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I. MAUPASSANT Y SU VALORACIÓN EN EL MUNDO DE LAS LETRAS
A la hora de abordar un
estudio sobre Maupassant nos vemos obligados a emprender una lucha, a nuestro
modo de ver, legítima, contra dos tópicos que han ido minando la justa
valoración del autor normando, no sólo dentro de la literatura francesa del
siglo XIX, sino dentro de la literatura universal.
Por una parte,
tradicionalmente, Guy de Maupassant ha sufrido la rigidez de una crítica que lo
ha valorado con demasiada estrechez. Siendo un autor muy leído en todo el mundo,
su consideración como escritor no se ha correspondido con el éxito que tuvo en
su momento y que sigue teniendo entre el público.
El problema radica en que
casi siempre se han impuesto unos aspectos de su obra en detrimento de otros
muchos, tanto o más valiosos que aquellos. Nos estamos refiriendo a las dos
caras más conocidas de la escritura maupassantiana: el realismo costumbrista y
los cuentos de terror. Sin menospreciar estas vertientes, sentimos que han sido
explotadas sobremanera, dejando poco espacio a otras realidades escriturales,
como aquellas que, estéticamente, se encuentran más próximas al simbolismo,
incluso al surrealismo, o narratológicamente pertenecientes a géneros "menores"
como la crónica o el libro de viajes. Creemos, pues, que el estudio de la
realidad y la fantasía en los textos de Maupassant no puede hacerse sino desde
un enfoque plural y múltiple, ya que sólo así seremos capaces de desentrañar la
complejidad de su concepción sobre el hombre y el mundo, sobre la vida y la
muerte, sobre lo real y lo fantasmagórico. Sólo así Maupassant, todo Maupassant,
puede hacerse un sitio entre Flaubert, Zola, los Goncourt y el resto de grandes
escritores del siglo XIX francés.
Otro de los tópicos que hay
que desterrar es la presunta simplicidad de su escritura, de su estilo monocorde
y poco elaborado o de la chatedad de sus estructuras narrativas, consideraciones
todas éstas que ya emergieron en vida del autor y que desde entonces se han ido
perpetuando. Estas características, sin carecer de un fondo de verdad, distan de
ser exactas de un modo absoluto. Si leemos detenidamente las consideraciones de
Maupassant sobre el hecho de la escritura, veremos que para él se trata de algo
mucho más complejo y sutil que la producción en cadena de relatos cortos. A este
respecto sería recomendable la lectura de ese metadiscurso literario titulado
Le Roman que figura como prefacio a Pierre y Jean. En él Maupassant
nos presenta la labor del escritor, en el delicado equilibrio entre el juego
estilista y la escritura documental.
Quelque soit la chose qu’on veut dire, il n’y a qu’un mot
pour l’exprimer, qu’un verbe pour l’animer et qu’un adjectif pour la qualifier.
Il faut donc chercher, jusqu’à qu’on les ait découverts, ce mot, ce verbe, cet
adjectif, et ne jamais se contenter de l’à-peu-près (…) pour éviter la
difficulté.
(...) Il n’est point besoin du vocabulaire bizarre,
compliqué, nombreux et chinois qu’on nous impose aujourd’hui sous le nom
d’écriture artiste, pour fixer toutes les nuances de la pensée ; mais il faut
discerner avec une extrême lucidité toutes les modifications de la valeur d’un
mot suivant la place qu’il occupe (…) Efforçons-nous d’être des stylistes
excellents plutôt que des collectionneurs de termes rares. (Maupassant, Le
Roman)
Estas consideraciones, que
se ponen de manifiesto con evidencia en la redacción de sus novelas, no se
aprecian tanto en otros relatos, especialmente en la redacción de los cuentos,
cuyo estilo estaba sometido a las condiciones de publicación -el folletín-. Sin
embargo, detrás de ese realismo costumbrista, fácil y socarrón subyace una
finísima ironía que muy frecuentemente toma el cariz de una honda amargura,
cuando no de un negro y terrible pesimismo. Detrás de los relatos más eróticos o
mundanos se esconde una compleja consideración del universo femenino en la
intersección de la crisis finisecular que enfrenta el materialismo con el
espiritualismo, arrojando luz sobre la particular ontología maupassantiana.
Detrás de sus descripciones podemos percibir la exquisita sensibilidad a la luz
y el color del impresionismo y posimpresionismo, así como de los primeros pasos
del simbolismo. Detrás, por fin, del tema de la locura y el terror, el pavor
existencial de un hombre que lucha contra los demás y contra sí mismo, para ser
finalmente derrotado.
Esta versatilidad nos
permite descubrir la complejidad de un autor en el que se darán cita:
- una tradición romántica,
manifestada en su estrecha vinculación con la naturaleza y sus elementos
fantásticos;
- la asunción de criterios
positivistas, al dotar al conocimiento de una base esencialmente sensorial;
- una estética
impresionista, al querer captar la realidad en un momento preciso y fugaz,
traduciendo las impresiones experimentadas ante la naturaleza;
- una recreación simbolista
del universo, producto de la abundancia de imágenes poéticas, voluntariamente
alejadas del objetivismo naturalista;
- un adelanto del
surrealismo que habría de llegar y que Maupassant roza en sus incursiones por
el subconsciente y en temas anejos como el de la locura o el sueño.
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I. LA VIDA DE MAUPASSANT: una carrera contra sí mismo
Or si je devais jamais avoir assez de notoriété
pour qu'une postérité curieuse s'intéressât au secret de ma vie, la pensée
de l'ombre où je tiens mon cœur éclairée par des publications, des
révélations, des citations, des explications me donnerait une inexprimable
angoisse et une irrésistible colère (Maupassant, Lettre à une inconnue,
1890)
A efectos literarios Guy de Maupassant sólo vivió diez
años, los que separan la fecha de publicación de su primera gran obra -Boule
de Suif- en 1880, de la última -L’inutile beauté- en 1890. En tan
corto período condensó una ingente producción: una recopilación de versos,
siete obras de teatro, tres libros de viajes destinados a configurar un diario
que nunca llegó a escribir, ocho prefacios a obras diversas, dos estudios
críticos, unas doscientas crónicas periodísticas, más de trescientos cuentos y
novelas cortas reunidos en quince volúmenes y cinco novelas.
Este fulgurante paso por las letras no fue más que el
reflejo de su paso por la vida. Una existencia breve e intensísima que, en los
cuarenta y tres años que duró, le permitió gozar y padecer con la vehemencia
de quien sabe que la vida es un instante irrepetible y fugaz, condenado
irremisiblemente a desaparecer apenas ha surgido.
La vida de Maupassant se desarrollará siguiendo un
triple eje que condicionó toda su trayectoria vital:
la mujer; la naturaleza; la literatura.
En Maupassant, la recreación del universo femenino, la
consideración social de la mujer, el amor y el sexo, son en cierto modo
tributarios de la gran y poderosa influencia que Laure Le Poittevin, su madre,
ejerció sobre él hasta el final de sus días. La figura de la madre planeó
sobre el mayor de sus dos hijos proyectando en él su propio desencanto
existencial, su desprecio aristocrático por lo burgués, cierta tendencia
genética a la depresión y a los desórdenes neurológicos, pero también su
afición por la literatura. Entre ambos se desarrolló una relación simbiótica:
ella, al ser una mujer desencantada por un matrimonio frustrado, vertió en su
hijo toda su necesidad de afecto y protección insatisfechos; él, al carecer de
la figura paterna, pues el matrimonio entre Laure le Poittevin y Gustave de
Maupassant acabó tempranamente en divorcio, se volcó en su madre, que ejerció
de ambos progenitores.
Normandía, su tierra natal, dejó en él una profunda huella que no
desaparecería jamás. Desde muy pequeño sintió una pasión desbordada por
fundirse casi físicamente con la poderosa naturaleza de la región de los
acantilados. Durante muchos años recorrió sus costas, sus ciudades, sus
aldeas, sus bosques, experimentando verdaderos momentos epifánicos en ese
estrecho contacto con lo natural, muy especialmente con el medio acuático, del
que en ningún momento de su vida pudo mantenerse alejado, ya fuera en forma de
mar –el bravío Atlántico o el plácido Mediterráneo-, en forma de río –las
orillas del Sena– o cualquier arroyo, pantano o marisma.
Los paisajes normandos muchas veces contribuyen al
desarrollo de la acción de sus relatos o condicionan la psicología de los
personajes. Por ejemplo, en la novela Bel-Ami, el cínico protagonista
sólo recupera la sinceridad y la ternura cuando vuelve a su tierra, cerca de
Rouen, o en Notre coeur, en la que la única escena de amor verdadero
tiene lugar en el Mont-Saint-Michel.
El contacto íntimo con el medio natural, especialmente
durante su juventud y adolescencia, desarrolló en él una doble tendencia
estética y existencial que obviamente condicionaría años más tarde su
producción literaria.
Su juventud vio nacer en él las primeras inquietudes
poéticas, muy alentadas por su madre y por sus dos "tutores", que pronto lo
acogieron como pupilo: el poeta Louis Bouilhet y Gustave Flaubert. En aquellos
años, el joven Guy no pasaba de ser un poeta titubeante, imbuido de
romanticismo y parnasianismo, entregado a todo tipo de hazañas deportivas y a
sus primeros encuentros amorosos. Una vida ciertamente idílica cuya
despreocupación se truncaría con la llegada de la guerra franco-prusiana en
1870, en la que participó directamente.
Son muchos los relatos que tienen como asunto principal
o como trasfondo referencial ese terrible acontecimiento en la historia de
Francia; aunque, más que la guerra, el tema es, esencialmente, la derrota,
mucho más productiva estética y literariamente que el conflicto en sí mismo,
como podemos apreciar en uno de los grandes textos que la recrean, La
Débâcle, de Zola.
Superada su participación en la contienda, Maupassant entró como funcionario
en el Ministerio de la Marina. A partir de entonces la mayor parte de su vida
se verá vinculada al funcionariado ministerial, como un medio tedioso y
mediocre de asegurarse el pan. El trabajo y los tipos sociales que encontró en
su vida como oficinista aparecerán con relativa frecuencia en sus textos,
reflejados con una ácida ironía no exenta de cierta conmiseración, al
presentarlos como seres vegetativos que subsisten letárgicamente sin
percatarse de constituir un grupo más de los explotados por la sociedad.
