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Cisco Kid había matado a seis hombres en pendencias más o
menos honestas, había asesinado a dos mexicanos, y había dejado inútiles a otros
muchos, a los cuales, modestamente, no se preocupó en contar. Por consiguiente,
una mujer lo amaba.
Cisco Kid tenía veinticinco años y aparentaba veinte; y
una compañía de seguros celosa de su dinero hubiera calculado la probable fecha
de su muerte fijándola alrededor de los veintiséis años. Se movía en una zona
situada entre el Frío y el Río Grande. Mataba por afición... porque estaba de
mal humor... para evitar que lo detuvieran... para divertirse... Había escapado
de la captura porque podía disparar ocho décimas de segundo antes que cualquier
sheriff o ranger de servicio, y porque montaba un caballo ruano que conocía al
dedillo todas las vueltas y revueltas de los caminos, incluso de los de cabras,
desde San Antonio a Matamoras.
Tonia Pérez, la muchacha que amaba a Cisco Kid, era
medio Carmen, medio Madona, y el resto -¡Oh, sí! Una mujer que es medio Carmen y
medio Madona puede ser siempre algo más-, el resto era colibrí. Vivía en un
jacal con techo de ramas cerca de un pequeño poblado mexicano en el Lone Wolf
Crossing, del Frío. Con ella vivía un padre o abuelo, un descendiente de los
aztecas, que tenía por lo menos mil años, pastoreaba un centenar de cabras y se
pasaba la mayor parte del tiempo borracho, por culpa del mescal1.
Detrás del jacal se extendía un inmenso bosque. A través de su espinosa
espesura, el ruano llevaba a Kid a visitar a su novia. Y en cierta ocasión,
trepando como una lagartija hasta el tejado de ramas, Kid había oído a Tonia,
con su rostro de Madona y su belleza de Carmen y su alma de colibrí, hablar con
el sheriff, negando conocer a su hombre en su dulce mezcolanza de inglés y
castellano.
Un día, el ayudante general del Estado, que es, ex
officio, comandante de las fuerzas de rangers, escribió unas sarcásticas líneas
al capitán Duval, de la Compañía X, estacionada en Laredo, acerca de la
tranquila existencia que llevaban los asesinos y "desperados"2
en el territorio del susodicho capitán.
La tez del capitán adquirió el color del ladrillo al
leer aquellas líneas y se las remitió, con unos comentarios de cosecha propia,
al teniente Sandridge, que estaba acampado en las inmediaciones de Nueces con un
escuadrón de cinco hombres para mantener el orden y hacer cumplir la ley.
El teniente Sandridge enrojeció intensamente, se metió
la carta en el bolsillo y masticó uno de los extremos de sus largos bigotes.
A la mañana siguiente ensilló su caballo y se dirigió,
solo, al poblado mexicano del Lone Wolf Crossing, que se
hallaba a veinte millas de distancia.
Con sus seis pies de estatura, rubio como un vikingo,
calmoso como un diácono, peligroso como una ametralladora, Sandridge fue de
jacal en jacal en busca de noticias acerca de Cisco Kid.
Mucho más que a la ley, los mexicanos
temían la fría y segura venganza del jinete solitario por el cual se interesaba
el ranger. Uno de los pasatiempos de Kid había consistido en disparar contra los
mexicanos "para verles patalear": y si había hecho aquello para divertirse, ¿qué
no sería capaz de hacer con alguien que provocara su furor? Uno a uno, los
mexicanos fueron encogiéndose de hombros, llenado el aire de "¿Quién sabe?" y
negando conocer a Cisco Kid.
Pero había un hombre llamado Fink, que tenía una tienda
en el Crossing..., un hombre de muchas nacionalidades, lenguas, intereses y
modos de pensar.
-Es inútil que les pregunte a los mexicanos -le dijo a
Sandridge-. Tienen miedo. Ese hombre, al que llaman el Kid -su verdadero nombre
es Goodall, ¿no?-, ha estado en mi tienda un par de veces. Creo que sé cómo
podría atraparle usted..., pero no sería prudente por mi parte decírselo: tardo
un par de segundos más en sacar el revólver de lo que tardaba antes, y el hecho
merece ser tenido en cuenta tratándose de Cisco Kid. Lo que puedo decirle es que
tiene una novia medio mexicana en el Crossing, y viene a
verla con cierta frecuencia. Vive en el jacal que está a un centenar de yardas
del arroyo, en el lindero del bosque. Tal vez ella... no, supongo que no lo
haría; pero, de todos modos, el jacal sería un excelente lugar para vigilar.
