|
Desesperada, con una desesperación gélida e hiriente que se clavaba en el
corazón como una navaja traidora, la señorita Meadows, con toga y birrete y
portando una pequeña batuta, avanzó rápidamente por los fríos pasillos que
conducían a la sala de música. Niñas de todas las edades, sonrosadas a causa del
aire fresco, y alborotadas con la alegre excitación que produce llegar corriendo
a la escuela una espléndida mañana de otoño, pasaban corriendo, precipitadas,
empujándose; desde el fondo de las aulas llegaba el ávido resonar de las voces;
sonó una campana, una voz que parecía la de un pajarillo llamó: «Muriel». Y
luego se oyó un tremendo golpe en la escalera, seguido de un clong, clong, clong.
Alguien había dejado caer las pesas de gimnasia.
La profesora de ciencias interceptó a la señorita Meadows.
-Buenos días -exclamó con su pronunciación afectada y dulzona-. ¡Qué frío!,
¿verdad? Parece que estamos en invierno.
Pero la señorita Meadows, herida como estaba por aquel puñal traicionero,
contempló con odio a la profesora de ciencias. Todo en aquella mujer era
almibarado, pálido, meloso. No le hubiera sorprendido lo más mínimo ver a una
abeja prendida en la maraña de su pelo rubio.
-Hace un frío que pela -respondió la señorita Meadows, taciturna.
La otra le dirigió una de sus sonrisas dulzonas.
-Pues tú parece que estás helada -dijo. Sus ojos azules se abrieron enormemente, y en ellos apareció un destello burlón.
(¿Se habría
dado cuenta de algo?)
-No, no tanto -respondió la señorita Meadows, dirigiendo a la profesora de
ciencias, en réplica a su sonrisa, una rápida mueca, y prosiguiendo su camino...
Las clases de cuarto, quinto y sexto estaban reunidas en la sala de música.
La algarabía que armaban era ensordecedora. En la tarima, junto al piano, estaba
Mary Beazley, la preferida de la señorita Meadows, que tocaba los
acompañamientos. Estaba girando el atril cuando descubrió a la señorita Meadows
y gritó un fuerte «;Sssshhhh! ¡chicas!», mientras la señorita Meadows, con las
manos metidas en las mangas de la toga, y la batuta bajo el brazo, bajaba por el
pasillo central, subía los peldaños de la tarima, se giraba bruscamente, tomaba
el atril de latón, lo plantificaba frente a ella, y daba dos golpes secos con la
batuta pidiendo silencio.
-¡Silencio, por favor! ¡Cállense ahora mismo! -Y, sin mirar a nadie en
particular, paseó su mirada por aquel mar de variopintas blusas de franela, de
relucientes y sonrosadas manos y caras, de lacitos en el pelo que se estremecían
cual mariposas, y libros de música abiertos. Sabía perfectamente lo que estaban
pensando. «La Meady está de malas pulgas.» ¡Muy bien, que pensasen lo que les
viniese en gana! Sus pestañas parpadearon; echó la cabeza atrás, desafiándolas.
¿Qué podían importar los pensamientos de aquellas criaturas a alguien que estaba
mortalmente herida, con una navaja clavada en el corazón, en el corazón, a causa
de aquella carta...?
«Cada vez presiento con mayor nitidez que nuestro matrimonio sería un error.
Y no es que no te quiera. Te quiero con todas las fuerzas con las que soy capaz
de amar a una mujer, pero, a decir verdad, he llegado a la conclusión de que no
tengo vocación de hombre casado, y la idea de formar un hogar no hace mas que...» y la palabra «repugnarme» estaba tachada y en su lugar había escrito
«apesadumbrarme».
¡Basil! La señorita Meadows se acercó al piano. Y Mary Beazley, que había
estado esperando aquel instante, hizo una inclinación; sus rizos le cayeron
sobre las mejillas mientras susurraba:
-Buenos días, señorita Meadows. -Y, más que darle, le
ofrendaba un maravilloso
crisantemo amarillo. Aquel pequeño rito de la flor se repetía desde hacía mucho
tiempo, al menos un trimestre y medio. Y ya formaba parte de la lección con la misma entidad, por ejemplo, que abrir el piano. Pero
aquella mañana, en
lugar de tomarlo, en lugar de ponérselo en el cinto mientras se inclinaba junto a Mary y decía: «Gracias,
Mary. ¡Qué maravilla! Busca la página treinta y dos», el horror de Mary no tuvo
límites cuando la señorita Meadows ignoró totalmente el crisantemo, no respondió a
su saludo, y dijo con voz gélida:
-Página catorce, por favor, y marca bien los acentos.
¡Qué momento de confusión! Mary se ruborizó hasta que lágrimas le asomaron a los ojos, pero la
señorita Meadows había vuelto junto
al atril, y su voz resonó por toda la sala:
-Página catorce. Vamos a empezar por la página catorce.
Un lamento. A ver,
niñas, ya deberían saberlo de memoria. Vamos a cantarlo todas juntas, no por
partes, sino todo seguido. Y sin expresión. Quiero que lo canten sencillamente,
marcando el compás con la mano izquierda.
