Hace unos diez años, quizá más, quizá menos, visité una
cárcel de mujeres. Era un antiguo palacio construido en tiempos de Enrique IV
cuyos altos tejados de pizarra dominaban una sombría pequeña ciudad del
Mediodía, a orillas de un río. El director de esta cárcel estaba próximo a la
edad de la jubilación. Tenía ideas propias y sentimientos humanos. No se hacía
ilusiones respecto a la moralidad de sus trescientas internas, pero no
consideraba que estuviera muy por debajo de la moralidad de trescientas mujeres
tomadas al azar en cualquier ciudad.
-Aquí hay de todo, como en todas partes -parecía decirme con su mirada dulce y
fatigada.
Cuando cruzamos el patio, una larga fila de internas acababa su paseo silencioso
y regresaba a los talleres. Había muchas viejas, con aspecto bruto y solapado.
Mi amigo, el doctor Cabane, que nos acompañaba, me hizo observar que casi todas
aquellas mujeres tenían alguna tara característica, que el estrabismo era
frecuente entre ellas, que eran unas degeneradas y que había muy pocas que no
estuvieran marcadas por los estigmas del crimen, o al menos, del delito. El
director sacudió lentamente la cabeza. Vi que no compartía las teorías de los
médicos criminalistas y que seguía persuadido de que en nuestra sociedad los
culpables no son siempre muy diferentes de los inocentes.
Nos condujo a los talleres. Vimos a las panaderas, a las planchadoras, a las
lavanderas trabajando. El trabajo y la limpieza ponían allí un poco de alegría.
El director trataba a todas las mujeres con bondad. Las más torpes y las más
perversas no le hacían perder ni su paciencia ni su benevolencia. Consideraba
que hay que pasarle bastantes cosas a las personas con las que uno convive; que
no hay que exigirle demasiado ni siquiera a las delincuentes y a las criminales;
y, contrariamente a lo que era habitual, no le exigía a las ladronas y a las
alcahuetas que fueran perfectas por el hecho de estar pagando su condena. No
creía en absoluto en la eficacia moral de los castigos, y renunciaba a hacer de
la cárcel una escuela de virtud. No creía que se haga mejor a las personas
haciéndoles sufrir, por ello evitaba todo cuanto podía los sufrimientos a
aquellas desgraciadas. No sé si tenía sentimientos religiosos, pero no concedía
ninguna significación moral a la idea de expiación.
-Interpreto el reglamento -me dijo- antes de aplicarlo. Y se lo explico
personalmente a las detenidas. Por ejemplo: el reglamento ordena silencio
absoluto. Pero, si guardaran silencio absoluto, todas se volverían idiotas o
locas. Pienso, debo pensar, que no es eso lo que pretende el reglamento. Les
digo: «El reglamento les ordena guardar silencio. ¿Qué significa esto? Significa
que las vigilantes no deben oírlas. Si se les oye, serán castigadas; si no se
les oye, no habrá ningún reproche que hacerles. Yo no puedo pedirles cuentas de
sus pensamientos. Si sus palabras no hacen más ruido que sus pensamientos, no
puedo pedirles cuentas de sus palabras». Así advertidas, se las ingenian para
hablar sin, por así decirlo, emitir sonidos. No se vuelven locas y la norma se
cumple.
Le pregunté si sus superiores jerárquicos aprobaban aquella interpretación del
reglamento. Me contestó que los inspectores le hacían
reproches con frecuencia; y que entonces él los conducía a la puerta exterior y
les decía: «Ustedes ven esta reja; es de madera. Si se encerrara en este centro
a hombres, al cabo de ocho días no quedaría ni uno dentro. A las mujeres no se
les ocurre evadirse. Pero es prudente no ponerlas rabiosas. El régimen de la
cárcel no es ya de por sí muy favorable para su salud física y moral. No me
responsabilizaría de guardarlas si se les impone la tortura del silencio».
La enfermería y los dormitorios, que visitamos a continuación, estaban ubicados
en grandes salas encaladas, que no conservaban de su antiguo esplendor nada más
que unas monumentales chimeneas de piedra gris y mármol negro rematadas por
pomposas Virtudes en relieve. Una Justicia, esculpida hacia 1600 por algún
artista flamenco italianizado, con el pecho al aire y el muslo fuera de su
túnica abierta, sujetaba con un robusto brazo una balanza alocada cuyos
platillos chocaban como címbalos. Aquella diosa dirigía la punta de su espada
hacia una pequeña enferma acostada en una cama de hierro, sobre un colchón tan
delgado como una toalla doblada. Habríase dicho una niña.