Sandridge se dirigió al jacal de Pérez. El sol estaba
bajo, y la sombra de los grandes árboles cubría ya el tejado de ramas de la
choza. Las cabras estaban encerradas para pasar la noche en una especie de
corral construido con estacas junto a la cabaña. Unos cuantos chiquillos
jugueteaban por los alrededores. El viejo mexicano estaba tendido en una manta
sobre la hierba, atiborrado de mescal, soñando, quizás, en las noches en que él
y Pizarro habían brindado por el Nuevo Mundo. Y en la puerta del jacal estaba
Tonia, en pie. El teniente Sandridge, sin apearse de su montura, se quedó
mirándola fijamente.
Cisco Kid, al igual que todos los eminentes y
afortunados asesinos, era una persona vanidosa. Su orgullo habría sufrido un
rudo golpe de haber sabido que, con un simple intercambio de miradas, dos
personas, en cuyas mentes estaba él desde hacía mucho tiempo, le olvidaban por
completo (al menos momentáneamente).
Tonia no había visto nunca un hombre como aquél.
Parecía estar hecho de rayos de sol, piel sonrosada y agua clara. Al sonreír
pareció iluminar la sombra de los árboles, como si hubiera vuelto a salir el
sol. Los hombres que ella había conocido eran bajitos y morenos. Incluso Kid, a
pesar de sus hazañas, no era mucho más alto que ella, con un pelo negro y liso y
un rostro tan frío como el mármol.
En cuanto a Tonia, tenía el pelo de color negro azulado
y unos ojos enormes y llenos de la melancolía latina que le conferían su aspecto
de Madona. Sus movimientos revelaban el fuego oculto y el deseo de agradar que
había heredado de las gitanas españolas. Lo que de colibrí había en ella moraba
en su corazón; no podía percibirse a menos que su brillante falda roja y su
blusa azul le recordaran a uno aquel pájaro.
El recién llegado pidió un vaso de agua. Tonia se lo
sirvió de la jarra roja colgada de una rama, a la sombra. Sandridge estimó
necesario descabalgar para hacer menos embarazosa la situación.
No hago de espía; ni pretendo conocer los pensamientos
de cualquier corazón humano; pero afirmo, con mi derecho de cronista, que antes
de que hubiera transcurrido un cuarto de hora, Sandridge le estaba enseñando a
Tonia a tejer una cuerda con fibras vegetales y Tonia le había explicado a
Sandridge que, de no haber sido por el pequeño libro inglés que su peripatético
padre le había regalado y por el pequeño chivo tullido, se hubiera sentido muy
sola.
Lo cual conduce a la sospecha de que las defensas de
Kid necesitaban una reparación, y de que el sarcasmo del ayudante general había
caído sobre un terreno improductivo.
En su campamento, el teniente Sandridge anunció y
reiteró su intención de acabar con las andanzas de Cisco Kid, abatiéndolo
sobre las praderas del Frío o arrastrándolo a la
presencia de un juez y de un jurado. La cosa no parecía fácil. Y necesitaba una
cuidadosa preparación. Dos veces a la semana, Sandridge se dirigía al jacal de
Pérez y conducía los inexpertos dedos de Tonia por los intrincados caminos que
había que recorrer para tejer una cuerda con fibras vegetales. Tejer una cuerda
es difícil de aprender y fácil de enseñar.
El ranger sabía que podía encontrar a Kid allí en
cualquiera de sus visitas. Por lo tanto, durante sus estancias en el jacal, se
mantenía ojo avizor, con la artillería siempre a punto y sin perder de vista la
parte trasera de la cabaña. Así podría abatir al milano y al colibrí con una
sola piedra.
Mientras el rubio ornitólogo proseguía sus estudios,
Cisco Kid atendía también sus obligaciones profesionales. Armó una trifulca en
una cantina de un pequeño pueblo ganadero en Quintana
Creek, liquidó al sheriff (haciendo que la bala agujereara limpiamente su
estrella de latón) y luego ahuecó el ala, malhumorado e insatisfecho. Ningún
verdadero artista se enorgullece de haber matado a un viejo armado con un
antiguo cacharro del 38.
En su camino, Kid experimentó súbitamente el deseo que
experimentan todos los hombres cuando su propia conducta los
ha dejado insatisfechos. Deseó que la mujer a la que amaba le asegurase que era
suya a pesar de todo. Deseó que Tonia le sirviera agua de la jarra roja colgada
a la sombra del árbol, y que le contara cómo se tomaba el biberón el chivo.
