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Libro primero
Capítulo I
En que cuenta quién es el Buscón
Yo, señora, soy de Segovia. Mi padre se llamó Clemente
Pablo, natural del mismo pueblo; Dios le tenga en el cielo. Fue, tal como todos
dicen, de oficio barbero, aunque eran tan altos sus pensamientos que se corría
de que le llamasen así, diciendo que él era tundidor de mejillas y sastre de
barbas. Dicen que era de muy buena cepa, y según él bebía es cosa para creer.
Estuvo casado con Aldonza de San Pedro, hija de Diego de San Juan y nieta de
Andrés de San Cristóbal. Sospechábase en el pueblo que no era cristiana vieja,
aun viéndola con canas y rota, aunque ella, por los nombres y sobrenombres de
sus pasados, quiso esforzar que era descendiente de la gloria. Tuvo muy buen
parecer para letrado; mujer de amigas y cuadrilla, y de pocos enemigos, porque
hasta los tres del alma no los tuvo por tales; persona de valor y conocida por
quien era. Padeció grandes trabajos recién casada, y aun después, porque malas
lenguas daban en decir que mi padre metía el dos de bastos para sacar el as de
oros. Probósele que a todos los que hacía la barba a navaja, mientras les daba
con el agua levantándoles la cara para el lavatorio, un mi hermanico de siete
años les sacaba muy a su salvo los tuétanos de las faldriqueras. Murió el
angelico de unos azotes que le dieron en la cárcel. Sintiólo mucho mi madre, por
ser tal que robaba a todos las voluntades. Por estas y otras niñerías estuvo
preso, y rigores de justicia, de que hombre no se puede defender, le sacaron por
las calles. En lo que toca de medio abajo tratáronle aquellos señores
regaladamente. Iba a la brida en bestia segura y de buen paso, con mesura y buen
día. Mas de medio arriba, etcétera, que no hay más que decir para quien sabe lo
que hace un pintor de suela en unas costillas. Diéronle doscientos escogidos,
que de allí a seis años se le contaban por encima de la ropilla. Más se movía el
que se los daba que él, cosa que pareció muy bien; divirtióse algo con las
alabanzas que iba oyendo de sus buenas carnes, que le estaba de perlas lo
colorado.
Mi madre, pues, ¡no tuvo calamidades! Un día,
alabándomela una vieja que me crió, decía que era tal su agrado que hechizaba a
cuantos la trataban. Y decía, no sin sentimiento:
-En su tiempo, hijo, eran los virgos como soles, unos
amanecidos y otros puestos, y los más en un día mismo amanecidos y puestos.
Hubo fama que reedificaba doncellas, resuscitaba
cabellos encubriendo canas, empreñaba piernas con pantorrillas postizas. Y con
no tratarla nadie que se le cubriese pelo, solas las calvas se la cubría, porque
hacía cabelleras; poblaba quijadas con dientes; al fin vivía de adornar hombres
y era remendona de cuerpos. Unos la llamaban zurcidora de gustos, otros,
algebrista de voluntades desconcertadas; otros, juntona; cuál la llamaba
enflautadora de miembros y cuál tejedora de carnes y por mal nombre alcahueta.
Para unos era tercera, primera para otros y flux para los dineros de todos. Ver,
pues, con la cara de risa que ella oía esto de todos era para dar mil gracias a
Dios.
Hubo grandes diferencias entre mis padres sobre a quién
había de imitar en el oficio, mas yo, que siempre tuve pensamientos de caballero
desde chiquito, nunca me apliqué a uno ni a otro. Decíame mi padre:
-Hijo, esto de ser ladrón no es arte mecánica sino
liberal.
Y de allí a un rato, habiendo suspirado, decía de
manos:
-Quien no hurta en el mundo, no vive. ¿Por qué piensas
que los alguaciles y jueces nos aborrecen tanto? Unas veces nos destierran,
otras nos azotan y otras nos cuelgan..., no lo puedo decir sin lágrimas (lloraba
como un niño el buen viejo, acordándose de las que le habían batanado las
costillas). Porque no querrían que donde están hubiese otros ladrones sino ellos
y sus ministros. Mas de todo nos libró la buena astucia. En mi mocedad siempre
andaba por las iglesias, y no de puro buen cristiano. Muchas veces me hubieran
llorado en el asno si hubiera cantado en el potro. Nunca confesé sino cuando lo
mandaba la Santa Madre Iglesia. Preso estuve por pedigüeño en caminos y a pique
de que me esteraran el tragar y de acabar todos mis negocios con diez y seis
maravedís: diez de soga y seis de cáñamo. Mas de todo me ha sacado el punto en
boca, el chitón y los nones. Y con esto y mi oficio, he sustentado a tu madre lo
más honradamente que he podido.
-¿Cómo a mí sustentado? -dijo ella con grande cólera.
Yo os he sustentado a vos, y sacádoos de las cárceles con industria y
mantenídoos en ellas con dinero. Si no confesábades, ¿era por vuestro ánimo o
por las bebidas que yo os daba? ¡Gracias a mis botes! Y si no temiera que me
habían de oír en la calle, yo dijera lo de cuando entré por la chimenea y os
saqué por el tejado.
Metílos en paz diciendo que yo quería aprender virtud
resueltamente y ir con mis buenos pensamientos adelante, y que para esto me
pusiesen a la escuela, pues sin leer ni escribir no se podía hacer nada.
Parecióles bien lo que decía, aunque lo gruñeron un rato entre los dos. Mi madre
se entró adentro y mi padre fue a rapar a uno (así lo dijo él) no sé si la barba
o la bolsa; lo más ordinario era uno y otro. Yo me quedé solo, dando gracias a
Dios porque me hizo hijo de padres tan celosos de mi bien.
Capítulo II
De cómo fue a la escuela y lo que en ella le sucedió
A otro día ya estaba comprada la cartilla y hablado el
maestro. Fui, señora, a la escuela; recibióme muy alegre diciendo que tenía cara
de hombre agudo y de buen entendimiento. Yo, con esto, por no desmentirle di muy
bien la lición aquella mañana. Sentábame el maestro junto a sí, ganaba la
palmatoria los más días por venir antes y íbame el postrero por hacer algunos
recados a la señora, que así llamábamos la mujer del maestro. Teníalos a todos
con semejantes caricias obligados; favorecíanme demasiado, y con esto creció la
envidia en los demás niños. Llegábame de todos, a los hijos de caballeros y
personas principales, y particularmente a un hijo de don Alonso Coronel de
Zúñiga, con el cual juntaba meriendas. Íbame a su casa a jugar los días de
fiesta y acompañábale cada día. Los otros, o que porque no les hablaba o que
porque les parecía demasiado punto el mío, siempre andaban poniéndome nombres
tocantes al oficio de mi padre. Unos me llamaban don Navaja, otros don Ventosa;
cuál decía, por disculpar la invidia, que me quería mal porque mi madre le había
chupado dos hermanitas pequeñas de noche; otro decía que a mi padre le habían
llevado a su casa para que la limpiase de ratones (por llamarle gato). Unos me
decían «zape» cuando pasaba y otros «miz». Cuál decía:
-Yo la tiré dos berenjenas a su madre cuando fue
obispa.
Al fin, con todo cuanto andaban royéndome los zancajos,
nunca me faltaron, gloria a Dios. Y aunque yo me corría disimulaba; todo lo
sufría, hasta que un día un muchacho se atrevió a decirme a voces hijo de una
puta y hechicera; lo cual, como me lo dijo tan claro (que aun si lo dijera
turbio no me diera por entendido) agarré una piedra y descalabréle. Fuime a mi
madre corriendo que me escondiese; contéla el caso; díjome:
-Muy bien hiciste; bien muestras quién eres; sólo
anduviste errado en no preguntarle quién se lo dijo.
Cuando yo oí esto, como siempre tuve altos
pensamientos, volvíme a ella y roguéla me declarase si le podía desmentir con
verdad o que me dijese si me había concebido a escote entre muchos o si era hijo
de mi padre. Rióse y dijo:
-¡Ah, noramaza! ¿Eso sabes decir? No serás bobo; gracia
tienes. Muy bien hiciste en quebrarle la cabeza, que esas cosas, aunque sean
verdad, no se han de decir.
Yo con esto quedé como muerto y dime por novillo de
legítimo matrimonio, determinado de coger lo que pudiese en breves días y
salirme de en casa de mi padre: tanto pudo conmigo la vergüenza. Disimulé, fue
mi padre, curó al muchacho, apaciguólo y volvióme a la escuela, adonde el
maestro me recibió con ira hasta que, oyendo la causa de la riña, se le aplacó
el enojo considerando la razón que había tenido.
En todo esto, siempre me visitaba aquel hijo de don
Alonso de Zúñiga, que se llamaba don Diego, porque me quería bien naturalmente,
que yo trocaba con él los peones si eran mejores los míos, dábale de lo que
almorzaba y no le pedía de lo que él comía, comprábale estampas, enseñábale a
luchar, jugaba con él al toro, y entreteníale siempre. Así que los más días, sus
padres del caballerito, viendo cuánto le regocijaba mi compañía, rogaban a los
míos que me dejasen con él a comer y cenar y aun a dormir los más días.
Sucedió, pues, uno de los primeros que hubo escuela por
Navidad, que viniendo por la calle un hombre que se llamaba Poncio de Aguirre,
el cual tenía fama de confeso, que el don Dieguito me dijo:
-Hola, llámale Poncio Pilato y echa a correr.
Yo, por darle gusto a mi amigo, llaméle Poncio Pilato.
Corrióse tanto el hombre que dio a correr tras mí con un cuchillo desnudo para
matarme, de suerte que fue forzoso meterme huyendo en casa de mi maestro dando
gritos. Entró el hombre tras mí y defendióme el maestro de que no me matase,
asegurándole de castigarme. Y así luego (aunque señora le rogó por mí, movida de
lo que yo la servía, no aprovechó), mandóme desatacar y azotándome, decía tras
cada azote:
-¿Diréis más Poncio Pilato?
Yo respondía:
-No, señor.
Y respondílo veinte veces a otros tantos azotes que me
dio. Quedé tan escarmentado de decir Poncio Pilato y con tal miedo, que
mandándome el día siguiente decir, como solía, las oraciones a los otros,
llegando al Credo (advierta V. Md. la inocente malicia), al tiempo de decir
«padeció so el poder de Poncio Pilato», acordándome que no había de decir más
Pilatos, dije: «padeció so el poder de Poncio de Aguirre». Dióle al maestro
tanta risa de oír mi simplicidad y de ver el miedo que le había tenido, que me
abrazó y dio una firma en que me perdonaba de azotes las dos primeras veces que
los mereciese. Con esto fui yo muy contento.
En estas niñeces pasé algún tiempo aprendiendo a leer y
escribir. Llegó (por no enfadar) el de unas Carnestolendas, y trazando el
maestro de que se holgasen sus muchachos, ordenó que hubiese rey de gallos.
Echamos suertes entre doce señalados por él y cúpome a mí. Avisé a mis padres
que me buscasen galas.
Llegó el día y salí en uno como caballo, mejor dijera
en un cofre vivo, que no anduvo en peores pasos Roberto el diablo, según andaba
él. Era rucio, y rodado el que iba encima por lo que caía en todo. La edad no
hay que tratar, biznietos tenía en tahonas. De su raza no sé más de que sospecho
era de judío según era medroso y desdichado. Iban tras mí los demás niños todos
aderezados.
Pasamos por la plaza (aun de acordarme tengo miedo), y
llegando cerca de las mesas de las verduras (Dios nos libre), agarró mi caballo
un repollo a una, y ni fue visto ni oído cuando lo despachó a las tripas, a las
cuales, como iba rodando por el gaznate, no llegó en mucho tiempo. La bercera
(que siempre son desvergonzadas) empezó a dar voces; llegáronse otras y con
ellas pícaros, y alzando zanahorias, garrofales, nabos frisones, tronchos y
otras legumbres, empiezan a dar tras el pobre rey. Yo, viendo que era batalla
nabal y que no se había de hacer a caballo, comencé a apearme; mas tal golpe me
le dieron al caballo en la cara que, yendo a empinarse, cayó conmigo en una
(hablando con perdón) privada. Púseme cual V. Md. puede imaginar. Ya mis
muchachos se habían armado de piedras y daban tras las revendederas y
descalabraron dos.
Yo, a todo esto, después que caí en la privada, era la
persona más necesaria de la riña. Vino la justicia, comenzó a hacer información,
prendió a berceras y muchachos mirando a todos qué armas tenían y quitándoselas,
porque habían sacado algunos dagas de las que traían por gala y otros espadas
pequeñas. Llegó a mí, y viendo que no tenía ningunas, porque me las habían
quitado y metídolas en una casa a secar con la capa y sombrero, pidióme, como
digo, las armas, al cual respondí, todo sucio, que si no eran ofensivas contra
las narices, que yo no tenía otras. Quiero confesar a V. Md. que cuando me
empezaron a tirar los tronchos, nabos, etcétera, que, como yo llevaba plumas en
el sombrero, entendiendo que me habían tenido por mi madre y que la tiraban,
como habían hecho otras veces, como necio y muchacho, empecé a decir: «Hermanas,
aunque llevo plumas, no soy Aldonza de San Pedro, mi madre» (como si ellas no lo
echaran de ver por el talle y rostro). El miedo me disculpó la ignorancia, y el
sucederme la desgracia tan de repente.
Pero, volviendo al alguacil, quísome llevar a la
cárcel, y no me llevó porque no hallaba por donde asirme (tal me había puesto
del lodo). Unos se fueron por una parte y otros por otra, y yo me vine a mi casa
desde la plaza martirizando cuantas narices topaba en el camino. Entré en ella,
conté a mis padres el suceso, y corriéronse tanto de verme de la manera que
venía que me quisieron maltratar. Yo echaba la culpa a las dos leguas de rocín
exprimido que me dieron. Procuraba satisfacerlos, y, viendo que no bastaba,
salíme de su casa y fuime a ver a mi amigo don Diego, al cual hallé en la suya
descalabrado, y a sus padres resueltos por ello de no enviarle más a la escuela.