-Y bien, ¿se encuentra mejor? -le preguntó el doctor Cabane.
-¡Oh! sí, señor, mucho mejor. -Y sonrió.
-Bueno, sea muy prudente y se curará.
Miró al médico con unos grandes ojos llenos de alegría y esperanza.
-Es que esta pequeña ha estado muy grave -dijo el doctor Cabane. Y seguimos.
-¿Por qué delito está condenada?
-No es por un delito, es por un crimen.
-¡Ah!
-Infanticidio.
Al final de un largo corredor, entramos en una pequeña habitación bastante
alegre, repleta de armarios y cuyas ventanas -que no tenían rejas- daban al
campo. Allí, una mujer joven, muy bonita, escribía sobre una mesa. De pie, cerca
de ella, otra, con muy buen tipo, buscaba una llave en un manojo colgado de su
cintura. Habría creído que se trataba de las hijas del director. Pero éste me
advirtió que eran dos internas.
-¿No se ha dado cuenta de que llevan el uniforme de la casa?
No me había percatado de ello, sin duda porque no lo llevaban como las demás.
-Sus vestidos están mejor hechos y sus gorros, más pequeños, dejan ver sus
cabellos.
-Es porque es muy difícil impedir que una mujer enseñe su cabello, sobre todo si
es bonito -me contestó el viejo director-. Éstas están sometidas al régimen
común y astrictas al trabajo.
-¿Qué hacen?
-Una es archivera y la otra bibliotecaria.
No fue necesario preguntar: eran dos pasionales. El director no nos ocultó que
prefería a las criminales antes que a las delincuentes.
-Sé -comentó- que son como extrañas a su propio crimen. Fue como un relámpago en
su vida. Pero son capaces de rectitud, de valor, de generosidad. No podría decir
lo mismo de mis ladronas. Sus delitos, que siempre son mediocres y vulgares,
constituyen el entramado de su existencia. Son incorregibles. Y la bajeza que
les hizo cometer actos reprensibles, impregna constantemente su conducta. La
pena que se les impone es relativamente pequeña y, como tienen poca sensibilidad
física y moral, la soportan habitualmente con facilidad. Eso no quiere decir
-añadió vivamente- que esas desgraciadas sean todas indignas de piedad y no
merezcan que uno se interese por ellas. Mientras más vivo, más me doy cuenta de
que no hay culpables, sólo hay desgraciados.
Nos hizo entrar en su despacho y dio a una vigilante la orden de traer a la
detenida número 503.
-Voy a ofrecerles un espectáculo que no he preparado, les ruego que me crean
-nos dijo-, y que les inspirará sin duda nuevas reflexiones respecto a los
delitos y a las penas. Lo que van a ver y oír, yo lo he visto y oído cien veces
en mi vida.
Una interna, acompañada de una vigilante, entró en el despacho. Era una joven
campesina bastante bonita, de aspecto simple, bobalicón y dulce.
-Tengo una buena noticia que comunicarle -le dijo el director-. El señor
presidente de la República, conocedor de su buena conducta, acaba de perdonarle
el resto de su condena. Saldrá usted el sábado.
Ella escuchaba, con la boca entreabierta y las manos cruzadas sobre el vientre.
Pero las ideas no entraban tan rápido en su cabeza.
-Saldrá usted el próximo sábado de esta casa. Será libre.
Esta vez comprendió, sus manos se levantaron en un gesto de desesperación y sus
labios temblaron.
-¿Es verdad que tengo que irme? Pero entonces, ¿qué va a ser de mí? Aquí estoy
comida, vestida y todo. ¿No podría usted decirle a ese buen señor que es mejor
que me quede donde estoy?
El director le hizo ver con dulce firmeza que no podía rechazar la gracia que se
le había concedido; luego le advirtió que, al marcharse, recibiría una suma de
diez o doce francos.
Salió del despacho llorando.
Yo pregunté qué era lo que había hecho. Él repasó un registro:
-503: Era criada de unos agricultores... Le robó unas enaguas a sus amos... Robo
doméstico... Ya sabe, la ley castiga severamente el robo doméstico.
FIN |
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