| Al señor Catulle Mendès |
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Uno de esos hombres ante
quienes la Naturaleza
puede alzarse y decir: «¡He aquí un Hombre!»
-Shakespeare, Julio César |
Daban las doce en el reloj de la Bolsa, bajo un cielo
estrellado. En aquella época, aún pesaban sobre los ciudadanos las exigencias de
una ley militar y, siguiendo las instrucciones relativas al toque de queda, los
sirvientes de los establecimientos todavía iluminados se apresuraban a cerrar.
En los bulevares, en el interior de los cafés, los
quemadores de gas de los candelabros desaparecían, uno a uno, en la oscuridad.
Se oía desde fuera el ruido de las sillas puestas de cuatro en cuatro sobre las
mesas de mármol; era el momento psicológico en que cada camarero juzgaba
oportuno indicar, con un brazo que terminaba en un trapo, las horcas caudinas de
la puerta trasera a los últimos consumidores.
Aquel domingo silbaba el triste viento de octubre.
Escasas hojas amarillentas, polvorientas y ruidosas, llevadas por ráfagas de
aire, chocaban con las piedras, rozaban el asfalto; luego, como murciélagos,
desaparecían en la sombra, despertando la imagen de unos días banales vividos
para siempre. Los teatros del bulevar del Crimen donde, durante la noche, se
habían apuñalado a placer todos los Médicis, los Salviati, y los Montefeltre, se
erguían, guaridas del Silencio, con las puertas cerradas guardadas por sus
cariátides. Por momentos, coches y peatones se hacían más escasos; aquí y allá
lucían ya los escépticos faroles de los traperos, fosforescencias liberadas por
los montones de basura entre los que erraban.
A la altura de la calle Hauteville, bajo un farol, en
la esquina de un café de apariencia bastante lujosa, un gran transeúnte de
fisonomía saturnina, de mentón lampiño, andar sonambulesco, largos cabellos
grises bajo un sombrero Luis XIII, guantes negros, bastón con empuñadura de
marfil y envuelto en una vieja y regia hopalanda azul, forrada de un dudoso
astracán, se había detenido como si dudase maquinalmente en cruzar la calzada
que lo separaba del bulevar Bonne-Nouvelle.
¿Regresaba a su domicilio este anacrónico personaje?
¿Lo había conducido hasta esta esquina el azar de un paseo nocturno? Por su
aspecto, hubiera sido difícil precisarlo. Al ver, de repente, a su derecha, uno
de esos espejos estrechos y largos como él mismo -especie de espejos públicos
contiguos, a veces, a los escaparates de los cafetines famosos-, se detuvo
bruscamente, se plantó, de cara, frente a su imagen y se miró, deliberadamente,
desde las botas al sombrero. Luego, repentinamente, levantando su sombrero con
un gesto que denotaba su anacronismo, se saludó con una cierta cortesía.
Su cabeza, de improviso al descubierto, permitió
entonces reconocer al ilustre trágico Esprit Chaudval, apellidado Lepeinteur,
llamado Monanteuil, vástago de una muy digna familia de pilotos de Saint-Malo y
a quien los misterios del Destino habían llevado a convertirse en primer actor
en provincias, cabecera de cartel en el extranjero y rival (a menudo afortunado)
de nuestro Frédérick Lemaître1.
Mientras se contemplaba con cierto estupor, los
camareros del café cercano ponían los abrigos a los últimos clientes habituales,
les entregaban los sombreros; otros sacaban ruidosamente el contenido de las
huchas de níquel y amontonaban en un platillo la recaudación de la jornada. Esta
prisa, esta turbación provenía de la amenazadora y repentina presencia de dos
agentes que, de pie en la entrada y con los brazos cruzados, hostigaban con su
fría mirada al retrasado patrón.
Muy pronto colocaron los tableros de madera en sus
bastidores de hierro, salvo el del espejo que por extraño descuido fue olvidado
en medio de la confusión general.
Después el bulevar quedó muy silencioso. Chaudval,
solo, indiferente a toda esta desaparición, había permanecido en su estática
actitud en la esquina de la calle Hauteville, en la acera, ante el olvidado
espejo.
