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Todo Véziers-le-Réthel había asistido
al duelo y al entierro del señor Badon-Leremince, y las
últimas palabras del discurso del delegado de la Prefectura se
grabaron en la memoria de todos: «¡Era un modelo de honradez!»
Modelo de honradez lo había sido en
todos los actos apreciables de su vida, en sus palabras, en su
ejemplo, en su actitud, en su comportamiento, en sus negocios,
en el corte de su barba y la forma de sus sombreros. Jamás
había dicho una palabra que no encerrara un ejemplo, jamás
había dado una limosna sin acompañarla con un consejo, jamás
había tendido la mano sin que pareciera una especie de
bendición.
Dejaba dos hijos: un varón y una
hembra; el hijo era diputado provincial, y la hija, casada con
un notario, el señor Poirel de la Voulte, una de las más
encopetadas damas de Véziers.
Se mostraban inconsolables por la
muerte de su padre, pues lo amaban sinceramente.
En cuanto terminó la ceremonia,
regresaron a la casa del difunto y, encerrándose los tres, el
hijo, la hija y el yerno, abrieron el testamento que debían
conocer ellos solos, y sólo después de que el ataúd hubiera
recibido tierra. Una anotación en el sobre indicaba esta
voluntad.
Fue el señor Poirel de la Voulte
quien rompió el sobre, en su calidad de notario habituado a
estas operaciones, y, ajustándose las gafas en la nariz, leyó,
con su voz apagada, habituada a detallar los contratos:
Hijos míos, queridos hijos, no podría
dormir tranquilo el sueño eterno si no les hiciera, desde el
otro lado de la tumba, una confesión, la confesión de un
crimen cuyos remordimientos han desgarrado mi vida. Sí, he
cometido un crimen, un crimen espantoso, abominable.
Tenía yo entonces veintiséis años y
hacía mis primeras armas en el foro, en París, llevando la
vida de los jóvenes de provincias que van a parar, sin
relaciones, sin amigos, sin parientes, a esa ciudad.
Tuve una amante. Mucha gente se
indigna ante esa mera palabra, «una amante», pero hay seres
que no pueden vivir solos. Yo soy de esos. La soledad me llena
de una terrible angustia, la soledad en el hogar, junto a la
chimenea, por la noche. Me parece entonces que estoy solo en
la tierra, espantosamente solo, pero rodeado por vagos
peligros, por cosas desconocidas y terribles; y el tabique que
me separa de mi vecino, de un vecino al cual no conozco, me
aleja de él tanto como de las estrellas que vislumbro desde mi
ventana. Me invade una especie de fiebre, una fiebre de
impaciencia y de temor; y el silencio de las paredes me
asusta. ¡Es tan profundo y triste ese silencio de la
habitación donde uno vive solo! No se trata solamente de un
silencio en torno al alma, y cuando un mueble cruje, uno se
estremece, hasta lo hondo del corazón, pues no espera el menor
ruido en ese tétrico albergue.
Cuántas veces, nervioso, atemorizado
por esa inmovilidad muda, no me habré puesto a hablar, a
pronunciar palabras, sin orden ni concierto, para hacer ruido.
Mi voz entonces me parecía tan extraña que también me daba
miedo. ¿Hay algo más espantoso que hablar solo en una casa
vacía? La voz parece de otro, una voz desconocida, que habla
sin motivo, con nadie, en el aire vacío, sin ningún oído que
la escuche, pues ya se sabe, antes de que se escapen en la
soledad del piso, las palabras que van a salir de la boca. Y
cuando resuenan lúgubremente en el silencio, ya sólo parecen
un eco, el eco singular de palabras pronunciadas muy bajito
por el pensamiento.
Tuve una amante, una joven como todas
esas jóvenes que viven en París de un oficio insuficiente para
alimentarlas. Era dulce, buena, sencilla; sus padres vivían en
Poissy. Ella iba a pasar unos días en su casa de vez en
cuando.
Durante un año viví bastante
tranquilo con ella, decidido a abandonarla cuando encontrase
una señorita que me agradara lo bastante para casarme. Le
dejaría a la otra una pequeña renta, puesto que está admitido,
en nuestra sociedad, que el amor de una mujer debe pagarse,
con dinero cuando es pobre, con regalos cuando es rica.
Pero he aquí que un día me anunció
que estaba encinta. Quedé aterrado y percibí en un segundo
todo el desastre de mi existencia. Se me presentó la cadena
que arrastraría hasta mi muerte, por todas partes, en mi
futura familia, en mi vejez, siempre: cadena de la mujer
ligada a mi vida por el niño, cadena del niño que habría que
criar, vigilar, proteger, al mismo tiempo que me ocultaba de
él y lo ocultaba al mundo. Mi espíritu quedó trastornado con
la noticia; y un confuso deseo, que no formulé, pero que
sentía en mi corazón, a punto de mostrarse, como esa gente
escondida detrás de las cortinas esperando a que le digan que
aparezca, ¡un deseo criminal vagó por lo más hondo de mi
pensamiento!