Allí tuve nuevas de cómo mi rocín, viéndose en aprieto, se esforzó a tirar dos
coces, y de puro flaco se le desgajaron las dos piernas y se quedó sembrado para
otro año en el lodo, bien cerca de expirar.
Viéndome, pues, con una fiesta revuelta, un pueblo
escandalizado, los padres corridos, mi amigo descalabrado y el caballo muerto,
determinéme de no volver más a la escuela ni a casa de mis padres, sino de
quedarme a servir a don Diego o, por mejor decir, en su compañía, y esto con
gran gusto de los suyos, por el que daba mi amistad al niño. Escribí a mi casa
que yo no había menester más ir a la escuela porque, aunque no sabía bien
escribir, para mi intento de ser caballero lo que se requería era escribir mal,
y que así, desde luego renunciaba [a] la escuela por no darles gasto y [a] su
casa para ahorrarlos de pesadumbre. Avisé de dónde y cómo quedaba y que hasta
que me diesen licencia no los vería.
Capítulo III
De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel
Determinó, pues, don Alonso de poner a su hijo en
pupilaje, lo uno por apartarle de su regalo, y lo otro por ahorrar de cuidado.
Supo que había en Segovia un licenciado Cabra que tenía por oficio el criar
hijos de caballeros, y envió allá el suyo y a mí para que le acompañase y
sirviese.
Entramos, primero domingo después de Cuaresma, en poder
de la hambre viva, porque tal laceria no admite encarecimiento. Él era un
clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, los ojos
avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y
oscuros que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, de
cuerpo de santo, comido el pico, entre Roma y Francia, porque se le había comido
de unas búas de resfriado, que aun no fueron de vicio porque cuestan dinero; las
barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que de pura hambre parecía que
amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por
holgazanes y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate largo como de
avestruz, con una nuez tan salida que parecía se iba a buscar de comer forzada
de la necesidad; los brazos secos; las manos como un manojo de sarmientos cada
una. Mirado de medio abajo parecía tenedor o compás, con dos piernas largas y
flacas. Su andar muy espacioso; si se descomponía algo, le sonaban los huesos
como tablillas de San Lázaro. La habla ética, la barba grande, que nunca se la
cortaba por no gastar, y él decía que era tanto el asco que le daba ver la mano
del barbero por su cara, que antes se dejaría matar que tal permitiese.
Cortábale los cabellos un muchacho de nosotros. Traía un bonete los días de sol
ratonado con mil gateras y guarniciones de grasa; era de cosa que fue paño, con
los fondos en caspa. La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no
se sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por de cuero
de rana; otros decían que era ilusión; desde cerca parecía negra y desde lejos
entre azul. Llevábala sin ceñidor; no traía cuello ni puños. Parecía, con esto y
los cabellos largos y la sotana y el bonetón, teatino lanudo. Cada zapato podía
ser tumba de un filisteo. Pues ¿su aposento? Aun arañas no había en él.
Conjuraba los ratones de miedo que no le royesen algunos mendrugos que guardaba.
La cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado por no gastar las
sábanas. Al fin, él era archipobre y protomiseria.
A poder de éste, pues, vine, y en su poder estuve con
don Diego, y la noche que llegamos nos señaló nuestro aposento y nos hizo una
plática corta, que aun por no gastar tiempo no duró más. Díjonos lo que habíamos
de hacer. Estuvimos ocupados en esto hasta la hora de comer. Fuimos allá; comían
los amos primero y servíamos los criados.
El refectorio era un aposento como medio celemín.
Sentábanse a una mesa hasta cinco caballeros. Yo miré lo primero por los gatos,
y como no los vi, pregunté que cómo no los había a un criado antiguo, el cual,
de flaco, estaba ya con la marca del pupilaje. Comenzó a enternecerse, y dijo:
-¿Cómo gatos? Pues ¿quién os ha dicho a vos que los
gatos son amigos de ayunos y penitencias? En lo gordo se os echa de ver que sois
nuevo. ¿Qué tiene esto de refectorio de Jerónimos para que se críen aquí?
Yo, con esto, me comencé a afligir, y más me susté
cuando advertí que todos los que vivían en el pupilaje de antes estaban como
leznas, con unas caras que parecía se afeitaban con diaquilón. Sentóse el
licenciado Cabra y echó la bendición. Comieron una comida eterna, sin principio
ni fin. Trujeron caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que en comer una
de ellas peligrara Narciso más que en la fuente. Noté con la ansia que los
macilentos dedos se echaban a nado tras un garbanzo huérfano y solo que estaba
en el suelo. Decía Cabra a cada sorbo:
-Cierto que no hay tal cosa como la olla, digan lo que
dijeren; todo lo demás es vicio y gula.
Y, sacando la lengua, la paseaba por los bigotes,
lamiéndoselos, con que dejaba la barba pavonada de caldo. Acabando de decirlo,
echóse su escudilla a pechos, diciendo:
-Todo esto es salud, y otro tanto ingenio.
-¡Mal ingenio te acabe!, decía yo entre mí, cuando vi
un mozo medio espíritu y tan flaco, con un plato de carne en las manos que
parecía que la había quitado de sí mismo. Venía un nabo aventurero a vueltas de
la carne (apenas), y dijo el maestro en viéndole:
-¿Nabo hay? No hay perdiz para mí que se le iguale.
Coman, que me huelgo de verlos comer.
Y tomando el cuchillo por el cuerno, picóle con la
punta y asomándole a las narices, trayéndole en procesión por la portada de la
cara, meciendo la cabeza dos veces, dijo:
-Conforta realmente, y son cordiales.
Que era grande adulador de las legumbres. Repartió a
cada uno tan poco carnero que entre lo que se les pegó en las uñas y se les
quedó entre los dientes, pienso que se consumió todo, dejando descomulgadas las
tripas de participantes. Cabra los miraba y decía:
-Coman, que mozos son y me huelgo de ver sus buenas
ganas.
¡Mire V. Md. qué aliño para los que bostezaban de
hambre! Acabaron de comer y quedaron unos mendrugos en la mesa, y en el plato
dos pellejos y unos huesos, y dijo el pupilero:
-Quede esto para los criados, que también han de comer;
no lo queramos todo.
-¡Mal te haga Dios y lo que has comido, lacerado -decía
yo-, que tal amenaza has hecho a mis tripas!
Echó la bendición, y dijo:
-Ea, demos lugar a la gentecilla que se repapile, y
váyanse hasta las dos a hacer ejercicio, no les haga mal lo que han comido.
Entonces yo no pude tener la risa, abriendo toda la
boca. Enojóse mucho y díjome que aprendiese modestia y tres o cuatro sentencias
viejas y fuese.
Sentámonos nosotros, y yo, que vi el negocio malparado
y que mis tripas pedían justicia, como más sano y más fuerte que los otros,
arremetí al plato, como arremetieron todos, y emboquéme de tres medrugos los dos
y el un pellejo. Comenzaron los otros a gruñir; al ruido entró Cabra, diciendo:
-Coman como hermanos, pues Dios les da con qué. No
riñan, que para todos hay.
Volvióse al sol y dejónos solos. Certifico a V. Md. que
vi al uno de ellos, que se llamaba Jurre, vizcaíno, tan olvidado ya de cómo y
por dónde se comía, que una cortecilla que le cupo la llevó dos veces a los
ojos, y entre tres no le acertaban a encaminar las manos a la boca. Pedí yo de
beber, que los otros, por estar casi en ayunas, no lo hacían, y diéronme un vaso
con agua, y no le hube bien llegado a la boca, cuando, como si fuera lavatorio
de comunión, me le quitó el mozo espiritado que dije. Levantéme con grande dolor
de mi alma, viendo que estaba en casa donde se brindaba a las tripas y no hacían
la razón. Diome gana de descomer, aunque no había comido, digo, de proveerme, y
pregunté por las necesarias a un antiguo, y díjome:
-Como no lo son en esta casa, no las hay. Para una vez
que os proveeréis mientras aquí estuviéredes, dondequiera podréis; que aquí
estoy dos meses ha y no he hecho tal cosa sino el día que entré, como ahora vos,
de lo que cené en mi casa la noche antes.
¿Cómo encareceré yo mi tristeza y pena? Fue tanta, que
considerando lo poco que había de entrar en mi cuerpo, no osé, aunque tenía
gana, echar nada de él. Entretuvímonos hasta la noche. Decíame don Diego que qué
haría él para persuadir a las tripas que habían comido, porque no lo querían
creer. Andaban vahídos en aquella casa como en otras ahítos.
Llegó la hora de cenar; pasóse la merienda en blanco, y
la cena ya que no se pasó en blanco, se pasó en moreno: pasas y almendras y
candil y dos bendiciones, porque se dijese que cenábamos con bendición. «Es cosa
saludable (decía) cenar poco, para tener el estómago desocupado», y citaba una
retahíla de médicos infernales. Decía alabanzas de la dieta y que se ahorraba un
hombre de sueños pesados, sabiendo que en su casa no se podía soñar otra cosa
sino que comían. Cenaron y cenamos todos y no cenó ninguno.
Fuímonos a acostar y en toda la noche pudimos yo ni don
Diego dormir, él trazando de quejarse a su padre y pedir que le sacase de allí y
yo aconsejándole que lo hiciese; aunque últimamente le dije:
-Señor, ¿sabéis de cierto si estamos vivos? Porque yo
imagino que en la pendencia de las berceras nos mataron, y que somos ánimas que
estamos en el Purgatorio. Y así, es por demás decir que nos saque vuestro padre,
si alguno no nos reza en alguna cuenta de perdones y nos saca de penas con
alguna misa en altar previlegiado.
Entre estas pláticas y un poco que dormimos, se llegó
la hora de levantar. Dieron las seis y llamó Cabra a lición; fuimos y oímosla
todos. Mandáronme leer el primer nominativo a los otros, y era de manera mi
hambre que me desayuné con la mitad de las razones, comiéndomelas. Y todo esto
creerá quien supiere lo que me contó el mozo de Cabra, diciendo que una Cuaresma
topó muchos hombres, unos metiendo los pies, otros las manos y otros todo el
cuerpo en el portal de su casa, y esto por muy gran rato, y mucha gente que
venía a sólo aquello de fuera; y preguntando a uno un día que qué sería (porque
Cabra se enojó de que se lo preguntase) respondió que los unos tenían sarna y
los otros sabañones y que en metiéndolos en aquella casa morían de hambre, de
manera que no comían desde allí adelante. Certificóme que era verdad, y yo, que
conocí la casa, lo creo. Dígolo porque no parezca encarecimiento lo que dije. Y
volviendo a la lición, diola y decorámosla. Y prosiguió siempre en aquel modo de
vivir que he contado. Sólo añadió a la comida tocino en la olla, por no sé qué
que le dijeron un día de hidalguía allá fuera. Y así, tenía una caja de hierro,
toda agujerada como salvadera, abríala y metía un pedazo de tocino en ella que
la llenase y tornábala a cerrar y metíala colgando de un cordel en la olla, para
que la diese algún zumo por los agujeros y quedase para otro día el tocino.
Parecióle después que en esto se gastaba mucho, y dio en sólo asomar el tocino a
la olla. Dábase la olla por entendida del tocino y nosotros comíamos algunas
sospechas de pernil. Pasábamoslo con estas cosas como se puede imaginar.
Don Diego y yo nos vimos tan al cabo que, ya que para
comer al cabo de un mes no hallábamos remedio, le buscamos para no levantarnos
de mañana; y así, trazamos de decir que teníamos algún mal. No osamos decir
calentura, porque no la teniendo era fácil de conocer el enredo. Dolor de cabeza
u muelas era poco estorbo. Dijimos al fin que nos dolían las tripas y que
estábamos muy malos de achaque de no haber hecho de nuestras personas en tres
días, fiados en que a trueque de no gastar dos cuartos en una melecina, no
buscaría el remedio. Mas ordenólo el diablo de otra suerte, porque tenía una que
había heredado de su padre, que fue boticario. Supo el mal, y tomóla y aderezó
una melecina, y haciendo llamar una vieja de setenta años, tía suya, que le
servía de enfermera, dijo que nos echase sendas gaitas. Empezaron por don Diego;
el desventurado atajóse, y la vieja, en vez de echársela dentro, disparósela por
entre la camisa y el espinazo y diole con ella en el cogote, y vino a servir por
defuera de guarnición la que dentro había de ser aforro. Quedó el mozo dando
gritos; vino Cabra y, viéndolo, dijo que me echasen a mí la otra, que luego
tornarían a don Diego. Yo me resistía, pero no me valió, porque, teniéndome
Cabra y otros, me la echó la vieja, a la cual de retorno di con ella en toda la
cara. Enojóse Cabra conmigo y dijo que él me echaría de su casa, que bien se
echaba de ver que era bellaquería todo. Yo rogaba a Dios que se enojase tanto
que me despidiese, mas no lo quiso mi ventura.
Quejábamonos nosotros a don Alonso, y el Cabra le hacía
creer que lo hacíamos por no asistir al estudio. Con esto no nos valían
plegarias.
Metió en casa la vieja por ama, para que guisase de
comer y sirviese a los pupilos y despidió al criado porque le halló un viernes a
la mañana con unas migajas de pan en la ropilla. Lo que pasamos con la vieja,
Dios lo sabe. Era tan sorda que no oía nada; entendía por señas; ciega, y tan
gran rezadora que un día se le desensartó el rosario sobre la olla y nos la
trujo con el caldo más devoto que he comido. Unos decían: -«¡Garbanzos negros!
Sin duda son de Etiopía». Otro decía: -«¡Garbanzos con luto! ¿Quién se les habrá
muerto?» Mi amo fue el primero que se encajó una cuenta, y al mascarla se quebró
un diente. Los viernes solía inviar unos güevos, con tantas barbas fuerza de
pelos y canas suyas que pudieran pretender corregimiento u abogacía Pues meter
el badil por el cucharón y inviar una escudilla de caldo empedrada era
ordinario. Mil veces topé yo sabandijas, palos y estopa de la que hilaba en la
olla. Y todo lo metía para que hiciese presencia en las tripas y abultase.
