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Había casi terminado sus estudios eclesiásticos. Mañana
sería ordenado, mañana alcanzaría la unión completa y mística con el Señor que
apasionadamente había deseado. Durante su estudiosa juventud había sido
aleccionado para esperarla día tras día; él había tenido la esperanza de
alcanzarla a través de la confesión, a través de la charla con aquellos que
parecían haberla alcanzado; mediante una vida de expiación y de negación de sí
mismo hasta que los fuegos terrenales que lo atormentaban se extinguieran con el
tiempo. Deseaba apasionadamente la mitigación y cesación del hambre y de los
apetitos de su sangre y de su carne, los cuales, según le habían enseñado, eran
perniciosos: esperaba algo como el sueño, un estado que habría de alcanzar y en
el cual las voces de su sangre serían aquietadas. 0, mejor aún, domeñadas. Que,
cuando menos, no lo conturbaran más; un plano elevado en el que las voces se
perderían, sonarían cada vez más débiles y pronto no serían sino un eco carente
de sentido entre los desfiladeros y las cumbres mayestáticas de la Gloria de
Dios.
Pero no lo había alcanzado. En el seminario, tras una
charla con un sacerdote, solía volver a su dormitorio en un éxtasis espiritual,
un estado emocional en el cual su cuerpo no era sino un letrero con un mensaje
llameante que habría de agitar el mundo. Y veía aliviadas sus dudas; no
albergaba duda ni tampoco pensamiento. La finalidad de la vida estaba clara:
sufrir, utilizar la sangre y los huesos y la carne como medios para alcanzar la
gloria eterna, algo magnífico y asombroso, siempre que se olvide que fue la
historia y no la época quien creó los Savonarola y los Thomas Becket. Ser de los
elegidos, pese a las hambres y las roeduras de la carne, alcanzar la unión
espiritual con el Infinito, morir, ¿cómo podía compararse con esto el placer
físico anhelado por su sangre?
Pero, una vez entre sus compañeros seminaristas, ¡cuán
pronto olvidaba todo aquello! Los puntos de vista y la insensibilidad de sus
condiscípulos eran un enigma para él. ¿Cómo podía alguien a un tiempo pertenecer
y no pertenecer al mundo? Y la pavorosa duda de que acaso se estaba perdiendo
algo, de que acaso, después de todo, fuera cierto que la vida se limitaba sólo a
lo que uno pudiera obtener en los breves setenta años que al hombre caben.
¿Quién lo sabía? ¿Quién podía saberlo? Existía el cardenal Bembo, que vivió en
Italia en una era semejante a plata, semejante a una flor imperecedera, y que
creó un culto al amor más allá de la carne, esquilmado de las torturas de la
carne. Pero ¿no sería esto sino una excusa, sino un paliativo a los terribles
miedos y dudas? ¿No era la vida de aquel hombre apasionado y hacía tanto tiempo
muerto semejante a la suya; un tejido de miedo y duda y una apasionada
persecución de algo bello y excelso? Sólo que algo bello y excelso significaba
para él no una Virgen sosegada por el dolor y fijada como una bendición
vigilante en el cielo del oeste, sino una criatura joven y esbelta e indefensa y
(en cierto modo) herida, que había sido sorprendida por la vida y utilizada y
torturada; una pequeña criatura de marfil despojada de su primogénito, que alza
los brazos vanamente en la tarde que declina. Para decirlo de otro modo, una
mujer, con todo lo que en una mujer hay de apasionada persecución del hoy, del
instante mismo; pues sabe que el mañana tal vez no llegue nunca y que sólo el
hoy importa, porque el hoy es suyo. Se ha tomado una niña y se ha hecho de ella
el símbolo de los viejos pesares del hombre, pensó, y también yo soy un niño
despojado de su niñez.
La tarde era como una mano alzada hacia el oeste; cayó
la noche, y la luna nueva se deslizó como un barco de plata por un verde mar. Se
sentó sobre su catre y se quedó mirando hacia el exterior, mientras las voces de
sus compañeros se iban mitigando a su pesar con la magia del crepúsculo. El
mundo sonaba afuera, y se eclipsaba; tranvías y taxímetros y peatones. Sus
compañeros hablaban de mujeres, de amor, y él se dijo a sí mismo: ¿Pueden estos
hombres llegar a ser sacerdotes y vivir en la abnegación y en la ayuda a la
humanidad? Sabía que podían, y que lo harían, lo cual era más duro. Y recordó
las palabras del padre Gianotti, con quien no estaba de acuerdo:
-A través de la historia el hombre ha fomentado y
creado circunstancias sobre las que no tiene control. Y lo único que podrá hacer
es dar forma a las velas con las que capeará el temporal que él mismo ha
provocado. Y recuerden: la única cosa que no cambia es la risa. El hombre
siembra, y recoge siempre tragedia; pone en la tierra semillas que valora en
mucho, que son él mismo, ¿y cuál es su cosecha? Algo acerca de lo cual no ha
podido aprender nada, algo que lo supera. El hombre sabio es aquel que sabe
retirarse del mundo, cualquiera que sea su vocación, y reír. Si tienes dinero,
gástalo: ya no tienes dinero. Sólo la risa se renueva a sí misma como la copa de
vino de la fábula.
Pero la humanidad vive en un mundo de ilusión, utiliza
sus insignificantes poderes para crear en torno un lugar extraño y estrafalario.
