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Hacia mediados del siglo XVIII vivía en la provincia de
Massachusetts una dama viuda, madre de tres hijos. Su nombre es lo de menos; me
tomaré la libertad de llamarla señora Willoughby: un apellido, como el suyo
auténtico, de sonido altamente respetable. Había perdido a su marido tras unos
seis años de matrimonio y se había consagrado al cuidado de su progenie. Su
progenie se desarrolló de un modo que recompensó su tierno cariño y cumplió sus
más elevadas esperanzas. El primogénito era un varón, a quien había puesto el
nombre de Bernard, el mismo del padre. Los otros dos eran niñas, entre cuyos
respectivos nacimientos había mediado un intervalo de tres años. La buena
apariencia era tradicional en la familia, y no parecía probable que estas
infantiles personas fueran a permitir que la tradición pereciera. El muchacho
era de esa tez rubia y sonrosada y de esa complexión atlética que en aquel
tiempo (al igual que en éste) era marchamo de genuina sangre inglesa: un
afectuoso jovencito sincero, estupendo hijo y hermano, y amigo leal. Listo,
empero, no era: la inteligencia de la familia había recaído principalmente en
sus hermanas. El señor Willoughby había sido un gran lector de Shakespeare, en
un tiempo en que semejante afición implicaba mayor penetración espiritual que en
nuestros días y en una comunidad donde hacía falta mucho valor para patrocinar
el teatro incluso en privado; y había querido dejar constancia de su admiración
por el gran poeta poniéndoles a sus hijas nombres sacados de sus obras
favoritas. A la mayor le dio el encantador nombre de Viola; y a la menor, el más
serio de Perdita, en recuerdo de otra niña nacida entre las dos pero que sólo
vivió unas semanas.
Cuando Bernard Willoughby cumplió los dieciséis años,
su madre se armó de valor y se dispuso a ejecutar la postrera voluntad de su
marido. Había consistido en un apasionado ruego de que, al llegar a la edad
apropiada, su hijo fuese enviado a Inglaterra para completar su educación en la
universidad de Oxford, que había sido el escenario de sus propios estudios. A la
señora Willoughby su hijo le importaba el triple que sus dos hijas juntas; pero
le importaban más los deseos de su marido. Conque reprimió sus sollozos, y
preparó el baúl de su hijo y su sencilla vestimenta provinciana, y lo envió al
otro lado del océano. Bernard fue inscrito en la facultad de su padre y pasó
cinco años en Inglaterra, sin grandes honores, la verdad sea dicha, pero con una
amplia ración de diversiones y ningún descrédito. Al dejar la universidad
realizó un viaje por Francia. En su vigésimotercer aniversario embarcó de
regreso a casa, dispuesto a valorar la pobre pequeña Nueva Inglaterra (en aquel
tiempo Nueva Inglaterra era muy pequeña) como un lugar de residencia enteramente
insoportable. Pero en casa se habían producido cambios, no menos que en las
opiniones del señorito Bernard. Halló bastante habitable la casa de su madre, y
a sus dos hermanas convertidas en dos guapísimas señoritas, con los mismos
talentos y gracias que las jóvenes británicas sumados acierta agradable
brusqueriey originalidad propia que, aunque no era un talento, desde luego las
hacía aún más graciosas. Confidencialmente Bernard le aseguró a su madre que sus
hermanas no tenían nada que envidiar a las más distinguidas muchachas de
Inglaterra; a consecuencia de lo cual la pobre señora Willoughby se envaneció
bastante de sus hijas. Tal era la opinión de Bernard, y tal, multiplicada por
diez, era la opinión del señor Arthur Lloyd. Este caballero, me apresuro a
agregar, era un compañero de estudios del señorito Bernard: un joven de reputada
familia, de buen natural y de cuantiosa fortuna; este último accesorio se
proponía invertirlo en negocios en este país. Él y Bernard eran íntimos amigos;
habían cruzado el océano juntos y el joven norteamericano no había dudado en
presentarlo en casa de su madre, donde había causado una impresión tan buena
como la que él mismo había recibido y de la cual acabo de suministrar un
indicio.
En aquella época las dos hermanas estaban en plena
lozanía de su juvenil floración; cada una de ellas, por supuesto, manifestaba
esta natural brillantez de la manera que más le cuadraba. Eran disímiles tanto
en apariencia como en carácter. Viola, la mayor -de veintidós años recién
cumplidos-, era alta y clara, de calmosos ojos grises y cabellos de color
castaño rojizo: un muy remoto parecido con la Viola de la comedia de
Shakespeare, a la cual imagino como una criatura morena (con permiso de
ustedes), pero delgada, briosa, plena de las más tiernas y elevadas emociones.
La señorita Willoughby, con su intensa blancura de piel, sus bien torneados
brazos, su majestuosa estatura y su pausado hablar, no estaba hecha para la
aventura. Nunca se habría puesto unas calzas y una camisa masculinas; y, a decir
verdad, siendo una belleza muy corpulenta, acaso es una suerte que no lo
hiciera. También Perdita habría debido cambiar la dulce melancolía de su nombre
por algo más en consonancia con su aspecto y temperamento. Era morena a
ultranza, baja de estatura, ligera de pies, con ojos oscuros plenos de fuego y
animación. Desde niña había sido una criatura de sonrisas y alegría; y, cuando
uno hablaba con ella, lejos de hacerlo esperar como era costumbre en su bella
hermana (quien lo estudiaba a uno con sus más bien fríos ojos grises), le daba a
escoger entre media docena de respuestas antes de que uno hubiera terminado de
pronunciar sus frases.
Las jóvenes se alegraron muchísimo de volver a ver a su
hermano; mas se descubrieron bastante capaces de reservar cierta porción de
entusiasmo para destinarla al amigo de su hermano. Entre sus propios amigos y
vecinos, la belle jeunesse de la colonia, había muchos jóvenes excelentes,
varios admiradores devotos, y unos dos o tres que gozaban de la reputación de
irresistibles galanes y conquistadores. Pero los lugareños ardides y la algo
ruda galantería de estos honrados colonos incipientes quedaron completamente
eclipsados ante la buena apariencia, las elegantes ropas, el respetuoso
empressement, la perfecta cortesía, la inmensa cultura, del señor Arthur Lloyd.