Pasamos en este trabajo hasta la Cuaresma; vino, y a la
entrada de ella estuvo malo un compañero. Cabra, por no gastar, detuvo el llamar
médico hasta que ya él pedía confesión más que otra cosa. Llamó entonces un
platicante, el cual le tomó el pulso y dijo que la hambre le había ganado por la
mano en matar aquel hombre. Diéronle el Sacramento, y el pobre, cuando le vio
(que había un día que no hablaba), dijo:
-Señor mío Jesucristo, necesario ha sido el veros
entrar en esta casa para persuadirme que no es el infierno.
Imprimiéronseme estas razones en el corazón. Murió el
pobre mozo, enterrámosle muy pobremente por ser forastero, y quedamos todos
asombrados. Divulgóse por el pueblo el caso atroz, llegó a oídos de don Alonso
Coronel y como no tenía otro hijo, desengañóse de los embustes de Cabra y
comenzó a dar más crédito a las razones de dos sombras, que ya estábamos
reducidos a tan miserable estado. Vino a sacarnos del pupilaje y teniéndonos
delante nos preguntaba por nosotros. Y tales nos vio que sin aguardar a más,
tratando muy mal de palabra al licenciado Vigilia, nos mandó llevar en dos
sillas a casa. Despedímonos de los compañeros, que nos seguían con los deseos y
con los ojos, haciendo las lástimas que hace el que queda en Argel viendo venir
rescatados por la Trinidad sus compañeros.
Capítulo IV
De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares
Entramos en casa de don Alonso y echáronnos en dos
camas con mucho tiento, porque no se nos desparramasen los huesos de puro roídos
de la hambre. Trujeron exploradores que nos buscasen los ojos por toda la cara,
y a mí, como había sido mi trabajo mayor y la hambre imperial, que al fin me
trataban como a criado, en buen rato no me los hallaron. Trujeron médicos y
mandaron que nos limpiasen con zorras el polvo de las bocas, como a retablos, y
bien lo éramos de duelos. Ordenaron que nos diesen sustancias y pistos. ¡Quién
podrá contar, a la primera almendrada y a la primera ave, las luminarias que
pusieron las tripas de contento? Todo les hacía novedad. Mandaron los dotores
que por nueve días no hablase nadie recio en nuestro aposento, porque como
estaban huecos los estómagos sonaba en ellos el eco de cualquiera palabra.
Con estas y otras prevenciones comenzamos a volver y
cobrar algún aliento, pero nunca podían las quijadas desdoblarse, que estaban
magras y alforzadas, y así se dio orden que cada día nos las ahormasen con la
mano del almirez. Levantábamonos a hacer pinicos dentro de cuarenta días, y aún
parecíamos sombras de otros hombres, y en lo amarillo y flaco simiente de los
Padres del yermo. Todo el día gastábamos en dar gracias a Dios por habernos
rescatado de la captividad del fierísimo Cabra, y rogábamos al Señor que ningún
cristiano cayese en sus manos crueles. Si acaso, comiendo, alguna vez nos
acordábamos de las mesas del mal pupilero, se nos aumentaba la hambre tanto que
acrecentábamos la costa aquel día. Solíamos contar a don Alonso cómo al sentarse
en la mesa nos decía males de la gula (no habiéndola él conocido en su vida), y
reíase mucho cuando le contábamos que en el mandamiento de No matarás, metía
perdices y capones, gallinas y todas las cosas que no quería darnos, y, por el
consiguiente, la hambre, pues parecía que tenía por pecado el matarla, y aun el
herirla, según regateaba el comer.
Pasáronsenos tres meses en esto, y, al cabo, trató don
Alonso de enviar a su hijo a Alcalá a estudiar lo que le faltaba de la
Gramática. Díjome a mí si quería ir, y yo, que no deseaba otra cosa sino salir
de tierra donde se oyese el nombre de aquel malvado perseguidor de estómagos,
ofrecí de servir a su hijo como vería. Y con esto diole un criado para ayo que
le gobernase la casa y tuviese cuenta del dinero del gasto, que nos daba
remitido en cédulas para un hombre que se llamaba Julián Merluza. Pusimos el
hato en el carro de un Diego Monje; era una media camita y otra de cordeles con
ruedas para meterla debajo de la otra mía y del mayordomo, que se llamaba
Baranda, cinco colchones, ocho sábanas, ocho almohadas, cuatro tapices, un cofre
con ropa blanca, y las demás zarandajas de casa. Nosotros nos metimos en un
coche, salimos a la tardecica, una hora antes de anochecer, y llegamos a la
media noche, poco más, a la siempre maldita venta de Viveros.
El ventero era morisco y ladrón, que en mi vida vi
perro y gato juntos con la paz que aquel día. Hízonos gran fiesta, y como él y
los ministros del carretero iban horros (que ya había llegado también con el
hato antes, porque nosotros veníamos de espacio), pegóse al coche, diome a mí la
mano para salir del estribo, y díjome si iba a estudiar. Yo le respondí que sí;
metióme adentro, y estaban dos rufianes con unas mujercillas; un cura rezando al
olor; un viejo mercader y avariento procurando olvidarse de cenar andaba
esforzando sus ojos que se durmiesen en ayunas; arremedaba los bostezos,
diciendo: -«Más me engorda un poco de sueño que cuantos faisanes tiene el
mundo». Dos estudiantes fregones, de los de mantellina, panzas al trote, andaban
aparecidos por la venta para engullir. Mi amo, pues, como más nuevo en la venta
y muchacho, dijo:
-Señor huésped, déme lo que hubiere para mí y mis
criados.
-Todos los somos de V. Md. -dijeron al punto los
rufianes-, y le hemos de servir. Hola, güésped, mirad que este caballero os
agradecerá lo que hiciéredes. Vaciad la dispensa.
Y, diciendo esto, llegóse el uno y quitóle la capa, y
dijo:
-Descanse V. Md., mi señor.
Y púsola en un poyo. Estaba yo con esto desvanecido y
hecho dueño de la venta. Dijo una de las mujeres:
-¡Qué buen talle de caballero! ¿Y va a estudiar? ¿Es V.
Md. su criado?
Yo respondí, creyendo que era así como lo decían, que
yo y el otro lo éramos. Preguntáronme su nombre, y no bien lo dije, cuando el
uno de los estudiantes se llegó a él medio llorando y dándole un abrazo
apretadísimo, dijo:
-Oh, mi señor don Diego, ¿quién me dijera a mí, agora
diez años, que había de ver yo a V. Md. de esta manera? ¡Desdichado de mí, que
estoy tal que no me conocerá V. Md.!
Él se quedó admirado, y yo también, que juráramos
entrambos no haberle visto en nuestra vida. El otro compañero andaba mirando a
don Diego a la cara, y dijo a su amigo:
-¿Es este señor de cuyo padre me dijistes vos tantas
cosas? ¡Gran dicha ha sido nuestra conocelle según está de grande! ¡Dios le
guarde!
Y empezó a santiguarse. ¿Quién no creyera que se habían
criado con nosotros? Don Diego se le ofreció mucho, y preguntándole su nombre,
salió el ventero y puso los manteles, y oliendo la estafa, dijo:
-Dejen eso, que después de cenar se hablará, que se
enfría.
Llegó un rufián y puso asientos para todos y una silla
para don Diego, y el otro trujo un plato. Los estudiantes dijeron:
-Cene V. Md., que, entre tanto que a nosotros nos
aderezan lo que hubiere, le serviremos a la mesa.
-¡Jesús! -dijo don Diego-; V. Mds. se sienten, si son
servidos.
Y a esto respondieron los rufianes, no hablando con
ellos:
-Luego, mi señor, que aún no está todo a punto.
Yo, cuando vi a los unos convidados y a los otros que
se convidaban, afligíme y temí lo que sucedió. Porque los estudiantes tomaron la
ensalada, que era un razonable plato, y mirando a mi amo, dijeron:
-No es razón que donde está un caballero tan principal
se queden estas damas sin comer. Mande V. Md. que alcancen un bocado.
Él, haciendo del galán, convidólas. Sentáronse, y entre
los dos estudiantes y ellas no dejaron sino un cogollo, en cuatro bocados, el
cual se comió don Diego. Y al dársele, aquel maldito estudiante le dijo:
-Un abuelo tuvo V. Md., tío de mi padre, que jamás
comió lechugas, y son malas para la memoria, y más de noche, y éstas no son tan
buenas.
Y diciendo esto sepultó un panecillo, y el otro, otro.
Pues ¿las mujeres? Ya daban cuenta de un pan, y el que más comía era el cura,
con el mirar sólo. Sentáronse los rufianes con medio cabrito asado y dos lonjas
de tocino y un par de palomas cocidas, y dijeron:
-Pues padre, ¿ahí se está? Llegue y alcance, que mi
señor don Diego nos hace merced a todos.
Pesia diez, la Iglesia ha de ser la primera.
No bien se lo dijeron, cuando se sentó. Ya, cuando vio
mi amo que todos se le habían encajado, comenzóse a afligir. Repartiéronlo todo
y a don Diego dieron no sé qué huesos y alones diciendo que «del cabrito el
huesecito y del ave el aloncito» y que el refrán lo decía. Con lo cual nosotros
comimos refranes y ellos aves. Lo demás se engulleron el cura y los otros.
Decían los rufianes:
-No cene mucho, señor, que le hará mal.
Y replicaba el maldito estudiante:
-Y más que es menester hacerse a comer poco para la
vida de Alcalá.
Yo y el otro criado estábamos rogando a Dios que les
pusiese en corazón que dejasen algo. Y ya que lo hubieron comido todo y que el
cura repasaba los huesos de los otros, volvió el un rufián y dijo:
-Oh, pecador de mí, no habemos dejado nada a los
criados. Vengan aquí V. Mds. Ah, señor güésped, déles todo lo que hubiere; vea
aquí un doblón.
Tan presto saltó el descomulgado pariente de mi amo
(digo el estudiantón) y dijo:
-Aunque V. Md. me perdone, señor hidalgo, debe de saber
poco de cortesía. ¿Conoce, por dicha, a mi señor primo? Él dará a sus criados, y
aun a los nuestros si los tuviéramos, como nos ha dado a nosotros.
Y volviéndose a don Diego, que estaba pasmado, dijo:
-No se enoje V. Md., que no le conocían.
Maldiciones le eché cuando vi tan gran disimulación que
no pensé acabar.
Levantaron las mesas y todos dijeron a don Diego que se
acostase. Él quería pagar la cena y replicáronle que no lo hiciese, que a la
mañana habría lugar. Estuviéronse un rato parlando; preguntóle su nombre al
estudiante, y él dijo que se llamaba tal Coronel. (En los infiernos descanse,
dondequiera que está.) Vio al avariento que dormía, y dijo:
-¿V. Md. quiere reír? Pues hagamos alguna burla a este
mal viejo, que no ha comido sino un pero en todo el camino, y es riquísimo.
Los rufianes dijeron:
-Bien haya el licenciado; hágalo, que es razón.
Con esto, se llegó y sacó al pobre viejo, que dormía,
de debajo de los pies unas alforjas, y desenvolviéndolas halló una caja, y como
si fuera de guerra hizo gente. Llegáronse todos, y abriéndola, vio ser de
alcorzas. Sacó todas cuantas había y en su lugar puso piedras, palos y lo que
halló, y encima dos o tres yesones y un tarazón de teja. Cerró la caja y púsola
donde estaba, y dijo:
-Pues aún no basta, que bota tiene el viejo.
Sacóla el vino y desenfundando una almohada de nuestro
coche, después de haber echado un poco de vino debajo, se la llenó de lana y
estopa, y la cerró. Con esto, se fueron todos a acostar para una hora que
quedaba o media, y el estudiante lo puso todo en las alforjas, y en la capilla
del gabán le echó una gran piedra, y fuese a dormir.
Llegó la hora de caminar; despertaron todos, y el viejo
todavía dormía. Llamáronle, y al levantarse, no podía levantar la capilla del
gabán. Miró lo que era, y el mesonero adrede le riñó, diciendo:
-Cuerpo de Dios, ¿no halló otra cosa que llevarse,
padre, sino esa piedra? ¿Qué les parece a V. Mds., si yo no lo hubiera visto?
Cosa es que estimo en más de cien ducados, porque es contra el dolor de
estómago.
Juraba y perjuraba diciendo que no había metido él tal
en la capilla.
Los rufianes hicieron la cuenta, y vino a montar de
cena sólo treinta reales, que no entendiera Juan de Leganés la suma. Decían los
estudiantes:
-No pide más un ochavo.
Y respondió un rufián:
-No, sino burlárase con este caballero delante de
nosotros; aunque ventero, sabe lo que ha de hacer. Déjese V. Md. gobernar, que
en mano está...
Y tosiendo, cogió el dinero, contólo y, sobrando del
que sacó mi amo cuatro reales, los asió, diciendo:
-Éstos le daré de posada, que a estos pícaros con
cuatro reales se les tapa la boca.
Quedamos asustados con el gasto. Almorzamos un bocado,
y el viejo tomó sus alforjas y, porque no viésemos lo que sacaba y no partir con
nadie, desatólas a oscuras debajo del gabán, y agarrando un yesón echósele en la
boca y fuele a hincar una muela y medio diente que tenía, y por poco los
perdiera. Comenzó a escupir y hacer gestos de asco y de dolor; llegamos todos a
él, y el cura el primero, diciéndole que qué tenía. Empezóse a ofrecer a
Satanás; dejó caer las alforjas; llegóse a él el estudiante, y dijo:
-¡Arriedro vayas, cata la cruz!
Otro abrió un breviario; hiciéronle creer que estaba
endemoniado, hasta que él mismo dijo lo que era, y pidió que le dejasen enjaguar
la boca con un poco de vino, que él traía bota. Dejáronle y, sacándola, abrióla;
y echando en un vaso un poco de vino, salió con la lana y estopa un vino
salvaje, tan barbado y velloso que no se podía beber ni colar. Entonces acabó de
perder la paciencia el viejo, pero viendo las descompuestas carcajadas de risa,
tuvo por bien el callar y subir en el carro con los rufianes y las mujeres. Los
estudiantes y el cura se ensartaron en dos borricos, y nosotros nos subimos en
el coche; y no bien comenzó a caminar cuando unos y otros nos comenzaron a dar
vaya, declarando la burla. El ventero decía:
-Señor nuevo, a pocas estrenas como ésta, envejecerá.
