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Era domingo por la mañana en lo más hermoso de la
primavera. Georg Bendemann, un joven comerciante, estaba sentado en su
habitación en el primer piso de una de las casas bajas y de construcción ligera
que se extendían a lo largo del río en forma de hilera, y que sólo se
distinguían entre sí por la altura y el color. Acababa de terminar una carta a
un amigo de su juventud que se encontraba en el extranjero, la cerró con
lentitud juguetona y miró luego por la ventana, con el codo apoyado sobre el
escritorio, hacia el río, el puente y las colinas de la otra orilla con su color
verde pálido. Reflexionó sobre cómo este amigo,
descontento de su éxito en su ciudad natal, había literalmente huido ya hacía
años a Rusia. Ahora tenía un negocio en San Petersburgo, que al principio había
marchado muy bien, pero que desde hacía tiempo parecía haberse estancado, tal
como había lamentado el amigo en una de sus cada vez más infrecuentes visitas.
De este modo se mataba inútilmente trabajando en el
extranjero, la extraña barba sólo tapaba con dificultad el rostro bien conocido
desde los años de la niñez, rostro cuya piel amarillenta parecía manifestar una
enfermedad en proceso de desarrollo. Según contaba, no tenía una auténtica
relación con la colonia de sus compatriotas en aquel lugar y apenas relación
social alguna con las familias naturales de allí y, en consecuencia, se hacía a
la idea de una soltería definitiva.
¿Qué podía escribírsele a un hombre de este tipo, que,
evidentemente, se había enclaustrado, de quien se podía tener lástima, pero a
quien no se podía ayudar? ¿Se le debía quizá aconsejar que volviese a casa, que
trasladase aquí su existencia, que reanudara todas sus antiguas relaciones
amistosas, para lo cual no existía obstáculo, y que, por lo demás, confiase en
la ayuda de los amigos? Pero esto no significaba otra cosa que decirle al mismo
tiempo, con precaución, y por ello hiriéndolo aún más, que sus esfuerzos hasta
ahora habían sido en vano, que debía, por fin, desistir de ellos, que tenía que
regresar y aceptar que todos, con los ojos muy abiertos de asombro, lo mirasen
como a alguien que ha vuelto para siempre; que sólo sus amigos entenderían y que
él era como un niño viejo, que debía simplemente obedecer a los amigos que se
habían quedado en casa y que habían tenido éxito.
¿E incluso entonces era seguro que tuviese sentido toda
la amargura que había que causarle? Quizá ni siquiera se consiguiese traerlo a
casa, él mismo decía que ya no entendía la situación en el país natal, y así
permanecería, a pesar de todo, en su extranjero, amargado por los consejos y un
poco más distanciado de los amigos. Pero si siguiera realmente el consejo y aquí
se le humillase, naturalmente no con intención sino por la forma de actuar, no
se encontraría a gusto entre sus amigos ni tampoco sin ellos, se avergonzaría y
entonces no tendría de verdad ni hogar ni amigos. En estas circunstancias ¿no
era mejor que se quedase en el extranjero tal como estaba? ¿Podría pensarse que
en tales circunstancias saldría realmente adelante aquí?
Por estos motivos, y si se quería mantener la relación
epistolar con él, no se le podían hacer verdaderas confidencias como se le
harían sin temor al conocido más lejano. Hacía más de tres años que el amigo no
había estado en su país natal y explicaba este hecho, apenas suficientemente,
mediante la inseguridad de la situación política en Rusia, que, en consecuencia,
no permitía la ausencia de un pequeño hombre de negocios mientras que cientos de
miles de rusos viajaban tranquilamente por el mundo. Pero precisamente en el
transcurso de estos tres años habían cambiado mucho las cosas para Georg. Sobre
la muerte de su madre, ocurrida hacía dos años y desde la cual Georg vivía con
su anciano padre en la misma casa, había tenido noticia el amigo, y en una carta
había expresado su pésame con una sequedad que sólo podía tener su origen en el
hecho de que la aflicción por semejante acontecimiento se hacía inimaginable en
el extranjero. Ahora bien, desde entonces, Georg se había enfrentado al negocio,
como a todo lo demás, con gran decisión. Quizá el padre, en la época en que
todavía vivía la madre, lo había obstaculizado para llevar a cabo una auténtica
actividad propia, por el hecho de que siempre quería hacer prevalecer su opinión
en el negocio. Quizá desde la muerte de la madre, el padre, a pesar de que
todavía trabajaba en el negocio, se había vuelto más retraído. Quizá
desempeñaban un papel importante felices casualidades, lo cual era incluso muy
probable; en todo caso, el negocio había progresado inesperadamente en estos dos
años, había sido necesario duplicar el personal, las operaciones comerciales se
habían quintuplicado, sin lugar a dudas tenían ante sí una mayor ampliación.
