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Cuando murió Stefano Martella, director de una sociedad de
seguros y que había pasado una temporada en la superficie de la tierra pecando,
trabajando y viviendo su partitura por casi cincuenta años, se encontró en una
ciudad maravillosa hecha de palacios suntuosos, calles amplias y regulares,
jardines, prósperos negocios, lujosos automóviles, cines y teatros, gente bien
alimentada y elegante, sol brillante, todo bellísimo. Caminaba plácidamente por
una avenida al lado de un señor muy cortés que le daba explicaciones mostrándole
la ciudad.
"Lo sabía -pensaba- no podía ser de otra manera. He
trabajado toda mi vida, he mantenido a mi familia, he dejado a mis hijos una
herencia respetable. En síntesis, he cumplido con mi deber; por eso estoy en el
paraíso."
El señor que lo acompañaba se presentó con el nombre de
Francesco y le dijo que se encontraba ahí desde hacía diez años.
-¿Contento?, le preguntó Martella con una sonrisa de
complicidad, como si la pregunta fuera ridículamente superflua.
Francesco lo miró fijamente:
-¿Cómo negarlo?
Los dos rieron.
¿Acaso Francesco era funcionario del municipio o lo
hacía por mera cortesía? Condujo a Martella de una calle a otra, de maravilla en
maravilla. Todo era perfecto, ordenado, limpio, sin ruido y sin malos olores.
Caminaron largamente sin que Martella, que era bastante corpulento, sintiera
ningún cansancio.
En una esquina estaba estacionado un vehículo de lujo
con un chofer de librea que esperaba.
-Es de usted -dijo Francesco e invitó a Martella a
subir. Dieron un largo paseo. El invitado miraba a la gente en las calles,
hombres y mujeres de diferentes edades y de variada condición social, pero todos
bien vestidos y de aspecto floreciente. Todos tenían buena expresión; sin
embargo, en sus rostros se advertía una especie de fijeza, de aburrimiento
secreto.
"Por supuesto -se dijo Martella- no pueden estar riendo
de felicidad todo el día."
Se estacionaron en uno de los palacios más bellos.
-Es su casa -dijo Francesco, invitándolo a entrar. La
casa que había tenido Martella en el mundo era una pocilga comparada con esto.
Como en los cuentos de hadas, había de todo: salones,
estudio, biblioteca, sala de billar y una serie de comodidades que es inútil
enumerar; jardín, naturalmente, con cancha de tenis, pista para correr, alberca
y un lago con peces. Y por todas partes servidores que esperaban órdenes.
Subieron en el elevador al último piso. Ahí se
encontraba, entre otras cosas, un encantador salón de música con un inmenso
vitral por donde escapaba la mirada.
Martella reía maravillado. Por más que forzase la
vista, no alcanzaba a ver el límite de la ciudad: terrazas, cúpulas,
rascacielos, torres, pináculos, banderas al viento y, una vez más, terrazas,
cúpulas, pináculos, torres, banderas, siempre más y más lejanas que parecerían
no tener fin. Pero había otra cosa: no se veía ningún campanario. Entonces
Martella preguntó:
-¿Y las iglesias, qué, no hay iglesias aquí?
-¡Bah! -respondió Francesco y pareció sorprendido por
la ingenuidad-. Aquí no parecen necesarias, ¿no es verdad?
-¿Y Dios? -preguntó Martella (en su corazón no le
importaba en lo absoluto, pero le parecía necesario, sólo por cortesía,
preguntar por el anfitrión, por el señor de aquel reino)-. ¿Y Dios? Recuerdo que
cuando era pequeño, en el catecismo decían que en el paraíso uno puede ver a
Dios. ¿No se puede ver desde aquí arriba?
Francesco rió, en un tono un poco burlón, para ser
sinceros.
-Hey, querido Martella, perdóneme si se lo digo, pero
me parece que usted es demasiado pretencioso -(Pero ¿porqué se reía de aquel
modo tan antipático?)- Cada uno tiene el paraíso que se merece; por supuesto,
conforme a su propia naturaleza. ¿Por qué se interesa ahora por Dios, si jamás
creyó en él?
Martella no insistió; después de todo ¿qué le
importaba?
Visitaron, no todo el palacio que era enorme, sino los
sitios principales: el conjunto prometía una estancia beatífica. Después,
Francesco le propuso ir al Círculo: ahí, Martella podría conocer a un grupo de
sus amigos más entrañables. Mientras salían, el ex director de seguros, con
curiosidad no exenta de astucia, susurró a su guía:
-¿Y las damiselas? ¿No hay jóvenes damiselas?
