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Estaba trabajando cuando mi criado me
anunció:
-Señor, es un hombre que quiere
hablar con el señor.
-Hágalo entrar.
De pronto vi a un hombrecillo que
saludaba. Tenía aspecto de un enclenque maestro con gafas,
cuyo cuerpo endeble no se adhería a ninguna parte de sus ropas
demasiado flojas.
Balbuceó:
-Le pido perdón, señor.
Se sentó y continuó:
-Dios mío, señor, estoy demasiado
turbado por las gestiones que emprendo. Pero era absolutamente
necesario que yo manifestara mis inquietudes a alguien, y no
había nadie más que usted... que usted... En fin, me he armado
de valor... pero verdaderamente... ya no me atrevo.
-Atrévase pues, Señor.
-Verá, Señor, es que, tan pronto como
empiece a hablar usted me tomará por un loco.
-Dios mío, señor, eso dependerá de lo
que vaya a contarme.
-Exactamente, señor, lo que voy a
decirle es raro. Pero le ruego que considere que no estoy
loco, precisamente por esto, yo mismo reconozco lo inusual de
mi confidencia.
-Y bien, señor, adelante.
-No señor, no estoy loco, pero tengo
ese aspecto propio de los hombres que han reflexionado más que
otros y que han franqueado un poco, bien poco, las barreras
del pensamiento medio. Piense pues, señor, que nadie piensa en
nada en este mundo. Cada uno se ocupa de sus asuntos, de su
fortuna, de sus placeres, de su vida, en una palabra, o de
pequeñas tonterías divertidas como el teatro, la pintura, la
música o la política, la más grande de las necedades, o de
cuestiones industriales. ¿Quién piensa? ¿Quién? ¡Nadie! ¡Oh!
¡Me acelero demasiado! Perdón. Vuelvo a mi asunto.
"Hace cinco años que yo llegué aquí,
señor. Usted no me conoce pero yo lo conozco muy bien... Yo
nunca me mezclo con la gente que frecuenta la playa o el
Casino. Vivo sobre el acantilado, adoro con pasión estos
acantilados de Etretat. No conozco otros más bellos, más
sanos. Quiero decir sanos para el espíritu. Es una admirable
ruta entre el cielo y el mar, un camino de hierba, que
discurre sobre esta gran muralla, al borde de la tierra, por
encima del océano.
"Mis mejores días son aquellos que he
pasado tendido sobre una pendiente de hierba, a pleno sol, a
cien metros por encima de las olas, soñando.¿Me comprende?"
-Sí señor, perfectamente.
-Ahora, ¿me permite hacerle una
pregunta?
-Hágala, señor.
-¿Usted cree que los otros planetas
estén habitados?
Yo respondí sin dudar y sin parecer
sorprendido:
-Ciertamente lo creo.
Se volvió loco de alegría, se
levantó, se volvió a sentar, embargado por unas ganas
evidentes de estrecharme entre sus brazos y gritó:
-¡Ah, ah! ¡Qué suerte! ¡Qué alegría!
¡Respiro! Pero ¿cómo he podido dudar de usted? Un hombre no
sería inteligente si no creyera en los mundos habitados. Hace
falta ser un tonto, un idiota, un bruto, para suponer que los
millares de universos brillan y giran únicamente para divertir
y asombrar al hombre, ese insecto estúpido por no comprender
que la Tierra no es nada más que una mota de polvo invisible
en medio de la polvareda de los mundos, que todo nuestro
sistema entero no está formado más que por algunas moléculas
de vida sideral que muy pronto morirán. Mire la Vía Láctea,
ese río de estrellas, y piense que ésta no es nada más que una
mancha dentro de la extensión que es el infinito. Piénselo
sólo durante diez minutos y comprenderá por qué nosotros no
sabemos nada, no adivinamos nada, no comprendemos nada.
Nosotros sólo conocemos un punto, no sabemos nada del más
allá, nada del exterior, nada de ninguna parte, y creemos, y
nos afirmamos.¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¡Si de repente nos fuera revelado
el secreto de la gran vida ultraterrestre, qué estupefacción!
