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En Ferdj'Ouah vive un Jeque llamado Bou Akas ben Achour. Es uno de los nombres
más antiguos de la región y puede encontrársele en la historia de las dinastías
árabes y bereberes de Ibu Khaldoun.
Bou Akas tiene cuarenta y nueve años de edad. Viste a la usanza de los
cabilas, esto es, una gandoura de lana ceñida por un cinturón de cuero y
ajustada a la cabeza por un fino cordón. Lleva un par de pistolas en el tahalí,
en el lado izquierdo usa la flissa de los cabilas y colgando del cuello un
pequeño alfanje1 negro. Ante él camina el negro portaespadas y a su lado va un
enorme podenco.
Cuando una tribu vecina a cualquiera de las doce que él gobierna le inflige
alguna pérdida, no se toma el trabajo de lanzarse contra ella. Se contenta con
enviar al negro a la ciudad principal para exhibir el arma de Bou Akas y la
injuria es inmediatamente reparada.
Tiene a su disposición dos o tres tolbas que leen el Corán al pueblo. Todas
las personas que pasan por su casa en peregrinación a la Meca reciben tres
francos, permaneciendo en Ferdj'Ouah por cuenta del Jeque durante el tiempo que
deseen. Pero si por ventura Bou Akas descubre que hospedó a un falso peregrino,
ordena en seguida a sus emisarios que lo sigan, lo detengan donde quiera que lo
encuentren, y que allí mismo le apliquen veinte bastonazos en las plantas de los
pies.
Bou Akas a veces alimenta a trescientas personas y en lugar de participar del
banquete, camina por entre los comensales con una vara en la mano, dirigiendo a
los criados. Después, caso de que haya sobrado algo, come, pero siempre el
último.
Cuando el gobernador de Constantina, único hombre cuya supremacía reconoce,
le envía un viajero, si el viajero es persona destacada o si la recomendación
fuera insistente, Bou Akas le ofrece su arma, y el viajero se la echa al hombro;
si le ofrece el perro, el viajero le pone la correa; si el alfanje, el viajero
se lo cuelga al cuello. Con cualquiera de estos talismanes -cada uno de ellos
representa un escalón de honores que deberán serle dispensados- el viajero pasa
por las doce tribus sin correr el menor riesgo. En todas partes es alojado y
alimentado sin pagar nada y luego es huésped de Bou Akas. Al abandonar
Ferdj'Ouah le basta con devolver el mosquete, el perro o el alfanje al primer
árabe que encuentre. Si estuviere cazando, el árabe se detiene. Si arando la
tierra, abandona el arado. Si en el seno de la familia, parte inmediatamente y,
tomando el alfanje, el perro o el mosquete, corre a devolvérselos a Bou Akas.
En verdad, el pequeño alfanje de cachas negras es muy conocido. Tan conocido
que dio nombre a Bou Akas: Bou D'Jenoui o el Hombre del Alfanje. Con este
alfanje es con el que Bou Akas corta la cabeza de las personas, cuando, para
apresurar la justicia, resuelve actuar con sus propias manos.
Cuando Bou Akas recibió el poder, existía un gran número de ladrones en el
país. Halló manera de exterminarlos. Se vestía como un simple mercader y dejaba
caer una moneda, teniendo cuidado de no perderla de vista. Una moneda perdida no
permanece mucho tiempo en el suelo. Si el que la cogía se la guardaba, Bou Akas
hacía señas a sus hombres, también disfrazados, para que prendiesen al culpable.
Sus secuaces, conocedores de la intención del Jeque, degollaban al individuo sin
más contemplaciones. El efecto de tal rigor fue que se asegurase entre los
árabes que un niño de doce años, con una corona de oro, podía pasar entre las
tribus de Bou Akas sin que nadie osara robarle.
Un día Bou Akas oyó decir que el Cadí de una de sus doce tribus se había
revelado como juez digno de ser comparado con el rey Salomón. Como un nuevo
Harúr Al Raschid, resolvió averiguar la verdad de las historias que le habían
contado. Por eso, vestido como un tratante de caballos, sin las armas que en
general lo identificaban, sin ninguna clase de emblema de nobleza ni ningún
séquito, montó en un animal que nadie diría que pertenecía al gran Jeque.