El lívido y lunar espejo parecía dar al artista la
sensación que éste hubiera sentido al bañarse en un estanque; Chaudval temblaba.
¡Ay!, digámoslo, en ese cristal cruel y sombrío, el
actor acababa de descubrir que envejecía.
Constataba que su cabello, ayer todavía entrecano, se
tornaba de una blancura lunar. ¡Se acababa! ¡Adiós aplausos y coronas, adiós
rosas de Talía, laureles de Melpómene! ¡Tenía que despedirse para siempre, con
apretones de manos y lágrimas, de los Ellevious y de las Laruettes, de las
libreas de gala y elegancias, de las Duzagons y de las ingenuas!
Había que bajar a toda prisa del carruaje de Tespis y
verlo alejarse, llevando a sus compañeros. Luego, contemplar cómo desaparecían
en un lejano recodo del camino, en el crepúsculo, los estandartes y banderolas
que por la mañana flotaban al sol sobre las ruedas, juguetes del alegre viento
de la Esperanza.
Chaudval, repentinamente consciente de su cincuentena
(era un hombre excelente), suspiró. Una neblina cruzó ante sus ojos; una especie
de fiebre invernal se apoderó de él y la alucinación dilató sus pupilas.
La feroz fijeza con que contemplaba el providencial
espejo terminó por dar a sus pupilas esa facultad de agrandar los objetos y de
saturarlos de solemnidad, que los fisiologistas han constatado en aquellos
individuos afectados por una emoción muy intensa.
El largo espejo se deformó bajo sus ojos, cargados de
ideas confusas y átonas. Recuerdos de la infancia, de playas y olas plateadas le
bailaron en el cerebro. Y ese espejo, sin duda a causa de las estrellas que
penetraban su superficie, le produjo, al principio, la sensación del agua
dormida de un golfo. Luego, hinchándose más, gracias a los suspiros del viejo,
el espejo adquirió el aspecto del mar y de la noche, esos dos viejos amigos de
los corazones solitarios.
Durante algún tiempo esta visión lo embriagó, pero
detrás de él, el farol que encima de su cabeza enrojecía la fría llovizna, le
pareció, al verlo reflejado al fondo del terrible espejo, como la luz de un
faro, de color sanguinolento, que señalaba el camino del naufragio al navío
perdido de su futuro.
Sacudió su vértigo y enderezó su elevada estatura, con
una carcajada nerviosa, falsa y amarga, que hizo estremecer a los dos guardias,
bajo los árboles. Felizmente para el artista, éstos, creyendo que sería un
borracho despistado, o algún enamorado decepcionado, continuaron su paseo
oficial sin dar mayor importancia al desdichado Chaudval.
-¡Bien, renunciemos! -dijo simplemente en voz baja,
como el condenado a muerte que, despertado bruscamente, dice al verdugo: «Estoy
a su disposición, amigo.»
El viejo actor se aventuró, entonces, en un monólogo,
con embrutecida postración.
-He obrado prudentemente -continuó-, cuando encargué la
otra noche a la señorita Pinson, mi buena amiga (que es dueña de la oreja del
ministro y también de su almohada), que me proporcionase, entre dos
declaraciones ardientes, el puesto de farero que ocuparon mis padres en las
costas de poniente. ¡Claro! ¡Ahora comprendo el extraño efecto que me ha
producido ese farol en el espejo!... Era mi subconsciente. Pinson enviará mi
nombramiento, seguro. Y me retiraré al faro como un ratón en el queso. Iluminaré
a los barcos en la lejanía, en el mar. ¡Un faro! Eso tiene siempre el aire de un
decorado. Estoy solo en el mundo: ese es el asilo que, decididamente, más
conviene a mis últimos días.
De pronto, Chaudval interrumpió su ensoñación.
-¡Ah! -dijo, palpándose el pecho bajo su levita-,
pero... esa carta que me entregó el cartero en el momento en que salía, ¿será la
respuesta?... ¡Cómo! ¡Iba yo a entrar al café para leerla y me olvido de
hacerlo! ¡Verdaderamente, estoy perdiendo facultades! ¡Bueno! ¡Aquí está!
