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El viento del norte soplaba tempestuoso,
arrastrando por el cielo enormes nubes invernales, pesadas y
negras, que arrojaban al pasar sobre la tierra furiosos
chaparrones.
El mar encrespado bramaba y azotaba
la costa, precipitando sobre la orilla olas enormes, lentas y
babosas, que se desplomaban con detonaciones de artillería.
Llegaban suavemente, una tras otra, altas como montañas,
esparciendo en el aire, bajo las ráfagas, la espuma blanca de
sus crestas, igual que el sudor de un monstruo.
El huracán se precipitaba en el
vallecito de Yport, silbaba y gemía, arrancando las pizarras
de los tejados, rompiendo los sobradillos, derribando las
chimeneas, lanzando por las calles tales rachas de viento que
sólo se podía andar sujetándose a las paredes, y capaces de
levantar a un niño como si fuera una hoja y de arrojarlo al
campo por encima de las casas.
Las barcas de pesca habían sido
sirgadas hasta el pueblo, por miedo al mar que iba a barrer la
playa cuando subiese la marea, y algunos marineros, ocultos
tras el redondo vientre de las embarcaciones tumbadas de
costado, contemplaban a aquella cólera del cielo y del agua.
Después se marchaban poco a poco,
pues la noche caía sobre la tormenta, envolviendo en sombras
el océano enloquecido, y todo el estruendo de los irritados
elementos.
Quedaban aún dos hombres, las manos
en los bolsillos, encorvados bajo la borrasca, el gorro de
lana calado hasta los ojos, dos corpulentos pescadores
normandos, con una sotabarba áspera, con la piel quemada por
las saladas ráfagas de alta mar, de ojos azules con una pinta
negra en el centro, esos ojos penetrantes de los marinos que
ven a lo lejos en el horizonte, como un ave de presa.
Uno de ellos decía:
-Hala, vente, Jérémie. ¿Qué tal si
echamos una partida de dominó? Yo pago.
El otro vacilaba aún, tentado por el
juego y el aguardiente, sabiendo perfectamente que iba a
emborracharse una vez más si entraba en la taberna de
Paumelle, contenido también por la idea de su mujer, que se
había quedado completamente sola en la casucha.
Preguntó:
-Casi que diría que has apostado a
emborracharme toas las noches. Dime, ¿qué gusto le sacas?,
porque siempre corres con el gasto...
Y se reía de todas maneras ante la
idea de todo aquel aguardiente bebido a expensas de otro; se
reía con la risa satisfecha de un normando aprovechado.
Mathurin, su camarada, seguía
tirándole del brazo.
-Hala, vente Jérémie. No está la
noche para volver a casa sin algo caliente en la barriga. ¿De
qué tienes miedo? ¿No te va a calentar la cama tu costilla?
Jérémie respondía:
-La noche pasada, ni pude encontrar
la puerta... ¡Casi casi me pescaron en el arroyo delante de
casa!
Y se reía aún con aquel recuerdo de
borrachín, y marchaba despacito hacia el café de Paumelle,
cuyos cristales iluminados brillaban; marchaba, arrastrado por
Mathurin y empujado por el viento, incapaz de resistirse a
aquellas dos fuerzas.
La sala baja estaba llena de
marineros, de humo y de gritos. Todos aquellos hombres,
vestidos de lana, acodados en las mesas, vociferaban para
hacerse oír. Cuantos más bebedores entraban, más había que
chillar entre el estruendo de voces y de fichas de dominó
batidas contra el mármol, como para hacer más ruido todavía.
Jérémie y Mathurin fueron a sentarse
a un rincón y empezaron una partida, y las copas desaparecían,
una tras otra, en la profundidad de sus gargantas.
Luego jugaron otras partidas, tomaron
otras copas. Mathurin servía sin parar, guiñándole el ojo al
dueño, un gordo tan rojo como el fuego y que se lo pasaba en
grande, como si estuviera en el secreto de alguna broma; y
Jérémie tragaba el alcohol, balanceaba la cabeza, lanzaba
carcajadas que parecían rugidos, mirando a su compadre con un
aire alelado y contento.
Todos los clientes se marchaban. Y
cada vez que uno de ellos abría la puerta de fuera para salir,
una ráfaga de viento entraba en el café, agitaba
tempestuosamente el pesado humo de las pipas, balanceaba las
lámparas suspendidas de cadenas y hacía vacilar las llamas; y
de repente se oía el choque profundo de una ola que se
desplomaba y el bramido de la borrasca.
Jérémie, con el cuello desabrochado,
adoptaba actitudes de curda, con una pierna extendida, un
brazo colgante; y con la otra mano sujetaba sus fichas.
Ahora se habían quedado solos con el
dueño, que se acercó, lleno de interés.
Preguntó:
-¿Qué, Jérémie, cómo va la cosa por
ahí dentro? ¿Te has refrescado con tanto riego?
Y Jérémie farfulló:
-Cuanto más corre, más seco se pone
ahí al fondo.
El tabernero miró a Mathurin con aire
ladino. Dijo:
-Y tu hermano, Mathurin, ¿por dónde
anda a estas horas?
El marinero tuvo una risa muda:
-Está bien calentito; tú, tranquilo.
Y ambos miraron a Jérémie, que
colocaba triunfalmente el seis doble, anunciando:
-Ahí va el ataúd.
Cuando hubieron acabado la partida,
el dueño declaró:
-¿Saben, chicos?, yo me voy a la
cama. Les dejo una lámpara y un caneco de litro. Hay hasta
cuatro reales a bordo. Cierra la puerta por fuera, Mathurin, y
mete la llave por debajo del tejadillo, como hiciste la otra
noche.