El cura decía:
-Sacerdote soy; allá se lo diré de misas.
Y el estudiante maldito voceaba:
-Señor primo, otra vez rásquese cuando le coman y no
después.
El otro decía:
-Sarna de V. Md., señor don Diego.
Nosotros dimos en no hacer caso; Dios sabe cuán
corridos íbamos. Con estas y otras cosas, llegamos a la villa; apeámonos en un
mesón, y en todo el día, que llegamos a las nueve, acabamos de contar la cena
pasada, y nunca pudimos en limpio sacar el gasto.
Capítulo V
De la entrada de Alcalá, patente y burlas que le hicieron por nuevo
Antes que anocheciese salimos del mesón a la casa que
nos tenían alquilada, que estaba fuera la puerta de Santiago, patio de
estudiantes donde hay muchos juntos, aunque esta teníamos entre tres moradores
diferentes no más. Era el dueño y huésped de los que creen en Dios por cortesía
o sobre falso; moriscos los llaman en el pueblo. Recibióme, pues, el huésped con
peor cara que si yo fuera el Santísimo Sacramento. Ni sé si lo hizo porque le
comenzásemos a tener respeto o por ser natural suyo de ellos, que no es mucho
que tenga mala condición quien no tiene buena ley. Pusimos nuestro hatillo,
acomodamos las camas y lo demás, y dormimos aquella noche.
Amaneció, y helos aquí en camisa a todos los
estudiantes de la posada a pedir la patente a mi amo. Él, que no sabía lo que
era, preguntóme que qué querían, y yo, entre tanto, por lo que podía suceder, me
acomodé entre dos colchones y sólo tenía la media cabeza fuera, que parecía
tortuga. Pidieron dos docenas de reales; diéronselos y con tanto comenzaron una
grita del diablo, diciendo:
-¡Viva el compañero, y sea admitido en nuestra amistad!
Goce de las preeminencias de antiguo. Pueda tener sarna, andar manchado y
padecer la hambre que todos.
Y con esto (¡mire V. Md. qué previlegios!) volaron por
la escalera, y al momento nos vestimos nosotros y tomamos el camino para
escuelas. A mi amo apadrináronle unos colegiales conocidos de su padre y entró
en su general, pero yo, que había de entrar en otro diferente y fui solo,
comencé a temblar. Entré en el patio, y no hube metido bien un pie, cuando me
encararon y comenzaron a decir: -«¡Nuevo!». Yo por disimular di en reír, como
que no hacía caso; mas no bastó, porque llegándose a mí ocho o nueve, comenzaron
a reírse. Púseme colorado; nunca Dios lo permitiera, pues al instante se puso
uno que estaba a mi lado las manos en las narices y apartándose, dijo:
-Por resucitar está este Lázaro, según olisca.
Y con esto todos se apartaron tapándose las narices.
Yo, que me pensé escapar, puse las manos también y dije:
-V. Mds. tienen razón, que huele muy mal.
Dioles mucha risa y, apartándose, ya estaban juntos
hasta ciento. Comenzaron a escarrar y tocar al arma y en las toses y abrir y
cerrar de las bocas, vi que se me aparejaban gargajos. En esto, un manchegazo
acatarrado hízome alarde de uno terrible, diciendo:
-Esto hago.
Yo entonces, que me vi perdido, dije:
-¡Juro a Dios que ma...!
Iba a decir te, pero fue tal la batería y lluvia que
cayó sobre mí, que no pude acabar la razón. Yo estaba cubierto el rostro con la
capa, y tan blanco, que todos tiraban a mí, y era de ver cómo tomaban la
puntería. Estaba ya nevado de pies a cabeza, pero un bellaco, viéndome cubierto
y que no tenía en la cara cosa, arrancó hacia mí diciendo con gran cólera:
-¡Baste, no le déis con el palo!
Que yo, según me trataban, creí de ellos que lo harían.
Destapéme por ver lo que era, y al mismo tiempo, el que daba las voces me
enclavó un gargajo en los dos ojos. Aquí se han de considerar mis angustias.
Levantó la infernal gente una grita que me aturdieron, y yo, según lo que
echaron sobre mí de sus estómagos, pensé que por ahorrar de médicos y boticas
aguardan nuevos para purgarse. Quisieron tras esto darme de pescozones pero no
había dónde sin llevarse en las manos la mitad del afeite de mi negra capa, ya
blanca por mis pecados. Dejáronme, y iba hecho zufaina de viejo a pura saliva.
Fuime a casa, que apenas acerté, y fue ventura el ser de mañana, pues sólo topé
dos o tres muchachos, que debían de ser bien inclinados porque no me tiraron más
de cuatro o seis trapajos y luego me dejaron.
Entré en casa, y el morisco que me vio comenzóse a reír
y a hacer como que quería escupirme. Yo, que temí que lo hiciese, dije:
-Tené, huésped, que no soy Ecce-Homo.
Nunca lo dijera, porque me dio dos libras de porrazos,
dándome sobre los hombros con las pesas que tenía. Con esta ayuda de costa,
medio derrengado, subí arriba; y en buscar por dónde asir la sotana y el manteo
para quitármelos, se pasó mucho rato. Al fin, le quité y me eché en la cama y
colguélo en una azutea. Vino mi amo y como me halló durmiendo y no sabía la
asquerosa aventura, enojóse y comenzó a darme repelones con tanta prisa, que a
dos más, despierto calvo. Levantéme dando voces y quejándome, y él, con más
cólera, dijo:
-¿Es buen modo de servir ése, Pablos? Ya es otra vida.
Yo, cuando oí decir «otra vida», entendí que era ya
muerto, y dije:
-Bien me anima V. Md. en mis trabajos. Vea cuál está
aquella sotana y manteo, que ha servido de pañizuelo a las mayores narices que
se han visto jamás en paso, y mire estas costillas.
Y con esto empecé a llorar. Él, viendo mi llanto,
creyólo, y buscando la sotana y viéndola, compadecióse de mí y dijo:
-Pablos, abre el ojo que asan carne. Mira por ti, que
aquí no tienes otro padre ni madre.
Contéle todo lo que había pasado y mandóme desnudar y
llevar a mi aposento (que era donde dormían cuatro criados de los huéspedes de
casa). Acostéme y dormí; y con esto, a la noche, después de haber comido y
cenado bien, me hallé fuerte y ya como si no hubiera pasado por mí nada. Pero,
cuando comienzan desgracias en uno, parece que nunca se han de acabar, que andan
encadenadas y unas traían a otras. Viniéronse a acostar los otros criados y,
saludándome todos, me preguntaron si estaba malo y cómo estaba en la cama. Yo
les conté el caso y, al punto, como si en ellos no hubiera mal ninguno, se
empezaron a santiguar, diciendo:
-No se hiciera entre luteranos. ¿Hay tal maldad?
Otro decía:
-El retor tiene la culpa en no poner remedio. ¿Conocerá
los que eran?
Yo respondí que no, y agradecíles la merced que me
mostraban hacer. Con esto se acabaron de desnudar, acostáronse, mataron la luz,
y dormíme yo, que me parecía que estaba con mi padre y mis hermanos.
Debían de ser las doce cuando el uno de ellos me
despertó a puros gritos, diciendo:
-¡Ay, que me matan! ¡Ladrones!
Sonaban en su cama, entre estas voces, unos golpazos de
látigo. Yo levanté la cabeza y dije:
-¿Qué es eso?
Y apenas la descubrí, cuando con una maroma me
asentaron un azote con hijos en todas las espaldas. Comencé a quejarme; quíseme
levantar; quejábase el otro también; dábanme a mí sólo. Yo comencé a decir:
-¡Justicia de Dios!
Pero menudeaban tanto los azotes sobre mí, que ya no me
quedó, por haberme tirado las frazadas abajo, otro remedio sino el de meterme
debajo de la cama. Hícelo así, y al punto los tres que dormían empezaron a dar
gritos también, y como sonaban los azotes, yo creí que alguno de fuera nos daba
a todos. Entre tanto, aquel maldito que estaba junto a mí se pasó a mi cama y
proveyó en ella, y cubrióla, volviéndose a la suya. Cesaron los azotes y
levantáronse con grandes gritos todos cuatro, diciendo:
-¡Es gran bellaquería, y no ha de quedar así!
Yo todavía me estaba debajo de la cama quejándome como
perro cogido entre puertas, tan encogido que parecía galgo con calambre.
Hicieron los otros que cerraban la puerta, y yo entonces salí de donde estaba y
subíme a mi cama, preguntando si acaso les habían hecho mal. Todos se quejaban
de muerte.
Acostéme y cubríme y torné a dormir, y como entre
sueños me revolcase, cuando desperté halléme proveído y hecho una necesaria.
Levantáronse todos y yo tomé por achaque los azotes para no vestirme. No había
diablos que me moviesen de un lado. Estaba confuso, considerando si acaso, con
el miedo y la turbación, sin sentirlo, había hecho aquella vileza, o si entre
sueños. Al fin, yo me hallaba inocente y culpado y no sabía cómo disculparme.
Los compañeros se llegaron a mí, quejándose y muy
disimulados, a preguntarme cómo estaba; yo les dije que muy malo, porque me
habían dado muchos azotes. Preguntábales yo que qué podía haber sido, y ellos
decían:
-A fe que no se escape, que el matemático nos lo dirá.
Pero, dejando esto, veamos si estáis herido, que os quejábades mucho.
Y diciendo esto, fueron a levantar la ropa con deseo de
afrentarme. En esto, mi amo entró diciendo:
-¿Es posible, Pablos, que no he de poder contigo? Son
las ocho ¿y estáste en la cama? ¡Levántate enhoramala!
Los otros, por asegurarme, contaron a don Diego el caso
todo y pidiéronle que me dejase dormir. Y decía uno:
-Y si V. Md. no lo cree, levantad, amigo.
Y agarraba de la ropa. Yo la tenía asida con los
dientes por no mostrar la caca. Y cuando ellos vieron que no había remedio por
aquel camino, dijo uno:
-¡Cuerpo de Dios y cómo hiede!
Don Diego dijo lo mismo, porque era verdad, y luego,
tras él, todos comenzaron a mirar si había en el aposento algún servicio. Decían
que no se podía estar allí. Dijo uno:
-¡Pues es muy bueno esto para haber de estudiar!
Miraron las camas y quitáronlas para ver debajo, y
dijeron:
-Sin duda debajo de la de Pablos hay algo; pasémosle a
una de las nuestras y miremos debajo de ella.
Yo, que veía poco remedio en el negocio y que me iban a
echar la garra, fingí que me había dado mal de corazón: agarréme a los palos,
hice visajes... Ellos, que sabían el misterio, apretaron conmigo, diciendo:
-¡Gran lástima!
Don Diego me tomó el dedo del corazón y, al fin, entre
los cinco me levantaron, y al alzar las sábanas fue tanta la risa de todos
viendo los recientes no ya palominos sino palomos grandes, que se hundía el
aposento.
-¡Pobre de él! -decían los bellacos (yo hacía del
desmayado)-; tírele V. Md. mucho de ese dedo del corazón.
Y mi amo, entendiendo hacerme bien, tanto tiró que me
le desconcertó. Los otros trataron de darme un garrote en los muslos, y decían:
-El pobrecito agora sin duda se ensució, cuando le dio
el mal.
¡Quién dirá lo que yo sentía, lo uno con la vergüenza,
descoyuntado un dedo y a peligro de que me diesen garrote! Al fin, de miedo de
que me le diesen, que ya me tenían los cordeles en los muslos, hice que había
vuelto, y por presto que lo hice, como los bellacos iban con malicia, ya me
habían hecho dos dedos de señal en cada pierna. Dejáronme diciendo:
-¡Jesús, y qué flaco sois!
Yo lloraba de enojo, y ellos decían adrede:
-Más va en vuestra salud que en haberos ensuciado.
Callá.
Y con esto me pusieron en la cama, después de haberme
lavado, y se fueron.
Yo no hacía a solas sino considerar cómo casi era peor
lo que había pasado en Alcalá en un día que todo lo que me sucedió con Cabra. A
mediodía me vestí, limpié la sotana lo mejor que pude, lavándola como gualdrapa,
y aguardé a mi amo que, en llegando, me preguntó cómo estaba. Comieron todos los
de la casa y yo, aunque poco y de mala gana. Y después, juntándonos todos a
parlar en el corredor, los otros criados, después de darme vaya, declararon la
burla. Riéronla todos, doblóse mi afrenta, y dije entre mí: -«Avisón, Pablos,
alerta». Propuse de hacer nueva vida, y con esto, hechos amigos, vivimos de allí
adelante todos los de la casa como hermanos, y en las escuelas y patios nadie me
inquietó más.
Capítulo VI
De las crueldades de la ama, y travesuras que hizo
«Haz como viere» dice el refrán, y dice bien. De puro
considerar en él, vine a resolverme de ser bellaco con los bellacos, y más, si
pudiese, que todos. No sé si salí con ello, pero yo aseguro a V. Md. que hice
todas las diligencias posibles.
Lo primero, yo puse pena de la vida a todos los
cochinos que se entrasen en casa y a los pollos de la ama que del corral pasasen
a mi aposento. Sucedió que un día entraron dos puercos del mejor garbo que vi en
mi vida. Yo estaba jugando con los otros criados, y oílos gruñir, y dije al uno:
-Vaya y vea quién gruñe en nuestra casa.
Fue, y dijo que dos marranos. Yo que lo oí, me enojé
tanto que salí allá diciendo que era mucha bellaquería y atrevimiento venir a
gruñir a casa ajena. Y diciendo esto, envásole a cada uno a puerta cerrada la
espada por los pechos, y luego los acogotamos. Porque no se oyese el ruido que
hacían, todos a la par dábamos grandísimos gritos como que cantábamos y así
expiraron en nuestras manos. Sacamos los vientres, recogimos la sangre, y a
puros jergones los medio chamuscamos en el corral, de suerte que cuando vinieron
los amos ya estaba todo hecho, aunque mal, si no eran los vientres, que aún no
estaban acabadas de hacer las morcillas. Y no por falta de prisa, en verdad, que
por no detenernos las habíamos dejado la mitad de lo que ellas se tenían dentro,
y nos las comimos las más como se las traía hechas el cochino en la barriga.
