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El salón del consejero áulico Charamúkin se halla envuelto
en discreta penumbra. El gran quinqué de bronce con su pantalla verde imprime un
tono simpático al mobiliario, a las paredes; y en la chimenea, los tizones
chisporrotean, lanzando destellos intermitentes que alumbran la estancia con una
claridad más viva. Frente a la chimenea, en una butaca, está arrellanado,
haciendo su digestión, Charamúkin, señor de edad, de aire respetable y
bondadosos ojos azules. Su cara respira ternura. Una sonrisa triste asoma a sus
labios. Al lado suyo, con los pies extendidos hacia la chimenea, se encuentra
Lobnief, asesor del gobernador, hombre fuerte y robusto, como de unos cuarenta
años.
Junto al piano, Nina, Kola, Nadia y Vania, los hijos
del consejero áulico, juegan alegremente. Por la puerta entreabierta penetra una
claridad que viene del gabinete de la señora de Charamúkin. Ésta permanece
sentada delante de su mesita de escritorio. Ana Pavlovna, que tal es su nombre,
ejerce la presidencia de un comité de damas; es vivaracha, coqueta y tiene la
edad de treinta y pico de años. Sus ojuelos vivos y negros corren por las
páginas de una novela francesa, debajo de la cual se esconde una cuenta del
comité, vieja de un año.
-Antes, nuestro pueblo era más alegre -decía Charamúkin
contemplando el fuego de la chimenea con ojos amables-; ningún invierno
transcurría sin que viniera alguna celebridad teatral. Llegaban artistas
famosos, cantantes de primer orden, y ahora, que el diablo se los lleve, no se
ven más que saltimbanquis y tocadores de organillo. No tenemos ninguna
distracción estética. Vivimos como en un bosque. ¿Se acuerda usted, excelencia,
de aquel trágico italiano?... ¿Cómo se llamaba? Un hombre alto, moreno... ¿Cuál
era su nombre? ¡Ah! ¡Me acuerdo! Luigi Ernesto de Ruggiero. Fue un gran talento.
¡Qué fuerza la suya! Con una sola palabra ponía en conmoción todo el teatro. Mi
Anita se interesaba mucho en su talento. Ella le procuró el teatro de balde y se
encargó de venderle los billetes por diez representaciones. En señal de gratitud
la enseñaba declamación y música. Era un hombre de corazón. Estuvo aquí, si no
me equivoco, doce años ha..., me equivoco, diez años. ¡Anita! ¿Qué edad tiene
nuestra Nina?
-¡Nueve! -gritó Ana Pavlovna desde su gabinete-. ¿Por
qué lo preguntas?
-Por nada, mamaíta... Teníamos también cantantes muy
buenos. ¿Recuerda usted el tenore di grazia Prilipchin?... ¡Qué alma tan
elevada! ¡Qué aspecto! Rubio, la cara expresiva, modales parisienses, ¡y qué
voz! Adolecía, sin embargo, de un defecto. Daba notas de estómago, y otras de
falsete. Por lo demás, su voz era espléndida. Su maestro, a lo que él decía, fue
Tamberlick. Nosotros, con Anita, le procuramos la sala grande del Casino de la
Nobleza, en agradecimiento de lo cual solía venir a casa, y nos cantaba trozos
de su repertorio durante días y noches. Daba a Anita lecciones de canto. Vino,
me acuerdo muy bien, en tiempo de Cuaresma, hace unos doce años; no, más. Flaca
es mi memoria. ¡Dios mío! Anita, ¿cuántos años tiene nuestra Nadia?
-¡Doce!
-Doce; si le añadimos diez meses, serán trece. Eso es,
trece años. En general, la vida de nuestra población era antaño más animada. Por
ejemplo: ¡qué hermosas veladas benéficas les di entonces! ¡Qué delicia! Música,
canto, declamación... Recuerdo que, después de la guerra, cuando estaban los
prisioneros turcos, Anita organizó una representación a beneficio de los heridos
que produjo mil cien rublos. La voz de Anita trastornaba el seso de los
oficiales turcos. Éstos no cesaban de besarle la mano. ¡Ja! ¡Ja! Aunque
asiáticos, son agradecidos. Aquella velada tuvo tanta resonancia que hasta la
anoté en mi libro de memorias. Esto ocurrió, me acuerdo como si fuera ayer, en
el año 76..., no, 77...; tampoco; oiga usted, ¿en qué año estaban aquí los
turcos?... Anita, ¿qué edad tiene nuestra Kola?
-Tengo siete años, papá -replicó Kola, niña de tez
parda, pelo y ojos negros como el carbón.
-Sí; hemos envejecido; perdimos nuestra energía -dice
Lobnief suspirando-. He ahí la causa de todo: la vejez; nos faltan los hombres
de iniciativa, y los que la tenían son viejos. No arde el mismo fuego. En mi
juventud no me gustaba que la sociedad se aburriera. Siempre fui el mejor
cooperador de Ana Pavlovna. En todo lo que ella llevaba a cabo, veladas de
beneficencia, loterías, protección a tal o cual artista de mérito, yo la
secundaba con asiduidad, dejando a un lado mis otras ocupaciones. En cierto
invierno, tanto me moví, tanto me agité, que hasta me puse enfermo. No olvidaré
jamás aquella temporada. ¿No se acuerda usted del espectáculo que arreglamos a
beneficio de las víctimas de un incendio?
-¿En qué año fue?
-No ha mucho...; me parece que en el 80.
-Díganme, ¿qué edad tiene Vania?
-¡Cinco años! -grita desde su gabinete Ana Pavlovna.
-Como quiera que sea, ya se han ido seis años. ¡Amigo
mío! Ya no arde el mismo fuego.
Lobnief y Charamúkin permanecen pensativos. Los tizones
de la chimenea lanzan un postrer destello y se cubren de ceniza.
FIN |