Quiso la casualidad que, el día de su llegada a la feliz ciudad en la que el
Cadí ejercía su cargo de juez, se celebrase una feria y, como consecuencia de
eso, la corte estaba en sesión. También por obra del azar -Mahoma cuida de los
siervos en todos los sentidos-, a las puertas de la ciudad Bou Akas encontró un
lisiado que, agarrándose a su albornoz, como los pobres se agarraban a la capa
de san Martín, le pidió una limosna. Bou Akas le entregó la limosna, como era de
esperar de un honrado musulmán, pero el lisiado continuó agarrado a él.
-¿Qué más quieres? -preguntó Bou Akas-. Me pediste una limosna y yo te la di.
-Sí -repuso el lisiado-, pero la ley no dice solamente "darás una limosna a
tu hermano", sino "harás por él todo lo que estuviese a tu alcance".
-Bueno, ¿qué puedo hacer por ti? -preguntó Bou Akas.
-Podrás impedir que el pobre desgraciado que soy sea aplastado bajo los pies
de los hombres, de las mulas y de los camellos, lo que no dejará de suceder si
me arriesgo a entrar en la ciudad.
-¿Y cómo impedirlo?
-Dejándome subir a la grupa de tu caballo y llevándome hasta el mercado,
donde tengo necesidad de acudir.
-Pues sea -replicó Bou Akas.
Dando la mano al lisiado, lo ayudó a montar a la grupa. La operación resultó
un tanto dificultosa, pero pudo llevarse a cabo. Y, jinetes en un solo caballo,
ambos hombres atravesaron la ciudad, no sin atraer la curiosidad general.
Finalmente llegaron al mercado.
-¿Era aquí donde deseabas venir? -preguntó Bou Akas al lisiado.
-Sí.
-Entonces, desmonta.
-Desmonta tú.
-¿Para ayudarte a bajar? Está bien.
-No, para que me dejes el caballo.
-¿Cómo? ¿Por qué motivo he de dejarte el caballo? -preguntó el Jeque,
atónito.
-Porque el caballo es mío.
-¿Ah, sí? Pues pronto veremos si eso es cierto.
-Óyeme y reflexiona -dijo el lisiado.
-Te oigo, y después reflexionaré.
-Estamos en la ciudad del justo Cadí.
-Ya lo sé -asintió el Jeque.
-¿Pretendes llevarme a presencia de él?
-Es muy probable.
-¿Y piensas que al vernos a los dos, tú con tus fuertes piernas que Dios
destinó a los caminos y a las fatigas, y yo con las mías quebradas, piensas,
realmente, que no decidirá que el caballo pertenece a aquel que más necesidad
tiene de él?
-Si así fuere -replicó Bou Akas-, dejará de ser el más justo de los cadíes,
pues su decisión será equivocada.
-Le llaman justo -retrucó el lisiado, riendo-, pero no infalible.
"Esta es una buena ocasión de juzgar al juez", pensó Bou Akas. Y en voz alta:
-Ven, vamos a presencia del Cadí.
Bou Akas abrió la marcha por entre la multitud, conduciendo el caballo sobre
cuya grupa el lisiado se agarraba como un macaco. Y fue a presentarse ante el
tribunal donde el juez, de acuerdo con las costumbres del Oriente, dispensaba
justicia en público.
Dos casos iban a presentarse a la corte de justicia, y por tanto tenían
precedencia. Bou Akas buscó un lugar entre el público y prestó atención. El
primer caso se refería a un litigio entre un taleb y un labrador, o lo que es
igual, entre un sabio y un campesino. El punto de fricción era la mujer del
sabio, con quien el labrador había huido y que afirmaba ser la suya, en
oposición al sabio, que también reclamaba la posesión de la mujer. Ésta no
admitía estar casada con ninguno de ellos, o mejor, reconocía a los dos como
maridos, circunstancia que complicaba extremadamente la cuestión. El juez oyó a
ambas partes, reflexionó un instante y dijo:
-Dejen la mujer conmigo y vuelvan mañana.
El sabio y el labriego hicieron una genuflexión y se retiraron.