Pero el amigo no sabía nada de este cambio.
Anteriormente, quizá por última vez en aquella carta de condolencia, había
intentado convencer a Georg de que emigrase a Rusia y se había explayado sobre
las perspectivas que se ofrecían precisamente en el ramo comercial de Georg. Las
cifras eran mínimas con respecto a las proporciones que había alcanzado el
negocio de Georg. Él no había querido contarle al amigo sus éxitos comerciales y
si lo hubiese hecho ahora, con posterioridad, hubiese causado una impresión
extraña.
Es así cómo Georg se había limitado a contarle a su
amigo cosas sin importancia de las muchas que se acumulan desordenadamente en el
recuerdo cuando se pone uno a pensar en un domingo tranquilo. No deseaba otra
cosa que mantener intacta la imagen que, probablemente, se había hecho el amigo
de su ciudad natal durante el largo período de tiempo, y con la cual se había
conformado. Fue así como Georg, en tres cartas bastante distantes entre sí,
informó a su amigo acerca del compromiso matrimonial de un señor cualquiera con
una muchacha cualquiera, hasta que, finalmente, el amigo, totalmente en contra
de la intención de Georg, comenzó a interesarse por este asunto.
Georg prefería contarle estas cosas antes que
confesarle que era él mismo quien hacía un mes se había prometido con la
señorita Frieda Brandenfeld, una joven de familia acomodada. Con frecuencia
hablaba con su prometida de este amigo y de la especial relación epistolar que
mantenía con él.
-Entonces no vendrá a nuestra boda -decía ella-, y yo
tengo derecho a conocer a todos tus amigos.
-No quiero molestarlo -contestaba Georg-, entiéndeme,
probablemente vendría, al menos así lo creo, pero se sentiría obligado y
perjudicado, quizá me envidiaría y seguramente, apesadumbrado e incapaz de
prescindir de esa pesadumbre, regresaría solo, solo ¿sabes lo que es eso?
-Bueno, ¿no puede enterarse de nuestra boda por otro
camino?
-Sin duda no puedo evitarlo, pero es improbable dada su
forma de vida.
-Si tienes esa clase de amigos, Georg, nunca debiste
comprometerte.
-Sí, es culpa de ambos, pero incluso ahora no desearía
que fuese de otra forma.
Y si ella, respirando precipitadamente entre sus besos,
alegaba todavía:
-La verdad es que sí que me molesta.
Entonces era realmente cuando él consideraba inofensivo
contarle todo al amigo.
-Así soy y así tiene que aceptarme -se decía-. No
pienso convertirme en un hombre a su medida, hombre que quizá fuese más
apropiado a su amistad de lo que yo lo soy.
Y, efectivamente, en la larga carta que había escrito
este domingo por la mañana, informaba a su amigo del compromiso que se había
celebrado, con las siguientes palabras: "Me he reservado la novedad más
importante para el final. Me he prometido con la señorita Frieda Brandenfeld,
una muchacha perteneciente a una familia acomodada que se estableció aquí mucho
tiempo después de tu partida y a la que tú apenas conocerás. Ya habrá
oportunidad de contarte más detalles acerca de mi prometida, baste hoy con
decirte que soy muy feliz y que en nuestra mutua relación sólo ha cambiado el
hecho de que tú, en lugar de tener en mí un amigo corriente, tendrás un amigo
feliz. Además tendrás en mi prometida, que te manda saludos cordiales y que te
escribirá próximamente, una amiga leal, lo que no deja de tener importancia para
un soltero. Sé que muchas cosas te impiden hacernos una visita, pero ¿acaso no
sería precisamente mi boda la mejor oportunidad de echar por la borda, al menos
por una vez, todos los obstáculos? Pero, sea como sea, actúa sin tener en cuenta
todo lo demás y según tu buen criterio".
