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Capítulo 1.– Viaje de un habitante de la estrella Sirio al planeta Saturno
Había en uno de los planetas que giran en torno de la estrella llamada Sirio,
un mozo de mucho talento, a quien tuve la honra de conocer en el postrer viaje
que hizo a nuestro mezquino hormiguero. Era su nombre Micromegas. Tenía ocho
leguas de alto, quiero decir, veinticuatro mil pasos geométricos de cinco pies
cada uno.
Algún matemático, casta de gente muy útil al público, tomará la pluma en este
trance de mi historia y calculará que teniendo el señor Micromegas, morador del
país de Sirio, veinticuatro mil pasos, desde la cabeza a los pies, que hacen
ciento veinte mil pies, y nosotros, ciudadanos de la Tierra, no más por lo común
de cinco pies, y midiendo la circunferencia de nuestro globo nueve mil leguas,
es absolutamente preciso que el planeta donde nació nuestro héroe tenga
cabalmente veintiún millones y seiscientas mil veces más de circunferencia que
nuestra minúscula Tierra. Nada más natural. Los Estados de ciertos príncipes de
Alemania o de Italia, que pueden andarse en media hora, comparados con Turquía,
Rusia o China, son un ejemplo muy pálido de las diferencias que la naturaleza ha
establecido en todas las cosas.
Siendo la estatura de Su Excelencia la que llevamos dicha, convendrán todos
nuestros pintores y escultores que su cintura podría medir unos cincuenta mil
pies de circunferencia, lo que revela una bella figura. Su entendimiento era de
los más perspicaces; sabía muchas cosas y otras las inventaba; apenas frisaba en
los trescientos cincuenta años y siendo estudiante de un colegio de jesuitas de
su planeta, descubrió a fuerza de inteligencia más de cincuenta proposiciones de
Euclides, dieciocho más que Blas Pascal el cual, luego de adivinar como quien
juega (según dijo su hermana), treinta y dos, llegó a ser, andando los años, un
geómetra muy mediocre y un pésimo metafísico.
A la edad de cuatrocientos años, o sea al salir de la infancia, disecó unos
insectos diminutos de apenas cien pies de grosor. Publicó un libro muy
interesante acerca de esos insectos, lo que le proporcionó bastantes disgustos.
El muftí de su país, tan receloso como ignorante, advirtió en su libro
proposiciones sospechosas, blasfemas, temerarias, heréticas, o que «olían» a
herejía, y le persiguió de muerte. Hubo que discutir si la sustancia formal de
las pulgas de Sirio era de la misma naturaleza que la de los caracoles.
Defendióse con mucho ingenio Micromegas; se declararon las mujeres en su favor,
y después de doscientos veinte años que duró el pleito, hizo el muftí condenar
el libro por jueces que no le habían leído, ni sabían leer. En cuanto al autor,
fue desterrado de la Corte ochocientos años.
No le afligió mucho abandonar una Corte llena de enredos y chismes. Escribió
unas décimas muy graciosas contra el muftí, que a éste le tuvieron sin cuidado,
y se dedicó a viajar de planeta en planeta para, como dicen, perfeccionar el
juicio y el corazón. Quienes viajamos en diligencias o sillas de posta nos
pasmarían los vehículos que allá arriba usan. Nosotros, en la bola de cieno en
que vivimos no comprendemos otros procedimientos. Micromegas, conocedor de las
leyes de la gravitación y de las fuerzas atractivas y repulsivas, se valía de
ellas con tanto acierto que, ora montado en un rayo de sol, ora cabalgando en un
cometa, o saltando de globo en globo, lo mismo que revolotea un pajarillo de
rama en rama, él y sus sirvientes hacían su camino.
En poco tiempo recorrió la vía láctea. Debo confesar, y lo siento, que nunca
logró ver, entre las estrellas que la pueblan, el empírico cielo que vio el
ilustre Derhan con su catalejo. No niego que Derhan lo viese, ¡Dios me libre de
tamaño error!, pero también Micromegas estaba allí y no tenía mala vista. En
fin, yo no quiero contradecir a nadie.
Después de largo viaje, Micromegas llegó un día a Saturno, y aun cuando
estaba acostumbrado a contemplar cosas nuevas, le sorprendió la pequeñez de
aquel planeta y de sus moradores. No pudo menos de sonreír con ese aire de
superioridad que los más discretos no pueden contener a veces. Verdad es que
Saturno no es más que novecientas veces mayor que la Tierra, y sus habitantes
pobres enanos de unas dos mil varas de estatura, más o menos. Rióse al principio
de ellos con sus criados, como se ríe cuando viene a Francia cualquier músico
italiano, de la música de Lulli. Pero el siriano era razonable y pronto se dio
cuenta de que ningún ser que piensa es ridículo, aunque su estatura no pase de
seis mil pies. Acostumbróse a los saturninos, después de haber causado su
asombro, y se hizo íntimo amigo del secretario de la Academia de Saturno, hombre
de mucho talento. No había inventado nada, pero explicaba muy bien los inventos
de los demás, y sabía componer coplas chicas y hacer cálculos grandes. He aquí
expuesta, para satisfacción de mis lectores, una extraña conversación que con el
señor secretario, tuvo cierto día Micromegas.