Supo, pues, don Diego el caso, y enojóse conmigo de
manera que obligó a los huéspedes (que de risa no se podían valer) a volver por
mí. Preguntábame don Diego que qué había de decir si me acusaban y me prendía la
justicia, a lo cual respondí yo que me llamaría a hambre, que es el sagrado de
los estudiantes; y que si no me valiese, diría que como se entraron sin llamar a
la puerta como en su casa, que entendí que eran nuestros. Riéronse todos de las
disculpas. Dijo don Diego:
-A fe, Pablos, que os hacéis a las armas.
Era de notar ver a mi amo tan quieto y religioso y a mí
tan travieso, que el uno exageraba al otro o la virtud o el vicio.
No cabía el ama de contento conmigo, porque éramos dos
al mohíno: habíamonos conjurado contra la despensa. Yo era el despensero Judas,
de botas a bolsa, que desde entonces hereda no sé qué amor a la sisa este
oficio. La carne no guardaba en manos de la ama la orden retórica, porque
siempre iba de más a menos; no era nada carnal, antes de puro penitente estaba
en los huesos. Y la vez que podía echar cabra u oveja no echaba carnero, y si
había huesos, no entraba cosa magra. Era cercenadora de porciones como de
moneda, y así hacía unas ollas éticas de puro flacas, unos caldos que a estar
cuajados se pudieran hacer sartas de cristal de ellos. Las Pascuas, por
diferenciar, para que estuviese gorda la olla, solía echar cabos de vela de sebo
y así decía que estaban sus ollas gordas por el cabo. Y era verdad según me lo
parló un pabilo que yo masqué un día. Ella decía, cuando yo estaba delante:
-Mi amo, por cierto que no hay servicio como el de
Pablicos, si él no fuese travieso; consérvele V. Md., que bien se le puede
sufrir el ser bellaquillo por la fidelidad; lo mejor de la plaza trae.
Yo, por el consiguiente, decía de ella lo mismo y así
teníamos engañada la casa. Si se compraba aceite de por junto, carbón o tocino,
escondíamos la mitad, y cuando nos parecía, decíamos el ama y yo:
-Modérese V. Md. en el gasto, que en verdad que si se
dan tanta prisa no baste la hacienda del Rey. Ya se ha acabado el aceite o el
carbón. Pero tal prisa le han dado. Mande V. Md. comprar más y a fe que se ha de
lucir de otra manera. Denle dineros a Pablicos.
Dábanmelos y vendíamosles la mitad sisada, y de lo que
comprábamos sisábamos la otra mitad; y esto era en todo, y si alguna vez
compraba yo algo en la plaza por lo que valía, reñíamos adrede el ama y yo. Ella
decía:
-No me digas a mí, Pablicos, que esto son dos cuartos
de ensalada.
Yo hacía que lloraba, daba voces, íbame a quejar a mi
señor, y apretábale para que enviase al mayordomo a saberlo, para que callase la
ama, que adrede porfiaba. Iban y sabíanlo, y con esto asegurábamos al amo y al
mayordomo, y quedaban agradecidos, en mí a las obras, y en el ama al celo de su
bien. Decíale don Diego, muy satisfecho de mí:
-¡Así fuese Pablicos aplicado a virtud como es de fiar!
¿Toda esta es la lealtad que me decís vos de él?
Tuvímoslos de esta manera, chupándolos como
sanguijuelas. Yo apostaré que V. Md. se espanta de la suma de dinero que montaba
al cabo del año. Ello mucho debió de ser, pero no debía obligar a restitución,
porque el ama confesaba y comulgaba de ocho a ocho días y nunca la vi rastro de
imaginación de volver nada ni hacer escrúpulo, con ser, como digo, una santa.
Traía un rosario al cuello siempre, tan grande, que era
más barato llevar un haz de leña a cuestas. De él colgaban muchos manojos de
imágines, cruces y cuentas de perdones que hacían ruido de sonajas. Bendecía las
ollas y al espumar hacía cruces con el cucharón. Yo pienso que las conjuraba por
sacarles los espíritus, ya que no tenía carne. En todas las imágines decía que
rezaba cada noche por sus bienhechores; contaba ciento y tantos santos abogados
suyos, y en verdad que había menester todas estas ayudas para desquitarse de lo
que pecaba. Acostábase en un aposento encima del de mi amo, y rezaba más
oraciones que un ciego. Entraba por el Justo Juez y acababa en el Conquibules,
que ella decía, y en la Salve Rehína. Decía las oraciones en latín adrede por
fingirse inocente, de suerte que nos despedazábamos de risa todos. Tenía otras
habilidades; era conqueridora de voluntades y corchete de gustos, que es lo
mismo que alcahueta; pero disculpábase conmigo diciendo que le venía de casta
como al rey de Francia sanar lamparones.
¿Pensará V. Md. que siempre estuvimos en paz? Pues
¿quién ignora que dos amigos, como sean codiciosos, si están juntos, se han de
procurar engañar el uno al otro? «Ésta ha de ser ruin conmigo, pues lo es con su
amo», decía yo entre mí; ella debía de decir lo mismo porque chocamos de embuste
el uno con el otro, y por poco se descubriera la hilaza. Quedamos enemigos como
gatos y gatos, que en despensa es peor que gatos y perros.
Yo, que me vi ya mal con el ama, y que no la podía
burlar, busqué nuevas trazas de holgarme y di en lo que llaman los estudiantes
correr o arrebatar. En esto me sucedieron cosas graciosísimas, porque yendo una
noche a las nueve (que anda poca gente) por la calle Mayor, vi una confitería y
en ella un cofín de pasas sobre el tablero, y tomando vuelo, vine a agarrarle y
di a correr. El confitero dio tras mí, y otros criados y vecinos. Yo, como iba
cargado, vi que aunque les llevaba ventaja, me habían de alcanzar, y al volver
una esquina, sentéme sobre él y envolví la capa a la pierna de presto y empecé a
decir, con la pierna en la mano, fingiéndome pobre:
-¡Ay! ¡Dios se lo perdone, que me ha pisado!
Oyéronme esto y en llegando, empecé a decir: «Por tan
alta Señora», y lo ordinario de la «hora menguada» y «aire corrupto». Ellos se
venían desgañifando, y dijéronme:
-¿Va por aquí un hombre, hermano?
-Ahí adelante, que aquí me pisó, loado sea el Señor.
Arrancaron con esto y fuéronse; quedé solo, llevéme el
cofín a casa, conté la burla, y no quisieron creer que había sucedido así,
aunque lo celebraron mucho. Por lo cual, los convidé para otra noche a verme
correr cajas. Vinieron, y advirtiendo ellos que estaban las cajas dentro la
tienda y que no las podía tomar con la mano, tuviéronlo por imposible, y más por
estar el confitero, por lo que sucedió al otro de las pasas, alerta. Vine, pues,
y metiendo doce pasos atrás de la tienda mano a la espada, que era un estoque
recio, partí corriendo, y en llegando a la tienda, dije:
-«¡Muera!». Y tiré una estocada por delante del
confitero. Él se dejó caer pidiendo confesión, y yo di la estocada en una caja y
la pasé y saqué en la espada y me fui con ella. Quedáronse espantados de ver la
traza y muertos de risa de que el confitero decía que le mirasen, que sin duda
le había herido, y que era un hombre con quien él había tenido palabras. Pero,
volviendo los ojos, como quedaron desbaratadas al salir de la caja las que
estaban alrededor, echó de ver la burla, y empezó a santiguarse que no pensó
acabar. Confieso que nunca me supo cosa tan bien.
Decían los compañeros que yo solo podía sustentar la
casa con lo que corría, que es lo mismo que hurtar, en nombre revesado. Yo, como
era muchacho y oía que me alababan el ingenio con que salía de estas travesuras,
animábame para hacer muchas más. Cada día traía la pretina llena de jarras de
monjas, que les pedía para beber y me venía con ellas; introduje que no diesen
nada sin prenda primero.
Y así, prometí a don Diego y a todos los compañeros, de
quitar una noche las espadas a la mesma ronda. Señalóse cuál había de ser, y
fuimos juntos, yo delante, y en columbrando la justicia, lleguéme con otro de
los criados de casa, muy alborotado, y dije:
-¿Justicia?
Respondieron:
-Sí.
-¿Es el corregidor?
Dijeron que sí. Hinquéme de rodillas y dije:
-Señor, en sus manos de V. Md. está mi remedio y mi
venganza y mucho provecho de la república; mande V. Md. oírme dos palabras a
solas, si quiere una gran prisión.
Apartóse; ya los corchetes estaban empuñando las
espadas y los alguaciles poniendo mano a las varitas. Yo le dije:
-Señor, yo he venido desde Sevilla siguiendo seis
hombres los más facinorosos del mundo, todos ladrones y matadores de hombres, y
entre ellos viene uno que mató a mi madre y a un hermano mío por saltearlos, y
le está probado esto; y vienen acompañando, según los he oído decir, a una espía
francesa; y aun sospecho, por lo que les he oído, que es... (y bajando más la
voz dije) Antonio Pérez. Con esto, el corregidor dio un salto hacia arriba, y
dijo:
-¿Y dónde están?
-Señor, en la casa pública; no se detenga V. Md., que
las ánimas de mi madre y hermano se lo pagarán en oraciones, y el Rey acá.
-¡Jesús! -dijo-, no nos detengamos. ¡Hola, seguidme
todos! Dadme una rodela.
Yo entonces le dije, tornándole a apartar:
-Señor, perderse ha V. Md. si hace eso, porque antes
importa que todos V. Mds. entren sin espadas, y uno a uno, que ellos están en
los aposentos y traen pistoletes, y en viendo entrar con espadas, como saben que
no la puede traer sino la justicia, dispararán. Con dagas es mejor, y cogerlos
por detrás los brazos, que demasiados vamos.
Cuadróle al corregidor la traza, con la codicia de la
prisión. En esto llegamos cerca, y el corregidor, advertido, mandó que debajo de
unas yerbas pusiesen todos las espadas escondidas en un campo que está enfrente
casi de la casa; pusiéronlas y caminaron. Yo, que había avisado al otro que
ellos dejarlas y él tomarlas y pescarse a casa fuese todo uno, hízolo así; y al
entrar todos quedéme atrás el postrero, y en entrando ellos mezclados con otra
gente que entraba, di cantonada y emboquéme por una callejuela que va a dar a la
Vitoria, que no me alcanzara un galgo.
Ellos que entraron y no vieron nada, porque no había
sino estudiantes y pícaros (que es todo uno), comenzaron a buscarme, y no
hallándome, sospecharon lo que fue, y yendo a buscar sus espadas, no hallaron
media. ¿Quién contara las diligencias que hizo con el retor el corregidor?
Aquella noche anduvieron todos los patios reconociendo las caras y mirando las
armas. Llegaron a casa, y yo, porque no me conociesen, estaba echado en la cama
con un tocador y con una vela en la mano y un Cristo en la otra y un compañero
clérigo ayudándome a morir, y los demás rezando las letanías. Llegó el retor y
la justicia, y viendo el espectáculo, se salieron, no persuadiéndose que allí
pudiera haber habido lugar para cosa. No miraron nada, antes el retor me dijo un
responso; preguntó si estaba ya sin habla, y dijéronle que sí; y con tanto, se
fueron desesperados de hallar rastro, jurando el retor de remitirle si le
topasen, y el corregidor de ahorcarle fuese quien fuese. Levantéme de la cama, y
hasta hoy no se ha acabado de solemnizar la burla en Alcalá.
Y por no ser largo, dejo de contar cómo hacía monte la
plaza del pueblo, pues de cajones de tundidores y plateros y mesas de fruteras
(que nunca se me olvidará la afrenta de cuando fui rey de gallos) sustentaba la
chimenea de casa todo el año. Callo las pensiones que tenía sobre los habares,
viñas y huertos, en todo aquello de alrededor. Con estas y otras cosas, comencé
a cobrar fama de travieso y agudo entre todos. Favorecíanme los caballeros y
apenas me dejaban servir a don Diego, a quien siempre tuve el respeto que era
razón por el mucho amor que me tenía.
Capítulo VII
De la ida de don Diego, y nuevas de la muerte de
su padre y madre, y la resolución que tomó en sus cosas
para adelante
En este tiempo vino a don Diego una carta de su padre,
en cuyo pliego venía otra de un tío mío llamado Alonso Ramplón, hombre allegado
a toda virtud y muy conocido en Segovia por lo que era allegado a la justicia,
pues cuantas allí se habían hecho de cuarenta años a esta parte, han pasado por
sus manos. Verdugo era, si va a decir la verdad, pero una águila en el oficio;
vérsele hacer daba gana a uno de dejarse ahorcar. Este, pues, me escribió una
carta a Alcalá, desde Segovia, en esta forma:
«Hijo Pablos (que por el mucho amor que me tenía me
llamaba así), las ocupaciones grandes de esta plaza en que me tiene ocupado Su
Majestad no me han dado lugar a hacer esto, que si algo tiene malo el servir al
Rey es el trabajo, aunque se desquita con esta negra honrilla de ser sus
criados.
Pésame de daros nuevas de poco gusto. Vuestro padre
murió ocho días ha con el mayor valor que ha muerto hombre en el mundo; dígolo
como quien lo guindó. Subió en el asno sin poner pie en el estribo; veníale el
sayo vaquero que parecía haberse hecho para él, y como tenía aquella presencia,
nadie le veía con los Cristos delante que no le juzgase por ahorcado. Iba con
gran desenfado mirando a las ventanas y haciendo cortesías a los que dejaban sus
oficios por mirarle; hízose dos veces los bigotes; mandaba descansar a los
confesores y íbales alabando lo que decían bueno.
Llegó a la N de palo, puso el un pie en la escalera, no
subió a gatas ni despacio y viendo un escalón hendido, volvióse a la justicia y
dijo que mandase aderezar aquel para otro, que no todos tenían su hígado. No os
sabré encarecer cuán bien pareció a todos.
