosa de los mongoles:
el té con manteca fundida. Los caballos pacían bajo el sol blanco. Reanudamos la
carrera hasta el crepúsculo. Ghitaj decía que junto al camino debíamos encontrar
un campamento de pastores de caballos. Pero no se descubría ninguna humareda en
parte alguna del horizonte. En el crepúsculo, todavía límpido, se distinguía aún
la pista. Una luna casi llena se elevó, a Levante, sobre la línea de la llanura.
Los caballos ya daban señales de cansancio. No podía
hacerse nada más que seguir. Volver a Khamil significaba deshacer todo el camino
que habíamos hecho, es decir, cabalgar durante toda la noche. Ghitaj continuaba
espiando en la polvareda blancuzca de la inmensidad una señal del campamento,
que según él, debía hallarse cercano. La luna se había elevado y los caballos
relinchaban; se levantó el viento gélido de la noche, no contenido por los
montes ni por las plantas. De cuando en cuando, Ghitaj se detenía para escuchar
y para beber algún sorbo de vodka. Ninguna tienda, ningún rumor, ninguna voz.
Miré el reloj: eran las diez. Hacía dieciséis horas que cabalgábamos. Los
caballos marchaban al paso y temíamos que, de un momento a otro, se tendiesen en
el suelo, agotados.
De pronto se levantó ante nosotros, a una media milla,
una larga sombra alta, maciza, rectilínea.
Ghitaj no supo decirme de qué se trataba. En algunos
puntos la sombra se elevaba recta, como una torre. Conforme nos acercábamos, más
seguro me parecía que se trataba de las murallas de una ciudad. Ghitaj, más
taciturno que de costumbre, no respondía a mis preguntas.
No me equivocaba. En la blancura velada de la luna
otoñal, se alzaba ante nosotros la cinta inmensa de una alta muralla, con sus
redondas atalayas. ¡Una ciudad!
Me sentí feliz. Aquellas murallas significaban un
cobijo, un albergue, una cama, la salvación. Pero Ghitaj permanecía siempre
callado y no me pareció muy satisfecho de hallarse allí. Le pregunté el nombre
de la ciudad, pero no quiso decírmelo.
-Es mejor no entrar -me dijo de pronto.
No comprendí. Había llegado ante una puerta altísima,
de vieja madera, constelada de grandes clavos de hierro. Se hallaba cerrada.
Golpeé con la culata del fusil. Nadie contestó.
Ghitaj se había apeado del caballo y permanecía de pie,
meditabundo.
Viendo que nadie abría, pensé en dar la vuelta a la
muralla para encontrar otra puerta. A una media milla, entre dos torres, se
abría una vasta bóveda vacía, especie de boca de un agujero. Entré allí dentro,
pero después de haber dado unos veinte pasos el caballo se paró. En el fondo del
arco aparecía una puerta cerrada. Mis golpes quedaron sin contestación. No se
oía ningún rumor más allá de los batientes gigantescos.
Salí de nuevo para continuar la vuelta al recinto. Las
murallas se alzaban siempre altas, vetustas, desiguales, hoscas, como una
escollera que no tuviese fin. A poca distancia de la puerta grande se abría una
poterna poco aparente, pero visible, porque sobre ella aparecían esculturas de
mármol ennegrecido: me parecieron, a la luz contusa de la luna, dos serpientes
antropocétaias que se besasen. Estaba cerrada como la otra, pero haciendo fuerza
parecía que cediese. Ordené a Ghitaj que me ayudase. A fuerza de golpes de
hombro los dos batientes de madera podrida se desencajaron y resquebrajaron.
Pero Ghitaj no quiso entrar conmigo. No le había visto
nunca tan abatido. Se tendió en el suelo, con la cabeza apoyada en la muralla, y
sacó una especie de rosario.
-Ghitaj espera aquí -dijo-. Ghitaj no entra. Usted no
debería entrar.
No le escuchaba. Mi caballo estaba cansado, pero
parecía que la proximidad de aquellas construcciones le había dado nuevo vigor.
Entré en un laberinto de calles estrechas, desiertas, silenciosas. Ninguna luz
en las puertas, en las ventanas: ninguna voz, ningún signo de vida. Todas las
salidas estaban cerradas. Las casas eran bajas y, a lo que me pareció, pobres y
de deplorable aspecto.
Llegué a una plaza vasta, inundada por la luz de la
luna. Alrededor me pareció percibir una corona de figuras, demasiado grandes
para ser hombres. Al acercarme vi que eran estatuas de piedra, de animales.
Reconocí el león, el camello, el caballo, un dragón.
Las casas eran más altas y más majestuosas, pero
cerradas y mudas como las otras que había visto antes. Probé de llamar a las
puertas, de gritar. Ninguna puerta se abría, nadie respondía. Ni el rumor de un
paso humano, ni el ladrido de un perro, ni el relinchar de un caballo, rompían
aquella taciturna alucinación... Recorrí otras calles, desemboqué en otras
plazas: la ciudad era, o me lo pareció, grandísima. En un torreón que se alzaba
en medio de un inmenso claustro me pareció columbrar un resplandor de luces. Me
detuve para contemplar. Un batir de alas me hizo comprender que se trataba de
una bandada de aves nocturnas. Ningún otro ser viviente parecía habitar la
ciudad. En una calle vi algo que blanqueaba en un pórtico. Me apeé del caballo y
a la luz de mi lámpara eléctrica reconocí los esqueletos de tres perros, todavía
unidos al muro por tres cadenas oxidadas.
No se oía en la ciudad desierta más que el eco de las
cansadas pisadas de mi caballo. Todas las calles estaban embaldosadas, pero,
según me pareció, crecía muy poca hierba entre piedra y piedra. La ciudad
parecía abandonada desde hacía pocas semanas, o, todo lo más, desde pocos meses.
Las construcciones se hallaban intactas; las ventanas de postigos barnizados de
rojo, cuidadosamente cerradas; las puertas, apuntaladas y atrancadas. No se
podía pensar en un incendio, en un terremoto, en una matanza. Todo aparecía
intacto, pulido, ordenado, como si todos los habitantes se hubiesen marchado
juntos, por una decisión unánime, con calma, a la misma hora. Deserción en masa,
no destrucción ni fuga. Encontré de pronto en el suelo un jubón de mujer y un
saquito con algunas monedas de cobre. Si me detenía de pronto para escuchar, no
oía más que el roer de las carcomas o el escarbar de los topos.
Cabalgaba por las rayas geométricas que formaba la luna
entre las sombras desiguales de las construcciones. Llegué a un palacio, enorme,
de ladrillo, que tenía el aspecto de una fortaleza y había sido, tal vez, un
alcázar o una prisión. En el portal mayor, dos colosos de bronce, dos guerreros
cubiertos de armaduras mohosas, dominaban como centinelas de los siglos muertos,
mirándose fieramente desde el fondo de sus cuencas vacías.
Y entonces comencé a sentir el horror de aquella ciudad
espectral, abandonada por los hombres, desierta en medio del desierto. Bajo la
luna, en aquel dédalo de callejones y de plazas habitadas únicamente por el
viento, me sentí espantosamente solo, infinitamente extranjero, irrevocablemente
lejano de mi gente, casi fuera del tiempo y de la vida. Me sentía sacudido por
un escalofrío, tal vez de cansancio y de hambre, tal vez de espanto. El caballo
caminaba ahora muy lentamente, con el belfo hacia el suelo, y de cuando en
cuando se detenía y temblaba.
Conseguí, por fortuna, encontrar la poterna por donde
había entrado. Ghitaj, envuelto en la pelliza, dormitaba. A la madrugada
divisamos una humareda lejana: era el campamento que creíamos poder encontrar la
pasada noche. Mi caravana llegó dos días después.