-¿Y si ocurriera un accidente? ¡Hay
tantos de esos pequeños seres que mueren antes de nacer!
¡Oh! Yo no deseaba la muerte de mi
amante. ¡Pobre chica, la quería mucho! Pero deseaba, quizás,
la muerte del otro, antes de haberlo visto.
Nació. Tuve una familia en mi
apartamiento de soltero, una falsa familia con un hijo, una
cosa horrible. Se parecía a todos los niños. Yo no lo quería.
Los padres, ya saben, sólo aman más adelante. No tienen la
ternura instintiva y violenta de las madres; es preciso que el
cariño se despierte poco a poco, que su espíritu vaya cobrando
afecto mediante los lazos que se anudan cada día entre los
seres que viven juntos.
Transcurrió un año más; yo huía ahora
de mi casa, demasiado pequeña, donde tropezaba a cada paso con
pañales, con mantillas, con calcetines del tamaño de guantes,
con mil cosas de todas clases dejadas en un mueble, sobre el
brazo de un sillón, en todas partes. Huía sobre todo para no
oírlo gritar, pues gritaba a cada momento: cuando lo mudaban,
cuando lo lavaban, cuando lo tocaban, cuando lo acostaban,
cuando lo levantaban, sin cesar.
Había entablado algunas amistades y
encontré en un salón a la que sería madre de ustedes. Me
enamoré y el deseo de casarme con ella despertó en mí. La
cortejé; la pedí en matrimonio; me la concedieron.
Y me encontré cogido en una trampa:
Casarme, teniendo un hijo, con aquella joven a la que adoraba.
O bien decir la verdad y renunciar a ella, a la felicidad, al
futuro, a todo, pues sus padres, personas rígidas y
escrupulosas, no me la hubieran entregado, de haberlo sabido.
Pasé un horrible mes de angustias, de
torturas morales; un mes en el que me obsesionaron mil ideas
espantosas; y sentía crecer en mi interior el odio contra mi
hijo, contra aquel pedacito de carne viva y chillona que
obstaculizaba mi camino, cortaba mi vida, me condenaba a una
existencia en la que no podía esperar nada, sin todas esas
vagas esperanzas que constituyen el encanto de la juventud.
Pero he aquí que la madre de mi
compañera cayó enferma, y me quedé solo con el niño.
Estábamos en diciembre, hacía un frío
terrible. ¡Qué noche! Mi amante acababa de marcharse. Yo había
cenado solo en mi angosta sala y entré despacito en la
habitación donde el pequeño dormía.
Me senté en un sillón al amor de la
lumbre. El viento soplaba, hacía crujir los cristales, un
viento seco de helada, y yo veía, a través de la ventana,
brillar las estrellas con esa luz aguda que tienen en las
noches gélidas.
Entonces, la obsesión que me
perseguía desde hacía un mes penetró de nuevo en mi cabeza.
Mientras yo seguía inmóvil, descendía sobre mí, entraba en mí
y me consumía. Me consumía como consumen las ideas fijas, como
los cánceres deben consumir las carnes. Estaba allí, en mi
cabeza, en mi corazón, en mi cuerpo entero, me parecía; y me
devoraba, como hubiera hecho un animal. Yo quería expulsarla,
rechazarla, abrir mi pensamiento a otras cosas, a esperanzas
nuevas, como se abre una ventana al viento fresco de la mañana
para expulsar el aire viciado de la noche; pero no podía, ni
siquiera un segundo, hacerla salir de mi cerebro. No sé cómo
expresar esta tortura. Me roía el alma; y yo sentía con un
espantoso dolor, un verdadero dolor físico y moral, cada una
de sus dentelladas.
¡Mi existencia estaba acabada! ¿Cómo
saldría de esta situación? ¿Cómo retroceder, y cómo confesar?
Y yo amaba a la que iba a convertirse
en madre de ustedes con una pasión loca, que el insuperable
obstáculo exasperaba aún más.
Una cólera terrible crecía dentro de
mí, me oprimía la garganta, una cólera que rozaba con la
locura... ¡con la locura! ¡Sí, estaba loco aquella noche!
El niño dormía. Me levanté y lo miré
dormir. Era él, aquel aborto, aquella larva, aquella nadería
lo que me condenaba a una infelicidad sin remedio.
Dormía con la boca abierta, enterrado
bajo las mantas, en una cuna, junto a mi cama, ¡donde yo no
podría dormir!
¿Cómo realicé lo que hice? ¿Acaso lo
sé? ¿Qué fuerza me empujó, qué maléfico poder me poseyó? ¡Oh!
La tentación del crimen me llegó sin que la sintiera
anunciarse. Recuerdo solamente que el corazón me latía
espantosamente. Latía con tanta fuerza que lo oía como se oyen
unos martillazos detrás de los tabiques. ¡Sólo recuerdo eso!
¡Mi corazón latía! En mi cabeza había una extraña confusión,
un tumulto, un desorden de toda razón, de toda sangre fría.
Estaba en una de esas horas de pavor y de alucinación en las
que el hombre ya no tiene conciencia de sus actos ni rige su
voluntad.
