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HISTORIA DE LA MUJER DESPEDAZADA, DE LAS TRES MANZANAS Y DEL NEGRO RIHÁN
Schahrazada dijo:
"Una noche entre las noches, el califa Harun Al-Rachid
dijo a Giafar Al-Barmaki: "Quiero que recorramos la ciudad, para enterarnos de
lo que hacen los gobernadores y walíes. Estay resuelto a destituir a aquellos de
quienes me den quejas," Y Giafar respondió: "Escucho y obedezco."

Y el califa, y Giafar, y Massrur el porta-alfanje
salieron disfrazados por las calles de Bagdad; y he aquí que en una calleja
vieron a un anciano decrépito que a la cabeza llevaba una canasta y una red de
pescar, y en la mano un palo y andaba pausadamente, canturreando estas estrofas:
Me dijeron: "¡por tu ciencia, ¡oh sabio! eres entre los
humanos como la luna en la noche!"
Yo les contesté: "¡Os ruego, que no habléis de ese
modo! ¡No hay más ciencia que la del Destino!"
¡Porque, yo, con toda mi ciencia, mis manuscritos, mis
libros y mi tintero, no puedo desviar la fuerza del Destino ni un solo día! ¡Y
los que apostasen por mí, perderían su apuesta!
¡Nada, en efecto, hay más desolador que el pobre, el
estado del pobre y el pan y la vida del pobre!
¡En verano, se te agotan las fuerzas! ¡En invierno, no
dispone de abrigo!
¡Si se para, le acosarán los perros para que se aleje!
¡Cuán mísero es! ¡Ved cómo para él son todas las ofensas y todas las burlas!.
¿Quién es más desdichado?
Y si no clama ante los hombres, si no a su miseria,
¿quién le compadecerá?
¡Oh! Si tal es la vida del pobre, ¿no ha de preferir la
tumba?
Al oír estos versos tan tristes, el califa dijo a
Giafar: "Los versos y el aspecto de este pobre hombre indican una gran miseria."
Después se aproximó al viejo, y le dijo: "¡Oh jeique! ¿cuál es tu oficio?" Y él
respondió: "¡Oh señor mío! Soy pescador. ¡Y muy pobre! ¡Y con familia! Y desde
el mediodía estoy fuera de casa trabajando, y ¡Alah no me concedió aún el pan
que ha de alimentar a mis hijos! Estoy, pues, cansado de mi persona y de la
vida, y no anhelo más que morir." Entonces el califa le dijo: "¿Quieres venir
con nosotros hasta el río, y echar la red en mi nombre, para ver qué tal suerte
tengo? Lo que saques del agua te lo compraré y te daré por ello cien dinares." Y
el viejo se regocijó al oirle, y contestó; "¡Acepto cuanto acabas de ofrecerme y
lo pongo sobre mi cabeza!"
Y el pescador volvió con ellos hacia el Tigris, y
arrojando la red, quedó en acecho; después tiró de la cuerda de la red, y la red
salió. Y el viejo pescador encontró en la red un cajón que estaba cerrado y que
pesaba mucho. Intentó levantarlo el califa y lo encontró también muy pesado.
Pero se apresuró a entregar los cien dinares al pescador, que se alejó muy
contento.
Entonces Giafar y Massrur cargaron con el cajón y lo
llevaron al palacio. Y el califa dispuso que se encendiesen las antorchas, y
Giafar y Massrur se abalanzaron sobre el cajón y lo rompieron. Y dentro de él
hallaron una enorme banasta de hojas de palmera cosidas con lana roja. Cortaron
el cosido, y en la banasta había un tapiz; apartaron el tapiz y encontraron
debajo un gran velo blanco de mujer; levantaron el velo y apareció, blanca como
la plata virgen, una joven muerta y despedazada.