Nadie, en toda la Mongolia, ha querido decirme el
nombre de la ciudad deshabitada. Pero con frecuencia, en Tokio, en San
Francisco, en Berlín, vuelvo a verla como un sueño terrorífico, del cual, tal
vez no se desearía despertar. Y me siento punzado por la nostalgia, por un gran
deseo de volverla a ver.
VISITA A GANDHI
Ahmedabad, 3 marzo
No quería abandonar la India sin haber visto al más
célebre hindú viviente, y fui, hace dos días, al Satyagraha, Ashram, domicilio
de Gandhi.
El Mahatma me ha recibido en una estancia casi desnuda,
en donde él, sentado en el suelo, se hallaba meditando junto a un argadillo
inmóvil. Me ha parecido más feo y más descarnado de lo que aparece en las
fotografías.
-Usted quiere saber -me ha dicho entre otras cosas- por
qué deseamos expulsar a los ingleses de la India. La razón es sencilla: son los
mismos ingleses los que han hecho nacer en mí esta idea castizamente europea. Mi
pensamiento se formó durante mi larga estancia en Londres. Me di cuenta de que
ningún pueblo europeo soportaría el ser administrado y mandado por hombres de
otro pueblo. Entre los ingleses, sobre todo, este sentido de la dignidad y de la
autonomía nacional está desarrolladísimo. No quiero ingleses en mi casa
precisamente porque me parezco demasiado a los ingleses. Los antiguos hindúes se
preocupaban muy poco de las cuestiones de la tierra y mucho menos de la
política. Sumergidos en la contemplación del Atman, del Brahman, del Absoluto,
deseaban solamente fundirse en el Alma única del universo. Para ellos, la vida
ordinaria, exterior, era un tejido de ilusiones, y lo importante era libertarse
de ella lo más pronto posible, primeramente con el éxtasis y luego con la
muerte. La cultura inglesa, de sentido occidental -importada por efecto de la
conquista-, ha cambiado nuestro concepto de la vida. Digo nuestro para decir el
de los intelectuales, pues la masa ha permanecido durante siglos refractaria al
mensaje europeo de la libertad política. El primero en sentirse impregnado de
las ideas occidentales he sido yo, y me he convertido en el guía de los hindúes
precisamente porque soy el menos hindú de todos mis hermanos.
»Si lee usted mis libros y sigue mi propaganda, verá
claramente que las cuatro quintas partes de mi cultura y de mi educación
espiritual y política son de origen europeo. Tolstoi y Ruskin son mis verdaderos
maestros. El cristianismo ha inspirado, más que el Budismo, mi teoría de la no
resistencia. He traducido a Platón, admiro a Mazzini, he meditado sobre Bacon,
sobre Carlyle, sobre Boehme, me he servido de Emerson y de Charpentier. Mis
ideas sobre la necesidad de la desobediencia, proceden de Thoreau, el sabio
solitario de Concord; y mi campaña contra las máquinas es una repetición de
aquella que los luditas, es decir, los secuaces de Ned Lud, realizaron en
Inglaterra de 1811 a 1818. Finalmente, la poesía del argadillo se me reveló
leyendo, en el Fausto de Goethe, el episodio de Margarita. Como ve, mis teorías
no deben nada a la India, vienen todas de Europa y especialmente de los
escritores de lengua inglesa. Figúrese que únicamente en Londres, en 1890
estudié la Bhagayad Gita, por indicación de Mrs. Besant, ¡una inglesa! Y al
propugnar hoy la unión entre hindúes, mahometanos, parsis y cristianos no hago
más que seguir el principio de la unidad religiosa proclamada por la Teosofía,
creación castizamente europea. Huelga añadir que mi condenación de las castas
deriva de los principios de igualdad de la Revolución francesa.
»La historia de Europa en el siglo XIX tuvo sobre mí
una influencia decisiva. Las luchas de los griegos, de los italianos, de los
polacos, de los húngaros, de los eslavos del Sur para sustraerse al dominio
extranjero me han abierto los ojos. Mazzini ha sido mi profeta. La teoría del
Home Rule de Irlanda es el modelo del movimiento que yo he llamado aquí Hind
Swarai. He introducido en la India, por lo tanto, un principio absolutamente
extraño a la mente hindú. Los hindúes, hombres metafísicos y cuerdos, han
considerado siempre la política como una actividad inferior: si es necesario un
poder y si hay gente que lo quiera ejercitar -pensaban- dejémosles hacer; será
una molestia menos para nosotros. El hindú vive en el reino del espíritu puro,
aspira a la eternidad. ¿Qué importa que le gobiernen rajás indígenas o
emperadores extranjeros? Por esto soportamos durante siglos el dominio mongol y
el mahometano. Luego vinieron los franceses, los holandeses, los portugueses,
los ingleses; establecieron factorías en la costa, avanzaron hacia el interior,
y les dejamos hacer. Son los europeos, y únicamente los europeos, los
responsables de nuestro deseo presente de arrojar a los europeos. Sus ideas nos
han cambiado, es decir, "desindianizado", y entonces, convertidos en discípulos
de nuestros amos, ha nacido el deseo de no querer ya más amos. El que está más
saturado de pensamiento inglés soy yo, y por esto estaba destinado a ser el jefe
de la cruzada antiinglesa. No se trata aquí, como presumen los periodistas
europeos, de una lucha entre el Occidente y el Oriente. Al contrario: el
europeísmo ha impregnado de tal modo la India que nos hemos visto obligados a
levantarnos contra Europa. Si la India hubiera permanecido puramente hindú, es
decir, fiel a Oriente, toda contemplativa y fatalista, nadie de los nuestros
habría pensado en sacudir el yugo inglés. En el momento en que fui traidor al
espíritu antiguo de mi patria aparecí como el libertador de la India. Las ideas
europeas a través de mi proselitismo -preparado de un modo excelente por la
cultura inglesa difundida en nuestras escuelas- ha penetrado en las multitudes,
y ya no hay remedio. Un hindú auténtico puede tolerar ser esclavo; un hindú
anglicanizado quiere ser dueño de la India, como de Inglaterra los ingleses. Los
más anglófilos -como lo era yo hasta fines de 1920- son necesariamente
antibritánicos.
ȃste es el verdadero secreto de lo que se llama
"movimiento gandhista", pero que debería llamarse propiamente "movimiento de los
hindúes convertidos al europeísmo contra los europeos renegados", es decir,
contra esos ingleses que morirían de vergüenza si fuesen a mandar a su país los
franceses o los alemanes, y que luego pretenden gobernar, con la excusa de la
filantropía, un país que no les pertenece. ¡Nos habéis cambiado el alma y ya no
queremos saber nada de vosotros! ¿Recuerda el Aprendiz de Mago, de Goethe? Los
ingleses han despertado en nosotros el dominio de la política que dormía en el
fondo de nuestro espíritu de ascetas desinteresados, y ahora ya no saben cómo
poderlo hacer desaparecer. ¡Peor para ellos!
Hacía ya algunos minutos que había entrado un discípulo
en la habitación y silenciosamente había hecho una seña al Mahatma. Apenas hubo
terminado de hablar, me puse en pie para dejarle en libertad y, después de
haberle dado las gracias por sus inesperadas informaciones, regresé en automóvil
a Ahmedabad.
SIAO-SIN
Singapur, 12 agosto
La tarjeta de visita decía:
SIAO-SIN
Medium of First Class
Batavia
Los espiritistas, con sus trucos, sistemas y misterios,
me son odiosos. Contesté que estaba enfermo, que no podía recibirle. Al día
siguiente recibí esta carta:
«Estimado señor Gog:
»Se ha equivocado usted. Si me hubiese permitido hablar
solamente un minuto con usted, sus prevenciones habrían desaparecido. Porque
pudiendo también leer el pensamiento a distancia, me he enterado de las razones
de su negativa. Es una razón que respeto y hasta comparto. Yo no quiero nada con
los muertos. Únicamente los médiums vulgares se consagran a la evocación de los
desencarnados. Y, con perdón de Richet y de Oliver Lodge, con muy pocas
garantías de autenticidad. ¿Continúan viviendo los espíritus de los muertos?
