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EL POSADERO
Aunque me hubiera quedado una habitación libre, desde
luego no se la hubiera dado a esa pareja. Gente sospechosa. Han dicho que eran
marido y mujer, pero yo no me chupo el dedo y a mí no me la pegan.
Él es demasiado viejo y ella demasiado joven. Y como
está encinta... Tal vez es el padre que la ha sacado de su pueblo para evitar el
escándalo. Pero la mía es una posada honrada, y aquí no quiero partos
clandestinos.
Por otra parte, no me parece que la trate como a una
hija. Este vejete la mira como si fuera una cosa santa y casi con reverencia.
Acaso es un criado de confianza que ha cargado con este bonito trabajo... De
todas maneras, su marido no es. Y ella con ese aire inocente y casto como si no
se avergonzase de nada... Y debe de estar en los últimos días. Ya te digo yo que
las apariencias... ¡Fíate de las mujeres! Parece una virgen y está a punto de
ser madre. ¡Hay que ver! Y luego, como si no bastara, huelen a miseria desde una
legua. Y en mi casa no quiero pobres. Serían capaces de plantarse aquí durante
un mes, con la excusa de la parturienta, y al final de todo oírles decir que no
tienen bastante dinero para pagar la cuenta.
Si hubieran llegado con bonitos vestidos y con la bolsa
llena acaso hubiera podido encontrar un rinconcito para ellos. El mozo podía
haber ido a dormir a casa de sus hermanos durante algunas noches... Cuando el
oro está de por medio todo se arregla. Pero con esos no hay nada que hacer. Ella
lleva un vestido cualquiera que yo me avergonzaría de dar a mi mujer, y él un
manto liso que debe de tener más años que quien lo lleva. Además, habría el
peligro de que los gritos de ella y los lloros del niño molestaran a los otros
viajeros. ¡Buena cosa encontrarse la posada vacía por culpa de dos vagabundos
misteriosos! Aseguran que son galileos, pero el refrán dice que de Galilea nunca
puede venir algo bueno.
¡He hecho bien en sacármelos de encima!
Un agujero en cualquier sitio lo encontrarán seguro
antes que sea de noche.
EL DUEÑO DEL ESTABLO
Ya he dicho que sí, pero casi, casi me arrepiento... En
la posada no los han querido, no tenían dónde caerse muertos... Son débiles: me
he dejado conmover, especialmente por ella, con esa cara humilde y sin embargo
apasionada, con sus ojos de niña que ha venido de un mundo más claro que el
nuestro. Y parece que lleva un gran secreto contra el pecho como otra llevaría
un ramo de flores. Es tan inocente, cándida, pura, que parece imposible que
tenga que parir de un momento a otro...
No he tenido valor para sacármelos de encima, de noche,
en ese estado: acaso he obrado mal, pero ya no hay remedio. Se han sentado en el
establo, en silencio; como si rezaran sin palabras o esperasen un milagro.
También el viejo parece una persona de bien. Asiste a
esa pobre mujer con tantos miramientos como si ella fuese una reina y él un
señor convertido en esclavo. No entiendo nada. Van por el mundo solos, sin un
criado, sin una mujer que pueda ayudar a esta niña que está apunto de sufrir...
¿Por qué habrán salido precisamente los últimos días del embarazo? Llevar a esa
pobrecita por los caminos, en este mes frío y en sus condiciones, no es propio
de un hombre juicioso.
Total, que no he tenido valor para dejarlos marchar
desconsolados. El establo es viejo y sucio, pero, por lo menos, tienen un poco
de techo sobre la cabeza y las bestias siempre dan un poco de calor. Aunque me
haya equivocado, lo he hecho con buen fin: el Señor no me castigará. He sentido
como si una voz interior me empujara a albergar a esos dos pobres extraviados. Y
hasta el Libro ordena dar albergue a los peregrinos abandonados. ¡Dios quiera
que todo termine bien para ellos y para mí!
EL PASTOR QUE SE HA QUEDADO ATRÁS
¡Qué furia, mis compañeros apenas han hablado con
aquellos jóvenes desconocidos! Yo soy más viejo, y no puedo correr como ellos,
pero, en compensación, conozco el mundo un poco mejor que ellos.
¿Quiénes serán aquellos jóvenes luminosos? Aquí en el
pueblo nunca los habíamos visto. Deben de ser forasteros y de los forasteros hay
que fiarse hasta un cierto punto. Ponerlos a prueba, interrogarlos... No señor,
mis compañeros, en seguida a las primeras palabras, han levantado los brazos
como alas y han salido corriendo como el viento.