Ante aquel espectáculo, las lágrimas corrieron por las
mejillas del califa, y después, muy enfurecido, encarándose con Giafar, exclamó:
¡Oh perro visir! ¡Ya ves cómo, durante mi reinado, se asesina a las gentes y se
arroja a las víctimas al agua! ¡Y su sangre caerá sobre mí el día del juicio, y
pesará eternamente en mi conciencia! Pero ¡por Alah! que he de usar de
represalias con el asesino, y no descansaré hasta que lo mate. En cuanto a ti,
¡juro por la verdad de mi descendencia directa de los califas Bani-Abbas, que si
no me presentas al matador de esta mujer, a la que quiero vengar mandaré que te
crucifiquen a la puerta de mi palacio, en compañía de cuarenta de tus primos los
Baramka!" Y el califa estaba lleno de cólera, y Giafar dijo: "Concédeme para
ello no más que un plazo de tres días." Y el califa respondió: "Te lo otorgo."
Entonces Giafar salió del palacio, muy afligido, y
anduvo por la ciudad, pensando: "¿Cómo voy a saber quién. ha matado a esa joven,
ni dónde he de buscarlo para presentárselo al califa? Si le llevase a otro para
que pereciese en vez del asesino, esta mala acción pesaría sobre mi conciencia.
Por lo tanto, no sé qué hacer." Y Giafar llegó a su casa, y allí estuvo
desesperado los tres días del plazo. Y al cuarto día el califa le mandó llamar.
Y cuando se presentó entre sus manos, el califa le dijo: "¿Dónde está el asesino
de la joven?" Giafar respondió: "No poseo la ciencia de adivinar lo invisible y
lo oculto, para que pueda conocer en medio de una gran ciudad al asesino."
Entonces el califa se enfureció mucho, y ordenó que crucificasen a Giafar a la
puerta de palacio, encargando a los pregoneros quedo anunciasen por la ciudad y
sus alrededores de esta manera:
"Quien desee asistir a la crucifixión de Giafar
Al-Barmaki, visir del califato, y a la de cuarenta Baramka, parientes suyos,
vengan a la puerta de palacio para presenciarlo."
Y todos los habitantes de Bagdad afluían por las calles
para presenciar la crucifixión de Giafar y sus primos, sin que nadie supiese la
causa; y todo el mundo se condolía y se lamentaba de aquel castigo; pues el
visir y los Baramka eran muy apreciados por su generosidad y sus buenas obras.
Cuando se hubo levantado el patíbulo, llevaron al pie
de él a los sentenciados y se aguardó la venia del califa para la ejecución. De
pronto, mientras lloraba la gente, un apuesto y bien portado joven hendió con
rapidez la muchedumbre, y llegando entre las manos de Giafar, le dijo: "¡Que te
liberten, oh dueño y señor de los señores más altos, asilo de los menesterosos!
Yo fui quien asesinó a la.joven despedazada y la metí en la caja que pescasteis
en el Tigris. ¡Mátame, pues, en cambio, y usa las represalias conmigo!»
Cuando escuchó Giafar las palabras del joven, se alegró
por sí propio, pero compadecióse del mancebo. Y hubo de pedirle explicaciones
más detalladas; pero de súbito un anciano venerable separó a la gente, se acercó
muy de prisa a Giafar y, al joven, les saludó; y les dijo: ¡Oh visir! no hagas
caso de las palabras de este mozo, pues yo soy el único asesino de la joven, y
en mí solo tienes que vengarla." Pero el joven repuso: "¡Oh visir! este viejo
jeique no sabe lo que se dice. Te repito que, yo soy quien la mató, debiendo
ser, por tanto, el único, a quien se castigue.". Entonces el jeique exclamó:
"¡Oh hijo mío! todavía eres joven y debes vivir; pero yo, que soy viejo y, estoy
cansado del mundo, te serviré de rescate a ti, al visir y a sus primos. Repito
que el asesino soy yo, Y conmigo se debe usar de represalias."