Capítulo 2.– Conversación del habitante de Sirio con el de Saturno
Sentóse Su Excelencia, acercóse a él el secretario de la Academia, y dijo
Micromegas:
-Confesemos que es muy varia la naturaleza.
-Verdad es -dijo el saturnino-. La naturaleza es como un jardín, cuyas
flores...
-¡Ah! -dijo el otro-. Dejaos de floriculturas.
-Pues es -siguió el secretario- como una reunión de rubias y morenas, cuyos
encantos...
-¡Dejad a vuestras morenas y a vuestras rubias! -interrumpió el otro.
-O bien como una galería de cuadros cuyas imágenes...
-¡No! No señor, no -replicó el forastero-. Decidme lo primero ¿cuántos
sentidos tienen los hombres en vuestro país?
-Nada más que setenta y dos -contestó el académico-. Créame que todos los
días nos lamentamos de esta limitación. Nuestra imaginación va más allá de
nuestras posibilidades, por lo que nos parece que con nuestros setenta y dos
sentidos, nuestro anillo y nuestras cinco lunas, no tenemos bastante; en
realidad nos aburrimos mucho a pesar de nuestros setenta y dos sentidos y de las
pasiones que de ellos se derivan.
-Lo creo -dijo Micromegas-, porque nosotros tenemos cerca de mil sentidos y
todavía nos quedan no sé qué vagos deseos, no sé qué inquietud, que sin cesar
nos advierte que somos muy poca cosa y que hay seres mucho más perfectos. En mis
viajes he visto gentes muy inferiores a nosotros, y otras muy superiores; mas no
he hallado ninguna que no tenga más deseos que necesidades y más necesidades que
satisfacciones. Acaso llegue algún día a un país donde no haya necesidades, pero
hasta ahora no tengo la menor noticia de semejante país.
El saturnino y el siriano quedaron meditabundos. Luego se entregaron a
ingeniosas reflexiones tan agudas como inconsistentes, hasta que les fue forzoso
atenerse a los hechos.
-¿Es muy larga vuestra vida? -preguntó el siriano.
-¡Ah! No. Muy corta -replicó el hombrecillo de Saturno.
-Lo mismo sucede en nuestro país, siempre nos estamos quejando de la brevedad
de la vida. Debe ser una ley universal de la naturaleza.
-¡Ay! Nuestra vida -dijo el saturnino- se limita a quinientas revoluciones
solares, que vienen a ser unos quince mil años según nuestra aritmética. Esto es
casi nacer y morir en un momento. Así, nuestra existencia es un punto, nuestra
vida un instante, y el globo en que habitamos un átomo. Apenas empieza uno a
saber algo, a instruirse, cuando llega la muerte. Por mi parte no me atrevo a
formar proyecto alguno; me siento como una gota de agua en el océano inmenso.
Ahora estoy avergonzado en vuestra presencia al considerar lo ridículo de mi
figura.
Replicóle Micromegas:
-Si no fuerais filósofo, temería desconsolaros diciéndoos que nuestra vida es
setecientas veces más larga que la vuestra; pero ya sabéis que cuando llega el
momento de reintegrarse a la naturaleza, para reanimarla bajo distinta forma
-que es a lo que llaman morir-, cuando llega ese instante de metamorfosis, lo
mismo da haber vivido una eternidad o sólo un día. He conocido países donde
viven las gentes mil veces más que en el mío, y he visto que, sin embargo, se
quejaban; pero en todas partes hay gentes razonables, que saben resignarse y dar
gracias al autor de la naturaleza, que con maravillosa profusión ha esparcido en
el universo las variedades más distintas sin olvidar la uniformidad. Así, por
ejemplo, todos los seres que piensan son diferentes, y sin embargo, todos se
parecen en el don de pensar y desear. La materia es la misma en todas partes,
pero en cada mundo manifiesta propiedades distintas. ¿Cuántas propiedades tiene
la materia del vuestro?
-Si os referís a las propiedades fundamentales, sin las cuales nuestro
planeta no podría existir tal como es -dijo el saturnino-, pasan de trescientas;
conviene saber: la extensión, la impenetrabilidad, la movilidad, la gravitación,
la divisibilidad, etc.
