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HISTORIA DEL JOROBADO, CON EL SASTRE, EL CORREDOR NAZARENO, EL INTENDENTE Y EL MEDICO JUDÍO; LO QUE DE ELLO RESULTE, Y SUS AVENTURAS SUCESIVAMENTE REFERIDAS
Entonces Schahrazada dijo al rey Schahriar:
"He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que en la
antigüedad del tiempo y en lo pasado de las edades y de los siglos, hubo en una
ciudad de la China un hombre que era sastre y estaba muy satisfecho de su
condición. Amaba las distracciones apacibles y tranquilas y de cuando en cuando
acostumbraba a salir con su mujer, para pasearse y recrear la vista con el
espectáculo de las calles y los jardines. Pero cierto día que ambos habían
pasado fuera de casa, al regresar a ella, al anochecer, encontraron en el camino
a un jorobado de tan grotesca facha, que era antídoto de toda melancolía y
haría, reír al hombre más triste, disipando toda pesar y toda aflicción.
Inmediatamente se le acercaron el sastre y su mujer, divirtiéndose tanto con sus
chanzas, que le convidaron a pasar la noche en su compañía. El jorobado hubo de
responder a esta oferta como era debido, uniendose a ellos, y llegaron juntos a
la casa. Entonces el sastre se apartó un momento para ir al zoco antes de que
los comerciantes cerrasen sus tiendas, pues quería comprar provisiones con qué
obsequiar al huésped. Compró pescado frito, pan fresco, limones, y un gran
pedazo de halaua para postre. Después volvió, puso todas estas cosas delante del
jorobado, y todos se sentaron a comer.
Mientras comían alegremente, la mujer del sastre tomó
con los dedos un gran trozo de pescado y lo metió por broma todo entero en la
boca del jorobado, tapándosela con la mano para que no escupiera el pedazo, y
dijo: "¡Por Alah! Tienes que tragarte ese bocado de una vez sin remedio, o si
no, no te suelto."
Entonces, el jorobado, tras de muchos esfuerzos, acabó
por tragarse el pedazo entero. Pero desgraciadamente para él, había decretado el
Destino que en aquel bocado hubiese una enorme espina. Y esta espina se le
atravesó en la garganta ocasionándole en el acto la muerte.
Al llegar a este punto de su relato, vio Scháhrazada,
hija del visir, que se acercaba la mañana, y con su habitual discreción no quiso
proseguir la historia, para no abusar del permiso concedido por el rey
Schahriar.
Entonces, su hermana la joven Doniazada, le dijo: "¡Oh
hermana mía! ¡Cuán gentiles, cuán dulces y cuán sabrosas son tus palabras!" Y
Schahrazada respondió: "¿Pues qué dirás la noche próxima, cuando oigas la
continuacion, si es que vivo aún, porque así lo disponga la voluntad de este rey
lleno de buenas maneras y de cortesía?"
Y el rey Schahriar dijo para sí: "¡Por Alah! No la
mataré hasta no oír lo que falta de esta historia, que es muy sorprendente."
Después el rey Schahriar acogió a Schahrazada entré sus
brazos hasta que llegó la mañana. Entonces el rey se levantó y se fue a la sala
de justicia. Y en seguida entró el visir, y entraron asimismo los emires, los
chambelanes y los guardias, y el diván se llenó de gente. Y el rey empezó a
juzgar y a despachar asuntos, dando un cargo a éste, destituyendo a aquel,
sentenciando en los pleitos pendientes, y ocupando su tiempo de este modo hasta
acabar el día. Terminadó el diván, el rey volvió a sus aposentos y fue en busca
de Schahrazada.
Y CUANDO LLEGÓ LA 25a NOCHE
Doniazada dijo a Schabrazada: "¡Oh hermana mía! Te
ruego que nos cuentes la continuación de esa historia del jorobado, con el
sastre y su mujer." Y Sehahrazada repuso: "¡De todo corazón y como debido
homenaje! Pero no sé si lo consentirá el rey." Entonces el rey se apresuró a
decir: "Puedes contarla." Y Schahrazada dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el
sastre vio morir de aquella manera al jorobado, exclamó: "¡Sólo Alah él Altísimo
y Omnipotente posee la fuerza y el poder! ¡Qué desdicha que este pobre hombre
haya venido a morir precisamente entre nuestras manos!" Pero la mujer replicó:
"¿Y qué piensas hacer ahora? ¿No conoces estos versos del poeta?
¡Oh alma mía! ¿por qué te sumerges en lo absurdo hasta
enfermar? ¿Por qué te preocupas con aquello que te acareará la pena y la
zozobra?
¿No temes al fuego, puesto que vas a sentarte en él?
¿No sabes que quien se acerca al fuego se expone a abrasarse.
Entonces su marido le dijo: "No sé, en verdad, qué
hacer." Y la mujer respondió: "Levántate, que entre los dos lo llevaremos,
tapándole con una colcha de seda, y lo sacaremos ahora mismo de, aquí, yendo tú
detrás y yo delante. Y por todo el camino irás diciendo en alta voz: "¡Es mi
hijo, y ésta es su madre! Vamos buscando a un médico que lo cure. ¿En dónde hay
un médico?"
Al oír el sastre estas palabras se levantó, cogió al
jorobado en brazos, y salió de la casa en seguimiento de su esposa. Y la mujer
empezó a clamar: "¡Oh mi pobre hijo! ¿Podremos verte sano y salvo? ¡Dime!
¿Sufres mucho? ¡Oh maldita viruela! ¿En qué parte del cuerpo te ha brotado la
erupción?" Y al oírlos, decían los transeúntes: "Son un padre y una madre que
llevan a un niño enfermo de viruelas." Y se apresuraban a alejarse.
Y así siguieron andando el sastre y su mujer,
preguntando por la casa de un médico, hasta que los llevaron a la de un médico
judío. Llamaron entonces, y en seguida bajó una negra, abrió la puerta, y vio a
aquel hombre que llevaba un niño en brazos, y a la madre que lo acompañaba. Y
ésta le dijo: "Traemos un niño para que lo vea el médico. Toma este dinero, un
cuarto de dinar, y dáselo adelantado a tu amo, rogándole que baje a ver al niño,
porque está muy enfermo."
Volvió a subir entonces la criada, y en seguida la
mujer del sastre traspuso el umbral de la casa, hizo entrar a su marido, y le
dijo: "Deja en seguida ahí el cadáver del jorobado. Y vámonos a escape." Y el
sastre soltó el cadáver del jorobado, dejándolo arrimado al muro, sobre un
peldaño de la escalera, y se apresuró a marcharse, seguido por su mujer.
En cuanto a la negra, entró en casa de su amo el médico
judío, y le dijo: "Ahí abajo queda un enfermo, acompañado de un hombre y una
mujer, que me han dado para ti este cuarto de dinar para que recetes algo que le
alivie. Y cuando el médico judío vio el cuarto de dinar, se alegró mucho y se
apresuró a levantarse; pero con la prisa no se acordó de coger una luz para
bajar. Y por esto tropezó con el jorobado, derribándole. Y muy asustado, al ver
rodar a un hombre, le examinó en seguida,. y al comprobar que estaba muerto, se
creyó causante de su muerte. Y gritó entonces: "¡Oh Señor! ¡Oh Alah justiciero!
Por las diez palabras santas!" Y siguió invocando a Harún, a Yuschah, hijo de
Nun, y a los demás. Y dijo: "He aquí que acabo de tropezar con este enfermo, y
le he tirado rodando por la escalera. Pero ¿cómo salgo yo ahora de casa con un
cadáver?" De todos modos, acabó por cogerlo y llevarlo desde el patio a su
habitación, donde lo mostró a su mujer, contando todo lo ocurrido. Y ella
exclamó aterrorizada: "¡No, aquí no lo podemos tener! ¡Sácalo de casa cuanto
antes! Como continúe con nosotros hasta la salida del sol, estamos perdidos sin
remedio. Vamos a llevarlo entre los dos a la azotea y desde allí lo echaremos a
la casa de nuestro vecino el musulmán. Ya sabes que nuestro vecino es el
intendente proveedor de la cocina del rey, y su casa está infestada de ratas,
perros y gatos, que bajan por la azotea para comerse las provisiones de aceite,
manteca y harina. Por tanto, esos bichos no dejarán de comerse este cadáver, y
lo harán desaparecer."
Entonces el médico judío y su mujer cogieron al
jorobado y lo llevaron a la azotea, y desde allí lo hicieron descender
pausadamente hasta la casa del mayordomo, dejandolo de pie contra la pared de la
cocina. Después se, alejaron, descendiendo a su casa tranquilamente.
Pero haría pocos momentos que el jorobado se hallaba
arrimado contra la pared, cuando el intendente, que estaba ausente, regresó a su
casa, abrió la puerta, encendió una vela, y entró. Y encontró a un hijo de Adán
de pie en un rincón: junto a la pared de la cocina. Y el intendente,
sorprendidísimo, exclamó: "¿Qué es eso? ¡Por Alah! He aquí, que el ladrón que
acostumbraba a robar mis provisiones no era un bicho, sino un ser humano. Este
es el que me roba la carne y la manteca, a pesar de que las guardo
cuidadosamente por temor a los gatos y a los perros. Bien inútil habría sido
matar a todos los perros y gatos del barrio, como pensé hacer puesto que este
individuo es el que bajaba por la azotea." Y en seguida agarró el intendente una
enorme estaca,, yéndose para el hombre, y le dio de garrotazos, y aunque le vio
caer, le siguió apaleando. Pero como el, hombre no se movía, el intendente
advirtió que estaba muerto, y entonces dijo desolado: "¡Sólo Alah el Altísimo y
Omnipotente posee la fuerza y el poder!" Y después añadió: "¡Malditas sean la
manteca y la carne, y maldita esta noche! Se necesita tener toda la mala suerte
que yo tengo para haber matado así a este hombre. Y no sé qué hacer con él."
Después lo miró con mayor atención, comprobando que era jorobado. Y le dijo:
"¿No te basta con ser jorobeta? ¿Querías también ser ladrón y robarme la carne y
la manteca de mis provisiones? ¡Oh Dios protector, ampárame con el velo de tu
poder!" Y como la noche se acababa, el intendente se echó a cuestas al jorobado,
salió de su casa anduvo cargado con él, hasta que llegó a la entrada del zoco.
Paróse entonces, colocó de pie al jorobado junto a una tienda, en la esquina de
una bocacalle, y se fue.
Y al poco tiempo de estar allí el cadáver del jorobado,
acertó a pasar un nazareno. Era el corredor de comerció del sultán. Y aquella
noche estaba beodo. Y en tal estado iba al hammam a bañarse. Su borrachera le
incitaba a las cosas más curiosas, y se decía: "¡Vamos, que eres casi como el
Mesías!" Y marchaba haciendo eses y tambaleándose, y acabó por llegar adonde
estaba el jorobado. Pero de pronto vio al jorobado delante de él, apoyado contra
la pared. Y al encontrarse con aquel hombre, que seguía inmóvil, se le figuró
que era un ladrón y que acaso fuese, quien le había robado el turbante, pues el
corredor nazareno iba sin nada a la cabeza. Entonces se abalanzó contra aquel
hombre, y le dio un golpe tan violento en la nuca que lo hizo caer al suelo. Y
en seguida empezó a dar gritos llamando al guarda del zoco. Y con la excitación
de su embriaguez, siguió golpeando al jorobado y quiso estrangularlo,
apretóndole la garganta con ambas manos. En este momento llegó el guarda del
zoco y vio al nazareno encima del musulmán, dándole golpes y a punto de
ahogarlo. Y el guarda dijo:
¡Deja a ese hombre y levántate!", Y el cristiano se
levantó. Entonces el guarda del zoco se acercó al jorobado, que se hallaba
tendido en el suelo, lo examinó, y vio que estaba muerto. Y gritó entonces:
"¿Cuándo se ha visto que un nazareno tenga la audacia de golpear a un musulmán y
matarlo? Y el guarda se apoderó del nazareno, le ató las manos a la espalda y le
llevó a casa del walí. Y el nazareno, se lamentaba y decía: "¡Oh Mesías, oh
Virgen! ¿Cómo habré podido matar a ese hombre? ¡Y qué pronta ha muerto, sólo de
un puñetazo! Se me pasó la borrachera, y ahora viene la reflexión."
Llegados a casa del walí, el nazareno y el cadáver del
jorobado quedaron encerrados toda la noche, hasta que él walí se despertó por la
mañana. Entonces el walí interrogó al nazareno, que no pudo negar los hechos
referirlos por el guarda, del zoco. Y el walí no pudo hacer otra cosa que
condenar a muerte a aquel, nazareno que había matado a un musulmán. Y ordenó que
el portaalfanje pregonara por toda la ciudad la sentencia de muerte del corredor
nazareno. Luego mandó que levantasen la horca y se llevasen a ella al
sentenciado.
Entonces se acercó el portaalfanje y preparó, la
cuerda, hizo el nudo corredizo, se lo pasó al nazareno por el cuello, y ya iba a
tirar de él, cuando de pronto el proveedor del sultán hendió la muchedumbre y
abriéndose camino hasta el nazareno, que estaba de pie junto a la horca, dijo al
portaalfanje: "¡Detente! ¡Yo soy quien ha matado a ese hombre!" Entonces el walí
le preguntó: "¿Y por qué le mataste?" Y el intendente dijo: "Vas a saberlo. Esta
noche, al entrar en mi casa, advertí que se había metido en ella descolgándose
por la terraza, para robarme las provisiones. Y le di un golpe en el pecho con
un palo, y en seguida le vi caer muerto. Entonces le cogí a cuestas y le traje
al zoco, dejándole de pie arrimado contra una tienda en tal sitio y en tal
esquina. Y he aquí que ahora, con mi silencio iba a ser causa de que matasen a
este nazareno, después de haber sido yo quien mató a un musulmán. ¡A mí, pues,
hay que ahorcarme!"
Cuando el walí hubo oído las palabras del proveedor,
dispuso que soltasen al nazareno, y dijo al portaalfanje: "Ahora mismo ahorcarás
a este hombre, que acaba de confesar su delito."
Entonces el portaalfanje cogió la cuerda que había
pasado por el cuello del cristiano y rodeó con ella el cuello del proveedor, lo
llevó juntó al patíbulo, y lo iba a levantar en el aire, cuando de pronta el
médico judío atravesó la muchedumbre, y dijo a voces al portaalfanje: "¡Aguarda!
