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I
DE MADAMA DE P... A MADAMA DE G...
Noirmoutiers... noviembre 1844.
Prometí escribirte, mi querida Sofía, y cumplo mi palabra: después de todo es
lo mejor que puedo hacer durante estas largas veladas. En mi última carta te
dije de qué modo caí en la cuenta de que tenía treinta años y estaba arruinada.
Para la primera de estas desgracias, no hay remedio. En cuanto a la segunda, nos
resignamos bastante mal, pero, en fin, nos resignamos.
Para restablecer nuestros negocios, necesitamos pasar dos años, por lo menos,
en el sombrío caserón desde el cual te escribo.
Estuve sublime. Tan pronto como supe el estado de nuestra hacienda, propuse a
Enrique ir a hacer economías en el campo, y ocho días después nos encontrábamos
en Noirmoutiers.
Nada te diré del viaje. Hacía muchos años que no me había encontrado a solas
con mi marido durante tanto tiempo. Naturalmente, ambos estábamos de bastante
mal humor; pero como me hallaba perfectamente resuelta a poner a mal tiempo
buena cara, todo pasó bien. Tú conoces mis grandes resoluciones y sabes si las
cumplo.
Henos instalados. Como pintoresco, Noirmoutiers no deja nada que desear.
Bosques, acantilados, el mar a un cuarto de legua. Tenemos cuatro grandes torres
cuyas paredes tienen quince pies de espesor. He hecho un gabinete de trabajo en
el hueco de una ventana. Mi salón, de setenta pies de largo, está adornado con
una tapicería en que figuran personajes de animales; es magnífico, alumbrado por
ocho bujías (iluminación de los domingos). Me muero de miedo cada vez que paso
por él después de la puesta del sol. Todo está muy mal amueblado, como puedes
suponer. Las puertas no cierran bien, las entabladuras crujen, el viento silba y
el mar ruge de la manera más lúgubre del mundo. Sin embargo, empiezo a
acostumbrarme a todo esto. Arreglo, reparo, planto; antes de los grandes fríos
me habré hecho un campamento tolerable. Puedes estar segura de que tu torre
estará preparada para la primavera. ¡Ojalá te tuviera ya aquí!
Lo mejor de Noirmoutiers es que no tenemos vecinos. Soledad completa. No
tengo más visitas, gracias a Dios, que mi cura, el abate Aubin. Es un joven muy
afable, a pesar de sus cejas arqueadas y muy espesas, y a pesar de sus grandes
ojos negros de traidor de melodrama.
El domingo pasado nos hizo un sermón que no era malo para sermón de pueblo,
y que venía como de molde: «Que la desgracia era un beneficio de la Providencia
para purificar nuestras almas». ¡Sea! Según eso, debemos dar las gracias a ese
honrado agente de cambio que tuvo a bien purificarnos apoderándose de nuestra
fortuna. Adiós, mi querida amiga. Llega mi piano con una porción de cajas, y voy
a que arreglen todo eso.
P.D. Vuelvo a abrir mi carta al objeto de darte las gracias por tu envío.
Todo esto es muy bonito. Demasiado bonito para Noirmoutiers. La capota gris me
gusta. He reconocido tu buen gusto. Me la pondré el domingo para ir a misa;
quizá pase algún viajante de comercio para admirarla. Pero, ¿por quién me tomas
con tus novelas? Quiero ser y soy una persona seria. ¿No tengo motivos para
ello? Voy a instruirme. Cuando regrese a París, dentro de tres años (¡ya tendré
entonces treinta y tres!), quiero ser una mujer sabia. La verdad es que, en
materia de libros, no sé qué pedirte. ¿Qué me aconsejas que aprenda?, ¿el alemán
o el latín?... Sería muy agradable leer el Wilhelm Meister en el original, o los
Cuentos de Hoffmann. Noirmoutiers es el verdadero sitio para los cuentos
fantásticos. Pero, ¿cómo aprender el alemán en Noirmoutiers? El latín me
gustaría bastante, pues no me parece justo que los hombres lo sepan para ellos
solos. Tengo ganas de hacerme dar lecciones por mi cura.