En realidad no era ningún dechado: era un franco, resuelto, instruido joven,
rico en libras esterlinas, en salud y anodinas esperanzas, y en un pequeño
capital de afectos por invertir. Pero era un caballero; poseía un hermoso
rostro; había estudiado y viajado; hablaba francés, tocaba la flauta y declamaba
versos con muy buen gusto. Había una docena de razones para que de sopetón la
señorita Willoughby y su hermana menor se volvieran sobremanera exigentes en su
elección de amistades masculinas. La imaginación de la mujer está
particularmente adaptada a las diversas pequeñas convenciones y misterios de la
buena sociedad. La conversación del señor Lloyd les reveló a nuestras jóvenes
doncellas de Nueva Inglaterra muchísimo más de lo que él creyó sobre las
personas de alcurnia de las capitales europeas. Era fascinante sentarse a oír
charlar a él y Bernard sobre las personas extraordinarias y las cosas
extraordinarias que ambos habían visto. Tras el té toda la familia solía
reunirse alrededor de la chimenea, en el saloncito revestido de madera -por
entonces inocente de cualquier propósito de resultar pintoresco o de resultar
cualquier otra cosa, a decir verdad, salvo económico, de tal modo que se habían
ahorrado los gastos de papeles pintados y colgaduras-, y los dos jóvenes aludían
discretamente el uno para el otro, desde los extremos opuestos de la alfombra,
esta, esa y aquella aventura. Muchas veces Viola y Perdita habrían dado
cualquier cosa por saber exactamente de qué aventura se trataba, y dónde
ocurrió, y quién participó, y qué llevaban puesto las mujeres; mas en aquel
tiempo no se consideraba correcto que una joven bien educada interviniese en la
conversación por iniciativa propia o formulase excesivas preguntas; y por lo
tanto las pobres muchachas se parapetaban ansiosas detrás de la curiosidad, más
lánguida -o más discreta-, de su madre.
Que las dos eran muy atractivas fue algo que Arthur
Lloyd no tardó en descubrir; pero necesitó más tiempo para decidir cuál poseía
mayores encantos. Tuvo un fuerte presagio -una sensación de una naturaleza
demasiado enteramente alegre para aplicarle el calificativo de ominosa- de que
estaba destinado a llevar al altar a una de ellas; sin embargo era incapaz de
llegar a una preferencia, y para tal ceremonia ciertamente era indispensable una
preferencia, por cuanto Lloyd tenía demasiada sangre joven como para avenirse a
la idea de elegir echándolo a suertes y verse desposeído del celestial deleite
de enamorarse. Resolvió tomarse las cosas con calma y aguardar hasta que hablara
su corazón. Mientras tanto, llevaba una existencia muy agradable. La señora
Willoughby hacía gala de una digna indiferencia ante sus “intenciones”, tan
lejana de despreocuparse de la honra de sus hijas como de mostrar esa
insoportable alacridad por hacerlo comprometerse que tantísimas veces él, en su
calidad de joven con posibles, había notado en las venerables damas de sus islas
natales. En cuanto a Bernard, lo único que él pedía era que su amigo tratara a
sus hermanas como si fueran suyas; y en cuanto a las propias lindas criaturas,
por mucho que cada una anhelara secretamente el monopolio de las atenciones del
señor Lloyd, se ciñeron a un proceder muy decoroso y humilde y discreto.
En su trato mutuo, empero, ellas estaban algo más a la
ofensiva. Eran buenas amigas fraternas, entre las cuales habría hecho falta más
de un día para que germinara y fructificara la semilla de los celos; pero ambas
pensaban que esa semilla había quedado sembrada el día en que el señor Lloyd
llegó a la casa. Cada una determinó que, de no cumplirse sus esperanzas,
soportaría la decepción en silencio, y que nadie llegaría a sospechar nada;
pues, aunque sentían un fuerte amor, asimismo sentían una fuerte soberbia. Pero
cada una rezaba en secreto, pese a todo, para que sobre ella recayera la gloria.
Tuvieron necesidad de una gran cantidad de paciencia, de autodominio y de
disimulo. En aquel tiempo, una joven que se preciara no podía permitirse hacer
ninguna insinuación, ni casi responder, de hecho, a las que se le hacían. Lo
correcto era que permaneciera inmóvil en su asiento con la mirada en la
alfombra, contemplando el lugar donde caería el mágico pañuelo. El pobre Arthur
Lloyd estaba obligado a llevar a cabo su cortejo en el saloncito revestido de
madera, bajo la mirada de la señora Willoughby, de Bernard y de su futura
cuñada. Pero la juventud y el amor son tan astutos que era posible intercambiar
un centenar de minúsculas señas y promesas sin que las detectara ninguno de
aquellos tres pares de ojos. Las dos muchachas compartían la misma habitación y
el mismo lecho, conque durante largas horas estaban juntas cada una bajo la
observación directa de la otra. Empero, el saberse recíprocamente espiadas no
introdujo ni un ápice de diferencia en los pequeños servicios que se prestaban
mutuamente, ni en las diversas tareas domésticas que desempeñaban en común.
Ninguna desertó ni titubeó ante las silenciosas baterías de la mirada de su
hermana. El solo cambio notable que se verificó en sus costumbres fue que ahora
tenían menos cosas que contarse una a otra. Era imposible hablar sobre el señor
Lloyd y era ridículo hablar sobre cualquier otra cosa. Por tácito acuerdo
empezaron a lucir sus mejores ropas y a emplear pequeños instrumentos de
coquetería, en forma de cintas y moños y volantes, permitidos por la más
incorruptible modestia. De esa misma guisa muda establecieron un pequeño pacto
de sinceridad sobre estos delicados menesteres. “¿Quedo mejor así?”, preguntaba
Viola, prendiéndose al corpiño un conjunto de cintas y apartando del espejo la
mirada para dirigírsela a su hermana. Solemnemente Perdita alzaba la vista de su
propia labor y examinaba el ornato. “Creo que sería preferible que añadieras una
lazada más”, decía, con gran gravedad, mirando intensamente a su hermana con
ojos que agregaban: “Palabra de honor.” Así estaban continuamente cosiendo y
modificando sus faldas, y planchando sus muselinas, y urdiendo lociones y
pomadas y cosméticos, como las mujeres del hogar del vicario de Wakefield.