¡El única culpable soy yo!" Y después contó así la cosa: "Sabed todos que este
hombre me vino a buscar para consultarme, a fin de que lo curara. Y cuando yo
bajaba la escalera para verle, como era de noche, tropecé, con él y rodó hasta
lo último de la escalera, convirtiéndose en un cuerpo sin alma. De modo que no
deben matar al proveedor, sino a mí solamente. Entonces el walí dispuso la
muerte del médico judío. Y el portaalfanje quitó la cuerda del cuello del
proveedor y la echó al cuello del médico judío, cuando se vio llegar al sastre,
que, atropellando a todo el mundo, dijo: "¡Detente! Yo soy quien lo maté. Y he
aquí lo que ocurrió. Salí ayer de paseo y regresaba a mi casa al anochecer. En
el camino encontré a este jorobado, que estaba borracho y muy divertido, pues
llevaba en la mano una pandereta y se acompañaba con ella cantando de una manera
chistosísma. Me detuve para contemplarle y divertirme, y tanto me regocijó, que
lo convidé a comer en mi casa. Y compré pescado entre otras cosas„ y, cuando
estábamos comiendo, tomó mi mujer un trozo de pescado, que colocó en otro de
pan, y se lo metió todo en la boca a este hombre y el bocado le ahogó, muriendo
en el acto. Entonces lo cogimos entre mi mujer y yo y lo llevamos a casa del
médico judío. Bajó a abrimos un negra, y yo le dije lo que le dije. Después le
di un cuarto de dinar para su amo. Y mientras ella subía, agarré en seguida al
jorobado y lo puse de pie contra el muro de la escalera, y yo y mi mujer nos
fuimos a escape. Entretanto, bajó el médico judío para ver al enfermo; pero
tropezó con el jorobado, que cayó en tierra, y el judío creyó que lo había
matado él."
Y en este momento, el sastre se volvió hacia el médico
judío y le dijo: ¿No fue así?" El médico repuso: "¡Esa es la verdad!" Entonces,
el sastre, dirigiéndose al walí, exclamó: ¡Hay, pues, que soltar al judío y
ahorcarme a mí!"
El walí, prodigiosamente asombrado, dijo entonces: "En
verdad que esta historia merece escribirse en los anales y en los libros."
Después mandó al portaalfanje que soltase al judío y ahorcase al sastre, que se
había declarado culpable. Entonces el portaalfanje llevó al sastre junto a la
horca, le echó la soga al cuello, y dijo: "¡Esta vez va de veras! ¡Ya no habrá
ningún otro cambio!" Y agarró la cuerda.
¡He aquí todo, por el momento! En cuanto al jorobado,
no era otro que el bufón del sultán, que ni una hora podía separarse de él. Y el
jorobado, después de emborracharse aquella noche, se escapó de palacio,
permaneciendo ausente toda la noche. Y al otro día, cuando el sultán preguntó
por él, le dijeron: ¡Oh señor, el walí te dirá que el jorobado ha muerto, y que
su matador iba a ser ahorcado!, Por eso el walí había mandado ahorcar al
matador, y el verdugo se preparaba a ejecutarle; pero entonces se presentó un
segundo individuo, y luego un tercero, diciendo todos: "¡Yo soy el único que ha
matado al jorobado!" "Y cada cual contó al walí la causa de la muerte."
Y el sultán, sin querer escuchar más, llamó a un
chambelán y le dijo: "Baja en seguida en busca, del walí y ordénale que, traiga
a toda esa gente que está junto a la horca."
Y el chambelán bajó, y llegó junto al patíbulo,
precisamente cuando el verdugo iba a éjecutar al sastre." Y el chambelán gritó:
"¡Detente!" Y en seguida le contó al walí que ésta historia del jorobado había
llegado a oídos del rey. Y se lo llevó, y se llevó también al sastre, al médico
judío, al corredor nazareno y al proveedor, mandando transportar también el
cuerpo del jorobado, y con todos ellos marchó en busca del sultán.
Cuando el walí se presentó entre las manos del rey; se
inclinó, y besó la tierra, y refirió toda la historia del jorobado, con todos
sus pormenores, desde el principio hasta el fin. Pero es inútil repetirla.
El sultán,, al oir tal historia, se maravilló mucho y
llegó al límite más extremo de la hilaridad. Después mandó a los escribas de
palacio que escribieran esta historia con aguja de oro. Y luego preguntó a todos
los presentes: "¿Habéis oído alguna vez historia semejante a la del jorobado?"
Entonces el corredor nazareno avanzó un paso, besó la tierra entre las manos del
rey, y dijo: "¡Oh rey de los siglos y del tiempo! Se una historia mucho más
asombrosa que nuestra aventura con el jorobado. La referiré, si me das tu venia,
por que es mucho más sorprendente, más extraña y más deliciosa que la del
jorobado."
Y dijo el rey: "¡Ciertamente! Desembucha lo que hayas
de decir para que lo oigamos."
Entonces, el corredor nazareno dijo:
RELATO DEL CORREDOR NAZARENO
"Sabe, ¡oh rey del tiempo! que vine a este país para un
asunto comercial. Soy un extranjero a quien el Destino encaminó a tu reino.
Porque yo nací en al ciudad de El Cairo y soy copto entre los coptos. Y es
igualmente cierto que me crié en El Cairo, y en aquella ciudad fue corredor mi
padre antes que yo.
Cuando murió mi padre ya había llegado yo a la edad de
hombre. Y por eso fui corredor como él, pues contaba con toda clase de
cualidades para este oficio, que es la especialidad entre nosotros los coptos.
Pero un día entré los días estaba yo sentado a la
puerta del khan de los mercaderes de granos, y el pasar a un joven, hermoso como
la luna llena, vestido con el más suntuoso traje y montado en un borrico blanco
ensillado con una silla roja. Cuando me vio este joven me saludó, y yo me
levanté por consideración hacia él. Sacó entonces un pañuelo que contenía una
muestra de sésamo, y me preguntó: "¿Cuánto vale el ardeb de esta clase de
sésamo?' Y yo le dije: "Vale cien dracmas." Entonces me contestó: "Avisa a los
medidores de granos y ven con ellos al khan Al-Gaonalí, en el barrio de Bab
Al-Nassr; allí me encontrarás." Y se alejó, después de darme el pañuelo que
contenía la muestra de sésamo.
Entonces me dirigí a todos los mercaderes de granos y
les enseñé la muestra que yo había justipreciado en cien dracmas. Y los
mercaderes la tasaron en ciento veinte dracmas por ardeb. Entonces me alegré
sobremanera, y haciéndome acompañar de cuatro medidores, fui en busca del joven,
que, efectivamente, me aguardaba en el khan. Y al verme, corrió a mi encuentro y
me condujo a un almacén donde estaba el grano, y los medidores llenaron sus
sacos, y lo pesaron todo, que ascendió en total a cincuenta medidas en ardebs. Y
el joven me dijo: "Te corresponden por comisión diez dracmas por cada ardeb que
se venda a cien dracmas. Pero has de cobrar en mi nombre todo el dinero, y lo
guardarás cuidadosamente en tu casa, hasta que lo reclame. Como su precio total
es cinco mil dracmas, te quedarás con quinientos, guardando para mí cuatro mil
quinientos: En cuanto despache mis negocios, iré a buscarte para recoger esa
cantidad." Entonces yo le contesté: "Escucho y obedezco." Después le besé las
manos y me fui.
Y efectivamente, aquel día gané mil dracmas de
corretaje, quinientos del vendedor y quinientos de los compradores, de modo que
me correspondió el veinte por ciento, según la costumbre de los corredores
egipciós.
En cuanto al joven, después de un mes de ausencia, vino
a verme y me dijo: "¿Dónde están los dracmas?" Y le contesté en seguida: "A tu
disposición; helos aquí metidos en este saco." Pero él me dijo: "Sigue
guardándolos algún tiempo hasta que yo venga a buscarlos." Y se fue y estuvo
ausente otro mes, y regresó y me dijo: "¿Dónde están los dracmas?" Entonces yo
me levanté, le saludé y le dije: "Aquí están a tu disposición. Helos aquí."
Después añadí: "¿Y ahora quieres honrar mi casa viniendo a comer conmigo un
plato o dos, o tres o cuatro?" Pero se negó y me dijo: "Sigue guardando el
dinero, hasta que venga a reclamártelo, después de haber despachado algunos
asuntos urgentes." Y se marchó. Y yo guardé cuidadosamente el dinero que le
pertenecía, y esperé su regreso.
Volvió al cabo de un mes, y me dijo: "Esta noche pasaré
por aquí y recogeré el dinero." Y le preparé los fondos; pero aunque le estuve
aguardando toda la noche y varios días consecutivos, no volvió hasta pasado un
mes; mientras yo decía para mí: "¡Qué. confiado es ese joven! En toda mi vida,
desde que soy corredor en los khanes y los zocos, he visto confianza como esta."
Se me acercó y le vi, como siempre, en su borrico, con suntuoso traje; y era tan
hermoso como la luna llena, y tenía el rostro brillante y fresco como si saliese
del hammam, y sonrosadas las mejillas y la frente como una flor lozana, y en un
extremo del labio un lunar, como gota de ámbar negro, según dice el poeta:
¡La luna llena se encontró con el sol en lo alto de la
torre, ambos en todo el esplendor de su belleza!
¡Tales eran los dos amantes! ¡Y cuantos los veían,
tenían que admirarlos y desearles completa felicidad!
¡Y ahora son tan hermosos, que cautivan el alma!
¡Gloria, pues, a Alah, que realiza tales prodigios y
forma sus criaturas a su deseo!
Y al verle, le besé las manos e invoqué para él todas
las bendiciones de Alah, y le dije: "¡Oh mi señor! Supongo que ahora recogerás
tu dinero." Y me contestó: "Ten todavía un poco de paciencia; pues en cuanto
acabe de despachar mis asuntos vendré a recogerlo." Y me volvió la espalda y se
fue. Y yo supuse que tardaría en volver, y saqué el dinero y lo coloqué con un
interés de veinte por ciento, obteniendo de él cuantiosa ganancia. Y dije para
mí:- "¡Por Alah! Cuando vuelva, le rogaré que acepte mi invitación, y le trataré
con toda largueza, pues me aprovecho de sus fondos y me estoy haciendo muy
rico."
Y transcurrió un año, al cabo del cual regresó, y le vi
vestido con ropas más lujosas que antes, y siempre montado en su borrico blanco,
de buena raza.
Entonces le supliqué fervorosamente que aceptase mi
invitación y comiera en mi casa, a lo cual me contestó:: "No tengo
inconveniente, pero con la condición de que el dinero para los gastos no los
saques de los fondos que me pertenecen y están en tu casa." Y se echó a reír. Y
yo hice lo mismo. Y le dije: "Así sea, y de muy buena gana." Y le lleve a casa,
y le rogué que se sentase, y corrí al zoco a comprar toda clase de víveres,
bebidas y cosas semejantes, y lo puse todo sobre el mantel entre sus manos, y le
invité a empezar, diciendo: "¡Bismnah!" Entonces se acercó a los manjares, pero
alargó la mano izquierda, y se puso a comer con esta mano izquierda. Y yo me
quedé sorprendidísimo, y no supe qué pensar. Terminada la comida, se lavó la
mano izquierda sin auxilio de la derecha, y yo le alargué la toalla para que se
secase, y después nos sentamos a conversar.
Entonces le dije: "¡Oh mi generoso señor! Líbrame de un
peso que me abruma y de una tristeza que me aflige. ¿Por qué has comido con la
manó izquierda? ¿Sufres alguna enfermedad en tu mano derecha?" Y al oirlo el
mancebo, me miró y recitó estas estrofas:
¡No preguntes por los sufrimientos y dolores de mi
alma! ¡Conocerías mi mal!
¡Y sobre todo, no preguntes si soy feliz! ¡Lo fuíl
¡Pero hace tanto tiempo! ¡Desde entonces, todo ha cambiado! ¡Y contra lo
inevitable no hay más que invocar la cordura!
Después sacó el brazo derecho de la manga del ropón, y
vi que la mano estaba cortada, pues, aquel brazo terminaba en un muñón. Y me
quedé asombrado profundamente. Pero él me dijo: "¡No te asombres tanto! Y sobre
todo, no creas que he comido con la mano izquierda por falta de consideración a
tu persona, pues ya ves que ha sido por tener cortada la derecha. Y el motivo de
ello no puede ser más sorprendente." Entonces le pregunté: "¿Y cuál fue la
causa?" Y el joven suspiró, se le llenaron de lágrimas los ojos, y dijo:
"Sabe que yo, soy de Bagdad. Mi padre era uno de los
principales personajes entre los personajes. Y yo, hasta llegar a la edad de
hombre, pude oír los relatos de los viajeros, peregrinos y mercaderes que en
casa de mi padre nos contaban las maravillas de los países egipcios. Y retuve en
la memoria todos estos relatos, admirándolos en secreto, hasta que falleció mi
padre. Entonces cogí cuantas riquezas pude reunir, y mucho dinero, y compré gran
cantidad de mercancías en telas de Bagdad y de Mossul, y otras muchas de alto
precio y excelente clase; lo empaqueté todo y salí de Bagdad. Y como estaba
escrito por Alah que había de llegar sano y salvo al término de mi viaje, no
tardé en hallarme en esta ciudad de El Cairo, que es tu ciudad."
Pero en este momento el joven se echó a llorar y recitó
estas estrofas:
¡A veces, el ciego, el ciego de nacimiento, sabe
sortear la zanja donde cae el que tiene buenos ojos!
¡A veces, el insensato sabe callar las palabras que,
pronnnciádas por el sabio, son la perdición del sabio!
¡A veces, el hombre piadoso y creyente sufre
desventuras, mientras que el loco, el impío, alcanza la felicidad!
¡Así, pues, conozca el hombre su impotencia! ¡La
fatalidad es la única reina del mundo!
Terminados los versos, siguió en esta forma su
relación:
"Entré, pues, en El Cairo, y fui, al khan Serur,
deshice mis paquetes, descargué mis camellos y puse las mercancías en un local
que alquilé para almacenarlas. Después di dinero a un criado para que comprase
comida, y dormí en seguida un rato, y al despertarme, salí a dar una vuelta por
Bain Al-Kasrein, regresando después al khan Serur, en dónde pasé la noche.
Cuando me desperté por la mañana, dije para mí,
desliando un paquete de telas: "Voy a llevar esta tela al zoco y a enterarme de
cómo van las compras." Cargué las telas en los hombros de un criado, y me dirigí
al zoco, para llegar al centro de los negocios, un gran edificio rodeado de
pórticos y de tiendas de todas clases y de fuentes. Ya sabes que allí suelen
estar los corredores, y que aquel sitio se llama el kaisariat Guergués.
Cuando llegué, todos los corredores, avisados de mi
viaje, me rodearon, y yo les di las telas, y salieron en todas direcciones a
ofrecer mis géneros a los principales compradores de los zocos. Pero al volver
me dijeron que el precio ofrecido por mis mercaderías no alcanzaba al que yo
había pagado por ellas ni a los gastos desde Bagdad hasta El Cairo. Y como no
sabía qué hacer, el jeique principal de los corredores me dijo: "Yo sé el medio
de que debes valerte para que ganes algo. Es sencillamente que hagas lo que
hacen todos los mercaderes. Vender al por menor tus mercaderías a los
comerciantes con tienda abierta, por tiempo determinado, ante testigos y por
escrito, que firmaréis ambos, con intervención de un cambiantes Y así, todos los
lunes y todos los jueves cobrarás el dinero que te corresponda. Y de este modo,
cada dracma te producirá dos dracmas y a veces más. Y durante este tiempo
tendrás ocasión de visitar El Cairo y de admirar el Nilo."