Sentóse arriba, tiró las arrugas de la ropa atrás, tomó
la soga y púsola en la nuez. Y viendo que el teatino le quería predicar, vuelto
a él, le dijo: -«Padre, yo lo doy por predicado; vaya un poco de Credo, y
acabemos presto, que no querría parecer prolijo». Hízose así; encomendóme que le
pusiese la caperuza de lado y que le limpiase las barbas. Yo lo hice así. Cayó
sin encoger las piernas ni hacer gesto; quedó con una gravedad que no había más
que pedir. Hícele cuartos y dile por sepultura los caminos. Dios sabe lo que a
mí me pesa de verle en ellos haciendo mesa franca a los grajos, pero yo entiendo
que los pasteleros de esta tierra nos consolarán, acomodándole en los de a
cuatro.
De vuestra madre, aunque está viva agora, casi os puedo
decir lo mismo, porque está presa en la Inquisición de Toledo, porque
desenterraba los muertos sin ser murmuradora. Halláronla en su casa más piernas,
brazos y cabezas que en una capilla de milagros. Y lo menos que hacía era
sobrevirgos y contrahacer doncellas. Dicen que representará en un auto el día de
la Trinidad, con cuatrocientos de muerte. Pésame que nos deshonra a todos, y a
mí principalmente, que al fin soy ministro del Rey y me están mal estos
parentescos.
Hijo, aquí ha quedado no sé qué hacienda escondida de
vuestros padres; será en todo hasta cuatrocientos ducados. Vuestro tío soy, y lo
que tengo ha de ser para vos. Vista ésta, os podéis venir aquí, que con lo que
vos sabéis de latín y retórica, seréis singular en el arte de verdugo.
Respondedme luego, y entre tanto, Dios os guarde».
No puedo negar que sentí mucho la nueva afrenta, pero
holguéme en parte (tanto pueden los vicios en los padres, que consuela de sus
desgracias, por grandes que sean, a los hijos). Fuime corriendo a don Diego, que
estaba leyendo la carta de su padre, en que le mandaba que se fuese y que no me
llevase en su compañía, movido de las travesuras mías que había oído decir.
Díjome que se determinaba ir y todo lo que le mandaba su padre, que a él le
pesaba de dejarme y a mí más; díjome que me acomodaría con otro caballero amigo
suyo para que le sirviese. Yo, en esto, riéndome, le dije:
-Señor, ya soy otro, y otros mis pensamientos; más alto
pico y más autoridad me importa tener. Porque si hasta agora tenía como cada
cual mi piedra en el rollo, agora tengo mi padre.
Declaréle cómo había muerto tan honradamente como el
más estirado, cómo le trincharon y le hicieron moneda, cómo me había escrito mi
señor tío, el verdugo, de esto y de la prisioncilla de mama, que a él, como a
quien sabía quién yo soy, me pude descubrir sin vergüenza. Lastimóse mucho y
preguntóme que qué pensaba hacer. Dile cuenta de mis determinaciones; y con
tanto, al otro día, él se fue a Segovia harto triste, y yo me quedé en la casa
disimulando mi desventura.
Quemé la carta porque, perdiéndoseme acaso, no la
leyese alguien, y comencé a disponer mi partida para Segovia, con fin de cobrar
mi hacienda y conocer mis parientes para huir de ellos.
Libro segundo
Capítulo I
Del camino de Alcalá para Segovia, y de lo que le
sucedió en él hasta Rejas, donde durmió aquella
noche
Llegó el día de apartarme de la mejor vida que hallo
haber pasado. Dios sabe lo que sentí el dejar tantos amigos y apasionados, que
eran sin número. Vendí lo poco que tenía de secreto, para el camino, y con ayuda
de unos embustes hice hasta seiscientos reales. Alquilé una mula y salíme de la
posada, adonde ya no tenía que sacar más de mi sombra. ¿Quién contará las
angustias del zapatero por lo fiado, las solicitudes del ama por el salario, las
voces del huésped de la casa por el arrendamiento? Uno decía: -«¡Siempre me lo
dijo el corazón!»; otro: -«¡Bien me decían a mí que este era un trampista!». Al
fin, yo salí tan bienquisto del pueblo que dejé con mi ausencia a la mitad de él
llorando y a la otra mitad riéndose de los que lloraban.
Yo me iba entreteniendo por el camino considerando en
estas cosas, cuando pasado Torote, encontré con un hombre en un macho de
albarda, el cual iba hablando entre sí con muy gran prisa y tan embebecido, que
aun estando a su lado no me veía. Saludéle y saludóme; preguntéle dónde iba, y
después que nos pagamos las respuestas, comenzamos luego a tratar de si bajaba
el turco y de las fuerzas del Rey. Comenzó a decir de qué manera se podía
conquistar la Tierra Santa y cómo se ganaría Argel, en los cuales discursos eché
de ver que era loco repúblico y de gobierno.
Proseguimos en la conversación (propia de pícaros), y
venimos a dar de una cosa en otra, en Flandes. Aquí fue ello, que empezó a
suspirar y a decir:
-Más me cuestan a mí esos estados que al Rey, porque ha
catorce años que ando con un arbitrio que, si como es imposible no lo fuera, ya
estuviera todo sosegado.
-¿Qué cosa puede ser -le dije yo- que, conviniendo
tanto, sea imposible y no se pueda hacer?
-¿Quién le dice a V. Md. -dijo luego- que no se pueda
hacer?. Hacerse puede, que ser imposible es otra cosa. Y si no fuera por dar
pesadumbre, le contara a V. Md. lo que es; pero allá se verá, que agora lo
pienso imprimir con otros trabajillos, entre los cuales le doy al Rey modo de
ganar a Ostende por dos caminos.
Roguéle que me los dijese, y al punto, sacando de las
faldriqueras un gran papel, me mostró pintado el fuerte del enemigo y el
nuestro, y dijo:
-Bien ve V. Md. que la dificultad de todo está en este
pedazo de mar..., pues yo doy orden de chuparle todo con esponjas y quitarle de
allí.
Di yo con este desatino una gran risada, y él entonces
mirándome a la cara, me dijo:
-A nadie se lo he dicho que no haya hecho otro tanto,
que a todos les da gran contento.
-Ese tengo yo, por cierto -le dije-, de oír cosa tan
nueva y tan bien fundada, pero advierta V. Md. que ya que chupe el agua que
hubiere entonces, tornará luego la mar a echar más.
-No hará la mar tal cosa que lo tengo yo eso muy
apurado -me respondió-, y no hay que tratar; fuera de que yo tengo pensada una
invención para hundir la mar por aquella parte doce estados.
No lo osé replicar de miedo que me dijese que tenía
arbitrio para tirar el cielo acá abajo. No vi en mi vida tan gran orate. Decíame
que Joanelo no había hecho nada, que él trazaba agora de subir toda el agua de
Tajo a Toledo de otra manera más fácil. Y sabido lo que era, dijo que por
ensalmo: ¡Mire V. Md. quién tal oyó en el mundo! Y al cabo, me dijo:
-Y no lo pienso poner en ejecución si primero el Rey no
me da una encomienda, que la puedo tener muy bien, y tengo una ejecutoria muy
honrada.
Con estas pláticas y desconciertos llegamos a Torrejón,
donde se quedó, que venía a ver una parienta suya.
Yo pasé adelante pereciéndome de risa de los arbitrios
en que ocupaba el tiempo, cuando, Dios y enhorabuena, desde lejos vi una mula
suelta y un hombre junto a ella a pie, que mirando a un libro hacía unas rayas
que medía con un compás. Daba vueltas y saltos a un lado y a otro, y de rato en
rato, poniendo un dedo encima de otro, hacía con ellos mil cosas saltando. Yo
confieso que entendí por gran rato (que me paré desde lejos a verlo) que era
encantador, y casi no me determinaba a pasar. Al fin me determiné, y llegando
cerca, sintióme, cerró el libro, y al poner el pie en el estribo, resbalósele y
cayó. Levantéle, y díjome:
-No tomé bien el medio de proporción para hacer la
circunferencia al subir.
Yo no le entendí lo que me dijo y luego temí lo que
era, porque más desatinado hombre no ha nacido de las mujeres. Preguntóme si iba
a Madrid por línea recta o si iba por camino circunflejo. Yo, aunque no lo
entendí, le dije que circunflejo. Preguntóme cúya era la espada que llevaba al
lado. Respondíle que mía, y mirándola, dijo:
-Esos gavilanes habían de ser más largos, para reparar
los tajos que se forman sobre el centro de las estocadas.
Y empezó a meter una parola tan grande que me forzó a
preguntarle qué materia profesaba. Díjome que él era diestro verdadero y que lo
haría bueno en cualquiera parte. Yo, movido a risa, le dije:
-Pues, en verdad, que por lo que yo vi hacer a V. Md.
en el campo denantes, que más le tenía por encantador, viendo los círculos.
-Eso -me dijo- era que se me ofreció una treta por el
cuarto círculo con el compás mayor, continuando la espada para matar sin
confesión al contrario, porque no diga quién lo hizo y estaba poniéndolo en
términos de matemática.
-¿Es posible -le dije yo- que hay matemática en eso?
-No solamente matemática -dijo-, mas teología,
filosofía, música y medicina.
-Esa postrera no lo dudo, pues se trata de matar en esa
arte.
-No os burléis -me dijo-, que agora aprendo yo la
limpiadera contra la espada, haciendo los tajos mayores que comprehenden en sí
las aspirales de la espada.
-No entiendo cosa de cuantas me decís, chica ni grande.
-Pues este libro las dice -me respondió-, que se llama
Grandezas de la espada, y es muy bueno y dice milagros; y para que lo creáis, en
Rejas que dormiremos esta noche, con dos asadores me veréis hacer maravillas. Y
no dudéis que cualquiera que leyere en este libro matará a todos los que
quisiere.
-U ese libro enseña a ser pestes a los hombres u le
compuso algún doctor.
-¿Cómo doctor? Bien lo entiende -me dijo-: es un gran
sabio y aun estoy por decir más.
En estas pláticas llegamos a Rejas. Apeámonos en una
posada y al apearnos me advirtió con grandes voces que hiciese un ángulo obtuso
con las piernas, y que reduciéndolas a líneas paralelas me pusiese perpendicular
en el suelo. El huésped, que me vio reír y le vio, preguntóme que si era indio
aquel caballero, que hablaba de aquella suerte. Pensé con esto perder el juicio.
Llegóse luego al güésped, y díjole:
-Señor, déme dos asadores para dos o tres ángulos, que
al momento se los volveré.
-¡Jesús! -dijo el huésped-, déme V. Md. acá los
ángulos, que mi mujer los asará; aunque aves son que no las he oído nombrar.
-¡Que no son aves! -dijo volviéndose a mí-. Mire V. Md.
lo que es no saber. Déme los asadores, que no los quiero sino para esgrimir; que
quizá le valdrá más lo que me viere hacer hoy que todo lo que ha ganado en su
vida.
En fin, los asadores estaban ocupados y hubimos de
tomar dos cucharones. No se ha visto cosa tan digna de risa en el mundo. Daba un
salto y decía:
-Con este compás alcanzo más y gano los grados del
perfil. Ahora me aprovecho del movimiento remiso para matar el natural. Ésta
había de ser cuchillada y éste tajo.
No llegaba a mí desde una legua y andaba alrededor con
el cucharón, y como yo me estaba quedo, parecían tretas contra olla que se sale.
Díjome al fin:
-Esto es lo bueno y no las borracherías que enseñan
estos bellacos maestros de esgrima, que no saben sino beber.
No lo había acabado de decir, cuando de un aposento
salió un mulatazo mostrando las presas, con un sombrero enjerto en guardasol y
un coleto de ante debajo de una ropilla suelta y llena de cintas, zambo de
piernas a lo águila imperial, la cara con un per signum crucis de inimicis suis,
la barba de ganchos, con unos bigotes de guardamano y una daga con más rejas que
un locutorio de monjas. Y, mirando al suelo, dijo:
-Yo soy examinado y traigo la carta, y por el sol que
calienta los panes, que haga pedazos a quien tratare mal a tanto buen hijo como
profesa la destreza.
Yo que vi la ocasión, metíme en medio y dije que no
hablaba con él, y que así no tenía por qué picarse.
-Meta mano a la blanca si la trae y apuremos cuál es
verdadera destreza, y déjese de cucharones.
El pobre de mi compañero abrió el libro, y dijo en
altas voces:
-Este libro lo dice, y está impreso con licencia del
Rey, y yo sustentaré que es verdad lo que dice, con el cucharón y sin el
cucharón, aquí y en otra parte, y, si no, midámoslo.
Y sacó el compás, y empezó a decir:
-Este ángulo es obtuso.
Y entonces, el maestro sacó la daga, y dijo:
-Y no sé quién es Ángulo ni Obtuso, ni en mi vida oí
decir tales hombres, pero con esta en la mano le haré yo pedazos.
Acometió al pobre diablo, el cual empezó a huir, dando
saltos por la casa, diciendo:
-No me puede dar, que le he ganado los grados del
perfil.
Metímoslos en paz el huésped y yo y otra gente que
había, aunque de risa no me podía mover.
Metieron al buen hombre en su aposento, y a mí con él;
cenamos, y acostámonos todos los de la casa. Y a las dos de la mañana, levántase
en camisa y empieza a andar a oscuras por el aposento, dando saltos y diciendo
en lengua matemática mil disparates. Despertóme a mí, y no contento con esto,
bajó el huésped para que le diese luz, diciendo que había hallado objeto fijo a
la estocada sagital por la cuerda. El huésped se daba a los diablos de que lo
despertase, y tanto le molestó que le llamó loco. Y con esto se subió y me dijo
que si me quería levantar vería la treta tan famosa que había hallado contra el
turco y sus alfanjes. Y decía que luego se la quería ir a enseñar al Rey, por
ser en favor de los católicos.
En esto amaneció, vestímonos todos, pagamos la posada,
hicímoslos amigos a él y al maestro, el cual se apartó diciendo que el libro que
alegaba mi compañero era bueno, pero que hacía más locos que diestros, porque
los más no le entendían.
Capítulo II
De lo que le sucedió hasta llegar a Madrid, con un poeta
Yo tomé mi camino para Madrid y él se despidió de mí
por ir diferente jornada. Y ya que estaba apartado, volvió con gran prisa, y
llamándome a voces, estando en el campo donde no nos oía nadie, me dijo al oído:
-Por vida de V. Md., que no diga nada de todos los
altísimos secretos que le he comunicado en materia de destreza, y guárdelo para
sí, pues tiene buen entendimiento.