Se pasó entonces al segundo caso. Se trataba de una cuestión entre un
carnicero y un vendedor de aceite. El vendedor estaba cubierto de aceite y el
carnicero completamente manchado de sangre. Fue éste el primero en hablar:
-Fui a comprar aceite a casa de este hombre. Al pagar el aceite con que me
llenara la botella, saqué de la bolsa un puñado de monedas. El dinero lo tentó.
Me agarró por la muñeca. Grité "ladrón", pero él no me hizo caso. Por eso hemos
acudido ante este tribunal, yo agarrado a mi dinero y él agarrado a mi muñeca.
Ahora bien: juro por Mahoma que este hombre es un mentiroso cuando dice que le
robé el dinero, pues en verdad el dinero es mío.
-Este hombre fue a comprar una botella de aceite a mi casa -dijo el
comerciante-. Cuando la botella estuvo llena, él preguntó: "¿Tienes cambio para
una moneda de oro?" Metí la mano en la bolsa y saqué de ella un puñado de
monedas, colocándolas encima del mostrador. Él se apoderó en seguida de ellas e
iba a salir con todo, cuando lo agarré por la muñeca y lo llamé ladrón. A
despecho de mis gritos, se negó a devolverme el dinero que era mío y por eso lo
traje aquí a fin de que puedas resolver nuestro caso. Juro por Mahoma que este
hombre está mintiendo cuando afirma que le robé el dinero, pues en verdad el
dinero es mío.
El juez hizo repetir su historia a cada uno de los litigantes. Ninguno de
ellos la modificó. Entonces el juez reflexionó un instante y dijo:
-Dejen el dinero conmigo y vuelvan mañana.
El carnicero depositó en un doblez del manto del juez el dinero que se negaba
a entregar antes. En seguida, ambos hombres hicieron una reverencia y cada cual
siguió su camino.
Tocó entonces el turno a Bou Akas y al lisiado.
-Mi señor Cadí -dijo Bou Akas-. Acabo de llegar de una ciudad lejana con
intención de comprar mercaderías en esta plaza. A las puertas de la ciudad
encontré a este lisiado, que al principio me pidió limosna y finalmente me rogó
que le dejase montar conmigo a caballo, pues como lisiado corría el riesgo de
ser pisoteado por los hombres, por las mulas y por los camellos. Así, le di la
limosna y le hice subir a la grupa de mi caballo. Habiendo llegado al mercado,
él se negó a bajar, diciendo que el animal era suyo y no mío; y cuando le
amenacé con la ley, replicó: "¿Qué ley? ¡El Cadí es un hombre demasiado sensato
para saber que el caballo pertenece a aquel de nosotros que no puede andar sin
él!" ¡Este es el caso, mi señor Cadí, te lo juro por Mahoma!
-Mi señor Cadí -comenzó el lisiado-, yo venía a negocios en el mercado de
esta ciudad y montaba este caballo que me pertenece, cuando vi sentado en el
suelo a este hombre, que me pareció pronto a expirar. Me acerqué a él y le
pregunté si había sufrido algún accidente. "No, no he sufrido ningún accidente
-respondió-, pero estoy muerto de fatiga y si tuvieses caridad me llevarías a la
ciudad, donde tengo que atender algunos asuntos. Al llegar al mercado desmontaré
y pediré a Mahoma que colme de gracias a quien tan gran servicio me prestó."
Hice lo que me pedía, pero grande fue mi sorpresa cuando, habiendo llegado a
destino, él me pidió que desmontase, diciendo que el caballo era suyo. Ante tan
extraña actitud, lo traje a tu presencia, a fin de que juzgues nuestro caso.
Esta es la cuestión, expuesta con toda sinceridad. Lo juro por Mahoma.
El Cadí hizo repetir la historia a cada uno de ellos, y después de
reflexionar un instante, observó:
-Dejen el caballo y vuelvan mañana.
El caballo fue entregado al Cadí, y Bou Akas y el lisiado se retiraron.
Al día siguiente, no sólo las partes interesadas, sino un gran número de
curiosos estaban presentes en el tribunal.
El Cadí siguió el orden del día anterior. El taleb y el labriego fueron
llamados.
-Aquí tienes a tu esposa -dijo el cadí al taleb-. Llévatela, que te pertenece
por derecho. -Y volviéndose hacia los guardias señalando al campesino, ordenó-:
Denle cincuenta bastonazos en las plantas de los pies a ese hombre.