Al oír estas palabras, dije: "Es en verdad una idea
excelente." Y en seguida reuní a los pregoneros y corredores y marché con ellos
al khan Serur y les di todas las mercaderías, que llevaron a la kaisariat. Y lo
vendí todo al por menor a los mercaderes, después que se escribieron las
cláusulas de una y otra parte, ante testigos, con intervención de un cambista de
la kaisariat.
Despachado este asunto, volví al khan, permaneciendo
allí tranquilo; sin privarme de ningún placer ni escatimar ningún gasto. Todos
los días comía magníficamente, siempre con la copa de vino encima del mantel. Y
nunca faltaba en mi mesa buena carne de carnero, dulces y confituras de todas
clases. Y así seguí, hasta que llegó el mes en que debía cobrar con regularidad
mis ganancias. En efecto, desde la primera semana de aquel mes, cobré como es
debido mi dinero. Y los jueves y los lunes me iba a sentar en la tienda de
alguno de los deudores míos, y el cambista. y el escribano público recorrían
cada una de las tiendas, recogían el dinero y me lo entregaban.
Y fue en mí una costumbre el ir a sentarme, ya en una
tienda, ya en otra. Pero un día, después de salir del hammam, descansé un rato;
almorcé un pollo, bebí algunas copas de vino, me lavé en seguida las manos, me
perfumé con esencias aromáticas y me fui al barrio de la kaisariat Guergués,
para sentarme en la tienda de un vendedor de telas llamado.Badreddin Al-Bostani.
Cuando me hubo visto me recibió con gran consideración y cordialidad, y
estuvimos hablando una hora. Pero mientras conversábamos vimos llegar una mujer
con un largo veló de seda azul. Y entró en la tienda para comprar géneros, y se
sentó a mi lado en un taburete. Y el velo que le cubría la cabeza, y le tapaba
ligeramente el rostro, estaba echado a un lado, y exhalaba delicados aromas y
perfumes. Y la negrura de sus pupilas, bajo el velo, asesinaba las almas y
arrebataba la razón. Se sentó y saludó a Badreddín, que después, de corresponder
a su salutación de paz, se quedó de pie ante ella, y empezó a hablar,
mostrándole telas de varias clases. Y yo, al oír la voz de la dama, tan llena de
encanto y tan dulce, sentí que el amor apuñalaba mi hígado.
Pero la dama, después de examinar algunas telas, que no
le parecieron bastante lujosas, dijo a Badreddin: "¿No tendrías por casualidad
una pieza de seda blanca tejida con hilos de oro puro?" Y Badreddin fue al fondo
de la tienda, abrió un armario pequeño, y de un montón de varias piezas de tela
sacó una de seda blanca, tejida con hilos de oro puro, y luego la desdobló
delante de la joven. Y ella la encontró muy a su gusto y a su conveniencia, y le
dijo al mercader: "Como no llevó dinero encima, creo que me la podré llevar,
como otras veces, y en cuanto llegue a casa te enviaré el importe," Pero el
mercader le dijo: "¡0h mi señora! No es posible por esta vez, porque esa tela no
es mía, sino del comerciante que está ahí sentado, y me he compromentido a
pagarle hoy mismo;" Entonces sus ojos lanzaron miradas de indignación, y dijo:
"Pero desgraciado, ¿no sabes que tengo la costumbre de comprarte las telas más
caras y pagarte más de lo que me pides. ¿No sabes que nunca he dejado de
enviarte su importe inmediatamente?" Y el mercader contestó: "Ciertamente, ¡oh
mi señora! Pero hoy tengo que pagar ese dinero en seguida." Y entonces la dama
cogió la pieza de tela, se la tiró a. la cara al mercader, y le dijo: "¡Todos
sois lo mismo en tu maldita corporación!" Y levantándose airada, volvió la
espalda para salir.
Pero yo comprendí que mi alma se iba con ella, me
levanté apresuradamente y le dije: "¡Oh mi señora! Concédeme la gracia de
volverte un poco hacia mí y desandar generosamente tus pasos." Entonces ella
volvió su rostro hacia donde yo estaba, sonrió discretamente, y me dijo:
"Consiento en pisar otra vez esta tienda, pero es sólo en obsequio tuyo." Y se
sentó en la tienda frente a mí. Entonces, volviéndome hacia Badreddin, le dije:
"¿Cuál es el precio de esta tela?" Badreddn contestó: "Míl cien dracmas." Y yo
repuse: "Está bien, Te pagaré además cien dracmas de ganancia. Trae un papel
para que te de el precio por escrito." Y cogí la pieza de seda tejida con oro, y
a cambio le di el precio por escrito, luego entregué la tela a la dama,
diciéndole: "Tómala, y puedes irte sin que te preocupe el precio, pues ya me lo
pagaras cuando gustes. Y para esto te bastará venir un día entre los días a
buscarme en el zoco, donde siempre estoy sentado en una o en otra tienda. Y si
quieres honrarme aceptándola como homenaje mío, te pertenece desde ahora."
Entónces me contestó: "¡Alah te lo premie con toda clase de favores! ¡Ojalá
alcances todas las riquezas que me pertenecen, convirtiéndote en mi dueño y en
corona de mi cabeza! ¡Así oiga Alah mi ruego!" Y yo le repliqué: "¡Oh señora
mía, acepta, pues, esta pieza de seda! ¡Y que no sea esta sola! Pero te ruego
que me otorgues el favor de que admire un instante el rostro que me ocultas."
Entonces se levantó el finísimo velo que le cubría la parte inferior de la cara
y no dejaba ver más que los ojos.
Y vi aquel rostro de bendición, y esta sola mirada
bastó para aturdirme, avivar el amor en mi alma y arrebatarme la razón. Pero
ella se apresuró a bajar el velo, cogió la tela, y me dijo: "¡Oh dueño mío, que
no dure mucho tu ausencia, o moriré desolada!" Y después se marchó. Y yo me
quedé solo con el mercader hasta la puesta del sol.
Y me hallaba como si hubiese perdido la razón y el
sentido, dominado en absoluto por la locura de aquella pasión tan repentina. Y
la violencia de este sentimiento hizo que me arriesgase a preguntar al mercader
respecto a aquella dama. Y antes de levantarme para irme, le dije: "¿Sabes quién
es esa dama?" Y me contestó: "Claro que sí. Es una dama muy rica. Su padre fue
un emir ilustre, que. murió, dejándole muchos bienes y riquezas."
Entonces me despedí del mercader y me marché, para
volver al khan Serur, donde me alojaba. Y mis criados me sirvieran de comer;
pero yo pensaba en ella, y no pude probar bocado. Me eché a dormir; pero el
sueño huía de mi persona, y pasé toda la noche en vela, hasta por la mañana.
Entonces me levanté, me puse un traje más lujoso
todavía que el de la víspera, bebí una copa de vino, me desayuné con un buen
plato, y volví a la tienda del mercader, a quien hube de saludar, sentándome en
el sitio de costumbre. Y apenas había tomado asiento, vi llegar a la joven,
acompañada de una esclava. Entró, se sentó y me saludó, sin dirigir el menor
saludo de paz a Badreddin. Y con su voz tan dulce y su incomparable modo de
hablar, me dijo: "Esperaba que hubieses enviado a alguien a mi casa para cobrar
los mil doscientos dracmas que importa la pieza de seda." A lo cual contesté:
"¿Por qué tanta prisa, si a mí no me corre ninguna?" Y ella me dijo: "Eres muy
generoso, pero yo no quiero que por mí pierdas nada." Y acabó por dejar en mi
mano el importe de la tela, no obstante mi oposición. Y empezamos a hablar. Y de
pronto me decidí a expresarle por señas la intensidad de mi sentimiento. Pero
inmediatamente se levantó y se alejó a buen paso, despidiéndose por pura
cortesía. Y sin poder contenerme, abandoné la tienda, y la fui siguiendo hasta
que salimos del zoco. Y la perdí de vista, pero se me acercó una muchacha, cuyo
velo no me permitía adivinar quién fuese, y me dijo: "¡Oh mi señor! Ven a ver a
mi señora, que quiere hablarte." Entonces, muy sorprendido, le dije: "¡Pero si
aquí nadie me conoce!" Y la muchacha replicó: "¡Oh cuán escasa es tu memoria!
¿No recuerdas a la sierva que has visto ahora mismo en el zoco, con su señora,
en la tienda de Badreddin?" Entonces eché a andar detrás de ella, hasta que vi a
su señora en una esquina de la calle de los Cambios.
Cuando ella me vio, se acercó a mí rápidamente, y
llevándome. a un rincón de la calle, me dijo: "¡Ojo de mi vida! Sabe que con tu
amor llenas todo mi pensamiento y mi alma. Y desde la hora que te vi, ni
disfruto del sueño reparador, ni como, ni bebo." Y yo le contesté: "A mí me pasa
igual; pero la dicha que ahora gozo me impide quejarme." Y ella dijo: "¡Ojo de
mi vida!: ¿Vas a venir a mi casa, o iré yo a la tuya?" Yo repuse: "Soy forastero
y no dispongo de otro lugar que el khan, en donde hay demasiada gente.. Por
tanto, si tienes bastante confianza en mi cariño para recibirme en tu casa,
colmarás mi felicidad." Y ella respondió: "Cierto que sí pero esta noche es la
noche del viernes y no puedo recibirte. Pero mañana después de la oración del
mediodía, monta en tu borrico, y pregunta por el barrio de Habbania, y cuando
llegues a él, averigua la casa de Barakat, el que fue gobernador, conocido por
Aby-Schama. Allí vivo yo. Y no dejes de ir, que te estaré esperando."
Yo estaba loco de alegría; después nos separamos. Volví
al khan Serur, en donde habitaba, y no pude dormir en toda la noche. Pero al
amanecer me apresuré a levantarme, y me puse un traje nuevo, perfumándome con
los más suaves aromas, y me proveí de cincuenta dinares de oro, que guardé en un
pañuelo. Salí del khan Serur, y me dirigí hacia el lugar llamado Bab-Zauilat,
alquilando allí un borrico, y le dije al burrero: "Vamos al barrio de Habbania:"
Y me llevó en muy escaso tiempo, llegando a una calle llamada Darb Al-Monkari, y
dije al burrero: "Pregunta en esta calle por la casa del nakib Aby-Schama." El
burrero se fue, y volvió a los pocos momentos con las señas pedidas, y me dijo:
"Puedes apearte." Entonces eché pie a tierra, y le dije: "Ve adelante para
enseñarme el camino." Y me llevó a la casa, y entonces le ordené: "Mañana por la
mañana volverás aquí para llevarme de nuevo al khan." Y el hombre me contestó
que así lo haría. Entonces le di un cuarto de dinar de oro, y cogiéndolo, se lo
llevó a los labios y después a la frente, para darme las gracias, marchándose en
seguida.
Llamé entonces a la puerta de la casa. Me abrieron dos
jovencitas, y me dijeron: "Entra, ¡oh señor! nuestra ama te aguarda impaciente.
No duerme par las noches a causa de la pasión que le inspiras."
Entré en un patio, y vi un soberbio edificio con siete
puertas; y aparecía toda la fachada llena de ventanas, que daban a un inmenso
jardín. Este jardín encerraba todas las maravillas de árboles frutales y de
flores; lo regaban arroyos y lo encantaba el gorjeo de las aves. La casa era
toda de mármol blanco, tan diáfano y pulimentado, que reflejaba la imagen de
quien lo miraba, y los artesonados interiores estaban cubiertos de oro y
rodeados de inscripciones y dibujos de distintas formas. Todo su pavimento era
de mármol muy rico y de fresco mosaico. En medio de la sala hallábase una fuente
incrustada, de perlas y pedrería. Alfombras de seda cubrían los suelos; tapices
admirables colgaban de los muros, y en cuanto a los muebles, el lenguaje y la
escritura más elocuentes no podrían describirlos.
A los pocos momentos de entrar sentarme...
En este momento de su narración, Schahrazada vio
aparecer la mañana, y sé calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 26a NOCHE
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el mercader
prosiguió así su historia al corredor copto del Cairo, el cuál se la contaba al
sultán de aquella ciudad de la China:
"Vi que se me acercaba la joven, adornada con perlas y
pedrería, luminosa la cara y asesinos los negros ojos. Me sonrió, me cogió entre
sus brazos, y me estrechó contra ella. En seguida juntó sus labios con los míos.
Y yo hice lo propio. Y ella me dijo: "¿Es cierto que te tengo aquí, o es un
sueño? Yo respondí: "¡Soy tu esclavo!" Y ella dijo: "¡Hoy es un día de
bendición! ¡Por Alah! ¡Ya no vivía, ni podía disfrutar comiendo y bebiendo!" Yo
contesté: "Y yo igualmente." Luego nos sentamos, y yo, confundido por aquel modo
de recibirme, no levantaba la cabeza.
Pero pusieron el mantel y nos presentaron platos
exquisitos: carnes asadas, pollos rellenos y pasteles de todas clases. Y ambos
comimos hasta saciarnos, y ella me ponía lose monjares en la boca, invitándome
cada vez con dulces palabras y miradas insinuantes, Después me presentaron el
jarro y la palangana de cobre, y me lavé las manos, y ella también, y nos
perfumamos con agua de rosas y almizcle, y nos sentamos para departir.
Entonces ella empezó a contarme sus penas, y yo hice lo
mismo. Y con esto me enamoré todavía más. Y en seguida empezamos con mimos y
juegos. Pero no sería de ninguna utilidad detallarlos. Y lo demás, con sus
pormenores, pertenece al misterio.
A la mañana siguiente me levanté, puse disimuladamente
debajo de la almohada el bolsillo con los cincuenta dinares de oro, me despedí
de la joven y me dispuse a salir. Pero ella se echó a llorar, y me dijo: "¡Oh
dueño mío! ¿cuándo volveré a ver tu hermoso rostro?" Y yo le dije: "Volveré esta
misma noche."
Y al salir encontré a la puerta el borrico que me
condujo la víspera; y allí estaba también el burrero esperándome. Monté en el
burro, y llegué al khan Serur, donde hube de apearme, y dando media dinar de oro
al burrero, le dije: "Vuelve aquí al anochecer." Y me contestó: "Tus órdenes
están sobre mi cabeza." Entré entonces en él khan y almorcé. Después salí para
recoger de casa de los mercaderes el importe de mis géneros., Cobré las
cantidades, regresé a casa, dispuse que preparasen un carnero asado, compré
dulces, y llamé a un mandadero, al cual di las señas de la casa de la joven,
pagándole por adelantado y ordenándole que llevara todas aquellas cosas. Y yo
seguí ocupado en mis negocios hasta la noche, y cuando, vino a buscarme el
burrero, cogí cincuenta dinares de oro, que guardé en un pañuelo, y salí.