Levantó la batuta y dio dos golpecitos en el atril. Y Mary atacó los acordes
iniciales; y todas las manos izquierdas se pusieron a oscilar en el aire, y
aquellas vocecillas chillonas, juveniles, empezaron a cantar lóbregamente:
¡Presto! Oh cuán presto marchitan las rosas del placer;
qué pronto cede el
otoño ante el lóbrego invierno.
¡Fugaz! Qué fugaz la musical alegría se quiere
volver
alejándose del oído que la sigue con arrebato tierno.
¡Dios mío, no había nada más trágico que aquel lamento! Cada nota era un
suspiro, un sollozo, un gemido de incomparable dolor. La señorita Meadows
levantó los brazos dentro de la amplia toga y empezó a dirigir con ambas manos.
«...Cada vez presiento con mayor nitidez que nuestro matrimonio sería un
error...», marcó. Y las voces cantaron lastimeramente: ¡Fugaz! Qué fugaz...
¡Cómo se le podía haber ocurrido escribir aquella carta! ¿Qué lo podía haber
inducido a ello? No tenía ninguna razón de ser. Su última carta había estado
exclusivamente dedicada a la compra de unos anaqueles en roble curado al humo
para «nuestros» libros, y una «preciosa mesita de recibidor» que había visto,
«un mueblecito precioso con un búho tallado, que estaba sobre una rama y
sostenía en las garras tres cepillos para los sombreros». ¡Cómo la había hecho
sonreír aquella descripción! ¡Era tan típico de un hombre pensar que se
necesitaban tres cepillos para los sombreros! La sigue con arrebato tierno...,
cantaban las voces.
-Otra vez -dijo la señorita Meadows-. Pero ahora vamos a cantarla por partes.
Todavía sin expresión.
-¡Presto! Oh cuán presto... -con la añadidura de la voz triste de las
contraltos, era imposible evitar un estremecimiento- marchitan las rosas del
placer. -La última vez que Basil había ido a verla llevaba una rosa en el ojal.
¡Qué apuesto estaba con aquel traje azul y la rosa roja! Y el muy pícaro lo
sabía. No podía no saberlo. Primero se había alisado el pelo, luego se atusó el
bigote; y cuando sonreía sus dientes eran perlas.
-La esposa del director del colegio siempre me está invitando a cenar. Es de
lo más engorroso. Nunca consigo tener una tarde para mí en esa escuela.
-¿Y no puedes rechazar la invitación?
-Verás, una persona en mi posición debe procurar ser popular.
-...la musical alegría se quiere volver -atronaban las voces. Tras los altos y
estrechos ventanales los sauces eran mecidos por el viento. Ya habían perdido la
mitad de las hojas. Las que quedaban se agarraban, retorcidas como peces
atrapados en el anzuelo. «...No tengo vocación de hombre casado... » Las voces
habían cesado; el piano esperaba.
-No está mal -dijo la señorita Meadows, pero todavía en un tono tan extraño y
lapidario que las niñas más jóvenes empezaron a sentirse asustadas-. Pero ahora
que lo saben, tenemos que cantarlo con expresión. Con toda la expresividad de
la que sean capaces. Piensen en la letra, niñas. Empleen la imaginación.
¡Presto! Oh cuán presto... -entonó la señorita Meadows-. Esto es lo que debe ser
un lamento, algo fuerte, recio, un forte. Y luego, en la segunda línea, cuando
dice el lóbrego invierno, que ese lóbrego sea como si un viento helado soplase por
él. ¡Ló-bre-go! -cantó en un tono tan lastimero que Mary Beazley, frente al
piano, sintió un escalofrío-. Y la tercera línea debe ser un crescendo.
¡Fugaz!
Qué fugaz la musical alegría se quiere volver. Que se rompe con la primera
palabra de la última línea, alejándose. Y al llegar a del oído ya tienen que
empezar a apagarse, a morir.., hasta que arrebato tierno no sea más que un débil
susurro... En la última línea pueden demorarse cuanto quieran. Vamos a ver.
Y de nuevo los dos golpecitos; y los brazos levantados.
-¡Presto! Oh cuán presto... -«... y la idea de formar un hogar no hace más
que repugnarme». Repugnarme, eso era lo que había escrito. Aquello equivalía a
decir que su compromiso quedaba roto para siempre. ¡Roto! ¡Su compromiso! La
gente ya se había mostrado bastante sorprendida de que estuviese prometida. La
profesora de ciencias al principio no le creyó. Pero quizá la más sorprendida
había sido ella misma. Tenía treinta años. Basil veinticinco. Había sido un
milagro, un puro milagro, oírle decir, mientras paseaban hacia su casa volviendo
de la iglesia aquella noche oscura: «¿Sabes?, no sé exactamente cómo, pero te he
tomado cariño». Y le había cogido un extremo de la boa de plumas de avestruz-
que la sigue con arrebato tierno.
-¡A repetirlo, a repetirlo! -exclamó la señorita Meadows-. ¡Un poco más de
expresión, muchachas! ¡Una vez más!