Esta es la época que vio nacer sus primeros cuentos, una época de alternancia
constante entre la monotonía del trabajo del ministerio y la entrega a la
diversión desaforada a orillas del Sena. Al trasladarse a París buscó, casi
inconscientemente, un sustituto para su añorado mar normando. Las principales
localidades ribereñas de los alrededores de París -Asnières, Chatou, Bougival,
Poissy- vieron surgir a finales del siglo XIX un tipo especial de
establecimientos, mezcla de merenderos y cabarets, a donde acudían los
parisinos para disfrutar de un espacio campestre en el que bañarse, remar,
comer, bailar, etc. Fueron estos lugares, especialmente el de La Grenouillère,
donde Maupassant y sus amigos compartieron bebida, sexo, música y otra de sus
pasiones: la navegación.Aquellos años de
desenfreno aparecerán en muchos de sus cuentos, teñidos de la nostalgia del
tiempo irrecuperable, pues fue, sin duda, junto con su adolescencia normanda,
la mejor etapa de su vida, ajena aún al hastío, a la amargura y a la
enfermedad que le aguardaban acechantes.
J'étais un employé sans le sou; maintenant, je
suis un homme arrivé qui peut jeter des grosses sommes pour un caprice
d'une seconde. J'avais au coeur mille désirs modestes et irréalisables qui
me doraient l'existence de toutes les attentes imaginaires. Aujourd'hui,
je ne sais pas vraiment quelle fantaisie me pourrait faire lever du
fauteuil où je somnole.
Comme c'était simple, et bon, et difficile de vivre ainsi, entre le bureau
à Paris et la rivière à Argenteuil" (Maupassant, Mouche: 1169)
Ávido de todo tipo de placeres, Maupassant se entregó con apasionamiento
dionisíaco a esta faceta de su vida dominada por el agua y el sexo. Joven,
guapo y atlético, pronto fue reconocido por su maestría en ambos campos,
practicándolos con auténtica voracidad y cierta inconsciencia. Tanto es así
que este tipo de vida no tardaría mucho en pasarle la primera y más grave de
sus facturas: el contagio de la sífilis, fruto de esos múltiples encuentros
amorosos con las jóvenes prostitutas que solían acompañar a ese grupo de
amigos. Esta etapa de su vida quizás contribuyera a la configuración casi
ciclotímica de su personalidad, tendente a la alternancia extrema, que lo
llevaría periódicamente del desenfreno sensual a la melancolía meditabunda.
Mientras tanto los lazos con Flaubert se fueron estrechando. Convencido del
talento de su protegido, Flaubert lo fue introduciendo en los círculos
literarios más importantes del momento. En casa del "maestro" Maupassant
conoció a Taine, Daudet, Zola, Turgueniév o Goncourt, por ejemplo. En medio de
tanto talento consagrado, el joven Maupassant no pasaba de ser un personajillo
simpático y chocante, uno de tantos aspirantes a escritor en el que sólo
Flaubert parecía confiar. Más a gusto se sentía en el círculo de Catulle
Mendès, Villiers de L’Isle-Adam y Mallarmé.
Su acercamiento al movimiento naturalista, verdadero
protagonista de la literatura francesa del momento, tuvo más de cinismo que de
comunión de ideas. Sus contactos con el representante de esta corriente –Émile
Zola- fueron justificando su inclusión en círculos naturalistas, algo que
Maupassant consintió más por sentido de la oportunidad que por convicciones
estéticas o ideológicas, ya que, desde muy joven, nuestro autor defendió
férreamente su independencia en cualquiera de los ámbitos de su vida -amoroso,
moral, literario o político-.
Par égoïsme, méchanceté ou éclectisme, je veux
n'être jamais lié à aucun parti politique, quel qu'il soit, à aucune
religion, à aucune secte, à aucune école ; (…) j'ai peur de la plus petite
chaîne qu'elle vienne d'une idée ou d'une femme.(Maupassant, Lettre à
Catulle Mendès,1876)
1880 será un año clave en la vida de Maupassant: es el
año de su despegue literario y, paradójicamente, el inicio de la espiral de
pesimismo y trastornos de salud que lo acompañarán hasta el final, no muy
lejano, de su existencia. La difícil vida que Maupassant emprenderá a partir
de entonces será inversamente proporcional a su labor de escritor: cuanto peor
vaya la primera, mejor irá la segunda. Y es que el autor normando se lanzará
casi compulsivamente al trabajo, como quien se entrega a la bebida, para huir,
para olvidar, para agotarse hasta caer rendido y no pensar.
Literariamente asistimos al acontecimiento profesional
que le abrió las puertas del mundo de las letras: la colaboración con una
novelita en un volumen colectivo compuesto por relatos naturalistas de Alexis,
Céard, Huysmans, Maupassant y del propio Zola. El volumen se tituló Les
soirées de Médan, en alusión a la localidad donde Zola solía reunirse con
novelistas afines al naturalismo. Las novelas cortas que lo componen versan
todas ellas sobre la guerra de 1870, presentándola desde perspectivas
diferentes; no obstante, participan todas del sentimiento común de
desmitificación tanto del acontecimiento como de los participantes en él.
Maupassant contribuyó con Boule de Suif, sin duda la mejor de las
novelas que componen el libro. Narra la historia de una prostituta que viaja
en una diligencia por la Francia ocupada, en compañía de otros pasajeros
amedrentados, egoístas y engreídos -todo un símbolo de la nación dominada-,
que la menosprecian y humillan sin cesar. Hasta que un oficial alemán detiene
el coche y no les deja continuar su marcha en tanto que esa prostituta -Bola
de Sebo- no se acueste con él. Ante tal tesitura los mismos que la denigraban
antes la apoyan ahora, incitándola a sacrificarse por el bien común,
exculpándola por semejante acción, dado el loable fin que persigue. La pobre
prostituta termina por vencer la repugnancia que le provoca ese acto,
convencida de hacerlo por el bien de todos. Sin embargo, una vez consumado, y
libres para seguir su camino, el grupo de burgueses vuelve a su verdadero
carácter y cargan contra ella acusándola de inmoral, de desvergonzada y de
haberse vendido al invasor.
El mismo Flaubert y la
crítica en general hablaron con entusiasmo del texto de Maupassant, destacando
la fluidez de su escritura, la perspicacia en la presentación de los personajes
y su finísimo humor irónico.
Pero como ya dijimos, a
medida que se consolidaba su posición en los ambientes de letras, se iba
ennegreciendo su panorama personal. Por un lado aparecieron los primeros
trastornos en su estado de salud. Los síntomas de lo que no era sino el avance
de la sífilis fueron manifestándose a través de intensísimos dolores de cabeza
que le hacían descuidar su trabajo en el ministerio, creándole un ambiente muy
adverso entre sus compañeros y superiores. Se añadió, además, una esporádica
parálisis en el ojo derecho que empezó por dificultarle la lectura y la
escritura prolongadas y que terminaría por ocasionarle estados de ceguera
transitoria. Pero, a pesar de todo, consiguió ir sacando adelante su incipiente
producción, aunque muy a menudo en estrecha dependencia de sustancias calmantes
como el éter.
Ese mismo año de 1880 traerá
el duro golpe de la muerte de Flaubert. Ocurrida inesperadamente el 8 de mayo,
supuso para Maupassant algo más que la muerte de su padre espiritual, de su
mentor y maestro, de su amigo del alma y de su modelo como artista. Supuso el
inicio de un período de orfandad existencial y de desorientación creativa, a la
búsqueda de nuevos guías.
El final de tan intenso año
lo pasará junto a su madre en Córcega, disfrutando de una baja por enfermedad.
El contacto con lo meridional despierta en él nuevas ganas de vivir y de
confundirse con la explosión sensorial -luz, calor, color, olor- que le ofrece
el Mediterráneo. Sus retinas absorberán como si de un pintor impresionista se
tratara los paisajes de Ajaccio, Vico, Bastelica o Piana, que veremos luego en
las delicadas descripciones de muchas de sus páginas.
La renovación que supuso
para él ese viaje le hizo emprender con más ahínco, si cabe, su labor de
escritor, que compaginaba con la de cronista en Le Gaulois, el Gil
Blas y Le Figaro. Fruto de ese nuevo ímpetu es la aparición de su
novela corta La maison Tellier, unas páginas que participan de ese mismo
sentimiento colorista, alegre y brillante que el autor se trajo del
Mediterráneo. El texto nos narra las peripecias de un grupo de prostitutas
invitadas a la primera comunión de la sobrina de la Madame.
Maupassant encontró
rápidamente una enorme acogida entre el público europeo, especialmente el ruso,
que valoró determinadas características de su estilo, muy acordes con el talante
soviético como la espontaneidad y viveza del texto, la infiltración de lo
fantástico en lo cotidiano, el gusto por el detalle aparentemente nimio pero muy
pertinente o su tendencia más al sentimiento y a la sensibilidad que a la
reflexión intelectual. Este éxito hizo que nuestro autor se planteara la
posibilidad de dejar la narración corta y embarcarse en aventuras de mayor peso
como una gran novela; detrás de esa posibilidad se hallaba la frustración de
creerse un autor menor, incapaz de reunirse con los grandes escritores del
momento. Para Maupassant el cuento no era más que una manera de ganar dinero sin
demasiado esfuerzo; "las grandes palabras" pertenecían al teatro, a la poesía y
a la novela. Une vie es la respuesta a ese giro profesional que, sin
embargo, no consiguió desterrar de su producción los relatos cortos.
Une vie, primera gran
novela de Maupassant, es, en cierta medida, un compendio de sus obsesiones: la
incomprensión entre el hombre y la mujer -especialmente en el matrimonio-, la
dualidad que enfrenta la feminidad de la mujer con su maternidad y hacia la que
el autor experimenta una repugnancia casi física; su fascinación por el elemento
acuático y su pasión por Normandía. El texto es la historia de una decepción, de
la gran decepción que preside la vida de una recién casada que esperaba
demasiado de su marido, de su matrimonio, de su hijo. Toda la novela está, pues,
teñida de pesimismo, del mismo desencanto que se iba evidenciando cada vez con
mayor claridad en la personalidad de Maupassant. El cinismo de sus actitudes
primeras se va transformando poco a poco en una máscara de franco escepticismo
pesimista que actuará en todas las facetas de su vida: la artística, la moral,
la social, etc. Siempre que pueda hará alarde de ese nihilismo heredado de
Schopenhauer, cuya filosofía empezaba a calar entonces entre la intelectualidad
francesa.
