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El 3 de septiembre salí de casa. Delante de mi casa había
campos, viñas, árboles, terrones secos y manchas de hierba. Las vides, cargadas
de racimos violados, se apoyaban en los álamos voluptuosamente reclinadas, igual
que las mujeres, con el pecho hinchado de juventud, se apoyan contra el hombre
que aman. Todo el cielo estaba lleno de viento que hacía reír con lentos
susurros a todas las hojas; de monstruos grises que se arrastraban lentamente
por el azul; de montañas blancas que se deshacían; del olor de la tierra mojada
y del maíz apilado en la era.
Fui hacia el río a través del vuelo de las avispas negras,
amarillas, zumbantes. El agua es escasa, lenta y fangosa, y, sin embargo, este
río me gusta. Caminando por su orilla, con un poco de viento de cara, pisoteando
las mariposas inmóviles en el suelo, en el amodorramiento del parto, llegué al
vado. La barca me esperaba y en un momento estuve en la otra orilla.
¿Por qué prefiero la otra orilla? ¿Acaso porque hay más árboles
y las hierbas son más altas? En absoluto. A mí me gustan los paisajes desnudos,
en los que el sol se puede tender durante todo el día como un vagabundo. Tal vez
prefiero la otra parte porque es la otra: porque no es la mía, aquella a la que
me veo obligado a volver cada noche.
También el 3 de septiembre me senté en la hierba y, cuando un
pescador llegó cerca de mí, preparó su red y se dispuso a engañar también aquel
día a los ridículos peces, pensé que podía empezar mi obra. Me levanté para
acercarme a aquel hombre. No llevaba en la mano absolutamente nada. En el
bolsillo llevaba un libro, pero no tenía ningunas ganas de leer.
El pescador no me miró. Era un joven
bajo, de cara quemada y boca enorme. No parecía inteligente, pero no tenía el
derecho de preguntarle también esto.
Se agachó y lanzó la red al agua. Empezaba la espera soñolienta
del hombre que no piensa en la muerte. Todo estaba tranquilo: solamente las feas
moscas, que adivinaban la tempestad, giraban a nuestro alrededor sin reposo.
¿Por qué esperar más? Hice la pregunta que tenía que repetir
tantas veces:
-¿Por qué hace esto?
El joven me miró con la expresión que yo ya me había imaginado
antes de hablar: entre el asombro y la compasión.
Pero no respondió. Tuve que repetir la pregunta. En aquel
momento no podía soportar el silencio.
Entonces, el joven sonrió con su gran boca y repuso:
-Para agarrar peces.
-¿Y para qué quiere agarrar peces?
-Para venderlos.
-¿Y qué hace con el dinero que le dan?
-Compro pan, vino, aceite, vestidos, zapatos y todo lo
demás.
-¿Y por qué compra todo esto?
El joven se quedó sin saber qué decir. También esta vez tuve que
repetir la pregunta, mirándolo fijamente. Él
se volvió a ambos lados casi como si escuchara el silencio.
Acaso empezaba a sospechar, pero contestó:
-Para vivir.
-Pero ¿por qué -repliqué, rápido- quiere vivir?
La maravilla y la alegría del pescador crecieron, a este punto,
sin medida. Ahora creía saber quién era yo y, aunque no me consideraba
peligroso, no sabía cómo terminaría todo aquello. Yo no tenía ninguna razón para
interrumpir el coloquio. Por eso repetí con nueva obstinación la pregunta y miré
con dureza al acusado.
El joven intentó sonreír con desprecio.
-Vivo porque he nacido.
-Pero ¿para qué fin vive?
-¿Para qué fin? ¿Qué entiende por fin?
-Quiero decir: ¿cuál es para usted la cosa más importante de la
vida?
-Ya entiendo. Mi fin es éste: pescar.
Callé y, al cabo de unos minutos, me levanté.
Era inútil seguir. Habíamos vuelto
al principio. La simplicidad de aquel bruto había cerrado el anillo.
Me alejé despechado por la orilla, pisoteando las florecillas
debilitadas y la hierba poco fresca. Detrás de las ramas salían gritos rabiosos
de niños. En cierto punto, el espeso seto se interrumpía por una cancela de
madera. La empujé y entré en el campo, adentrándome con la cabeza baja por el
sendero blando. Había visto ya, a la izquierda, a un campesino que cavaba y me
dirigí directamente hacia él. Él
me había visto ya y, desde debajo del ala sucia de su sombrero de paja, me
miraba con recelo. Se acercaba la vendimia y todos estaban armados contra los
ladrones de uva. El silencio de la tarde estaba interrumpido bruscamente por los
resonantes disparos tirados al desconocido.
Cuando estuve cerca del campesino lo miré. A sus pies, la tierra
húmeda y arenosa aparecía removida con calma, y se preparaba para otros regalos.