Entonces, Giafar, con el consentimiento del capitán de
guardias, se llevó al joven y al anciano, y subió con ellos al aposento del
califa. Y le dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! aquí tienes al asesino de la
joven." Y el califa preguntó: "¿En dónde está?" Giafar dijo: "Este joven afirma
que es el matador, pero este anciano lo desmiente y asegura que el asesino es
él." Entonces el califa contempló al jeique y al mozo, y les dijo: "¿Cuál de
vosotros. dos ha matado a la joven?'' Y el mancebo respondió: "¡Fui yo!" Y el
jeique dijo: "¡No; fui yo solo!" El califa, sin preguntar más, dijo a Giafar
entonces: "Llévate a los dos y crucifícalos," Pero Giafar hubo de replicarle:
"Si sólo uno es el criminal, castigar al otro constituye una gran injusticia." Y
entonces el joven exclamo: "¡Juro por Aquel que levantó los cielos hasta la
altura que están y extendió la tierra en la profundidad que ocupa, que soy el
único que asesino a la joven! Oid las pruebas." Y describió el hallazgo;
conocido sólo por el califa, Giafar y. Massrur. Y con esto el califa se
convenció de la culpabilidad del joven, y llegando al límite dei asombro, le
dijo: "¿Y porqué has cometido esa muerte? ¿Por qué la confiesas antes de que te
obliguen a hacerlo a palos? ¿Por qué pides de este modo el castigo?" Entonces
dijo el mancebo:
"Sabe, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que esa joven era
mi esposa, hija de este jeique, que es mi suegro. Me casé siendo ella todavía
virgen, y Alah me ha concedido tres hijos varones. Y mi mujer me amó y me sirvió
siempre, sin que tuviese yo que motejarla nada reprensible.
Hace dos meses cayó gravemente enferma, y llamé en
seguida a los médicos mas sabios, que no tardaron en curarla ¡con ayuda de Alah!
Al cabo de un mes empezó a hallarse mejor y quiso ir al baño. Antes, de salir de
casa, me dijo:. "Antes de entrar en el hammam, desearía satisfacer un antojo." Y
le pregunté: "¿Qué antojo es ese?" Y me contestó: "Tengo ganas de una manzana
para olerla y darle un bocado." Inmediatamente me fui a la calle a comprar la
manzana, aunque me costara un dinar de oro. Y recorrí todas las fruterías, pero
en ninguna había manzanas. Y regresé a casa muy triste, sin atreverme a ver a mí
mujer, y pasé toda la noche pensando en la manera de lograr una manzana. Al
amanecer salí de nuevo de mi casa y recorrí todos los huertos, uno por uno, y
árbol por árbol, sin hallar nada. Y he aquí que en el camino me encontré con un
jardinero, hombre de edad, al que le consulté sobre lo de las manzanas. Y me
dijo: "¡Oh hijo mío! Es una cosa difícil de encontrar, porque ahora no las hay
en ninguna parte cómo no sea en Bassra; en el huerto del Comendador de los
Creyentes. Y aun allí no te será fácil conseguirlas; pues el jardinero las
reserva cuidadosamente para uso del califa."
Entonces volví junto a mi esposa, contándoselo todo;
pero el amor que le profesaba me movió a preparar el viaje. Y salí, y empleé
quince días completos, noche y día, para ir a Bassra, y regresar favorecido por
la suerte, pues volví al lado de mi esposa con tres manzanas compradas al
jardinero del huerto de Bassra por tres dinares.
Entré, pues, muy contento, y se las ofrecí a mi esposa,
pero al verlas ni dio muestras de alegría ni las probó, dejándolas, indiferente,
a un lado. Observé entonces que durante mi ausencia la calentura se había vuelto
a cebar en mi mujer muy violentamente y seguía atormentándola; y estuvo enferma
diez días más, durante los cuales no me separé de ella un momento. Pero gracias
a Alah; recobró la salud, y entonces pude salir y marchar a mi tienda para
comprar y vender.