Georg había permanecido mucho tiempo sentado en su
escritorio con la carta en la mano y el rostro vuelto hacia la ventana. Con una
sonrisa ausente había apenas contestado a un conocido que, desde la calle, lo
había saludado al pasar.
Finalmente, se metió la carta en el bolsillo y, a través de un corto pasillo, se
dirigió desde su habitación a la de su padre, en la que no había estado desde
hacía meses. No existía, por lo demás, necesidad de ello, porque constantemente
tenía contacto con él en el negocio; comían juntos en una casa de comidas, por
la noche cada uno se tomaba lo que le apetecía pero después la mayoría de las
veces se sentaban un ratito, cada uno con su periódico, en el cuarto de estar
común, a no ser que Georg, como ocurría con mucha frecuencia, estuviese en
compañía de amigos o, como ahora, fuese a ver a su novia.
Georg se extrañó de lo oscura que estaba la habitación
del padre incluso en esta mañana soleada, tal era la sombra que proyectaba la
alta pared que se elevaba al otro lado del estrecho patio. El padre estaba
sentado ante la ventana, en un rincón adornado con recuerdos de la difunta
madre, y leía el periódico, que sostenía de lado ante los ojos, con lo cual
intentaba contrarrestar una cierta falta de visión. Sobre la mesa estaban aún
los restos del desayuno, del que no parecía haber comido mucho.
-¡Ah Georg! -exclamó el padre, e inmediatamente se
dirigió hacia él. Su pesada bata se abría al andar y los bajos revoloteaban a su
alrededor.
"Mi padre sigue siendo un gigante", se dijo Georg.
-Esto está insoportablemente oscuro -dijo a
continuación.
-Sí, sí que está oscuro -contestó el padre.
-¿También has cerrado la ventana?
-Lo prefiero así.
-Afuera hace bastante calor -dijo Georg como complemento a lo anterior, y se
sentó.
El padre retiró la vajilla del desayuno y la colocó
sobre una cómoda.
-La verdad es que sólo quería decirte -continuó Georg,
que seguía los movimientos del anciano totalmente aturdido- que, por fin, he
informado a San Petersburgo de mi compromiso.
Sacó un poco la carta del bolsillo y la dejó caer
dentro de nuevo.
-¿Cómo que a San Petersburgo? -preguntó el padre.
-Sí, a mi amigo -dijo Georg, y buscó los ojos del
padre.
"En el negocio es completamente distinto", pensó.
"¡Cuánto sitio ocupa ahí sentado y cómo se cruza de brazos!"
-Sí, claro, a tu amigo -dijo el padre recalcándolo.
-Ya sabes, padre, que en un principio quería silenciar
mi compromiso. Por consideración, por ningún otro motivo. Tú ya sabes que es una
persona difícil. Puede enterarse de mi compromiso por otros cauces, me dije, y
si bien esto apenas es probable dada su solitaria forma de vida, yo no puedo
evitarlo, pero por mí mismo no debe enterarse.
-¿Y ahora has cambiado de opinión? -preguntó el padre.
Puso el periódico en el antepecho de la ventana y sobre
el periódico las gafas que tapaba con las manos.
-Sí, ahora he cambiado de opinión. Si verdaderamente se
trata de un buen amigo, me he dicho, entonces mi feliz compromiso es también
para él motivo de alegría y por eso no he dudado más en comunicárselo. Sin
embargo, antes de echar la carta quería decírtelo.
-Georg -dijo el padre, y estiró la boca sin
dientes-, escucha por una vez. Has venido a mí por este asunto, para discutirlo
conmigo. Esto te honra sin duda alguna, pero no sirve para nada, y menos aún que
para nada, si no me dices ahora mismo toda la verdad. No quiero traer a colación
cosas que nada tienen que ver con esto. Desde la muerte de nuestra querida madre
han ocurrido ciertas cosas desagradables. Quizá también les llegue su turno, y
quizá antes de lo que pensamos. En el negocio se me escapan algunas cosas, quizá
no se me oculten, ahora no quiero en modo alguno alimentar la sospecha de que se
me ocultan, ya no estoy lo suficientemente fuerte, me falla la memoria, ya no
puedo abarcar tantas cosas. En primer lugar esto es ley de vida y, en segundo
lugar, la muerte de tu madre me ha afligido mucho más que a ti. Pero ya que
estamos tratando de este asunto de la carta, te pido, Georg, que no me engañes.
