|
En medio de un bosque de abigarrada vegetación, situado en
un paraje de los confines orientales de los Cárpatos, cierta noche de invierno
se hallaba un hombre en atenta observación y a la escucha, como a la espera de
que alguna bestia selvática apareciese en su campo de visión y, más tarde, al
alcance de su rifle. Pero la pieza que mantenía tan viva su atención no era de
las que figuran en los calendarios de los cazadores legales y autorizados;
Ulrich von Gradwitz patrullaba por el tenebroso bosque en busca de un enemigo
humano.
Las tierras boscosas de Gradwitz eran de considerable
extensión y estaban bien provistas de caza; la estrecha franja de abrupto y
frondoso bosque que constituía una de sus lindes no se distinguía por la
abundancia de caza que albergaba ni por las monterías que proporcionaba; sin
embargo, de todas las posesiones territoriales de su propietario, era la más
celosamente guardada. Un famoso pleito, en los días de su abuelo, lo había
rescatado de la posesión ilegal de una vecina familia de pequeños
terratenientes; la parte desposeída nunca había acatado la sentencia del
tribunal y una larga serie de disputas por caza furtiva y escándalos similares
habían agriado las relaciones entre las familias durante generaciones.
La rivalidad vecinal se había tornado personal desde
que Ulrich se convirtiera en cabeza de familia; si había en el mundo un hombre
al que detestaba y deseaba todo mal, ese era Georg Znaeym, el heredero de la
querella, infatigable cazador furtivo e invasor de la arbolada frontera. La
disensión podía, tal vez, haberse extinguido y haber sido objeto de un acuerdo,
de no haber mediado la malquerencia personal de los dos hombres. De muchachos,
ambos ansiaban la sangre, el uno del otro. De adultos, cada uno imploraba que la
desdicha cayera sobre el otro, y este invierno de flagelante viento Ulrich había
reunido a sus monteros para batir el tenebroso bosque, no en busca de presas de
cuatro patas sino para mantener la vigilancia sobre los furtivos que,
sospechaba, andaban por aquellas tierras fronterizas. Los corzos, que
normalmente se refugiaban en las cañadas durante las tormentas de viento,
aquella noche pasaban a la carrera como saetas y había movimiento e inquietud
entre las criaturas que solían dormir durante las horas de oscuridad. A buen
seguro, había algún elemento perturbador en el bosque y Ulrich imaginaba su
lugar de procedencia.
Ulrich se alejó en solitario de los ojeadores que había
emboscado en la cima del cerro y deambuló por las empinadas pendientes en medio
de la silvestre y enmarañada maleza, atisbando entre los troncos de los árboles
y acechando entre las agudas tonalidades del viento y el incesante batir de la
enramada alguna visión o sonido de los merodeadores. ¡Ah!, si en esta noche
procelosa, en este tenebroso y solitario lugar, se encontrara con Georg Znaeym,
de hombre a hombre, sin testigos..., éste era el deseo que dominaba todos sus
pensamientos. Y al rodear el tronco de una enorme haya se encontró frente a
frente con el hombre que buscaba.
Los dos hombres quedaron mirándose durante un
prolongado y silencioso intervalo. Ambos tenían un rifle en la mano, ambos
tenían odio en su corazón y, sobre todo ello, ambos tenían el homicidio en su
mente. El azar los había conducido a la posibilidad de dar rienda suelta a las
pasiones de toda una vida. Pero un hombre educado en los códigos de una
civilización represiva no encuentra fácilmente el ánimo necesario para disparar
contra su vecino a sangre fría y sin pronunciar palabra, a no mediar algún
agravio contra su linaje y su honor. Y antes de que los instantes de vacilación
dieran paso a la acción, un acto de violencia de la propia Naturaleza se abatió
sobre ambos. Un restallante alarido de la tormenta había tenido como respuesta
un furioso estallido por encima de sus cabezas y, antes de que pudieran
apartarse, la masa de un haya abatida se precipitó sobre ellos. Ulrich von
Gradwitz se halló tendido sobre el suelo, con un brazo inmovilizado bajo el peso
de su propio cuerpo y el otro casi igualmente inutilizado por una espesa maraña
de ramas ahorquilladas en tanto que ambas piernas quedaban atrapadas bajo la
masa desplomada. Las fuertes botas de caza preservaron a los pies de quedar
destrozados, pero, si bien las fracturas no eran tan serias como podrían haberlo
sido, resultaba cuando menos evidente que no podría moverse de su actual
posición hasta que no llegara alguien a rescatarlo. Las ramas habían azotado la
piel de su rostro y había tenido que apartar con el movimiento de los párpados
algunas gotas de sangre de sus pestañas antes de estar en condiciones de tener
una visión general del desastre. A su lado, tan cerca que en circunstancias
normales hubiera podido tocarlo, yacía Georg Znaeym, vivo y forcejeando pero
evidentemente tan atrapado como él. Todo en derredor suyo era un nutrido
naufragio de ramajes y astillas.