Pero no... pero no... yo soy una bestia en mi entorno,
nosotros no lo comprenderíamos ya que nuestro espíritu no está
hecho más que para comprender las cosas de esta tierra; no
puede extenderse más lejos, es limitado, como nuestra vida,
encadenado a esta bolita que nos lleva, y juzga todo por
comparación. Vea, pues, señor, cómo todo el mundo es
ignorante, estrecho y persuadido del poder de nuestra
inteligencia, que apenas sobrepasa el instinto de los
animales. Nosotros no tenemos ni siquiera la facultad de
percibir nuestra imperfección; estamos hechos para saber el
precio de la mantequilla y del trigo, y, como mucho, para
hablar sobre el valor de los caballos, de los barcos, de los
ministros o de los artistas.
"Eso es todo. Somos aptos exactamente
para cultivar la tierra y servirnos torpemente de lo que está
por debajo de ella. Apenas comenzamos a construir máquinas que
funcionan, nos asombramos como niños por cada descubrimiento
que, desde hace, siglos habríamos debido hacer, si hubiéramos
sido seres superiores. Estamos todavía rodeados de lo
desconocido, incluso en este momento en el que han sido
necesarios miles de años de vida inteligente para intuir el
concepto de la electricidad. ¿Somos de la misma opinión?
Yo respondí riendo:
-Sí señor.
-Entonces muy bien. Y bien, señor,
¿alguna vez se ha interesado usted por Marte?
-¿Por Marte?
-Si, por el planeta Marte.
-No, señor.
-¿Me permitiría contarle algunas
cosas sobre él?
-Por supuesto, señor, con gran
placer.
-Usted sabe, sin duda, que los mundos
de nuestro sistema solar, de nuestra pequeña familia, se
formaron por la condensación en globos de primitivos anillos
gaseosos desprendidos unos después de otros de la nebulosa
solar.
-Sí señor.
-De esto resulta que los planetas más
alejados son los más viejos y deben de ser, consecuentemente,
los más civilizados. Este es el orden de su nacimiento: Urano,
Saturno, Júpiter, Marte, la Tierra, Venus, Mercurio.¿Admite
usted que estos planetas estén habitados como la Tierra?
-Evidentemente. ¿Por qué creer que la
Tierra es una excepción?
-Muy bien. El hombre de Marte, aún
siendo más anciano que el de la Tierra.... perdón, voy muy
deprisa. En primer lugar voy a probarle que Marte está
habitado. Marte presenta a nuestros ojos aproximadamente el
aspecto que la Tierra debe de presentar a los observadores
marcianos. Los océanos allí ocupan menos espacio y están más
diseminados. Se les reconoce por su tono negro porque el agua
absorbe la luz mientras que los continentes la reflejan. Las
modificaciones geográficas sobre este planeta son frecuentes y
prueban la actividad vital. Tiene dos estaciones parecidas a
las nuestras, con nieve en los polos que vemos aumentar y
disminuir siguiendo las épocas del año. Un año es muy largo,
seiscientos ochenta y siete días terrestres, es decir
seiscientos sesenta y ocho días marcianos, descompuestos como
sigue: ciento noventa y uno en primavera, ciento ochenta y uno
para verano, ciento cuarenta y nueve para otoño y ciento
cuarenta y siete para invierno. Se ven menos nubes que aquí,
así que allá debe de hacer más frío y más calor.
Lo interrumpí:
-Perdón señor, estando Marte mucho
más lejos del Sol que nosotros, debe de hacer siempre más
frío, me parece.
Mi extraño visitante gritó con
vehemencia:
-¡Error, señor! ¡Error absoluto!
Nosotros estamos, nosotros, más lejos del sol en verano que en
invierno. Hace más frío sobre la cima del Mont Blanc que en su
base. Le remito, por otra parte, a la teoría mecánica del
calor de Helmotz y de Schiaparelli. El calor del Sol depende
principalmente de la cantidad de vapor de agua que contiene la
atmósfera. He aquí por qué: el poder absorbente de una
molécula de vapor de agua es dieciséis veces superior a la de
una molécula de aire seco, así que el vapor de agua es nuestra
fuente de calor; y Marte, teniendo menos nubes, debe de ser al
mismo tiempo mucho más caluroso y mucho más frío que la
Tierra.