¿Pueden volver a la tierra? ¿Hay un método seguro para entrar en relación con
ellos? Todo esto no me interesa.
»Pero los vivos, señor Gog, existen. Su realidad no
puede ser puesta en duda. Y viven sobre la tierra. Y nosotros podemos entrar en
relación con ellos aunque se hallen muy distantes. Mis postulados no son, por
tanto, misteriosos, sino sólidos. Mi arte -o mejor dicho, mi don- consiste en
"evocar a los vivos". Fantasmas, si usted quiere, pero fantasmas de seres que en
otra parte de la tierra existen verdaderamente. Mi poder de médium se halla al
servicio de los que están separados, de los amigos, de los amantes, de los
curiosos.
»¿No ha vivido usted nunca lejos de una persona amada?
¡Cuántas veces durante el día habrá deseado verla, hablarle, aunque no fuese más
que por un instante! Existen ciertamente las cartas, pero éstas no son las
mismas personas; apenas un pequeño fragmento de su pensamiento. Y las
fotografías, los retratos, no sustituirán jamás la efectiva, la dulce presencia.
Tal vez se le aparezca en sueños, pero ¡cuán vaga la visión, qué triste el
despertar!
»Mi poder de médium es un bálsamo portentoso para el
dolor de la separación. Me comprometo a hacer aparecer en su habitación, en el
término de una hora, a la persona que usted me designe, aunque en aquel momento
se halle en los antípodas. Sin ritual ni ceremonial de magia. No soy, téngalo en
cuenta, ningún nigromante, es decir, un evocador de los muertos. Dejo los
difuntos a Mr. Conan Doyle y a sus ingenuos secuaces. Trabajo con los vivos,
para provecho de los vivos. Me bastan una habitación un poco oscura, un brasero,
un sillón: nada más. En seguida que se me han dicho el nombre, la filiación y la
residencia del hombre o de la mujer que se desea ver, me abstraigo y me
concentro. A cien, diez mil millas de nosotros, aquel hombre o aquella mujer se
sienten dominados por una ligera somnolencia y se adormecen. Si la evocación
puede ser hecha en el momento en que la persona duerme su sueño natural, es
mucho mejor aún, los efectos son más rápidos.
»Después de una espera que no rebasa los cuarenta
minutos, usted ve en su habitación una especie de nube que puede ser de un
amarillo intenso o de un color amaranto. Y, poco a poco, de aquella mancha
nebulosa se destaca la figura de aquel o de aquella a quien deseaba ver, con su
misma fisonomía, solamente un poco más fluida que si fuese de carne y hueso. No
se extrañe si tiene el aspecto un poco trasnochado. Pregúntele sin perder
tiempo; no la toque. Sería atroz para usted y para aquella o aquel a quien ama.
La visión no puede durar más que pocos minutos, la verá resorberse en la mancha
aérea y desaparecer. Estoy buscando la manera de obtener una permanencia más
larga y no desespero de encontrarla.
»Considere que su elección es ilimitada. No hay
necesidad de que se trate de una persona conocida de usted. Si le interesase un
día, hallándose en América, hablar con Lloyd George, con Stravinski o con el rey
Alfonso, no habría la menor dificultad. El fantasma correspondiente aparecería
en las condiciones dichas y usted podría hacer a este personaje ilustre las
preguntas que le pluguiese. No hay necesidad, con mi sistema, de largos viajes
ni de peticiones de audiencia para obtener una conversación con las celebridades
del mundo entero. Por lo que sé de usted, me pareció que este juego tenía que
gustarle.
»Estoy seguro de que no pondrá en duda la exactitud de
todo lo que acabo de manifestarle. Conoce seguramente el clásico libro de Meyers,
Gurney y Podmore sobre Phantasms of Living. Se trata de una infinidad de casos
de telepatía vulgar, esto es, de apariciones a distancia de vivientes a
vivientes. Lo que no es posible espontáneamente, sin la intervención de la
voluntad, creo que puede obtenerse metódicamente con un esfuerzo determinado. Lo
probé, y tuve éxito.
»Yo soy, como ya le indica mi nombre, chino, pero he
estudiado muchos años en Europa: en Ginebra, Leipzig y Londres. Pero no he hecho
más que desarrollar, según los principios occidentales, algunas preciosas
indicaciones encontradas en los libros de la escuela taoísta. El resto, es
decir, mi éxito, ha sido debido a mis cualidades naturales y a un riguroso
ejercicio.
»Si mi obra puede serle útil, dígnese telefonear al "World's
Hotel", habitación número 354. Permaneceré aquí todavía dos días.
»Créame sinceramente su servidor,
»Siao-Sin..
No he contestado a la carta. No he telefoneado. Este
Siao-Sin parece una persona razonable y seria, y tal vez no promete en vano.
Pero lo he pensado y repensado. En ninguna parte del mundo existe, en este
momento, un ser, macho o hembra, al que desee ver o volver a ver. Siao-Sin ha
servido para evocar mi perfecta soledad.
LAS MÁSCARAS
Nagasaki, 3 febrero
Ayer compré tres máscaras japonesas antiguas,
auténticas, maravillosas. En seguida las colgué en la pared de mi cuarto y no me
sacio de mirarlas. El hombre es más artista que la Naturaleza. Nuestro rostros
verdaderos parecen muertos y sin carácter ante estas creaciones obtenidas con un
poco de madera y de laca.
Y al mirarlas pensaba: ¿Para qué el hombre cubre las
partes de su cuerpo, incluso las manos (guantes), y deja desnuda la más
importante, la cara? Si ocultamos todos los miembros por pudor o vergüenza, ¿por
qué no esconder la cara, que es indudablemente la parte menos bella y perfecta?
Los antiguos y los primitivos, en muchas cosas más
inteligentes que nosotros, adoptaron y adoptan las máscaras para los actos
graves ; bellos de la vida.
Los primitivos romanos, como hoy los salvajes, se
ponían la máscara para atacar al enemigo en la guerra. Los hechiceros y los
sacerdotes tenían máscaras de ceremonia para los encantamientos y los ritos. Los
actores griegos y latinos no recitaban jamás sin máscara. En el Japón se danzaba
siempre con la máscara (las que he comprado son precisamente máscaras para el
baile Genjó-raku y pertenecen a la época de Heian). En la Edad Media los
miembros de las hermandades llevaban la cara cubierta con una capucha provista
de dos agujeros para los ojos. Y recuerdo el Profeta Velado del Korazan, el
Consejo de los Diez de Venecia, la Máscara de Hierro... Guerra, arte, religión,
justicia: nada grande se hacía sin la máscara.
Hoy es la decadencia. No la adoptan más que los bufones
del carnaval, los bandidos y los automovilistas. El carnaval está casi muerto, y
los salteadores de caminos van siendo cada vez más raros.
La máscara, según mi opinión, debería ser una parte
facultativa del vestido, como los guantes. ¿Por qué aceptar un rostro que, al
mismo tiempo que es una humillación para nosotros, es una ofensa para los demás?
Cada uno podría escoger para sí la fisonomía que más le gustase, aquella que
estuviese más de acuerdo con su estado de ánimo. Cada uno de nosotros podría
hacerse fabricar varias y ponerse ésta o aquélla según el humor del día y la
naturaleza de las ocupaciones. Todos deberían tener en su guardarropa, junto con
los sombreros, la máscara triste para las visitas de pésame y los funerales, la
máscara patética y amorosa para los flirteos y los casamientos, la máscara
riente para ir a la comedia o a las cenas con los amigos, y así por el estilo.
Me parece que las ventajas de la adopción universal de
la máscara serían muchas.
