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Dos o tres cosas yo deseaba saber. No me importa del misterio. Por
consiguiente, comencé a investigar.
Me llevó dos semanas averiguar qué llevan las mujeres en sus maletas. Y luego
comencé a preguntar por qué un colchón se hace de dos piezas. Esta seria
pregunta fue, al principio, recibida con sospechas, pues parecía una adivinanza.
Por fin, se me aseguró que su construcción está destinada a aliviar la tarea de
la mujer, que tiende la cama. Fui tan tonto como para insistir, rogando que me
informaran por qué entonces no se hacía en dos partes iguales, pregunta cuya
contestación fue evitada.
El tercer trago que pedí a la fuente del conocimiento fue que se me ilustrara
acerca de un personaje llamado Hombre de la Ciudad, pues era más vago en mi
mente de lo que puede ser un símbolo. Debemos tener una idea concreta de
cualquier cosa, aunque ésta sea una idea imaginaria, antes de poder
comprenderla. Ahora bien: poseo en mi mente una imagen de Juan del Pueblo, tan clara
como un grabado en acero. Sus ojos son azul claro; viste un chaleco marrón y un
saco de sarga negra. Siempre está parado al sol, masticando algo, y medio
cerrado su cortaplumas y abriéndola con su pulgar. Y, si el Hombre Superior se
encuentra alguna vez, les aseguro que será alto, pálido, con puños azules,
postizos, apareciendo de la manga, se sentará para que le lustren los zapatos
cerca del bullicio de una callejuela ventosa y habrá turquesas en algún sitio
cercano a él.
Pero el lienzo de mi imaginación, cuando se trataba de pintar al Hombre de la
Ciudad, estaba vacío. Yo lo imaginaba con algún destacable gesto (como la
sonrisa del gato de Cheshire) y puños postizos; eso era todo. Después interrogué
al respecto a un reportero de diario.
-Oh -me contestó-, un “Hombre de Ciudad” es algo entre un “calavera” y un
“clubman”. No es exactamente..., bueno, se ubica entre el tipo de los que
concurren a las recepciones de la señora Fish y los que asisten a los encuentros
privados de box. No..., bueno, no pertenece ni al Lotos Club ni a la Jerry Me
Geogheghan Galvanished Iron Worker’s Apprentice’s Left Hook Chowder Association.
No sé exactamente cómo describírselo. Usted lo verá donde quiera que se haga
algo. Sí, supongo que es un tipo. Se engalana todas las noches; conoce los
subterfugios; llama a todos los policías y porteros por el nombre. No; nunca
viaja con los derivados del hidrógeno. Usted lo encontrará generalmente solo, o
con otro hombre.
Mi amigo el reportero me dejó y yo seguí mi camino. Por entonces, las tres
mil ciento veintiséis luces eléctricas del Rialto estaban encendidas. La gente
pasaba, pero sin prestarme atención. Sus ojos emitían rayos hacia mí y me
dejaban tieso. Gentes que comían fuera de sus hogares, empleadas de casas de
comercio, hombres de confianza, mendigos, actores, salteadores de caminos,
millonarios y extranjeros, se apresuraban, saltaban, caminaban, se escurrían,
fanfarroneaban y huían precipitadamente a mi alrededor; mas yo no los advertía.
Los conocía a todos; había leído sus corazones, así es que habían prestado su
servicio. Deseaba hallar al Hombre de Ciudad, pues era un tipo y, dejarlo de
lado, sería cometer un error -tipográfico-, pero, ¡no!, continuemos.
Continuemos con una digresión moral. Satisface ver a una familia leyendo el
diario del domingo. Las secciones han sido separadas. El padre examina
concienzudamente la página que exhibe a una joven haciendo ejercicio frente a
una ventana abierta y flexionando...; pero, ¡vamos, vamos! La madre está
interesada en tratar de adivinar las letras que faltan en las palabras Nue...a
Yo...k. Las hijas mayores escudriñan con avidez las informaciones financieras,
pues cierto joven les dijo la noche del domingo que tomaría un rápido en Q. X. y
Z. Willie, el hijo de dieciocho años, que cursa estudios en la escuela pública
de Nueva York, está absorbido en el artículo semanal que describe la manera de
rehacer una falda vieja, pues espera ganar un premio en costura el día de los
exámenes. La abuela tiene el suplemento de chistes desde hace dos horas y la
pequeña Tottie, la hijita menor, se las averigua lo mejor que le es posible con
la página de las transferencias de bienes raíces. Este panorama pretende ser
tranquilizador, pues es aconsejable que algunas líneas de esta historia sean
pasadas por alto, ya que introducen una fuerte bebida.
Penetré en un café y mientras me preparaban una taza, interrogué al hombre
que toma sus sobras tan pronto como usted las deja, qué entendía por los
términos, epítetos, la descripción, designación, caracterización o el nombre, de
“Hombre de Ciudad”.
-¡Caramba -exclamó cuidadosamente-, es un tipo despierto, vivo para la
actividad nocturna, ¿comprende? Es un rico tipo con quien usted no puede dar en
ningún lado entre los Flatirons, ¿comprende? Creo que eso es, más o menos.
Le agradecí la información y partí.
En la acera, una muchachita del Ejército de Salvación golpeó cortésmente su
alcancía contra el bolsillo de mi saco.
-¿Tendría inconveniente usted en decirme -le interrogué- si encontró alguna
vez un personaje comúnmente denominado “Hombre de Ciudad”, durante su cotidiano
deambular ?