Al entrar en la casa pude ver que todo lo habían
limpiado, lavado el suelo, brillante la batería de cocina, preparados los
candelabros, encendidos los faroles, prontos los manjares y escanciados los
vinos y demás bebidas. Y ella, al verme, se echó en mis brazos, y acariciándome
me dijo: "¡Por Alah! ¡Cuanto te deseo!" Y después nos pusimos a comer avellanas
y nueces hasta media noche, En la mañana me levanté, puse los cincuenta dinares
de oro en el sitio de costumbre, y me fui.
Monté en el borrico, me dirigí al khan, y allí estuve
durmiendo. Al anochecer me levanté y dispuse que el cocinero del khan preparase
la comida: un plato de arroz salteado con manteca y aderezado con nueces y
almendras, y otro plato de cotufas fritas, con varias cosas más. Luego compré
flores, frutas y varias clases de almendras, y las envié á casa de mi amada. Y
cogiendo cincuenta dinares; de oro, los puse en un pañuelo y salí. Y aquella
noche me sucedió con la joven lo que estaba escrito que sucediese.
Y siguiendo de este modo, acabé par arruinarme en
absoluto, y ya no poseía un dinar, ni siquiera un dracma. Entonces dije para mí
que todo ello había sido obra del Cheitán. Y recité las siguientes estrofas:
¡Si la fortuna abandonase al rico, lo veréis
empobrecerse y extinguirse sin gloria, como el sol que amarillea al ponerse!
Y al desaparecer, su recuerdo se borra para siempre de
todas las memorias ¡Y si vuelve algún día, la suerte no le sonreiría nunca!
¡Ha de darle vergüenza presentarse en las calles! ¡Y a
solas consigo mismo, derramará todas las lágrimas de sus ojos!
¡Oh, Alah! ¡El hombre nada puede esperar de sus amigos,
porque si cae en la miseria, hasta sus parientes renegarán de él!
Y no sabiendo qué hacer, dominado por tristes
pensamientos, salí del khan para pasear un poco, y llegué a la plaza de Bain
Al-Kasrain, cerca de la puerta de Zauilat. Allí vi un gentío enorme que llenaba
toda la plaza, por ser día de fiesta y de feria. Me confundí entre la
muchedumbre, y por decreto del Destino hallé a mi lado un jinete muy bien
vestido. Y como la gente aumentaba, me apretujaron contra él, y precisamente mi
mano sé encontró pegada a su bolsillo; y noté que el bolsillo contenía un
paquetito redondo. Entonces metí rápidamente la mano y saqué el paquetito; pero
no tuve bastante destreza para que él no lo notase. Porque el jinete comprobó
por la disminución de peso que le habían vaciado el bolsillo. Volvióse iracundo,
blandiendo la maza de armas, y me asestó un golpazo en la cabeza. Caí al suelo,
y me rodeó un corro de personas, algunas de las cuales impidieron que se
repitiera, la agresión cogiendo al caballo de la brida y diciendo al jinete:
"¿No te da vergüenza aprovecharte de las apreturas para pegar a un hombre
indefenso?" Pero él dijo: "¡Sabed todos que ese individuo es un ladrón!"
En aquel momento volví en mí del desmayo en que me
encontraba, y oí que la gente decía: "¡No puede ser! Esté joven tiene sobrada
distinción para dedicarse al robo:" Y todos discutían sí yo habría o no robado,
y cada vez era mayor la disputa. Hube de verme al fin arrastrado, por la
muchedumbre, y quizá habría podido escapar de aquel jinete, que no quería
soltarme, cuando por decreto del Destido, acertaron a pasar por allí el walí y
su guardia, que atravesando la puerta de Zauilat, se aproximaron al grupo en que
nos encontrábamos: Y el walí preguntó: "¿Qué es lo. que pasa?" Y contestó el
jinete: ¡Por Alah! ¡Oh Emir! He aquí a un ladrón. Llevaba yo un bolsillo azul
con veinte dinares de oro, y entre las apreturas ha encontrado manera de
quitármelo." Y el walí preguntó al jinete: "¿Tienes algún testigo?" Y el jinete
contestó: "No tengo ninguno." Entonces el walí llamó al mokadem, jefe de
policía, y le dijo: "Apodérate de ese hombre y regístralo,"-Y el mokaden me echó
mano, porque ya no me protegía Alah, y me despojó de toda la ropa, acabando por
encontrar el bolsillo, que era efectivamente de seda azul. El walí lo cogió y
contó el dinero, resultando que contenía exactamente los veinte dinares de oro,
según el jinete había afirmado.
Entonces el walí llamó a sus guardias, y les dijo:
-Traed acá a ese hombre." Y me pusieron en sus manos, y me dijo: "Es necesario
declarar la verdad. Dime si confiesas haber robado este bolsillo." Y yo,
avergonzado, bajé la cabeza y reflexioné un momento, diciendo entr mí: "Si digo
que no he sido yo, o me creerán, pues acaban de encontrarme el bolsillo encima,
y si digo que lo he robado me pierdo." Pero acabé por decidirme, y contesté:
"Sí, lo he robado."
Al vermé quedó sorprendido el walí, y llamó a los
testigos, para que oyesen mis palabras, mandandome que las repitiese ante ellos.
Y ocurría todo aquello en la Bab-Zauilat.
`El walí mandó entonces al portaalfanje que me cortase
la mano, según la ley contra los ladrones. Y el portaalfanje me cortó
inmediatamente la mano derecha. Y el jinete se compadeció de mí e intercedió con
el walí para que no me cortasen la otra mano. Y el walí le concedió esa gracia y
se alejó. Y la gente me tuvo lástima, y me dieron un vaso de vino para
infundirme alientos, pues había perdido mucha sangre, y me hallaba muy débil. En
cuanto al jinete, se acercó a mí, me alargó el bolsillo y me lo puso en la mano,
diciendo: "Eres un joven bien educado y no se hizo para ti el oficio de ladrón:"
Y dicho esto se alejó, después de haberme obligado a aceptar el bolsillo. Y yo
me marché también, envolviéndome el brazo con un pañuelo y tapándolo con la
manga del ropón. Y me había quedado muy pálido y muy triste a consecuencia de lo
ocurrido.
Sin darme cuenta, me fui hacia la casa de mi amiga. Y
al llegar, me tendí extenuado en el lecho Pero ella, al ver mi palidez y mi
decaimiento, me dijo: "¿Qué te pasa? ¿Cómo estás tan pálido?" Y yo contesté: "Me
duele mucho la cabeza; no me encuentro bien." Entonces, muy entristecida, me
dijo; "¡Oh dueño mío, no me abrases el corazón! Levanta un poco la cabeza hacia
mí, te lo ruego, ¡ojo de mi vida! y dime lo que te ha ocurrido. 'Porque adivino
en tu rostro muchas cosas." Pero yo le dije: "¡Por favor! Ahórrame la pena de
contestarte." Y ella, echándose a llorar, replicó: "¡Ya veo que te cansaste de
mí, pues no estás conmigo, como de costumbre!" Y derramó abundantes lágrimas
mezcladas con suspiros, y de cuando en cuando interrumpía sus lamentos para
dirigirme preguntas, que quedaban sin respuesta; y así estuvimos hasta la noche.
Entonces nos trajeron de comer y nos presentaron los manjares, como solían. Pero
yo me guardé bien de aceptar, pues me habría avergonzado coger los alimentos con
la mano izquierda, y temía que me preguntase el motivo de ello. Y por tanto,
exclamé: "No tengo ningún apetito ahora." Y ella dijo: "Ya ves como tenía razón.
Entérame de lo que te ha pasado, y por qué estás tan afligido y con luto en el
alma y en el corazón." Entonces acabé por decirle: "Te lo contaré todo, pero
poco a poco, por partes." Y ella, alargándome una copa de vino, repuso: "¡Vamos,
hijo mío! Déjate de pensamientos tristes. Con esto se cura la melancolía. Bebe
este vino, y confíame la causa de tus penas." Y yo le dije: "Si te empeñas, dame
tú misma de beber con tu mano." Y ella acercó la copa a mis labios, inclinándola
con suavidad, y me dio de beber. Despues la llenó de nuevo, y me la acercó otra
vez. Hice un esfuerzo, tendí la mano izquierda y cogí la copa. Pero no pude
contener las lágrimas y rompí a llorar.
Y cuando ella me vio llorar, tampoco pudo contenerse,
me cogió la cabeza con ambas manos, y dijo., ¡Oh, por favor! ¡Dime el motivo de
tu llanto! ¡Me estás abrasando el corazón! ¡Dime también por qué tomaste la copa
con la mano izquierda." Y yo le contesté: "Tengo un tumor en la derecha." Y ella
replicó: "Enséñamelo; lo sajaremos, y te aliviarás." Y yo respondí: "No es el
momento oportuno para tal operación. No insistas, porque estoy resuelto a no
sacar la mano." Vacié por completo la copa, y seguí bebiendo cada vez que ella
me la ofrecía, hasta que me poseyó la embriaguez, madre del olvido. Y
tendiéndome en el misma sitio en que me hallaba, me dormí.
Al día siguiente, cuando me desperté, vi que me había
preparado el almuerzo: cuatro pollos cocidos, caldo de gallina y vino abundante.
De todo me ofreció, y comí y bebí, y después quise despedirme y marcharme. Pero
ella me dijo: "¡Adónde piensas ir?" Y yo contesté: "A cualquier sitio en que
pueda distraerme y olvidar las penas que me oprimen el corazón." Y ella me dijo:
"¡Oh, no te vayas! ¡Quédate un poco más!" Y yo me senté, y ella me dirigió una
intensa mirada, y me dijo: "Ojo de mi vida, ¿qué locura te aqueja? Por mi amor
te has arruinado. Además, adivino que tengo también la_ culpa de que hayas
perdido la mano derecha. Tu sueño me ha hecho descubrir tu desgracia. Pero ¡por
Alah! jamás me separaré de ti. Y quiero casarme contigo legalmente."
Y mandó llamar a los testigos, y les dijo: "Sed
testigos de mi casamiento con este joven. Vais a redactar el contrato de
matrimonio, haciendo constar que me ha entregado la dote."
Y los testigos redactaron nuestro contrato de
matrimonio. Y ella les dijo: "Sed testigos asimismo de que todas las riquezas
que me pertenecen, y que están en esa arca que veis, así como cuanto poseo, es
desde ahora propiedad de este joven. Y los testigos lo hicieron constar, y
levantaron acta de su declaración, así como de que yo aceptaba, y se fueron
después de haber cobrado sus honorarios.
Entonces la joven me cogió de la mano, y me llevó
frente a un armario, lo abrió y me enseñó un gran cajón, que abrió también y me
dijo: "Mira lo que hay en esa caja." Y al examinarla, vi que estaba llena de
pañuelos, cada uno de los cuales formaba un paquetito. Y me dijo: "Todo esto son
los bienes que durante el transcurso del tiempo fui aceptando de ti. Cada vez
que me dabas un pañuelo con cincuenta dinares de oro, tenía yo buen cuidado de
guardarlo muy oculto en esa caja. Ahora recobra lo tuyo. Alah te lo tenía
reservado y lo había escrito en tu Destino. Hoy te protege Alah, y me eligió
para realizar lo que él había escrito. Pero por causa mía perdiste la mano
derecha, y no puedo corresponder como es debido a tu amor ni a tu adhesión a mi
persona, pues no bastaría aunque para ello sacrificase mi alma." Y añadió: "Toma
posesión de tus bienes." Y yo mandé fabricar una nueva caja, en la cual metí uno
por uno los paquetes que iba sacando del armario de la joven.
Me levanté entonces y la estreché en mis brazos. Y
siguió diciéndome las palabras más gratas y lamentando lo poco que podía hacer
por mí en comparación de lo que yo había hecho por ella. Después, queriendo
colmar cuanto había hecho, se levantó e inscribió a mi nombre todas las alhajas
y ropas de lujo que poseía, así como sus valores, terrenos y fincas,
certificándolo con su sello y ante testigos.
Y aquella noche, se durmió muy entristecida por la
desgracia que me había ocurrido por su causa.
Y desde aquel momento no dejó de lamentame y afligirse
de tal modo, que al cabo de un mes se apoderó de ella un decaimiento, que se fue
acentuando y se agravó, hasta el punto de que murió a los cincuenta días.
Entonces dispuse todos los preparativos de los
funerales, y yo mismo la deposité en la sepultura y mandé verificar cuantas
ceremonias preceden al entierro. Al regresar del cementerio entré en la casa y
examiné todos sus legados y donaciones, y vi que entre otras cosas me había
dejado grandes almacenes llenos de sésamo. Precisamente de este sésamo cuya
venta te encargué, ¡oh mi señor! por lo cual te aviniste a aceptar un escaso
corretaje, muy inferior a tus méritos.
Y esos viajes que he realizado y que te asombraban eran
indispensables para liquidar cuanto ella me ha dejado, y ahora mismo acabo de
cobrar todo el dinero y arreglar otras cosas.
Te ruego, pues, que no rechaces la gratificación que
quiero ofrecerte, ¡oh tú que me das hospitalidad en tu casa y me invitas a
compartir tus manjares! Me harás un favor aceptando todo el dinero que has
guardado y que cobraste por la venta del sésamo.
Y tales mi historia y la causa de que coma siempre con
la mano izquierda."
Entonces, yo, ¡oh poderoso rey! dije, al joven: "En
verdad que me colmas de favores y beneficios" Y me contestó: "Eso no vale nada.
¿Quieres ahora, ¡oh excelente corredor! acompañarme a mi tierra, que, como
sabes, es Bagdad? Acabo de hacer importantes compras de géneros en El Cairo, y
pienso venderlos con mucha ganancia en Bagdad: ¿Quieres ser mi compañero de
viaje y mi socio en las ganancias?" Y contesté: "Pongo tus deseos sobre mis
ojos." Y determinamos partir a fin del mes.
Mientras tanto, me ocupé en vender sin pérdida ninguna
todo lo que poseía, y con el dinero que aquello me produjo compré también muchos
géneros. Y partí con el joven hacia Bagdad; y desde allí después de obtener
ganancias cuantiosas y comprar otras mercancías, nos encaminamos a este país que
gobiernas, ¡oh rey de los siglos!
Y el joven vendió aquí todos sus géneros y ha marchado
de nuevo a Egipto, y me disponía a reunirme con él, cuando me ha ocurrido esta
aventura con el jorobado, debida a mi desconocimiento del país, pues soy un
extranjero , que viaja para realizar sus negocios.