Higiénica. Protección de la piel de la cara.
Estética. La máscara fabricada por encargo nuestro
seria siempre mucho más bella que la cara natural y nos evitaría la vista de
tantas fisonomías idiotas y deformes.
Moral. La necesidad de disimular -es decir, de componer
nuestro rostro con arreglo a sentimientos que casi nunca experimentamos- se
vería muy reducida, limitada únicamente a la palabra. Se podría visitar a un
amigo desgraciado sin necesidad de fingir con la fisonomía del rostro un dolor
que no sentimos.
Educativa. El uso prolongado de una misma máscara -como
demuestra Max Beerbohm en su Happy Hypocrite- acaba por modelar el rostro de
carne y transforma incluso el carácter de quien la lleva. El colérico que lleve
durante muchos años una máscara de mansedumbre y de paz, acaba por perder los
distintivos fisonómicos de la ira y poco a poco también la predisposición a
enfurecerse. Este punto debería ser profundizado: aplicaciones a la pedagogía,
al cultivo artificial del genio, etc. Un hombre que llevase durante diez años
sobre la cara la máscara de Rafael y viviese entre sus obras maestras, por
ejemplo, en Roma, se convertiría con facilidad en un gran pintor. ¿Por qué no
fundar, basándose en estos principios, un Instituto para la fabricación de
talentos?
PROFUNDIDAD CHINA
Pekín, 28 marzo
He leído en un libro chino algunos pensamientos tan
bellos, justos y profundos, que quiero transcribirlos aquí para tenerlos más a
mano.
LA HISTORIA AL REVÉS
El Cairo, 10 enero
El profesor Killaloe -con el cual he tenido una larga
conversación en el hotel después del lunch-es un irlandés de unos sesenta años,
pero lleno de vida. Alto como un patagón, discutidor como un diablo, docto como
la Encyclopaedia Britannica, delgado como un cenobita. No sé lo que enseña, ni
dónde, pero habla de todo con seguridad y sin farfullar aquellos lugares comunes
que son el pasto ordinario de los profesores.
-Me hallo aquí -me dijo entre otras cosas-para terminar
mi Historia Universal: el capítulo sobre Egipto será uno de los últimos.
-¿Le parece tan importante el reinado de Fuad para que
merezca un capítulo?
-¿Fuad? Persona muy simpática, pero que no pertenece
todavía a la historia universal. El último rey de Egipto que aparece en mi
historia es Menes, o Mini, que tal vez no ha existido nunca.
-¿El último? He encontrado en mi Baedeker que Menes es,
al contrario, el primero de los Faraones.
-Precisamente. Y el señor Baedeker está de acuerdo en
esto con el señor Wallis Burge, con el señor Edward Meyes, con el senor
Rtincters Petrie, con el señor Breasted y con todos los historiadores del
antiguo Egipto. Su error, como el de todos los historiadores del mundo, procede
de la encallecida imbecilidad, ahora milenaria, que hace comenzar toda historia
por un hipotético principio para llegar hasta un fin próximo a nosotros. Todos
los historiadores son extrañas criaturas que tienen los ojos en el cogote o en
la espalda. Su superstición constante, convertida ahora en una costumbre, es la
de proceder desde el tiempo pasado hacia el presente. Y es la razón por la que
todos ellos, desde Herodoto a Wells, no han comprendido nunca nada de la
historia de los hombres.
»Tome, por analogía, un libro inglés y un libro hebreo.
El libro inglés se comienza a leer por la página número uno y se sigue así hasta
el fin: el libro hebreo comienza con la que para nosotros sería la última página
y así seguido se llega hasta la primera. Transportado este paralelo al método
histórico tendrían razón los hebreos. El justo sistema para escribir la historia
de un modo racional e inteligente es el de comenzar por los acontecimientos más
recientes para terminar por los más remotos.
-¿Y la cronología?
-La cronología es una de las llaves de la historia y es
respetada. Pero no destruyo la cronología si en vez de comenzar por el uno para
llegar al mil, me apoyo en el mil para remontarme hasta el uno. Usted es
víctima, como todos los profanos y todos los especialistas, de una costumbre
mental absurda y que, sin embargo, ha dominado hasta hoy en las ciencias
históricas.
»Mi método, que consiste en retroceder desde el
presente hacia el pasado, es el más lógico, el más natural, el más
satisfactorio. El único que hace posible una interpretación de los hechos
humanos. Observe que un acontecimiento no adquiere su luz y su importancia más
que después de decenios o tal vez después de siglos. Si encuentro en 637 la
entrada de los musulmanes en Jerusalén, esto no me parece más que un pequeño
detalle de la expansión militar del Islam. Pero si parte de 1095, cuando se
comenzó a predicar la primera cruzada, se abre ante mí el alcance incalculable
del acontecimiento. Que los cristianos de Occidente sientan en un determinado
momento como ofensa intolerable que el sepulcro de Cristo se halle en manos de
los infieles y que de este sentimiento nazca el choque entre el Occidente y el
Oriente y el principio de una nueva civilización, he aquí la clave de la
importancia decisiva de la entrada de Ornar en Jerusalén. Son necesarios casi
cinco siglos para que ese acto arroje sus enormes consecuencias. Si se trata de
la historia de la Edad Media al revés, cuando llego al 637 estoy ya en posesión
del verdadero significado de aquel hecho, porque ya me he encontrado antes con
la entrada de los cruzados en Jerusalén en 1099. Y así con todos los demás
hechos. Para comprender el imperialismo romano es necesario primero haber
examinado las invasiones de los bárbaros, y sólo después de haber estudiado a
Lutero se pueden entender las grandes órdenes monásticas del siglo XIII, como el
conocimiento de Buda es necesario para la justa inteligencia de la India
brahmánica. Las empresas orientales de Juliano el Apóstata y de Pompeyo deben
necesariamente ser expuestas, si se desea, cuando lleguemos a Alejandro Magno,
medir el alcance de su marcha a través de Persia.
»Sin haber narrado la aventura de Napoleón no se
comprende nada de la Revolución francesa, y sin la Revolución no es posible
tener una idea profunda de Luis XIV y de Luis XI. La última guerra europea es
una premisa indispensable para reconstruir la formación de las monarquías
nacionales en el cuatrocientos y en el quinientos. El «después» es lo que
explica el «antes», y no viceversa. Por eso los historiadores antiguos y
modernos no son nada más que cronistas con ojos y genio de topos. únicamente
procediendo al revés, la historia se convertiría en una verdadera ciencia. Ha
llegado el momento, en este terreno, de adoptar la regla áurea que ha hecho la
fortuna de las ciencias: de lo conocido a lo menos conocido y hacia lo ignorado.
Y lo más conocido para nosotros, ¿no es tal vez el tiempo en que vivimos? Ergo,
el primer capítulo de toda historia debe estar siempre constituido por las
últimas noticias, y el último de toda historia universal bien hecha no puede ser
más que el relato de la Creación.
-¿Y cómo se las arregla para aplicar esta marcha
inversa a las biografías?
Magníficamente. Ya se ha dicho que no se puede juzgar a
un hombre hasta su último día, y juzgar quiere decir, para un hombre de ciencia,
comprender. Para comprender a un gran hombre es preciso referirse,
necesariamente, al día de su muerte. La vida de César comienza efectivamente en
el día en que fue asesinado. ¿Por qué asesinado? De aquí podemos dirigirnos
directamente a sus ambiciones, a sus campañas, a su dictadura. El paso del
Rubicón nos abre el camino para comprender su anterior rivalidad con Pompeyo y
ésta explica sus simpatías democráticas, que, a su vez, nos dan la llave de sus
relaciones con Catilina. Si el párrafo final de la vida de César se refiere a su
nacimiento, esto no es nada extraño: que César, según el método de los viejos
historiadores, entre en el sepulcro, o penetre, con mi método, en el vientre de
la madre, el resultado es el mismo: desde este momento, nacimiento o muerte,
«César ya no existe».