II
LA MISMA A LA MISMA
Noirmoutiers... diciembre 1844.
Por más que te asombre, el tiempo pasa más pronto de lo
que tú crees, más pronto de lo que yo misma hubiera creído. Lo que sostiene
sobre todo mi valor, es la debilidad de mi señor marido. La verdad es que los
hombres son muy inferiores a nosotras. El abatimiento de mi esposo es excesivo.
Mi hombre se levanta tan tarde como puede, monta a caballo o se va de caza, o
bien visita a la gente más fastidiosa del mundo: notarios o procuradores del rey
que viven en la ciudad; es decir, a seis leguas de aquí. ¡Hay que verlo cuando
llueve! Hace ocho días que empezó a leer los Mauprat, y todavía está en el
primer tomo.
Uno de los proverbios dice que «más vale alabarse a sí mismo que hablar mal
de los demás». Dejo, pues, a mi marido para hablar de mí. El aire del campo me
hace un bien infinito. Me encuentro divinamente de salud, y cuando me miro al
espejo ¡qué espejo!, no me daría treinta años; además, me paseo mucho. Ayer hice
que Enrique me acompañara a la orilla del mar.
Mientras él tiraba a las gaviotas, yo leí el canto de los piratas en el
Giaour. En la playa, ante un mar agitado, esos hermosos versos parecen todavía
más hermosos. Nuestro mar no vale lo que el de Grecia, pero tiene su poesía como
todos los mares. ¿Sabes lo que me impresiona en Byron? Que ve y comprende
la naturaleza. No habla del mar por haber comido lenguado u ostras. Navegó y vio
tempestades. Todas sus descripciones son daguerrotipos. Para nuestros poetas, la
rima ante todo; luego el buen sentido, si cabe en el verso.
Mientras yo me paseaba, leyendo, mirando y admirando, el abate Aubin -no sé
si te he hablado de mi abate, es el cura de mi pueblo- viene en busca mía. Es un
cura joven, bastante simpático, instruido, y sabe «hablar de cosas con las
personas decentes». Sus grandes ojos negros y su rostro pálido y melancólico
indican, para mí, que tiene una historia interesante, y haré que me la cuente.
Nuestra conversación versó sobre el mar, sobre la poesía, y, cosa que te
sorprenderá en un cura de Noirmoutiers, habla de esas cosas bastante bien. Me
condujo luego a las ruinas de una vieja abadía, sobre un acantilado, y me enseñó
un gran portal adornado con esculturas que representan monstruos adorables. iAh!,
si yo tuviera dinero, ¡cómo restauraría todo esto!
Después, a pesar de las objeciones de Enrique, que quería ir a comer, insistí
para que pasásemos por la rectoría, a fin de ver un relicario curioso que el
cura encontró en casa de un campesino. Es muy hermoso, en efecto: un cofrecito
de esmalte de Limoges que sería muy a propósito para guardar joyas. ¡Pero, qué
casa, Dios mío! ¡Y nosotros que nos encontramos pobres! Figúrate un cuartito en
la planta baja, mal embaldosado, blanqueado con cal, amueblado con una mesa y
cuatro sillas, y además un sillón de paja con un almohadón que parece una torta
rellena de huesos de melocotón y metida en una funda a cuadros blancos y rojos.
Sobre la mesa tres o cuatro in-folio griegos o latinos; tomos de Padres de la
Iglesia, debajo de los cuales sorprendí, como oculto, un Jocelyn. El cura se
puso colorado. Por lo demás, hizo muy bien los honores de su miserable
zaquizamí; ni orgullo, ni falsa vergüenza.
