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James Cushat-Prinkly era un joven que siempre había abrigado la firme
convicción de que un día de estos iba a casarse; y hasta los treinta y cuatro
años de edad no había hecho nada para justificarla. Quería y admiraba a un gran
número de mujeres, en conjunto y desapasionadamente, sin dedicar a una en
particular ninguna consideración matrimonial, lo mismo que uno puede admirar los
Alpes sin por ello querer ser dueño de un pico en concreto. Su falta de
iniciativa a este respecto despertaba cierto grado de impaciencia entre las
mujeres románticas del círculo hogareño. Su madre, sus hermanas, una tía que
vivía con ellos y dos o tres comadres íntimas contemplaban su moroso
acercamiento al estado conyugal con una desaprobación que harto distaba de ser
muda. Sus coqueteos más inocentes eran vigilados con la intensa avidez con que
un grupo de foxterriers escrutaría los más leves movimientos de un ser humano
que diera razonables indicios de poder sacarlos a pasear. Ningún mortal de
corazón decente resiste durante mucho tiempo las súplicas de varios pares de
ojos perrunos anhelantes de un paseo; James Cushat-Prinkly no era tan terco o
indiferente a las influencias caseras como para hacer caso omiso del deseo
expreso de su familia de que se enamorara de alguna chica agradable y casadera;
y cuando su tío Jules abandonó esta vida y le legó una no muy modesta herencia,
de veras pareció que lo correcto sería acometer la empresa de descubrir a
alguien con quien compartirla. Llevaba adelante este proceso de descubrimiento
más por la fuerza del peso y las sugerencias de la opinión pública que por
iniciativa propia. La clara mayoría de sus parientas y las ya mencionadas
comadres habían escogido a Joan Sebastable como la joven más idónea de su grupo
social para que él le propusiera matrimonio; y James se fue acostumbrando a la
idea de que Joan y él pasarían juntos por las etapas obligatorias de las
felicitaciones, los regalos, los hoteles noruegos o mediterráneos y la ulterior
vida doméstica. Empero, había necesidad de preguntarle a la dama su opinión al
respecto. Hasta la fecha la familia había manejado y dirigido el galanteo con
habilidad y discreción, pero la propuesta en sí tendría que ser un esfuerzo
individual.
Cushat-Prinkly cruzaba por Hyde Park con dirección a la residencia de los
Sebastable en un estado de ánimo de moderada complacencia. Ya que había que
hacerlo, le alegraba saber que iba a salir de ello esa misma tarde. Proponer
matrimonio, incluso a una muchacha tan agradable como Joan, era un asunto más
bien molesto; pero no se podía pasar una luna de miel en Menorca y después toda
una vida de felicidad conyugal sin cumplir con este requisito. Se preguntaba
cómo sería en realidad Menorca en cuanto sitio de visita; se la imaginaba como
una isla en perpetuo medio luto, con gallinas de Menorca blancas y negras
correteando por todas partes. Quizás no tendría nada de eso vista de cerca.
Personas que habían estado en Rusia le habían contado que no recordaban haber
visto allí patos de Moscú, así que a lo mejor no había gallinas de Menorca en
esa isla.
Sus reflexiones mediterráneas fueron interrumpidas por la campana de un reloj
al dar la media hora. Las cuatro y media. Frunció el entrecejo en señal de
disgusto. Llegaría a la mansión de los Sebastable a la hora precisa del té. Joan
estaría sentada frente a una mesa baja y tendida con una variedad de teteras de
plata, jarritas de crema y delicadas tacitas de porcelana, detrás de las cuales
surgiría el agradable campanilleo de su voz en una serie de preguntas
intrascendentes sobre el té fuerte o claro; cuánta, si acaso, azúcar, leche o
crema; y así sucesivamente. "¿Es un terrón? Lo he olvidado. Le gusta con leche,
¿verdad? ¿Desearía más agua caliente, si le quedó muy fuerte?"
Cushat-Prinkly había leído de estas cosas en cantidades de novelas; y en
cientos de experiencias reales había comprobado que se ajustaban a la verdad.
Millares de mujeres, a esta hora solemne de la tarde, recibían en medio de
exquisitos cubiertos de plata y porcelana, mientras sus agradables voces
tintineaban en un chorro de preguntas intrascendentes y solícitas.