A mediados de la década de
los ochenta su producción siguió un ritmo frenético, alternando la producción de
narración corta y los relatos más extensos, aumentando así el peso de su fama y
de sus ganancias. Esto empezó a granjearle enemistades, especialmente entre
algunos compañeros de profesión que, bajo las críticas a su estilo "plano",
demasiado popular y nada elaborado, escondían una profunda envidia y hostilidad
provocadas por sus enormes ventas, nacionales y extranjeras, así como por su
indiscutible éxito entre las mujeres.
En esta época aparecen su
segunda y tercera novela: Bel-Ami (1884) y Mont-Oriol (1887). La
primera presenta las andanzas de un arribista misógino y manipulador,
localizadas en el mundo del periodismo. Los personajes aparecen retratados con
enorme crueldad, tanto más cuanto que corresponden perfectamente a un ambiente
específico de la sociedad parisina de la época, dominado por el sexo y las altas
finanzas, la corrupción, el chantaje y el tráfico de influencias. Es evidente
que la acogida entre los periodistas no fue muy buena, pero el público en
general quedó entusiasmado con esta nueva muestra del genio narrativo de
Maupassant.
Mont-Oriol continúa
la tónica emprendida con la obra anterior en lo que a azote de las clases
dominantes se refiere. El objetivo es, esta vez, la aristocracia judía y su
concentración de poder financiero y político, como símbolo del capitalismo
emergente, con lo que Maupassant pasa a engrosar la corriente de antisemitismo
que recorría Europa. Las fuerzas actanciales que mueven el relato -dinero,
arribismo y amor- se generan como excluyentes y originan una serie de conflictos
sin solución que hacen participar al texto de la misma tónica ideológica de la
novela anterior. Se va intensificando su desprecio hacia ese mundo donde todo se
compra y se vende, y donde la única manera de sobrevivir es jugando con esas
mismas armas.
El final de esta década fue
para Maupassant una etapa en la que la muerte y la decrepitud comenzaron a
obsesionarlo y a convencerlo de que el hombre sólo ha sido creado para ser
destruido. Todo parece orientado a ese destino final, sinónimo de la nada. Poco
a poco el Maupassant más negro y desasosegado va ganando terreno al feliz y
vitalista que fue hasta entonces. Él mismo se daba cuenta de cómo en su
desdoblada personalidad se iba perfilando el dominio de ese "otro" oscuro, que
de huésped se estaba transformando en amo. El joven y brillante normando, el
devorador de placeres sensuales se veía vaciado progresivamente de sí mismo,
invadido por un ser que empezará a manipularlo, minando su voluntad, para acabar
por expulsarlo de sí mismo El tema del "otro" es para Maupassant algo más que
una anécdota literaria perteneciente al género fantástico, considerada desde una
perspectiva estética como la de Musset o Hoffmann; es un hondo conflicto
metafísico con repercusiones en su vida cotidiana (en varias ocasiones
experimentó alucinaciones en las que se veía a sí mismo escribiendo o mirándose
en un espejo sin ver su reflejo). Ante esa situación sólo dos salidas son
posibles: sacar provecho de esa dualidad, dominándola (Bel-Ami), o
soportar semejante sensación de desesperación y alienación hasta que sea
posible; el límite lo pondrá la sombra de la locura que se cierne amenazadora,
ante la cual solo queda la muerte como opción.
Quizá el estado de salud de
su hermano Hervé tuviera algo que ver con la sombría evolución del pensamiento
de Maupassant. Hervé comenzó a sufrir ciertos "ataques" que eran los
prolegómenos de una enfermedad nerviosa que Maupassant interpretó como el
preludio de lo que fatalmente podría sucederle a él.
En medio de tan abrumador
estado mental apareció Le Horla, uno de sus mejores cuentos y
contribución esencial a la literatura fantástica de la época. El cuento es, en
cierta medida, un ejercicio catártico respecto a sus miedos, angustias y
amarguras. Supone la exposición de ese tema del "otro" vinculado estrechamente
al de la locura, a lo que se añade la fatalidad del destino del hombre, juguete
en las manos de fuerzas desconocidas que lo manipulan. La única solución para
recuperar el yo desahuciado es asesinar a ese invasor, pero ese "asesinato"
tiene siempre la forma de suicidio.
Como si fuera consciente de
que sus trastornos de salud avanzaban más aprisa que él, Maupassant aprovechó
las escasas treguas que le concedían sus neuralgias y episodios de ceguera, amén
de sus frecuentes lapsus de memoria, para seguir escribiendo. Al año siguiente a
la aparición de Le Horla lo hacía Pierre et Jean. Es ésta una
novela que desarrolla detenidamente otra de las obsesiones de Maupassant: el
hijo bastardo. Tras una trama muy sencilla- la descomposición de una familia
burguesa al recibir el hijo menor la herencia imprevista de un amigo de los
padres- se esconde la ansiedad que provoca la ilegitimidad, la mentira y la
volubilidad de la mujer. Como siempre, la acogida popular fue muy buena, pero
más que nunca las críticas censuraron su tono triste y negativo, cuando no
francamente deprimente. Intentando huir de ese "tono" que no era sino el suyo
propio, el autor normando viaja, sin darse tregua, al poderoso sur mediterráneo
y al norte de África, buscando infructuosamente un bálsamo para su mente y su
cuerpo doloridos.
Fort comme la mort,
que apareció en 1889, insiste de nuevo en la desesperación, esta vez centrada en
la inexorabilidad del paso del tiempo, encarnada en un pintor cuyo arte se está
quedando anticuado y que se ve impotente para recuperar sus años más jóvenes.
Detrás de él se esconde un "anciano" novelista de treinta y cuatro años sumido
en la amargura de una vejez prematura. En este texto se pone de manifiesto la
paradoja existencial de Maupassant: a pesar de su creciente pesimismo cree que
merecería la pena vivir en este mundo si nos tomásemos la molestia de vivirlo en
plenitud en lugar de pasar de puntillas por él, preocupados sólo por los
intereses materiales. Pero la inmensa mayoría de la gente no lo hace y vivir
rodeado por ellos se convierte en una tortura:
Ils vivent, disait-il, à côté de tout, sans rien
voir et rien pénétrer ; à côté de la science qu'ils ignorent à côté de la
nature qu'ils ne savent pas regarder ; à côté du bonheur, car ils sont
impuissants à jouir ardemment de rien ; à côté de la beauté du monde ou de
la beauté de l'art, dont ils parlent sans l'avoir découverte, et même sans
y croire, car ils ignorent l'ivresse de goûter aux joies de la vie et de
l'intelligence.(Maupassant, Fort comme la mort, cfr. Cogny, 1968:
37).
Cuando murió Hervé, la salud y el estado mental de
Maupassant estaban tremendamente resentidos. La enfermedad que se iba
apoderando de él, verdadera invasora de su cuerpo y su razón, lo fue
transformando en un ser en permanente estado de excitación y locuacidad,
avasallador y mentiroso. En los momentos de lucidez empezó a plantearse si
todo aquello no sería el precio que debía pagar por los excesos cometidos años
atrás. Sin embargo, antes de que ese enemigo lo vaciara por completo de sí
mismo, Maupassant tendría aún tiempo de terminar sus tres últimos textos.
Le jardín des oliviers, cuyo protagonista es un
sacerdote que ha perdido la fe, nos ofrece de nuevo la recopilación de sus
obsesiones: la bastardía, la perfidia femenina, la fatalidad de nuestro
destino o el suicidio. L’ inutile beauté desarrolla el horror
patológico del autor frente a la materialidad del cuerpo femenino, incidiendo
también en la progresiva repulsión que experimenta por la dimensión corporal
del Hombre, resultado, sin duda, de su propia decadencia física. En esta
novela la desesperación se deriva de no poder encontrar una mujer ideal,
desprovista del lastre del cuerpo, estéril pero sexualmente activa, ajena a la
enfermedad y la descomposición. La imposibilidad de encontrarlo vuelve las
iras del autor contra el Creador, un dios despreocupado e irresponsable en las
manos del cual el hombre es un simple accidente pasajero.
Notre coeur (1890)
insiste en la figura maléfica de la mujer, monstruo devorador de hombres que
atrae tanto como repugna.
Después de esta última obra,
Maupassant no escribirá más. Únicamente podrá esbozar un último texto, L’
Angelus, que es una durísima diatriba contra Dios por su incompetencia a la
hora de crear al hombre.
El "otro" que había acabado
con una mente que ya no distinguía entre realidad y fantasía se cebaba ahora en
su cuerpo. Llevado al extremo por los dolores y las alucinaciones, alternando la
demencia con brevísimos episodios de cruel lucidez, intentó suicidarse en varias
ocasiones durante una misma noche, pero fracasó en todas. Terminó por ser
internado, como su hermano, en una clínica a la que acudió con la docilidad de
quien ya no es responsable de sí mismo. Maupassant ya estaba muerto para la
literatura y para sus amigos y familiares. Murió el de julio de 1893. Editores,
escritores y artistas asistieron a su entierro, donde Zola leyó un sentido
discurso de despedida al joven normando, que pasó por la vida como un cometa y
salió de ella con idéntica fugacidad.
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III. LA ANGUSTIA EXISTENCIAL
Comúnmente se ha estudiado el pesimismo maupassantiano
como una consecuencia de sus trastornos mentales, y pocas veces se ha hecho
referencia a su vinculación con el estado de las ideas a finales del siglo XIX.
Maupassant era un hombre de su tiempo, y como otros muchos, sufrió el
desencanto, la depresión y la angustia de una época huérfana de esperanzas.
III. 1 La crisis finisecular
Los comienzos del 2º Imperio fueron buenos; las
condiciones económicas y sociales habían superado ya las tristes épocas
anteriores, y existía un cierto clima optimista en Francia. Dentro de ese
ambiente de renovada confianza y entusiasmo se produjo una verdadera
revolución de las ideas. Desde esta perspectiva, la línea maestra seguida en
la segunda mitad del siglo XIX fue la del culto a la ciencia como modelo
ontológico y existencial, cuyo paradigma fue sin duda la doctrina positiva de
Auguste Comte (1798-1857).
La ideología positiva no
suponía sólo una renovación de las ciencias, sino el camino para acceder a una
reforma total de la moral y la sociedad. Para llevar a cabo esta reforma era
preciso contar con instrumentos básicos como el razonamiento y la observación,
el estudio del "cómo" y no del "por qué" o del "para qué" de los diferentes
fenómenos, cuyo funcionamiento se habría de regular sin investigar su causa
primera y ateniéndose a lo dado por los sentidos lejos de lo trascendente o
ideal.