-Sin duda -replicó el viajero-, que es bastante con eso, con arreglo al plan
del Creador para el reducido planeta en que vivís. En todas sus cosas adoro la
sabiduría, porque si en todas advierto diferencia, advierto también proporción.
Saturno es pequeño y lo son sus moradores; tenéis pocas sensaciones y goza
vuestra materia de pocas propiedades. Todo ello lo dispuso así la Providencia.
¿De qué color es vuestro sol?
-Blancuzco, ceniciento -dijo el saturnino-. Al dividir uno de sus rayos,
observamos que tiene siete colores.
-El nuestro tira a encarnado -dijo el siriano-, y tenemos treinta y nueve
colores fundamentales. He podido estudiar muchos soles y no he hallado dos que
se parezcan, de la misma manera que en nuestro planeta no se ve una cara que no
se diferencie de las demás.
Tras de hablar de muchas cuestiones análogas, se informó de cuántas
sustancias distintas en esencia se conocían en Saturno y se le respondió que
unas treinta: Dios, el espacio, la materia, los seres extensos que sienten, los
seres extensos que sienten y piensan, los seres que piensan y no son muy
extensos, los que se penetran, y los que no se penetran, etc. El siriano, en
cuyo planeta había trescientas, y que había descubierto en sus viajes hasta tres
mil, dejó asombrado al filósofo de Saturno.
Finalmente, habiéndose comunicado mutuamente casi todo cuanto sabían, y
muchas cosas que no sabían, y después de discutir por espacio de toda una
revolución solar, acordaron realizar juntos un corto viaje filosófico.
Capítulo 3.– Viaje de los dos habitantes de Sirio y Saturno
Ya estaban para embarcar nuestros dos filósofos en la atmósfera de Saturno
con una buena provisión de instrumentos de matemáticas, cuando la querida del
saturnino, que lo supo, le vino a dar amargas quejas. Era ésta una morenita muy
agraciada, que no tenía más que mil quinientas varas de estatura, pero que con
su gentileza compensaba la pequeñez de su cuerpo.
-¡Ah, cruel! -exclamó-. Después de mil quinientos años de haber resistido tus
solicitudes amorosas y cuando apenas hace cien años me había entregado a ti, ¡me
abandonas para irte a viajar con un gigante de otro mundo! Sólo tuviste un
capricho, nunca me amaste. Si fueras saturnino legítimo no serías tan
inconstante. ¿A dónde vas? ¿Qué ambicionas? Nuestras cinco lunas son menos
erráticas que tú y menos mudable nuestro ánulo.
Abrazóla el filósofo, lloró con ella, aunque filósofo; y su querida, después
de haberse desmayado, se fue a consolar con un petimetre.
Partieron sin dilación ambos viajeros, y saltaron primero al anillo, que se
le antojó muy aplastado, como lo supuso un ilustre habitante de nuestro
minúsculo globo terráqueo, y desde allí anduvieron de luna en luna. De pronto
pasó un cometa junto a ellos y a él se tiraron, con sus sirvientes y sus
instrumentos. Un poco más adelante (ciento cincuenta millones de leguas) se
toparon con los satélites de Júpiter y luego con este planeta, donde se apearon
y permanecieron un año. En él descubrieron algunos secretos muy curiosos, que
hubieran dado a la imprenta, a no haber sido por los señores inquisidores, que
encontraron proposiciones bastante duras de tragar. Yo pude leer el manuscrito
en la biblioteca del ilustrísimo señor arzobispo de..., quien con toda la
benevolencia que a tan insigne prelado caracteriza, me permitió husmear en sus
libros.
Pero volvamos a nuestros aventureros. Al salir de Júpiter atravesaron un
espacio de cerca de cien millones de leguas y costearon el planeta Marte, el
cual -como todos saben- es cinco veces más pequeño que la Tierra, donde vieron
las dos lunas de que dispone y que no han podido descubrir todavía nuestros
astrónomos. Aun cuando sé que el abate Castel rechazará ingeniosamente la
existencia de dichas lunas, no ignoro tampoco que me darán la razón quienes
saben razonar, aquellos a los que no puede escapárseles el hecho de que no le
sería posible a Marte vivir sin dos lunas por lo menos, estando tan distante del
Sol.
Sea como fuere, a los viajeros les pareció un mundo tan chico que temieron no
hallar alojamiento aceptable y pasaron de largo, como hacen los caminantes
cuando topan con una mala venta en despoblado. Hicieron mal y se arrepintieron,
pues tardaron mucho en encontrar albergue. Al fin divisaron una lucecilla, que
era la Tierra, y que pareció muy mezquina cosa a gentes que venían de Júpiter.