Transcurrieron unos tres o cuatro meses; ya era pleno invierno y Viola
continuaba diciéndose que si Perdita todavía no era capaz de vanagloriarse de
algo más que ella, no había mucho que temer de su rivalidad. Pero a estas
alturas Perdita, la encantadora Perdita, tenía la impresión de que su secretismo
se había vuelto diez veces más precioso que el de su hermana.
Una tarde la mayor de las señoritas Willoughby estaba
sentada a solas ante el espejo de su tocador, desenredándose los luengos
cabellos. Había empezado a anochecer y cada vez había menos luz; encendió las
dos velas a ambos lados del marco del espejo y después se acercó a la ventana
para cerrar las cortinas. Era un gris atardecer decembrino: el panorama se veía
vacío y desolado y el cielo estaba cubierto de nubes nivosas. Al extremo del
amplio jardín al cual daba la ventana había una tapia con una puertecita
trasera, que comunicaba con un callejón. Dicha puertecita estaba entreabierta,
como borrosamente vio en la creciente oscuridad, y morosamente oscilaba en sus
goznes, como si alguien la moviera desde el lado del callejón. Sin duda se
trataba de una de las criadas. Pero, cuando se disponía a echar la cortina,
Viola vio a su hermana entrar en el jardín y echar a andar apresuradamente por
el caminito que conducía hasta la casa. Corrió la cortina, aunque dejando una
pequeña rendija para espiar. Mientras Perdita recorría el caminito, parecía
examinar un objeto que llevaba en la mano, acercándolo mucho a los ojos. Cuando
llegó junto a la casa se detuvo un instante, contempló intensamente el objeto y
se lo oprimió contra los labios.
La pobre Viola regresó lentamente a su silla y se sentó
ante el espejo, en el cual, de haberlo mirado menos abstraídamente, habría visto
sus bellas facciones tristemente desfiguradas por los celos. Un instante
después, la puerta se abrió a su espalda y su hermana entró en la habitación sin
resuello y con las mejillas encendidas por el aire glacial.
Perdita se sobresaltó:
-Qué susto -dijo-. Creía que estabas con mamá. -Las
tres mujeres iban a asistir a una merienda, y en tales ocasiones su costumbre
era que una de las hijas ayudara a la madre a vestirse. En vez de penetrar,
Perdita se quedó junto a la puerta.
-Pasa, pasa -dijo Viola-. Aún nos queda más de una
hora. Me gustaría mucho que le hicieras unos cuantos retoques a mi peinado.
-Sabía que su hermana quería retirarse y que ella podía ver en el espejo todos
sus movimientos en la habitación-. Vamos, ayúdame a peinarme -dijo-, y después
yo iré a ayudar a mamá.
De mala gana Perdita acudió a empuñar el cepillo. Vio
la mirada de su hermana, en el espejo, firmemente clavada en sus manos. Aún no
se lo había pasado tres veces por el cabello cuando Viola aferró su propia mano
derecha a la izquierda de su hermana y se levantó de un salto.
-¿De quién es este anillo? -gritó pasionalmente,
arrastrándola hacia una luz.
En el dedo corazón de la joven refulgía un anillito
dorado, adornado con un par de pequeños rubíes. Perdita decidió que ya no servía
de nada guardar secreto, pero que debía efectuar su confesión con audacia.
-Es mío -dijo con orgullo.
¿Quién te lo ha regalado? -gritó la otra.
Perdita vaciló un instante.
-El señor Lloyd.
-De golpe y porrazo el señor Lloyd se ha vuelto
rumboso.
-¡Huy, no -exclamó Perdita, con arrojo-: no de golpe y
porrazo! Ha estado ofreciéndomelo desde hace un mes.
-¿Es que necesitas un mes de ruegos para aceptarlo?
-dijo Viola, contemplando la pequeña sortija, que en realidad no era
extraordinariamente elegante aunque sí la mejor que el joyero de la provincia
podía suministrar-. Yo no lo habría aceptado en menos de dos.
-¡No es tanto el anillo -dijo Perdita- cuanto lo que
significa!
-Significa que no eres una muchacha decente -gritó
Viola-. A ver, ¿mamá está enterada de tu intriga?; ¿y Bernard?
-Mamá ha aprobado mi “intriga”, como tú la llamas. El
señor Lloyd ha pedido mi mano, y mamá se la ha concedido. ¿Habrías preferido que
te solicitara a ti, hermana?
Viola le dedicó a su hermana una larga mirada, llena de
pesadumbre y envidia apasionadas. Después bajó las pestañas sobre las pálidas
mejillas y se dio la vuelta. Perdita se hizo cargo de que no había sido una
escena agradable; mas la culpa era de su hermana. Pero raudamente la joven de
más edad hizo acopio de amor propio, y tornó a encararla:
-Acepta mis felicitaciones -dijo con una débil
cortesía-. Te deseo toda la felicidad del mundo, y una muy larga vida.
Perdita se rió amargamente.
-¡No lo digas con ese tono! -exclamó-. Una maldición
sería más entusiasta. Vamos, hermana -agregó-, él no puede casarse con las dos.
-Te deseo muchísimas alegrías -reiteró maquinalmente
Viola, tornando a sentarse frente al espejo-, y una muy larga vida, e
innumerables hijos.
En el sonido de estas palabras hubo algo que no fue del
entero agrado de Perdita.
-¿Me concederás un año, al menos? -dijo-. En un año
puedo tener un hijo... o cuando menos una hija. Si me dejas el cepillo, te
arreglaré el cabello.
-Gracias -dijo Viola-. Será mejor que vayas con mamá.
No es correcto que una joven prometida en matrimonio atienda a una muchacha que
no lo está.
-De eso nada -dijo Perdita, bienhumoradamente-. Yo ya
tengo a Arthur para atenderme. Tú necesitas mis servicios más de lo que yo
necesito los tuyos.
Pero su hermana le hizo ademanes para que se fuera,
conque ella abandonó la habitación. En cuanto hubo salido, la pobre Viola cayó
de rodillas ante el tocador, ocultó la cabeza entre los brazos y derramó un
torrente de lágrimas y sollozos. Se sintió muchísimo mejor gracias a esta
efusión de pesadumbre. Cuando regresó su hermana, ella insistió en ayudarla a
vestirse y en que se pusiera sus mejores galas. La obligó a aceptar un hermoso
encaje de su propiedad, declarando que ahora que iba a casarse debía hacer todo
cuanto estuviera a su alcance para aparecer digna de la elección de su novio.