El alivio de estar vivo y la exasperación causada por
la forzada cautividad hicieron brotar una extraña mezcla de piadosos votos de
gratitud y vehementes imprecaciones en los labios de Ulrich.
Georg, medio ciego por la sangre que corría por sus
ojos, detuvo por un instante su forcejeo para escuchar y emitió luego una breve
e insidiosa risita.
-Así que no estás muerto, como debieras; pero, en
cualquier caso, estás atrapado -exclamó-, bien atrapado. Vaya, esto sí que tiene
gracia. Ulrich von Gradwitz cogido en la trampa en el bosque robado. ¡Te ha
alcanzado la verdadera justicia!
Y volvió a reír, burlona y ferozmente.
-Estoy atrapado en mi propio bosque -replicó Ulrich-.
Cuando mis hombres vengan a rescatarnos quizás preferirás estar en el cepo que
no atrapado en flagrante furtivismo en las tierras de tu vecino, ¡afrentado te
veas!
Georg guardó silencio unos instantes; luego dijo
quedamente:
-¿Estás seguro de que tus hombres encontrarán algo que
rescatar? Yo también tengo hombres en el bosque esta noche, siguiéndome de
cerca, y llegarán aquí los primeros a liberarnos. Cuando me hayan sacado de
debajo de estas malditas ramas no será necesaria demasiada torpeza por su parte
para hacer rodar este enorme tronco justamente sobre ti. Tus hombres te
encontrarán muerto bajo un haya caída. Por pura fórmula, enviaré mi condolencia
a tu familia.
-Es una valiosa sugerencia -replicó Ulrich con
fiereza-. Mis hombres tienen orden de seguirme en el plazo de diez minutos, de
los que han debido transcurrir siete, y me sacarán de aquí... Recordaré tu
sugerencia. Sólo que, como tú habrás hallado la muerte cazando furtivamente en
mis tierras, no creo que pueda, sinceramente, enviar ningún mensaje de
condolencia a tu familia.
-Bueno -refunfuñó Georg-, bueno. Éste es un duelo a
muerte entre tú y yo y nuestros monteros, sin malditos intrusos que se
interpongan entre nosotros. ¡Así te mueras y te veas condenado, Ulrich von
Gradwitz!
-Lo mismo te deseo, Georg Znaeym, saqueador, cazador
furtivo.
Los dos hombres hablaban con el desabrimiento de
hallarse ante una posible derrota, ya que ambos sabían que pasaría mucho tiempo
antes de que sus hombres se lanzasen en su búsqueda y dieran con ellos: era una
pura cuestión de suerte cuál de las dos partidas llegaría la primera al lugar de
la escena.
Para entonces, los dos habían abandonado su inútil
forcejeo por liberarse de la masa arbórea que les atenazaba; Ulrich limitó su
empeño al esfuerzo por dejar parcialmente libre un brazo lo bastante cerca del
bolsillo exterior de su capote como para sacar su petaca de vino. Incluso
después que hubo realizado esa operación transcurrió aún largo tiempo hasta que
pudo desenroscar el tapón y trasegar algo del líquido a su garganta. ¡Pero se lo
antojó un sorbo caído de los cielos! Estaban en pleno invierno, aunque había
caído poca nieve, gracias a lo cual los cautivos sufrían los rigores del frío
menos de lo que cabría esperar para aquella época del año; no obstante, el vino
resultó cálido y vivificante para su maltrecha humanidad; echó luego una mirada
de soslayo con algo así como un latido de piedad hacia donde su enemigo yacía
tratando de impedir que sus quejidos de dolor y extenuación traspasaran el
umbral de sus labios.
-¿Podrías hacerte con el frasco si te lo lanzo?
-preguntó Ulrich de pronto-. Contiene buen vino y hay que tratar de aguantar lo
mejor posible. Bebamos, incluso a pesar de que uno de los dos muera esta noche.
-No, apenas puedo ver; tengo mucha sangre apelmazada
encima de los ojos -dijo Georg-; y, en cualquier caso, no bebo vino con un
enemigo.
Ulrich permaneció en silencio algunos minutos,
escuchando el fatigoso aullido del viento. En su cerebro, lentamente, iba
surgiendo y agrandándose una idea que ganaba en pujanza cada vez que miraba de
soslayo al hombre que luchaba tan ceñudamente contra el dolor y la fatiga. En
medio del dolor y la lasitud que el propio Ulrich sentía, el feroz odio de
antaño parecía ir apagándose.