Tal es, ¡oh rey de los siglos! la historia, que juzgo
más extraordinaria que la del jorobado."
Pero el rey, contestó: "Pues a mi no me lo parece. Y
voy a mandar que os ahorquen a todos, para que paguéis el crimen cometido en la
persona de mi bufón, este pobre jorobado a quien matasteis."
En este momento de su narración, Schahrazada vio
aparecer la mañana; y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 27a NOCHE
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortimado! que cuando el
rey de la China dijo: "Voy a mandar que os ahorquen a todos", el intendente dio
un paso, prosternándose ante el rey, y dijo: "Si me lo perinítes, te contaré una
historia que ha ocurrido hace pocos días, y, que es más sorprendente y
maravillosa que la del jorobado. Si así lo crees después de haberla oído, nos
indultarás a todos." El rey de la China dijo: "¡Así sea!" Y el intendente contó
lo que sigue:
RELATO DEL INTENDENTE DEL REY DE LA CHINA
"Sabe, ¡oh rey de los siglos y del tiempo! que la noche
última me convidáron, a una comida de boda, a la cual asistían los sabios
versados en el libro de la Nobleza. Terminada la lectura del Corán, se tendió el
mantel, se colocaron los manjares y se trajo todo lo necesario para el festín.
Pero entre otros comestibles, había un plato de arroz preparado con ajos que se
llama rozbaja, y que es delicioso si está en su punto el arroz y se han
dosificado bien los ajos y especias que lo sazonan. Todos empezamos a comerlo
con gran apetito excepto uno de los convidados, que se negó rotundamente a tocar
este plato de rozbaja. Y como le instábamos a que lo probase, juró que no haría
tal cosa. Entonces repetimos nuestro ruego, pero él nos dijo: "Por favor, no me
apremiéis de ese modo. Bastante lo pagué una vez que tuve la desgracia de
probarlo." Y recitó esta, estrofa:
¡Si no quieres tratarte con el que fue tu amigo y
deseas evitar su saludo, no pierdas el tiempo en inventar estratagemas: huye de
él!
Entonces no quisimos insistir más. Pero le preguntamos:
"¡Por Alah! ¿Cual es la causa que te impide probar este delicioso plato de
rozbaja?" Y contestó: "He jurado no comer rozbaja sin haberme lavado las manos
cuarenta veces seguidas con sosa, otras cuarenta con potasa y otras cuarenta con
jabón, o sean ciento veinte veces."
Y el dueño de la casa mandó a los criados que trajesen
inmediatamente agua y las demás cosas que había pedido el convidado. Y después
de lavarse se sentó de nuevo el convidado, y aunque no muy a gusto, tendió la
mano hacia el plato en que todas comíamos, y trémulo y vacilante empezó a comer.
Mucho nos sorprendió aquello, pero más nos sorprendió cuando al mirar su mano
vimos que sólo tenía cuatro dedos, pues carecía del pulgar. Y el convidado no
comía más que con cuatro dedos. Entonces le dijimos: "¡Por Alah sobre ti! Dinos
por qué no tienes pulgar. ¿Es una deformidad de nacimiento, obra de Alah, o has
sido víctima de algún accidente?"
Y entonces contestó: "Hermanos, aún no lo habéis visto
todo. No me falta un pulgar, sino los dos, pues tampoco le tengo en la mano
izquierda. Y además, en cada pie me falta otro dedo. Ahora lo vais a ver." Y nos
enseñó la otra mano, y descubrió ambos pies, y vimos que efectivamente, no tenía
más que cuatro dedos en cada uno. Entonces aumentó, nuestro asombro, y le
dijimos: "Hemos llegado al límite de la impaciencia, y deseamos averiguar la
causa de que perdieras los dos pulgares y esos otros dos dedos de los pies, así
como el motivo de que te hayas lavado las manos ciento veinte veces seguidas."
Entonces nos refirió lo siguiente:
"Sabed, ¡oh todos vosotros! que mi padre era un
mercader entre los grandes mercaderes, el principal de los mercaderes de la
ciudad de Bagdad en tiempo del califa Harún Al-Ráchid, Y eran sus delicias el
vino en las copas, los perfumes de las flores, las flores en su tallo, cantoras
y danzarinas, los ojos negros y las propietarias de estos ojos. Así es que
cuando murió no me dejó dinero, porque todo lo había gastado. Pero como, era mi
padre, le hice un entierro según su rango, di festines fúnebres en honor suyo, y
le llevé luto días y noches. Después fui a la tienda que había sido suya, la
abrí, y no hallé nada que tuviese valor; al contrario, supe que dejaba muchas
deudas. Entonces fui a buscar a los acreedores de mi padre, rogándoles que
tuviesen paciencia, y los tranquilicé lo mejor que pude. Después me puse a
vender y comprar, y a pagar las deudas, semana por semana, conforme a mis
ganancias. Y no dejé de proceder del mismo modo hasta que pagué todas las deudas
y acrecenté mi capital primitivo con mis legítimas ganancias.
Pero un día que estaba yo sentado en mi tienda, vi
avanzar montada en una mula torda, un milagro entre los milagros, una joven
deslumbrante de hermosura. Delante de ella iba un eunuco y otro detrás. Paró la
mula, y a la entrada del zoco se apeó, y penetró en el mercado, seguida de uno
de los dos eunucos. Y éste le dijo: "¡Oh mi señora! Por favor, no te dejes ver
de los- transeúntes. Vas a atraer contra nootros alguna calamidad. Vámonos de
aquí." Y el eunuco quiso llevársela. Pero ella no hizo caso de sus palabras, y
estuvo examinando todas las tiendas del zoco, una tras otra, sin que viera
ninguna más lujosa ni mejor presentada que la mía. Entonces se dirigió hacia mí,
siempre seguida por el eunuco, se sentó en mi tienda y me deseo la paz. Y en mi
vida había oído voz más suave ni palabras mas deliciosas. Y la miré, y sólo con
verla me sentí turbadísimo, con el corazón arrebatado. Y no pude apartar mis
miradas de su semblante, y recité estas dos estrofas:
¡Di a la hermosa del velo suave, tan suave como el ala
de un palomo!
¡Dile que al pensar en lo que padezco, creo que la
muerte me aliviaría!
¡Dile que sea buena un poco nada mas! ¡Por ella, para
acercarme a sus alas, he renunciado a mi tranquilidad!
Cuando oyó mis versos, me correspondió con los
siguientes:
¡He gastado mi corazón amándote! ¡Y este corazón
rechaza otros amores!
¡Y si mis ojos viesen alguna vez otra beldad, ya no
podrían alegrarse!
¡Juré no arrancar nunca tu amor de mi corazón! ¡Y sin
embargo, mi corazón está triste y sediento de tu amor!
¡He bebido en una capa en la cual encontré el amor
puro! ¿Por qué no han humedecido tus labios esa copa en que encontré el amor?...
Después me dijo: "¡Oh joven mercader! ¿tienes telas
buenas que enseñarme?" A lo cual contesté: "¡Oh mi señora!' Tu esclavo es un
pobre mercader, y no posee nada digno de ti. Ten, pues, paciencia, porque como
todavía es muy temprano, aún no han abierto las tiendas los demás mercaderes. Y
en cuanto abran, iré a comprarles yo mismo los géneros que buscas." Luego estuve
conversando con ella, sintiéndome cada vez más enamorado.
Pero cuando los mercaderes abrieron sus
establecimientos, me levanté y salí a comprar lo que me había encargado, y el
total de las compras, que tomé por mi cuenta, ascendía a cinco mil dracmas. Y
todo se lo entregué al eunuco. Y enseguida la joven partió con él, dirigiéndose
al sitió donde la esperaba el otro esclavo con la mula. Y yo entré en mi casa
embriagado de amor. Me trajeron la comida y no pude comer, pensando siempre en
la hermosa joven. Y cuando quise dormir huyó de mí el sueño.
De este modo transcurrió una semana, y los mercaderes
me reclamaron el dinero; pero como no volví a saber de la joven, les rogué que
tuviesen un poco de paciencia, pidiéndoles otra semana de plazo. Y ellos se
avinieron. Y efectivamente, al cabo de la semana vi llegar a la joven montada en
su mula y acompañada por un servidor y los dos eunucos. Y la joven me saludó y
me dijo: "¡Oh mi señor! Perdóname que hayamos tardado tanto en pagarte. Pero ahí
tienes el dinero. Manda venir a un cambista, para que vea estas monedas de oro."
Mandé llamar al cambista, y en seguida uno de los eunucos le entregó el dinero,
lo examinó y lo encontró de ley. Entonces tomé el dinero, y estuve hablando con
la joven hasta que se abrió el zoco y llegaron los mercaderes a sus tiendas. Y
ella me dijo: "Ahora necesito estas y aquellas cosas. Ve a comprármelas." Y
compré por mi cuenta cuanto me había encargado, entregándoselo todo. Y ella lo
tomó, como la primera vez, y se fue en seguida. Y cuando la vi alejarse, dije
para mí: "No entiendo esta amistad que me tiene. Me trae cuatrocientos dinares y
se lleva géneros que valen mil. Y se marcha sin decirme siquiera dónde vive.
¡Pero solamente Alah sabe lo que se oculta en un corazón!"
Y así transcurrió todo un mes, cada día más atormentado
mi espíritu por esas , reflexiones. Y los mercaderes vinieron a reclamarme su
dinero en forma tan apremiante, que para tranquilizarlos hube de decirles que
iba a vender mi tienda con todos los géneros, y mi casa y todos mis bienes. Me
hallé, pues, próximo a la ruina, y estaba muy afligido, cuando vi a la joven que
entraba en el zoco y se dirigía a mi tienda. Y al verla se desvanecieron todas
mis zozobras, y hasta olvidé la triste situación en que me encontraba durante su
ausencia. Y ella se me acercó, y con su voz llena de dulzura me dijo: "Saca la
balanza, para pesar el dinero que te traigo." Y me dio, en efecto, cuanto me
debía y algo más, en pago de las compras que para ella había hecho.
En seguida se sentó a mi lado y me habló con gran
afabilidad, y yo desfallecía de ventura. Y acabó por decirme: "¿Eres soltero o
tienes esposa?" Y yo dije: "¡Por Alah! No tengo ni mujer legítima ni concubina."
Y al decirlo, me eché a llorar. Entonces ella me preguntó: "¿Por qué lloras?" Y
yo respondí: "Por nada; es que me ha pasado una cosa por la mente." Luego me
acerqué a su criado, le di algunos dinares de oro y le rogué que sirviese de
mediador entre ella y mi persona para lo que yo deseaba. Y él se echó a reír, y
me dijo: "Sabe que mi señora está enamorada de ti. Pues ninguna necesidad tenía
de comprar telas, y sólo las ha comprado para poder hablar contigo y darte a
conocer su pasión. Puedes, por tanto, dirigirte a ella, seguro de que no te
reñirá ni ha de contrariarte."
Y cuando ella iba a despedirse, me vio entregar el
dinero al servidor que la acompañaba. Y entonces volvio a sentarse y me sonrió.
Y yo le dije: "Otorga a tu esclavo la merced que desea solicitar de ti y
perdónale anticipadamente lo que va a decirte." Después le hablé de lo que tenía
en mi corazón. Y vi que. le agradaba, pues me dijo: "Este esclavo te traerá mi
respuesta y te señalará mi voluntad. Haz cuanto te diga que hagas." Después se
levantó y se fue.
Entonces fui a entregar a los mercaderes su dinero con
los intereses que les correspondían. En cuanto a mí, desde el instante que dejé
de verla perdí todo mi sueño durante todas mis noches. Pero en fin, pasados
algunos días, vi llegar al esclavo y lo recibí con solicitud y generosidad,
rogándole que me diese noticias. Y él me dijo: "Ha estado enferma estos días;" Y
yo insistí: "Dame algunos pormenores acerca de ella." Y él respondió: "Esta
joven ha sido educada por nuestra ama Zobeida, esposa favorita de Harun
Al-Rachid, y ha entrado en su servidumbre. Y nuestra ama Zobeida la quiere como
si fuese hija suya, y no la niega nada. Pero el otro día le pidió permiso para
salir, diciéndole: "Mi alma desea pasearse un poco y volver en seguida a
palacio." Y se le concedió el permiso. Y desde aquel día no dejó de salir y de
volver a palacio, con tal frecuencia, que acabó por ser peritísima en compras, y
se convirtió en la proveedora de nuestra ama Zobeida. Entonces te vio, y le
habló de ti a nuestra ama, rogándole que la casase contigo. Y nuestra ama le
contestó: "Nada puedo decirte sin conocer a ese joven. Si me convenzo de que te
iguala en cualidades, te uniré con él." Pero ahora vengo a decirte que nuestro
propósito es que entres en palacio. Y si logramos hacerte entrar sin que nadie
se entere puedes estar seguro de casarte, pero si se descubre te cortarán la
cabeza. ¿Qué dices a esto?" Yo respondí: "Que iré contigo." Entonces me dijo:
"Apenas llegue la noche, dirígete a la mezquita que Sett-Zobeida ha mandado
edificar junto al Tigris. Entra, haz tu oración, y aguárdame." Y yo respondí:
"Obedezco, amo, y honro."
Y cuando vino la noche fui a la mezquita, entré, me
puse a rezar, y pasé allí toda la noche. Pero al amanecer vi, por una de las
ventanas que dan al río, que llegaban en una barca unos esclavos llevando dos
cajas vacías. Las metieron en la mezquita y se volvieron a su barca. Pero una de
ellos, que se había quedado detrás de los otros, era el que me había servido de
mediador. Y a los pocos momentos vi llegar a la mezquita a mi amada, la dama de
Sett-Zobeida. Y corrí a su encuentro, queriendo estrecharla entre mis brazos.
Pero ella huyó hacia donde estaban las cajas vacías e hizo una seña al eunuco,
que me cogió, y antes de que pudiese defenderme me encerró en una de aquellas
cajas. Y en el tiempo que se tarda en abrir un ojo y cerrar el otro, me llevaron
al palacio del califa. Y me sacaron de la caja. Y me entregaron trajes y efectos
que valdrían lo menos cincuenta mil dracmas. Después vi a otras veinte esclavas
blancas. Y en medio de ellas estaba Sett-Zobeida, que no podía moverse de tantos
esplendores como llevaba.
Y las damas formaban dos filas frente a la sultana. Yo
di un paso y besé la tierra entre sus manos. Entonces me hizo seña de que me
sentase, y me senté entre sus manos. En seguida me interrogó acerca de mis
negocios, mi parentela y mi linaje, contestándole yo a cuanto me preguntaba. Y
pareció muy satisfecha, y dijo: "¡Alah! ¡Ya veo que no he perdido el tiempo
criando a esta joven, pues le encuentro un esposo cual éste!" Y añadió: "¡Sabe
que la considero como si fuese mi propia hija, y será para ti una esposa sumisa
y dulce ante Alah y ante ti!" Y entonces me incliné, besé la tierra y consentí
en casarme.