La tierra abierta me conmueve como un dolo, pero no podía menos que repetir mi
pregunta:
-¿Por qué hace esto?
El campesino me miró con sus ojos inquietos y repuso:
-Para que nazca el trigo.
-¿Y para qué quiere que nazca el trigo?
-Para hacer pan.
-¿Y por qué tiene necesidad de hacer pan?
-Para vivir.
-Pero ¿para qué quiere vivir?
A esta pregunta el hombre bajó la cabeza y reanudó su paciente
trabajo. El pie desnudo se apoyó de nuevo sobre el hierro, y la tierra se rompió
y se hizo más oscura de repente. Repetí varias veces la pregunta, pero, como
respuesta, sólo obtuve algunas malas miradas.
El viento seguía riendo alrededor de mi cabeza.
Me quité el sombrero y miré al cielo. Agucé el oído al sonido
quejumbroso de la sirena de una fábrica. Tuve que volver a tomar el sendero y
salir del campo.
-¡Qué bella me pareció el agua en aquel momento! Anduve todavía
un poco por la orilla, buscando con los ojos al tercer acusado. Los sauces,
alineados en cuatro hileras, me acompañaban despacio e intentaban repetir las
frases del viento. Había un prado cerca y, en el prado, una niña vestida de rojo
estaba agachada recogiendo las últimas flores del verano.
Yo deseaba solamente un ser, pequeño o grande, que supiera
hablar. ¿Qué me importaba todo lo demás? La niña era rubia, era pequeña, acaso
era estúpida. Me bastaba que no fuera muda y no huyera. La llamé desde lejos,
como se llama a los perros. Ella levantó su carita de flores, me miró sonriendo,
y dio un paso o dos hacia mí. Apenas estuve a su lado, repetí la necesaria
pregunta:
-¿Por qué haces esto?
La niña no se hizo rogar y contestó en seguida:
-Para hacer un ramo a la Virgen.
-¿Y por qué quieres hacer un ramo a la Virgen?
-Para que se acuerde de mí.
-Pero ¿por qué quieres que se acuerde de ti?
-Para que me prepare un sitio en el Paraíso, cerca de ella, para
cuando yo esté muerta.
Bastaba traducir a lo absoluto las palabras de la niña rubia y
eran una respuesta a lo que yo había preguntado. ¿Por qué actuaba de aquella
manera la niña vestida de rojo? Para lograr el Paraíso. Vivía, pues, para
prepararse la muerte. Esta es una respuesta; una respuesta como no supieron
darme los dos grandes ladrones del agua y de la tierra.
Los había olvidado apenas hube estropeado con mis pies
apresurados el trébol y el romero del prado. Ahora andaba menos triste por la
orilla, incluso comencé a cantar. La niña me seguía, sosteniendo con sus manos
su delantal rebosante de flores amarillas y violetas. Pero cuando me volví, de
repente, para saludarla y recibir el viento en pleno rostro, vi que no solamente
ella me había seguido. Más lejos, medio escondidos entre los sauces, venían,
hablando entre ellos, los dos primeros acusados: el pescador y el campesino.
¿Cómo se habían encontrado? ¿Por qué me habían seguido?
No lo supe, pero vi que yo había sabido aproximarlos.
Estaba seguro, aunque distante, de que hablaban entre sí.
¿Tal vez a causa de la niña? Pero ¿por qué debía tener miedo? Me detuve y los
esperé cantando en voz baja. La niña prosiguió su camino y me pasó; los dos
hombres me alcanzaron. Sus caras se habían vuelto malas; la enorme boca del
joven sonreía; los potentes ojos del viejo relampagueaban debajo del sombrero.
En cuanto estuvieron a mi lado empezaron a maltratarme con malas
palabras y con sus sólidas manos. Ellos eran dos, enfurecidos y robustos; yo
estaba solo, tranquilo y débil. Poco les costó apoderarse de mi cuerpo
blasfemando por la alegría del desahogo hasta entonces contenido. Tuve tiempo de
descubrir las ranas niñas y grises saltando en los pequeños charcos entre las
piedras húmedas. Los dos hombres me balancearon un poco, como un saco, como un
muerto, y luego me arrojaron al agua, riendo como borrachos.
El agua estaba baja; las lluvias de mediados de septiembre no
habían llegado todavía para lavar los racimos e hinchar los ríos. Pude
levantarme y reanudar, con los huesos doloridos y la ropa empapada de barro
acuoso, el camino del vado.
Los dos hombres huían corriendo; la niña estaba lejos; y el
viento soplaba todavía más fuerte, irritado por la pereza de las nubes. Nada
había cambiado en el mundo.
-Mañana -dije entre mí, sonriendo- es cuatro de septiembre.
FIN |