-De modo que su historia...
-Mi historia se abre en 1919, con la paz de Versalles,
y termina con la narración del primer día de la Creación, cuando, como se lee en
el Génesis, «la tierra era soledad y caos, y las tinieblas cubrían el abismo».
Como ve, principio y fin se juntan, diré que casi se funden e identifican. Caos
y tinieblas al principio, caos y tinieblas al final. El gran anillo de la
historia se cierra.
Después de decir esto, el profesor Killaloe levantó de
la rocking chair su larga persona y con una sonrisa hamletiana me invitó a
acompañarle en su visita diaria a la Esfinge.
THORMON EL SOTERIÓLOGO
Luxor, 6 enero
No bastaba con el intérprete de las Pirámides y con el
resucitador de las momias: hoy me ha comparecido otro visionario. Se llama
Thormon y alardea de ser descendiente de un sacerdote de Ammon-Ra. A mí me ha
parecido un aventurero levantino en busca de dinero. Es alto, fuerte, con una
cara redonda, color canela, ornada de cicatrices rosadas.
Me ha declarado que su profesión es la soteriologia
esto es: la ciencia de las liberaciones.
-Todos los pueblos antiguos han creído en la
metempsícosis y hoy una gran parte de la India continúa creyendo en ella. Y los
primitivos, más cercanos que nosotros a la verdad revelada, no hacen distinción
entre hombres y animales: un hombre, según ellos, puede transformarse en un
animal y un animal en hombre. Si África conoce los hombres-tigre, Europa conoce
los hombres-lobo. Por otra parte los psicólogos, los zoólogos, los ganaderos y
los domadores han reconocido en la mayoría de los animales rastros de
inteligencia humana. El famoso experimento de los caballos de Elberfeld y las
investigaciones de Koehler sobre los monos, han puesto para siempre en claro que
la psicología animal no es muy diferente de la humana: confirmación decisiva de
la teoría que ve en los brutos reencarnaciones de almas humanas.
»Si la metempsícosis es cierta, debemos admitir que en
la mayor parte de los animales se halla prisionero el espíritu de un hombre. Y
se impone a nuestra conciencia moral la pregunta: ¿cómo libertar a tantos
espíritus encarcelados? ¿De qué manera se puede devolver a estos hombres
reaparecidos en forma de bestia, su antigua forma?
»Ante esta obra de redención palidecen los demás
ideales humanos. Aquí están nuestros semejantes que sufren la esclavitud del
hambre y del trabajo, pero son al menos hombres. Pueden hablar, amar, y sobre
todo poseen las manos, estos milagrosos instrumentos que ninguna máquina
conseguirá igualar. ¡Piense qué torturas sufriría si su alma, después de la
muerte, se viese encerrada en la envoltura peluda de un oso o dentro de las
escamas de una serpiente! ¡Pensar y desear como una criatura humana y tener que
vivir como un bruto, sin ni siquiera el consuelo del lenguaje, de la risa, de la
piedad de los demás!
»Hace veinte años que me vengo dedicando a la
investigación del secreto para la retrocesión del animal en hombre. Los antiguos
no nos han dejado solamente el recuerdo de la metamorfosis de un hombre en
bestia, sino también de bestias en hombres. Desgraciadamente, no insistieron
sobre los métodos usados para obtener esta transformación. únicamente Homero y
Apuleyo proporcionan algunos datos, pero nada más que datos. Circe, en la
Odisea, unge a los compañeros de Ulises con un bálsamo, a fin de que se
conviertan de cerdos en griegos; y el asno de Apuleyo se convierte en hombre
después de haber comido un ramo de rosas.
Pero, sin embargo, la tradición no nos ha transmitido
la receta del filtro de Circe, y por muchas mixturas que he ensayado con los
cerdos, éstos han continuado siendo cerdos. Muchas veces he obligado a los asnos
a comer rosas, pero sin resultado: o en aquellos asnos no había escondido ningún
hombre o aquella especie de rosas hoy se ha extinguido.
»Un hombre de ciencia inglés, el señor Wells, aconseja
la educación directa, como la practicaba el doctor Moreau. He ensayado también
este procedimiento, pero con los mismos resultados: parece que al cabo de algún
tiempo, los brutos recuperaban su conciencia de hombres, pero después de una
breve remisión recaen en la pura animalidad. El camino no es ése: hace falta un
reactivo externo, de efecto inmediato.
»Pero la causa principal por la que no he llegado
todavía a conseguir nada es mi pobreza. He obtenido ya, en teoría, dos fórmulas
que considero infalibles, pero para llevarlas a la práctica son precisos largos
meses de trabajo y, sobre todo, sustancias minerales y vegetales difíciles de
encontrar, y por esta causa, carísimas.
»Usted es un hombre de corazón y no puede mostrarse
insensible a la diaria desesperación de tantos millones de hermanos nuestros
recluidos bajo la cáscara animal en todas partes de la tierra. Usted es rico y
puede ayudarme. Un día se escribirá en la historia que, gracias a Gog, se fundó
la Soteriología y que innumerables criaturas le debieron la liberación y el
recuperar su dignidad.
Como comprendí que tenía que habérmelas con un
charlatán, me guardé las observaciones que podía oponer fácilmente a aquella
insulsa fantasía.
Pero no pude librarme del libertador con menos de tres
libras esterlinas.
EL CANIBAL ARREPENTIDO
Dakar, 28 enero
El viejo Nsumbu, que he tomado conmigo para que me haga
compañía, es demasiado melancólico. No creía que un negro pudiese dejarse
dominar por los remordimientos hasta ese punto. A fuerza de arrepentimiento se
hace insoportable.
Nsumbu tiene setenta y cinco años y creció cuando en su
tribu florecía, todavía sin escrúpulos ni restricciones, la difamada práctica de
la antropofagia. Durante cuarenta años seguidos Nsumbu comió de todo, pero lo
más frecuentemente que podía, carne humana, blanca o negra, como fuese.
Mas las aldeas de su tribu fueron comprendidas en una
de las nuevas colonias europeas a fines del pasado siglo y el canibalismo ha
sido ferozmente reprimido: fueron muertos todos los sospechosos de haber matado.
Han resultado igualmente cadáveres, pero no ha sido posible comérselos.
Nsumbu vegetó modestamente durante esta época de
reacción. Los extranjeros le habían arrancado brutalmente el mejor alimento de
su mesa. Nsumbu se puso triste, pero, por miedo, no quiso recurrir al
contrabando para procurarse, a espaldas de la ley, el alimento preferido. Debe a
esta cautela el estar todavía vivo y ser casi célebre, como uno de los veteranos
de la antropofagia en esta parte de África. Los forasteros que se hallan de paso
le hacen hablar y le obsequian con un poco de dinero.
Pensé tomarlo conmigo para tener, en los momentos de
aburrimiento, una conversación menos insípida que de ordinario. La gente que
habla siempre de cuadros, de bailes, de beneficencia y de problemas industriales
me es detestable. Un hombre que ha devorado, en cuarenta años de canibalismo
legal, por lo menos trescientos de sus semejantes, debería tener indudablemente
una conversación infinitamente más «apetitosa» que un clergyman, un boss o un
asceta.
Pero he sufrido una desilusión.
A mí, que detesto a los hombres en general, el sencillo
aspecto de un antropófago me hace el efecto de un tónico. Mirando a Nsumbu
pensaba, con sarcástica satisfacción, que aquel vientre arrugado de viejo había
sido el sepulcro de una multitud de hombres iguales en número al de los héroes
de las Termópilas. Si cada uno de nosotros, en el curso de su vida, consumiese
un número igual de sus semejantes, las teorías de Malthus serían económicas y
prácticamente confutables. Trescientos hombres representan siempre más de
doscientos quintales de carne sabrosa y sana.
