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La conversación giraba en torno a los crímenes que
quedaban sin resolver y sin castigo. Cada uno por turno dio su opinión: el
coronel Bantry, su simpática y gordezuela esposa, Jane Helier, el doctor Lloyd e
incluso la señorita Marple. El único que no habló fue el que, en opinión de la
mayoría, estaba más capacitado para ello. Don Henry Clithering, ex comisionado
de Scotland Yard, permanecía silencioso, retorciéndose el bigote o, más bien
dicho, tirando de él, y con una media sonrisa en los labios, como si le
divirtiera algún pensamiento.
-Don Henry -le dijo finalmente la señora Bantry-, si no
dice usted algo, gritaré. ¿Hay muchos crímenes que quedan impunes?
-Usted piensa en los titulares de la prensa, señora
Bantry: SCOTLAND YARD FRACASA DE NUEVO y, a continuación, la lista de crímenes
sin resolver.
-Que en realidad debe ser un porcentaje muy pequeño,
supongo -dijo el doctor Lloyd.
-Sí, los cientos de crímenes que se resuelven y los
responsables castigados rara vez se pregonan. Pero eso no es precisamente lo que
discutimos. Los crímenes no descubiertos y los crímenes que quedan impunes son
dos cosas por completo distintas. En la primera categoría entran todos los
crímenes de los que Scotland Yard ni siquiera ha oído hablar, los que nadie ni
siquiera sabe que se han cometido.
-Pero supongo que no debe haber muchos de ésos -dijo la
señora Bantry.
-¿No?
-¡Don Henry! ¿No querrá usted decir que sí los hay?
-Yo creo -dijo la señorita Marple pensativa- que debe
de haber muchísimos.
La encantadora anciana, con su aire tranquilo y
anticuado, hizo esta declaración con la mayor placidez.
-Mi querida señorita Marple... -empezó el coronel
Bantry.
-Claro que muchas personas son estúpidas -dijo la
señorita Marple-. Y a las personas estúpidas se las descubre hagan lo que hagan.
Pero también hay muchas que no lo son y uno se estremece al pensar lo que serían
capaces de hacer de no tener principios muy arraigados.
-Sí -replicó don Henry-, hay muchísimas personas que no
son estúpidas. Muchas veces un crimen llega a descubrirse por un fallo
insignificante y uno no deja de hacerse siempre la misma pregunta. De no haber
sido por aquel fallo, ¿hubiese llegado a descubrirse?
-Pero esto es muy serio, Clithering -dijo el coronel
Bantry-, pero que muy grave.
-¿De veras?
-¿Pero qué dice usted? ¡Lo es! Claro que es serio.
-Usted dice que hay crímenes que quedan impunes, pero
¿es eso cierto? Tal vez no reciban el castigo de la ley, pero la causa y el
efecto actúan aun fuera de la ley. Decir que cada crimen conlleva su propio
castigo parecerá muy tópico y, no obstante, en mi opinión, nada hay más cierto.
-Tal vez -dijo el coronel Bantry-, pero eso no altera
la gravedad.., la gravedad...
Se detuvo desorientado.
Don Henry Clithering sonrío.
-El noventa y nueve por ciento de la gente sin duda
comparte su opinión -comentó-. Pero, ¿sabe usted?, no es la culpabilidad lo
importante, sino la inocencia. Eso es lo que nadie aprecia.
-No lo entiendo -exclamó Jane Helier.
-Yo sí -replicó la señorita Marple-. Cuando la señora
Trent descubrió que le faltaba media corona que llevaba en el bolso, la persona
más afectada fue la asistenta, la señora Arthur. Desde luego los Trent pensaron
que había sido ella, pero eran buenas personas y, como sabían que tenía una
familia numerosa y un marido aficionado a la bebida, pues... naturalmente no
quisieron tomar medidas extremas. Pero cambiaron totalmente su actitud hacia
ella. Ya no la dejaban al cuidado de la casa cuando se ausentaban y otras
personas empezaron a comportarse con ella de un modo semejante. Y luego se
descubrió de pronto que había sido la institutriz. La señora Trent la descubrió,
a través de una puerta que se reflejaba en un espejo, por pura casualidad, a la
que yo prefiero llamar Providencia. Y creo que eso es lo que quiere decir don
Henry. La mayoría de las personas se hubieran interesado únicamente por saber
quién cogió el dinero, que resultó ser la más insospechada, como en las novelas
policíacas. Pero, para quien realmente era importante, casi cuestión de vida o
muerte, descubrir la verdad era para la señora Arthur, que no había hecho nada.