Ejecutó esas tareas en severo silencio; pero, aun así, hubieron de servir como
disculpa y expiación; no se excusó de ninguna otra forma.
Ahora que Lloyd era recibido por la familia en calidad
de pretendiente aceptado, únicamente restaba fijar la fecha de la boda. Se
concertó para el cercano mes de abril, y durante el intervalo se realizaron
diligentes preparativos para la ceremonia. Lloyd, por su parte, estaba ocupado
realizando acuerdos comerciales y estableciendo correspondencia con la gran
empresa mercantil a la cual estaba vinculado en Inglaterra. Por consiguiente no
fue un tan asiduo visitante de la casa de la señora Willoughby como durante los
meses de su timidez e irresolución, y la pobre Viola hubo de sufrir menos de lo
que había temido a causa del espectáculo de los mutuos arrumacos de los jóvenes
novios. En lo tocante a su futura cuñada Lloyd tenía perfectamente tranquila la
conciencia. Entre ellos no había sido pronunciada una sola palabra de
sentimiento, y no tenía ni la más remota sospecha de que ella codiciara algo más
que un fraternal afecto por parte de él. Se sentía muy feliz: la vida se
anunciaba plena de venturas, tanto domésticas como financieras. A la sazón las
cárdenas nubes de la revuelta de las colonias todavía estaban veinte años por
debajo del horizonte, y era absurdo, era blasfemo, temer que su dicha conyugal
tomara derroteros trágicos. Mientras tanto, en casa de la señora Willoughby
había un mayor rumor de sedas, un más rápido manejo de tijeras y vuelo de agujas
que nunca anteriormente. La señora Willoughby se había propuesto que su hija
tuviera el ajuar más espléndido que su dinero pudiera comprar o que el país
pudiera suministrar. Fueron convocadas todas las mujeres sabias del condado, y
sus gustos aunados fueron inducidos a concentrarse en el vestuario de Perdita.
Desde luego no era para ser envidiada la situación de Viola en aquellos
momentos. La pobre tenía un irrefrenable amor por los vestidos, y el mejor de
los gustos, como sobradamente sabía su hermana. Viola era alta, era exuberante y
majestuosa, estaba hecha para portar rígidos brocados y masas de pesados
encajes, tales como los propios del atavío de la esposa de un hombre rico. Pero
Viola se mantenía apartada, cruzados los hermosos brazos y ausente la mirada,
mientras su madre y su hermana y las venerables mujeres antedichas discurrían y
cavilaban acerca de sus materiales, abrumadas por la multitud de sus recursos.
Un día llegó un hermoso rollo de seda blanca, con brocados de color azul celeste
y plata, enviado por el mismísimo novio: en aquel tiempo no se consideraba
impropio que el futuro marido contribuyera al trousseau de la novia. A Perdita
no se le ocurría ninguna confección y disposición que estuviera a la altura del
esplendor de aquella tela:
-El azul es tu color, hermana, más bien que el mío
-dijo, con ojos zalameros-. Es una lástima que la tela no sea para ti. Tú
sabrías qué hacer con ella.
Viola se levantó de su asiento y se acercó a examinar
el gran rollo reluciente, extendido sobre el respaldo de una silla. Después lo
tomó en sus manos y lo palpó -amorosamente, como observó Perdita- y se plantó
ante el espejo con él. Dejó caer hasta sus pies uno de los extremos y colgó de
sus hombros el otro, ciñéndoselo alrededor del talle y dejando su blanco brazo
desnudo hasta el codo. Echó hacia atrás la cabeza y contempló su propia imagen,
y una trenza de su pelo castaño rojizo cayó sobre la lustrosa superficie de la
seda. El efecto era sorprendente. Las mujeres que la rodeaban profirieron un
pequeño “¡Oh!” de admiración. “Sí, en efecto -dijo Viola en su fuero interno-,
el azul es mi color.” Mas Perdita se dio cuenta de que su imaginación se había
disparado y de que ahora se volcaría en la tarea y les resolvería todos sus
enigmas modisteriles. Y de hecho lo hizo requetebién, tal como estuvo muy
dispuesta a declarar Perdita, sabedora del insaciable amor de su hermana por la
mercería. Metros y metros de preciosas sedas y satenes, de muselinas,
terciopelos y encajes, pasaron por sus hábiles manos, sin que de sus labios
brotara una sola palabra de envidia. Gracias a su laboriosidad, el día de la
boda Perdita estaba preparada para lucir mayor número de vanidades de este mundo
que cualquier otra temblorosa joven novia que hasta entonces hubiese solicitado
la bendición sacramental de un cura de Nueva Inglaterra.
Hablase convenido que la joven pareja viajaría de luna
de miel al extranjero para pasar unos días en la mansión campestre de un
caballero inglés: un hombre de rango y un muy gentil amigo para con Lloyd. Se
trataba de un soltero: se declaró encantado de esfumarse para dejarlos
entregados durante una semana a sus caricias y arrullos. Tras la ceremonia en la
iglesia -había sido oficiada por un clérigo inglés- la joven señora Lloyd se
aprontó a dirigirse a casa de su madre para cambiarse sus galas nupciales por un
traje de montar. Viola la ayudó a hacerlo, en la antigua habitacioncita que
durante tantos años habían compartido como buenas hermanas. Luego Perdita fue
sin pérdida de tiempo a decir adiós a su madre, dejando que Viola la siguiera.
La despedida fue breve: los caballos aguardaban a la puerta y Arthur estaba
impaciente por emprender viaje. Mas Viola no la había seguido, conque Perdita
regresó a su habitación, abriendo la puerta bruscamente. Como de costumbre,
Viola estaba frente al espejo, pero en una situación que hizo que la otra se
detuviera paralizada por el asombro. Se había puesto el velo y la guirnalda
nupciales de Perdita, y en su cuello tenía el oneroso collar de perlas que la
joven había recibido de su marido como regalo de bodas. Estos objetos habían
sido dejados de lado apresuradamente, para esperar hasta que su dueña dispusiera
de ellos a su regreso de la campiña inglesa. Adornada con estas galas
ilegítimas, Viola estaba de pie ante el espejo, hundiendo una prolongada mirada
en sus profundidades y teniendo Dios sabe qué audaces visiones. Perdita se
sintió escandalizada y dolida. Era una espantosa imagen que resucitaba su
antigua rivalidad mutua. Avanzó un paso hacia su hermana, como para arrancarle
el velo y las flores. Mas, habiendo percibido la mirada de Viola en el espejo,
se detuvo.