Y Sett-Zobeida me invitó a pasar en el palacio diez
días. Y allí permanecí estos diez días, pero sin saber nada de la joven. Y eran
otras jóvenes las que me traían el almuerzo y la comida y servían a la mesa.
Transcurrido el plazo indispensable para los
preparativos de la boda, Sett-Zobeida rogó al Emir de los Creyentes el permiso
para la boda. Y el califa, después de dar su venia, regaló a la joven diez mil
dinares de oro. Y Sett-Zobeida mandó a buscar al kadí y a los testigos, que
escribieron el contrato de matrímonio. Después empezó la fiesta Se prepararon
dulces de todas clases y los manjares de costumbre. Comimos, bebimos y se
repartieron platos de comida por toda la ciudad, durando el festín diez días
completos. Después llevaron a la joven al hammam para prepararla, según es uso.
Y durante este tiempo se puso la mesa para mí y mis
convidados, se trajeron platos exquisitos, y entre otras cosas, en medio de
pollos asados, pasteles de todas clases, rellenos deliciosos y dulces perfumados
con almizcle y agua de rosas, había un plato de rozbaja capaz de volver loco al
espíritu más equilibrado. Y yo, ¡por Alah! en cuanto me senté a la mesa, no pude
menos de precipitarme sobre este plato, de rozbaja y hartarme de él. Después me
seque las manos.
Y así estuve, tranquilo hasta la noche. Pero se
encendieron las antorchas y llegaron las cantoras y tañedoras de instrumentos.
Después se procedió a vestir a la desposada. Y la vistieron siete veces con
trajes diferentes, en medio de los cantos y del sonar de los instrumentos. En
cuanto al palacio, estaba lleno completamente por una muchedumbre de convidados.
Y yo, cuando hubo terminado la ceremonia, entré en el aposento reservado, y me
trajeron a la novia, procediendo su servidumbre a despojarla de todos los
vestídos, retirándose después.
La cogí entre mis brazos; y tal era mi ventura, que me
parecía mentira el poseerla. Pero en este momento notó el olor de mi mano con la
cual había comido la rozbaja; y apenas lo notó lanzó un agudo chíllido.
Inmediatamente acudieron por todas partes las damas de
palacio, mientras que yo, trémulo de emoción, no me daba cuenta de la causa de
todo aquello. Y le dijeron: "¡Oh hermana nuestra! ¿qué te ocurre?" Y ella
contestó: "¡Por Alah sobre vosotras! ¡Libradme al instante de este estúpido, al
cual creí hombre de buenas. maneras!" Y yo le, pregunté; "¿por qué me juzgas
estúpido o loco?" Y ella dijo: "¡Insensato! ¡Ya no te quiero, por tu poco juicio
y tu mala acción!" Y cogió un látigo que estaba cerca de ella, y me azotó con
tan fuertes golpes; que perdí el conocimiento. Entonos ella se detuvo, y dijo a
las doncellas:- "Cogedlo y llevádselo al gobernador de la ciudad, para que le
corten la mano con que comió los ajos." Pero ya había yo recobrado el
conocimiento; y al oír aquellas palabras, exclamé: ¡No hay poder y fuerza más
que en Alah Todopoderoso! ¿Pero por haber comido ajos me han de cortar una mano?
¿Quién ha visto nunca semejante cosa?" Entonces las donsellas empezaron a
interceder en mi favor, y le dijeron: "¡Oh hermana, no le castigues esta vez!
¡Concédenos la gracia de perdonarle!" Enronces ella dijo: "Os concedo lo que
pedís; no le cortarán la mano; pero de todos modos algo he de cortarle de sus
extremidades." Después se fue y me dejó solo.
En cuanto a mí, estuve diez días completamente solo y
sin verla. Pero pasados los diez días, vino a buscarme y me dijo: "¡Oh tú, el de
la cara ennegrecida! ¿Tan poca cosa soy para ti, que comiste ajo la noche de la
boda?" Después llamó a sus siervas y les dijo: "¡Atadle los brazos y las
piernas!" Y entonces me ataron los brazos y las piernas, y ella cogió una
cuchilla de afeitar bien afilada y me cortó los dos pulgares de las manos y los
dedos gordos de ambos pies. Y por eso, ¡oh todos vosotros! me veis sin pulgares
en las manos y en los pies.
En cuanto a mí, caí desmayado. Entonces ella echó en
mis heridas polvos de una raíz aromática, y así restañó la sangre. Y yo dije,
primero entre mí y luego en alta voz: "¡No volveré a comer rozbaja sin lavarme
después las manos cuarenta veces con potasa, cuarenta con sosa y cuarenta con
jabón!"' Y al oírme, me hizo jurar que cumpliría esta promesa, y que no comería
rozbaja sin cumplir con exactitud lo que acababa de decir.
Por eso, cuando me apremiabais todos los aquí reunidos
a comer de ese plato de rozbaja que hay, en la mesa, he palidecido y me he
dicho: "He aquí la rozbaja que me costó perder los pulgares." Y al empeñaros en
que la comiera, me vi obligado por mi juramento a hacer lo que visteis."
Entonces, ¡oh rey de los siglos! -dijo el intendente
continuando la historia, mientras los demás circunstantes estaban escuchando-
pregunté al joven mercader de Bagdad: "¿Y qué te ocurrió luego con tu esposa?" Y
él me contestó:
"Cuando hice aquel, juramento ante ella, se tranquilizó
su corazón, y acabó por perdonarme. Y ¡por Alah! recuperé bien el tiempo perdido
y olvidé mis pesares. Y permanecimos unidos largo tiempo de aquel modo. Después
ella me dijo: "Has de saber que nadie de la corte del califa sabe lo que ha
pasado entre nosotros. Eres el único que logró introducirse en este palacio. Y
has entrado gracias al apoyo de El-Sayedat Zobeida." Después me entregó diez mil
dinares de oro, diciéndome; `Toma éste dinero y ve a comprar una buena casa en
que podamos vivir los dos."
Entonces salí, y compré una casa magnífica. Y allí
transporté las riquezas de mi esposa y cuantos regalos le habían hecho, los
objetos preciosos, telas, muebles y demás cosas bellas. Y todo lo puse en
aquella casa que había comprado. Y vivimos juntos hasta el límite de los
placeres y de la expansión.
Pero al cabo de un año, por voluntad de Alah, murió mi
mujer. Y no busqué otra esposa, pues quise viajar. Salí entonces de Bagdad,
después de haber vendido todos mis bienes, y cogí todo mi dinero y emprendí el
viaje, hasta que llegué a esta ciudad." Y tal es, ¡oh rey del tiempo! -prosiguió
el intendente- la historia qué une refirió el joven mercader de Bagdad. Entonces
todos los invitados seguimos comiendo, y después nos fuimos.
Pero al salir me ocurrió la aventura con el jorobado. Y
entonces sucedió lo que sucedió.
Esta es la historia. Estoy convencido de que es mas
sorprendente que nuestra aventura con el jorobado. ¡Uasalám!",
Entonces dijo el rey de la China: "Pues te equivocas.
No es más maravillosa que la aventura del jorobado. Porqué la aventura del
jorobado es mucho más sorprendente. Y por eso van a crucificaros a todos, desde
el primero hasta el último."
Pero en esté momento avanzó el médico judío, besó la
tierra entre las manos del sultán, y dijo: "¡Oh rey del tiempo! Te voy a contar
una historia que es seguramente más extraordinaria que todo cuanto oíste, y que
la misma aventura del jorobado."
Entonces dijo el rey de la China: "Cuéntala pronto,
porque no puedo aguardar más."
Y el médico judío dijo:
RELATO DEL MÉDICO JUDÍO
"La cosa más extraordinaria que me ocurrió en mi
juventud es precisamente esta que vais a oír, ¡oh mis señores llenos de
cualidades!
Estudiaba entonces medicina y ciencias en la ciudad de
Damasco, Y cuando tuve bien aprendida mi profesión, empecé a ejercerla y a
ganarme la vida.
Pero un día entre los días, cierto esclavo del
gobernador de Damasco vino a mi casa, y diciéndome que le acompañase, me llevó
al palacio del gobernador. Y allí, en medio de una gran sala, vi un lecho de
mármol chapeado de oro. En este lecho estaba echado y enfermo un hijo de Adán.
Era un joven tan hermoso, que no se habría encontrado otro como él entre todos
los de su tiempo. Me acerqué a su cabecera, y le deseé pronta curación y
completa salud. Pero él sólo me contestó haciéndome una seña con los ojos. Y yo
le dije: ¡Oh mi señor, dame la mano!" Y él me alargó la mano izquierda, lo cual
me asombró mucho, haciéndome pensar: "¡Por Alah! ¡Qué cosa tan sorprendente! He
aquí un joven de buena apariencia y de elevada condición, y que está sin embargo
muy mal educado." No por eso dejé de tomarle el pulso, y receté un medicamento a
base de agua de rosas. Y le seguí visitando, hasta que, pasados diez días,
recuperó las fuerzas y pudo levantarse como de costumbre. Entonces le aconsejé
que fuese al hammam y que después volviese a descansar.
El gobernador de Damasco me demostró su gratitud
regalándome un magnífica ropón de honor y nombrándome, no sólo médico suyo, sino
también del hospital de Damasco. En cuanto al joven, que durante su enfermedad
había seguido alargándome la mano izquierda, me rogó que le acompañase al
hammam, que se había reservado para él solo, prohibiendo entrar a los demás
clientes. Y cuando llegamos al hammam se acercaron los criadas dei joven, le
ayudaron a desnudarse, cogiendo su ropa y dándole otra, limpia y nueva. Y al ver
desnudo al joven, noté que carecía de mano derecha. Y me sorprendió y apenó
grandemente el descubrimiento. Y aumentó mi asombro cuando vi huellas de varazos
en todo su cuerpo. Entonces el joven se volvió hacia mí, y me dijo: "¡Oh médico
del siglo! No te asombre el verme como me ves, pues voy a contarte el motivo, y
oirás una relación muy extraordinaria. Pero tenemos que aguardar a estar fuera
del hammam."
Después de salir del hammam llegamos al palacio, y nos
sentamos para descansar y. comer luego. Pero el joven me dilo: "¿No prefieres
que subamos a la sala alta?" Y yo le contesté que sí, y entonces mandó a los
criados que asaran un carnero y lo subieran a la sala alta, a la cual nos
encaminamos. Y los esclavos no tardaron en subir el carnero asado y toda clase
de frutas. Y nos pusimos a comer, y él siempre se servía de la mano izquierda.
Entonces yo le dije: "Cuéntame ahora esa historia." Y él contestó: "¡Oh médico
del siglo, te la voy a contar! Escucha, pues.
Sabe que nací en la ciudad de Mosssul, donde mi familia
figuraba entre las más principales. Mi padre era el mayor de los diez vástagos
que dejó mi abuelo al morir, y cuando esto ocurrió, mi padre estaba ya casado,
como todos mis tíos. Pero él era el único que tuvo un hijo, que fui yo, pues
ninguno de mis tíos los tuvo. Por eso fui creciendo entre las simpatías de todos
mis tíos, que me querían muchísimo y se alegraban mirándome.
Un día que estaba con mi padre en la gran mezquita de
Mossul para rezar la oración del viernes, vi que después de la plegaria todo el
mundo se había marchado, menos mi padre y mis tíos. Se sentaron todos en la gran
estera, y yo me senté con ellos. Y se pusieron a hablar, versando la
conversación sobre los viajes y las maravillas de los países extranjeros y de
las grandes ciudades lejanas. Pero sobre todo hablaron de Egipto y del Cairo. Y
mis tíos repitieron los relatos admirables de los viajeros que habían estado en
Egipto, y decían que no había en la tierra país más bello ni río más maravilloso
que el Nilo. Por eso los poetas han hecho muy bien en cantar ese país y su Nilo,
y dice la verdad el poeta cuando dice:
¡Por Alah! ¡Te conjuro que digas al río de mi país, al
Nilo de mi país, que aquí no puedo extinguir la sed, que el Éufrates no puede
apagarla sed que me atormenta!
Mis tíos empezaron a enumerar las maravillas de Egipto
y de su río, con tal elocuencia y tanto calor, que cuando dejaron de hablar y se
fue cada cual a su casa, quedé muy pensativo y preocupado, y no podía apartarse
de mi espíritu el grato recuerdo de todas aquellas cosas que acababa de oír con
motivo de aquel país tan admirable. Y cuando volví a casa, no pude pegar los
ojos en toda la noche, y perdí el apetito.
Averigüé a los pocos días que mis tíos estaban
preparando un viaje a Egipto, y rogué con tanto ardor a mi padre, y tanto laboré
para que me dejase ir con ellos, que me lo permitió y hasta me compró
mercaderías muy estimables. Y encargó a mis tíos que no me llevasen con ellos a
Egipto, sino que me dejasen en Damasco, donde debía yo ganar dinero con los
géneros que llevaba. Me despedí de mi padre, me junté con mis tíos, y salimos de
Mossul.
Así viajamos hasta. Alepo, donde nos detuvimos algunos
días, y desde allí reanudamos el viaje hacia Damasco, adonde no tardamos en
llegar:
Y vimos que Damasco es una hermosa ciudad, entre
jardines, arroyos, árboles, frutas y pájaros. Nos albergamos en uno de los
khanes, y mis tíos se quedaron en Damasco hasta que vendieron sus mercaderías de
Móssul, comprando otras en Damasco para despacharlas en El Cairo, y vendieron
también mis géneros tan ventajosamente, que cada dracma de mercadería me valió
cinco dracmas de plata. Después mis tíos me dejaron sólo en Damasco y
prosiguieron su viaje a Egipto.
En cuanto a mí, continué viviendo en Damasco, en donde
alquilé una casa maravillosa, cuyas bellezas no puede enumerar la lengua humana.
Me costaba dos dinares de oro al mes. Pero no me contenté con esto. Empecé a
hacer cuantiosos gastos, satisfaciendo todos mis caprichos, sin privarme de
ninguna clase de manjares ni bebidas. Y este género de vida duró hasta que hube
gastado el dinero con que contaba.
Y por entonces, estando sentado un día a la puerta de
mi casa para tomar el fresco, vi acercarse a mí, viniendo no sé de dónde, a una
joven ricamente vestida, sobrepasando en elegancia a todo cuanto había visto en
mí vida. Me levanté súbitamente y la invité a que honrase mi casa con su
presencia. No hizo ningún reparo, sino que traspuso el umbral y penetró en la
casa gentilmente. Cerré entonces la puerta detrás de nosotros, y lleno de júbilo
la cogí en brazos y la transporté al salón. Allí se descubrió, se quitó el velo,
y se me apareció en toda su hermosura. Y tan hechicera la encontré, que me sentí
completamente dominado por su amor.