Eso es lo que quiso usted decir, ¿verdad, don Henry?
-Sí, señorita Marple, ha dado usted en el clavo. La
asistenta de su historia tuvo suerte en el caso que ha expuesto: se demostró su
inocencia. Pero algunas personas pueden pasar toda su vida oprimidas por el peso
de una sospecha completamente injusta.
-¿Se refiere usted a algún caso en particular, don
Henry? -preguntó la señora Bantry con astucia y con verdadera curiosidad.
-Pues, a decir verdad, sí, señora Bantry. Uno muy
curioso. Un caso en el que pensábamos que se había cometido un crimen, pero no
teníamos la más remota posibilidad de probarlo.
-Veneno, supongo -exclamó Jane-. Algo que no deja
rastro.
El doctor Lloyd se removió inquieto y don Henry negó
con la cabeza.
-No, querida señorita. ¡No fue el veneno secreto de las
flechas de los indios sudamericanos! ¡Ojalá hubiera sido algo así! Tuvimos que
habérnoslas con algo mucho más prosaico, tanto, que no cabe la esperanza de dar
con el responsable. Un anciano que se cayó por la escalera y se desnucó, uno de
tantos accidentes, lamentables accidentes, que ocurren a diario.
-¿Y que sucedió en realidad?
-¿Quién puede decirlo? -don Henry se encogió de
hombros-. ¿Lo empujaron por detrás? ¿Ataron un cordón de lado a lado de la
escalera, que luego fue quitado cuidadosamente? Eso nunca lo sabremos.
-Pero usted cree que... bueno, que no fue un accidente
¿Por qué? -quiso saber el médico.
-Ésa es una historia bastante larga, pero... bueno, sí,
estamos casi seguros. Como les digo, no hay posibilidad de poder culpar a nadie,
las pruebas serían demasiado vagas. Pero el caso se puede mirar también desde
otra perspectiva, la que mencionaba antes. Cuatro son las personas que pudieron
hacerlo. Una es culpable, pero las otras tres son inocentes. Y, a menos que se
averigüe la verdad, permanecerán bajo la terrible sombra de la duda.
-Creo -dijo la señora Bantry- que será mejor que nos
cuente usted toda la historia.
-En realidad no creo que sea necesario que me extienda
tanto -replicó don Henry-. Puedo resumir el principio. Es sobre una sociedad
secreta alemana: "La Mano Vengadora", algo parecido a la Camorra o a la idea que
la gente tiene de ella. Una organización dedicada a la extorsión y el
terrorismo. La cosa empezó repentinamente después de la guerra y se extendió con
sorprendente rapidez, y fueron numerosas las víctimas de la organización. Las
autoridades no pudieron con ella, porque sus secretos eran guardados celosamente
y era casi imposible encontrar a nadie que quisiera traicionarlos.
"En Inglaterra no se oyó hablar mucho de ella, pero en
Alemania estaba causando un efecto paralizador Finalmente fue disuelta gracias a
los esfuerzos de un hombre, un tal doctor Rosen, que en un tiempo fue un miembro
notable del Servicio Secreto. Se hizo miembro de la sociedad, se infiltró en sus
círculos más íntimos y fue, tal como les digo, el instrumento que la desmoronó.
"Pero, en consecuencia, se convirtió en un hombre
marcado y se consideró prudente que abandonara Alemania, al menos durante algún
tiempo. Se vino a Inglaterra y fuimos informados por la policía de Berlín. Se
entrevistó personalmente conmigo y advertí enseguida lo resignado de su actitud.
No le cabía la menor duda de lo que le reservaba el futuro.