Chaudval acababa de extraer de su bolsillo un ancho
sobre, de donde sacó, tan pronto como lo hubo roto, un pliego ministerial que
recogió febrilmente y leyó, de un vistazo, bajo la roja luz del farol.
-¡Mi faro!, ¡mi nombramiento! -exclamó-. ¡Estoy
salvado, Dios mío! -añadió como por una vieja manía mecánica y con una voz de
falsete tan brusca, tan diferente a la suya, que miró a su alrededor, creyendo
que había otra persona.
-Vamos, calma y... ¡seamos un hombre! -repuso en
seguida.
Pero, ante esta palabra, Esprit Chaudval, apellidado
Lepeinteur, llamado Monanteuil, se detuvo como convertido en una estatua de sal;
esa palabra parecía haberlo inmovilizado.
-¿Qué? -continuó tras un momento de silencio-. ¿Qué es
lo que acabo de desear? ¿Ser un Hombre?... Después de todo, ¿por qué no?
Se cruzó de brazos mientras reflexionaba.
Hace ya cerca de medio siglo que represento, que
interpreto las pasiones de los demás sin sentirlas nunca, puesto que en
el fondo nunca he sentido nada. ¿Sólo para hacer reír, soy semejante a los
otros? ¿Acaso soy una sombra? ¡Las pasiones!, ¡los sentimientos!, ¡los hechos
reales! ¡REALES!, eso, eso es lo que caracteriza al HOMBRE propiamente dicho.
Por lo tanto, puesto que la edad me fuerza a entrar en la Humanidad, debo
procurarme una pasión, o algún sentimiento real... porque es la condición
sine qua non, sin la que no podría aspirar al apelativo de Hombre. Este es
un razonamiento sólido; está lleno de sentido común. Así pues, elegiré aquélla
que esté más relacionada con mi resucitada naturaleza.
Meditó y luego prosiguió con melancolía:
-¿E1 amor?... demasiado tarde. ¿La Gloria?... ¡ya la he
conocido! ¿La Ambición?... ¡Dejemos esa quimera para los políticos!
Repentinamente, lanzó una exclamación:
-¡Ya lo tengo! -dijo-: ¡EL REMORDIMIENTO!... es lo que
mejor se corresponde con mi temperamento dramático.
Se contempló en el espejo adoptando un rostro convulso,
contraído, como por un horror sobrehumano:
-¡Eso es! -concluyó-: ¡Nerón! ¡Macbeth! ¡Orestes! ¡Hamlet!
¡Erostato! ¡Los espectros!... ¡Oh, sí! ¡Yo también quiero ver verdaderos
espectros!, como todos aquéllos que tenían la suerte de no poder dar un solo
paso sin espectros.
Se golpeó la frente.
-Pero, ¿cómo?... ¿Soy tan inocente como un cordero que
duda en nacer?
Y tras una nueva pausa:
-¡Ah! ¡Que no quede por eso! -añadió-: ¡para conseguir
un resultado no hay que escatimar esfuerzos!... Tengo perfecto derecho a
convertirme, a cualquier precio, en lo que yo debería ser. ¡Tengo derecho a la
Humanidad! ¿Es preciso cometer crímenes para sentir remordimientos? Pues bien,
vengan los crímenes: ¿qué importa si es por... por un buen motivo? Sí... ¡Sea!
-y se puso a dialogar-: Voy a perpetrar horrores. ¿Cuándo? Inmediatamente. ¡No
lo dejemos para mañana! ¿Cuáles? ¡Uno solo!... ¡Pero grande! ¡De extravagante
atrocidad! ¡Que haga salir del infierno a todas las Furias! ¿Cuál? ¡Diablo, el
más brillante!... ¡Bravo! ¡Ya está! ¡UN INCENDIO! Así pues, sólo tengo tiempo de
incendiar, de hacer mis maletas, de volver, debidamente guarecido tras el
cristal de algún coche, para gozar de mi triunfo entre la multitud espantada, de
recoger las maldiciones de los moribundos, y coger el tren del Noroeste con
suficientes remordimientos para el resto de mi vida. Después, ¡me esconderé en
mi faro!, ¡en la luz!, ¡en pleno Océano! Donde la policía no podrá descubrirme
nunca, al ser mi crimen desinteresado. Y allí agonizaré solo-. En ese momento,
Chaudval se irguió, improvisando este verso de corte absolutamente cornelliano:
-¡Libre de sospecha por la grandeza del crimen!