Cushat-Prinkly detestaba todo aquel engranaje del té de la tarde. Según su
teoría de la vida, toda mujer debía tenderse en un diván o en un sofá, hablar
con seducción incomparable o contemplar pensamientos indecibles, o podía
limitarse a estar callada como un objeto para ser contemplado; y, descorriendo
una cortina de seda, un pajecito egipcio debía traer en silencio una bandeja
cargada de tazas y golosinas, que serían aceptadas sin palabras, así como así,
sin tanta cháchara acerca de la crema, el azúcar y el agua caliente. Si de veras
el alma de uno estaba encadenada a los pies de la amada, ¿cómo era posible
hablar juiciosamente de té aguado? Cushat-Prinkly nunca había expresado sus
opiniones sobre el tema a su madre; ella estaba acostumbrada a toda una vida de
trinar agradablemente a la hora del té, detrás de primorosos objetos de plata y
porcelana, y si le hubiera hablado de divanes y pajecitos egipcios, le habría
recomendado pasar una semana de vacaciones en la costa. Y fue así como, mientras
atravesaba una maraña de callejuelas que conducían indirectamente a la elegante
alameda de Mayfair que era su destino, el pavor de enfrentarse a Joan Sebastable
en su mesa de té se apoderó de él. Se le ofreció una salvación pasajera: en un
piso de una casita angosta del lado más ruidoso de la calle Esquimaut vivía
Rhoda Ellam, una especie de prima lejana que se ganaba la vida fabricando
sombreros con materiales muy costosos. Los sombreros de veras parecían venidos
de París; pero los cheques que recibía por ellos no parecían, por desgracia,
destinados a viajar a París. Así y todo, Rhoda daba la impresión de encontrar
divertida la vida y de pasarla bastante bien pese a las estrecheces.
Cushat-Prinkly decidió subir a su piso y aplazar una media hora el importante
asunto que tenía entre manos. Si prolongaba la visita podía arreglárselas para
llegar a la mansión de los Sebastable después de que la última pieza de fina
porcelana hubiera sido levantada.
Rhoda lo invitó a pasar a un cuarto que parecía servir de taller, sala y
cocina, y que era tan admirablemente pulcro como cómodo.
-Me estaba preparando un bocadillo -anunció ella-. Hay caviar en el pote que
tienes a tu lado. Empieza con ese pan moreno con mantequilla mientras corto un
poco más. Búscate una taza; la tetera está detrás de ti. Y ahora cuéntame
montones de cosas.
No volvió a referirse a la comida, sino que echó a hablar en forma amena e
hizo charlar del mismo modo al visitante. Mientras tanto, cortó el pan con
magistral destreza y sacó pimienta roja y rodajas de limón, cuando tantas otras
mujeres sólo habrían sacado excusas y razones por no tener estos aditamentos.
Cushat-Prinkly descubrió que estaba disfrutando de un excelente té sin tener que
contestar tantas preguntas como las que tendría que absolver un ministro de
agricultura durante una epidemia de peste bovina.
-Y ahora dime por qué has venido a verme -dijo de pronto Rhoda-. No sólo
despiertas mi curiosidad, sino también mi instinto comercial. Espero que hayas
venido por lo de los sombreros. Me enteré de que el otro día recibiste una
herencia y, claro, se te ocurrió que sería un gesto muy hermoso y conveniente de
tu parte celebrar el suceso comprándoles unos sombreros despampanantemente caros
a todas tus hermanas. Puede que no te lo hayan mencionado, pero estoy segura de
que la misma idea se les ocurrió a ellas. Desde luego, con las ferias hípicas
encima, estoy con el agua al cuello; pero en mi profesión estamos enseñadas a
eso: vivimos con el agua al cuello... como Moisés niño.
-No vine por lo de los sombreros -dijo el visitante-. En realidad, no creo
haber venido por nada tan especial. Pasaba por aquí y se me ocurrió entrar a
visitarte. Sin embargo, ahora que hemos estado conversando se me ha venido a la
cabeza una idea bastante importante. Si te olvidas de las ferias por un momento
y me prestas atención, te contaré qué es.
Unos cuarenta minutos después James Cushat-Prinkly regresó al seno de su
familia con un importante anuncio:
-Estoy comprometido en matrimonio.
La noticia fue recibida con una arrebatada explosión de felicitaciones y
autocomplacencias.
-¡Ah, ya lo sabíamos! ¡Lo veíamos venir! ¡Lo predijimos hace semanas!
-Apuesto a que no -dijo Cushat-Prinkly-. Si alguna de ustedes me hubiera
dicho hoy al mediodía que yo iba a pedirle a Rhoda Ellam que se casara conmigo y
que ella me iba a aceptar, me habría reído de semejante idea.
La precipitación romántica de aquella aventura compensó en algo la despiadada
negación de los pacientes esfuerzos y hábiles intrigas llevadas a cabo por las
mujeres que rodeaban a James. Les costó bastante tener que desviar, sin previo
aviso, su entusiasmo por Joan Sebastable a Rhoda Ellam; pero, después de todo,
se trataba de la futura esposa de James; y los gustos de él tenían cierto
derecho a ser tomados en cuenta.
Una tarde de septiembre de aquel año, pasada ya la luna de miel en Menorca,
Cushat-Prinkly entró al salón de su nueva casa en la plaza de Granchester. Rhoda
estaba sentada ante una mesa baja, rodeada de exquisitas porcelanas y de
lustrosas platas. Al tiempo que le tendía una taza, le preguntó, con un
agradable tintineo en la dicción:
-Te gusta más claro, ¿verdad? ¿Le pongo más agua caliente? ¿No?
FIN
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