"-Me cogerán, don Henry -me dijo-, no cabe la menor
duda. -Era un hombre alto, de hermosas facciones y voz profunda, que sólo
delataba su nacionalidad por su ligera pronunciación gutural-. Es una conclusión
inevitable. No me importa, estoy preparado. Ya afronté ese riesgo al emprender
esta empresa. He hecho lo que me propuse. La organización no podrá volver a
levantarse, pero quedan muchos de sus miembros en libertad y se vengarán de la
única manera que pueden: con mi vida. Es sólo cuestión de tiempo, pero desearía
alargarlo lo más posible. Estoy reuniendo y preparando material muy interesante,
el resultado de toda una vida de trabajo. Y si fuera posible, me gustaría poder
completar mi tarea.
"Habló con sencillez, pero con cierta grandeza que no
pude dejar de admirar. Le dije que tomaríamos toda clase de precauciones, pero
no me dejó insistir
"-Algún día, más pronto o más tarde, me cogerán
-repetía-. Y cuando ese día llegue, no se preocupe. No me cabe la menor duda de
que habrá hecho todo lo posible por evitarlo.
"Luego me expuso sus proyectos, que eran bastante
sencillos. Se proponía adquirir una casita en el campo donde vivir
tranquilamente y continuar su trabajo. Por fin escogió un pueblecito de Somerset,
King’s Gnaton, situado a unas siete millas de la estación de ferrocarril y
singularmente preservado de la civilización. Compró una casita preciosa en la
que llevó a cabo algunas reformas y mejoras, y se instaló en ella muy contento,
acompañado de su sobrina Greta, un secretario, una vieja criada alemana que le
había servido fielmente durante casi cuarenta años y un mañoso jardinero
externo, que era nativo de King’s Gnaton."
-Los cuatro sospechosos -comentó el señor Lloyd con voz
apagada.
-Exacto, los cuatro sospechosos. No hay mucho más que
decir. La vida transcurrió apaciblemente en King’s Gnaton durante cinco meses y
entonces ocurrió la desgracia. El doctor Rosen se cayó una mañana por la
escalera y fue hallado muerto media hora más tarde. En el momento en que debió
ocurrir el accidente, Gertrud estaba en la cocina con la puerta cerrada y no oyó
nada, o por lo menos eso dijo. la señorita Greta estaba en el jardín plantando
unos bulbos, también según dijo. El jardinero, Dobbs, estaba en el cobertizo,
desayunando, según dijo. Y el secretario había ido a dar un paseo y tampoco
tenemos otra cosa mejor que su palabra.
"Ninguno de ellos tiene una coartada ni es capaz de
atestiguar la declaración de los demás. Pero una cosa es cierta: nadie del
exterior pudo hacerlo ya que la presencia de un extraño hubiera sido advertida
con seguridad en el pueblecito de King’s Gnaton. La puerta principal y la de
atrás estaban cerradas, y cada uno de los habitantes de la casa tenía su llave.
De modo que ya ven que los sospechosos se reducen a estos cuatro: Greta, la hija
de su propio hermano; Gertrud, que llevaba cuarenta años sirviéndole fielmente;
Dobbs, que nunca había salido de King’s Gnaton, y Charles Templeton, el
secretario."
-Sí -intervino el coronel Bantry-. ¿Qué nos dice de él?
A mí me parece el más sospechoso. ¿Qué sabía usted de él?
-Pues lo que sé de él es lo que lo deja completamente
al margen de sospechas, por lo menos de momento -dijo don Henry en tono grave-.
Charles Templeton era uno de mis hombres.
-¡Oh! -exclamó el coronel Bantry visiblemente
sorprendido.
-Sí, quise tener a alguien en la casa y que al mismo
tiempo no llamara la atención en el pueblo. Rosen realmente necesitaba un
secretario y yo le proporcioné a Templeton. Es un caballero, habla alemán a la
perfección y es, en conjunto, un tipo muy capacitado.
-Pues entonces, ¿de quién sospecha usted? -preguntó la
señora Bantry con extrañeza-. Todos parecen tan... buenos y tan inocentes.