Nsumbu no tenía nada que decir contra la calidad del
hombre considerado como alimento.
-No todos los hombres -me decía- son igualmente
digeribles, pero el sabor es casi siempre agradable y delicado. Podemos
jactamos, entre otras superioridades de la especie humana, de que nuestra carne
es mejor que la de cualquier otro animal. Y es, además, en suma, más nutritiva.
Después de haber comido una buena ración de enemigo asado podía resistir el
ayuno, aun trabajando, durante un par de días. Hay quien prefiere las mujeres;
otros, los niños. Por mi cuenta he apreciada siempre a los hombres hechos y me
han sentado muy bien. Comiendo un animal, como usted sabe, se adquieren también
sus cualidades. Para ser valiente se comen corazones de león; para ser astuto,
sesos de lobo. Cebándome con hombres maduros me enriquecí en fuerza y sabiduría
y he podido vivir hasta esta edad.
»Pero la carne humana, al fin, acaba por aburrir. Su
bondad nos disgusta de toda otra carne, pero luego, a su vez, se nos hace poco
sabrosa. ¡Siempre aquel sabor dulzón, aquellas manos que tal vez nos han
acariciado, aquel corazón que habíamos sentido latir!
»Y después hay el peligro del alma. A fuerza de comer
tantos hombres, alguna acaba por permanecer dentro de nosotros. Y entonces se
venga. A mí me parece que me han quedado cuatro o cinco que me atormentan, ahora
una, ahora otra, y algunas veces todas juntas. La más potente es, creo yo, el
alma de un blanco misericordioso que durante muchos años me ha torturado con la
tentación de la piedad. Y, ahora que soy viejo, probablemente esta alma ha
adquirido la supremacía. No puedo recordar sin náuseas los fastuosos banquetes
de victoria de mi juventud, cuando la tribu había hecho una buena caza y había
en la aldea presas vivientes para hartarme durante una semana. Me vienen
algunas' veces a la memoria, con mordiscos de reprobación, algunos rostros
desesperados de víctimas que esperaban la muerte, atadas en la tienda del
sacrificio, ante nuestras bocas aulladoras y hambrientas. Los misioneros tienen
razón: comerse a nuestros semejantes, provistos de alma como nosotros, es un
pecado. La carne humana es el más apetitoso de los manjares y precisamente por
esto es más meritorio el ayunar de ella. A vosotros, los blancos, que os
abstenéis, el Amo del Cielo os ha dado en recompensa el dominio de toda la
tierra.
Temo que Nsumbu haya caldo en la imbecilidad a causa de
sus años. Con gran estupefacción de mi cocinero no come ahora más que legumbres
y fruta. La civilización le ha corrompido, le ha hecho volver humanitario y
vegetariano. Creo que me veré obligado a licenciarle en el primer puerto en que
hagamos escala.
NOVISIMAS CIUDADES
Capetown, 8 noviembre
¿Quién ha podido decir a Mr. Sulkas Perkunas que yo
pensaba seriamente en crear una nueva ciudad? No puedo recordar que haya
confiado eso a nadie ¿Y cómo se las habrá arreglado este fantástico lituano para
descubrirme en esta África del Sur donde esperaba, al fin, permanecer incógnito?
Mr. Sulkas Perkunas no ha querido satisfacer mi
curiosidad. Es un hombre de unos treinta años, pero hosco y ceñudo como un
director de cárcel que tenga setenta. En su rostro quemado y tostado como el de
un plantador, se abren dos ojos de azul claro. casi blancos, atentos y severos
como los de Los muchachos pobres. Largo, seco, mal vestido, coronado con un
fieltro gris amplísimo, se acercó a mí atrevidamente, en el momento en que
entraba en el hotel, y me pidió hora para una entrevista, que, según dijo, no
admitía dilación. Le hice entrar conmigo en una sala de espera. Me di cuenta
entonces de que tenía los cabellos rubios y que llevaba bajo el brazo un gran
rollo de papeles.
-No perderé el tiempo en excusas superfluas-comenzó
diciendo-. Soy Sulkas Perkunas y hago proyectos de ciudades. Comencé mis
estudios en Alemania como arquitecto, pero pronto me cansé de un arte que se
limita míseramente a edificios aislados, sujetos a la servidumbre estética de
los ya existentes. Me di cuenta de que las viejas ciudades, creadas lentamente
por culturas y épocas heterogéneas, eran ridículamente politonas y, por mucho
que se haga, irremediables. Ha llegado, según mi opinión, la era de la creación
total y de la ciudad diferenciada. Un arquitecto ya no puede concebir un templo
o un palacio aisladamente para insertarlo en un complejo anticuado, sino una
masa compacta de construcciones, inspirada en un concepto unitario y
revolucionario. ¿Imagina usted un poeta moderno que quiera introducir un verso
suyo en medio de un canto de la Ilíada, o una escena de su invención a la mitad
de un acto de Shakespeare? Y, sin embargo, lo que se pide a los arquitectos
modernos, y que éstos bellacamente realizan, es un absurdo de ese género.
»Yo no tengo la pretensión de presentarle proyectos
para una «villa», un teatro, una Banca, o un kursaal. Esto es tela para
arquitectos adocenados, sin conciencia ni estilo. Le ofrezco, en cambio,
proyectos de ciudades enteras, distintas de todas las que existen. Sólo usted,
según supongo, es el que puede comprender la novedad de mi arte y decidirse a
elegir una, para construirla de verdad.
»Todos estos amontonamientos de casas esparcidas por el
mundo y que se llaman ciudades, son, a excepción de ciertas pátinas, de una
uniformidad en el desorden que produce rabia. Ninguna de ellas fue ideada en
síntesis por un genio, como una obra de arte, y realizada con fidelidad
espiritual para encarnar en la piedra una idea. Son, en su mayor parte,
conglomerados monstruosos debidos al acaso y al capricho de las generaciones, y
todas ellas obedecen a las necesidades usuales de la odiosa vida en común. En
todas partes caserones con puertas y ventanas, alineados de cualquier manera
-montones de argamasa habitados, que pueden gustar a los aguafuertistas, a los
decadentes o a los especuladores, pero que dan repugnancia a los que tienen un
sentido más delicado de la dignidad del hombre.
-Perdone -interrumpí-; ya me he enterado bastante de la
teoría. Usted ha hablado, según me parece, de proyectos...
-Eso es -contestó impávido Sulkas Perkunas-, pero es
necesario, sin embargo, que le informe en pocas palabras de algunas de las
concepciones que pueden tentarle más. Puedo ofrecerle, por ejemplo, una ciudad
sin casas, compuesta solamente de campanarios y torres, una selva de tallos
orgullosos de piedra y cemento. O bien, si le gustase más una ciudad constituida
por un solo edificio: un palacio gigantesco de una milla de lado, con galerías
infinitas, corredores y salas interminables, escaleras y rellanos innumerables y
de vastas proporciones, patios y subterráneos bien distribuidos, de modo que se
puedan alojar bajo su techo único y desmedido decenas de millares de habitantes.
»Pero tal vez le convendría a usted más la ciudad toda
hecha de casas altísimas sin puertas ni ventanas. Las entradas a las
habitaciones son trampas que se abren al nivel del suelo y las habitaciones
reciben la luz desde la altura o por medio de troneras abiertas en las paredes
opuestas a la fachada. Las calles, en esta ciudad, serían largos corredores
entre murallas desnudas completamente blancas o, si lo prefiere, pintadas al
fresco hasta la altura del techo por pintores visionarios.
»¿O preferiría, quizá, la Ciudad de la Igualdad
Perfecta? Ésta está formada por millares de casas absolutamente iguales: de la
misma altura, del mismo estilo, del mismo color, con el mismo número de ventanas
y puertas. El conjunto puede parecer un poco monótono, pero el efecto es
impresionante, sin contar el valor simbólico que salta a la vista, atendiendo al
ideal de los tiempos.