Ya sospechaba yo que el abate tenía su historia romántica. Hoy tengo la
prueba de ello. En el cofrecito bizantino que nos enseñó, había un ramo de
flores secas, que datan al menos de cinco o seis años.
-¿Es una reliquia? -le pregunté.
-No -contestó algo turbado-. No sé cómo es que esto se encuentra aquí.
Cogió el ramo y lo encerró preciosamente en el cajón de su mesa. La cosa es
clara, ¿eh?...
Volví a nuestro caserón con tristeza y con valor: con tristeza por haber
visto una pobreza tan grande; con valor, para soportar la mía, que para él sería
una opulencia asiática.
¡Si hubieses visto su sorpresa cuando Enrique le entregó veinte francos para
una mujer que él nos recomendaba! Es preciso que yo le haga un regalo. Ese
sillón de paja en el cual me senté es demasiado duro. Quiero darle uno de esos
sillones de hierro plegadizo como el que llevé a Italia. Me escogerás uno, y me
lo enviarás cuanto antes...
III
LA MISMA A LA MISMA
Noirmoutiers... febrero 1845.
Decididamente no me aburro en Noirmoutiers. El caso es que he encontrado una
ocupación interesante, y la debo a mi cura. Seguramente mi cura sabe de todo, y
de botánica además. Me acordé de las cartas de Rousseau, al oírle nombrar en
latín una especie de cebolla que, a falta de otra cosa mejor, había yo puesto
sobre mi chimenea.
-¿Conque sabe usted botánica?
-Muy poco -contestó-. Lo bastante, sin embargo, para indicar a la gente del
país las plantas medicinales que pueden serles útiles; lo bastante, sobre todo,
debo confesarlo, para dar algún interés a mis paseos solitarios.
Comprendí en seguida que sería muy divertido coger bonitas flores en mis
paseos, secarlas después y colocarlas ordenadamente «en mi viejo Plutarco
destinado a los alzacuellos».
-Enséñeme la botánica -le dije.
Quería, para ello, esperar que llegase la primavera, porque ahora no hay
flores.
-Pero usted tiene flores secas -le dije-. Las vi en su casa.
Creo haberte hablado de un ramo seco, preciosamente conservado.
¡Si hubieses visto la cara que puso!... ¡Pobre infeliz! En seguida me
arrepentí de mi alusión indiscreta.
Para hacérsela olvidar, me apresuré a decirle que debía tener una colección
de plantas desecadas. Esto se llama un herbario. Confesó que tenía uno, y al día
siguiente me trajo una colección de bonitas plantas colocadas entre hojas de
papel, con sus respectivas etiquetas.
El curso de botánica empezó; en seguida hice progresos sorprendentes. Pero lo
que yo no sabía era la inmoralidad de esa botánica, y la dificultad de las
primeras explicaciones, sobre todo para un cura.
Has de saber, amiga mía, que las plantas se casan como nosotras, pero la
mayor parte de ellas tienen muchos maridos. Las unas se llaman fanerógamas, si
mal no recuerdo este nombre bárbaro. Es griego puro, y significa: casadas
públicamente, como quien dice en la vicaría. Luego hay las criptógamas,
matrimonios secretos. Las setas que comes se casan secretamente.
Todo esto es muy escandaloso; pero mi cura no sale mal del paso; mejor que
yo, que cometí la tontería de reírme a carcajadas, una o dos veces, en los
pasajes más difíciles. Pero ahora me he vuelto prudente, y no hago más
preguntas.
IV
LA MISMA A LA MISMA
Noirmoutiers... febrero 1845.
Quieres absolutamente saber la historia de ese ramo conservado tan
preciosamente; pero la verdad es que no me atrevo a preguntársela. Desde luego
es más que probable que ahí no hay tal historia; por otra parte, si la hubiese,
sería probablemente una historia que no le gustaría contar. En cuanto a mí,
estoy convencida...
¡Vamos! ¡fuera mentiras! Ya sabes que no puedo tener secretos para ti. Sé esa
historia, y te la voy a contar en dos palabras; nada más sencillo.