Kid volvió la cabeza del ruano hacia los chaparrales de
diez millas de longitud que se extienden por Arroyo Hondo hasta terminar en el
Lone Wolf Crossing, del Frío. El ruano relinchó alegremente, ya que poseía el
mismo sentido de la orientación que un caballo que trabaja uncido a un carro y
sabía que al final de aquel trayecto lo esperaba una
sabrosa ración de hierba de mesquite.
Cabalgar a través de un chaparral tejano resulta más
aburrido y solitario que una exploración amazónica. Las multiformes variedades
de cactos jalonan el camino, extendiendo sus retorcidos miembros para hacerlo
intransitable. Y la "planta del diablo", que parece vivir sin tierra ni lluvia,
aumenta las dificultades del viajero, tendiendo ante él una inextricable red
espinosa.
Perderse en un chaparral significa sufrir la muerte del
ladrón en la cruz, traspasado por clavos y con grotescas formas demoníacas
revoloteando a su alrededor.
Pero ése no era el caso de Kid y su montura. Dando
vueltas y revueltas, abriéndose paso por los lugares más inverosímiles, el buen
ruano fue acortando insensiblemente la distancia que les separaba del Lone Wolf
Crossing.
Mientras avanzaban, Kid cantaba. No sabía más que una
canción y la cantaba, del mismo modo que sólo conocía un código y lo vivía, y
sólo conocía a una muchacha y la amaba. Era un hombre sencillo, de ideas
convencionales. Tenía una voz parecida a la de un coyote acatarrado, pero cuando
había decidido cantar, cantaba. Era una canción muy popular en los campamentos,
que empezaba con estas palabras:
No bromees con
mi novia Lulú,
si no quieres tener un disgusto...
El ruano estaba acostumbrado a la canción... y a la
voz, y no le importaba.
Pero, incluso el peor de los cantantes acaba por
cansarse de contribuir a los ruidos del mundo. De modo que Kid, cuando se
encontraba a un par de millas del jacal de Tonia, había dejado de cantar... no
porque sus gorgoritos sonaran desagradablemente a sus propios oídos, sino porque
sus músculos laríngeos estaban fatigados.
Como si estuviera en la pista de un circo, el ruano
giró y danzó a través del laberinto de maleza hasta que el jinete supo, por
ciertos detalles del terreno, que el Lone Wolf Crossing se encontraba cerca.
Luego, a medida que la maleza se hacía menos tupida, Kid divisó el tejado de
ramas del jacal. Unos metros más allá, Kid detuvo al ruano, desmontó y siguió
avanzando a pie, tan silenciosamente como un indio. El ruano, conociendo su
papel, permaneció completamente inmóvil, sin producir el menor ruido.
Kid se deslizó silenciosamente hasta el mismo borde del
chaparral y se escondió entre las hojas de un grupo de cactos.
A diez metros de su escondrijo, y a la sombra del
jacal, vio a su Tonia tejiendo tranquilamente una cuerda vegetal. La ocupación
en sí no era condenable; todo el mundo sabe que las mujeres, de cuando en
cuando, tienen los más raros caprichos. Pero, para decirlo todo, hay que añadir
que la cabeza de Tonia reposaba contra el ancho y cómodo pecho de un hombre alto
y rubio, y que el brazo del hombre rodeaba los hombros de la muchacha, guiando
sus pequeños dedos en una tarea que, al parecer, precisaba de continuas
lecciones.
Sandridge miró rápidamente hacia la oscura masa del
chaparral al oír un leve ruido que no le resultaba desconocido. Un pistolero
puede hacer aquel ruido al empuñar repentinamente su revólver. Pero el sonido no
se repitió; y los dedos de Tonia necesitaban una cuidadosa atención.
Luego, Tonia y el hombre alto y rubio empezaron a
hablar de su amor; y en la plácida tarde de julio, todas las palabras que
pronunciaban llegaron a oídos de Kid.
-Recuerda que no debes volver hasta que yo te avise
-decía Tonia-. No tardará en presentarse. Un vaquero ha
dicho hoy en la tienda que lo vio en Guadalupe hace tres
días. Cuando está tan cerca, siempre viene. Y si llega y te encuentra aquí, te
matará. De modo que, por favor, no vengas hasta que yo te avise.
-De acuerdo -dijo el ranger-. Y entonces, ¿qué?