Adiós, Viola -dijo- Por lo menos habrías podido esperar
a que me hubiera marchado. -Y apresuradamente salió de la habitación.
El señor Lloyd había comprado una casa en Boston que,
según el gusto de aquel tiempo, era considerada un prodigio de elegancia y
comodidad; y aquí muy pronto se estableció con su joven esposa. De esta guisa
quedó separado de la residencia de su suegra por una distancia de treinta
kilómetros. En aquella era de primitivos caminos y transportes treinta
kilómetros eran como ciento cincuenta de los actuales, conque la señora
Willoughby vio escasamente a su hija durante su primer año de matrimonio. Sufrió
no poco por su ausencia; y su pesar no se vio aminorado por la actitud de Viola,
quien había caído en un estado de apatía y languidez, que hacía imprescindible
para su recuperación un cambio de escenario y ambiente. La verdadera causa del
decaimiento de la muchacha será adivinada sin dificultad por el lector. Sin
embargo, la señora Willoughby y sus compañeras de cotilleo consideraron que su
mal era puramente físico y no dudaron de que obtendría alivio del remedio
precitado. En consecuencia su madre gestionó en su nombre una visita a unos
parientes de su difunto esposo, residentes en Nueva York, que siempre estaban
quejándose de lo poco que veían a sus primos de Nueva Inglaterra. Viola les fue
enviada a estas buenas personas, con una escolta apropiada, y permaneció con
ellas varios meses. En el intervalo su hermano Bernard, que había empezado a
ejercer como abogado, se resolvió a tomar esposa. Viola retornó a casa para la
boda, aparentemente curada de su melancolía, con encendidos colores en las
mejillas y una orgullosa sonrisa en los labios. Arthur Lloyd se vino desde
Boston para asistir a la boda de su cuñado, pero sin su esposa, quien en breve
esperaba dar a luz. Hacía casi un año que Viola no lo veía. Se alegró -sin saber
muy bien por qué- de que Perdita se hubiera quedado en su casa. Arthur parecía
feliz, pero estaba más serio y solemne que antes del matrimonio. A ella se le
antojó que tenía un aspecto “interesante”... pues aunque este vocablo en su
sentido moderno todavía no había sido inventado, podemos estar seguros de que la
idea sí. La verdad es que sencillamente estaba preocupado por el inminente
trance de su esposa. Pese a ello, de ningún modo dejó de observar la belleza y
esplendor de Viola y cómo casi borraba del mapa a la pobre novia. La asignación
que antaño Perdita recibía para comprar ropa le había sido transferida ahora a
su hermana, quien ciertamente le sacaba el máximo partido. La mañana
inmediatamente posterior a la boda, Lloyd hizo colocar una silla de montar
femenina en el caballo del criado que con él se había venido desde la ciudad y
salió a dar un paseo ecuestre con Viola. Era una clara mañana contagiosa de
enero: el suelo estaba limpio y firme, y los caballos en buenas condiciones...,
por no hablar de Viola, que estaba preciosa con su empenachado sombrero y su
chaqueta azul de montar forrada con pieles. Cabalgaron toda la mañana, se
extraviaron y se vieron obligados a detenerse a almorzar en una alquería. Ya
había caído la temprana noche invernal cuando lograron regresar. La señora
Willoughby los recibió con cara larga. A mediodía había llegado un mensajero
despachado por la señora Lloyd: había empezado a sentirse enferma y anhelaba el
inmediato regreso de su marido. El joven profirió una blasfemia al pensar que
había perdido varias horas y que cabalgando sin descanso ya habría podido estar
junto a su esposa. No accedió a quedarse a tomar un bocado de cenar, sino que
montó en el caballo del mensajero y partió al galope.
A medianoche llegó a su hogar. Su esposa había parido
una niña.
-Ah, ¿por qué no has estado conmigo? -dijo ella, al
llegarse él a la vera de su lecho.
-Había salido cuando se presentó el mensajero. Estaba
con Viola -dijo él, inocentemente.
La señora Lloyd articuló un pequeño gemido y volvió la
cabeza. Pero la convalecencia iba muy bien, y durante una semana fue
ininterrumpida su mejoría. Finalmente, empero, a causa de alguna imprudencia en
la dieta o de su afán por abandonar el lecho, se presentaron complicaciones y la
pobre mujer empeoró velozmente. Lloyd estaba desesperado. Bien pronto se hizo
obvio que la recaída era fatal. La señora Lloyd cobró conciencia de que su fin
estaba próximo y declaró que se había resignado a morir. La tercera noche desde
que se iniciara el empeoramiento le dijo a su marido que estaba convencida de
que no pasaría de esa noche. Hizo salir a los criados, y asimismo le pidió a su
madre que abandonara la habitación (la señora Willoughby había llegado el día
anterior). Había hecho que trajeran a su hijita a su lecho, y ahora estaba
tumbada de costado, con la niña contra su seno, mientras asía las manos de su
marido. La lamparilla de noche estaba oculta tras las pesadas cortinas de la
cama, pero la estancia era iluminada por un rojizo resplandor procedente del
inmenso fuego de leños de la chimenea.
-Resulta extraño morir cerca de un fuego como ése -dijo
la joven, débilmente tratando de sonreír-. ¡Ojalá tuviese siquiera una pizca de
él en mis venas! Pero se lo he dado todo a esta chispita de humanidad. -Y posó
la mirada sobre su hija. Luego alzó los ojos para dedicarle a su marido una
larga mirada penetrante. El postrer sentimiento que anidaba en su corazón era de
desconfianza. No se había recobrado de la conmoción que Arthur le había
producido al enterarla de que en el instante de su tormento él había estado con
Viola. Confiaba en su marido casi tanto como lo amaba; pero ahora que iba a
abandonar este mundo para siempre, su hermana le inspiraba un escalofriante
horror. En el fondo sabía que Viola nunca había dejado de envidiarle su buena
suerte; y un año de feliz seguridad no había borrado la imagen de la joven
ataviada con sus galas nupciales y sonriendo con imaginado triunfo. Ahora que
Arthur iba a quedar solo, ¿qué no haría Viola? Era hermosa, era insinuante; ¿qué
artificios no utilizaría, qué impresión no causaría en el melancólico corazón
del joven? En silencio la señora Lloyd miró a su marido. Resultaba difícil,
pensándolo bien, dudar de su fidelidad. Sus hermosos ojos rebosaban de lágrimas;
su rostro se convulsionaba por los sollozos; el asimiento de sus manos era
cálido y apasionado. ¡Cuán noble parecía, cuán tierno, cuán fiel y devoto! “No
-pensó Perdita-, no está hecho para una mujer como Viola. Jamás me olvidará. Ni
realmente Viola lo ama: lo único que ama es el lujo y los vestidos y las joyas.”