-¡Presto! Oh cuán presto... -Las chicas mayores ya tenían el rostro
congestionado; algunas de las pequeñas empezaron a sollozar. Grandes
salpicaduras de lluvia cayeron contra los cristales, y se oía el murmullo de los
sauces, «y no es que no te quiera...».
«Pero, querido, si me amas -pensó la señorita Meadows- no me importa que sea
mucho o poco, con tal de que sea algo.» Pero sabía que en realidad él no la quería.
¡Que no se hubiera preocupado por borrar bien aquel «repugnarme» para que ella
no lo pudiese leer!
-Qué pronto cede el otoño ante el lóbrego invierno.
Y también tendría que abandonar la escuela. Nunca más podría soportar la cara
de la profesora de ciencias o de las alumnas una vez se supiese. Tendría que desaparecer, irse a otro lugar.
-Alejándose del oído... -Las voces empezaron a agonizar, a morir, a
desvanecerse... en un susurro...
De pronto se abrió la puerta. Una niña pequeña, vestida de azul, avanzó con
aire remilgado por el pasillo, moviendo la cabeza, mordiéndose los labios, y
dando vueltas a la pulserita de plata que llevaba en la muñeca. Subió los
peldaños y se detuvo ante la señorita Meadows.
-¿Qué sucede, Mónica?
-Señorita Meadows -dijo la niña tartamudeando-, la señorita Wyatt dice que
desea verla en la sala de profesoras.
-De acuerdo -respondió la profesora. Y llamó la atención de las muchachas-:
Confío por el propio bien de ustedes que sabrán comportarse y no hablar fuerte
mientras salgo un momento. -Pero estaban demasiado espantadas para alborotar. La
gran mayoría se estaba sonando.
Los pasillos estaban silenciosos y fríos; y resonaban con los pasos de la
señorita Meadows. La directora estaba sentada a su mesa. Tardó unos segundos en
mirarla. Como de costumbre, estaba desenredándose las gafas que se le habían
enganchado en la corbata de puntillas.
-Siéntese, señorita Meadows -dijo muy amablemente. Y tomó un sobre rosado que
se hallaba sobre el secante del escritorio-. Le he hecho avisar en mitad de la
clase porque acaba de llegar este telegrama1 para usted.
-¿Un telegrama para mí, señorita Wyatt?
¡Basil! ¡Basil se había suicidado!, decidió la señorita Meadows. Alargó la
mano pero la señorita Wyatt retuvo el telegrama un instante.
-Espero que no sean malas noticias -dijo, con forzada amabilidad. Y la
señorita Meadows lo abrió precipitadamente.
«No hagas caso carta, debí estar loco, hoy compré mesita sombrerero. Basil»,
leyó. No podía apartar los ojos del telegrama.
-Espero que no sea nada grave -dijo la señorita Wyatt inclinándose hacia
adelante.
-Oh, no, no. Muchas gracias, señorita Wyatt -replicó la señorita Meadows ruborizándose. No es nada grave. Es... -dijo con una risita de disculpa-, es de mi prometido anunciándome que...
que... -se produjo un silencio.
-Ya entiendo -dijo la señorita Wyatt. Hubo otro silencio. Y añadió-: Todavía
le quedan quince minutos de clase, señorita Meadows, si no me equivoco.
-Sí, señorita Wyatt -dijo, levantándose. Y casi salió corriendo hacia la
puerta.
-Ah, un instante, señorita Meadows -dijo la directora-. Debo recordarle que
no me gusta que las profesoras reciban telegramas en horas de clase, a menos que
sea por motivos muy graves, la muerte de un familiar -explicó la señorita Wyatt-,
un accidente muy grave, o algo así. Las buenas noticias, señorita Meadows,
siempre pueden esperar.
En alas de la esperanza, el amor, la alegría, la señorita Meadows se apresuró
a regresar a la sala de música, bajando por el pasillo, subiendo a la tarima y
acercándose al piano.
-Página treinta y dos, Mary -dijo-, página treinta y dos. -Y tomando aquel
amarillísimo crisantemo se lo llevó a los labios para ocultar su sonrisa. Luego
se volvió a las chicas y dio unos golpecitos con la batuta-: Página treinta y
dos, niñas, página treinta y dos.
Venimos aquí hoy de flores coronadas,
con canastillas de frutas y de cintas adornadas,
para así felicitar...
-¡Basta, basta! -exclamó la señorita Meadows-. Esto es terrible, horroroso.
-Y sonrió a las muchachas-. ¿Qué demonios les pasa hoy? Piensen, piensen un poco en
lo que cantan. Empleen la imaginación. De flores coronadas, Canastillas de
frutas y de cintas adornadas. Y para felicitar -exhaló la señorita Meadows-. No
pongan esa cara tan triste, niñas. Tiene que ser una canción cálida, alegre,
placentera. Para felicitar. Una vez más. Venga, aprisa. Todas juntas ¡Ahora!
Y esta vez la voz de la señorita Meadows se levantó por encima de todas las
demás, matizada, brillante, llena de expresividad.
FIN
|