A decir verdad, aquellos hombres no parecían ni hombres
como nosotros. Tenían la cara y los vestidos iluminados, sin que pudiera
entender de dónde venía la luz. No llevaban linternas, el fuego estaba apagado y
luna no hay. Y, sin embargo, parecía que tuvieran delante un fuego más que
ardiente. Podrían ser espíritus del Señor, pero también podrían ser fantasmas o,
peor todavía, demonios que ruedan de noche.
En cambio, estos cabreros se han quedado aquí, con la
boca abierta, escuchando, y se lo han tragado todo en seguida. ¿Y qué han
sabido? Que allá abajo, en aquella gruta, ha nacido un Rey. Pero, por lo que he
aprendido en los setenta años que llevo en el mundo, los reyes nacen en los
palacios de las ciudades y no en las cuadras, en medio de las porquerías de los
animales.
Y parece ser que este Rey desciende nada menos que de
David y es Hijo de Dios. Pero nuestro Adonái, que yo sepa, no tiene hijos: es el
Señor único, creador del cielo y de la tierra, y no hay otros dioses fuera de
Él. En cuanto a la familia de David, después de mil años mucho me temo que no
quede de ella ni sombra en la tierra. Y esos corren, como locos
perseguidos, para ir a ver el milagro. Sin embargo, también yo quiero ir allá
abajo: nunca se sabe...
LAS OVEJAS DEJADAS SOLAS
Nos han despertado con aquella luz que no era ni sol ni
fuego, y después han salido corriendo. No se sabe dónde, no se sabe por qué.
¡Si lo supiera el amo!
¿Por qué abandonarnos, precisamente en esta hora, en
esta oscuridad? ¡Si todavía nos hubieran dejado solas durante el día, menos mal!
Hubiéramos podido entrar, por lo menos, en aquel campo de trigo de allá abajo y
hacernos pasar las ganas. Durante el día, pobres de nosotras, si nos acercamos
por allí, nos arrojan con gritos y a bastonazos. Y es preciso contentarse con la
hierba rala que, con el frío, se esconde entre las piedras, y a veces nos pincha
los labios. Ahora, aunque los guardianes hayan huido, no podemos salir del
cercado y no hay ninguna esperanza de pastos prohibidos.
Es preciso quedarnos aquí temblando, un poco de frío y
un poco de miedo. Se preocupan de nosotras cuando hace sol y nadie se acerca, y
ahora que el mundo es todo negro y hay tantos peligros, nuestros esbirros
desaparecen. Sin embargo, precisamente por la noche es cuando pueden venir los
lobos, los chacales y todos nuestros enemigos. Podríamos, en un abrir y cerrar
de ojos, encontrarnos degolladas por esas bestias de ojos rojos y sin
misericordia. O bien los ladrones pueden robarnos los hijos y venderlos quién
sabe dónde. Y todo por culpa de esos pastores enloquecidos que han salido
corriendo por hacer caso a aquellos jóvenes relucientes. ¡Bonita manera de hacer
los guardianes! ¡Nos apalean de día y nos dejan sin defensa por la noche!
Los hombres se dan aires de ser quién sabe qué y luego
pierden la cabeza de repente. Y nosotras, obedientes, buenas, calladas...¡Y
luego nos recompensan así!
Ahora que estamos despiertas, sentimos el cuerpo medio
vacío, que rumorea -ayer hemos encontrado poco pasto- ¿y quién consigue volver a
dormir?
LA MATRONA
¿Por qué han venido a llamarme, en mitad de la noche,
si no tenían necesidad de mí? El viejo llega, llama a la puerta como si quisiera
derribarla, suplica, me hace salir de la cama caliente, y me cuenta que su mujer
está a punto de dar a luz y que no tiene a nadie para asistirla. Yo, ingenua, me
dejo persuadir, y lo sigo. Creía que estaba en casa de parientes, o por lo menos
en la posada. En cambio, me lleva a un establo fuera del pueblo, alejado, medio
derrumbado. Se detiene y dice: es aquí. Yo no quería ni entrar, porque no estoy
acostumbrada a poner los pies en los establos. Todas mis clientes son señoras,
las mejores señoras de Belén. Y esta señora que se aloja en un establo debe ser
una desgraciada, una huida, tal vez una pecadora que se esconde.