Una interpretación simplista
de la doctrina positiva, llevada por la animadversión hacia el idealismo
romántico anterior, centró la doctrina de Comte únicamente en su postura
antimetafísica, excluyendo de ésta cualquier aspecto relacionado con lo
trascendente. Esto provocó que la metafísica en cualquiera de sus
consideraciones entrase en una época de desprestigio y desfase y que se
considerase como inadaptada a los tiempos modernos.
La fe religiosa fue
sustituida por la fe científica, y lo que antes se le pidió a la religión ahora
se le pedía a la ciencia. Se esperaba que la ciencia fuera la panacea y el
remedio para todos los males, y que lo fuera de inmediato. Los científicos eran
considerados como los sacerdotes modernos, dispuestos a mejorar en poco tiempo
el mundo, la sociedad y las creencias. Llegados a este extremo poco importaba el
alcance de los descubrimientos a largo plazo si no tenían una aplicación casi
instantánea y si no respondían a las necesidades físicas y espirituales de cada
individuo. Se impuso un cierto estoicismo positivista que preconizaba la
adaptación del hombre al mundo tal y como es, una pieza más de su mecánica,
debiendo contentarse con el aquí, ignorando el más allá. Obviamente, esto no fue
así. La gente, poco a poco, fue desconfiando de un cientifismo que no tenía
todas las respuestas. Se abrió entonces una nueva época para Francia, un giro
ideológico que caracterizaría el final de siglo y la entrada en el nuevo.
Los últimos años del XIX
fueron duros y críticos para este país: se puede hablar de la crisis de los años
80, de un descontento generalizado, de una pésima situación económica y de
frecuentes desórdenes sociales que anunciaban la emergencia de nuevas
conciencias; todo esto sumado a la terrible derrota ante Alemania, fue creando
el caldo de cultivo más idóneo para el pesimismo generalizado.
En estos momentos tan
decisivos se abrió pasó en Francia la filosofía de Schopenhauer. Entronca así el
pesimismo del filósofo con el pesimismo natural del país. A partir de aquí se
empezó a considerar el espíritu científico inmediatamente anterior como un medio
para hacer más patentes las limitaciones del ser humano. Asistimos a un regreso
a cuestiones básicas como "¿De dónde venimos?", "¿A dónde vamos?", "¿Quiénes
somos?", en definitiva, una vuelta al "por qué" trascendente tras el fracaso y
la insatisfacción del "cómo" positivista.
En medio de esta vorágine se
encontraba el joven Maupassant, abriéndose camino en la literatura y en la vida.
Un joven un joven abrumado por esa evolución ideológica ante la cual no pudo
defenderse con las armas que la madurez proporcionó a otros personajes
igualmente afectados, como Zola, permitiéndoles ver el peligro que entrañaba
seguir las doctrinas de Schopenhauer hasta sus últimas consecuencias. Maupassant,
imbuido de las ideas del filósofo alemán -especialmente las expresadas en sus
Pensées et maximes, traducidos al francés por Bourdeau-, condicionado por
acontecimientos de su vida privada y por influencias familiares, siguió al pie
de la letra una ideología que concluía que el sufrimiento es la condición misma
de la vida humana y que es absurdo defenderla, pues sólo engendra dolor, aunque
sólo sea por la fatalidad que condena de antemano todos y cada uno de nuestros
actos.
Ahora bien, el pesimismo
entró en la conciencia de Maupassant como algo anecdótico y pintoresco, una
suerte de ligero pesimismo de espectador que fatalmente se empezó a interiorizar
y a existencializar con el paso del tiempo.
Depuis quelques années déjà
un phénomène se passe en moi. Tous les événements de l'existence qui, autrefois,
resplendissaient à mes yeux comme des aurores, me semblent se décolorer.(…) Tout
se répète sans cesse et lamentablement. La manière même dont je mets en rentrant
la clef dans la serrure, la place où je trouve toujours mes allumettes, le
premier coup d'oeil jeté dans ma chambre quand le phosphore s'enflamme, me
donnent envie de sauter par la fenêtre et d'en finir avec ces événements
monotones auxquels nous n'échappons jamais.(Maupassant, Suicides, 1883:
176-177).
Pero esta actitud nihilista
y desencantada luchó durante años contra el vitalismo inherente a nuestro autor,
contra ese afán libertino de disfrutar de los placeres de la vida y esa ansia
romántica de conseguir un estado de plenitud y armonía.
Maupassant perseguiría,
inútilmente, ese equilibrio armónico durante toda su vida, tanto en el amor,
como en la naturaleza, el trabajo, en los otros, y en sí mismo. La conciencia de
esa imposibilidad intensificó aún más su amargura y su decepción respecto a la
condición humana. La idea del hombre en sociedad se viste de negro pesimismo
para nuestro autor. Las novelas y algunos de sus cuentos nos muestran un mundo
terrible en el que, hombres y mujeres, en tanto que colectividad, son incapaces
de albergar ni siquiera sentimientos elementales de conmiseración y piedad; una
simple interacción entre los individuos es del todo imposible, ya que éstos sólo
persiguen su propio interés.
El conjunto social es
percibido por Maupassant como una mera reunión de individualidades inconexas que
condenan al hombre a la más absoluta soledad. "Soledad social" podría ser un
término adecuado para definir el paradójico estado de nuestro autor en el mundo.
Desencantado de todos, manipulado por algunos, desconfiado por naturaleza, el
escritor normando creyó que en semejantes condiciones la única manera de
sobrevivir era la soledad más completa, y así quiso ponerlo en práctica. No
obstante, esa soledad a la que él mismo se abocaba entrañaba una serie de
peligros que la hacían temible: en la soledad de sus refugios, de su barco, de
sus viajes, Maupassant ve levantarse la sombra de sus terrores, los fantasmas
más ocultos que esperaban esos momentos para torturarlo. De modo que el alivio
para defenderse de una sociedad hipócrita, cínica y egoísta se convierte a su
vez en una amenaza de la que huye sin cesar.
Il nous faut autour de nous, des hommes qui pensent
et qui parlent. Quand nous sommes seuls longtemps, nous peuplons le vide
de fantômes.(Le Horla, p. 921
Ni siquiera el aislamiento le brindará el refugio
buscado: su vida será un contradictorio y desesperante vaivén de la soledad a
la muchedumbre y viceversa.
III.2 La mujer y lo femenino: el ideal imposible
En el sistema de personajes
de las novelas y cuentos de Maupassant, la mujer tiene un protagonismo absoluto,
ya sea directa o indirectamente, como héroe o como fuerza actancial. Lo mismo
ocurría en la vida del autor.
Como en otros aspectos, en
lo referente al universo femenino convergen dos líneas importantes: la
influencia familiar y el contexto ideológico de la época. Ya vimos con
anterioridad el papel decisivo que jugó la madre de Maupassant en la vida de su
hijo. Se trataba de una feminidad absoluta que invadió algunos órdenes que no le
correspondían: la esfera paterna y la sentimental, principalmente. Esto puede
llevarnos a la conclusión de que, en cierta medida, la madre jugó también el
papel de ese "otro" usurpador que acosaba la mente de nuestro autor. Sin
embargo, este protagonismo materno no tuvo la lógica consecuencia que cabría
esperar –el alejamiento absoluto de las mujeres- sino todo lo contrario- su
persecución frenética e indiscriminada?. Las innumerables relaciones sexuales
que tuvo Maupassant a lo largo de su corta vida tuvieron más de comportamiento
compulsivo que de actitud seductora. Fueron relaciones que se sucedieron sin
criterio, ni físico ni psicológico, con la única vaga preferencia por aquellas
de baja extracción social.
La concepción maupassantiana
de la feminidad es ligeramente diferente cuando se proyecta sobre ella un
criterio social. Las mujeres de clase social más baja o claramente marginal son
asumidas desde la más pura carnalidad, una carnalidad tranquila y benévola,
porque Maupassant considera que el hecho de vender sus cuerpos es infinitamente
menos grave y peligroso que vender sus sentimientos y su moral, tan recta como
la de la más virtuosa de las burguesas; porque sus contactos nunca aspiran a ir
más allá de la fugacidad del encuentro sexual; porque, sin aspiraciones
intelectuales, no representan ningún peligro para el hombre El tema de la
prostitución es, pues, enormemente recurrente en sus textos, como ocurría en los
de la mayoría de los grandes novelistas de la época (Goncourt, Huysmans), entre
los que es obligado mencionar a Zola, autor, a nuestro parecer, de la más
lograda novela de prostitución, Nana verdadero mito de la feminidad
terrible. Recordemos que nos encontramos en la IIIª República, lejos ya de la
época del Orden Moral de Mac Mahon, que sin duda habría hecho perseguir este
tipo de obras. En la República, por el contrario, se despertó el interés de la
clase media por formas de vida "más relajadas", ajenas a la hipócrita rigidez
burguesa; de ahí que se pusieran de moda cafés, cabarets y burdeles, donde los
prejuicios de la clase "decente" dejaban paso a una morbosa curiosidad. Este
sentimiento de crítica a la sociedad burguesa subyace en relatos como La
maison Tellier o Boule de Suif, aunque no resulta tan evidente como
para justificar una posible interpretación estrictamente sociológica del texto.
Más complejas son las
relaciones con las mujeres pertenecientes a la nobleza. Con ellas la carnalidad
no tiene cabida, pues su racionalidad las iguala peligrosamente al hombre y
obstaculiza su sexualidad. Las mujeres que se llevan la peor parte son las
burguesas "de medio pelo", son ellas las que manipulan al hombre y lo
esclavizan, las que emplean su sexualidad como arma para calmar su propia
insatisfacción a costa del otro.
Maupassant entra en el mundo
femenino persiguiendo una felicidad utópica y ajena al paso del tiempo, pero con
la certeza de que las relaciones entre hombre y mujer son el ámbito menos
propicio para encontrarla. El desencuentro básico entre el hombre y la mujer se
basa en el "bovarysmo" de ambos. Son seres que persiguen un ideal amoroso que en
el triste caso de ser alcanzado deja inmediatamente de serlo y se transforma en
decepción, insatisfacción y espejismo. A esto hay que añadir que, si bien el
hombre necesita a pesar suyo a la mujer, ésta no tiene tanta necesidad del
hombre como del Amor mismo.