Pero he aquí que una tarde estaba yo sentado a la
vuerta de mi tienda, cuando pasó por allí un negro, que llevaba en la mano una
manzana: Y le dije: "¡Eh, buen amigo! ¿de dónde has sacado esa manzana, para que
yo pueda comprar otras iguales?" Y el negro se echó a reir, y me contestó: "Me
la ha regalado mi amante. He ido a su casa, después de algún tiempo que no la
había visto, y la he encontrado enferma, y tenía al lado tres manzanas, y al
interrogarla, me ha dicho: "Figúrate, ¡oh querido mío! que el pobre cornudo de
mi esposo ha ido a Bassra expresamente a comprármelas, y le han costado tres
dinares de oro." Y en seguida me dio ésta que llevo en la mano."
Al oir tales palabras del negro, ¡oh Príncipe de los
Creyentes! mis ojos vieron que el mundo se obscurecía; cerré la tienda a toda
prisa y entré en mi casa, después de haber perdido en el camino toda la razón,
por la fuerza explosiva de mi furia. Dirigí una mirada al lecho, y
efectivamente, la tercera manzana no estaba ya allí. Y pregunté a mi esposa:
"¿En dónde está la otra manzana?" Y me contestó: "No sé que ha sido de ella."
Esto era una comprobación de las palabras del negro. Entonces me abalancé sobre
ella, cuchillo en mano, y apoyando en su vientre mis rodillas, la cosí a
cuchilladas. Después le corté la cabeza y los miembros, lo metí todo
apresuradamente en la banasta, cubriéndolo con el velo y el tapiz, y guardándolo
en el cajón, que clavé yo mismo. Y cargué el cajón en mi mula, y en seguida lo
arrojé en el Tigris con mis propias manos.
¡Por eso, ¡oh Emir de las Creyentes! te suplico que
apresures mi muerte, en castigo a mi crimen, pues me aterra tener que dar cuenta
de él el día de la Resurrección!
La arrojé al Tigris, como he dicho, y como nadie me
vio, pude volver a casa. Y encontré a mi hijo mayor llorando, y aunque estaba
seguro de que ignoraba la muerte de su madre, le pregunté: "¿Por qué lloras?" Y
él me contestó: "Porque he cogido una de las manzanas que tenía mi madre, y al
bajar a jugar con mis hermanos, en la calle, ha pasado un negro muy grande y me
la quitó, diciendo: "¿De dónde has sacado esta manzana?" Y le contesté: "Es de
mi padre, que se fue y se la trajo a mi madre con otras dos, compradas por tres
dinares en Bassra. Porque mi madre está enferma." Y a pesar de ello, el negro no
me la devolvió sino que me dio un golpe y se fue con ella. ¡Y ahora tengo miedo
de que la madre me pegue por lo de la manzana!"
Al oir estas palabras del niño, comprendí que el negro
había mentido respecto a la hija de mi tío, y por tanto, ¡que yo había matado a
mi esposa injustamente!
Entonces empecé a derramar abundantes lágrimas, y entró
mi suegro, el venerable jeique que está aquí conmigo. Y le conté la triste
historia. Entonces se sentó a mi lado, y se puso a llorar. Y no cesamos de
llorar juntos hasta media noche. E hicimos que duraran cinco días las ceremonias
fúnebres. Y aun hoy seguimos lamentando esa muerte.
Así, pues, te conjuro ¡oh Emir de los Creyentes! por la
memoria sagrada de tus antepasados, a que apresures mi suplicio y vengues en mi
persona aquella muerte."
Entonces el califa, profundamente maravillado, exclamó:
"¡Por Alah que no he de matar más que a ese negro pérfido!..."
En este momento de su narración, Schahrazada vio
aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 19a. NOCHE
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el califa
juró que no mataría mas que al negro, puesto que el joven tenía una disculpa.
Después, volviéndose hacia Giafar, le dijo: "¡Trae a mi presencia al pérfido
negro que ha sido la causa de esta muerte! Y si no puedes dar con él, perecerás
en su lugar."