No obstante, y a trueque de arrepentirse otra vez, resolvieron desembarcar en
ella. Pasaron a la cola del cometa y hallando una aurora boreal a mano, se
metieron dentro. Tomaron tierra en la orilla septentrional del mar Báltico, el
día 5 de julio de 1737.
Capítulo 4.– Lo que les sucedió en el globo terráqueo
Después de reposar un poco, almorzaron un par de montañas que les guisaron
sus criados con mucho aseo. Quisieron luego reconocer el mezquino país donde se
hallaban y marcharon de Norte a Sur. Los pasos que daban el siriano y sus
acompañantes abarcaban unos treinta mil pies cada uno. Seguíales de lejos el
enano de Saturno, que perdía el aliento, porque tenía que dar doce pasos
mientras los otros daban una zancada. Iba, si se me permite la comparación, como
un perrillo faldero que sigue a un capitán de la Guardia del rey de Prusia.
Como andaban de prisa, dieron la vuelta al globo en veinticuatro horas;
verdad es que el Sol, o por mejor decir, la Tierra, hace el mismo viaje en un
día; pero hemos de convenir que es cosa más fácil girar sobre su eje que andar a
pie. Volvieron al fin al sitio de donde partieron después de haber visto la
balsa, casi imperceptible para ellos, denominada mar Mediterráneo y el otro
pequeño estanque que llamamos gran Océano y que rodea nuestra madriguera; al
enano no le llegaba el agua a media pierna y apenas si se mojaba el otro los
talones. Fueron y vinieron arriba y abajo, procurando averiguar si estaba o no
habitado este mundo; agachándose, tendiéronse lo más posible palpando por todas
partes; pero eran tan enormes sus ojos y sus manos en relación con los seres
minúsculos que nos arrastramos aquí abajo, que no lograron captar nuestra
presencia, ni siquiera sorprender algún indicio que la revelase.
El enano, que a veces juzgaba con ligereza, manifestó terminantemente que no
había habitantes en la Tierra; basado en primer lugar en que él no veía ninguno.
Micromegas le dio a entender cortésmente que su deducción no era fundada,
porque -le dijo- ¿es que acaso con esos ojos tan pequeños que tenéis sois capaz
de ver las estrellas de quincuagésima magnitud? Yo en cambio las veo
perfectamente. ¿Afirmaréis, sin embargo, que esas estrellas no existen?
-Os digo que he buscado y rebuscado por todas partes -dijo el enano.
-¿Y no hay nada?
-Lo único que hay es que este planeta está muy mal hecho
-replicó el enano-;
irregular y mal dispuesto, resulta no sólo ridículo, sino caótico. ¿No veis esos
arroyuelos que ninguno corre derecho; esos estanques que no son redondos ni
cuadrados, ni ovalados ni de forma geométrica alguna? Observad esos granos de
arena (se refería a las montañas), que por cierto se me han metido en los
pies... Ved el achatamiento de los polos de este globo que gira y gira alrededor
del Sol y cuyo régimen climatológico es tan absurdo que las zonas de ambos polos
son yertas y estériles. Lo que más me hace creer que no hay habitantes, es
considerar que nadie con un poco de sentido común querría vivir en él.
-Eso no importa nada -dijo Micromegas-. Pueden no tener sentido común y
habitarle. Todo aquí se os antoja irregular y descompuesto porque no está
trazado con tiralíneas como en Júpiter y Saturno. Eso es lo que os confunde. Por
mi parte estoy acostumbrado a ver en mis viajes las cosas más distintas y los
aspectos más variados.
Replicó el saturnino a estas razones, y no se hubiera concluido esta disputa,
si en el calor de ella no hubiese roto Micromegas el hilo de su collar de
diamantes y caídose éstos, que eran muy hermosos aunque pequeñitos y desiguales.
Los más gruesos pesaban cuatrocientas libras y cincuenta los más menudos. Cogió
el enano alguno y arrimándoselos a los ojos observó que tal como estaban
tallados resultaban excelentes microscopios. Tomó uno, pequeño, puesto que no
tenía más de ciento sesenta pies de diámetro, y se lo aplicó a un ojo mientras
que se servía Micrornegas de otro de dos mil quinientos pies. Al principio no
vieron nada con ellos, pero hechas las rectificaciones oportunas, advirtió el
saturnino una cosa imperceptible que se movía entre dos aguas en el mar Báltico:
era una ballena; púsosela bonitamente encima de la uña del pulgar y se la enseñó
al siriano, que por la segunda vez se echó a reír de la insignificancia de los
habitantes de la Tierra.
Creyó, pues, el saturnino que nuestro mundo estaba habitado sólo por ballenas
y como era muy listo quiso averiguar de qué manera podía moverse un átomo tan
ruin, y si tenía ideas, voluntad y libre albedrío.