Lo hacía también él mismo, con sus afirmaciones religiosas, al igual que sus
compañeros con su charla eterna sobre mujeres. Y se preguntó cuántos sacerdotes
de vida casta y dedicados a aliviar el sufrimiento humano serían vírgenes, y si
el hecho de la virginidad supondría alguna diferencia. Sin duda sus compañeros
no eran castos; nadie que no haya tenido relación con mujeres puede hablar de
ellas tan familiarmente; y sin embargo, llegarían a ser buenos sacerdotes. Era
como si el hombre recibiera ciertos impulsos y deseos sin ser consultado por el
autor de la donación, y el satisfacerlos o no dependiera exclusivamente de él
mismo. Pero él no era capaz de decidir en tal sentido; no podía creer que los
impulsos sexuales pudieran desbaratar la filosofía global de un hombre, y que
sin embargo pudieran ser aquietados de ese modo. “¿Qué es lo que quieres?”, se
preguntó. No lo sabía: no era tanto el deseo particular de alguna cosa cuanto el
temor de perder la vida y su sentido por culpa de una frase, de unas palabras
vacías, sin ningún significado. “Ciertamente, en razón de mi ministerio,
deberías saber cuán poco significan las palabras”.
¿Y en caso de que hubiera algo latente, alguna
respuesta al enigma del hombre al alcance de la mano pero que él no pudiera ver?
“El hombre desea pocas cosas aquí abajo”, pensó. ¡Pero perder lo poco que tiene!
El pasear por las calles no hizo que viera más claro su
problema. Las calles estaban llenas de mujeres: chicas que volvían del trabajo;
sus cuerpos jóvenes y airosos se hacían símbolos de gracia y de belleza, de
impulsos anteriores al cristianismo.“¿Cuántas de ellas tendrán amantes? -se
preguntó-. Mañana me mortificaré, haré penitencia por esto mediante la oración y
el sacrificio, pero ahora abrigaré estos pensamientos en los que ha tanto tiempo
he deseado pensar”.
Había chicas por doquier; sus delgadas ropas daban
forma a su paso en la Calle Canal. Chicas que iban a casa para almorzar -el
pensamiento de la comida entre sus dientes blancos, de su placer físico al
masticar y digerir los alimentos, encendió todo su ser-, para fregar en la
cocina; chicas que iban a vestirse y a salir a bailar en medio de sensuales
saxofones y baterías y luces de colores, que mientras duraba la juventud tomaban
la vida como un coctel de una bandeja de plata; chicas que se sentaban en casa y
leían libros y soñaban con amantes a lomos de caballos con arreos de plata.
“¿Es juventud lo que quiero? ¿Es la juventud que hay en
mí y que clama hacia la juventud en otros seres lo que me conturba? Entonces,
¿por qué no me satisface el ejercicio, la contienda física con otros jóvenes de
mi sexo? ¿0 es la Mujer, el femenino sin nombre? ¿Habrá de venirse abajo en este
punto toda mi filosofía? Si uno ha venido al mundo a padecer tales compulsiones,
¿dónde está mi Iglesia, dónde esa mística unión que me ha sido prometida? ¿Y qué
es lo que debo hacer: obedecer estos impulsos y pecar, o reprimirlos y verme
torturado para siempre por el temor de que en cierto modo he desperdiciado mi
vida en aras de la abnegación?”.
“Purificaré mi alma”, se dijo. La vida es más que eso,
la salvación es más que eso. Pero oh, Dios, oh, Dios, ¡la juventud está tan
presente en el mundo! Está por doquiera en los jóvenes cuerpos de chicas
embotadas por el trabajo, sobre máquinas de escribir o tras mostradores de
tiendas, de chicas al fin evadidas y libres que exigen la herencia de la
juventud, que hacen subir sus ágiles y suaves cuerpos a los tranvías, cada una
con quién sabe qué sueño. “Salvo que el hoy es el hoy, y que vale mil mañanas y
mil ayeres”, exclamó.
“Oh, Dios, oh, Dios. ¡Si al menos fuera ya mañana!
Entonces, seguramente, cuando haya sido ordenado y me convierta en un siervo de
Dios, hallaré consuelo. Entonces sabré cómo dominar estas voces que hay en mi
sangre. Oh, Dios, oh, Dios, ¡si al menos fuera ya Mañana!”
En la esquina había una expendeduría de tabaco: había
hombres comprando, hombres que habían finalizado su jornada de trabajo y volvían
a sus casas, donde les esperaban suculentas comidas, esposas, hijos; o a cuartos
de soltero para prepararse y acudir a citas con prometidas o amantes; siempre
mujeres. Y yo, también, soy un hombre: siento como ellos; yo, también,
respondería a blandas compulsiones.
Dejó la Calle Canal; dejó los parpadeantes anuncios
eléctricos que habrían de llenar y vaciar el crepúsculo, inexistentes a sus ojos
y por lo tanto sin luz, lo mismo que los árboles son verdes únicamente cuando
son mirados. Las luces llamearon y soñaron en la calle húmeda, los ágiles
cuerpos de las chicas dieron forma a su apresuramiento hacia la comida y la
diversión y el amor; todo quedaba a su espalda ahora; delante de él, a lo lejos,
la aguja de una iglesia se alzaba como una plegaria articulada y detenida contra
la noche. Y sus pisadas dijeron: “¡Mañana! ¡Mañana!”.
Ave María, deam gratiam... torre de marfil, rosa
del Líbano... |