-Sí, eso parece, pero podemos considerar el caso desde
un ángulo distinto. Fraülein Greta era su sobrina y una muchacha encantadora,
pero la guerra nos ha demostrado a menudo que un hermano puede volverse contra
su hermana, un padre contra su hijo, etcétera, etcétera, y que las más
encantadoras y gentiles jovencitas eran capaces de cosas sorprendentes. Lo mismo
puede aplicarse a Gertrud y quién sabe qué otros factores pudieron obrar en su
caso. Tal vez una disputa con su señor, un creciente resentimiento más intenso
debido a los largos años de fidelidad. Las mujeres que tienen tantos años y
pertenecen a esa clase, algunas veces pueden vivir increíblemente amargadas. ¿Y
Dobbs? ¿Queda eliminado por no tener relación alguna con la familia? Con dinero
se consiguen muchas cosas. Pudieron aproximarse a él de algún modo y sobornarlo.
"Una cosa parece segura: debió llegar algún mensaje u
orden del exterior. De otro modo, ¿por qué aquellos cinco meses de espera? No,
los agentes de "La Mano Vengadora" debieron estar trabajando. No estarían
seguros de la perfidia de Rosen y debieron retrasar su venganza hasta asegurarse
de su posible traición sin ninguna duda. Luego, cuando verificaron sus
sospechas, debieron enviar su mensaje al espía que tenían dentro de su misma
casa. El mensaje que decía: «Mata»."
-¡Qué horror-! -dijo Jane Helier con un
estremecimiento.
-Pero ¿cómo llegaría el mensaje? Ese es el punto que
traté de aclarar como única esperanza para resolver el misterio. Una de esas
cuatro personas debió de ser abordada por alguien o comunicarse con ellos
de alguna manera. La orden debía ser ejecutada, lo sabía muy bien, tan pronto
como fuera recibido el aviso. Era la peculiaridad de "La Mano Vengadora".
"Me puse a trabajar de una forma que probablemente les
parecerá ridículamente meticulosa. ¿Quiénes habían estado en la casa aquella
mañana? No descarté a nadie. Aquí está la lista."
Y sacando un sobre de su bolsillo, escogió un papel
entre los que contenía.
-El carnicero, que trajo la carne de ternera. Hice
averiguaciones y resultaron exactas.
"El chico del colmado trajo un paquete de harina de
maíz, dos libras de azúcar; una de mantequilla y otra de café. Fueron
investigados y resultaron correctos.
"El cartero trajo dos circulares para la señorita Rosen,
una carta de la localidad para Gertrud, tres para el doctor Rosen, una con sello
extranjero, y dos para el señor Templeton, una de ellas también con sello
extranjero."
Don Heniy hizo una pausa y luego extrajo varios
documentos del sobre.
-Tal vez les interese verlos. Me fueron entregados por
los interesados o bien recogidos de la papelera. No necesito decirles que fueron
examinados por expertos para ver si se encontraban en ellos rastros de tinta
invisible, etc., etc. No se ha encontrado nada.
Todos se acercaron para mirar Las catálogos para la
señorita Rosen eran de un jardinero y de un establecimiento de peletería de
Londres muy importante. El doctor Rosen recibió una factura de las semillas
compradas a un jardinero local para su jardín y otra de una papelería de
Londres. La carta dirigida a él decía lo siguiente:
Mi querido Rosen:
Acabo de regresar de la finca del señor Helmuth
Spath. El otro día vi a Udo Johnson. Había venido para visitar a Ronald Periy,
y me dijo que él y Edgar Jackson acaban de llegar de Tsingtau. Con toda
Ecuanimidad, no puedo decir que envidie su viaje. Envíame pronto noticias
tuyas. Como ya te dije antes: guárdate de cierta persona. Ya sabes a quién me
refiero, aunque no estés de acuerdo conmigo. Tuya,
Georgine
-El correo del señor Templeton consistía en esta
factura que como ustedes ven enviaba su sastre y una carta de un amigo de
Alemania -prosiguió don Henry-. Esta última, desgraciadamente, la rompió durante
su paseo. Y por último tenemos la carta que recibió Gertrud.
Querida señora Smvartz:
Esperamos que pueda usted asistir a la reunión del
viernes por la noche. El vicario dice que tiene la esperanza de que vendrá y
será usted bienvenida. La receta de tocineta era estupenda y le doy las
gracias por ella. Confío en que se encuentre bien de salud y podamos verla el
viernes.
Queda de usted afectísima.