»Pero en el caso de que la Ciudad de la Igualdad
Perfecta no le llamase la atención podría proporcionarle otra mucho más
original: La Ciudad Invisible. Quien la mirase de lejos no sospecharía que
existiese: vería largas estrías de cemento que se entrecruzan y nada más. Al
acercarse se daría cuenta de que a los lados de estas estrías se abren pozos
cuadrados, semejantes, en pequeño, a las entradas a los metropolitanos, y allí
dentro escaleras que descienden, que conducen a los alojamientos. Porque esta
ciudad se halla enteramente fabricada en el subsuelo, y todas las habitaciones
son subterráneas. No falta allí, sin embargo, el aire, que es introducido por
tubos y refrigerado o caldeado, según la estación, ni tampoco la luz, que está
asegurada por instalaciones eléctricas autónomas.
»En el caso de que no le satisfaga la vida subterránea,
puedo edificar para usted la Ciudad Variopinta, con casas de estilo geométrico,
pero todas pintadas de colores puros, vivísimos. Usted también debe estar harto
de los tonos grises y negros que dominan en las ciudades septentrionales o de
aquel' excesivo blanco de las ciudades de Oriente. En ésta, ideada por mí,
tendría usted, en cambio, palacios en laca rosa, casas de alquiler en verde
montaña, edificios públicos en amarillo canario y, para los ricos, castillos
argentinos o dorados.
»O también podría ofrecerle algo más nuevo y más
higiénico: la Ciudad Pensil. Las calles se presentarían como filas de murallas
altísimas; en la cima, donde ahora se hallan los tejados, habría grandes
terrazas de tierra convertidas en jardines; en el centro de esos jardines
surgirían cottage; habitables. Las comunicaciones estarían aseguradas por medio
de ascensores para los inquilinos, y para los viajeros, por medio de aeroplanos.
»Si tal ciudad le parece poco segura o incómoda he de
proponerle la más original de todas: la Ciudad Camposanto. Ésta constituiría una
práctica y sugestiva armonía entre la vida y la muerte. Las tumbas deberían ser
espaciosas y aireadas con objeto de que pudiesen albergar juntos a los vivos y
los difuntos. Las capillas de la nobleza podrían ser transformadas oportunamente
en salas para banquetes en común y una parte del horno crematorio podría tener
con ella a sus muertos, encajonados en los nichos de las paredes, y de ese modo
se haría más agradable el culto a los difuntos. Aquí desearía como habitantes a
los aficionados a Ana Radcliffe a Hoffmann y a Poe; no sería imposible reunir
algunos millares para poblar esta ciudad, que sería única en el mundo. He
pensado también que se podría construir en el centro, para palacio del
Ayuntamiento, un esqueleto gigantesco de mármol amarillo. En la columna
vertebral colocaría la escalera y el cráneo, enorme, serviría de sala:
¡imagínese los concejales asomándose por las cuencas vacías que servirían de
ventanas, y al alcalde que se presenta, para hablar, a la multitud, asomándose
por encima de los dientes convertidos en barandilla!
»¿O le gustaría más, tal vez, la Ciudad Titánica'
Imagínese largas avenidas bordeadas de palacios altos como catedrales, estatuas
de mármol blanco y veteado y, en medio de las calles, estatuas de colosos,
inmóviles paseantes eternos. Luego, aquí y allí escalinatas anchísimas,
infinitas, que se pierden en el cielo, y, arriba de todo, gigantes de bronce en
actitud de salir por puertas más amplias que el Arco de la Estrella o de
dirigirse hacia los altares vastos como plazas o hacia las agujas de cobre que
parecen tocar las constelaciones. Ésta es una ciudad bastante costosa -se lo
advierto antes-, pero más bella que un sueño de Piranesi o un poema de William
Blake, superior a Nínive, a Persépolis y a todas las fantasías.
-¿Costaría?
-Al menos veinticinco mil millones -contestó breve y
serio Sulkas Perkunas.
-Está bien. Me traerá dentro de un año los
presupuestos, el plano en escala de diez mil, los prospectos y los dibujos
panorámicos.
Y mientras decía esto, me puse en pie para despedir al
peligroso proyectador de ciudades. Mr. Sulkas Perkunas, recogió en silencio sus
papeles y añadió de pronto:
-Seré puntual.
Y apresuradamente, después de un conato de saludo,
salió con furia de la habitación y del hotel.
EL TRUST DE LOS FANTASMAS
Argel, 19 febrero
Desde hace algunos días me sentí seguido por un
monstruo tímido que no se atrevía a abordarme. Un jorobado enorme y cojo, con
una cara palidísima, marcada de viruelas.
Cada vez que me miraba poníase encarnado y entonces
aquella cara parecía una máscara de barro cocido salpicada de manchas claras.
Esta mañana me hallaba solo, fuera de la ciudad, en la
Bouzarea, para visitar al famoso morabito. cuando el monstruo apareció a mi lado
y me habló:
No tema nada -me dijo-. Me presentaré en seguida: León
Blandamour, industrial, licenciado en matemáticas, fundador de la Sociedad
Internacional de Metapsíquica Aplicada. ¿Puede concederme diez minutos?
El jorobado sacó un sucio reloj de plata. -Las nueve y
treinta y seis.
Y, sin esperar mi consentimiento, añadió:
Usted conoce sin duda los progresos de la Metapsíquica,
evolución científica del anticuado espiritismo. Estoy seguro de que aceptará
como probados los hechos supranormales que se producen en los experimentos
llamados, impropiamente, sesiones mediumnímicas. Los más grandes hombres de
ciencia del mundo, entre ellos su William James, lo han comprobado y admitido.
No hay necesidad de creer en la reencarnación de los muertos para reconocer que,
en determinadas circunstancias, por obra de hombres dotados de cualidades
supranormales, ocurren hechos en apariencia maravillosos y que la vieja ciencia
no sabe explicar. A usted, espíritu práctico, deseo exponer el principio que me
ha llevado a fundar mi sociedad.
»Los hechos llamados espiritistas existen, pero nadie
hasta ahora ha pensado en explotarlos, quiero decir, en aplicarlos a las
necesidades de la vida práctica. Se trata, en pocas palabras, de introducir en
la industria el ocultismo.
»Tome, por ejemplo, la telepatía. Es uno de los
fenómenos más ciertos y comprobados ¿Por qué no puede servir, educando a los
sujetos más idóneos, como complemento de la telegrafía sin hilos? Usted sabe
seguramente que hay médiums que consiguen desprender y levantar, sin tocarlos,
objetos pesados. ¿No podrían convertirse, oportunamente regulados, en motores
vivientes? Hay otros que consiguen leer una carta encerrada en un sobre: podrían
transformase en preciosos empleados para las oficinas de la censura y de la
Policía. Otros médiums, todavía mucho más potentes, consiguen hacer pasar los
objetos a través de las paredes, es decir que los desmaterializan de tal modo
que los átomos puedan atravesar los más invisibles poros de un obstáculo sólido
y luego los materializan nuevamente en la misma forma. He aquí nuevos horizontes
para la industria científica del hurto.
»Hay luego médiums todavía más prodigiosos que
consiguen emitir porciones de materia viviente llamada ectoplasma. En el estado
de trance crean junto a sí miembros humanos y, a veces, criaturas enteras, de
una materia casi fluida, pero observable, que los ignorantes llaman «espectros».