Micrornegas no sabía qué pensar; mas después de examinar con mucha atención
al animal, sacó en consecuencia que no podía caber un alma en un cuerpo tan
chico. Inclinábanse ya a creer ambos viajeros que en el terráqueo no existía
vida racional, cuando, con el auxilio del microscopio descubrieron otro bulto
más grande que la ballena flotando en el mar Báltico. Como es sabido, por
aquellos días regresaba del círculo polar una banda de filósofos, que habían ido
a tomar unas medidas en que nadie hasta entonces había pensado. Se dijo en los
papeles públicos que su barco había encallado en las costas de Botnia y que por
poco perecen todos. Pero nunca se sabe en este mundo la verdad oculta de las
cosas. Contaré con sinceridad lo ocurrido sin quitar ni añadir nada; esfuerzo
que por parte de un historiador es meritorio en alto grado.
Capítulo 5.– Experiencias y reflexiones
Tendió Micrornegas con mucho tiento la mano al sitio donde se veía aquel
objeto, y alargando y encogiendo los dedos, por miedo a equivocarse, y
abriéndolos luego y cerrándolos, agarró con mucha maña el navío donde iban
aquellos sabios y le puso con mucho cuidado en la uña del pulgar.
-He aquí un animal muy distinto del otro -dijo el enano de Saturno, mientras
el siriano colocaba al pretenso animal en la palma de la mano.
Los pasajeros y marineros de la tripulación, creyéndose arrebatados por un
huracán, y al buque varado en un bajío, se ponen todos en movimiento; cogen los
marineros toneles de vino, los tiran a la mano de Micrornegas, y ellos se tiran
después; sacan los sabios sus cuartos de círculo, sus sectores y sus muchachas
laponas y se apean en los dedos del siriano, quien por fin siente que se mueve
una cosa que le pica el dedo. Era un garrote con un hierro en la punta que le
clavaban hasta un píe de profundidad en el dedo índice; esta picazón le hizo
creer que había salido algo del cuerpo del animalejo que tenía en la mano; mas
no pudo sospechar al principio otra cosa, pues con su microscopio, que apenas
bastaba para distinguir un navío de una ballena, no era posible descubrir a un
entecillo como el hombre.
No quiero zaherir la vanidad de nadie; pero ruego a las personas soberbias
que reflexionen sobre este cálculo: aceptando como estatura media del hombre la
de cinco pies, su presencia en la Tierra como individuo no hace más bulto que el
que haría en una bola de diez pies de circunferencia un animal de seiscientos
milavos de pulgada de alto.
No hay duda de que si algún capitán de granaderos lee esta narración mandará
que su tropa se ponga morriones de dos o tres pies más altos que los actuales,
pero por más que haga, siempre serán él y sus soldados seres infinitamente
pequeños.
El filósofo de Sirio tuvo que proceder con suma habilidad para examinar esos
átomos. No fue tan extraordinario el descubrimiento de Leuwenhock y Hartsoeker
cuando vieron, o creyeron ver los primeros, la simiente que nos engendra. ¡Qué
placer el de Micromegas cuando vio cómo se movían aquellos seres; cuando examinó
sus movimientos todos y siguió todas sus acciones! ¡Con qué júbilo alargó a sus
compañero de viaje uno de sus microscopios!
-Los veo perfectamente -decían ambos, a la vez-; observad cómo andan y suben
y bajan.
Esto decían y les temblaban las manos de gozo al ver objetos tan nuevos y
también de miedo a perderlos de vista. Pasando el saturnino de un extremo de
desconfianza al opuesto de credulidad, se figuró que algunos estaban ocupados en
la propagación de su especie.
-¡Ah! -dijo el saturnino-. Ya tengo en mis manos el secreto de la naturaleza.
Evidentemente las apariencias, cosa que sucede a menudo, engañan, tanto si se
usa como si no se usa microscopio.
Capítulo 6.– Lo que les sucedió con los hombres
Mejor observador Micromegas que el enano, advirtió claramente que aquellos
átomos se hablaban y así se lo hizo notar a su compañero, el cual, con la
vergüenza de haberse engañado acerca del mecanismo de la generación, no quiso
creer que semejante especie de bichos pudieran tener y comunicarse sus ideas.
Micromegas poseía el don de lenguas, no menos que el siriano, y no entendiendo a
nuestros átomos, suponía que no hablaban; y luego ¿cómo habían de tener órganos
de la voz unos seres casi imperceptibles, ni qué se habían de decir? Para hablar
es indispensable pensar, y si pensaban, llevaban en sí algo que equivalía al
alma; y atribuir una cosa equivalente al alma a especie tan ruin, se le antojaba
mucho disparate. Díjole el siriano:
-¿Pues no creías, hace poco, que se estaban amando? ¿Pensáis que se hacen
ciertas cosas sin pensar y sin hablar, o a lo menos, sin darse a entender?