-¿Cómo es, señor cura -le dije un día- que con el talento que usted tiene, y
con tanta instrucción, se resignó a ser cura de aldea?
-Es más fácil -contestó con una triste sonrisa-, ser pastor de pobres
campesinos que pastor de los habitantes de una ciudad. Cada cual debe medir su
tarea según sus fuerzas.
-Por eso -dije yo-, debiera usted ocupar más alto puesto.
-Tiempo atrás -continuó-, me dijeron que monseñor N..., su tío de usted, se
había dignado pensar en mí para darme el curato de Santa María, que es el mejor
de la diócesis. Como mi anciana tía, la única parienta que me queda, vive en
N..., decían que aquella rectoría era para mí una posición muy deseable. Pero
estoy bien aquí, y he sabido con gusto que monseñor ha designado a otro. ¿Qué me
falta? ¿No soy feliz en Noirmoutiers? Si hago aquí un poco de bien, estoy en mi
puesto y no debo abandonarlo. Además, la ciudad me recuerda...
Calló un momento, con los ojos tristes y distraídos, y repuso de pronto:
-¿Pero no trabajamos? ¿Y nuestra botánica?...
Maldito lo que me acordaba ya de la hojarasca esparcida sobre la mesa. Lo que
hice fue continuar mis preguntas.
-¿Hace tiempo que se ordenó usted?
-Nueve años.
-Nueve años... ¿Me parece que debía usted tener ya la edad en que se ha
abrazado una profesión? No sé por qué, pero siempre me he figurado que usted no
se hizo cura por vocación de juventud.
-¡Ay!, no señora -dijo como avergonzado-; pero si mi vocación fue tardía, si
fue determinada por causas..., por una causa...
Se enredaba y no podía continuar. Yo me revestí de valor y le dije:
-¿Apostamos a que cierto ramo de flores, que vi, tiene algo que ver con esa
determinación?
Apenas hube soltado estas impertinentes palabras cuando me mordí la lengua;
pero ya era demasiado tarde.
-Pues bien, sí, señora, es verdad; le contaré eso, pero no ahora... Otro día.
En este momento van a tocar el Ángelus.
Y partió antes de la primera campanada.
Yo esperaba alguna historia terrible. Él volvió al día siguiente y fue el
primero en reanudar nuestra conversación de la víspera.
Me confesó que había amado a una joven de N...; pero ella poseía cierta
fortuna, al paso que él, estudiante, no tenía más recursos que su ingenio.
-Me marcho a París -le dijo él-. Allí espero obtener una plaza; pero usted,
mientras yo trabajaré noche y día para merecerla, ¿no me olvidará?
La joven tenía dieciséis o dieciocho años y era muy romántica. Le dio un ramo
de flores en señal de fidelidad. Un año después supo que la chica se había
casado con el notario de N..., precisamente en el momento en que iba él a
obtener una cátedra en un colegio.
Este golpe lo abatió, y renunció a presentarse al concurso. Dijo que durante
años no pudo pensar en otra cosa; y al recordar tan simple aventura, parecía tan
emocionado como si le acabase de suceder.
Sacó luego el ramo del bolsillo y añadió:
-Era una puerilidad guardarlo; quizás una falta.
Y lo arrojó al fuego.
Cuando las pobres flores hubieron cesado de crujir y arder, prosiguió el cura
con más calma:
-Le agradezco a usted que me haya hecho contar esa historia. A usted debo el
haberme separado de un recuerdo que no me convenía conservar.
Pero estaba emocionado, y se veía la pena que le había costado el sacrificio.
¡Qué vida, Dios mío, la de esos pobres curas! Los pensamientos más inocentes
les están prohibidos. Se ven obligados a desterrar de su corazón todos esos
sentimientos que constituyen la felicidad de los demás hombres..., hasta los
recuerdos que hacen amar la vida. Los curas se parecen a nosotras, las pobres
mujeres: todo sentimiento vivo es un crimen. Sólo les está permitido sufrir, y
aun con la condición de que no se conozca que sufren.