-Está todo dicho. Y ahora -terminó el gran artista
recogiendo una piedra tras haber observado en torno suyo para asegurarse de la
soledad que lo rodeaba- y ahora, tú ya no reflejarás a nadie.
Y lanzó la piedra contra el cristal que se rompió en
mil brillantes pedazos.
Una vez cumplido este primer deber y huyendo a toda
prisa -como satisfecho por esa primera, pero enérgica proeza-, Chaudval se
precipitó hacia los bulevares donde, algunos minutos después y a su señal, se
detuvo un coche en el que subió y desapareció.
Dos horas después, las llamaradas de un inmenso
siniestro, que surgían de unos grandes almacenes de petróleo, de aceite y de
cerillas, se reflejaban en todos los cristales del barrio del Temple. Muy
pronto, las escuadras de bomberos, rodando y empujando sus aparatos, acudieron
de todos lados, y sus trompetas, al enviar lúgubres gritos, despertaban
sobresaltados a los habitantes del populoso barrio. Innumerables y precipitados
pasos resonaban en las aceras: la multitud se agolpaba en la plaza del Chateau-d’Eau
y calles vecinas. Pronto se organizaron en cadena. En menos de un cuarto de
hora, un destacamento de tropas formaba un cordón alrededor del incendio. Los
policías, con el sanguinolento resplandor de las antorchas, impedían la
afluencia humana a las cercanías.
Los coches, detenidos, ya no circulaban. Toda la gente
vociferaba. Se distinguían gritos alejados entre el crepitar terrible del fuego.
Las víctimas, cercadas por este infierno, aullaban y los tejados de las casas se
desplomaban sobre ellas. Un centenar de familias, las de los obreros de los
talleres que ardían, se quedaban sin recursos y sin asilo.
Allá lejos, un solitario carruaje, cargado con dos
gruesas maletas, permanecía detenido detrás de la masa reunida en Chateau-d’Eau.
Y en ese vehículo estaba Esprit-Chaudval, apellidado Lepeinteur, llamado
Monanteuil que, de vez en cuando, descorría la cortinilla y contemplaba su obra.
-¡Oh! -se decía en voz baja-. ¡Me siento lleno de
horror ante Dios y ante los hombres! Sí, sí, ¡ésta es la obra de un réprobo!...
El rostro del viejo actor resplandecía.
-¡Oh, infeliz! -murmuraba-, ¡qué vengadores insomnios
voy a padecer entre los fantasmas de mis víctimas! ¡Siento surgir en mí el alma
de Nerón, quemando Roma por exaltación artística!, ¡de Erostato, incendiando el
templo de Efeso por amor a la gloria!..., ¡de Rostopskin, incendiando Moscú por
patriotismo!, ¡de Alejandro, quemando Persépolis por galantería hacia su Thais
inmortal! Pero yo, yo incendio por DEBER, al no tener otro modo de existencia.
¡Incendio porque me debo a mí mismo!... ¡Me desquito! ¡Qué Hombre voy a ser!
¡Cómo voy a vivir! Sí, al fin sabré lo que se siente cuando se está atormentado.
¡Qué noches de magníficos horrores voy a pasar tan deliciosamente!... ¡Ah!,
¡respiro!, ¡renazco!, ¡existo!... ¡Cuando pienso que he sido actor! Ahora, como
sólo soy, para los groseros ojos humanos, carne de cadalso, ¡huyamos con la
rapidez del rayo! Vamos a encerrarnos en nuestro faro, para gozar allí en paz de
nuestros remordimientos.
Al atardecer del día siguiente, Chaudval, después de
llegar a su destino sin obstáculos, tomaba posesión de su viejo faro desolado,
situado en las costas septentrionales: desusada llama sobre una construcción en
minas, y que una merced ministerial había resucitado para él.