La historia del matrimonio
como institucionalización del amor está salpicada de obstáculos infranqueables,
especialmente la divergencia de los caminos seguidos por el hombre y por la
mujer: durante la juventud, el idealismo de ella choca con el realismo de él y,
en la madurez, la espiritualización del amor convertido en ternura para el
marido se encuentra con una revitalización de la pasión en la mujer.
Esta imposibilidad de
encuentro armónico con el otro sexo hunde también sus raíces en el conflicto
ideológico de finales de siglo que enfrentó dos paradigmas de mujer: la
feminidad etérea, inaccesible, pura y angelical con la feminidad terrible, toda
carnalidad sexo y fecundidad. Son dos modelos que se excluyen respectivamente y
en cuya tensión dialéctica se debaten muchas conciencias.
Con el paso de los años, la
misoginia del pensamiento maupassantiano se va tiñendo de venganza contra la
mujer, que nos es presentada no sólo como un ser veleidoso e inconstante, sino
también como manipuladora y engañosa, un verdadero precipicio que atrae
irremisiblemente al hombre a su perdición, pues lo degrada y lo vuelve indigno.
J'ai aimé cette femme d'un élan frénétique.. Et
cependant est-ce vrai - L'ai-je aimée - Non, non, non. Elle m'a possédé âme
et corps, envahi, lié. J'ai été, je suis sa chose, son jouet. J'appartiens à
son sourire, à sa bouche, à son regard, aux lignes de son corps, à la forme
de son visage, je halète sous la domination de son apparence extérieure ;
mais Elle, la femme de tout cela, l'être de ce corps, je la hais, je la
méprise, je l'exècre, je l'ai toujours haïe, méprisée, exécrée ; car elle
est perfide, bestiale, immonde, impure ; elle est la femme de perdition,
l'animal sensuel et faux chez qui l'âme n'est point, chez qui la pensée ne
circule jamais comme un air libre et vivifiant, elle est la bête humaine ;
moins que cela : elle n'est qu'un flanc, une merveille de chair douce et
ronde qu'habite l'Infamie (Fou ? 1882, p.522 ).
III.3 Comunión con el cosmos
El contacto con la naturaleza acercará más a Maupassant
a esa plenitud imposible e incluso a la utópica posibilidad de escapar de sí
mismo. Prueba de ello es la mayor tendencia a asociar el elemento natural con
experiencias gozosas que con el tema de la desgracia en sus diferentes
manifestaciones.
Sus textos nos demuestran
cómo en su primera época consiguió llegar a una verdadera comunión sensorial con
el cosmos. Revitalizando tendencias románticas anteriores, el autor normando no
pudo resistirse a la tentación de abandonarse, de envolverse y sumergirse en la
Naturaleza como única manera de sentirse auténticamente vivo, presa gustosa de
los sentidos y del instinto. Obviamente, hay en ese abandono algo de liberación
y de huida respecto al yo más racional. Se trata, como hemos dicho, de una
aprehensión eminentemente sensorial del universo, que se complace en alejar la
reflexión o la elaboración intelectual que Maupassant consideraba valorada en
exceso.Fueron muchas las ocasiones en que declaró preferir una mujer a cualquier
forma de arte, detestar la música o menospreciar a los grandes maestros de la
pintura universal.
Il faut sentir, tout est là, il faut sentir comme
une brute pleine de nerfs qui comprend qu'elle a senti et que chaque
sensation secoue comme un tremblement de terre (…). (Maupassant, Lettre à
Emile Straus, 1888)
Maupassant pretende una fusión con el universo en tanto
que conjunto de elementos naturales –agua, tierra, montañas, vegetación,
animales–, una interacción instintiva muy alejada del amor o la fascinación
racional que puede producir en el hombre, porque el conocimiento no es
entendido como un proceso racional o intelectual, sino instintivo y
sensorial.
L’intelligence, aveugle et laborieuse inconnue, ne
peut rien savoir, rien compren dre, rien découvrir que par les sens. Ils
sont (...) les seuls intermédiaires entre l’Universelle Nature et Elle (Maupassant,
"La nuit", La vie errante)
Esta supervaloración de los sentidos va a tener
unas repercusiones directas en su manera de hacer literatura.
Estéticamente, como muchos de los artistas de la época,
nuestro autor se nos aparece como un gran visual, un hombre que representa el
universo a través del sentido de la vista.
Mes yeux ouverts, à la façon d’une bouche affamée,
dévorent la terre et le ciel. Oui, j’ai la sensation ente et profonde de
manger le monde avec mon regard, et de digérer les couleurs comme on
digère les viandes et les fruits. (Maupassant, Chroniques "Vie d’un
paysagiste", Gil Blas, 28/9/1886).
El ojo era para el escritor normado algo más que el
órgano de la visión, era su instrumento como escritor, su herramienta de
seducción y su manera de comprender el mundo, de ahí la desesperación que le
produjo su creciente ceguera, pues La bacteria causante de la sífilis que
sufrió Maupassant, la espiroqueta pálida, ataca en primer lugar al nervio
óptico
Su aprehensión de la realidad natural es, pues,
eminentemente sensorial y como tal queda vertida en los fragmentos
descriptivos del texto, siguiendo dos procedimientos:
- Una voluntad de captación
de la realidad en un instante estético preciso, al modo de la técnica
impresionista "alla prima". Esta captación del instante preciso se fundamenta
en la difícil transcripción de la luz y el color, elementos básicos de la
"impresión". En la crónica "Vida de un paisajista" Maupassant reflexiona sobre
la dificultad del arte que pretende reflejar las múltiples variaciones
cromáticas y los distintos efectos lumínicos que hacen de un cuadro y de una
descripción un momento único e irrepetible.
- Una versión de la
realidad transformada sinestésicamente, en la que los sentidos se confunden y
se mezclan recreando un cosmos repleto de imágenes poéticas.
Je demeurais haletant, si grisé de sensations,
que le trouble de cette ivresse fit délirer mes sens. Je ne savais plus
vraiment si je respirais de la musique, ou si j’entendais des parfums, ou
si je dormais dans les étoiles. (Maupassant, "La nuit", La vie errante)
El indudable protagonismo de los sentidos en la
narrativa del último tercio del XIX es el punto en el que se reúnen las
tendencias más dispares, convergiendo en algunos textos de Maupassant.
Realismo objetivo, realismo científico, naturalismo y simbolismo beben de la
misma fuente sensorial, haciéndose herederos de Hume, Locke o Condillac, con
los que comparten la idea de la experiencia sensual como origen de la
estructuración mental del hombre.
La vivencia del cosmos es en Maupassant un claro
exponente de lo que podríamos denominar su "simbolismo narrativo". Maupassant
se acerca al simbolismo naciente a través de la estructura psicosensorial,
cuyos mecanismos se desencadenan al contacto con el medio natural. De hecho,
él mismo es consciente de que esta particular percepción del universo, se va
haciendo cada vez más común en esa nueva manera de hacer arte.
... l’intelligence a cinq barrières entrouvertes et
cadenassées qu’on appelle les conq sens, et ce sont ces cinq barrières que
les hommes épris d’art nouveau secouent aujourd’hui de toutes leurs forces.
(Maupassant, op. cit.).
Maupassant muestra su admiración por Rimbaud y
Baudelaire, a los que llama "exploradores de sensaciones imperceptibles"
destacando ante todo ese éxtasis sensorial que les hace capaces de ver y
degustar los sonidos o de esas irreales "audiciones cromáticas". ¿Maupassant
simbolista? ¿Por qué no? Puede ser una consideración arriesgada, pues es un
camino apenas esbozado por su temprana muerte, pero algunos de sus textos nos
muestran que su trayectoria habría seguido la evolución de la estética del
siglo.
Podemos incluso atrevernos a ir más allá. Si a su
voluntad de trascender la mera representación de la naturaleza por medio de
los sentidos y transformarla en poesía añadimos su vertiente onírica y algunos
de sus rasgos fantásticos, podríamos aventurar un Maupassant precursor del
futuro surrealismo.
Las tendencias que acabamos
de presentar son objeto de reflexión teórica en sus libros de viaje,
especialmente
La vie errante, y son recreadas poéticamente en
uno de sus cuentos más logrados, Sur l’eau, un texto en el que, pese a
su brevedad, se dan cita tanto una técnica impresionista en la recreación del
paisaje como una simbolización del mismo, producto de la subjetividad del yo
que percibe, sin que falte tampoco el elemento terrorífico.
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IV. EL REALISMO MAUPASSANTIANO.
En Les romanciers
naturalistes, obra clave para la consideración teórica del naturalismo
literario, Zola redacta una lista de escritores a los que, no sin cierta
ingenuidad, coloca sin fisuras del lado del naturalismo. Un estudio un poco más
profundo de los autores que menciona opondría no pocas matizaciones a una
clasificación harto simplista. Cualquiera puede ver hoy que casi son más las
diferencias que las semejanzas que pueden establecerse entre autores como
Flaubert, los hermanos Goncourt, Alphonse Daudet, Huysmans, Balzac, Stendhal o
Maupassant, tanto más cuanto que la mayor parte de ellos experimentaron en su
creación una intensa evolución que les haría participar de diferentes corrientes
literarias.
En lo que respecta al autor
que nos ocupa, este panorama demasiado uniforme suscitaría al menos dos
apreciaciones.
La primera consiste en que
al reunir a autores pertenecientes a dos o incluso a tres generaciones
diferentes, Zola hizo tabula rasa de los interesantes vericuetos por los
que discurrió la literatura desde el romanticismo hasta el naturalismo. A
nuestro parecer, entre ambas maneras de concebir el hecho literario existen una
serie de fases intermedias que justifican la evolución que llevó de uno a otro
(ver capítulo dedicado a Zola.)
La segunda apreciación es la
necesaria matización respecto al lugar que ocupa Maupassant en esta evolución.
A pesar de su juventud si lo
comparamos con otros autores, tradicionalmente se le ha considerado como
naturalista y, como ya vimos, él mismo alentó interesadamente esta adscripción.
Pero en realidad su escritura está lejos de poder ser tan fácilmente
clasificable. Es cierto que con el naturalismo -entendido tradicionalmente como
equivalente al "realismo científico"- Maupassant tiene en común algunos puntos
como su rechazo a la estética romántica o al estilo artístico y rebuscado, la
consideración de que todo es susceptible de ser materia narrativa, desde lo
excelso a lo execrable, o su conciencia sensorialista. Como los maestros del
realismo, Maupassant prefiere siempre suprimir los análisis psicológicos de los
personajes y sustituirlos por la observación de sus hechos, sus gestos, su
fisionomía, incluso, tanto o más reveladores que la investigación de los
mecanismos de la mente.