A pesar de todo, me llené de valor y entré. Ahora ya
había llegado hasta allí y tal vez consiguiera un siclo1,
aunque el viejo no tuviera el aspecto de ser una persona de posibles. Pero
cuando ya estoy dentro, ¿qué veo? A la madre toda tranquila y plácida, sentada
cerca del pesebre, como si nada hubiese ocurrido. Y allí dentro, en el heno, un
hermoso niño que mira a los ojos y que ilumina toda la habitación.
Y entonces, digo yo, ¿qué sorpresas son éstas? ¿Por qué
me han arrancado de casa, donde soñaba tan bien, si todo se ha terminado?
Ellos, el hombre y la mujer, se miran y no me
contestan. Finalmente consigo saber que aquella joven ha parido sin dolor. Sin
trabajo y sola, sin la ayuda de nadie, mientras el viejo me buscaba. No he
podido contener la rabia y me desahogado con los dos cuanto me ha parecido.
Pero la mujer estaba completamente encantada con el
niño, y el niño parecía que me sonriera, como si quisiera calmarme. El viejo ha
intentado ponerme en la mano algunas monedas, pero yo no he querido nada y he
salido de allí dando un portazo.
Aquellas nos son personas como las otras, y yo no
quiero ni tocar su dinero. Puedo equivocarme, pero ahí hay algo de brujería.
Nunca se ha oído decir que una mujer pariera de ese modo, sin dolores y sin
socorros. ¡Y ese hijo que mira a la gente como un hombre!.
Y luego, ¡hacerme levantar a esta hora con este viento
helado, y para llegar y encontrarme que todo está hecho! Mañana, apenas se haga
de día, quiero explicárselo todo al centurión. Dejaré de ser quien soy si mañana
no los echa de Belén, ¡vagabundos ignorantes!
EL RATÓN EN LA PARED
Eso ya está visto: esta noche ayuno. Esperaba que se
hiciera oscuro para salir de mi escondrijo y buscarme la comida, cuando ha
empezado a llegar gente y se han puesto a hacer luz, a hablar y a moverse por
todas partes. Hay una mujer con un niño, un viejo que los acompaña, y, además,
los pastores de los alrededores. Son hombres, por tanto, perseguidores de mi
raza, y no hay que dejarse ver. Me toca quedarme aquí, entre estas dos piedras
removidas, espiando lo que sucede.
Y siento que el hambre me debilita. Esperaba encontrar
alguna migaja de pan que se le hubiera caído hoy al labrador y algunos granos de
trigo que se hubieran quedado entre la paja, como otras noches. Pero no hay
solución. Salir de aquí no me conviene. Los pastores han encendido fuego y se ve
como si fuera de día. En cuanto me descubrieran me aplastarían con sus zapatos
herrados.
No se sabe lo que están haciendo ahí dentro. Por la
noche no suele haber más que el buey y el asno, y de ellos no tengo miedo. Casi
diría que somos amigos, aunque sean mucho mayores que yo. Esos cabreros están
ahí, alrededor del pesebre, con los ojos abiertos, como si adoraran a ese niño
que acaba de nacer. Sólo Dios sabe qué habrá ocurrido para maravillarse tanto y
hacer tanta fiesta. A mí me parece un niño como los demás, y también los niños,
cuando pueden, se divierten torturando a mis hermanos. Yo, de verdad, no tengo
ningunas ganas de adorarlo como hacen estos villanos. Tanto más, que si sufro
hambre es por su culpa. Si le dejaran solo, me gustaría divertirme
mordiéndolo...
EL BUEY
¿Quién habrá dado a esos el derecho a invadir mi casa?
Es la primera vez que los veo. Esa joven no es la mujer del guardián, y ese
viejo no es el boyero. Y, sin embargo, están haciendo de dueños y hasta han
ocupado el pesebre destinado a mi heno. ¿Qué señorío es este?
¿Qué habrán puesto dentro del pesebre?
¡Vaya! Ahora lo veo. Es un hijo de mujer, ¡un hombre
apenas nacido! Pero ¡qué diferente es de todos los demás! En mi vida he visto
una criatura parecida. No llora, como hacen los niños, no duerme, no gime, no
grita. Tiene los ojos abiertos, grandes, serenos como el cielo de abril. No
parece un niño de verdad, sino una aparición, un pequeño Dios que por
equivocación ha ido a parar en medio de la hierba seca...
Nunca me había dado cuenta de lo oscuro y sucio que es
este establo. Me avergüenzo de no tener un sitio más bello, más digno de él.
Descubro las telas de araña que antes no había visto; las maderas carcomidas;
las losas del suelo todas húmedas, todas negras.