Emma Greene
El doctor Lloyd sonrió afablemente, al igual que la
señora Bantry.
-Creo que esta última carta puede eliminarse -dijo el
doctor.
-Yo opino lo mismo -replicó don Henry-, pero tomé la
precaución de comprobar que existía esa tal señora Greene y que se celebraba la
reunión. Ya saben, nunca está de más ser precavido.
-Esto es lo que dice siempre nuestra amiga la señorita
Marple -comentó el doctor Lloyd sonriendo-. Está usted ensimismada, señorita
Marple. ¿En qué piensa?
La aludida se sobresaltó.
-¡Qué tonta soy! -exclamó-. Me estaba preguntando por
qué en la carta del doctor Rosen la palabra Ecuanimidad estaba escrita con
mayúscula.
La señora Bantry exclamó:
-Es cierto. ¡Oh!
-Sí querida -respondió la señorita Marple-. ¡Pensé que
usted lo notaría!
-En esa carta hay un aviso definitivo -dijo el coronel
Bantry-. Es lo primero que me llamó la atención. Me fijo más de lo que ustedes
creen. Sí, un aviso definitivo... ¿contra quién?
-Hay algo muy curioso con respecto a esa carta -explicó
don Henry-. Según Templeton, el doctor Rosen la abrió durante el desayuno y se
la alargó diciendo que no sabía quién podía ser aquel individuo.
-¡Pero si no era un hombre! -dijo Jane Helier-. ¡Está
firmada por una tal «Georgina»!
-Es difícil decirlo -dijo el doctor Lloyd-. Tal vez el
nombre sea Georgey y no Georgina, aunque parezca más bien lo contrario. En todo
caso, resulta un tanto chocante, porque esta letra no parece de mujer
-Eso es igualmente curioso -dijo el coronel Bantry-,
que la enseñara fingiendo no saber quién se la escribía. Tal vez pretendía
observar la reacción de alguien al verla, pero ¿de quién?, ¿del chico o de ella?
-¿Tal vez de la cocinera? -insinuó la señora Bantry-.
Quizá se encontrase en la habitación sirviendo el desayuno. Pero lo que no
comprendo es... es muy curioso que...
Frunció el entrecejo contemplando la carta. La señorita
Marple se acercó a ella y, señalando la hoja de papel con un dedo, cuchichearon
entre sí.
-Pero, ¿por qué rompió la otra carta el secretario?
-preguntó Jane Helier de pronto-. Parece... ¡oh! No sé... parece extraño. ¿Por
qué había de recibir cartas de Alemania? Aunque, claro, si como usted dice está
por encima de toda sospecha...
-Pero don Henry no ha dicho eso -replicó la señorita
Marple a toda prisa, abandonando su conversación con la señora Bantry-. Ha dicho
que los sospechosos son cuatro. De modo que incluye a el señor Templeton. ¿Tengo
razón, don Henry?
-Sí, señorita Marple. La amarga experiencia me ha
enseñado una cosa: nunca diga que nadie está por encima de toda sospecha. Acabo
de darles razones por las cuales tres de estas personas pudieran ser culpables,
por improbable que parezca. Entonces no apliqué el mismo procedimiento a Charles
Templeton, pero al fin tuve que seguir la regla que acabo de mencionar.
"Y me vi obligado a reconocer esto: que todo ejército,
toda marina y toda policía tienen cierto número de traidores en sus filas, por
mucho que se odie admitir la idea. Y por ello examiné el caso contra Charles
Templeton sin el menor apasionamiento.
"Me hice muchas veces la pregunta que la señorita
Helier acaba de exponer. ¿Por qué fue el único que no pudo presentar la carta
que recibiera con sello alemán? ¿Por qué recibía correspondencia de Alemania?
"Esta última pregunta era del todo inocente y por lo
tanto se la hice a él, siendo su respuesta bastante sencilla. La hermana de su
madre estaba casada con un alemán y la carta era de una prima suya alemana. De
modo que me enteré de algo que ignoraba hasta entonces, que Charles Templeton
tenía parientes alemanes. Y eso lo colocó inmediatamente en la lista de
sospechosos. Es uno de mis hombres, un muchacho en el que siempre he confiado,
pero para ser justo y ecuánime debo admitir que es el que encabeza la lista.