-No lo pongo en duda.
-Muy bien. Ahora, señor, escúcheme
con atención. Se lo ruego.
-Es lo que estoy haciendo, señor.
-¿Ha oído usted hablar de los famosos
canales descubiertos en 1884 por Schiaparelli?
-Muy poco.
-¡Cómo es posible! Sepa, pues, que en
1884, Marte, encontrándose en oposición y separada de nosotros
sólo por una distancia de veinticuatro millones de leguas,
Schiaparelli, uno de los más eminentes astrónomos de nuestro
siglo y uno de los observadores más fiables, descubrió de
repente una gran cantidad de líneas negras rectas o quebradas
siguiendo formas geométricas constantes, y que unían, a través
de los continentes, los mares de Marte! Sí, sí, señor, canales
rectilíneos, canales geométricos, de una igual anchura durante
todo el recorrido, canales construidos por seres! Sí, señor,
la prueba de que Marte está habitado, que allí hay vida, que
allí se piensa, que allí se trabaja, que nos observan.
¿Comprende usted? ¿Comprende?
"Veinte años más tarde, durante la
siguiente alineación, volvimos a ver esos canales, más
numerosos, sí, señor. Y son gigantescos, su anchura no tiene
menos de cien kilómetros."
Yo sonreí respondiendo:
-Cien kilómetros de anchura. Han sido
necesarios obreros muy rudos para excavarlos.
-¡Oh señor! ¿Qué dice? ¡Usted ignora
que este trabajo es infinitamente más fácil en Marte que en la
Tierra puesto que la densidad de sus materiales constitutivos
no sobrepasa la sexagésima novena parte de los nuestros! La
intensidad de la gravedad allí alcanza apenas la trigésimo
séptima parte de la nuestra. ¡Un kilogramo de agua solo pesa
370 gramos!
Me lanzaba estas cifras con tal
seguridad, con la confianza típica de comerciante que sabe el
valor de un número, que no pude impedir reírme y tenía ganas
de preguntarle lo que pesan, en Marte, el azúcar y la
mantequilla.
Movió la cabeza.
-Usted se ríe, señor, me toma por
estúpido después de tomarme por loco. Pero las cifras que le
cito son las que usted encontrará en todas las obras
especializadas de astronomía. El diámetro de Marte es casi la
mitad más pequeño que el nuestro; su superficie no es más que
la veintiseisava centésima parte de la del globo terráqueo; su
volumen es seis veces y media más pequeño que el de la Tierra
y la velocidad de sus dos satélites prueba que pesa diez veces
menos que nosotros. Ahora bien, señor, la intensidad de la
fuerza de gravedad, dependiente de la masa y del volumen, es
decir, del peso y de la distancia de la superficie al centro,
de ello se deduce, indudablemente, un estado de levedad sobre
este planeta que convierte la vida en algo diferente, regula
de forma desconocida para nosotros las acciones mecánicas y
debe de hacer predominar las especies aladas. Sí, señor, el
ser Rey de Marte tiene alas.
"Vuela, pasa de un continente a otro,
se pasea, como un espíritu, alrededor de su universo al cual
le ata sin embargo la atmósfera que no puede franquear,
aunque...
"En fin, señor, ¿se imagina este
planeta cubierto de plantas, de árboles y de animales cuyas
formas no podemos ni sospechar y habitado por grandes seres
alados semejantes a como nos han descrito a los ángeles? Yo
los veo revoloteando por encima de las llanuras y de las
ciudades en el aire dorado que tienen allá. Ya que, por otra
parte, creíamos que la atmósfera de Marte era roja como la
nuestra azul, pero es amarilla, señor, de un hermoso amarillo
dorado.