¿Creéis que es más fácil hacer un chico que un silogismo? A mí, una y otra cosa
me parecen impenetrables misterios.
-No me atrevo ya -dijo el enano- a creer ni a negar nada; procedamos a
examinar estos insectos y meditemos luego.
-De acuerdo -respondió Micromegas.
Y sacando unas tijeras se cortó la uña de su dedo pulgar con la que hizo una
especie de bocina enorme, como un embudo inmenso, y luego se puso el cañón al
oído; la circunferencia del embudo abarcaba al navío y toda su tripulación, y la
más débil voz se introducía en las fibras circulares de la uña; de suerte que,
merced a su ingenio, el filósofo de allá arriba, oyó perfectamente el zumbido de
nuestros insectos de acá abajo, y en pocas horas logró distinguir las palabras y
entender el idioma francés en que hablaban. Lo mismo hizo el enano, aunque no
con tanta facilidad. Crecía el asombro de los dos viajeros al oír hablar con
notable discreción y les parecía inexplicable este fenómeno de la naturaleza.
Como podemos figurarnos el enano y el siriano se morían de deseos de entablar
conversación con aquellos átomos; pero tenían miedo de que su voz atronara a los
microbios sin que la oyesen.
Trataron, pues, de amortiguar su intensidad, y para ello se pusieron en la
boca unos mondadientes muy menudos, cuya punta muy afilada iba a parar junto al
navío. Puso el siriano al enano entre sus rodillas, y encima de una uña, el
navío con su tripulación; bajó la cabeza y habló muy quedo, y después de todas
estas precauciones, y muchas más, dijo lo siguiente:
-Invisibles insectos que la diestra del Creador se plugo producir en los
abismos de lo infinitamente pequeño; yo os bendigo. Acaso luego me desprecien en
mi Corte; pero yo a nadie desprecio, y os brindo mi protección.
Si hubo asombros en el mundo, ninguno llegó al de los que estas palabras
oyeron, sin poder atinar de dónde salían. Rezó el capellán las preces contra el
demonio, blasfemaron los marineros, e inventaron varios sistemas los filósofos
del navío; pero a pesar de sus meditaciones, no les fue posible averiguar quién
era el que les hablaba.
Fue entonces cuando el enano de Saturno, que tenía la voz más débil que
Micromegas, les explicó todo circunstanciadamente; el viaje desde Saturno, y
quién era el señor Micromegas. Compadecido de que fueran tan chicos los
habitantes de la Tierra les habló con ternura preguntándoles si habían sido
siempre tan insignificantes y qué era lo que hacían en un globo que, al parecer,
pertenecía a las ballenas. Les preguntó también si eran felices, si tenían alma,
si se reproducían y otras mil preguntas por el estilo.
Ofendido de que alguien dudase de si tenían alma, un sabio de la Tierra, más
audaz que los demás, observó a su interlocutor con una pínula adaptada a un
cuarto de círculo, midió los triángulos y por último dijo así: -¿Creéis,
caballero, que porque tengáis una estatura de dos mil metros sois un...?
-¡Dos mil metros? -exclamó el enano-. ¡No se ha equivocado ni en una pulgada!
Así pues, este átomo ha podido medirme. Sabe matemáticas y ha determinado mi
tamaño. En cambio, yo no le puedo ver sin el auxilio del microscopio y no sé qué
dimensiones tiene.
-Sí, supe mediros -dijo el matemático- y podré hacer lo mismo con el gigante
que os acompaña.
Admitida la propuesta, se tendió Su Excelencia en el suelo, porque estando en
pie, su cabeza se perdía en las nubes, y nuestros filósofos le plantaron un
árbol muy grande en cierto sitio que el doctor Swift hubiera designado por su
nombre, pero que yo no me atrevo a mencionar por el mucho respeto que tengo a
las damas. Luego, mediante una serie de triángulos que trazaron y relacionaron
unos con otros, sacaron en consecuencia que la persona que medían era un sujeto
de veinte mil pies de estatura.
Micromegas decía:
-¡Cuan cierto es que nunca se deben juzgar las cosas por su apariencia! Seres
insignificantes, despreciables, tienen uso de razón, y aun es posible que otros
más pequeños todavía posean más inteligencia que esos inmensos animales que he
visto en el cielo y que con un solo pie cubrirían el planeta en que me
encuentro. Para Dios, en su omnipotencia, no hay dificultad en proveer de
entendimiento, lo mismo a los seres infinitamente grandes que a los
infinitamente pequeños.