Mathurin replicó:
-Tú, tranquilo. Entendido.
Paumelle estrechó la mano de sus dos
clientes rezagados, y subió torpemente la escalera de madera.
Durante unos minutos, sus pesados pasos resonaron en la
casita; después un gran crujido reveló que acababa de meterse
en cama.
Los dos hombres siguieron jugando; de
vez en cuando, una racha más fuerte del huracán sacudía la
puerta, hacía temblar las paredes, y los dos bebedores alzaban
la cabeza como si fuera a entrar alguien. Después Mathurin
cogía el caneco y llenaba el vaso de Jérémie. Pero de pronto,
el reloj colgado sobre el mostrador dio las doce. Su timbre
ronco parecía un choque de cacerolas, y los golpes vibraban
mucho tiempo, con una sonoridad de chatarra.
Mathurin se levantó al punto, como un
marinero que ha acabado su guardia:
-Hala, Jérémie, hay que largarse.
El otro se puso en marcha con más
trabajo, recuperó el equilibrio apoyándose en la mesa; después
se dirigió a la puerta y la abrió, mientras su compañero
apagaba la lámpara.
Cuando estuvieron en la calle,
Mathurin cerró el establecimiento; luego dijo:
-Hala, buenas noches, hasta mañana.
Y desaparecieron en las tinieblas.
* * *
Jérémie dio tres pasos, después se
bamboleó, extendió las manos, encontró una pared que lo
sostuvo en pie y volvió a ponerse en marcha tropezando. A
veces una ráfaga, precipitándose en la estrecha calle, lo
lanzaba hacia adelante, le hacía correr unos pasos; después,
cuando cesaba la violencia de la tromba, se paraba en seco,
habiendo perdido el empuje, y volvía a vacilar sobre sus
caprichosas piernas de borracho.
Iba instintivamente hacia su casa,
como los pájaros van hacia el nido. Por fin reconoció su
puerta y empezó a palparla para descubrir la cerradura y meter
la llave. No encontraba el agujero y blasfemaba a media voz.
Entonces la emprendió a puñetazos con ella, llamando a su
mujer para que viniera a ayudarle:
-¡Mélina! ¡Eh! ¡Mélina!
Como se apoyaba en la hoja para no
caerse, ésta cedió, se abrió, y Jérémie, perdiendo apoyo,
entró en su casa rodando, fue a caer de narices en el centro
de su hogar, y sintió que una cosa pesada pasaba sobre su
cuerpo, y después huía en la noche.
No se movía, pasmado de miedo,
enloquecido, con terror al diablo, a los aparecidos, a todas
las cosas misteriosas de las tinieblas, y esperó un buen rato
sin atreverse a hacer un movimiento. Pero cuando vio que nada
se movía ya, recobró un poco de razón, la razón enturbiada del
borrachín.
Se sentó, muy despacito. Esperó
todavía un rato, y, dándose por fin ánimos, pronunció:
-¡Mélina!
Su mujer no respondió.
Entonces, de repente, una duda cruzó
por su cerebro nublado, una duda indecisa, una vaga sospecha.
No se movía; permanecía allí, sentado en el suelo, en la
oscuridad, buscando sus ideas, aferrándose a reflexiones tan
incompletas y bamboleantes como sus pies.
Preguntó de nuevo:
-Dime quién era, Mélina. Dime quién
era. No te haré nada.
Esperó. Ninguna voz se alzó en las
sombras. Ahora razonaba en voz alta.
-Estoy bebido, claro, ¡estoy bebido!
Él me hizo beber así, ese desgraciado; fue él, para que no
volviera. ¡Estoy bebido!
Y proseguía:
-Dime quién era, Mélina, o voy a
hacer una barbaridad.
Tras haber esperado de nuevo,
continuaba, con una lógica lenta y porfiada, de borracho:
-Como que él me entretuvo en casa de
ese gandul de Paumelle; y las otras noches, lo mismo, para que
no volviese. Es cómplice de ustedes. ¡Ah!, ¡qué mamón!
Lentamente se puso de rodillas. Una
cólera sorda lo asaltaba, mezclándose con la fermentación de
las bebidas.
Repitió:
-Dime quién era, Mélina, o te voy a
zurrar, ¡te aviso!
Ahora estaba de pie, estremeciéndose
con una cólera fulminante, como si el alcohol que tenía en el
cuerpo se hubiera encendido en sus venas. Dio un paso, tropezó
con una silla, la agarró, siguió andando, encontró la cama, la
palpó y sintió en su interior el cuerpo cálido de su mujer.
Entonces, enloquecido de rabia,
gruñó:
-¡Ah! ¡Estabas ahí, puerca, y no
contestabas!
Y levantando la silla que sostenía en
su robusto brazo de marinero, la dejó caer ante sí con
exasperada furia. Un grito brotó de la cama; un grito
enloquecido, desgarrador. Entonces empezó a golpear como un
batidor de lana. Y pronto, nada se movió ya. La silla volaba
hecha pedazos; pero le quedaba una pata en la mano, y él
seguía golpeando, jadeante.
Después, de repente, se detuvo para
preguntar:
-¿Me dirás ahora quién era?
Mélina no respondió.
Entonces, roto de cansancio,
embrutecido por su violencia, volvió a sentarse en el suelo,
se estiró y se durmió.
Cuando se hizo de día, un vecino,
viendo la puerta abierta, entró. Vio a Jérémie que roncaba en
el suelo, donde yacían los restos de una silla, y en la cama
una papilla de carne y de sangre.
FIN |