¿Cómo es posible que un ser tan milagroso haya escogido
esta mugrienta cabaña para venir al mundo?
De él emana un resplandor caliente, una luminiscencia
amorosa que atraviesa todas las cosas y hace bien al corazón. Los hombres no son
así ni cuando nacen. Los hombres son duros, burdos, crueles, tristes...
Ahora sonríe y parece que quisiera hablar. Se ha dado
cuenta de que lo miro y parece darme las gracias. No tiene miedo de mí. Casi
diría que me quiere y que me quisiera consolar. En ninguna mirada humana he
descubierto nunca una expresión igual.
Ya soy viejo y he trabajado durante tantos años que mis
pobres huesos están cansados. Pero por él haría gustoso cualquier cosa: llevar a
cuestas una montaña, arar todos los campos de Judea.
¿Qué podría hacer por él? ¿De qué manera demostrarle mi
reconocimiento? ¿Calentarlo con mi aliento? Pero ¿seré digno yo, animal de yugo,
de acercarme a ese cuerpecillo que reluce?
EL GORRIÓN EN EL TEJADO
No entiendo nada de lo que pasa. Luz arriba y luz
abajo. Parece que se esté haciendo de día y, sin embargo, éste no es el calor de
sol.
Me parece que hace poco he regresado al nido y en esta
época del año las noches no terminan nunca. No puede ser la mañana. Aquí hay un
misterio. Abajo en el establo oigo voces; arriba en el cielo otras voces, no sé
de quién. ¿Será posible que los hombres se hayan puesto de repente a volar como
nosotros? ¡Sería nuestra ruina!
El hecho es que esta noche no es posible dormir en paz.
Y a mí, que mañana a primera hora tengo que levantar el
vuelo para buscar alguna semilla o algún residuo para no morirme de hambre,
estas luces y estas voces no me convienen nada.
Las otras noches estábamos tan en paz que era un
encanto. En verdad que no sé lo que tiene que buscar esa gente a esta hora para
fastidiar a un pobre pájaro que durante el día tiene que afanarse para ganarse
la vida. ¿Por qué no duermen tranquilos, como hacía yo?
Parece imposible, pero esos brutos gigantes de dos
piernas parecen creados aposta para nuestro castigo. O nos hacen prisioneros, o
nos matan, y, no contentos con esto, me fastidian el sueño.
EL ASNO
Dios ha querido que antes de morir viera cosas
maravillosas.
¡Todas las noches aquí dentro, en las tinieblas,
cansado y triste, pensando en mi vida desgraciada, sin otra compañía que un buey
que rumia o un ratón que roe!
Ahora, en cambio, me parece estar en el corazón del
mundo. Un esplendor que palpita, un cántico que baja de los cielos, una mujer
más bella que las otras mujeres, un niño que roba el sosiego a quien le ve. Yo
no soy un sentimental, como mi blanco compañero, y tampoco un supersticioso,
como mi dueño. Y, sin embargo, tendría ganas de arrodillarme como hacen estos
cabreros que han acudido aquí, corriendo, como si los hubiera convocado un Dios.
También yo he rodado lo mío; una vez he estado en
Damasco y seis veces en Jerusalén. Pero no recuerdo un prodigio como éste, nunca
me he sentido tan feliz como esta noche.
Esa joven que inclina su rostro bellísimo y pálido
sobre el fruto de su sangre, casi me hace llorar por no sé qué nueva ternura. Y
ese hombre anciano que contempla a la mujer y al niño como si estuviera
arrebatado a la felicidad por un sueño. Y esos pastores que tienen la cara más
enrojecida por la alegría que por el reflejo de las llamas. Y esa criatura
dulcísima tendida en el pesebre, que contempla a todos como si los quisiera
consumir con su corazón.
Ese no es hijo de hombre. He oído decir a los pastores
que les fue anunciado el nacimiento de un Dios. Cuanto más lo miro, más me
parece verdad. Los hombres no tienen esos ojos, no exhalan ese fulgor.
¡Y pensar que yo lo he visto nacer, yo, pobre bestia de
carga despreciado por todos! ¿Por qué misterio ha querido iniciar su vida aquí,
en este pedazo destartalado, destinado a nuestros morros hambrientos? ¿Por qué
arcana razón soy digno de ser espectador de un portento tan increíble: el
nacimiento de un Dios?
Soy el último de los animales de la tierra, soy un
pobre saco de piel llagada y de huesos molidos; pero no me eches, Niño;
permíteme a mí amar a Aquel que un día quiso crear hasta a mí.
FIN |