¿Recuerda las famosas materializaciones antropomorfas de Katie King, la médium
de Crookes? Durante muchos años he estudiado el problema de la conservación de
los espectros y lo he conseguido finalmente. Hasta ahora estos fantasmas reales
se disolvían al final de la sesión, con grave daño de la ciencia y también de la
comodidad humana. Yo he conseguido hacerlos estables, duraderos y prácticamente
inmortales. Si quiere le enseñaré uno, que desde hace casi un año habita en mi
casa y me es infinitamente útil. Usted comprende que semejantes criaturas casi
irreales, y, sin embargo, vivas e inteligentes, serían buscadísimas en todas
partes de la tierra. Tener a su servicio un espectro de materia sutilísima, que
puede penetrar donde nos está vedado, que puede ver y oír lo que para nosotros
es oscuro y mudo, que puede aterrorizar a nuestros enemigos y ser la compañía de
nuestras noches -intermediario anfibio entre este mundo y el otro, entre la vida
y la muerte, entre el ser y el no ser-, disponer de un ser no engendrado como
todos los demás, un seudoantropo servicial, al cual es permitido lo que a los
otros está negado, sería un lujo inaudito, una fortuna indecible y milagrosa.
Una sociedad anónima para la fabricación y conservación de los espectros
proporcionaría fabulosos beneficios. La industria tiene ahora el dominio y el
monopolio de todas las fuerzas de la naturaleza, a excepción de la más admirable
de todas: el espíritu. Estas apariciones indecisas y efímeras, que hasta ahora
han servido únicamente para satisfacer la curiosidad y la vanidad de los
psicólogos y el hambre de misterio y de emoción de los ocultistas, pueden
convertirse, con ventaja para todos, en instrumentos de progreso y de bienestar.
El pueblo de los fantasmas, hasta ahora refractario, puede entrar a formar parte
de la economía mundial. También el alma, para el hombre moderno, es exportable y
comerciable. ¿Por qué no quiere ser el presidente de mi Consejo de
Administración?
»Pocos millones bastarían para imponer a los grandes
mercados el trust de los espectros estables y dóciles. Si tiene usted alguna
duda, le haré conocer, hoy mismo, el primer producto auténtico obtenido con mi
método. Espero que le gustará ponerlo a prueba. Es, según una impresión que no
puedo controlar, un espectro del sexo femenino, pero ningún sonido sale de su
boca, es decir, de aquella línea de sombra que remeda, sobre su rostro esfumado
y casi gaseoso, la boca. Pero su capacidad de obediencia...
En este momento saqué a mi vez el reloj y lo mostré al
jorobado.
-Las nueve y cincuenta y ocho. ¡No ha cumplido usted la
palabra! ¡Buenos días!
Sin añadir nada más le volví la espalda y me dirigí
rápidamente a mi automóvil, que me esperaba a pocos pasos del morabito.
LAS IDEAS DE BENRUBI
Ginebra, 30 julio
He hecho publicar en algunos periódicos este anuncio:
»Deseo secretario poliglota, filósofo, célibe,
paciente, nómada. Presentarse hasta el 20 de julio, "Hotel Mon Repos", a las
diez de la noche.»
Como desde hace algún tiempo sufro de insomnio, el
examen de los candidatos me ayudará a pasar la noche.
Han venido sesenta y tres. Entre esos sesenta y tres,
cuarenta y siete eran hebreos. He elegido un hebreo: el que me ha parecido más
inteligente de todos.
El doctor Benrubi tiene todas las cualidades que pedía
y algunas más en las que no había pensado. Es un joven bajo, con las espaldas un
poco curvadas, las mejillas hundidas, los ojos profundos, los cabellos ya un
poco blanquecinos, la piel de color de barro de pantano. Nació en Polonia, hizo
los primeros estudios en Riga, se doctoró en Filosofía en Jena, en Filología
moderna en París, ha enseñado en Barcelona y en Zurich. Tiene el aspecto
pobrísimo y la expresión de un perro que teme ser apaleado, pero que sabe, sin
embargo, que es necesario.
Le he preguntado, charlando, por qué los hebreos son,
de ordinario, tan inteligentes y tan miedosos.
-¿Miedosos? Se refiere probablemente al coraje físico,
material, bestial. En cuanto al espiritual, los hebreos no son únicamente
valerosos, sino temerarios. No han sido nunca héroes a la manera bárbara, ni
siquiera creo, en la época de David, pero han sido los primeros, entre todos los
pueblos, que comprendieron que el verdadero trabajo del hombre consiste más bien
en ejercitar la mente que en matar criaturas semejantes a ellos.
»Además, después de la Dispersión, los hebreos han
vivido siempre sin Estado, sin Gobierno, sin Ejército; grupos esparcidos en
medio de unas multitudes que les odiaban. ¿Cómo quiere que se desarrolle en
ellos el heroísmo de los cruzados y de los condottieri?
»Para no ser exterminados, los hebreos tuvieron que
inventar su defensa. Hallaron dos medios: el dinero y la inteligencia.
»Los hebreos no aman el dinero. Tres cuartas partes de
su literatura, sin contar los Profetas, es la glorificación de los pobres. Pero
los hombres se destruyen con el hierro y se compran con el oro. No pudiendo
adoptar el hierro, los hebreos se protegieron con el oro, el metal más estético
y más noble. Los florines fueron sus lanzas, los ducados sus espadas, las
esterlinas sus arcabuces, y los dólares sus ametralladoras. Armas no siempre
eficaces, pero cada vez más potentes, de siglo en siglo, a causa del cariz que
toma la civilización. El hebreo convertido en capitalista por legítima defensa,
se ha transformado, por culpa de la decadencia moral y mística de Eurona. en uno
de los amos de la tierra, contra su mismo genio y contra su voluntad.
Primeramente le han obligado a ser rico, después han proclamado que la riqueza
es lo principal de todo, de modo que, por voluntad de sus enemigos, el pobre de
la Biblia y el recluso del ghetto se ha convertido en el dominador de los pobres
y de los ricos.
»Lo que fueron arneses de protección se convirtieron,
con el tiempo, en instrumentos de venganza. Mucho más potente que el oro es, en
opinión mía, la inteligencia. ¿De qué manera el hebreo pisoteado y escupido
podía vengarse de sus enemigos? Rebajando, envileciendo, desenmascarando
disolviendo los ideales del Goim. Destruyendo lo; valores sobre los cuales dice
vivir la Cristiandad Y de hecho, si mira usted bien, la inteligencia hebrea, de
un siglo a esta parte, no ha hecho otra cosa que socavar y ensuciar vuestras más
caras creencias, las columnas que sostenían vuestro pensamiento. Desde el
momento en que los hebreos han podido vivir libremente, todo vuestro andamiaje
espiritual amenaza caerse.
»El Romanticismo alemán había creado el Idealismo, y
rehabilitado el Catolicismo; viene un pequeño hebreo de Dusseldorf, Heine, y,
con su genio alegre y maligno, se burla de los románticos de los idealistas y de
los católicos.
»Los hombres han creído siempre que política moral,
religión, arte, son manifestaciones superiores del espíritu y que no tienen nada
que ver cor la bolsa y con el vientre; llega un hebreo de Tréveris. Marx, y
demuestra que todas aquellas idealísimas cosas vienen del barro y del estiércol
de la baja economía.
»Todos se imaginan al hombre de genio como un ser
divino y al delincuente corno un monstruo; llega un hebreo de Verona, Lombroso,
y nos hace tocar con la mano que el genio es un semiloco epiléptico y que los
delincuentes no son otra cosa que nuestros antepasados sobrevivientes, es decir,
nuestros primos carnales.
»A fines del ochocientos, la Europa de Tolstoi, de
Ibsen, de Nietzsche, de Verlaine, se hacía la ilusión de ser una de las grandes
épocas de la Humanidad; aparece un hebreo de Budapest, Max Nordau, y se divierte
explicando que vuestros famosos poetas son unos degenerados y que vuestra
civilización está fundada sobre la mentira.
»Cada uno de nosotros está persuadido de ser, en
conjunto, un hombre normal y moral; se presenta un hebreo de Freiberg en
Moravia, Sigmund Freud, y descubre que |