Y posó la mirada sobre sus pálidas manos propias, que la generosidad de su
marido había cubierto de anillos, y sobre los fruncidos de encaje que formaban
el reborde de su camisón. “Viola me envidia más los anillos y los encajes que a
mi marido.”
En aquel momento el pensar en la rapacidad de su
hermana semejó proyectar una negra sombra entre ella y la indefensa figura de su
hijita.
-Arthur -dijo-, tienes que quitarme todos los anillos.
No deseo ser enterrada con ellos puestos. Algún día mi hija los llevará: mis
anillos y mis encajes y sedas. Hoy he hecho que los sacaran y me los mostraran.
Es un magnífico vestuario, no hay ninguno comparable en toda la provincia; puedo
decirlo sin vanidad ahora que ya no será mío. Será un magnífico legado para mi
hija cuando se haga mayor. En él hay cosas que un hombre no puede comprar dos
veces, y si se pierden no hay medio de volver a tenerlas. Conque guárdalas bien.
Una docena de ellas se las lego a Viola: ya se las he especificado a mi madre.
Le doy aquel vestido de seda recamado de azul y plata; es perfecto para ella; yo
sólo lo llevé una vez, no me sentaba nada bien. Pero lo demás debe ser guardado
como oro en paño para esta pequeña inocente. Es providencial que su color sea el
mismo que el mío; podrá llevar mis vestidos; tiene los ojos de su madre. Ya
sabes que las modas se repiten cada veinte años. Podrá llevar mis vestidos sin
retocarlos. Hasta que crezca lo suficiente, reposarán envueltos en alcanfor y
pétalos de rosa, y conservarán sus colores en la dulcemente perfumada oscuridad.
Tendrá el pelo negro, se vestirá con mi satén granate. ¿Me lo prometes, Arthur?
-¿Qué he de prometerte, cariño?
-Prométeme que preservarás los vestidos de tu pobre
esposa.
-¿Acaso temes que los venda?
-No, sino que se pierdan. Mi madre los envolverá
adecuadamente y tú los guardarás con doble cerradura. ¿Te acuerdas del gran baúl
que hay en el ático, reforzado con hierro? Es enorme e inviolable. Ahí podrás
meterlos todos. Mi madre y el ama de llaves lo harán y te entregarán la llave. Y
tú guardarás la llave en tu secreter y jamás se la entregarás a nadie que no sea
tu hija. ¿Me lo prometes?
-Oh, sí, te lo prometo -dijo Lloyd, desconcertado ante
la intensidad con que su esposa parecía aferrada a aquel plan.
-¿Lo juras? -insistió Perdita.
-Sí, lo juro.
-Bien..., confío en ti.... confío en ti -dijo la pobre
mujer, mirándolo a los ojos con una mirada en que él, si hubiera intuido las
vagas aprensiones de ella, habría podido leer una advertencia no menos que una
súplica.
Lloyd sobrellevó su pérdida con entereza y hombría. Un
mes después de la muerte de su esposa, en el decurso de sus negocios, surgieron
circunstancias que le ofrecieron la oportunidad de viajar a Inglaterra. Abrazó
tal oportunidad como un remedio contra la tristeza. Estuvo ausente casi un año,
durante el cual su hijita quedó bajo los tiernos cuidados y mimos de la abuela.
A su regreso volvió a abrir de par en par las puertas de su casa y proclamó su
intención de reincorporarse a la vida social como en la época de su esposa. Muy
pronto oyéronse predicciones de que no tardaría en casarse de nuevo, y hubo por
lo menos una docena de muchachas de quienes se puede decir que no fue por culpa
de ellas si, durante seis meses tras su regreso, la predicción se incumplió.
Durante este intervalo su hijita siguió en manos de la señora Willoughby, pues
ésta le aseveró a su yerno que un cambio de residencia a tan temprana edad era
arriesgado para la salud. Finalmente, empero, él declaró que su corazón ansiaba
la presencia de la pequeña y que debía serle reintegrada. Mandó su carruaje y su
ama de llaves para recogerla. A la señora Willoughby le entró terror de que a su
nietecita le ocurriera algún percance por el camino; y, ante la manifestación de
tal sentimiento, Viola se ofreció a acompañarla durante el viaje. Podría
regresar al día siguiente. Así es que marchó a Boston con su sobrinita, y el
señor Lloyd se la encontró ante el umbral de su casa, emocionado de gratitud
ante su amabilidad. En vez de regresar al día siguiente, Viola se quedó allí
toda la semana; y cuando por fin volvió a su casa, sólo lo hizo para llevarse
algunas de sus cosas. Arthur y la niña no querían ni oír hablar de su marcha. La
pequeña lloraba y gemía si Viola la dejaba; y ante la visión de su decaimiento
Arthur enloquecía y juraba que también ella iba a morir. En definitiva, nada los
tranquilizaba excepto que Viola se quedara hasta que la criaturita se hubiere
acostumbrado a las caras desconocidas.