Sin embargo, despreciaba las
aspiraciones cientifistas del naturalismo, su método preparatorio de trabajo, y,
obviamente, no creía en esa objetividad absoluta. Su trabajo literario tampoco
parte de un planteamiento que pretenda englobar el retrato de toda la sociedad,
como sucede en el caso de Zola; su voluntad de no escribir sobre aquellas
realidades que desconoce, unida a su negativa a trabajar con fichas y documentos
informativos previos, podría explicar la ausencia de las clases populares y
proletarias en sus textos.
Si en aras de una mayor
claridad expositiva debiéramos situarlo en una tendencia concreta, sería más
bien dentro del realismo objetivo. Es en el seno de esta corriente donde más
acomodo puede encontrar su escritura basada esencialmente en el poder de la
observación, ajena a cualquier dimensión épica o política, fuertemente irónica y
distanciada, pero igualmente cuidada, debido quizá a la influencia ideológica y
artística de Flaubert. Como su maestro, Maupassant no cree en la posibilidad de
un texto como copia exacta de la realidad. Según él, la labor del escritor está
en hacer de sus páginas una recreación de la realidad para la que es
indispensable la labor del autor tamizando y enriqueciendo artísticamente esa
reproducción. Nada más lejos, pues, que la pretendida literatura científica
promulgada desde los textos teóricos de Zola (Le Roman expérimental) o de
Duranty.
Pero no debemos olvidar que
sus obras tampoco pertenecen de un modo absoluto a ese realismo objetivo. Hay en
ellas una fisura que con el tiempo se va convirtiendo en brecha, por donde
escapan aspectos ajenos a la realidad, ya sea por los terribles senderos de la
enajenación y el terror, o por el inexplorado mundo de los sueños y la
imaginación. En definitiva, la escritura maupassantiana emerge eclécticamente de
la convergencia de diferentes tendencias que se excluían en la literatura de
finales del XIX: el estilo -ritmo, lirismo, esteticismo- y la observación, el
costumbrismo y la fantasía, el realismo y la poeticidad.
IV.2 Su producción
narrativa.
La producción narrativa de
Maupassant se divide en tres grupos diferenciados a priori en cuanto a su
extensión:
la novela, la novela corta, el cuento.
La diferencia entre la primera y las otras dos formas es
bastante evidente: además de las características derivadas de la mayor
extensión de las novelas respecto a los relatos cortos, las primeras están
escritas en una tercera persona omnisciente de carácter heterodiegético,
mientras que los segundos alternan una primera y tercera personas, siempre
intradiegéticas, como veremos más adelante. Pero no lo es tanto en lo
concerniente a las dos últimas. Maupassant no distingue entre cuento y novela
corta, llamándolos "cuentos", "novelitas" o incluso "historietas",
indistintamente. La novela y la novela corta presentan frente al cuento una
mayor variedad de escenas encadenadas con asombrosa agilidad; tienen, además,
la posibilidad de presentar un mayor número de personajes desdoblados en
actantes y comparsas, muchos de los cuales son el prototipo del grupo, de la
clase o del carácter que representan (la histérica, el arribista, el
fracasado, el campesino).
Al desarrollarse con más
detenimiento, las coordenadas espacial y temporal están sujetas a una mayor
elaboración: las descripciones son más detalladas y proclives a recreaciones
poéticas; los retratos trascienden el mero nivel descriptivo para convertirse en
sutiles prolepsis que anuncian el devenir de los acontecimientos; el tiempo del
relato y el de la acción se ven manipulados hábilmente por la acción del
narrador para conseguir oportunos efectos narrativos (Así en Bel-Ami, por
ejemplo, esta descompensación temporal está encaminada a privilegiar
aquellos acontecimientos que más pueden contribuir a perfilar el carácter del
personaje central.) Todos estos recursos no son sino soterradas manifestaciones
de la presencia oculta de un narrador omnisciente, que está, pero que no se ve.
El cuento es un género de
moda en la segunda mitad del siglo XIX, caracterizado por una serie de
condicionantes externos que no podemos eludir. El primero de ellos es el acceso
de las clases populares a la lectura, terreno hasta entonces exclusivo de la
nobleza y la burguesía. Este nuevo espectro de lectores va a modificar la
materia, la estructura de la narrativa e incluso las condiciones de edición de
las obras, que intentarán responder a los intereses de ese nuevo y masivo
receptor.
El soporte periodístico es
otro de los grandes condicionantes del cuento, imponiendo una serie de "leyes"
capaces de determinar todo un género literario. La redacción de los mismos,
siempre sometida a la premura de la inmediatez que conlleva el vehículo
periodístico, carece de las minuciosas revisiones y correcciones que podían
hacerse al tratarse de la publicación en volúmenes. Obviamente, la extensión de
los textos estaba también determinada por el periódico, que la limitaba a dos
mil quinientas o tres mil palabras. Incluso en tono de los cuentos es
susceptible de adaptarse a la orientación del periódico: así, los cuentos
aparecidos en el Gil Blas eran normalmente más ligeros que los de Le
Gaulois.
Desde el punto de vista
narrativo, los cuentos de Maupassant esconden casi una mayor elaboración que sus
obras más extensas, y resultan ciertamente más interesantes, especialmente por
el hecho de presentar un rasgo distintivo que los hace más próximos a la
narrativa moderna: la persona del narrador.
Generalmente sus cuentos
están dominados por el imperativo de ser la transcripción de un relato oral,
cuyo tono, extensión, intensidad o manipulación dependen enteramente del
narrador. Un estudio estadístico de los relatos breves de Maupassant nos muestra
que, si bien existe alternancia entre la tercera y primera persona, son más los
cuentos que optan por esta última, presentando a un narrador-testigo, héroe o
confidente de una historia que ya ha tenido lugar en el pasado y que suele
relatar a un público reducido. Esa primera persona aparece sola o combinada con
la tercera según la estructura narrativa elegida, mientras que los relatos
narrativamente lineales, ampliados por desarrollo, suelen estar caracterizados
por la tercera persona de un narrador omnisciente y heterodiegético. Los cuentos
de estructura un poco más elaborada, los ampliados por inserción, suelen
presentar varias voces narrativas en una misma o en diferentes personas. Se
trata de cuentos que empiezan con un relato-marco o principal en el que se
insertan uno o varios relatos secundarios favorecidos por una serie de
situaciones anecdóticas como las tertulias entre amigos que cuentan sus
experiencias, las cartas, diarios o testamentos, o los recuerdos. Esta polifonía
narrativa ofrece, entre otras, la ventaja de ser el vehículo idóneo para la
expresión de la ironía o para la profunda representación de la naturaleza humana
a través del contraste de los diferentes puntos de vista, ya que lo real no es
aprehendido de la misma manera por todos los narradores, del mismo modo que
tampoco es recibido de manera uniforme por los distintos auditores.
Narratológicamente, podemos
encontrarnos con diferentes situaciones:
·un mismo narrador en los dos niveles, principal y
secundario y, por consiguiente, de una misma persona narrativa (1ª persona
habitualmente);
una misma persona narrativa desdoblada en dos narradores
diferentes; una tercera persona que introduce el relato-marco y que da paso a
una primera persona en el relato secundario.
La preferencia de Maupassant
por la primera persona nos muestra que supo eludir una de las grandes paradojas
del realismo: la tercera persona.
El objetivismo de base
sensorial promovido por los realismos, debería haber desembocado en una primera
persona, pero se mantuvo en la tercera. Los argumentos esgrimidos se basaban en
que lo que verdaderamente interesaba no era la intimidad de este héroe vulgar
sino su comportamiento en la sociedad, que no es sino otra esfera de lo público.
Sin embargo, como buen hijo ilegítimo del Romanticismo, el realismo no fue capaz
de mantenerse en la pura exterioridad, sin indagar en las tribulaciones de sus
personajes o en su evolución existencial. Dado que el regreso a la primera
persona era impensable en aquel momento, se optó por algunas soluciones
intermedias como los diálogos, la puesta en abismo, la focalización en un
personaje o el estilo indirecto libre, antes de llegar al monólogo interior y a
la primera persona recuperados para la modernidad por Edouard Dujardin y Marcel
Proust.
Pues bien, Maupassant, tan
poco comprometido con las premisas del realismo como con las de cualquier otro
movimiento, eligió la primera persona, consciente de que ése era el vehículo
idóneo tanto para la expresión de la psicología de los personajes como para
favorecer el acercamiento al lector y la idea de verosimilitud.
Incluso cuando emplea la
tercera persona, Maupassant no suele obedecer a la voluntad objetivista del
naturalismo, especialmente si observamos el tratamiento de que es objeto la
coordenada espacial y el nivel descriptivo. Éste está dominado por una minuciosa
observación que tiende a subjetivizar la realidad, colmándola de imágenes
poéticas que la contemplación del espacio natural provoca en su sensibilidad e
imaginación; persigue entonces hacer de la realidad algo único y diferente del
resto, como si no existiera fuera de la percepción de ese yo que la contempla.
Como ya hiciera Zola, para Maupassant el valor de la realidad estriba en el
sujeto que la percibe y no en ella misma, pues no cabe percepción alguna del
objeto sin el sujeto.
IV.3.1 El género
fantástico.
A grandes rasgos podríamos
considerar este género como aquel que trata de hechos extraordinarios que
irrumpen en la vida cotidiana, provocando el efecto psicológico de la
incertidumbre en los que los presencian o los que los leen. En la mayoría de los
casos estos hechos, que permanecen arrinconados en el subconsciente por nuestro
yo racional, adquieren su plena rentabilidad literaria según el tratamiento de
que sean objeto por parte del narrador, de modo que su efectividad depende más
de la manipulación narrativa que de su propia naturaleza. Luego se trata de
textos que adquieren su pleno carácter en la combinación de distintos factores
como el tema, su particular presentación o la recepción por el lector, a quien
se le plantea el dilema entre aceptar o no los hechos sobrenaturales
presentados.
Desde Jacques Cazotte
(1710-1792), creador del cuento fantástico en francés moderno, se sucedieron
distintas generaciones de escritores que participaron con mayor o menos
intensidad en este género: Charles Nodier, Nerval, Balzac, Gautier,
Mérimée,Villiers de L’Isle-Adam, Leconte de Lisle, Verlaine Catulle Mendès o
Lautréamont. Todos ellos entendieron el concepto de lo fantástico como el punto
en que convergen lo cotidiano y lo sobrenatural, ya sea en el sueño, la locura o
la hipnosis.