Es una pequeñez, no merece la pena, así pues, no me engañes. ¿Tienes de verdad
ese amigo en San Petersburgo?
Georg se levantó desconcertado.
-Dejemos en paz a mis amigos. Mil amigos no sustituyen
a mi padre. ¿Sabes lo que creo?, que no te cuidas lo suficiente, pero los años
exigen sus derechos. En el negocio eres indispensable para mí, bien lo sabes tú,
pero si el negocio amenaza tu salud mañana mismo lo cierro para siempre. Esto no
puede seguir así. Tenemos que adoptar otro modo de vida para ti, pero desde el
principio. Estás sentado aquí en la oscuridad y en el cuarto de estar tendrías
buena luz. Tomas un par de bocados del desayuno en lugar de comer como es
debido. Estás sentado con las ventanas cerradas y el aire fresco te sentaría
bien. ¡No, padre mío! Iré a buscar al médico y seguiremos sus prescripciones
Cambiaremos las habitaciones. Tú te trasladarás a la habitación de delante y yo
a ésta. No supondrá una alteración para ti, todo se llevará allí Ya habrá tiempo
de ello, ahora te acuesto en la cama un poquito, necesitas tranquilidad a toda
costa. Vamos, te ayudaré a desnudarte, ya verás cómo sé hacerlo. ¿O prefieres
trasladarte inmediatamente a la habitación de delante y allí te acuestas
provisionalmente en mi cama? La verdad es que esto sería lo más sensato.
Georg estaba de pie justo al lado de su padre, que
había dejado caer sobre el pecho su cabeza de blancos y despeinados cabellos.
-Georg -dijo el padre en voz baja y sin moverse.
Georg se arrodilló inmediatamente junto al padre, vio
las enormes pupilas en su cansado rostro dirigidas hacia él desde las comisuras
de los ojos.
-No tienes ningún amigo en San Petersburgo. Tú has sido
siempre un bromista y tampoco has hecho una excepción conmigo. ¡Cómo ibas a
tener un amigo precisamente allí! No puedo creerlo de ninguna manera.
-Padre, haz memoria una vez más -dijo Georg, levantó al
padre del sillón y le quitó la bata, estaba allí tan débil-, pronto hará ya tres
años que mi amigo estuvo en casa de visita. Recuerdo todavía que no te hacía
demasiada gracia. Al menos dos veces te oculté su presencia, a pesar de que en
esos momentos se hallaba precisamente en mi habitación. Yo podía comprender bien
tu animadversión hacia él, mi amigo tiene sus manías, pero después conversaste
agradablemente con él. En aquellos momentos me sentía tan orgulloso de que lo
escuchases, asintieses y preguntases... Si haces memoria tienes que acordarte.
Él contó entonces historias increíbles de la revolución rusa. Cómo, por ejemplo,
en un viaje de negocios a Kiev, había visto en un balcón a un sacerdote que se
había cortado una ancha cruz de sangre en la palma de la mano, la levantó e
invocó con ella a la multitud. Tú mismo has contado de vez en cuando esta
historia.
Mientras tanto Georg había conseguido sentar al padre y
quitarle cuidadosamente el pantalón de punto que llevaba encima de los
calzoncillos de lino, así como los calcetines. Al ver la ropa, que no estaba
precisamente limpia, se hizo reproches por haber descuidado al padre. Seguro que
también formaba parte de sus obligaciones el cuidar de que el padre se cambiase
de ropa. Todavía no había hablado expresamente con su prometida de cómo iban a
organizar el futuro del padre, porque tácitamente habían supuesto que él se
quedaría solo en el piso viejo. Sin embargo, ahora se decidió, de repente y con
toda firmeza, a llevárselo a su futuro hogar. Bien mirado, casi daba la
impresión de que el cuidado que el padre iba a recibir allí podría llegar
demasiado tarde.
Llevó al padre en brazos a la cama. Una terrible
sensación se apoderó de él cuando, a lo largo de los pocos pasos hasta ella,
notó que su padre jugueteaba con la cadena del reloj sobre su pecho. Se agarraba
con tal fuerza a la cadena del mismo, que no pudo acostarlo inmediatamente.
Apenas se encontró en la cama, todo pareció volver de nuevo a la normalidad. Se
tapó solo y se cubrió muy bien los hombros con el cobertor. No miraba a Georg
precisamente con hostilidad.