-Entonces -dijo la muchacha-, tienes que venir con tus
hombres y matarlo. Si no, él te matará a ti.
-No es un hombre que se deje detener, desde luego -dijo
Sandridge-. El oficial que se enfrente a Cisco Kid tiene que estar dispuesto a
matar o morir.
-Tienes que matarlo -dijo la
muchacha-. Si no lo haces, no habrá paz en el mundo para ti ni para mí. Ha
matado a muchos hombres. De modo que merece la muerte. Tráete a tus hombres, y
no le dejes ninguna posibilidad de escapar.
-Antes no pensabas eso de él -dijo Sandridge.
Tonia dejó caer la cuerda que estaba tejiendo, y rodeó
el cuello del ranger con un brazo de color limón.
-Antes -murmuró en un fluido castellano- no te conocía
a ti, amor mío. Y tú eres cariñoso y bueno, además de fuerte. ¿Cómo podría
pensar en él, después de conocerte a ti? Tiene que morir, para que el miedo de
que pueda hacernos algún daño no llene mis días y mis noches.
-¿Cómo sabré que ha venido? -preguntó Sandridge.
-Cuando viene -dijo Tonia-, suele quedarse dos días, y
a veces tres. Gregorio, el hijo de la vieja Luisa, la lavandera, tiene una yegua
muy rápida. Te escribiré una carta, diciéndote cómo puedes atraparlo.
Gregorio te la llevará; no vengas solo, querido, y ten mucho cuidado, ya que la
serpiente de cascabel no es más rápida en su ataque que el Chivato, como llaman
a Kid, en "sacar".
-Kid es muy rápido con su revólver, desde luego
-admitió Sandridge-, pero cuando venga aquí a por él vendré solo. El capitán me
escribió unas cuantas cosas que me hicieron desear capturar a Kid sin la ayuda
de nadie. Hazme saber cuando llegue Mr. Kid, y yo me encargaré del resto.
-Te enviaré el mensaje por medio de Gregorio -dijo la
muchacha-. Sé que eres más valiente que aquel pequeño asesino, que nunca sonríe.
¿Cómo es posible que haya podido estar interesada por él?
El ranger se dispuso a regresar a su campamento. Antes
de montar en su caballo levantó a Tonia del suelo con un solo brazo y se
despidió cariñosamente de ella. La bochornosa tarde veraniega volvió a sumirse
en una profunda quietud. El humo del fuego que ardía en el jacal, donde los frijoles
hervían en la olla de hierro, surgía tan recto como una plomada por encima de la
chimenea de arcilla. Ningún sonido ni movimiento turbaba la calma que envolvía
al chaparral.
Cuando la forma de Sandridge hubo desaparecido, Kid se
deslizó hasta el lugar donde se hallaba su propio caballo, montó en él y
retrocedió por el tortuoso camino que había seguido al venir.
Pero no llegó muy lejos. Se detuvo a esperar en las
silenciosas profundidades del chaparral hasta que transcurrió media hora. Poco
después, Tonia oyó las notas desafinadas de su canción, cada vez más cerca; y
corrió hacia el lindero del chaparral para recibirlo.
Kid no sonreía casi nunca; pero sonrió y agitó su
sombrero cuando vio a Tonia. Desmontó, y la muchacha se echó en sus brazos. Kid
la contempló cariñosamente. Su rostro moreno, que habitualmente estaba tan
rígido como una máscara de arcilla, parecía sacudido por una corriente
subterránea de sentimientos.
-¿Cómo está mi muchacha? -preguntó, abrazándola.
-Enferma de tanto esperar, querido -respondió Tonia-.
Me duelen los ojos de tanto mirar hacia el chaparral, esperando verte aparecer.
Pero ahora estás aquí, amor mío, y soy completamente feliz. ¡Qué mal muchacho!
No venir a ver a su alma más a menudo... Entra y descansa; yo cuidaré de abrevar
a tu caballo y lo trabaré. En la jarra hay agua fresca para ti.
Kid la besó afectuosamente.
-No puedo permitir que una dama cuide de mi caballo
-dijo-. Pero si me preparas un poco de café mientras yo lo atiendo, chica, te
quedaré eternamente agradecido.