Al entender que la fuerza de
lo inexplicable radica, curiosamente, en la verosimilitud de acontecimientos
inverosímiles, la generación de Maupassant llevó a cabo una renovación del
cuento fantástico, saturado ya de fantasmas y vampiros góticos y románticos.
Hacia 1860 el género se deja empapar por el giro ideológico de finales de siglo.
Como ya vimos en páginas anteriores, asistimos al final del antropocentrismo y a
la constatación de las imperfecciones humanas, entre ellas la relatividad de la
información sensorial o el alcance de nuestros conocimientos. Esto, sumado a
otros factores políticos y sociales, provoca ese ennui fin de siècle de
neurosis, drogas, promiscuidad y sectas pseudo-religiosas, más fuerte aún que el
mal du siècle romántico.
Literariamente, tal
renovación consiste en la supresión de decorados y seres sobrenaturales y en la
localización de lo sobrenatural en la realidad, haciéndolo, por consiguiente,
más inquietante. Esta nueva concepción de lo fantástico nace de los misterios de
la vida diaria presentados frecuentemente desde la garantía de fiabilidad del
narrador, muy a menudo, un médico o un juez. Los temas se orientan, como la
sociedad finisecular, hacia el ocultismo, las formas anormales de la conciencia,
el magnetismo y la hipnosis, el gusto más o menos científico por las más
diversas patologías mentales o los efectos alucinógenos de sustancias como el
éter y el cloroformo. Dentro de este contexto el papel de Maupassant es
decisivo.
Lo fantástico maupassantiano
toma nota de la influencia de las doctrinas materialistas y de que las
conciencias ya no pertenecían a las ciegas creencias metafísicas, sino que se
movían en el terreno de la duda; sus cuentos no recurren, pues, a efectismos
irreales; prefieren siempre mantenerse en el límite de lo posible, de lo
incierto, de la confusión pesadillesca donde lo real y lo imaginario
desconciertan primero y aterran después. Los héroes de estos relatos son hombres
sin complicaciones aparentes, que viven felices y gozan de buena salud física y
mental, hasta que el azar -siempre nefasto en Maupassant- les sitúa frente a
"otra" realidad. Desterrados ya los castillos encantados y los seres
horripilantes, el terror se encarna en los objetos cotidianos: un espejo, una
cabellera, una mano.
Las dos grandes fuerzas
actanciales que mueven la dinámica de estos relatos son, sin duda, el miedo y la
locura. Dependiendo en mayor o menor medida de éstas aparece una variedad
temática en la que destacan: la perturbación de la personalidad, la animación de
objetos -La main-, la presencia de cosas o seres fantásticos -La peur-,
alteraciones de la causalidad, la alucinación, la hipnosis, leyendas populares y
fuerzas o seres metafísicos -Le Horla-.
Para Maupassant lo
fantástico no es algo que se imponga al hombre desde fuera, es producto de sí
mismo; surge cuando se desata el miedo, entendido como un choque psicológico a
consecuencia de la irrupción de manifestaciones extraordinarias y desconocidas,
muchas veces producto de errores sensoriales del propio individuo, a lo que a
menudo se suma ese miedo ancestral y supersticioso de creencias heredadas,
propias de mitos y leyendas. A menudo basta un acontecimiento imprevisto, un
error de percepción auditiva o visual, para que la razón flaquee y el relato se
vea inmerso de pronto en el espacio de lo extraño y angustioso. Son
acontecimientos que siempre tienen lugar en la soledad, principal aliada del
miedo. Sin embargo, lo fantástico no radica tanto en la naturaleza de esos
fenómenos cuanto en el modo en que se experimenta el miedo, esa fuerza
poderosísima que envuelve al hombre, que lo invade y se apodera de él sin que
pueda comprenderlo, ni dominarlo.
La locura se abre paso
progresivamente en los cuentos de Maupassant como lo hizo en su vida. Pero el
hecho de que tal estado atrajera su interés como objeto de literatura y que más
tarde fuera una experiencia personal no nos faculta para pensar que el talento
de Maupassant como escritor fantástico se deba al hecho de que estuviera loco.
Más bien habría que puntualizar que a pesar de su enfermedad fue capaz de llevar
a cabo una ingente producción. Sus obras no son pues el resultado de una
patología mental que se desarrolló años más tarde; no emergen del inconsciente
de un enajenado; son, al contrario, una especie de ejercicio catártico, de
exorcismo de una voluntad tremendamente lúcida y enérgica.
Como el miedo, la locura es
también un estado tributario de la soledad que queda transformada en enfermedad
- autoscopia- cuando irrumpe en ella la figura del Otro. Ese "otro"
maupassantiano responde en un principio a la necesidad de tener un interlocutor
dócil y cómplice, tal y como aparece en Le Docteur Héraclius Gloss. Pero
sucede que ese mismo interlocutor no se resigna a su papel subalterno y comienza
a usurpar el sitio del amo. De modo que asistimos a una intensificación de esa
presencia obsesiva que evoluciona desde el tono paródico y despreocupado de las
primeras manifestaciones hasta convertirse en una verdadera amenaza para el
autor, apareciendo entonces acompañada de otros elementos como el crimen, el
sadismo o el suicidio.
En sus textos la locura no
tiene nunca causas hereditarias, siempre obedece a una causa externa,
-fantástica o no- que convulsiona al individuo y lo destroza
psicológicamente. Esa causa torna imposible la asunción de una realidad ahora
nefasta para el individuo, y provoca la huida hacia otra realidad paralela, la
de la enajenación. De modo que, a pesar de su carácter trágico, la locura
aparece como un refugio donde todo es posible, donde el yo puede recuperar su
vida aunque sea pagando el caro tributo del suicidio mental.
IV.3.2 Lo real
maupassantiano: el universo galante y la guerra
Si la dimensión fantástica
estaba poblada por horror ante lo inexplicable, la atracción por la locura o la
angustia ante la muerte, la dimensión real se nutre de un retrato nada
complaciente de la sociedad finisecular dominada por las apariencias, las
manipulaciones, el arribismo y la hipocresía (Bel-Ami). La visión de
nuestro autor sobre sus contemporáneos es de un cínico pesimismo donde cualquier
esperanza queda abortada (Une vie), donde el arte queda anulado por el
artificio (Fort comme la mort). Sin embargo, dentro de su producción de
cuentos, esa visión de lo real adopta frecuentemente la forma de un costumbrismo
mundano basado en la mujer.
De las dos funciones que
ésta desempeñaba a ojos de los novelistas de la época -esto es, el amor y la
maternidad-, la segunda mitad del XIX siempre prefirió la primera como sujeto de
ficción. Las mujeres son consideradas por Maupassant como seres eminentemente
fisiológicos. Si a un amor fisiológico le añadimos un tinte de crítica social a
la doble moral y una defensa de lo natural e instintivo, encontramos el marco
idóneo para el desarrollo de este costumbrismo: la prostitución.
Como vimos en páginas
precedentes, las prostitutas recreadas por Maupassant suponen la otra cara de lo
femenino. El autor vierte sobre ellas su comprensión y ternura, sentimientos
éstos que empapan relatos como La maison Tellier o Les soeurs Rondoli,
en los que el pesimismo maupassantiano apenas tiene cabida bajo el peso de
la despreocupación, la naturalidad y la sincera alegría de sus personajes Estas
mujeres representan el amor sin complicaciones, sin falsedades, el encuentro
esporádico y sin ataduras. Su marginalidad les hace curiosamente libres para dar
rienda suelta a sus sentimientos y no suponer un lastre para el hombre. Al igual
que las campesinas normandas que habitan las aldeas perdidas, las prostitutas
encarnan la vertiente más instintiva del amor, la que no implica ataduras
sentimentales. Es la única opción que Maupassant concede a la relación amorosa,
cualquier otra está condenada al fracaso y la desgracia.
Este tipo de cuentos arranca
con una de las estructuras anecdóticas más frecuentes en los textos galantes de
Maupassant: el encuentro casual. Esta estructura tiene mucho que ver con la
concepción maupassantiana de lo femenino. La acción suele empezar en un tren, en
un hotel, un parque o en cualquier otro lugar de paso. La elección de estos
espacios trae de nuevo la idea de que las relaciones entre el hombre y la mujer
no pueden ni deben ser nada definitivo. Normalmente, tras establecer un contacto
más o menos superficial, el hombre se lanza a la conquista sin encontrar
prácticamente ningún obstáculo Apenas iniciada la aventura, ésta se rompe, pero
se presiente el inicio de otra nueva.
Ya tuvimos ocasión de
mencionar la opinión que la guerra merecía para Maupassant, pero ahora nos
adentraremos un poco más en este tema que planea como una sombra funesta en no
pocos de sus textos.
En la mayoría de ellos
encontramos un conflicto bélico particular -la guerra franco-prusiana de 1870-
capaz de penetrar tanto en las mentes como en la naturaleza. La imagen que los
textos nos ofrecen del conflicto está teñida por la vergüenza y el desaliento
que políticos y militares provocan en ese joven normando que no entiende por qué
las diferencias entre los países deben dirimirse de la peor manera posible,
siempre a costa de los mismos: el pueblo. Su visión de la guerra no se limita a
aspectos de simple exaltación patriótica; junto con el sentimiento de venganza
presenta también una visión de la estupidez tanto de un bando como de otro, así
como un retrato mediocre y miserable de los que en ella participaron,
despojándolos de cualquier atisbo de heroicidad. Porque los verdaderos héroes no
son aquellos que hacen la guerra, sino los que la padecen.
En su repercusión sobre las
personas aparece asociado siempre a circunstancias dramáticas como la miseria,
la prostitución, la locura, la destrucción o la venganza. Pero podemos apreciar
que la guerra no sólo extiende su manto de muerte y desolación sobre las
personas sino también sobre el espacio y los elementos. Lo natural, tan benéfico
normalmente para los personajes, se vuelve hostil, se transforma en una fuerza
actancial que parece querer expulsar al invasor con su agresividad. De ahí que
la acción transcurra en un decorado donde predomina la adversidad cósmica, como
la lluvia, el hielo, la nieve o el viento, normalmente en sus manifestaciones
más extremas.