-¿Verdad que ya te acuerdas de él? -preguntó Georg, y
asintió con la cabeza haciendo un gesto alentador.
-¿Estoy bien tapado? -preguntó el padre como si no
pudiese asegurarse él mismo de que sus pies se encontraban tapados.
-Así es que te gusta estar en la cama -dijo Georg, y
colocó mejor el cobertor a su alrededor.
-¿Estoy bien tapado? -preguntó el padre de nuevo, y
pareció prestar especial atención a la respuesta.
-Estate tranquilo, estás bien tapado.
-¡No! -gritó el padre de tal forma que la respuesta
chocó contra la pregunta, echó hacia atrás el cobertor con una fuerza tal que
por un momento quedó extendido en el aire, y se puso de pie sobre la cama. Sólo
con una mano se apoyaba ligeramente en el techo.
-Querías taparme, lo sé, retoño mío, pero todavía no
estoy tapado, y aunque sea la última fuerza es suficiente para ti, demasiada
para ti. ¡Claro que conozco a tu amigo! Sería el hijo que desea mi corazón, por
eso también lo has engañado durante todos estos años. ¿Por qué si no? ¿Acaso
crees que no he llorado por él? Precisamente por eso te encierras en tu oficina:
"el jefe está ocupado, no se le puede molestar". Sólo para poder escribir tus
falsas cartitas a Rusia. Pero, afortunadamente, nadie tiene que dar lecciones al
padre sobre cómo adivinar las intenciones del hijo. De la misma manera que ahora
has creído haberlo subyugado, subyugado de tal forma que podrías sentarte con tu
trasero sobre él y él no se movería, en ese momento mi señor hijo ha decidido
casarse.
Georg levantó la mirada hacia el espectro de su padre.
El amigo de San Petersburgo, a quien de repente el padre conocía tan bien, se
apoderaba de él como nunca hasta ahora. Lo vio perdido en la lejana Rusia. Lo
vio en la puerta del negocio vacío y desvalijado, entre las ruinas de las
estanterías, entre los géneros hechos jirones, entre los tubos de gas que
estaban caídos... y él permanecía todavía erguido. ¿Por qué había tenido que
irse tan lejos?
-¡Pero mírame -gritó el padre-. Georg corrió, casi
distraído, hacia la cama, con la intención de comprenderlo todo, pero se quedó
parado a mitad de camino.
-Porque ella se ha levantado las faldas -comenzó a
hablar el padre-, porque se ha levantado así las faldas de cerda asquerosa -y
para expresarlo plásticamente se levantó el camisón tan alto que se veía sobre
el muslo la cicatriz de sus años de guerra-, porque se ha levantado así, y así
las faldas, te has acercado a ella y, para poder gozar con ella sin que nadie
molestase, has profanado la memoria de nuestra madre, has traicionado al amigo y
has metido en la cama a tu padre para que no se pueda mover, pero ¿puede moverse
o no?
Permanecía en pie sin apoyo alguno y lanzaba las
piernas en todas las direcciones. Sonreía con entusiasmo al comprenderlo todo.
Georg estaba de pie en un rincón lo más lejos posible
del padre. Desde hacía un rato había decidido firmemente observarlo todo con
exactitud, para no ser indirectamente sorprendido de alguna forma por detrás o
desde arriba. Entonces se acordó de nuevo de la decisión, ya hacía rato
olvidada, y volvió a olvidarla tan deprisa como se pasa un hilo corto a través
del ojo de una aguja.
-No obstante el amigo no ha sido todavía traicionado
-gritó el padre, y lo corroboraba su índice movido de acá para allá- yo era su
representante en este lugar.
Georg no pudo evitar gritar:
-¡Comediante!
Reconoció inmediatamente el daño y, demasiado tarde,
los ojos fijos, se mordió la lengua hasta doblarse de dolor.
-¡Sí, por supuesto que he representado una comedia!
¡Comedia! ¡Buena palabra! ¿Qué otro consuelo le quedaba al anciano padre viudo?
Dime, y durante el momento que dure la respuesta sé todavía mi hijo vivo. ¿Qué
otra salida me quedaba en mi habitación interior, perseguido por un personal
infiel, viejo hasta los huesos? Y mi hijo iba con júbilo por la vida, ultimaba
negocios que yo había preparado, se retorcía de la risa y pasaba ante su padre
con el reservado rostro de un hombre de honor. ¿Crees tú que yo no te hubiese
querido, yo, de quien saliste tú?