Además de su habilidad con el revólver, Kid poseía otra
cualidad por la que se admiraba mucho a sí mismo. Era muy caballero, como dicen
los mexicanos, en lo que respecta a las damas. Siempre las había tratado con el
mayor respeto. No podía hablarle rudamente a una mujer. Podía asesinar
despiadadamente a sus maridos y hermanos, pero era incapaz de alzar un dedo
contra una mujer. Muchas personas que lo habían tratado
superficialmente se mostraban reacias a creer las historias que circulaban
acerca de Mr. Kid. Y cuando les presentaban pruebas de algún hecho infamante
cometido por él, decían que tal vez lo habían obligado a
hacerlo, y que, de todos modos, sabía tratar a una dama.
Teniendo en cuenta ese aspecto de la idiosincrasia de
Kid y lo orgulloso que se sentía de él, no resulta difícil intuir que el
problema que se le planteaba después de lo que había visto y oído desde su
escondrijo aquella tarde (al menos en lo que respecta a uno de los actores) era
de los más peliagudos. Y, sin embargo, no cabía imaginar a Cisco Kid atosigado
por asunto de tan poca monta.
Después del breve crepúsculo, se reunieron alrededor de
una cena compuesta de frijoles, filetes de cabra,
melocotón en conserva y café, a la luz de un farol en el interior del jacal. Más
tarde, el antepasado se fumó un cigarrillo y se convirtió en una momia envuelta
en una manta gris. Tonia lavó los escasos platos mientras Kid los secaba con un
trozo de saco de harina. Los ojos de Tonia brillaban; charló volublemente de los
triviales acontecimientos que se habían producido en su pequeño mundo desde la
última visita de Kid; los mismos que en las anteriores visitas.
Luego salieron al exterior y Tonia se tendió en una
hamaca de hierba con su guitarra y cantó melancólicas canciones de amor.
-¿Sigues queriéndome igual, nena? -preguntó Kid, liando
un cigarrillo.
-Exactamente igual, amor mío -dijo Tonia, acariciándolo
con sus oscuros ojos.
Se produjo un corto silencio. Al cabo de un rato, Kid
se puso en pie y dijo:
-Voy a llegarme a casa de Fink para comprar tabaco.
Creí que llevaba otro paquete, pero se me ha terminado. Regresaré dentro de un
cuarto de hora.
-Date prisa -dijo Tonia-. Y, dime... ¿Cuánto vas a
quedarte esta vez? ¿Te irás mañana, dejándome con mi pesar, o te quedarás más
tiempo con tu Tonia?
-¡Oh! Esta vez puedo quedarme dos o tres días -dijo Kid
bostezando-. He estado huyendo durante un mes, y quiero descansar un poco.
Cuando regresó, al cabo de media hora, Tonia seguía
tendida en la hamaca.
-Me sucede una cosa muy rara -dijo el Kid-. Tengo la
sensación de que hay alguien emboscado detrás de los arbustos, dispuesto a
matarme. Nunca me había pasado una cosa así. Tendré que marcharme antes de que
amanezca. La región de Guadalupe está en ascuas desde que me cargué a aquel
viejo sheriff.
-No tendrás miedo... Nadie puede asustar a mi valiente.
-Bueno, hasta ahora nadie puede decir que soy un conejo
cuando llega el momento de dar la cara; pero no me gustaría tener complicaciones
mientras me encuentro en tu jacal. Podría perjudicarte a ti...
-Quédate con tu Tonia, aquí no te encontrará nadie.
Kid contempló pensativamente, a través de la oscuridad,
las lejanas luces del poblado mexicano.
-Ya hablaremos de eso más tarde -decidió.
A medianoche, un jinete se presentó en el campamento de
los rangers, gritando desaforadamente para señalar su presencia e indicar que
sus intenciones eran pacíficas. Sandridge y uno de sus hombres acudieron a su
encuentro. El jinete se presentó a sí mismo diciendo que se llamaba Domingo
Sales y vivía en el Lone Wolf Crossing. Traía una carta para el señor Sandridge.
La vieja Luisa, la lavandera, lo había convencido para
que la trajera, porque su hijo Gregorio estaba enfermo y no podía cabalgar.
Sandridge encendió un farol y leyó la carta.
"Querido mío:
Ya ha llegado. Apenas te habías marchado cuando se
presentó. Al principio, dijo que se quedaría dos o tres días. Luego, pareció
cambiar de idea y dijo que se marcharía antes de que amaneciera, y me habló de
un modo muy raro, como si sospechara que no le he sido fiel. Estoy muy asustada.