La guerra contra Prusia,
vivida personalmente por Maupassant, supone el paradigma de todos los males que
acarrea cualquier conflicto. No obstante, Maupassant llevó a cabo reflexiones
sobre otras circunstancias bélicas en las que Francia no jugaba ya el papel de
víctima sino de verdugo. Nos estamos refiriendo a la expansión colonial francesa
llevada a cabo a partir de 1880 por el Norte de África y por Asia, lo que
provocó la guerra con China en 1885.
Son interminables los
desastres que provoca la guerra a ojos de Maupassant. Nuestro autor se rebela
principalmente contra el exterminio gratuito de vidas humanas, de jóvenes que
podrían trabajar, producir y ser útiles a su país. Sus críticas adquieren la
forma de llamada a la rebelión popular, ante la ausencia de reacción de los
pueblos que sufren las arbitrarias y terribles decisiones de unos gobernantes
caprichosos y megalómanos.
¿Cómo es posible, se
pregunta Maupassant, que si matar a alguien es un crimen, no lo sea matar a
miles de personas; que si robar es algo vergonzoso, invadir sea un signo de
victoria? No entiende cómo se permite que en poco tiempo los generales acaben
con veinte años de progreso, de esfuerzos y paciencia, de trabajo y pensamiento,
de ciencia y de cultura. Porque, al margen de las terribles pérdidas humanas, la
guerra supone la desaparición de la ley, la justicia, los valores morales y el
orden.
Entrer dans un pays, égorger l’homme qui défend sa
maison (…) brûler les habitations des misérables gens qui n’ont plus de
pain, casser des meubles, en voler d’autres, boire le vin trouvé dans les
caves, violer les femmes trouvées dans les rues, brûler des millions de
francs en poudre, et laisser derrière soi la misère et le choléra. (Maupassant,
Chroniques, "La Guerre", Gil Blas, 1883).
A diferencia de otros autores que también trataron el
tema de la guerra, los cuentos de Maupassant no se centran en la descripción
del conflicto, en la agonía de las tropas, en las escaramuzas en el frente o
en las tragedias de la retaguardia, en las heroicidades o miserias de los
soldados. Maupassant ve la guerra a través de los ojos de los que la sufren, o
mejor dicho, de "las" que la sufren: las mujeres. El universo femenino se
despliega ante nosotros como un mundo destrozado, abandonado y, sin embargo,
con tanta o más fortaleza que los combatientes. Las mujeres en la guerra
adoptan en estos textos distintas formas de venganza contra aquellos que las
han humillado, las han maltratado como el invasor humilla y maltrata la tierra
invadida. Y esas venganzas, que muchas veces acaban con la propia muerte de la
mujer, son terribles en su limitación, en la particularidad de un acto
singular sin grandes repercusiones.
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V. LIBROS DE VIAJES Y CRÓNICAS PERIODÍSTICAS.
Como ya dijimos
anteriormente, hay facetas en la labor escritural de Maupassant tan poderosas
que han terminado por eclipsar otras menos conocidas pero igualmente
interesantes. Paradójicamente, son estas labores "menores" las que nos ofrecen
una información más valiosa y sincera sobre su personalidad, su idea del hecho
literario, sus influencias o sus opiniones sociales y políticas. Y, lo que es
más, muchas de las obras de creación beben directamente de las fuentes que
suponen estos escritos.
Como la mayor parte de los
escritores de su entorno, Maupassant colaboró con regularidad en distintos
periódicos -el Gaulois, el Gil Blas, Le Figaro y L’Écho
de Paris- que vieron también publicarse en sus páginas gran número de los
cuentos de nuestro autor. En sus casi doscientas crónicas encontraremos el
armazón ideológico sobre el cual edificaría sus cuentos y novelas.
Sus impresiones respecto a
la sociedad decimonónica aparecen con regularidad en crónicas como "À propos du
peuple", donde manifiesta su desdén por esta parte de la sociedad y su
admiración por la nobleza, aunque esta actitud no excluye su sincera comprensión
e incluso su conmiseración por los explotados del sistema social, ya sean
proletarios o miembros del funcionariado ("Les fonctionnaires"). Como se puede
observar especialmente en sus novelas, la imagen de la sociedad está teñida del
mismo pesimismo que invade otros aspectos, como la política, el arte o la
religión:
Nous vivons dans une société affreusement bourgeoise,
timorée et moraliste (ne pas confondre avec morale). Jamais, je crois, on
n'a eu l'esprit plus étroit et moins humain. (Maupassant, "Le préjugé du
deshonneur")
El papel de la mujer en las relaciones amorosas o en la
sociedad se deja traslucir con la sinceridad y la desesperación del que busca
un ideal imposible; estos sentimientos y opiniones supondrán la base de sus
textos de ficción: la contradictoria condición femenina, el matrimonio como
imposibilidad, el adulterio, la mujer intelectual ("L’art de rompre", "Politiciennes").
La angustia existencial y el nihilismo maupassantiano
aparecen vinculados al irremediable paso del tiempo en crónicas como "Charla
triste". Es en textos como éste donde podemos apreciar que gran parte del
desencanto de Maupassant proviene de su constatación de la imparable
degradación física a la que nos somete el tiempo, algo insuperable para quien
tanto confiaba en el poder del cuerpo, de los sentidos y de la fisiología como
lazos que nos vuelven a acercar a lo natural.
Lorsque les cheveux blancs apparaissent et qu'on
perd chaque jour, dès la trentaine, un peu de sa vigueur, un peu de sa
confiance, un peu de sa santé, comment garder sa foi dans un bonheur
possible - (Maupassant, "Causerie triste")
Desde esta perspectiva, la vida es sólo un sueño que se
quiere real, pero no es más que una ilusión pasajera. Todo en la vida es pura
utopía: Dios, el amor, el progreso, todo menos la muerte, la única certeza, el
último gran temor. Ahora bien, ese temor, ese terror a la muerte que acecha,
¿no es acaso prueba del apego que a pesar de todo Maupassant tenía a la vida?
La política también es objeto de sus reflexiones, no más
optimistas que las vertidas sobre otros aspectos El blanco de sus diatribas es
el imperialismo del gobierno francés, que trae consigo la terrible injusticia
de la opresión del más débil y los desastres de la guerra, siempre inútil ("Lettre
d’Afrique"). Maupassant supo ver con exacta claridad los mecanismos ocultos
del poder, los intereses económicos y las manipulaciones financieras, algo que
caracterizó la política interior francesa en los últimos treinta años del
siglo, hasta el punto de verse convertido en la anécdota de diversas novelas
de la época, como L’argent, de Zola ("À qui la faute?").
La naturaleza no podía estar
ausente de estos escritos. La agreste tierra normanda, como la sensual y
ardiente África o la colorista Italia, aparecen aquí, como ya vimos en algunos
de sus cuentos, como motivo de recreación estética y como espacio ideal donde
escapar a la fatalidad ("Les africaines").
Finalmente podemos descubrir
en algunas crónicas a un Maupassant crítico literario, dotado de una singular y
acertada visión sobre el devenir de las letras en ese final de siglo. En
crónicas como "El amor en los libros y en la vida" podemos descubrir a un autor
tremendamente preocupado por la arquitectura de sus obras, por la idoneidad del
lenguaje empleado, por la justa medida entre el arte y la realidad.
Otras páginas están
dedicadas al enjuiciamiento de obras clásicas y contemporáneas, lo que
desmentiría la pretendida limitación de sus lecturas. En ellas podemos apreciar
los gustos del autor normando, entre los que destaca la poesía. Desde la poesía
del siglo XVI hasta el simbolismo -Rimbaud, Baudelaire, Swinburne o Poe-,
pasando por Victor Hugo. En el terreno de la prosa o el teatro declara su
admiración por Rabelais o autores clásicos como Molière o Madame de Sévigné.
Pero, por encima de estos géneros, su gran interés sigue estando en la novela
moderna, cuyo origen sitúa en Manon Lescaut, para alcanzar su cima con
Balzac ("L’ evolution du roman au XIX ème siècle "). Son muchas las páginas de
estas crónicas que nos ofrecen interesantes análisis de las obras de escritores
de la talla de Zola o Huysmans ("En lisant"), de Turguenief ("L’inventeur du mot
"nihilisme"), Daudet, Taine, Loti, Renan, Catulle Mendès y otros muchos. No
obstante, sus alabanzas más sinceras, en las que al cariño se une una profunda
admiración, van dirigidas hacia Flaubert, modelo en la vida y maestro en las
letras.
En principio sus libros de
viajes estaban pensados para construir un diario que nunca llegó a completar. Su
forma es, pues, la de un relato en primera persona en el que se van reflejando
impresiones, muchas veces inconexas, con el único hilo conductor, estético y
existencial, que supone el viaje.
Le voyage est une espèce de porte par où l'on sort
de la réalité connue pour pénétrer dans une réalité inexplorée qui semble
un rêve. (Maupassant, "Au soleil »)
De los tres libros de viajes, dos están compuestos por
diferentes capítulos. Así el titulado "Au soleil" (1884) está dedicado a la
vivencia del paisaje africano, argelino en concreto, más dos capítulos sobre
la naturaleza francesa, especialmente bretona. Es en este libro, concretamente
en su primer capítulo, titulado también "Au soleil", donde encontramos su
exaltación del viaje, del goce que supone el trayecto placentero en sí mismo,
independientemente del destino.
"La vie errante"(1890) dedica sus capítulos a las
impresiones que le produjeron sus viajes por Italia, sobre todo por la costa y
las islas. A estas páginas se añaden dos capítulos más: "La nuit", sobre el
poder de la naturaleza sobre los sentidos y su traslado a la creación poética,
y "Lassitude", una reflexión sobre la modernidad encarnada en la ciudad de
París.
"Sur l’eau" (1888) es el que
más se aproxima formalmente a un diario íntimo. Reúne reflexiones heterogéneas
sobre la sociedad, la angustia y el tedio que supone vivir cada día o, una vez
más, la estética de la naturaleza, a lo largo de un crucero por el Mediterráneo
entre el 6 y el 14 de abril. Es, como ya dijimos, unos de los textos más
interesantes para descubrir la atormentada y compleja personalidad de Maupassant.
Son, los tres libros, una
lectura imprescindible para entrar en las profundidades de una obra y de un
hombre injustamente catalogados de banales. Sus páginas enriquecerán más tarde
nuestra lectura de sus cuentos y novelas, y nos descubrirán a un Maupassant
diferente, libre ya de los clichés que ha arrastrado durante tanto tiempo.
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