Apenas si la señal podía ser de alguna utilidad: no era
sino una redundancia, una sinecura, un alojamiento con fuego sobre la cabeza y
del cual todo el mundo podía prescindir, salvo Chaudval.
Así pues, el digno actor, tras haber transportado allí
su lecho, víveres y un gran espejo para estudiar sus efectos de fisionomía, se
encerró inmediatamente, al abrigo de toda sospecha humana.
Alrededor de él se quejaba el mar, en el que el viejo
abismo de los cielos bañaba sus estelares claridades. Observaba cómo las olas
asaltaban su torre bajo las ráfagas de viento, al igual que el Estilita
contemplaba cómo las arenas chocaban contra su columna cuando soplaba el siroco.
A lo lejos seguía, con una mirada perdida, el humo de
los barcos o las velas de los pescadores.
A cada instante, este soñador olvidaba su incendio.
Subía y bajaba la escalera de piedra.
Al atardecer del tercer día, Lepeinteur, llamémoslo
así, sentado en su habitación, a sesenta pies de altura sobre las olas, releía
un periódico de París en el que se contaba la historia del gran incendio
ocurrido la antevíspera.
Un desconocido malhechor había lanzado algunas cerillas
en las cubas de petróleo. Un monstruoso incendio que había tenido en pie, toda
la noche, a los bomberos y al pueblo de los barrios vecinos, se había declarado
en el barrio del Temple.
Cerca de cien victimas habían perecido: desgraciadas
familias quedaban sumidas en la más negra miseria.
La plaza entera estaba en duelo y humeaba aún.
Se ignoraba el nombre del miserable que había cometido
el delito y, sobre todo, el móvil del criminal.
Ante esto, Chaudval saltó de alegría y, frotándose las
manos febrilmente, exclamó:
-¡Qué éxito! ¡Qué maravilloso criminal soy! ¿Estaré
bastante atormentado? ¡Qué de espectros veré! ¡Ya sabía yo que me convertiría en
un Hombre! ¡Ah! El medio utilizado ha sido duro, estoy de acuerdo; pero, era
preciso... ¡necesario!
Al releer el diario parisino, como allí se mencionase
que se iba a dar una representación extraordinaria a beneficio de los
damnificados, Chaudval murmuro:
-¡Vaya! Hubiera debido prestar la colaboración de mi
talento en beneficio de mis víctimas! Sería mi función de despedida. Declamaría
Orestes. Habría estado tan natural...
Chaudval comenzó a vivir en su faro.
Las tardes pasaron, se sucedieron, y las noches.
Ocurría una cosa que dejaba estupefacto al artista.
¡Una cosa atroz!
Contrariamente a sus esperanzas y previsiones, su
conciencia no le reprochaba remordimiento alguno. ¡No se le aparecía ningún
espectro! No sentía nada, ¡pero absolutamente nada!...
No podía creer en el Silencio. No salía de su asombro.
¡A veces, al contemplarse en el espejo, se daba cuenta
de que su cabeza bonachona no había cambiado nada! Entonces, furioso, se
abalanzaba sobre las señales y las falseaba, con la radiante esperanza de hacer
naufragar a lo lejos, alguna embarcación, con el fin de ayudar, activar,
estimular el rebelde remordimiento ¡para excitar a los espectros!
¡Todo era en vano!
¡Estériles atentados! ¡Inútiles esfuerzos! No sentía
nada. No veía ningún fantasma amenazador. La desesperación y la vergüenza lo
ahogaban de tal manera que, ya no dormía. Tanto que una noche, habiéndosele
declarado una congestión cerebral en su luminosa soledad, sufrió una agonía en
la que gritaba al ruido del océano y mientras los grandes vientos de mar adentro
azotaban su torre perdida en el infinito:
-¡Espectros!... ¡Por amor de Dios!... ¡Que vea aunque
sólo sea uno! ¡Me lo he ganado!
Pero el Dios que invocaba no le otorgó tal favor, y el
viejo histrión expiró, declamando siempre, en su vano énfasis, su gran deseo de
ver espectros... sin comprender que era él, él mismo, lo que buscaba.
FIN |