-Creo que sé a quien se refiere usted -contestó la muchacha dibujando una
sonrisa cortés-. Los vemos en los mismos sitios noche tras noche. Son la guardia
de corps del diablo y, si los soldados de cualquier ejército son tan fieles como
ellos, sus comandantes deben de estar bien atendidos. Nosotras nos mezclamos
entre ellos, distrayendo algunos centavos de sus perversidades para el servicio
del Señor.
Volvió a agitar la alcancía y yo deposité diez centavos.
Frente a un lujoso hotel, un amigo mío, que es crítico, descendió de un
coche. Parecía desocupado, de manera que le formulé mi pregunta. Me contestó
conscientemente, como yo estaba seguro de que lo haría.
-Existe un tipo de “Hombre de Ciudad” en Nueva York -me repuso-. La expresión
me es muy familiar, pero creo que nunca me he visto en la obligación de
definirlo. Sería difícil señalarle un espécimen exacto. Yo diría, por lo pronto,
que es un hombre que constituye un desesperado caso de la enfermedad peculiar de
Nueva York; la de desear ver y saber todo. La vida empieza para él a las 6.
Sigue en forma rígida los convencionalismos de la ropa y los modales; en el
deseo de meter la nariz en todas partes donde no lo llaman, sería capaz de dar
instrucciones a un gato de algalia o a un grajo. Es un hombre que ha ido tras la
bohemia por toda la ciudad, desde los sótanos de los restaurantes al roof garden
y desde la calle Hester a Harlem, hasta que usted no puede encontrar un solo
sitio en la ciudad, en el cual él no corte los tallarines con un cuchillo. Eso
es lo que hace el “Hombre de la Ciudad”. Siempre anda al olor de algo nuevo. Es
la curiosidad, el atrevimiento y la omnipresencia en persona. El cabriolé ha
sido hecho para él y los cigarros con anillo de oro, y la maldición de la música
a la hora de la comida. No hay muchos, pero su informe de la minoría se adopta
por doquier.
“Me alegro de que usted haya puesto sobre el tapete el tema; yo he
experimentado la influencia de este pulgón nocturno sobre nuestra ciudad, pero
nunca se me ocurrió analizarlo antes. Ahora me doy cuenta de que el “Hombre de
la Ciudad” debería haber sido clasificado hace mucho tiempo.
"En su vigilia surgen agentes de vino y modelos de capas, y La orquesta
ejecuta "Vamos todos a casa de Maud" para él, a pedido, en lugar de las obras de
Handel. Todas las noches hace su recorrida, mientras que usted y yo vemos el
elefante una vez por semana. Cuando incursiona en la cigarrería hace una guiñada
al policía familiarizado con su terreno, y se marcha inmune, mientras usted y yo
buscamos nombres entre loa presidentes y domicilios entre las estrellas para
darlos en la comisaría."
Mi amigo, el crítico, se detuvo para tomar aliento y adquirir nueva
elocuencia. Yo aproveché mi oportunidad.
-Tú lo has clasificado -grité con alegría-. Has pintado su retrato en la
galería de los tipos de la ciudad. Pero quiero encontrar uno cara a cara; hacer
un estudio de primera mano del “Hombre de la Ciudad”. ¿Dónde puedo encontrarlo ?
¿Cómo lo conoceré?
Sin demostrar haberme oído, el crítico continuó. Y, mientras tanto, el
cochero esperaba que le pagasen.
-Es la quintaesencia del Entremetimiento; el refinado e intrínseco extracto
del que se introduce en medio de las dificultades; el concentrado, purificado,
irrefutable, inevitable espíritu de la Curiosidad y la Indiscreción. El aire que
penetra por las ventanas de su nariz constituye para él una nueva sensación;
cuando su experiencia se ha agotado explora nuevos campos en la forma incansable
de un...
-Discúlpame -lo interrumpí-, pero, ¿puedes presentarme un ejemplo de este
tipo? Para mí es algo nuevo. Quiero estudiarlo. Registraré la ciudad hasta dar
con él. Su residencia debe estar aquí, en Broadway.
-Estoy por cenar aquí -dijo mi amigo-. Ven conmigo y, si encuentro algún
Hombre de la Ciudad, te lo señalaré de inmediato. Conozco a la mayor parte de los
parroquianos.
-Yo no voy a comer todavía -le contesté-. Me disculparás, pues. Esta noche
voy a buscar al Hombre de la Ciudad, aunque tenga que escudriñar Nueva York
desde Battery hasta Little Coney Island.
Abandoné el hotel y caminé Broadway abajo. La búsqueda de mi tipo imprimía un
agradable sabor de vida e interés al aire que yo respiraba. Me sentía contento
de hallarme en una ciudad tan grande, tan compleja y diversificada. Caminé
descuidadamente y con cierto aire; el corazón se me ensanchaba ante la idea de
que era un ciudadano del gran Gotham, que compartía sus placeres y
magnificencias, y participaba de su gloria y prestigio.
Me di vuelta para cruzar la calle. Oí un zumbido como de abejas, y luego di
un largo y agradable paseo con Santos Dumont.
Cuando abrí los ojos recordé un olor a gasolina y dije en voz alta:
-¿No ha pasado todavía?
La enfermera de un hospital me colocó su mano, que no era particularmente
suave, sobre la frente, que no la tenía del todo afiebrada. Se acercó sonriendo
un joven médico, y me entregó un diario de la mañana.
-¿Quiere saber cómo ocurrió ? -me interrogó alegremente.
Leí el artículo. El contenido de sus titulares comenzaba en el momento en que
dejé de oír el zumbido, la noche anterior. Terminaba con estas líneas:
"...el hospital Bellevue, donde se dice que sus heridas
no son serias. Parece ser un típico Hombre de la Ciudad".
FIN
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