Adiós. Me reprocho mi curiosidad como una mala acción, pero tú tienes la
culpa.
V
LA MISMA A LA MISMA
Noirmoutiers... mayo 1845.
Hace mucho tiempo que quiero escribirte, mi querida Sofía, y no sé qué falsa
vergüenza me lo ha impedido siempre. Lo que voy a decirte es tan extraño, tan
ridículo y tan triste a la vez, que no sé si te dará pena o si te hará reír. Yo
misma aún no lo comprendo. Sin más preámbulos, voy al hecho.
En mis cartas te hablé varias veces del abate Aubin, cura de Noirmoutiers.
Hasta te conté cierta aventura que fue causa de su profesión. En la soledad en
que vivo, y con las ideas bastante tristes que me conoces, la sociedad de un
hombre de talento, instruido y amable me era en extremo preciosa. Probablemente
le dejé ver que me interesaba, y al cabo de muy poco tiempo se encontraba en mi
casa como un antiguo amigo. Confieso que era para mí un placer nuevo el hablar
con un hombre superior cuya ignorancia del mundo hacía valer su distinción de
espíritu.
Quizá también, porque hay que decirlo todo, y no es a ti a quien puedo
ocultar algún defecto de mi carácter, quizá también mi sencillez de coquetería
(es tu expresión), que a menudo me has reprochado, obró sin darme yo cuenta de
ello. Me gusta agradar a las personas que me agradan, y quiero ser amada de las
que amo... A este exordio, te veo abrir tus grandes ojos, y me parece oírte
gritar: «¡Julia!...»
Tranquilízate; no es a mi edad cuando se empieza a hacer locuras. Pero
continúo. Se estableció entre nosotros cierta intimidad, sin que jamás, me
apresuro a decirlo, sin que jamás se haya dicho ni hecho nada que no conviniera
al carácter sagrado de que él se hallaba revestido. Estaba a gusto en mi casa.
Hablábamos a menudo de su juventud, más de una vez cometí la falta de poner
sobre el tapete aquella romántica pasión que le valió un ramo de flores (hoy
convertido en ceniza en mi chimenea) y la triste sotana que lleva.
No tardé en observar que ya no pensaba mucho en su infiel. Un día la había
encontrado en la ciudad, y hasta había hablado con ella. Me contó todo esto a su
regreso, y me dijo sin emoción que era dichosa y tenía unos hijos muy monos.
La casualidad lo hizo testigo de algunas de las impaciencias de Enrique. De
ahí confidencias un poco obligadas de mi parte, y de la suya un aumento de
interés. Conoce a mi marido como si lo hubiese tratado diez años. Además era tan
buen consejero como tú, y más imparcial, porque crees siempre que la culpa es de
ambas partes. Él me daba siempre la razón, pero recomendándome mucha prudencia y
mucha política. En una palabra, se mostraba verdadero amigo. Hay en él algo de
femenino que me encanta. Es un espíritu que me recuerda el tuyo. Un carácter
exaltado y firme, sensible y concentrado, fanático del deber... Voy hilvanando
frases para retrasar la explicación. No puedo hablar de una manera franca; este
papel me intimida. ¡Cuánto no daría por tenerte junto al fuego, con un pequeño
bastidor entre las dos, bordando el mismo portier!
En fin, Sofía de mi alma, no hay más remedio que soltar la gran frase. El
pobre estaba enamorado de mí. ¿Te ríes o estás escandalizada? Quisiera verte en
este momento. Claro está que no me dijo nada, pero nosotras raras veces nos
equivocamos, ¡y sus grandes ojos negros!... De ésta creo que te ríes. ¡Más de un
hombre a la moda quisiera tener esos ojos que hablan sin querer! ¡He visto a
tantos que querían hacer hablar a los suyos y no decían más que tonterías!