Yo le prometí de hacerlo, tornóse a partir de mí, y yo
empecé a reírme del secreto tan gracioso.
Con esto caminé más de una legua que no topé persona.
Iba yo entre mí pensando en las muchas dificultades que tenía para profesar
honra y virtud, pues había menester tapar primero la poca de mis padres, y luego
tener tanta que me desconociesen por ella. Y parecíanme a mí tan bien estos
pensamientos honrados, que yo me los agradecía a mí mismo. Decía a solas: «Más
se me ha de agradecer a mí, que no he tenido de quien aprender virtud ni a quien
parecer en ella, que al que la hereda de sus abuelos».
En estas razones y discursos iba, cuando topé un
clérigo muy viejo en una mula, que iba camino de Madrid. Trabamos plática y
luego me preguntó que de dónde venía; yo le dije que de Alcalá.
-Maldiga Dios -dijo él- tan mala gente como hay en ese
pueblo, pues falta entre todos un hombre de discurso.
Preguntéle que cómo o por qué se podía decir tal de
lugar donde asistían tantos doctos varones. Y él, muy enojado dijo:
-¿Doctos? Yo le diré a V. Md. qué tan doctos, que
habiendo más de catorce años que hago yo en Majalahonda, donde he sido
sacristán, las chanzonetas al Corpus y al Nacimiento, no me premiaron en el
cartel unos cantarcicos, y porque vea V. Md. la sinrazón, se los he de leer, que
yo sé que se holgará.
Y diciendo y haciendo, desenvainó una retahíla de
copias pestilenciales, y por la primera, que era ésta, se conocerán las demás:
- Pastores, ¿no es lindo chiste,
- que es hoy el señor san Corpus Criste?
- Hoy es el día de las danzas
- en que el Cordero sin mancilla
- tanto se humilla,
- que visita nuestras panzas,
- y entre estas bienaventuranzas
- entra en el humano buche.
- Suene el lindo sacabuche,
- pues nuestro bien consiste.
- Pastores, ¿no es lindo chiste?
-¿Qué pudiera decir más -me dijo- el mismo inventor de
los chistes? Mire qué misterios encierra aquella palabra pastores: más me costó
de un mes de estudio.
Yo no pude con esto tener la risa, que a borbollones se
me salía por los ojos y narices, y dando una gran carcajada, dije:
-¡Cosa admirable! Pero sólo reparo en que llama V. Md.
señor san Corpus Criste, y Corpus Christi no es santo sino el día de la
institución del Sacramento.
-¡Qué lindo es eso! -me respondió haciendo burla-; yo
le daré en el calendario, y está canonizado y apostaré a ello la cabeza.
No pude porfiar, perdido de risa de ver la suma
ignorancia; antes le dije cierto que eran dignas de cualquier premio y que no
había oído cosa tan graciosa en mi vida.
-¿No? -dijo al mismo punto-; pues oya V. Md. un
pedacito de un librillo que tengo hecho a las once mil vírgenes adonde a cada
una he compuesto cincuenta octavas, cosa rica.
Yo, por excusarme de oír tanto millón de octavas, le
supliqué que no me dijese cosa a lo divino. Y así, me comenzó a recitar una
comedia que tenía más jornadas que el camino de Jerusalén. Decíame:
-Hícela en dos días, y este es el borrador.
Y sería hasta cinco manos de papel. El título era El
arca de Noé. Hacíase toda entre gallos y ratones, jumentos, raposas, lobos y
jabalíes, como fábulas de Isopo [Esopo]. Yo le alabé la traza y la invención, a
lo cual me respondió:
-Ello cosa mía es, pero no se ha hecho otra tal en el
mundo y la novedad es más que todo; y si yo salgo con hacerla representar, será
cosa famosa.
-¿Cómo se podrá representar -le dije yo-, si han de
entrar los mismos animales y ellos no hablan?
-Esa es la dificultad, que a no haber esa, ¿había cosa
más alta? Pero yo tengo pensado de hacerla toda de papagayos, tordos y picazas,
que hablan, y meter para el entremés monas.
-Por cierto, alta cosa es esa.
-Otras más altas he hecho yo -dijo- por una mujer a
quien amo. Y vea aquí novecientos y un sonetos y doce redondillas (que parecía
que contaba escudos por maravedís) hechos a las piernas de mi dama.
Yo le dije que si se las había visto él, y díjome que
no había hecho tal por las órdenes que tenía, pero que iban en profecía los
conceptos. Yo confieso la verdad, que aunque me holgaba de oírle, tuve miedo a
tantos versos malos, y así, comencé a echar la plática a otras cosas. Decíale
que veía liebres, y él saltaba:
-Pues empezaré por uno donde la comparo a ese animal.
Y empezaba luego; y yo, por divertirle, decía:
-¿No ve V. Md. aquella estrella que se ve de día?
A lo cual, dijo:
-En acabando éste, le diré el soneto treinta, en que la
llamo estrella, que no parece sino que sabe los intentos de ellos.
Afligíme tanto con ver que no podía nombrar cosa a que
él no hubiese hecho algún disparate, que cuando vi que llegábamos a Madrid, no
cabía de contento, entendiendo que de vergüenza callaría; pero fue al revés,
porque por mostrar lo que era, alzó la voz entrando por la calle. Yo le supliqué
que lo dejase, poniéndole por delante que si los niños olían poeta no quedaría
troncho que no se viniese por sus pies tras nosotros, por estar declarados por
locos en una premática [pragmática] que había salido contra ellos, de uno que lo
fue y se recogió a buen vivir. Pidióme que se la leyese si la tenía, muy
congojado. Prometí de hacerlo en la posada. Fuímonos a una, donde él se
acostumbraba apear, y hallamos a la puerta más de doce ciegos. Unos le
conocieron por el olor y otros por la voz. Diéronle una barahúnda de bienvenido;
abrazólos a todos, y luego empezaron unos a pedirle oración para el Justo Juez
en verso grave y sonoro, tal que provocase a gestos; otros pidieron de las
ánimas; y por aquí discurrió, recibiendo ocho reales de señal de cada uno.
Despidiólos, y díjome:
-Más me han de valer de trescientos reales los ciegos;
y así, con licencia de V. Md., me recogeré agora un poco, para hacer algunas de
ellas, y en acabando de comer oiremos la premática.
¡Oh vida miserable! Pues ninguna lo es más que la de
los locos que ganan de comer con los que lo son.
Capítulo III
De lo que hizo en Madrid, y lo que le sucedió hasta llegar a Cercedilla, donde
durmió
Recogióse un rato a estudiar herejías y necedades para
los ciegos. Entre tanto, se hizo hora de comer; comimos, y luego pidióme que le
leyese la premática. Yo, por no haber otra cosa que hacer, la saqué y se la leí.
La cual pongo aquí, por haberme parecido aguda y conveniente a lo que se quiso
reprehender en ella. Decía en este tenor:
Premática del desengaño contra
los poetas güeros, chirles y hebenes
Diole al sacristán la mayor risa del mundo, y dijo:
-¡Hablara yo para mañana! Por Dios, que entendí que
hablaba conmigo, y es sólo contra los poetas hebenes:
Cayóme a mí muy en gracia oírle decir esto, como si él
fuera muy albillo o moscatel. Dejé el prólogo y comencé el primer capítulo que
decía:
«Atendiendo a que este género de sabandijas que llaman
poetas son nuestros prójimos, y cristianos aunque malos; viendo que todo el año
adoran cejas, dientes, listones y zapatillas, haciendo otros pecados más
enormes, mandamos que la Semana Santa recojan a todos los poetas públicos y
cantoneros, como a malas mujeres, y que los prediquen sacando Cristos para
convertirlos. Y para esto señalamos casas de arrepentidos.
»Ítem, advirtiendo los grandes bochornos que hay en las
caniculares y nunca anochecidas coplas de los poetas de sol, como pasas, a
fuerza de los soles y estrellas que gastan en hacerlas, les ponemos perpetuo
silencio en las cosas del cielo, señalando meses vedados a las musas, como a la
caza y pesca, porque no se agoten con la prisa que las dan.
»Ítem, habiendo considerado que esta secta infernal de
hombres condenados a perpetuo concepto, despedazadores del vocablo y volteadores
de razones, han pegado el dicho achaque de poesía a las mujeres, declaramos que
nos tenemos por desquitados con este mal que las hemos hecho del que nos
hicieron en la manzana. Y por cuanto el siglo está pobre y necesitado, mandamos
quemar las coplas de los poetas, como franjas viejas, para sacar el oro, plata y
perlas, pues en los más versos hacen sus damas de todos metales, como estatuas
de Nabuco».
Aquí no lo pudo sufrir el sacristán y levantándose en
pie, dijo:
-¡Mas no, sino quitarnos las haciendas! No pase V. Md.
adelante, que sobre eso pienso ir al Papa y gastar lo que tengo. Bueno es que
yo, que soy eclesiástico, había de padecer ese agravio. Yo probaré que las
coplas del poeta clérigo no están sujetas a tal premática y luego quiero irlo a
averiguar ante la justicia.
En parte me dio gana de reír, pero por no detenerme,
que se me hacía tarde, le dije:
-Señor, esta premática es hecha por gracia, que no
tiene fuerza ni apremia, por estar falta de autoridad.
-¡Pecador de mí! -dijo muy alborotado-, avisara V. Md.
y hubiérame ahorrado la mayor pesadumbre del mundo. ¿Sabe V. Md. lo que es
hallarse un hombre con ochocientas mil coplas de contado y oír eso? Prosiga V.
Md., y Dios le perdone el susto que me dio.
Proseguí diciendo:
»Ítem, advirtiendo que después que dejaron de ser moros
(aunque todavía conservan algunas reliquias) se han metido a pastores, por lo
cual andan los ganados flacos de beber sus lágrimas, chamuscados con sus ánimas
encendidas, y tan embebecidos en su música que no pacen, mandamos que dejen el
tal oficio, señalando ermitas a los amigos de soledad. Y a los demás, por ser
oficio alegre y de pullas, que se acomoden en mozos de mulas».
-¡Algún puto, cornudo, bujarrón y judío -dijo en altas
voces- ordenó tal cosa! Y si supiera quién era yo le hiciera una sátira con
tales coplas que le pesara a él y a todos cuantos las vieran de verlas. ¡Miren
qué bien le estaría a un hombre lampiño como yo la ermita! ¡O a un hombre
vinajeroso y sacristando ser mozo de mulas! Ea, señor, que son grandes
pesadumbres esas.
-Ya le he dicho a V. Md. -repliqué- que son burlas, y
que las oiga como tales.
Proseguí diciendo: «Que por estorbar los grandes
hurtos, mandábamos que no se pasasen coplas de Aragón a Castilla, ni de Italia a
España, so pena de andar bien vestido el poeta que tal hiciese, y, si
reincidiese, de andar limpio un hora».
Esto le cayó muy en gracia, porque traía él una sotana
con canas, de puro vieja, y con tantas cazcarrias que para enterrarle no era
menester más de estregársela encima. El manteo, se podían estercolar con él dos
heredades.
Y así, medio riendo, le dije que mandaban también tener
entre los desesperados que se ahorcan y despeñan, y que como a tales no las
enterrasen en sagrado a las mujeres que se enamoran de poeta a secas. Y que
advirtiendo a la gran cosecha de redondillas, canciones y sonetos que había
habido en estos años fértiles, mandaban que los legajos que por sus deméritos
escapaban de las especerías, fuesen a las necesarias sin apelación.
Y, por acabar, llegué al postrer capítulo, que decía
así:
«Pero advirtiendo con ojos de piedad a que hay tres
géneros de gentes en la república tan sumamente miserables que no pueden vivir
sin los tales poetas, como son farsantes, ciegos y sacristanes, mandamos que
pueda haber algunos oficiales públicos de esta arte, con tal que puedan tener
carta de examen de los caciques de los poetas que fueren en aquellas partes,
limitando a los poetas de farsantes que no acaben los entremeses con palos ni
diablos, ni las comedias en casamientos, ni hagan las trazas con papeles o
cintas, y a los de ciegos, que no sucedan en Tetuán los casos, desterrándoles
estos vocablos: cristián, amada, humanal y pundonores; y mandándoles que, para
decir la presente obra, no digan zozobra, y a los de sacristanes, que no hagan
los villancicos con Gil ni Pascual, que no jueguen del vocablo, ni hagan los
pensamientos de tornillo, que mudándoles el nombre, se vuelvan a cada fiesta. Y
finalmente, mandamos a todos los poetas en común que se descarten de Júpiter,
Venus, Apolo y otros dioses, so pena de que los tendrán por abogados a la hora
de su muerte».
A todos los que oyeron la premática pareció cuanto bien
se puede decir, y todos me pidieron traslado de ella. Sólo el sacristanejo
empezó a jurar por vida de las vísperas solemnes, introibo y Chiries, que era
sátira contra él, por lo que decía de los ciegos, y que él sabía mejor lo que
había de hacer que nadie. Y últimamente dijo:
-Hombre soy yo que he estado en un aposento con Liñán,
y he comido más de dos veces con Espinel. Y que había estado en Madrid tan cerca
de Lope de Vega como lo estaba de mí, y que había visto a don Alonso de Ercilla
mil veces, y que tenía en su casa un retrato del divino Figueroa, y que había
comprado los gregüescos que dejó Padilla cuando se metió fraile, y que hoy día
los traía, y malos. Enseñólos, y dioles esto a todos tanta risa, que no querían
salir de la posada.
Al fin, ya eran las dos, y como era forzoso el camino,
salimos de Madrid. Yo me despedí de él, aunque me pesaba, y comencé a caminar
para el puerto. Quiso Dios que porque no fuese pensando en mal, me topase con un
soldado. Iba en cuerpo y en alma, el cuello en el sombrero, los calzones
vueltos, la camisa en la espada, la espada al hombro, los zapatos en la
faldriquera, alpargatas, y medias de lienzo, sus frascos en la pretina y un poco
de órgano en cajas de hoja de lata para papeles. Luego trabamos plática;
preguntóme si venía de la Corte; dije que de paso había estado en ella.