Le he jurado que lo amo, que sigo siendo su Tonia. Y él
me ha dicho que tengo que demostrarle que soy sincera. Cree que hay hombres
emboscados entre los arbustos, dispuestos a matarlo en
cuanto se marche del jacal. Para huir, dice que se pondrá mis ropas, la falda
roja, la blusa azul y la mantilla en la cabeza. Pero antes tengo que ponerme yo
sus pantalones, su camisa y su sombrero, y salir del jacal montada en su
caballo, dar unas vueltas por el chaparral y regresar. Así podrá ver si soy
sincera y si hay hombres emboscados en el chaparral para matarlo.
Es horrible. Eso será una hora antes de que amanezca. Ven, querido, y mata a ese
hombre. No trates de cogerlo vivo. Mátalo
en cuanto le eches la vista encima. No quiero que corras riesgos inútiles.
Puedes venir antes de la hora que te he indicado y esconderte en el pequeño
cobertizo que hay cerca del jacal, donde guardamos el carro y los arreos. Nadie
te verá. Él llevará mi falda roja, mi blusa azul y mi
mantilla negra. Te envío un millar de besos. Dispara contra él en cuanto le
eches la vista encima. Es lo más seguro. Siempre tuya,
Tonia."
Sandridge explicó rápidamente a sus hombres la parte
oficial de la misiva. Los rangers se mostraron reacios a dejarlo
marchar solo.
-Será coser y cantar -dijo el teniente-. La muchacha le
tiene bien atrapado. No podrá escapar.
Sandridge ensilló su caballo y cabalgó hacia el Lone
Wolf Crossing. Ató al animal detrás de un macizo de arbustos junto al arroyo,
cogió su Winchester y se acercó cautelosamente al jacal de Pérez. La luna, que
se encontraba en su cuarto menguante, quedaba oculta a intervalos detrás de unas
grandes nubes de color lechoso.
El cobertizo era un lugar excelente para apostarse; y
el teniente se acomodó en él. Tuvo que esperar casi una hora antes de que dos
figuras salieran del jacal. Una, vestida de hombre, montó rápidamente en el
caballo que estaba delante de la cabaña y emprendió un rápido galope en
dirección al poblado. La otra figura, vestida con una falda roja, una blusa azul
y una mantilla negra, permaneció en pie a la débil claridad de la luna,
contemplando al jinete que se alejaba. Sandridge pensó que sería mejor
aprovechar la ocasión antes de que Tonia regresara. Imaginaba que el espectáculo
no sería de su agrado.
-¡Arriba las manos! -ordenó, en voz alta, saliendo del
cobertizo con la culata del Winchester apoyada en el hombro.
La figura se volvió rápidamente, pero no hizo ningún
movimiento que demostrara que estaba dispuesta a obedecer; el ranger apretó el
gatillo una, dos, tres veces... y luego dos veces más. Tratándose de Cisco Kid,
había que asegurarse bien. A aquella distancia no podía fallar el tiro, ni
siquiera en la semioscuridad que lo rodeaba.
El viejo antepasado, dormido en su manta, se despertó
con el ruido de los disparos. Tendió el oído y escuchó el grito que profería un
hombre aquejado de un intenso dolor o de una enorme angustia, y se levantó
gruñendo contra las "tonterías de los modernos".
El alto y enrojecido fantasma de un hombre irrumpió en
el jacal, blandiendo una carta en una mano. Se acercó a la luz del farol y
gritó:
-¡Mire esta carta, Pérez! ¿Quién la ha escrito?
-¡Ah! Es el señor Sandridge -murmuró el viejo,
acercándose-. Pues, señor, esa carta la escribió el Chivato..., el novio de
Tonia. Dicen que es un hombre malo; yo no lo sé. Mientras Tonia dormía, escribió
la carta y le encargó a Domingo Sales que se la llevara a usted. ¿Ocurre algo?
Yo soy muy viejo y no sé nada. ¡Válgame Dios! Este mundo está cada día más loco;
y no hay nada en la casa para beber..., nada para beber.
Lo único que Sandridge pudo hacer fue salir del jacal y
dejarse caer boca abajo en el suelo, junto a su pequeño colibrí que ahora no
agitaba ni una sola de sus plumas. Sandridge no era caballero por instinto, y no
podía comprender los refinamientos de la venganza.
A una milla de distancia, el jinete que poco antes
había emprendido un rápido galope en dirección al poblado, rompió a cantar, con
voz de coyote acatarrado, una canción que empezaba con las siguientes palabras:
No bromees con
mi novia Lulú,
si no quieres tener un disgusto...
FIN |