-Vecino -dijo al poco-, haz como te plazca si tus
hombres llegan primero. El trato era justo. Por lo que a mí respecta he cambiado
de opinión. Si mis hombres llegan antes será a ti a quien primero socorrerán,
como huésped mío. Nos hemos peleado como demonios toda nuestra vida por esta
estúpida franja de bosque, donde los árboles ni siquiera resisten en pie una
ráfaga de viento. Tendido aquí esta noche, pensando, he llegado a la conclusión
de que hemos sido unos necios; hay cosas mejores en la vida que ganar una
disputa sobre linderos. Vecino, si me ayudas a enterrar nuestra vieja querella,
yo... yo te rogaré que seas mi amigo.
Georg Znaeym permaneció en silencio tanto tiempo que
Ulrich pensó que acaso había sucumbido al dolor de sus heridas. Al fin, habló
lenta y entrecortadamente.
-Qué pasmados se iban a quedar todos y cuánta comidilla
habría en toda la región si nos vieran llegar cabalgando juntos a la plaza del
mercado. No hay ser viviente que haya visto a un Znaeym y a un Von Gradwitz
hablándose amistosamente. Y qué paz reinaría entre las gentes de los bosques si
pusiéramos fin a nuestro pleito esta noche. Y si decidimos hacer las paces entre
los nuestros no hay nadie que interfiera, no hay intrusos ajenos... Tú vendrías
a pasar la noche de San Silvestre bajo mi techo y yo asistiría al festín en
algún día señalado a tu castillo... No volvería a disparar un solo tiro en tus
tierras excepto cuando me invitaras y tú vendrías a cazar conmigo allá en los
marjales, siempre llenos de patos y otras aves. En toda la comarca no hay quien
pueda impedirnos, si nosotros lo deseamos, hacer las paces. Nunca pensé que
pudiera ambicionar otra cosa que odiarte, en toda mi vida, pero creo que yo
también he cambiado de opinión sobre el particular en esta última media hora. Y
me ofreciste tu petaca de vino... Ulrich von Gradwitz, seré tu amigo.
Durante un rato los dos hombres permanecieron en
silencio, dando vueltas en la cabeza a las maravillosas transformaciones que
llevaría consigo esta dramática reconciliación. Yacían en medio de aquel bosque
frío y tenebroso, con el viento desgarrándose en rachas espasmódicas por entre
las desnudas ramas y silbando en torno a los troncos de los árboles, esperando
la ayuda que traería, ahora, rescate y socorro para ambos. Y cada uno de ellos
musitaba una íntima oración para que fueran sus hombres los primeros en llegar,
de modo que cada uno pudiera ser el primero en mostrar su deferente atención al
enemigo que acababa de convertirse en amigo.
Al cabo, cuando el viento amainó por un momento, Ulrich
rompió el silencio.
-Vamos a gritar pidiendo ayuda -dijo-. Con esta calma
nuestras voces pueden llegar lejos.
-No irán muy lejos entre los troncos y la maleza -dijo
Georg-, pero podemos intentarlo. A un tiempo, pues.
Ambos elevaron sus voces en un prolongado grito de
caza.
-Otra vez a un tiempo -dijo Ulrich unos minutos más
tarde, después de escuchar en vano a la espera de una voz de réplica.
-Creo que esta vez oigo algo -dijo Ulrich.
-Yo no oigo más que este inmundo viento -dijo Georg
roncamente. Hubo un nuevo silencio de varios minutos y luego Ulrich emitió un
grito de alegría.
-Alcanzo a ver unas formas que se acercan por el
bosque. Van siguiendo el camino por el que descendí la ladera.
Los dos hombres alzaron sus voces con todas las fuerzas
que fueron capaces de reunir.
-¡Nos oyen! Se han parado. Ahora nos ven. Bajan
corriendo por la ladera hacia nosotros -exclamó Ulrich.
-¿Cuántos son? -preguntó Georg.
-No lo distingo bien -dijo Ulrich-. Nueve o diez.
-Entonces son los tuyos -dijo Georg-. Yo sólo tenía
conmigo siete.
-Vienen a toda velocidad que les es posible, bravos
muchachos -dijo Ulrich jubilosamente.
-¿Son tus hombres? -preguntó Georg-. ¿Son tus hombres?
-repitió con impaciencia al no recibir respuesta de Ulrich.
-No -dijo Ulrich con una risotada, la risotada gárrula
y estridente de un hombre desencajado a causa de un tremebundo pavor.
-¿Quiénes son? -preguntó Georg rápidamente, haciendo un
esfuerzo por ver lo que el otro de buena gana hubiera deseado no haber visto.
-Lobos. |