Respondióle uno de los filósofos que bien podía creer, sin duda alguna, que
había seres inteligentes mucho más pequeños que el hombre, y para probárselo le
contó, no las fábulas de Virgilio sobre las abejas, sino lo que Swammerdam ha
descubierto, y lo que ha disecado Reaumur. Díjole también que hay animales que
son, con respecto a las abejas, lo que las abejas con respecto al hombre y le
hizo notar lo que el propio siriano significaba en relación con aquellos
animales enormes a que se había referido; a su vez, estos grandes animales
comparados con otros, parecen imperceptibles átomos. Poco a poco fue haciéndose
interesante la conversación.
Micromegas se expresó así:
Capítulo 7.–La conversación que tuvieron
-¡Oh átomos inteligentes en quienes quiso el Eterno manifestar su arte y su
poder! Decidme, amigo ¿no disfrutáis en vuestro globo terráqueo purísimos
deleites? Apenas tenéis materia, sois todo espíritu, lo cual quiere decir que
seguramente emplearéis vuestra vida en pensar y amar, que es la vida que
corresponde a los espíritus. Yo que no he visto la felicidad en ninguna parte,
creo ahora que está entre vosotros.
Encogiéronse de hombros al oír esto los filósofos. Uno de ellos quiso hablar
con sinceridad y manifestó que, exceptuando un número reducidísimo, a quienes
para nada se tenía en cuenta, todos los demás eran una cáfila de locos,
perversos y desdichados.
-Más materia tenemos -dijo- de la que es menester para obrar mal, si procede
el mal de la materia, y mucha inteligencia, si proviene de la inteligencia.
¿Sabéis por ejemplo que a estas horas, cien mil locos de nuestra especie, que
llevan sombrero, están matando a otros cien mil animales que llevan turbante, o
muriendo a sus manos? Tal es la norma en la tierra, desde que el hombre existe.
Horrorizóse el siriano y preguntó cuál era el motivo de tan horribles
contiendas entre animales tan ruines.
-Se disputan -dijo el filósofo- unos trochos de tierra del tamaño de vuestros
pies; y se los disputan no porque ninguno de los hombres que pelean y mueren o
matan quiera para sí un terrón siquiera de aquel pedazo de tierra, sino por si
éste ha de pertenecer a cierto individuo que llaman Sultán o a otro que
apellidan Zar. Ninguno de los dos ha visto, ni verá nunca, el minúsculo
territorio en litigio, así como tampoco ninguno de los animales que
recíprocamente se asesinan han visto al animal por quien se asesinan.
-¡Desventurados! -exclamó con indignación el siriano-. ¿Cómo es posible tan
absurdo frenesí? Deseos me dan de pisar a ese hormiguero ridículo de asesinos.
-No hace falta que os toméis ese trabajo. Ellos solos se bastan para
destruirse. Dentro de cien años habrán quedado reducidos a la décima parte. Aun
sin guerras perecen de hambre, de fatiga, o de vicios. Pero no son ellos los que
merecen castigo, sino quienes desde la tranquilidad de su gabinete y mientras
hacen la digestión de una opípara comida, ordenan el degüello de un millón de
hombres y dan luego gracias a Dios en solemnes funciones religiosas.
Sentíase el viajero movido a piedad hacia el ruin linaje humano en el cual
tantas contradicciones descubría.
-Puesto que pertenecéis al corto número de los sabios -dijo a sus
interlocutores- os ruego me digáis cuáles son vuestras ocupaciones.
-Disecamos moscas -respondió uno de los filósofos-, medimos líneas,
coleccionamos nombres, coincidimos acerca de dos o tres puntos que entendemos y
discrepamos sobre dos o tres mil que no entendemos.
El siriano y el saturnino se pusieron a hacerles preguntas para saber sobre
qué estaban acordes.
-¿Qué distancia hay -dijo el saturnino- desde la Canícula hasta la mayor de
Géminis?
Respondiéronle todos a la vez:
-Treinta y dos grados y medio.
-¿Qué distancia hay de aquí a la Luna?
-Setenta semidiámetros de la Tierra.
-¿Cuánto pesa vuestro aire?
No creían que pudiesen responder a esta pregunta; pero todos le dijeron que
pesaba novecientas veces menos que el mismo volumen del agua más ligera y
diecinueve mil veces menos que el oro.
Atónito el enanillo de Saturno ante la exactitud de las respuestas, estaba
tentado a creer que eran magos aquellos mismos a quienes un cuarto de hora antes
les había negado la inteligencia.
Por último habló Micromegas:
-Ya que tan perfectamente sabéis lo de fuera de vuestro planeta, sin duda
mejor sabréis lo que hay dentro. Decidme, pues, ¿qué es vuestra alma y cómo se
forman vuestras ideas?
Los filósofos hablaron todos a la par como antes, pero todos manifestaron
distinto parecer.