El acostumbramiento tardó dos meses en producirse; pues
no fue sino hasta que hubo transcurrido este plazo cuando Viola se despidió de
su cuñado. La señora Willoughby se había incomodado e irritado ante la
prolongada ausencia de su hija: había declarado que no era decorosa y que estaba
siendo la comidilla de toda la región. Había transigido únicamente porque, sin
la presencia de la joven, su hogar gozó de un inusitado período de paz. Bernard
Willoughby continuaba viviendo en casa de su madre, junto con su esposa, y entre
ésta y su cuñada existía una amarga hostilidad. Puede que Viola no fuese ningún
ángel; pero en los asuntos cotidianos de la vida era una muchacha de suficiente
buen talante, y aunque se peleaba con la mujer de Bernard no era sin mediar
provocación. Que se peleaba, sin embargo, era algo sobre lo cual no cabía duda,
para gran enojo no sólo de su antagonista, sino también de los dos espectadores
de estos continuos altercados. Por consiguiente, el vivir en el hogar de su
cuñado habría sido delicioso aunque sólo fuera porque así podía apartarse del
objeto de sus antipatías en el hogar materno. Lo era doblemente -lo era diez
veces más- por cuanto la mantenía cerca del objeto de su antigua pasión. Las
reflexiones de la señora Lloyd se habían quedado lejísimos de la verdad, en lo
tocante a lo que por su marido sentía Viola. Había sido una pasión al principio
y una pasión seguía siendo: una pasión los efluvios de cuyo radiante calor no
tardó en notar el señor Lloyd, atemperados para acomodarse al delicado estado de
los sentimientos de éste. Como ya he dicho, Lloyd no era ningún dechado; no
entraba en su naturaleza guardar una fidelidad eterna. Aún no había compartido
muchos días su hogar con su cuñada cuando comenzó a aseverarse para sus adentros
que ésta era, como se solía decir en aquel tiempo, diabólicamente atractiva. No
es preciso investigar si realmente Viola puso en práctica aquellos insidiosos
artificios que su hermana se había sentido tentada de atribuirle. Baste decir
que siempre hallaba el modo de aparecerse en su aspecto más favorecedor. Todas
las mañanas se sentaba junto a la gran chimenea del comedor, con una labor de
ganchillo, mientras a sus pies su sobrinita retozaba sobre la alfombra, o sobre
la cola de su vestido, y jugaba con sus ovillos de lana. Muy insensible habría
sido Lloyd si hubiese permanecido indiferente a las ricas sugerencias de aquel
cuadro encantador. Adoraba portentosamente a su hijita, y nunca se cansaba de
cogerla en brazos y de lanzarla al aire para volver a recogerla, haciéndola
gorjear de alegría. No pocas veces, sin embargo, se permitía mayores libertades
de lo que por ahora la pequeña estaba dispuesta a tolerar, y ésta vociferaba
súbitamente su desagrado. Entonces Viola depositaba la labor y tendía sus bellas
manos con la grave sonrisa de una joven cuya virginal imaginación le hubiera
revelado todas las artes apaciguadoras de una madre. Lloyd le entregaba la niña,
sus miradas se encontraban, sus manos se rozaban, y Viola apagaba los infantiles
sollozos sobre los níveos pliegues del tocado que cruzaba su pechera. Su
dignidad era perfecta, y nada podía ser menos intrusivo que el modo en que hacía
uso de la hospitalidad de su cuñado. Casi se habría podido decir, quizá, que en
su reserva había algo de hosquedad. Lloyd experimentaba la provocativa sensación
de que ella estaba en la casa y sin embargo era inabordable. Media hora después
de la cena, al mismísimo inicio de las largas veladas invernales, ella encendía
su vela, le hacía una asaz respetuosa reverencia al joven y marchaba a
acostarse. Si esto eran artificios, Viola era una gran artífice. Pero el efecto
de los mismos era tan suave, tan paulatino, estaban calculados para influir
sobre el alma del joven viudo con un crescendo tan exquisitamente matizado, que,
como ya ha visto el lector, hicieron falta varias semanas para que Viola
principiara a sentirse segura de que sus ganancias habrían de compensar su
desembolso. Una vez que adquirió esta convicción interior, hizo el equipaje y
regresó a casa de su madre. Allí esperó durante tres días; al cuarto, el señor
Lloyd hizo su aparición: un respetuoso pero apasionado pretendiente. Viola lo
escuchó hasta el final con gran humildad y lo aceptó con infinito recato. Es
difícil creer que la señora Lloyd le habría perdonado esto a su marido; mas si
algo habría podido desarmar su resentimiento habría sido la ceremoniosa
continencia de aquella entrevista. Viola le impuso a su novio un brevísimo
periodo de noviazgo. Se casaron, como convenía, en la más estricta intimidad,
casi en secreto... con la esperanza, tal vez, como a la sazón alguien sugirió
maliciosamente, de que la anterior señora Lloyd no llegara a enterarse.
Según toda apariencia el casamiento era venturoso, y
cada una de las partes obtenía lo que había deseado: Lloyd una mujer
“diabólicamente atractiva”, y Viola... pero hasta ahora los deseos de Viola,
como habrá advertido el lector, tienen mucho de misteriosos. En su mutua
felicidad hubo, a la hora de la verdad, dos sombras; pero el tiempo podría,
acaso, desvanecerlas. Durante los primeros tres años de su matrimonio la señora
Lloyd no consiguió ser madre, y por su parte su marido sufrió grandes
descalabros económicos. Esta última circunstancia motivó una drástica reducción
de gastos, y por fuerza Viola no pudo llevar la vida de una gran dama en la
misma medida que su hermana. Se las industrió, no obstante, para representar con
ininterrumpida constancia el papel de mujer elegante, aunque hay que confesar
que ello requería el despliegue de un ingenio mayor de lo que corresponde a un
auténtico sosiego aristocrático. Desde hacía mucho tiempo había comprobado que
el suntuoso vestuario de su hermana había sido secuestrado en beneficio de su
hija y estaba languideciendo en la desagradecida oscuridad del polvoriento
ático. Era indignante pensar que aquellas gloriosas telas esperarían hasta que
las reclamase una niña que se sentaba en una sillita y tomaba leche con migas en
una cuchara de madera. Viola tuvo el buen gusto, empero, de no hablar del asunto
hasta que hubieron expirado varios meses. Entonces, por fin, tímidamente abordó
a su marido. ¿No era una lástima que se estropearan tantos vestidos tan
hermosos? Pues se estropearían, sin duda, comidos por la polilla, descoloridos
por el tiempo y devaluados por los cambios de las modas. Pero Lloyd le ofrendó
una negativa tan abrupta y perentoria que ella comprendió que por el momento su
aspiración era vana. Transcurrieron seis meses, sin embargo, que trajeron
consigo nuevas necesidades y nuevas ocurrencias. Los pensamientos de Viola se
cernían ávidamente sobre las reliquias de su hermana. Subió a examinar el baúl
del cual eran prisioneras. En sus tres grandes candados y sus refuerzos de
hierro hubo un hosco desafío, que no logró sino acrecentar sus ansias. Había
algo exasperante en su incorruptible inviolabilidad. El baúl era como un viejo
sirviente canoso y severo que se obstinara en no revelar un secreto de familia.