-No está para más -dijo luego- que es pueblo para gente
ruin. Más quiero, ¡voto a Cristo!, estar en un sitio, la nieve a la cinta, hecho
un reloj, comiendo madera, que sufriendo las supercherías que se hacen a un
hombre de bien. Y en llegando a ese lugarcito del diablo nos remiten a la sopa y
al coche de los pobres en San Felipe donde cada día en corrillos se hace consejo
de estado, y guerra en pie y desabrigada. Y en vida nos hacen soldados en pena
por los cementerios, y si pedimos entretenimiento nos envían a la comedia, y si
ventajas, a los jugadores. Y con esto, comidos de piojos y huéspedas, nos
volvemos en este pelo a rogar a los moros y herejes con nuestros cuerpos.
A esto le dije yo que advirtiese que en la Corte había
de todo, y que estimaban mucho a cualquier hombre de suerte.
-¿Qué estiman -dijo muy enojado- si he estado yo ahí
seis meses pretendiendo una bandera, tras veinte años de servicios y haber
perdido mi sangre en servicio del Rey, como lo dicen estas heridas?
Y quiso desatacarse. Y dije:
-Señor mío, desatacarse más es brindar a puto que
enseñar heridas.
Creo que pretendía introducir en picazos algunas
almorranas. Luego, en los calcañares, me enseñó otras dos señales, y dijo que
eran balas, y yo saqué por otras dos mías que tengo que habían sido sabañones. Y
las balas pocas veces se andan a roer zancajos. Estaba derrengado de algún palo
que le dieron porque se dormía haciendo guarda y decía que era de un astillazo.
Quitóse el sombrero y mostróme el rostro; calzaba dieciséis puntos de cara, que
tantos tenía en una cuchillada que le partía las narices. Tenía otros tres
chirlos que se la volvían mapa a puras líneas.
-Estas me dieron -dijo- defendiendo a París, en
servicio de Dios y del Rey, por quien veo trinchado mi gesto, y no he recibido
sino buenas palabras, que agora tienen lugar de malas obras. Lea estos papeles
-me dijo-, por vida del licenciado, que no ha salido en campaña, ¡voto a
Cristo!, hombre, ¡vive Dios!, tan señalado.
Y decía verdad, porque lo estaba a puros golpes.
Comenzó a sacar cañones de hoja de lata y a enseñarme papeles, que debían de ser
de otro a quien había tomado el nombre. Yo los leí y dije mil cosas en su
alabanza y que el Cid ni Bernardo no habían hecho lo que él. Saltó en esto y
dijo:
-¿Cómo lo que yo? ¡Voto a Dios!, ni lo que García de
Paredes, Julián Romero y otros hombres de bien, ¡pese al diablo! Sé que entonces
no había artillería, ¡voto a Dios!, que no hubiera Bernardo para un hora en este
tiempo. Pregunte V. Md. en Flandes por la hazaña del Mellado, y verá lo que le
dicen.
-¿Es V. Md. acaso? -le dije yo.
Y él respondió:
-¿Pues qué otro? ¿No me ve la mella que tengo en los
dientes? No tratemos de esto, que parece mal alabarse el hombre.
Yendo en estas conversaciones, topamos en un borrico un
ermitaño, con una barba tan larga que hacía lodos con ella, macilento y vestido
de paño pardo. Saludamos con el Deo gracias acostumbrado y empezó a alabar los
trigos y en ellos la misericordia del Señor. Saltó el soldado, y dijo:
-¡Ah, padre!, más espesas he visto yo las picas sobre
mí, y, ¡voto a Cristo!, que hice en el saco de Amberes lo que pude; sí, ¡juro a
Dios!
El ermitaño le reprehendió que no jurase tanto, a lo
cual dijo:
-Padre, bien se echa de ver que no es soldado, pues me
reprehende mi propio oficio.
Diome a mí gran risa de ver en lo que ponía la
soldadesca, y eché de ver que era algún picarón gallina, porque ya entre
soldados no hay costumbre más aborrecida de los de más importancia, cuando no de
todos. El ermitaño le dijo:
-Y ¿dónde dejó V. Md. el saco de Amberes, que ese me
parece de las Navas-, y que sería de más abrigo el de Amberes.
Rióse mucho el soldado de la pregunta, y el ermitaño de
su desnudez, y con tanto llegamos a la falda del puerto, el ermitaño rezando el
rosario de una carga de leña hecha bolas, de manera que a cada avemaría sonaba
un cabe; el soldado iba comparando las peñas a los castillos que había visto, y
mirando cuál lugar era fuerte y a dónde se había de plantar la artillería. Yo
iba mirando tanto el rosariazo del ermitaño, con las cuentas frisonas, como la
espada del soldado.
-¡Oh, cómo volaría yo con pólvora gran parte de este
puerto -decía-, y hiciera buena obra a los caminantes!
-No hay tal como hacer buenas obras -decía el santero.
Y pujaba un suspiro por remate. Iba entre sí rezando a silbos oraciones de
culebra.
En estas cosas divertidos, llegamos a Cercedilla.
Entramos en la posada todos tres juntos, ya anochecido; mandamos aderezar la
cena -era viernes-, y entre tanto, el ermitaño dijo:
-Entretengámonos un rato, que la ociosidad es madre de
los vicios; juguemos avemarías.
Y dejó caer de la manga el descuadernado. Diome a mí
gran risa al ver aquello, considerando en las cuentas. El soldado dijo:
-No, sino juguemos hasta cien reales que yo traigo, en
amistad.
Yo, codicioso, dije que jugaría otros tantos, y el
ermitaño, por no hacer mal tercio, aceptó, y dijo que allí llevaba el aceite de
la lámpara, que eran hasta doscientos reales. Yo confieso que pensé ser su
lechuza y bebérsele, pero ansí le sucedan todos sus intentos al turco.
Fue el juego al parar, y lo bueno fue que dijo que no
sabía el juego y hizo que se le enseñásemos. Dejónos el bienaventurado hacer dos
manos, y luego nos la dio tal que no dejó blanca en la mesa. Heredónos en vida;
retiraba el ladrón con las ancas de la mano que era lástima. Perdía una sencilla
y acertaba doce maliciosas. El soldado echaba a cada suerte doce votos y otros
tantos peses, aforrados en por vidas. Yo me comí las uñas y el fraile ocupaba
las suyas en mi moneda. No dejaba santo que no llamaba; nuestras cartas eran
como el Mesías, que nunca venían y las aguardábamos siempre.
Acabó de pelarnos; quisímosle jugar sobre prendas, y
él, tras haberme ganado a mí seiscientos reales, que era lo que llevaba, y al
soldado los ciento, dijo que aquello era entretenimiento, y que éramos prójimos,
y que no había de tratar de otra cosa.
-No juren -decía-, que a mí, porque me encomendaba a
Dios, me ha sucedido bien.
Y como nosotros no sabíamos la habilidad que tenía de
los dedos a la muñeca, creímoslo, y el soldado juró de no jurar más, y yo de la
misma suerte.
-¡Pesia tal! -decía el pobre alférez (que él me dijo
entonces que lo era)-, entre luteranos y moros me he visto, pero no he padecido
tal despojo.
Él se reía a todo esto. Tornó a sacar el rosario para
rezar. Yo, que no tenía ya blanca, pedíle que me diese de cenar, y que pagase
hasta Segovia la posada por los dos, que íbamos in puribus. Prometió hacerlo.
Metióse sesenta huevos, ¡no vi tal en mi vida! Dijo que se iba a acostar.
Dormimos todos en una sala con otra gente que estaba
allí porque los aposentos estaban tomados para otros. Yo me acosté con harta
tristeza, y el soldado llamó al huésped y le encomendó sus papeles en las cajas
de lata que los traía, y un envoltorio de camisas jubiladas. Acostámonos; el
padre se persinó, y nosotros nos santiguamos de él. Durmió; yo estuve desvelado
trazando cómo quitarle el dinero. El soldado hablaba entre sueños de los cien
reales, como si no estuvieran sin remedio.
Hízose hora de levantar. Pedí yo luz muy aprisa;
trujéronla, y el huésped el envoltorio al soldado, y olvidáronsele los papeles.
El pobre alférez hundió la casa a gritos pidiendo que le diese los servicios. El
huésped se turbó, y como todos decíamos que se los diese, fue corriendo y trujo
tres bacines, diciendo:
-He ahí para cada uno el suyo. ¿Quieren más servicios?
Que él entendió que nos habían dado cámaras [diarrea].
Aquí fue ella, que se levantó el soldado con la espada tras el huésped, en
camisa, jurando que le había de matar porque hacía burla de él, que se había
hallado en la Naval San Quintín y otras, trayendo servicios en lugar de papeles
que le había dado. Todos salimos tras él a tenerle, y aun no podíamos. Decía el
huésped:
-Señor, su merced pidió servicios; yo no estoy obligado
a saber que en lengua soldada se llaman así los papeles de las hazañas.
Apaciguámoslos, y tornamos al aposento. El ermitaño,
receloso, se quedó en la cama, diciendo que le había hecho mal el susto. Pagó
por nosotros y salímonos del pueblo para el puerto, enfadados del término del
ermitaño y de ver que no le habíamos podido quitar el dinero.
Topamos con un genovés, digo con uno de estos
antecristos de las monedas de España, que subía el puerto con un paje detrás, y
él con su guardasol, muy a lo dineroso. Trabamos conversación con él; todo lo
llevaba a materia de maravedís, que es gente que naturalmente nació para bolsas.
Comenzó a nombrar a Visanzón, y si era bien dar dineros o no a Visanzón, tanto
que el soldado y yo le preguntamos que quién era aquel caballero. A lo cual
respondió, riéndose:
-Es un pueblo de Italia, donde se juntan los hombres de
negocios, que acá llamamos fulleros de pluma, a poner los precios por donde se
gobierna la moneda.
De lo cual sacamos que en Visanzón se lleva el compás a
los músicos de uña. Entretúvonos el camino contando que estaba perdido porque
había quebrado un cambio, que le tenía más de sesenta mil escudos. Y todo lo
juraba por su conciencia, aunque yo pienso que conciencia en mercader es como
virgo en cantonera, que se vende sin haberle. Nadie, casi, tiene conciencia, de
todos los de este trato; porque, como oyen decir que muerde por muy poco, han
dado en dejarla con el ombligo en naciendo.
En estas pláticas vimos los muros de Segovia, y a mí se
me alegraron los ojos, a pesar de la memoria, que con los sucesos de Cabra me
contradecía el contento. Llegué al pueblo, y a la entrada vi a mi padre en el
camino, aguardando ir en bolsas, hechos cuartos, a Josafad. Enternecíme, y entré
algo desconocido de como salí, con punta de barba, bien vestido.
Dejé la compañía, y considerando en quién conocería a
mi tío -fuera del rollo- mejor en el pueblo, no hallé nadie de quien echar mano.
Lleguéme a mucha gente a preguntar por Alonso Ramplón y nadie me daba razón de
él, diciendo que no le conocían. Holgué mucho de ver tantos hombres de bien en
mi pueblo, cuando, estando en esto, oí al precursor de la penca hacer de
garganta y a mi tío de las suyas. Venía una procesión de desnudos, todos
descaperuzados, delante de mi tío, y él, muy haciéndose de pencas, con una en la
mano tocando un pasacalles públicas en las costillas de cinco laúdes, sino que
llevaban sogas por cuerdas. Yo, que estaba notando esto con un hombre a quien
había dicho, preguntando por él, que era yo un gran caballero, veo a mi buen tío
que echando en mí los ojos (por pasar cerca), arremetió a abrazarme, llamándome
sobrino. Penséme morir de vergüenza; no volví a despedirme de aquel con quien
estaba. Fuime con él, y díjome:
-Aquí te podrás ir mientras cumplo con esta gente; que
ya vamos de vuelta y hoy comerás conmigo.
Yo, que me vi a caballo, y que en aquella sarta
parecería punto menos de azotado, dije que le aguardaría allí; y así, me aparté
tan avergonzado, que a no depender de él la cobranza de mi hacienda, no lo
hablara más en mi vida ni pareciera entre gentes. Acabó de repasarles las
espaldas, volvió y llevóme a su casa, donde me apeé y comimos.
Capítulo IV
Del hospedaje de su tío, y visitas; la cobranza de su hacienda y vuelta a la
corte
Tenía mi buen tío su alojamiento junto al matadero, en
casa de un aguador. Entramos en ella, y díjome:
-No es alcázar la posada, pero yo os prometo, sobrino,
que es a propósito para dar expediente a mis negocios.
Subimos por una escalera, que sólo aguardé a ver lo que
me sucedía en lo alto, para si se diferenciaba en algo de la horca. Entramos en
un aposento tan bajo que andábamos por él como quien recibe bendiciones, con las
cabezas bajas. Colgó la penca en un clavo, que estaba con otros de que colgaban
cordeles, lazos, cuchillos, escarpias y otras herramientas del oficio. Díjome
que por qué no me quitaba el manteo y me sentaba; yo le dije que no lo tenía de
costumbre. Dios sabe cuál estaba de ver la infamia de mi tío, el cual me dijo
que había tenido ventura en topar con él en tan buena ocasión, porque comería
bien, que tenía convidados unos amigos.
En esto entró por la puerta, con una ropa hasta los
pies morada, uno de los que piden para las ánimas, y haciendo son con la cajita,
dijo:
-Tanto me han valido a mí las ánimas hoy como a ti los
azotados: encaja.
Hiciéronse la mamona el uno al otro. Arremangóse el
desalmado animero el sayazo, y quedó con unas piernas zambas en gregüescos de
lienzo, y empezó a bailar y decir que si había venido Clemente. Dijo mi tío que
no, cuando, Dios y enhorabuena, devanado en un trapo y con unos zuecos, entró un
chirimía de la bellota, digo, un porquero. Conocíle por el (hablando con perdón)
cuerno que traía en la mano. Saludónos a su manera, y tras él entró un mulato
zurdo y bizco, un sombrero con más falda que un monte y más copa que un nogal,
la espada con más gavilanes que la caza del Rey, un coleto de ant |