"Pero ahí lo tienen: ¡No lo sé! No lo sé y, con toda
probabilidad, nunca lo sabré. No se trata sólo de castigar a un asesino, sino de
algo que considero cien veces más importante. Se trata, quizá, de la posibilidad
de haber arruinado la carrera de un hombre honrado a causa de meras sospechas,
sospechas que por otra parte no me atrevo a despreciar."
La señorita Marple carraspeó y dijo en tono amable:
-Entonces, don Henry, si no le he entendido mal, ¿de
quien sospecha principalmente es del joven Templeton?
-Sí, en cierto sentido. Y en teoría los cuatro habrían
de verse igualmente afectados por esta situación, pero no es ése el caso. Dobbs,
por ejemplo, aun cuando yo lo considere sospechoso, eso no altera en modo alguno
su vida. En el pueblo nadie recela de que la muerte del doctor Rosen no fuese
accidental. Gertrud tal vez se haya visto algo más afectada. La situación puede
representar alguna diferencia, por ejemplo, en la actitud de Fraülein Rosen
hacia ella, aunque dudo de que eso le afecte excesivamente.
"En cuanto a Greta Rosen... bueno, aquí llegamos al
punto crucial de todo este asunto. Greta es una joven muy hermosa y Charles
Templeton un muchacho apuesto, convivieron cinco meses bajo el mismo techo sin
otras distracciones exteriores y ocurrió lo inevitable. Se enamoraron el uno del
otro, aunque no quieren admitir el hecho con palabras.
"Y luego ocurrió la catástrofe. Ya habían transcurrido
tres meses, y un día o dos después de mi regreso, Greta Rosen vino a verme.
Había vendido la casita y regresaba a Alemania, una vez arreglados los asuntos
de su tío. Acudió a mí, aunque sabía que me había retirado, porque en realidad
deseaba verme por un asunto personal. Tras dar algunos rodeos al fin me abrió su
corazón. ¿Cuál era mi opinión? Aquella carta con sello alemán, la que Charles
había roto, la había preocupado y seguía preocupándola. ¿Había dicho la verdad?
Sin duda debió decirla. Claro que creía su historia, pero... ¡oh!, si pudiera
saberlo con absoluta certeza.
"¿Comprenden? El mismo sentimiento, el deseo de
confiar, pero la terrible sospecha persistiendo en el fondo de su mente, a pesar
de luchar contra ella. Le hablé con absoluta franqueza, pidiéndole que hiciera
lo mismo, y le pregunté si Charles y ella estaban enamorados.
"-Creo que sí -me contestó-. Oh, sí, eso es. Éramos tan
felices. Los días pasaban con tanta alegría.
"Los dos lo sabíamos, pero no había prisa, teníamos
toda la vida por delante. Algún día me diría que me amaba y yo le contestaría
que yo también. ¡Ah! ¡Pero puede usted imaginárselo! Ahora todo ha cambiado. Una
nube negra se ha interpuesto entre nosotros, nos mostramos retraídos y cuando
nos vemos no sabemos qué decirnos. Quizás a él le ocurre lo mismo. Nos decimos
interiormente: ¡Si estuviéramos seguros! Por eso, don Henry, le suplico que me
diga: «Puede estar segura, quienquiera que matase a su tío no fue Charles
Templeton». ¡Dígamelo! ¡Oh, se lo suplico! ¡Se lo suplico, se lo suplico!
"Y maldita sea -exclamó don Henry, dejando caer su puño
con fuerza sobre la mesa-, no pude decírselo. Se fueron separando más y más los
dos. Entre ellos se interponía la sospecha como un fantasma que no podían
apartar."
Se reclinó en la butaca con el rostro abatido y grave
mientras movía la cabeza con desaliento.
-Y no hay nada más que hacer, a menos -volvió a
enderezarse con una sonrisa burlona- a menos que la señorita Marple pueda
ayudarnos. ¿Puede usted, señorita Marple? Tengo el presentimiento de que esa
carta está en su línea. La de la reunión benéfica. ¿No le recuerda alguien o
algo que le haga ver este asunto muy claro? ¿No puede hacer algo por ayudar a
dos jóvenes desesperados que desean ser felices?