Salí en seguida en busca del mantel, lo cubrí con
manjares suculentos y frutas exquisitas y cuanto era de mi obligación en
aquellas circunstancias. Y nos pusimos a comer y a jugar, y luego a beber, y de
tal manera lo hicimos, que nos emborrachamos por completo. Y la noche que pasé
con ella hasta la mañana se contará entre las más benditas.
Al día siguiente creí que hacía bien las cosas
ofreciéndole diez dinares de oro. Pero los rechazó y dijo que nunca aceptaría
nada de mí. Después me dijo: "Y ahora, ¡oh querido mío! sabe que volveré a verte
dentro de tres días, al anochecer. Aguárdame, porque no he de faltar. Y como yo
misma me convido, no quiero ocasionarte gastos de modo que te voy a dar dinero
para que prepares otro festín como el de hoy." Y me entregó diez dinares de oro
que me obligo a aceptar, y se despidió, llevándose tras ella toda mi alma.
Pero, como me había prometido, volvió a los tres días,
más ricamente vestida que la primera vez. Por mi parte, había preparado todo lo
indispensable, y en realidad no había escatimado nada. Y comimos y bebimos cómo
la otra vez, hasta que brilló la mañana. Entonces me dijo: "¡Oh mi dueño amado!
¿de veras me encuentras hermosa?" Yo le contesté: "¡Por Alah! Ya lo creo." Y
ella me dijo: "Si es así, puedo pedirte permiso para traer a una muchacha más
hermosa y más joven, que yo, a fin de que se divierta con nosotros y podamos
reírnos y jugar juntos, pues me ha rogado que la saque conmigo, para
regocijarnos y hacer locuras los tres." Acepté de buena gana, y dándome entonces
veinte dinares de oro, me encargó que no economizase nada para preparar lo
necesario y recibirlas dignamente en cuanto llegasen ella y la otra joven.
Después se despidió y se fue.
Al cuarto día, me dediqué, como de costumbre, a
repararlo todo, con la largueza de siempre, y aún más todavía, por tener que
recibir a una persona extraña. Y apenas puesto el sol, vi llegar a mi amiga
acompañada por otra joven que venía envuelta en un velo muy grande. Entraron y
se sentaron. Y yo, lleno de alegría; me levanté, encendí los candelabros y me
puse enteramente a su disposición. Ellas se quitaron entonces sus velos, y pude
contemplar a la otra joven. ¡Alah, Alah! Parecía la luna llena. Me apresuré a
servirlas, y les presenté las bandejas repletas de manjares y bebidas, y
empezaron a comer y beber. Y yo, entretanto, besaba a la joven desconocida, y le
llenaba la copa y bebía con ella. Pero esto acabó por encender los celos de la
otra, que supo disimularlos, y hasta me dijo: "¡Por Alah! ¡Cuán deliciosa es esa
joven! ¿No te parece más hermosa que yo?" Y yo respondí ingenuamente: "Es
verdad; razón tienes." Y ella dijo: "Pues llévatela. Así me complaceras." Yo
respondí: "Respeto tus órdenes y las pongo sobre mi cabeza y mis ojos." Me tendí
junto a mi nueva amiga. Pero he aquí que al despertarme me encontré la mano
llena de sangre, y vi que no era sueño, sino realidad. Como ya era de día claro,
quise despertar a mi compañera, dormida aún, y le toqué ligeramente la cabeza. Y
la cabeza se separó inmediatamente del cuerpo y cayó al suelo.
En cuanto a mi primera amiga, no había de ella ni
rastro ni olor. Sin saber qué hacer, estuve una hora recapacitando, y por fin me
decidí a levantarme, para abrir una huesa en aquella misma sala. Levanté las
losas de mármol, empecé a cavar, e hice una hoya lo bastante grande para que
cupiese el cadáver, y lo enterré inmediatamente. Cegué luego el agujero y puse
las losas lo mismo que antes estaban.
Hecho esto fui a vestirme, cogí el dinero que me
quedaba, salí en busca del amo de la casa, y pagándole el importe de otro año de
alquiler, le dije: "Tengo que ir a Egipto, donde mis tíos me esperan." Y me fui,
precediendo mi cabeza a mis pies.
Al llegar al Cairo encontré a mis tíos, que se
alegraron mucho al verme, y me preguntaron la causa de aquel viaje. Y yo les
dije: "Pues únicamente el deseo de volverlos a ver y el temor de gastarme en
Damasco el dinero que me quedaba." Me invitaron a vivir con ellos, y acepté. Y
permanecí en su compañía todo un año, divirtiéndome, comiendo, bebiendo,
visitando, las cosas interesantes de la ciudad, admirando el Nilo y
distrayéndome de mil maneras. Desgraciadamente, al cabo del año, como mis tíos
habían realizado buenas ganancias vendiendo sus géneros, pensaron en volver a
Mossul; pero cómo yo no quería acompañarlos, desaparecí para librarme de ellos,
y se marcharon solos, pensando que yo habría ido a Damasco para prepararles
alojamiento, puesto que conocía bien esta ciudad. Despues seguí gastando, y
permanecí allí otros tres años, y cada año mandaba el precio del alquiler a mi
casero de Damasco. Transcurridos los tres años, como apenas me quedaba dinero
para el viaje y estaba aburrido de la ociosidad, decidí volver a Damasco.
Y apenas, llegué, me dirigí a mi casa, y fui recibido
con gran alegría por mi casero, que me dio la bienvenida, y me entregó las
llaves, enseñándome la cerradura, intacta y provista de mi sello. Y
efectivamente, entré y vi que todo estaba como lo había dejado.
Lo primero que hice fue lavar el entarimada; para que
desapareciese toda huella de sangre de la joven asesinada, y cuando me quedé
tranquilo me fui al lecho, para descansar de las fatigas del viaje. Y al
levantar la almohada para ponerla bien, encontré debajo un collar de aro con
tres filas de perlas nobles. Era precisamente el collar de mi amada, y lo había
puesto allí la noche de nuestra dicha. Y ante este recuerdo derramé lágrimas de
pesar y deploré la muerte de aquella joven. Luego oculté cuidadosamente el
collar en el interior de mi ropón.
Pasados tres días de descanso en mi casa, pensé ir al
zoco, para buscar ocupación y ver a mis amigas. Llegué al zoco, pero estaba
escrito por acuerdo del Destino que había de tentarme el Cheitán y había de
sucumbir a su tentación, porque el Destino tiene que cumplirse. Y efectivamente,
me dio la tentación de deshacerme de aquel collar de oro y de perlas. Lo saqué
del interior del ropón, y se lo presenté al corredor más hábil del zoco. Éste me
invitó a sentarme en su tienda, y en cuanto se animó el mercado, cogió el
collar, me rogó que le esperase, y se fue a someterlo a las ofertas de
mercaderes y parroquianos. Y al cabo de una hora volvió, y me dijo: "Creí a
primera vista que este collar era de oro de ley y perlas finas, y valdría lo
menos mil dinares de oro; pero me equivoqué: es falso. Está hecho según los
artificios de los francos, que saben imitar el oro, las perlas y las piedras
preciosas; de modo que no me ofrecen por él más que mil dracmas, en vez de mil
dinares:" Yo contesté: "Verdaderamente, tienes razón. Este collar es falso. Lo
mandé construir para burlarme de una amiga, a quien se lo regalé. Y ahora esta
mujer ha muerto y le ha dejado el collar a la mía; de modo que hemos decidido
venderlo por lo que den. Tómalo, véndelo en ese precio y tréeme los mil
dracmas." Y el astuto corredor se fue con el collar, después de haberme mirado
con el ojo izquierdo"
En este momento de su narración, Schahrazada vio
aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 28a NOCHE
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el médico
judío continuó de este modo la historia del joven: "El corredor, al ver que el
joven no conocía el valor del collar, y se explicaba de aquel modo, comprendió
en seguida que lo había robado o se lo había encontrado, cosa que debía
aclararse. Cogió, pues, el collar, y se lo llevó al jefe de los corredores del
zoco, que se hizo cargo de él en seguida, y fue en busca del walí de la ciudad,
a quien dijo: "Me habían robado este collar, y ahora hemos dado con el ladrón,
que es un joven vestido como los hijos de los mercaderes, y está en tal parte,
en casa de tal corredor."
Y mientras yo aguardaba al corredor con el dinero, me
vi rodeado y apresado por los guardias, que me llevaron a la fuerza a casa del
walí. Y el walí me hizo preguntas acerca del collar, y yo le conté la misma
historia que al corredor. Entonces el walí se echó a reír, y me dijo: "Ahora te
enseñaré el precio de ese collar." E hizo una seña a sus guardias, que me
agarraron, me desnudaron, y me dieron tal cantidad de palos y latigazos, que me
ensangrentaron todo el cuerpo. Entonces, lleno de dolor, les dijo: "¡Os diré la
verdad! ¡Ese collar lo he robado!" Me pareció que esto era preferible a declarar
la terrible verdad del asesinato de la joven, pues me habrían sentenciado a
muerte v me habrían ejecutado, para castigar el crimen.
Y apenas me había acusado de tal robo, me asieron del
brazo y me cortaron la mano derecha, como a los ladrones, y me sumergieron el
brazo en aceite hirviendo para cicatrizar la herida. Y caí desmayado de dolor. Y
me dieron de beber una cosa que me hizo recobrar los sentidos. Entonces recogí
mi mano cortada y regresé a mi casa.
Pero al llegar a ella, el propietario, que se había
enterado de todo, me dijo: "Desde el momento que te has declarado culpable de
robo y de hechos indignos, no puedes seguir viviendo en mi casa. Recoge, pues,
lo tuyo y ve a buscar otro alojamiento." Yo contesté: "Señor, dame dos o tres
días de plazo para que pueda buscar casa." Y él me dijo: "Me avengo a otorgarte
ese plazo." Y dejándome, se fue.
En cuanto a mí, me eché al suelo, me puse a llorar, y
decía: "¡Cómo he de volver a Mossul, mi país natal; cómo he de atreverme a mirar
a mi familia, después que me han cortado una mano! ... Nadie me creerá cuando
diga que soy inocente. No puedo hacer más que entregarme a la voluntad de Alah,
que es el único que puede procurarme un medio de salvación."
Los pesares y las tristezas me pusieron enfermo, y no
pude ocuparme en buscar hospedaje. Y al tercer día, estando en el lecho, vi
invadida mi habitación por los soldados del gobernador de Damasco, que venían
con el amo de la casa y el jefe de los corredores. Y entonces el amo de la casa
me dijo: "Sabe que el walí ha comunicado al gobernador general lo del robo del
collar. Y ahora resulta que el collar no es de este jefe de los corredores, sino
del mismo gobernador general, o mejor dicho, de una hija suya, que desapareció
también hace tres años. Y vienen para prenderte."
Al oír esto, empezaron a temblar todos mis miembros y
coyunturas, y me dije: "Ahora sí que me condenan a muerte sin remisión. Más vale
declarárselo todo al gobernador general. El será el único juez de mi vida o de
mi muerte." Pero ya me habían cogido y atado, y me llevaban con una cadena al
cuello a presencia del gobernador general. Y nos pusieron entre sus manos a mí y
al jefe de los corredores. Y el gobernador, mirándome, dijo a los suyos: "Este
joven que me traéis no es un ladrón, y le han cortado la mano injustamente.
Estoy seguro de ello. En cuanto al jefe de los corredores, es un embustero y un
calumniador. ¡Apoderaos de él y metedlo en un calabozo!" Después el gobernador
dijo al jefe de los corredores: "Vas a indemnizar en seguida a este joven por
haberle cortado la mano; si no, mandaré que te ahorquen y confiscaré todos tus
bienes, corredor maldito." Y añadió, dirigiéndose a los guardias: "¡Quitádmelo
de delante, y salid todos!" Entonces el gobernador y yo nos quedamos solos. Pero
ya me habían libertado de la argolla del cuello, y tenía también los brazos
libres.
Cuando todos se marcharon, el gobernador me miró con
mucha lastima y me dijo; "¡Oh hijo mío! Ahora vas a hablarme con franqueza,
diciéndome toda la verdad, sin ocultarme nada. Cuéntame, pues, cómo llegó este
collar a tus manos." Yo le contesté: "¡Oh mi señor y soberano! Te diré la
verdad." Y le referí cuanto me había ocurrido con la primera joven, cómo ésta me
había proporcionado y traído a la casa a la segunda joven, y cómo, por último,
llevada de los celos, había sacrificado a su compañera. Y se lo conté con todos
sus pórmenores. Pero no hay utilidad en repetirlas.
Y el gobernador, en cuanto lo hubo oído, inclinó la
cabeza, lleno de dolor y amargura, y se cubrió la cara con el pañuelo. Y así
estuvo durante una hora, y su pecho se desgarraba en sollozos. Después se acercó
a mí, y me dijo:
"Sabe, ¡oh hijo mío! que la primera joven es mi hija
mayor. Fue desde su infancia muy perversa, y por este motivo hube de criarla
severamente. Pero apenas llego a la pubertad, me apresuré a casarla, y con tal
fin la envié al Cairo, a casa de un tío suyo, para unirla con uno de mis
sobrinos, y por lo tanto, primo suyo. Se casó con él, pero su esposo murió al
poco tiempo, y entonces ella volvió a mi casa. Y no había dejado de aprovechar
su estancia en Egipto para aprender todo género de libertinaje. Y tú, qué
estuviste en Egipto, ya sabrás cuán expertas son en esto aquellas mujeres. Por
eso, apenas estuvo de regreso mi hija, te encontró y se entregó a ti, y te fue a
buscar cuatro veces seguidas. Pero con esto no le bastaba. Corno ya había tenido
tiempo para pervertir a su hermana, mi segunda hija, no le costó trabajo
llevarla a tu casa; después de contarle cuanto hacía contígo. Y mi segunda hija
me pidió permiso para acompañar a su hermana al zoco, y yo, se lo concedí. ¡Y
sucedió lo que sucedió!
Pero cuándo mi hija mayor regresó sola, le pregunté
dónde estaba su hermana. Y me contestó llorando, y acabó por decirme, sin cesar
en sus- lágrimas: "Se me ha perdido en el zoco, y no he podido averiguar qué ha
sido de ella." Eso fue lo que me dijo a mí. Pero no tardó en confiarse a su
madre, y acabó por decirle en secreto la muerte de su hermana, asesinada en tu
lecho por sus propias manos. Y desde entonces no cesa de llorar, y no deja de
repetir día y noche: "¡Tengo que llorar hasta que me muera!" Y tus palabras, ¡oh
hijo mío! no han hecho más que confirmar lo que yo sabía, probando que mi hija
había dicho, la verdad. ¡Ya ves, hijo mío, cuán desventurado soy! De modo que he
de expresarte un deseo y pedirte un favor, que confío no has de rehusarme. Deseo
ardientemente que entres en mi familia, y quisiera darte por esposa a mi tercera
hija, que es una joven buena, ingenua y virgen, no tiene ninguno de los vicios
de sus hermanas. Y no te pediré dote para este casamiento, sino que, al
contrarío, te remuneraré con largueza, y te quedarás en mi casa como. un hijo."