"Ahora se inclinará hacia delante", pensó Georg, "¡si
se cayese y se estrellase!" Esta palabra le pasó por la cabeza como una
centella.
El padre se echó hacia delante, pero no se cayó. Puesto
que Georg no se acercaba como había esperado, se irguió de nuevo.
-¡Quédate donde estás, no te necesito! Piensas que
tienes todavía la fuerza suficiente para venir aquí, y solamente te contienes
porque así lo deseas, ¡No te equivoques! Todavía soy el más fuerte, ¡Yo solo
habría tenido quizá que retirarme, pero tu madre me ha dado su fuerza, con tu
amigo me alié maravillosamente y a tu clientela la tengo aquí en el bolsillo!
-¡Incluso en el camisón tiene bolsillos! -se dijo Georg,
y creyó que con esta observación podría hacerle quedar en ridículo ante todo el
mundo. Pensó en esto sólo durante un momento, porque inmediatamente volvía a
olvidarlo todo.
-¡Cuélgate del brazo de tu novia y ven hacia mí! ¡La
barro de tu lado y no sabes cómo!
Georg hacía muecas como si no pudiese creerlo. El padre
sólo asentía con la cabeza, ratificando la verdad de lo que decía y dirigiéndose
al rincón en que se encontraba Georg.
-¡Cómo me has divertido hoy cuando has venido y me has
preguntado si debías contarle a tu amigo lo del compromiso! ¡Si lo sabe todo,
estúpido, lo sabe todo! Yo le escribía porque olvidaste quitarme las cosas para
escribir. Por eso ya no viene desde hace años, lo sabe todo cien veces mejor que
tú mismo, tus cartas las arruga con la mano izquierda sin haberlas leído,
mientras que con la derecha se pone delante mis cartas para leerlas.
De puro entusiasmo agitaba el brazo por encima de la
cabeza.
-¡Lo sabe todo mil veces mejor! -gritó.
-Diez mil veces -dijo Georg con la intención de
burlarse de su padre, pero todavía en su boca estas palabras adquirieron un tono
profundamente serio.
-¡Desde hace años estoy a la espera de que me vengas
con esa pregunta! ¿Crees que me preocupa alguna otra cosa? ¿Crees que leo
periódicos? ¡Mira! -Y tiró a Georg un periódico que, de alguna forma, había ido
a parar a su cama. Un periódico viejo con un nombre que a Georg le era
completamente desconocido.
-¡Cuánto tiempo has tardado en llegar a la madurez!
Tuvo que morir tu madre, no llegó a ver el día de júbilo. El amigo perece en su
Rusia, ya hace tres años estaba amarillo de muerte, y yo, ya ves cómo me va a
mí, para eso tienes ojos.
-Entonces me has espiado -gritó Georg.
El padre, en tono compasivo e incidental, dijo:
-Probablemente eso querías haberlo dicho antes, ahora
ya no viene a cuento -y en voz más alta-: Ahora ya sabes lo que había además de
ti, hasta ahora no sabías más que de ti mismo. Lo cierto es que fuiste un niño
inocente, pero aún más ciertamente fuiste un hombre diabólico. Por eso has de
saber que yo te condeno a morir ahogado.
Georg se sintió como expulsado de la habitación, el
golpe con el que el padre a su espalda había caído sobre la cama resonaba
todavía en sus oídos. En la escalera, por cuyos escalones bajaba tan de prisa
como si se tratase de una rampa inclinada, sorprendió a la criada que estaba a
punto de subir para arreglar el piso.
-¡Jesús! -gritó, y se tapó la cara con el delantal,
pero él ya se había ido.
Salió del portal de un salto, el agua lo atraía por
encima de la calzada. Ya se asía firmemente a la baranda como un hambriento a la
comida. Saltó por encima como el excelente atleta que, para orgullo de sus
padres, había sido en sus años juveniles. Todavía seguía sujeto con las manos,
débilmente. cuando divisó entre las barras de la baranda un ómnibus que cubriría
con facilidad el ruido de su caída. Exclamó en voz baja: "Queridos padres, a
pesar de todo siempre los he querido", y se dejó caer.
En ese momento atravesaba el puente un tráfico
verdaderamente interminable. |