Tras la sonrisa burlona se escondía cierta ansiedad en
su pregunta. Había llegado a formarse una gran opinión del poder deductivo de
aquella solterona frágil y anticuada, y la miró con cierta esperanza en los
ojos.
La señorita Marple carraspeó y se arregló la manteleta
de encaje.
-Me recuerda un poco a Annie Poultny -admitió-. Claro
que la carta está clarísima, para la señora Bantry y para mí. No me refiero a la
que habla de la reunión benéfica, sino a la otra. Al haber vivido tanto en
Londres y no tener ninguna afición por la jardinería, don Henry, no es de
extrañar que no lo haya notado usted.
-¿Eh? -exclamó don Henry-. ¿Notado qué?
La señora Bantry alargó la mano y escogió una de las
cartas, un catálogo que abrió y leyó pausadamente:
El señor Helmuth Spath. Lila, una flor
maravillosa, su tallo alcanza una altura inusitada. Espléndida para cortar y
adornar el jardín. Una novedad de sorprendente belleza.
Udo Johnson. Amarilla y cálida. De aroma peculiar
y agradable.
Edgar Jackson. Crisantemo de hermosa forma y color
rojo ladrillo muy brillante.
Ronald Perry. Rojo brillante. Sumamente
decorativa.
Tsingtau. Color naranja brillante, flor muy
vistosa para jardín y de larga duración una vez cortada.
Ecuanimidad...
-Recordarán ustedes que esta palabra aparecía en la
carta escrita también en mayúscula.
Flor de extraordinaria perfección en su forma.
Tonos rosa y blanco.
La señora Bantry, dejando el catálogo, terminó diciendo
con una gran excitación:
-Y ¡Dalias!
-Las letras iniciales de sus nombres componen la
palabra «MUERTE» -explicó la señorita Marple satisfecha.
-Pero la carta la recibió el propio doctor Rosen
-objetó don Henry.
-Esa fue la maniobra más inteligente -explicó la
señorita Marple-. Eso y la amenaza que se encerraba en ella. ¿Qué es lo que
haría al recibir una carta de alguien desconocido y llena de nombres extraños
para él? Pues, naturalmente, mostrársela a su secretario y pedirle su opinión.
-Entonces, después de todo...
-¡Oh, no! -exclamó la señorita Marple-. El secretario,
no. Vaya, eso precisamente demuestra que no fue él. De ser así, nunca hubiera
permitido que se encontrase la carta e igualmente no se le hubiese ocurrido
destruir una carta dirigida a él y con sello alemán. Su inocencia resulta
evidente y , si me permito decirlo, deslumbrante..
-Entonces, ¿quién...?
-Pues parece casi seguro, todo lo seguro que puede ser
algo en este mundo. Había otra persona presente durante el desayuno y pudo... es
natural, dadas las circunstancias, alargar la mano y leer la carta. Y así fue.
Recuerden que recibió un catálogo de jardinería en el mismo correo...
-Greta Rosen -dijo don Henry despacio-. Entonces su
visita...
-Los caballeros nunca saben ver a través de estas cosas
-replicó la señorita Marple-. Y me temo que muchas veces a las viejas nos ven
como a... brujas, porque vemos cosas que a ellos les pasan inadvertidas, pero es
así. Una sabe mucho de las de su propio sexo, por desgracia. No me cabe la menor
duda de que se alzó una barrera entre ellos. El joven sintió una repentina e
inexplicable aversión hacia ella. Sospechaba puramente por instinto y no podía
ocultarlo. Y creo que la visita que le hizo la joven a usted fue sólo puro
despecho. En realidad se sentía bastante segura, pero antes de marcharse quiso
que usted fijara definitivamente sus sospechas en el pobre señor Templeton. Debe
usted reconocer que, hasta después de su visita, no le parecieron completamente
justificadas sus propias sospechas.
-Estoy convencido de que no fue nada de lo que ella
dijo... -comenzó a decir don Henry.
-Los caballeros -continuó la señorita Marple con calma-
nunca ven estas cosas.
-Y esa joven... -se detuvo-... ¡comete semejante crimen
a sangre fría y queda impune!