Al darme cuenta del estado del enfermo, la malignidad de mi naturaleza, te lo
confieso, casi se alegró de pronto. ¡Una conquista a mi edad, y una conquista
tan inocente!... ¿Te parece poco excitar semejante pasión, un amor imposible?...
¡Bah!..., ese mal sentimiento me pasó pronto.
-He aquí un hombre galante -me dije- a quien yo haría
desgraciado con mi ligereza. Es horrible; esto tiene que acabar en absoluto.
Y busqué el medio de alejarlo. Un día nos paseábamos
por la playa. Él no se atrevía a hablarme, y yo me hallaba también cohibida.
Había mortales silencios de cinco minutos, durante los cuales, para disimular mi
estado de ánimo y serenarme, recogía conchas. Al fin le dije:
-Mi querido abate, es absolutamente necesario que le den una rectoría mejor
que ésta. Escribiré a mi tío el obispo; iré a verlo si es necesario.
-¡Marcharme de Noirmoutiers! -exclamó juntando las manos-; ¡si soy aquí
feliz! ¿Qué puedo desear desde que usted llegó? Me ha colmado usted de bondades
y mi pequeña rectoría se ha convertido en un palacio.
-No -repliqué-, mi tío es muy anciano; si yo tuviera la desgracia de
perderlo, no sabría a quién dirigirme para hacerle obtener un puesto digno.
-¡Ay, señora!, ¡sentiría tanto irme de este pueblo!... El cura de Santa María
ha muerto... pero lo que me tranquiliza es que será reemplazado por el abate
Rató. Es un sacerdote muy digno, y me alegro; porque si monseñor hubiese
pensado en mí...
-¡El cura de Santa María ha muerto! -exclamé. -Hoy mismo iré a N..., a ver a
mi tío.
-¡Ah!, señora, no haga usted eso. El abate Rató es mucho más digno que yo; y
además, ¡salir de Noirmoutiers!
-Señor abate -dije con firmeza-, ¡es necesario!
A esta palabra, bajó la cabeza y no se atrevió a resistir.
Yo regresé casi corriendo a mi casa. Él me seguía a dos pasos de distancia,
tan turbado, el pobre, que no se atrevía a abrir la boca. Estaba anonadado. Yo
no perdí un minuto. A las ocho estaba en casa de mi tío. Lo encontré muy
dispuesto en favor del abate Rató, pero me quiere entrañablemente, y, después
de largos debates, logré mi pretensión. El abate Aubin es cura de Santa María.
Hace dos días que está en la ciudad. El pobre comprendió mi: Es necesario. Me
dio gravemente las gracias, y no habló más de su gratitud. Por mi parte, yo le
agradezco que se haya apresurado a salir de Noirmoutiers, diciéndome que deseaba
ir cuanto antes a dar las gracias a monseñor.
Al marchar, me envió su cofrecito bizantino, y me pidió permiso para
escribirme de vez en cuando.
Y bien, hermosa mía, ¿estás contenta de mí? Es una lección. No la olvidaré
cuando vuelva a la sociedad. Pero entonces tendré ya treinta y tres años y no
habrá gran temor de que se enamore nadie de mí..., ¡y mucho menos con un amor
como ese!... Es imposible.
De toda esa locura me queda un hermoso cofrecito y un amigo verdadero. Cuando
tenga ya cuarenta años, cuando sea abuela, intrigaré para que el abate Aubin
tenga una rectoría en París. Le verás mía cara, y él será quien hará hacer la
primera comunión a tu hija.
VI
EL ABATE AUBIN AL ABATE BRUNEAU.
PROFESOR DE TEOLOGÍA EN SAINT-A
N... mayo 1845.