Y Giafar salió llorando, y diciéndose: "dónde lo podré
hallar para traerlo a su presencia? Si es extraordinario que no se rompa' un
cántaro al caer, no lo ha sido menos el que yo haya podido escapar de la muerte.
Pero ¿y ahora?... ¡Indudablemente, Él que me ha salvado la primera vez, me
salvará, si quiere, la segunda! Así, pues, me encerraré en mi casa los tres días
del plazo. Porque ¿para qué voy a emprender pesquisas inútiles? ¡Confío en la
voluntad del Altísimo!"
Y en efecto, Giafar no se movió de su casa en los tres
días del plazo. Y al cuarto día mandó llamar al kadí, e hizo testamento ante él,
y se despidió de sus hijos llorando. Después llegó el enviado del califa, para
decirle que el sultán seguía dispuesto a matarle si no parecía el negro. Y
Giafar lloró más todavía, y sus hijos con él. Después quiso besar por última vez
a la mas pequeña de sus hijas, que era la preferida entre todas, y la apretó
contra su pecho, derramando, muchas lágrimas por tener que separarse de ella.
Pero al estrecharla contra él, notó algo redondo en el bolsillo de la niña, y le
preguntó: "¿Qué llevas ahí?" Y la niña contestó: "¡Oh padre! una manzana. Me la
ha dado nuestro negro Rihán. Hace cuatro días que la tengo. Pero para que me la
diese tuve que pagar a Rihán dos dinares."
Al oir las palabras ; "negro" y "manzana", Giafar
sintió un gran júbilo, y exclamó: "¡Oh Libertador!" Y en seguida mandó llamar al
negro Rihán. Y Rihán llegó, y Giafar le dijo: "¿De dónde has sacado esta
manzana'," Y contestó el negro: "¡Oh mi señor! hace cinco días que, andando por
la ciudad, entré en una calleja, y vi jugar a unos niños, uno de los cuales
tenía esa manzana en la mano. Se la quité y. le di un golpe, mientras el niño me
decía llorando: "Es de mi madre, que está enferma. Se le antojó una manzana; y
mi padre ha ido a buscarla a Basara, y esa y otras dos le han costado tres
dinares de oro. Y yo he cogido esa para jugar." Y siguió llorando. Pero yo, sin
hacer, caso de sus lágrimas, vine con la manzana a casa, y se la he dado por dos
dinares a mi ama más pequeña."
Y Giafar se asombró de este relato, viendo sobrevenir
tantas peripecias y la muerte de una mujer por culpa de su negro Rihán. Por
tanto, dispuso que lo encerrasen en seguida en un calabozo. Y después, muy
contento por haberse librado de la muerte, recitó estas dos estrofas:
Si tu esclavo tiene la culpa de tus desdichas, ¿por qué
no piensas en deshacerte de él? .
¿Ignoras que abundan los esclavos, y que sólo tienes un
alma, sin que puedas sustituirla?
Pero luego pensó otra cosa, y cogió al negro, y lo
llevó ante el califa, a quien contó la historia.
Y el califa Harún Al-Rachid se maravilló tanto, que
dispuso se escribiese tal historia en los anales para que sirviera de lección a
los humanos.
Entonces Giafar le dijo: "No tienes para qué
maravillarte tanto de esa historia, ¡oh Comendador de los Creyentes! pues no
puede igualarse a la del visir Nureddín y su hermano Chamseddin."
Y el califa exclamó: "¿Y qué historia es esa, más
asombrosa que la que acabamos de oir?" Y Giafar dijo: "¡Oh Príncipe de los
Creyentes! no te la contaré sino a cambio de que perdones su irreflexión a mi
negro Rihán." Y el califa respondió: "¡Así sea! Te hago gracia de su sangre."
Historia del Visir Nureddin, de su Hermano el Visir
Chamseddin y de Hassán Badreddin
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