-¡Oh, no, don Henry! -dijo la señorita Marple-. Impune
no. Usted y yo no lo creemos. Recuerde lo que dijo no hace mucho rato. No. Greta
Rosen no escapará a su castigo. Para empezar, deberá vivir entre gente extraña,
chantajistas y terroristas, que no le harán ningún bien y probablemente la
arrastrarán a un final miserable. Como usted dice, no vale la pena preocuparse
por el culpable, es el inocente quien importa. El señor Templeton, me atrevo a
aventurar, se casará con su prima alemana ya que el hecho de que rompiera su
carta resulta... bueno, un tanto sospechoso, empleando la palabra en un sentido
distinto al que le hemos dado toda la noche. Parece ser que lo hizo como si
temiese que Greta la viera y le pidiera que se la dejase leer. Sí, creo que
entre ellos debió de haber algo. Y luego está Dobbs, a quien, como usted dice,
las sospechas no le afectarán mucho. Probablemente lo único que le interesa son
sus desayunos. Y la pobre Gertrud, que me recuerda a Annie Poultny. Pobrecilla
Annie Poultny. Cincuenta años sirviendo fielmente a la señorita Lamh y luego
sospecharon que había hecho desaparecer su testamento, aunque no pudo probarse.
Aquello destrozó el corazón de aquella criatura tan fiel. Y después de su
muerte, se encontró en un compartimiento secreto en la caja donde guardaban el
té y donde la propia la señorita Lamb lo había guardado para mayor seguridad.
Pero era ya demasiado tarde para la pobre Annie.
"Por eso me preocupa esa pobre mujer alemana. Cuando se
es viejo, uno se amarga fácilmente. Lo siento mucho más por ella que por el
señor Templeton, que es joven, bien parecido y, según comentaba usted, goza de
bastante popularidad entre las damas. ¿Querrá usted escribirle a ella, don
Henry, para decirle que su inocencia está fuera de toda duda? Con su señor
muerto y el peso de las sospechas... ¡Oh! ¡No quiero ni pensarlo!"
-Le escribiré, señorita Marple -dijo don Henry
mirándola con curiosidad-. ¿Sabe una cosa? Nunca llegaré a comprenderla. Siempre
repara usted en algo que no esperaba.
-Me temo que mi experiencia resulta insignificante
-replicó la señorita Marple humildemente-. Apenas si salgo de St. Mary Mead.
-¡Y no obstante ha resuelto usted lo que podríamos
llamar un problema internacional! -dijo don Henry-. Porque lo ha resuelto. De
eso estoy completamente convencido.
La señorita Marple enrojeció y luego, parpadeando,
explicó:
-Creo que fui bien educada para lo que se acostumbraba
en mis tiempos. Mi hermana y yo tuvimos una institutriz alemana, una persona muy
sentimental. Nos enseñó el lenguaje de las flores, un estudio casi olvidado hoy
en día, pero encantador. Un tulipán amarillo, por ejemplo, simboliza el Amor Sin
Esperanza, mientras un Aster Chino significa Muero de Celos a Tus pies. Esa
carta estaba firmada: Georgine, que me parece recordar significa dalia en alemán
y eso lo dejaba todo muy claro. Ojalá pudiera recordar el significado de dalia,
pero escapa a mi memoria, que ya no es tan buena como antes.
-De todas formas no significa MUERTE.
-No, desde luego. Horrible, ¿no? En este mundo hay
cosas muy tristes.
-Sí -replicó la señora Bantry con un suspiro-. Es una
suerte tener flores y amigos.
-Observen que nos coloca en último lugar -dijo el
doctor Lloyd.
-Un admirador solía enviarme orquídeas rojas cada noche
-dijo Jane Helier con aire soñador.
-«Espero sus favores», eso es lo que significa -dijo la
señorita Marple con agudeza.
Don Henry carraspeó de un modo peculiar y volvió la
cabeza.
La señorita Marpie lanzó una repentina exclamación.
-Acabo de recordarlo. La dalia significa «Traición y
Falsedad».
-Maravilloso -replicó don Henry-. Absolutamente
maravilloso.
Y suspiró.
FIN |