Entonces le contesté: "Hágase tu voluntad, ¡oh mi
señor! Pero antes, como acabo de saber que mi padre ha muerto, quisiera mandar
recoger su herencia."
En seguida el gobernador envió un propio a Mossul, mi
ciudad natal„ Para que en mi nombre recogiese la herencia dejada, por mi padre.
Y efectivamente, me casé con la hija del gobernador, y desde aquel día todos
vivimos aquí la vida más próspera y dulce.
Y tú mismo, ¡oh médico! has podido comprobar con tus
propios ojos cuán amado y honrado soy en esta casa. ¡Y no tendrás en cuenta la
descortesía que he cometido contigo durante toda mi enfermedad tendiéndote la
mano izquierda, puesto que me cortaron la derecha!"
En cuanto a mí -prosiguió el médico judío-, mucho me
maravilló esta historia, y felicité al joven por haber salido de aquel modo de
tal aventura. Y él me colmo de presentes y me tuvo consigo tres días en palacio,
y me despidió cargado de riquezas y bienes.
Y entonces me dediqué a viajar y a recorrer el mundo,
para perfeccionarme en mi arte. Y he aquí que llegué a tu imperio, ¡oh rey
espléndido y poderoso! Y entonces fue cuando la noche pasada me ocurrió la
desagradable aventura con el jorobado. ¡Tal es mi historia!
Entonces el rey de la China dijo: "Esa historia, aunque
logró interesárme, te equivocas, ¡oh médico, porque no es tan maravillosa ni
sorprendente como la aventura del jorobado; de modo que no me queda más que
mandaros ahorcar a los cuatro, y principalmente a ese maldito sastre; que es
causa y principio de vuestro crimen."
Oídas tales palabras, el sastre se adelantó entre las
manos del rey de la China, y dijo: "¡Oh rey lleno de gloria! Antes de mandarnos
ahorcar, permíteme hablar a mí también y te referiré una historia que encierra
cosas más extraordinarias que todas las demás historias juntas, y es más
prodigiosa que la historia misma del jorobado."
Y él rey de la China dijo: "Si dicen la verdad, os
perdonaré a todos. Pero ¡desdichado de ti si me cuentas una historia poco
interesante y desprovista de cosas sublimes! Porque no vacilaré entonces en
empalaros a ti y a tus tres compañeros, haciendo que os atraviesen de parte a
parte, desde la base hasta la cima." Entonces el sastre dijo:
RELATO DEL SASTRE
"Sabe, pues, ¡oh rey del tiempo! que antes de mi
aventura con el jorobado me habían convidado en una casa donde se daba un festín
a los principales miembros de los gremios de nuestra ciudad: sastres, zapateros,
lenceros, barberos, carpinteros y otros.
Y era muy de mañana. Por eso, desde el amanecer,
estábamos todos sentados en corro para desayunarnos, y no aguardábamos más que
al amo de la casa, cuando le vimos entrar acompañado de un joven forastero,
hermoso, bien formado, gentil y vestido a la moda de Bagdad. Y era todo lo
hermoso que sé podía desear, y estaba tan bien vestido como pudiera imaginarse.
Pero era ostensiblemente cojo. Luego que entró adonde estábamos; nos deseó la
paz, y nos levantamos todos para devolverle su saludo. Después íbamos a
sentarnos, y él con nosotros, cuando súbitamente le vimos cambiar de color y
disponerse a salir. Entonces hicimos mil esfuerzos para detenerle entre
nosotros. Y el amo de la casa insistió mucho y le dijo: "En verdad, no
entendemos nada de esto. Te ruego que nos digas qué motivo te imputa a
dejarnos."
"Entonces el joven respondió: "¡Por Alah te suplico,
¡oh mi señor! que no insistas en retenerme! Porque hay aquí una persona que me
obliga a retirarme, y es, ese barbero que está sentado en medio de vosotros."
Estas palabras sorprendieron extraordinariamente al amo
de la casa, y, nos dijo: "¿Cómo es posible que a este joven, que acaba de llegar
de Bagdad, le moleste la presencia de ese barbero que está aquí?" Entonces todos
los convidados nos dirigimos al joven, y le dijimos: "¡Cuéntanos, por favor, el
motivo de tu repulsión hacia ese barbero." Y él contestó: "Señores, ese barbero
de cara de alquitrán y alma de betún fue la causa de una aventura extraordinaria
que me sucedió en Bagdad, mi ciudad, y ese maldito tiene también la culpa de que
yo esté cojo. Así es que he jurado no vivir nunca en la ciudad en que él viva,
ni sentarme en sitio en donde él se sentara. Y por eso me vi obligado a salir de
Bagdad, mi ciudad, para venir a este país lejano. Pero ahora me lo encuentro
aquí. Y por eso me marcho ahora mismo, y ésta noche estaré lejos de esta ciudad,
para no ver a ese hombre de mal agüero."
Y al oírlo, el barbero se puso pálido, bajó los ojos y
no pronunció palabra. Entonces insistimos tanto, con el joven, que se avino a
contarnos de este modo su aventura con el barbero.
HISIORIA DEL JOVEN COJO CON EL BARBERO DE BAGDAD
(Contada por el colo y repetida por el sastre)
"Sabed, ¡oh todos los aquí presentes! que mi padre era
uno de los principales mercaderes de Bagdad, y por voluntad de Alah fui su único
hijo. Mi padre, aunque muy rico y estimado por toda la población, llevaba en su
casa una vida pacífica, tranquila y llena de reposo. Y en ella me educó, y
cuando llegué a la edad de hombre me dejó todas sus riquezas, puso bajo mi mando
a todos sus servidores y a toda la familia, y murió en la misericordia de Alah,
a quién fue a dar cuenta de la deuda de su vida. Yo seguí, como antes, viviendo
con holgura, poniéndome los trajes más suntuosos y comiendo los manjares más
exquisitos. Pero he de deciros que Alah, Omnipotente y Gloriosísimo, había
infundido en mi corazón el horror a la mujer y a todas las mujeres, de tal modo,
que sólo verlas me producía sufrimiento y agravio. Vivía, pues, sin ocuparme de
ellas, pero muy feliz y sin desear cosa alguna.
Un día entre los días, iba yo por una de las calles de
Bagdad, cuando vi venir hacia mí un grupo numeroso de mujeres. En seguida, para
librarme de ellas, emprendí rápidamente la fuga y me metí en una calleja sin
salida. Y en el fondo de esta calle había un banco, en el cual me senté a
descansar.
Y cuando estaba sentado se abrió frente a mí una
celosía, y aparecio en ella una joven con una regadera en la mano, y se puso a
regar las flores de unas macetas que había en el alféizar de la ventana.
¡Oh mis señores! He de deciros que al ver á esta joven
sentí nacer en mí algo que en mi vida había sentido. Así es que en aquel mismo
instante mi corazón quedó hechizado y completamente cautivo, mi cabeza y mis
pensamientos no se ocuparon más que de aquella joven, y todo mi pasado horror a
las mujeres se transformó en un deseo abrasador. Pero ella, en cuanto hubo
regado las plantas, miró distraídamente a la izquierda y luego a la derecha, y
al verme me dirigió una larga mirada que me sacó por completo el alma del
cuerpo. Después cerró la celosía y desapareció. Y por más que la estuve
esperando hasta la puesta del sol, no volvió a aparecer. Y yo parecía un
sonámbulo o un ser que ya no pertenece a este mundo.
Mientras seguía sentado de tal suerte, he aquí que
llegó y bajó de su mula, a la puerta de la casa; el kadí de la ciudad, precedido
de sus negros y seguido de sus criados. El kadí entró en la misma casa en cuya
ventana había yo visto a la joven, y comprendí que debía ser su padre.
Entonces volví a mi casa en un estado deplorable, lleno
de pesar y de zozobra, y me dejé caer en el lecho. Y en seguida se me acercaron
todas las mujeres de la casa, mis parientes y servidores, y se sentaron a mi
alrededor y empezaron a importunarme acerca de la causa de mi mal. Y como nada
quería decirles sobre aquel asunto, no les contesté palabra. Pero de tal modo
fue aumentando mi pena de día en día, que caí gravemente enfermo y me vi muy
atendido y muy visitado por mis amigos y parientes.
Y he aquí que uno de los días vi entrar en mi casa a
una vieja, que en vez de gemir y compadecerse, se sentó a la cabecera del lecho
y empezó a decirme palabras cariñosas para calmarme. Después me miró, me examinó
atentamente, pidió a mi servidumbre que me dejaran solo con ella. Entonces me
dijo: "Hijo mío, sé la causa de tu enfermedad, pero necesito, que me des
pormenores." Y yo le comuniqué en confianza todas las particularidades del
asunto, y me contestó: "Efectivamente, hijo mío, esa es la hija del kadí de
Bagdad y aquella casa es ciertamente su casa. Pero sabe que el kadí no vive en
el mismo piso que su hija, sino en el de abajo. Y de todos modos, aunque la
joven vive sola, está vigiladísima y bien guardada. Pero sabe también que yo voy
mucho a esa casa, pues soy amiga de esa joven, y puedes estar seguro de que no
has de lograr lo que deseas más que por mi mediación. ¡Anímate, pues, y ten
alientos!"
Estas palabras me armaron de firmeza, y en seguida me
levanté y me sentí el cuerpo ágil y recuparada la salud. Y al ver esto, se
alegraron todos mis parientes. Y entonces la anciana se marchó, prometiéndome
volver al día siguiente para darme cuenta de la entrevista que iba a tener con
la hija del kadí de Bagdad.
Y en efecto, volvió al día siguiente. Pero apenas le vi
la cara, comprendí que no traía buenas noticias. Y la vieja me dijo: "Hijo mío,
no me preguntes lo que acaba de suceder. Todavía estoy trastornada. Figúrate que
en cuanto le dije al oído el objeto de mi visita, se puso de pie y me replicó
muy airada: "Malhadada vieja, si no te callas en el acto y no desistes de tus
vergonzosas proposiciones, te mandaré castigar como mereces." Entonces, hijo
mío, ya no dije nada; pero me propongo intentarlo por segunda vez. No se dirá
que he fracasado en estos empeños, en los que soy más experta que nadie."
Después me dejó y se fue.
Pero yo volví a caer enfermo con mayor gravedad, y dejé
de comer y beber.
Sin embargo, la vieja, como me había ofrecido, volvió a
mi casa a los pocos días, y su cara resplandecía, y me dijo sonriendo: "Vamos,
hijo, ¡dame albricias por las buenas nuevas que te traigo!" Y al oírlo, sentí
tal alegría que me volvió el alma al cuerpo, y dije enseguida a la anciana:
"Ciertamente, buena madre, te deberé el mayor beneficio." Entonces ella me dijo:
"Volví ayer a casa de la joven. Y cuando me vio muy triste y abatida y con los
ojos arrasados en lágrimas, me preguntó: ¡Oh mísera! ¿por qué está tan oprimido
tu pecho? ¿Qué te pasa?" Entonces se aumentó mi llanto, y le dije: "¡Oh hija mía
y señora! ¿no recuerdas que vine a hablarte de un joven apasionadamente prendado
en tus encantos? Pues bien: hoy está para morirse por culpa tuya." Y ella, con
el corazón lleno de lástima, y muy enternecida, preguntó: "¿Pero quién es ese
joven de que me hablas?" Y yo le dije: "Es mi propio hijo, el fruto de mis
entrañas. Te vio hace algunos días, cuando estabas reganda las flores, y pudo
admirar un momento los encantos de tu cara, y él, que hasta ese momento no
quería ver ninguna mujer y se horrorizaba de tratar con ellas, está loco de amor
por ti. Por eso, cuando le conté la mala acogida que me hiciste, recayó
gravemente en su enfermedad. Y ahora acabo de dejarle tendido en los almohadones
de su lecho, a punto de rendir el último suspiro al Creador. Y me temo que no
haya esperanza de salvación para él." A estas palabras palideció la joven, y me
dijo: "¿Y todo eso es por causa mía?" Yo le contesté: "¡Por Alah, que así es!
¿Pero qué piensas hacer ahora? Soy tu sierva, y pondré tus órdenes sobre mi
cabeza y sobre mis ojos." Y la joven: me dijo: "Ve enseguida a su casa, y
transmítele de mi parte el saludo, y dile que me causa mucho dolor su pena. Y en
seguida le dirás que mañana viernes, antes de la plegaria, le aguardo aquí. Que
venga a casa, y ya diré a mi gente que le abran la puerta, y le haré subir a mi
aposento, y pasaremos juntos toda una hora. Pero tendrá que marcharse antes de
que mi padre vuelva de la oración."
Oídas las palabras de la anciana, sentí que recobraba
las fuerzas y que se desvanecían todos mis padecimientos y descansaba mi
corazón. Y saqué del ropón una bolsa repleta de dinares y rogué a la anciana que
le aceptase: Y la vieja me dijo: "Ahora reanima tu corazón y ponte alegre." Y yo
le contesté: "En verdad que se acabó mi mal." Y en efecto, mis parientes notaron
bien pronto mi curación, y llegaron al colmo de la alegría, lo mismo que mis
amigos.
Aguardé, pues, de este modo hasta el viernes, y
entonces vi llegar a la vieja. Y en seguida me levanté, me puse mi mejor traje,
me perfumé con esencia de rosas, e iba a correr a casa de la joven, cuando la
anciana me dijo: "Todavía queda mucho tiempo. Más vale que entretanto vayas al
hammam a tomar un buen baño y que te den masaje, que te afeiten y depilen,
puesto que ahora sales de una enfermedad. Veras qué bien te sienta." Y yo
respondí: "Verdaderamente, es una idea acertada. Pero mejor será llamar a un
barbero, para que me afeite la cabeza, y después podré ir a bañarme al hammam.
Mandé entonces a un sirviente que fuese a buscar a un
barbero, y le dije, "Ve en seguida al zoco y busca un barbero que tenga la mano
ligera, pero sobretodo que sea prudente y discreto,, sobrio en palabras y nada
curioso, que no me rompa la cabeza con su charla, coma hacen la mayor parte de
los de su profesión. Y mi servidor salió a escape y me trajo un barbero viejo.
Y el barbero era ese maldito que veis delante de
vosotros, ¡oh mis señores!
Cuando entró, me deseó la paz, y yo correspondí a su
saludo de paz. Y me dijo: "¡Que Alah aparte de ti toda desventura, pena,
zozobra, dolor y adversidad!" Y contesté: "¡Ojalá atienda Alah tus buenos
deseos!" Y prosiguió: "He aquí que te anuncio la buena nueva, ¡oh mi señor! y la |