Y además sus vastas dimensiones sugerían un copioso contenido, y cuando Viola
golpeó su costado con la punta de la zapatilla se produjo un sonido de estar
lleno a rebosar, que la hizo sofocarse de impotentes anhelos.
-¡Es absurdo! -exclamó-. ¡Es una ridiculez, una
iniquidad! -Y en el acto determinó llevar a cabo otra tentativa ante su marido.
Al día siguiente, después del almuerzo, cuando él se hubo tomado su vino,
osadamente ella volvió a la carga. Pero él la interrumpió con gran sequedad:
-De una vez por todas, Viola -dijo-, no hay nada que
discutir. Me sentiré gravemente disgustado si vuelves a hablarme de ese asunto.
-Qué bien -dijo Viola-. Me resulta muy agradable
enterarme de la valía que se me atribuye. ¡Cielo santo -gritó-, qué mujer tan
feliz soy! ¡Es maravilloso sentirse sacrificada a un capricho! -Y sus ojos se
llenaron de lágrimas de rabia y decepción.
Lloyd sentía el natural horror de un hombre bueno a los
sollozos de una mujer, y probó -puedo decir condescendió- a explicarse:
-No es un capricho, cariño, es una promesa -dijo-, un
juramento.
-¿Un juramento? ¡Bonito motivo de juramentos! Y ¿a
quién, si puede saberse?
-A Perdita -dijo el joven, alzando la mirada un
instante, pero bajándola de inmediato.
-¡Perdita, ah, Perdita! -Y se desbordó el llanto de
Viola. Su pecho se estremeció en tempestuosos sollozos: unos sollozos que eran
la retardada reproducción del violento acceso de llanto que la invadiera la
noche en que se enteró del compromiso de su hermana. Se había figurado, en sus
mejores momentos, que sus celos habían desaparecido; mas he aquí que volvían a
hervir tan fieros como siempre-. Y, si me haces el favor, ¿qué derecho -gritó-
tenía Perdita a disponer de mi futuro? ¿Qué derecho tenía a obligarte a la
mezquindad y la crueldad? ¡Ah, qué digno lugar ocupo y qué bonito papel
represento! ¡Tengo que conformarme con lo que Perdita dejó! Y ¿qué es lo que
dejó? ¡Hasta ahora no lo había sabido! ¡Nada, nada, nada!
Esto fue un razonamiento muy endeble, pero un
apasionamiento muy efectivo. Lloyd pasó el brazo alrededor del talle de su
esposa y trató de darle un beso, pero Viola lo rechazó con olímpico desdén.
¡Pobre hombre! Había ambicionado una mujer “diabólicamente atractiva”, y la
había conseguido. Fue insoportable aquel desdén. Salió de la estancia mientras
le zumbaban los oídos, indeciso, turbado. Ante él estaba el secreter, y en éste
la sagrada llave con que su propia mano había echado el triple cerrojo. Se
acercó y lo abrió, y extrajo de un cajón secreto la llave, envuelta en un
paquetito que él mismo había sellado con su propio noble blasón heráldico. Teneo,
rezaba la divisa: “Yo guardo.” Pero no se atrevió a devolverla a su escondite.
La arrojó sobre la mesa ante su esposa.
-¡Quédatela! -gritó ella-. No la quiero. ¡La odio!
-Yo me lavo las manos de este asunto -dijo su marido-.
¡Dios me perdone!
Despectivamente la señora Lloyd se encogió de hombros y
se fue de la estancia, mientras el joven se retiraba por otra puerta. Diez
minutos más tarde la señora Lloyd volvió y encontró la estancia ocupada por su
pequeña hijastra y la niñera. La llave no estaba sobre la mesa. Miró a la niña.
La niña estaba subida en una silla, con el paquetito en las manos. Había roto el
sello con sus propios deditos. Prestamente la señora Lloyd se apoderó de la
llave.
A la hora habitual de la cena Arthur Lloyd regresó de
su contaduría. Era el mes de junio y mientras la cena se servía todavía duraba
la luz diurna. La comida estaba sobre la mesa, pero la señora Lloyd no
comparecía. El criado a quien su señor envió en su busca, volvió diciendo que
estaba vacía la habitación de su señora y que las sirvientas lo habían informado
de que no había sido vista desde el almuerzo. Lo cierto es que se habían
apercibido de su rostro lloroso y, suponiendo que se habría encerrado en su
habitación, no habían querido molestarla. Su marido la llamó por su nombre por
diversas partes de la casa, pero sin obtener respuesta. Por último se le ocurrió
que tal vez la hallaría si se encaminaba al ático. La idea le produjo una
extraña sensación de malestar, y les ordenó a los criados que permanecieran en
la planta baja, no deseando ningún testigo de su búsqueda. Llegó al pie de las
escaleras que conducían al piso superior y se detuvo con la mano en la
barandilla, voceando el nombre de su esposa. Le tembló la voz. Llamó de nuevo,
en tono más alto y firme. El único sonido que rompió el absoluto silencio fue un
débil eco de su propia voz, que repetía su llamada bajo el gran alero. Pese a
todo se sintió irresistiblemente impulsado a subir las escaleras. Desembocaban
en una amplia sala, flanqueada de armarios de madera y rematada por una ventana
orientada a poniente, que dejaba pasar los últimos rayos solares. Ante la
ventana estaba el enorme baúl. Ante el baúl, arrodillada, el joven vio con
asombro y horror la figura de su esposa. Al instante salvó la distancia que los
separaba, privado del habla. La tapa del baúl estaba abierta, exhibiendo, entre
perfumadas fundas, su tesoro de telas y joyas. Viola había caído hacia atrás
mientras permanecía arrodillada, y había quedado con una mano apoyada en el
suelo y la otra oprimida contra el corazón. En sus extremidades había la rigidez
de la muerte, y en su rostro, a la moribunda luz del sol, el terror de algo más
poderoso que la muerte. Sus labios estaban entreabiertos en súplica, en
consternación, en agonía; y en su exangüe cuello destacaban las horrendas
huellas de los dedos de dos vengativas manos fantasmales. |