Mi querido maestro: es el párroco de Santa María quien le escribe, y no ya el
humilde cura de Noirmoutiers. Abandoné mis pantanos y héteme vecino de la
ciudad, instalado en una hermosa rectoría, en la calle mayor de N...; párroco de
una gran iglesia, bien construida, bien conservada, de una arquitectura
magnífica, dibujada en todos los álbumes artísticos de Francia.
La primera vez que he celebrado aquí misa ante un altar de mármol,
resplandeciente de dorados adornos, me pregunté, entre dudoso y asombrado, si
era yo. Es la pura verdad.
Una de mis alegrías es la de pensar que en las próximas vacaciones usted
vendrá a visitarme, que podré darle un buen cuarto y una buena cama, sin hablar
de cierto burdeos, que yo llamo mi burdeos de Noirmoutiers, y que me atrevo a
decir que es digno de usted.
Pero usted me preguntará: ¿Cómo de Noirmoutiers a Santa María? Me dejó usted
a la entrada de la nave y me encuentra en el campanario.
O Melibœe, deus nobis hæc otia fecit
Mi querido maestro, la Providencia llevó a Noirmoutiers a una gran dama de
París, a quien ciertas desgracias a que no estamos expuestos nosotros, redujeron
momentáneamente a vivir con diez mil escudos anuales. Es una amable y buena
persona, desgraciadamente un poco viciada por lecturas frívolas y por la
compañía de los mequetrefes de la capital. Aburriéndose mortalmente con un
marido del cual tiene pocos motivos de alabarse, me hizo el honor de favorecerme
con su aprecio. Todo eran regalos, convites, y proyectos en que yo era
necesario. «Abate, quiero aprender latín... Abate, quiero aprender botánica.»
Horresco referens, ¿pues no quiso que yo le enseñase la teología? ¡Me acordé de
usted, mi querido maestro! Mas para esa sed de instrucción se hubieran
necesitado todos nuestros profesores de Saint-A. Afortunadamente sus caprichos
duraban poco, y raramente el curso se prolongaba hasta la tercera lección.
Después de haberle dicho que en latín mulier significa mujer, exclamó: «Pero
abate, ¡usted es un pozo de ciencia! ¿Cómo se ha dejado enterrar en Noirmoutiers?».
Si he de decírselo a usted todo, mi querido maestro, la buena señora, a
fuerza de leer malos libros, de esos que hoy se fabrican, se había metido ideas
muy extrañas en la cabeza. Un día me prestó una obra que acababa de recibir de
París y que la había transportado, el Abelardo, por Rémusat. Lo habrá usted
leído, sin duda, y habrá admirado las sabias investigaciones del autor,
desgraciadamente mal encaminadas. Yo había saltado desde luego al segundo tomo,
a la Filosofía de Abelardo, y hasta después de haberlo leído con el más vivo
interés no comprendí la lectura del primero, que contiene la vida del gran
heresiarca. Era, claro está, todo lo que mi dama se había dignado leer. Mi
querido maestro, aquello me abrió los ojos. Comprendí que era peligrosa la
compañía de las bellas damas tan amantes de ciencia. Ésta excede a Eloísa en
punto a exaltación. Una situación tan nueva para mí me ponía en grave apuro,
cuando de pronto ella me dijo: «Abate, necesito que usted sea cura de Santa
María; el titular ha muerto. ¡Es necesario!». Toma en seguida un coche, se va en
busca de monseñor; y pocos días después era yo cura de Santa María, un poco
avergonzado de haber obtenido este título por recomendación, pero, después de
todo, encantado de verme lejos de las garras de una leona de la capital. Leona,
mi querido maestro, significa, en jerga parisiense, una mujer a la moda. ¿Había
que rechazar la fortuna para arrostrar el peligro? ¡Cualquier tonto! Santo Tomás
de Cantorbery ¿no aceptó los castillos de Enrique II? Adiós, mi querido maestro,
espero filosofar con usted dentro de algunos meses, cada uno en un buen sillón,
delante de un pollo asado y una botella de burdeos, more philosophorum. Vale me
ama. FIN |