(No porque en la calle no las hubiera visto: una más
bella que la otra; pero quería saber si él, a su edad, sin poner en juego su
prestigio, hubiera podido etcétera, etcétera.)
-Qué pregunta -dijo Francesco con aquel tono burlón-.
¿Usted cree que falten, justo aquí en el paraíso?
En el Círculo, una residencia digna de un monarca,
siete u ocho señores de conspicua altura social se reunieron en torno a Martella
con la cordialidad de los viejos amigos. Tuvo la impresión de reconocer a dos;
tuvo incluso la vaga sospecha de que habían sido colegas, rivales suyos, a
quienes quizá les había hecho alguna mala jugada. Pero no estaba seguro. Al
resto no lo reconoció.
-¡Hete aquí también tú! -dijo el más viejo de aquellos
señores, de cabellos blancos, y que lo contemplaba dignamente ávido-:
¿Contento?, ¿contento?
-Forzosamente contento -respondió Martella, atrapando
al vuelo un aperitivo que le ofrecieron.
-¿Por qué dices forzosamente? -intervino otro,
flaco, sobre la treintena, con un rostro parecido al de Voltaire, con un gesto
en los labios un poco irónico y amargo- ¿crees que es obligatorio estar
contento?
-Te suplico que no empieces con tus necedades, te lo
ruego -le dijo el viejo de pelo blanco, como si esas palabras lo hubieran
molestado-. Por mi parte, digo que es prácticamente obligatorio. Todo aquello
que nos hacía sufrir allá... -hizo un gesto extraño que Martella no había visto
jamás, evidentemente un gesto convencional y bastante común en el más allá para
indicar la primera existencia-. Todo aquello que nos hacía sufrir allá, ahora ha
desaparecido.
-¿Todo, absolutamente todo? ¿Incluyendo a los que no
nos caían bien? -preguntó Martella para hacerse el gracioso.
-Eso espero -dijo el viejo de cabellos blancos.
-¿Y enfermedades?, ¿no hay siquiera resfriados?
-¿Enfermedades? ¿Entonces para qué se estaría en el
paraíso? -Y acentuó esta última palabra como si la despreciase.
-Tranquilízate -confirmó el flaco fijando la mirada en
su nuevo compañero- es inútil esperar enfermedades. No vendrán.
-¿Y qué te hace pensar que las espero? Ya he tenido
bastantes, yo diría -contestó Martella complacido de que le hubiese salido,
espontáneamente, una gracejada.
-Nunca se sabe, nunca se sabe -insistió el flaco. No se
entendía si estaba bromeando o no-. No espere estar algún día en la cama con
fiebre... o tener dolor de muelas... Ni siquiera un retortijón. ¡Ni siquiera un
vulgar retortijón le será concedido!
-Pero ¿por qué le hablas así? ¡Como si fuera una
desgracia! -exclamó el viejo, dirigiéndose al recién llegado-. No se preocupe.
¿Sabe?, él se divierte haciendo bromas.
-Sí, ya me di cuenta -dijo Martella con forzada
desenvoltura, porque en realidad se sentía bastante incómodo-. Entonces, aquí no
existe el dolor.
-No existe el dolor, querido mío -confirmó el señor de
cabello blanco- por lo tanto no existen hospitales, ni manicomios, ni asilos.
-¡Precisamente! -aprobó el flaco-, ¡vamos, explícale
todo bien!
-Exacto -continuó el viejo señor- nosotros no tenemos
dolores. Y por lo tanto nadie tiene miedo. ¿De qué cosa temeríamos? Ya verás que
nunca vas a volver a sentir el corazón desbocado.
-¿Ni cuando tenga sueños desagradables? ¿Ni cuando
tenga pesadillas?
-¿Y por qué crees que vas a tener pesadillas? No creo
que siquiera vayas a soñar. Desde que estoy aquí no recuerdo haber soñado una
sola vez.
-¿Y tienen deseos? Me imagino que tienen deseos...
-¿Deseos de qué? Lo tenemos todo. ¿Qué más podemos
desear? ¿Qué nos hace falta?
-¿Y las así llamadas... penas de amor?
-Tampoco eso, naturalmente. Ni deseos, ni amores, ni
arrebatos, ni odios, ni guerras. Aquí todo es absolutamente tranquilo.