Fue entonces tratado el caso del mercader de aceites y del carnicero.
-Ahí tienes tu dinero -dijo el cadí al último-. En verdad, lo sacaste del
bolso y nunca perteneció a ese hombre. -Y volviéndose hacia los guardias señaló
al comerciante de aceite y ordenó-: Den cincuenta bastonazos en los pies de ese
individuo.
Siguió el tercer caso, y Bou Akas y el lisiado fueron llamados.
-¿Serás capaz de reconocer tu caballo entre veinte? -preguntó el juez a Bou
Akas.
-Sí, señor juez -replicaron Bou Akas y el lisiado al mismo tiempo.
-Entonces, ven conmigo -dijo el juez a Bou Akas; y ambos salieron juntos.
Bou Akas reconoció el caballo entre veinte animales.
-¡Muy bien! -exclamó el juez-. Espérame dentro y mándame a tu oponente.
Bou Akas volvió al tribunal y esperó el regreso del Cadí.
El lisiado llegó al establo tan de prisa cuanto le permitieron sus piernas.
Como sus ojos eran buenos, fue derecho al caballo y lo señaló.
-¡Muy bien! -dijo el juez-. Te veré en el tribunal.
El cadí volvió a sentarse en la estera y todos esperaron impacientes la
llegada del lisiado, el cual apareció, jadeante, al cabo de cinco minutos.
-El caballo es tuyo -dijo el cadí a Bou Akas-. Ve a buscarlo. -Y volviéndose
hacia los guardias señaló al lisiado y ordenó-: Denle cincuenta bastonazos en
las plantas de los pies.
De regreso hacia su casa, el Cadí encontró a Bou Akas que lo estaba
esperando.
-¿No estás satisfecho? -preguntó.
-Por el contrario -replicó el Jeque-, pero quisiera hablarte para saber bajo
qué inspiración haces justicia, pues dudo que tus otras dos decisiones hayan
sido tan exactas como en mi caso.
-Es muy sencillo, mi señor -replicó el juez-. Como viste, guardé por una
noche la mujer, el dinero y el caballo. A medianoche mandé despertar a la mujer
y traerla a mi presencia. Después le ordené: "Llena mi tintero". Ella, entonces,
como persona que hiciera aquello centenares de veces en la vida, tomó el
recipiente de cristal, lo lavó, volvió a colocarlo en el tintero y renovó la
tinta. En seguida me dije: "Si fuese la mujer del labrador, no sabría cómo se
limpia un tintero. Por tanto, es la esposa del taleb".
-Así sea -replicó Bou Akas-. Eso en cuanto a la mujer. Pero, ¿qué me dices
del dinero?
-El dinero es otra cosa. ¿Te diste cuenta de que el mercader estaba cubierto
de aceite y que tenía las manos engrasadas?
-Sí, claro.
-¡Muy bien! Cogí el dinero y lo sumergí en un vaso lleno de agua. Ni una
partícula de aceite salió a la superficie. Por tanto, me dije: "Este dinero
pertenece al carnicero. Si fuese del comerciante de aceite, estaría manchado y
el aceite habría aparecido sobre el agua."
Bou Akas volvió a inclinar la cabeza.
-Bien -dijo-, eso en cuanto al dinero. Pero ¿qué me dices de mi caballo?
-¡Ah, eso es otra cosa, y hasta hoy por la mañana me encontraba intrigado!
-Entonces ¿el lisiado logró reconocer el caballo? -sugirió Bou Akas.
-Lo reconoció, sí.
-¿En ese caso...?
-Al llevarlos a los dos al establo, no fue con la intención de comprobar quién
de ustedes reconocía el caballo, sino para ver a quién de los dos el caballo
reconocía. Pues bien: cuando te aproximaste tú, el animal relinchó. Cuando lo
hizo el lisiado, le coceó. Por eso me dije: "El caballo pertenece al hombre de
piernas sanas y no al lisiado". Y te lo entregué a ti.
Bou Akas reflexionó un instante y después exclamó:
-El Señor es contigo. Tú eres quien deberías estar en mi lugar, pues estoy
seguro de que sabrías ser Jeque. Pero no sé si yo sería capaz de sustituirte
como Cadí.
FIN |