"¿Se asombra usted ahora de que esas
criaturas hayan podido excavar anchos canales de cien
kilómetros? Y, además, piense únicamente en lo que la ciencia
ha hecho aquí desde hace un siglo... desde hace un siglo... y
piense que los habitantes de Marte son tal vez superiores a
nosotros..."
Se calló bruscamente, bajó los ojos,
y después murmuró con voz suave:
-Ahora es cuando usted va a tomarme
por loco... cuando le diga que yo estuve a punto de verlos...
yo... la otra tarde. Usted sabe, o no sabe, que estamos en la
estación de las estrellas fugaces. Durante la noche del 18 al
19 principalmente, se ven todos los años en cantidades
innombrables; es probable que nosotros pasemos en ese momento
a través de los restos de un cometa.
"Así que, yo estaba sentado sobre la
Mane-Porte, sobre ese enorme saliente del acantilado que se
mete un paso sobre el mar y miraba esa lluvia de pequeños
mundos sobre mi cabeza. Es más divertido y más hermoso que
unos fuegos de artificio, señor. De repente, percibí uno por
encima de mí, muy cerca, un globo luminoso, transparente,
rodeado de alas inmensas y palpitantes, o al menos yo creí ver
unas alas en medio de las tinieblas de la noche. Hacía
tirabuzones como un pájaro herido, giraba sobre sí mismo con
un enorme ruido misterioso, parecía que estaba jadeando,
muriendo, perdido. Pasó delante de mí. Parecía un monstruoso
balón de cristal, lleno de seres enloquecidos, apenas claros,
pero agitados como la tripulación de un navío en peligro que
ya no se gobierna y navega de ola en ola. Y el curioso globo,
habiendo descrito una inmensa curva, fue a desplomarse a lo
lejos en medio del mar, donde escuché su profunda caída
parecida al ruido de un disparo de cañón.
"Todo el mundo, por otra parte, en el
país, escuchó este choque formidable que tomaron por un
trueno. Sólo yo lo vi... yo vi... si hubieran caído sobre la
costa cerca de mí, habríamos conocido a los habitantes de
Marte. No diga ni una palabra, señor, piense, piense largo
tiempo y después cuéntelo un día si usted quiere. Sí, yo vi...
yo vi.. el primer navío aéreo, el primer navío
sideral lanzado al infinito por unos seres pensantes... a
menos que yo no haya más que asistido simplemente a la muerte
de una estrella fugaz capturada por la Tierra. Ya que, usted
no ignora, señor, que los planetas cazan a los mundos errantes
del espacio como nosotros aquí perseguimos a los vagabundos.
La Tierra, que es ligera y débil, no puede detener en su
camino más que a los pequeños transeúntes de la inmensidad."
Se levantó, exaltado, delirante,
abriendo los brazos para simular la marcha de los astros.
-Los cometas, señor, que vagabundean
por las fronteras de la gran nebulosa, de los cuales nosotros
somos condensaciones, los cometas, pájaros libres y luminosos,
vienen hacia el Sol de las profundidades del infinito. Vienen
arrastrando su cola inmensa de luz hacia el astro rey; vienen,
aceleran tanto su excéntrico curso que no pueden reunirse con
quien les llama; solamente después de haberlo rozado, son
relanzados al espacio por la velocidad misma de su caída..
"Pero si, en el curso de su viaje
prodigioso, han pasado cerca de un poderoso planeta, si han
sentido, desviados de su ruta, su influencia irresistible,
vuelven entonces a este nuevo amo que los mantiene, en lo
sucesivo, cautivos. Su parábola ilimitada se transforma en una
curva cerrada y es así cómo nosotros podemos calcular el
regreso periódico de los cometas. Júpiter tiene ocho cautivos.
Saturno uno, Neptuno también uno, y su planeta exterior
igualmente uno, además de una armada de estrellas fugaces.
Entonces... entonces... puede que yo haya visto solamente a la
Tierra detener a un pequeño mundo errante...
"Adiós señor, no me responda nada,
reflexione, reflexione y cuente todo esto un día si usted
quiere..."
Eso es todo. Este chiflado no me
pareció tan tonto como un simple rentista.
FIN |