En ese momento, el flaco se levantó con una expresión
dura en el rostro.
-Ni siquiera lo pienses -dijo a Martella con ímpetu-,
clávatelo en la mente. Aquí todos somos felices, ¿entiendes? Nada te va a costar
trabajo. Nunca te sentirás cansado, no tendrás sed, nunca te dolerá el corazón a
la vista de una mujer, nunca recibirás la luz del amanecer como una liberación,
revolcándote en tu cama. Aquí no tenemos ni nostalgias, ni remordimientos, nada
nos da miedo, ¡no tenemos miedo ni del infierno! Somos felices, como puedes
darte cuenta. -(Aquí hizo una pausa, como si se le atravesase un pensamiento
desagradable.)- Y además... además, especialmente una cosa, entre nosotros no
existe la muerte, ¿entiendes? Ya no tenemos la facultad de morir.
-Qué maravilla, ¿verdad? Estamos de-fi-ni-ti-va-men-te
(remarcando las sílabas), definitivamente exonerados. Aquí pasa lentamente el
tiempo, hoy es igual a ayer, mañana igual a hoy, nada malo nos puede suceder -la
voz se hizo lenta y grave-. ¿Te acuerdas cuánto odiábamos a la muerte? ¡Cómo nos
amargaba la vida! Y los cementerios, ¿te acuerdas? Y los cipreses. Y las luces
en la noche, y los fantasmas, los fantasmas con cadenas que salían de sus
tumbas... Y el pensamiento sobre el más allá, las discusiones que se hacían a
ese respecto, aquel misterio, ¿te acuerdas? ¿Quién se acuerda de eso ahora?...
Aquí todo es diferente; aquí somos libres finalmente, no hay nadie que nos
espere a la puerta. Qué satisfacción, ¿no es verdad? ¡Qué maravillosa alegoría!
El viejo señor, que había escuchado el discurso con
creciente aprensión, intervino duramente:
-¡Ya basta! ¡Ya basta! ¿Cómo es posible que pierdas así
el control?
-¿El control? Y ¿qué me importa? ¿Y por qué no tendría
que saberlo él? -exclamó el flaco, bufando, dirigiéndose otra vez a Martella-:
Has venido tú también a marchitarte, ¿qué no lo entiendes? A miles de gentes les
pasa lo mismo que a ti, ¿sabías? ¡Y encuentran su automóvil, castillos, teatros,
mujeres, paseos, y no tienen enfermedades, ni amores, ni ansia, ni miedo, ni
remordimientos, ni deseos, ni nada!
Era demasiado. Sin escándalo, pero con una extrema
firmeza, tres de los presentes, entre ellos el viejo de cabellos blancos,
cogieron al flaco por los brazos, llevándolo por la fuerza hacia la salida, como
convenía a un pacto imperioso del cual dependía la existencia común. Por otra
parte, la prontitud de la intervención denotaba que no era una novedad. Escenas
del mismo género seguramente habían sucedido muchas veces.
El flaco fue expulsado por la puerta y después por la
escalera hacia el jardín, pero continuó gritando, siempre dirigiéndose a
Martella:
-¡Conserva tu palacio, los jardines, las joyas,
diviértete si eres capaz. ¿Qué, no te das cuenta que hemos perdido todo? No has
entendido que...
Aquí las palabras fueron sofocadas, como si le hubieran
puesto una mordaza. La frase terminó en un murmullo informe que Martella no pudo
descifrar. Ya no importaba, después de todo. Una voz sutil, extremadamente
precisa murmuró:
-Estamos en el infierno.
-¿El infierno? ¿Con esos palacios, esas flores y tantas
criaturas agraciadas? ¿Esto, el infierno? ¡Qué absurdo!
Sin embargo, Stefano Martella miraba extraviado en
torno suyo, sintiendo que se le desbordaba el corazón. Miraba invocando algo que
lo desmintiera. Pero a su alrededor se encontraban seis o siete rostros
impecables, con la piel lisa y bien alimentada. Rostros misteriosos que lo
miraban con los labios cerrados y regularmente regocijados. Un sirviente se
acercó para ofrecerle otra copa. Martella tomó un sorbo con disgusto; se sentía
horriblemente solo, abandonado por la humanidad; lentamente se repuso, miró a la
cara a sus queridos amigos, uniéndose a la desesperada conjura. Y todos juntos,
con un enorme cansancio, trataron de sonreír.
FIN |