Levanté suavemente las mantas que
tapaban el cuerpo de mi hijo; las eché a los pies de la cuna,
y lo vi, desnudo. No se despertó. Entonces me dirigí a la
ventana, despacio, muy despacito, y la abrí.
Un soplo de aire helado entró como un
asesino, tan frío que retrocedí ante él; y las dos velas
palpitaron. Y me quedé de pie junto a la ventana, sin
atreverme a darme la vuelta, como para no ver lo que ocurría a
las espaldas, y sintiendo sin cesar deslizarse sobre mi
frente, sobre mis mejillas, sobre mis manos, el aire mortal
que seguía entrando. Esto duró mucho tiempo.
No pensaba en nada, no reflexionaba
en nada. De repente una tosecita hizo que un horrible
escalofrío me recorriera de pies a cabeza, un escalofrío que
siento aún en este momento, en la raíz de los cabellos. Y con
un movimiento asustado cerré bruscamente las dos hojas de la
ventana, y después, volviéndome, corrí hacia la cuna.
Él seguía durmiendo, con la boca
abierta, completamente desnudo. Toqué sus piernas; estaban
heladas, y las tapé.
Mi corazón de pronto se enterneció,
se rompió, se llenó de piedad, de ternura, de amor hacia aquel
pobre inocente que había querido matar. Besé un buen rato sus
finos cabellos; y después volví a sentarme ante el fuego.
Pensaba con estupor, con horror, en
lo que había hecho, preguntándome de dónde provienen esas
tormentas del alma en las que el hombre pierde toda noción de
las cosas, toda autoridad sobre sí mismo, y actúa con una
especie de enloquecida embriaguez, sin saber lo que hace, sin
saber a dónde va, como un barco en un huracán.
El niño tosió una vez más, y me sentí
desgarrado hasta el fondo del alma. ¿Y si se muriese? ¡Dios
mío! ¡Dios mío! ¿Qué sería de mí?
Me levanté para ir a mirarlo; y, con
una vela en la mano, me incliné sobre él. Al verlo respirar
con tranquilidad, me serené; pero tosió por tercera vez; y
sentí tal sacudida, hice tal movimiento de retroceso, como
cuando estamos trastornados ante la vista de algo horroroso,
que dejé caer la vela.
Al ponerme en pie tras haberla
recogido, me di cuenta de que tenía las sienes bañadas en
sudor, ese sudor caliente y helado al mismo tiempo que
producen las angustias del alma, como si algo del espantoso
sufrimiento moral de esa tortura inefable que es, en efecto,
ardiente como el fuego y fría como el hielo, transpirase a
través de los huesos y de la piel del cráneo.
Y me quedé hasta que se hizo de día
inclinado sobre mi hijo, calmándome cuando estaba un buen rato
tranquilo, y traspasado por abominables dolores cuando una
débil tos salía de su boca.
Se despertó con los ojos rojos, la
garganta obstruida, un aire doliente.
Cuando entró mi asistenta, la envié
en seguida a buscar un médico. Llegó al cabo de una hora, y
pronunció, tras haber examinado al niño:
-¿No habrá cogido frío?
Me puse a temblar como tiemblan las
personas muy viejas, y balbucí:
-No, no creo.
Después pregunté:
-¿Qué tiene? ¿Es algo grave?
Respondió:
-Aún no lo sé. Volveré esta tarde.
Volvió por la tarde. Mi hijo había
pasado casi todo el día en una modorra invencible, tosiendo de
vez en cuando.
Por la noche se declaró una
pleuresía.
Y la cosa duró diez días. No puedo
expresar lo que sufrí durante esas interminables horas que
separan la mañana de la noche y la noche de la mañana.
Murió.
Y desde... desde ese momento, no he
pasado una hora, no, ni una sola hora, sin que el recuerdo
atroz, punzante, ese recuerdo que roe, que parece retorcer el
espíritu al desgarrarlo, no se agitase en mí como un animal
furioso encerrado en el fondo de mi alma.
¡Oh! ¡Si hubiera podido volverme
loco!...
El señor Poirel de la Voulte se sacó
las gafas con un movimiento que le era familiar cuando había
acabado la lectura de un contrato; y los tres herederos del
muerto se miraron, sin decir una palabra, pálidos, inmóviles.
Al cabo de un minuto, el notario
prosiguió:
-Hay que destruir esto.
Los otros dos bajaron la cabeza en
señal de asentimiento. Él encendió una vela, separó
cuidadosamente las páginas que contenían la peligrosa
confesión de las páginas que contenían las disposiciones sobre
el dinero, después las acercó a la llama y las arrojó a la
chimenea.
Y contemplaron cómo se consumían las
hojas blancas. Pronto no formaron sino una especie de
montoncitos negros. Y como se veían aún algunas letras que se
dibujaban en blanco, la hija, con la punta del pie, aplastó a
golpecitos la ligera costra del papel chamuscado, mezclándola
con las cenizas viejas.
Después se quedaron aún los tres
algún tiempo mirando aquello, como si temieran que el secreto
quemado escapase por la chimenea.
FIN |