Citó el más anciano a Aristóteles, otro pronunció el nombre de Descartes,
éste el de Malebranche, aquél el de Leibnitz y el de Locke otro.
El viejo peripatético dijo con gran convicción:
-El alma es una entelequia, una razón en virtud de la cual tiene el poder de
ser lo que es; así lo dice expresamente Aristóteles, página 633 de la edición
del Louvre: ‘?????????? ?????? etc.
-No entiendo el griego -confesó el gigante.
-Ni yo tampoco -respondió el filósofo.
-Entonces ¿por qué citáis a ese Aristóteles en griego?
-Porque lo que uno no entiende, lo ha de citar en una lengua que no sabe.
Tomó entonces la palabra el cartesiano y dijo:
-El alma es un espíritu puro, que en el vientre de la madre recibe todas las
ideas metafísicas y que, en cuanto sale de él, tiene que ir a la escuela para
aprender de nuevo lo que tan bien sabía y que nunca volverá a saber.
El animal de ocho leguas opinó que importaba muy poco que el alma supiera
mucho en el vientre de su madre si después lo ignora todo.
-Pero decidme, ¿qué entendéis por espíritu?
-¡Valiente pregunta! -contestó el otro-. No tengo idea de él. Dicen que es lo
que no es materia.
-¿Y sabéis lo que es materia?
-Eso sí. Esa piedra, por ejemplo, es parda y de tal figura, tiene tres
dimensiones y es pesada y divisible.
-Así es -asintió el siriano-; pero esa cosa que te parece divisible, pesada y
parda ¿me dirás qué es? Tú sabes de algunos de sus atributos, pero el sostén de
esos atributos ¿lo conoces?
-No -dijo el otro.
-Luego no sabes qué cosa sea la materia. Dirigiéndose entonces el señor Micromegas a otro sabio que encima de su dedo pulgar se posaba, le preguntó qué
creía que era su alma y de qué se ocupaba él.
-No hago nada -respondió el filósofo malebranchista-; Dios es quien lo hace
todo por mí; en El lo veo todo, en El lo hago todo y es El quien todo lo dispone
sin cooperación mía.
-Eso es igual que no existir -respondió el filósofo de Sirio-.
Y tú, amigo -le dijo a un leibnitziano que allí estaba-, ¿qué haces? ¿Qué es
tu alma?
-Una aguja de reloj -dijo el leibnitziano- que señala las horas mientras
suenan musicalmente en mi cuerpo, o bien, si os parece mejor, el alma las suena
mientras el cuerpo las señala; o bien, mi alma es el espejo del universo y mi
cuerpo el marco del espejo. La cosa no puede ser más clara.
Estábalos oyendo un sectario de Locke, y cuando le tocó hablar dijo:
-Yo no sé cómo pienso; lo que sé es que nunca he pensado como no sea por
medio de mis sentidos. Que haya sustancias inmateriales e inteligentes, no lo
pongo en duda; pero que no pueda Dios comunicar la inteligencia a la materia,
eso no lo creo. Respeto al eterno poder, y sé que no me compete definirle; no
afirmo nada y me inclino a creer que hay muchas más cosas posibles de lo que se
piensa.
Sonrióse el animal de Sirio y le pareció que no era éste el menos cuerdo. Si
no hubiera sido por la enorme desproporción de sus tamaños corpóreos, hubiese
dado un abrazo, el enano de Saturno al discípulo de Locke. Por desgracia, se
encontraba también allí un bichejo tocado con un birrete, que, interrumpiendo el
diálogo, manifestó que él estaba en posesión de la verdad que no era otra que la
expuesta en la Summa de Santo Tomás; y mirando de pies a cabeza a los dos
viajeros celestes les dijo que sus personas, sus mundos, sus soles y sus
estrellas, todo había sido creado para el hombre. Al oír los otros tal sandez,
se echaron a reír estrepitosamente con aquella inextinguible risa que, según
Homero, es atributo de los dioses.
Las convulsiones de tanta hilaridad hicieron caer al navío de la uña del
siriano al bolsillo de los calzones del saturnino. Buscáronle ambos mucho
tiempo; al cabo toparon con la tripulación y la metieron en el barco lo mejor
que pudieron.
Luego el siriano se despidió amablemente de aquellos charlatanes, aunque le
tenía algo mohíno ver que unos seres tan infinitamente pequeños, tuvieran una
vanidad tan infinitamente grande. Prometióles un libro de filosofía escrito en
letra muy menuda, para que pudieran leerle.
-En él veréis -dijo- la razón de todas las cosas.
En efecto, antes de irse les dio el libro prometido que llevaron a la
Academia de Ciencias de París. Cuando lo abrió el viejo secretario de la
Academia, observó que todas las páginas estaban en blanco.
-¡Ah! -dijo-. Ya me lo figuraba yo.
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