|
A
Gabriel García Márquez lo conocí en una librería de Cuba en el 1979.
Tan pronto entré por la puerta lo vi al fondo, curioseando en el
anaquel de novelas de caballerías. Mi primer impulso fue acercarme a
saludarlo, pero en esa época yo no sabía hablar con gente famosa.
Además, recordé una anécdota del propio García Márquez: cuando joven
observó a Julio Cortázar en un café de París, pero no se atrevió a
hablarle. También recordé haber leído que a García Márquez le gustaba
Cuba porque caminaba por las calles sin que le pidieran autógrafos ni
lo molestaran. Por tanto, observé durante unos minutos el famoso
bigote, el pelo rizado, la guayabera... y me di por satisfecho. Me fui
a curiosear al anaquel de novelas francesas. Transcurrió más de una
hora. Feliz porque había encontrado novelas de Hugo y Daudet, le
pregunté al cajero dónde estaban las novelas egipcias. García Márquez
se volteó de pronto y me miró fijamente, sin disimulo.
—¿Autor? —preguntó el cajero.
—¿Tienes la novela El espejismo, de Mahfuz? —contesté.
Al escucharme por segunda vez, García Márquez, con cuatro novelas de caballerías en las manos, vino hacia mí y me preguntó:
—¿Tu acento es puertorriqueño?
—Sí.
—Ah, qué suerte. ¿Tienes unos minutos?
—Claro —contesté.
—Tu país me apabulla —dijo García Márquez irritado, en voz baja—. ¿Sabes quién soy?
—Por supuesto, Cien años de soledad me gustó bastante.
—Gracias —dijo—, pero ése es el problema. Quiero asombrar a los
lectores, dejarlos con la boca abierta. ¿Entiendes? He tenido cierto
éxito. Los críticos le han puesto nombre a lo que hago: realismo
mágico. Pero ustedes me dejan pequeño. Mis libros nunca se venderán en
Puerto Rico.
—Se venden bien... —intenté aclarar.
—No, no podrán venderse bien —me interrumpió— porque nada sorprende a
un puertorriqueño. Hace unos meses leí una historia de tu país. Decía
que en el 1898 ustedes recibieron a los gringos con aplausos y
limonadas. Es obvio que los historiadores de Puerto Rico inventaron el
realismo mágico mucho antes que yo. Me han invitado a dar conferencias
en San Juan, pero ¿cómo puedo asombrar a un público boricua?
—Tal vez puedo ayudarte.
—¿Cómo? Los historiadores se han inventado una mentira insuperable. ¿Qué país recibe con limonadas a un invasor?
—Ahora mismo no se me ocurre nada, pero déjame pensar —dije.
Intercambiamos direcciones y números de teléfonos, nos dimos la mano y nos despedimos. Ese día comenzó una larga amistad.
Cuatro años después, en el 1983, publiqué mi cuento Seva.
Se lo envié a García Márquez con una nota: “Aclarada científicamente la
mentira de los historiadores. Ya los puertorriqueños no se creen el
cuento de que recibimos a los invasores con limonadas. Puedes venir a
dar conferencias”. García Márquez me llamó por teléfono unos días
después. Con voz ansiosa, me dijo que le urgía hablarme en persona. Dos
semanas más tarde nos reunimos en Madrid, en la Casa del Libro, frente
al anaquel de novelas bizantinas. Nos fuimos a un café de la Gran Vía.
—Gracias, Luis, tu libro me ayudó mucho —dijo García Márquez,
nervioso—. Pero he hablado con unos puertorriqueños en Barcelona. Me
han contado sobre una alcaldesa de San Juan que compró varios aviones
llenos de nieve en Estados Unidos. Luego la tiró sobre los niñitos que
esperaban en un parque de San Juan. Lloraron mucho porque el calor
derritió la nieve mientras descendía y recibieron un descomunal baño de
agua. El parque se convirtió en un lodazal. ¿Es posible esta locura en
un país tropical?
—Ocurrió —admití avergonzado.
—Entonces ¿cómo quieres que visite Puerto Rico? El año pasado me dieron el Premio Nobel, ¿lo sabías?
—Por supuesto. Salió en todos los periódicos.
—Ahora esperan más de mí, ¿comprendes? Te agradezco que hayas escrito
ese libro para ayudarme, pero ¿cómo puedo superar a esa alcaldesa? En
el resto del mundo mis libros asombran, pero en Puerto Rico se
burlarían de mí.
Guardé silencio porque García Márquez estaba muy alterado. Le compré un
chocolate con churros y cambié el tema. Dos horas después, nos
despedimos.
La
última vez que me reuní con García Márquez fue en el 2005. Desde México
envió su avión privado para recogerme en San Juan. Al otro día
tomábamos tequila en un restaurante mexicano. —Luis —me dijo—, no
te escribiré ni te llamaré más. No tendré nada que ver con Puerto Rico.
Quise decírtelo en persona.
—¿Por qué? —exclamé adolorido.
—Me siguen llegando invitaciones de tu país. Cada una es una puñalada.
Dime la verdad, sin eufemismos: ¿es cierto lo de un tal Rosselló?
—¿A qué te refieres? —pregunté abrumado.
—¿Es cierto que fue gobernador durante ocho años y que transformó el
gobierno en una máquina de robar? ¿Es verdad que la mitad de su
gabinete está preso, al igual que decenas de ayudantes, amigos y
funcionarios de todas las categorías? ¿Es cierto que todos robaban?
—Es cierto —dije en voz muy baja.
—Entonces ¿cómo es que lo postularon nuevamente para gobernador y sólo
perdió por dos mil votos? —exclamó alterado.
—No sé qué decirte —bajé la cabeza.
—¡Puerto Rico me desespera, Luis! Me deja impotente. En mi novela El otoño del patriarca pensé
que había descrito a un dictador excéntrico, narcisista, loco e
insuperable... pero este señor me deja pequeñito, me ridiculiza frente
a tu país. ¿Es cierto que se ha proclamado El Mesías?
—Es cierto, Gabo, pero en Puerto Rico tenemos varios mesías.
—¿Varios? ¿Varios?
Irritado, con los ojos enrojecidos, García Márquez se puso de pie y golpeó la mesa con el puño.
—¡Basta! —exclamó—. Te aprecio, Luis, has sido un buen amigo, pero ya
no tendré nada que ver con Puerto Rico. Ustedes humillan mi literatura.
Desde hoy en adelante tu patria no existe para mí.
El gran escritor se fue sin darme la mano. Nunca volvió a llamarme por teléfono ni a escribirme.
Hoy recuerdo nuestras largas conversaciones sobre literatura francesa y
novelas de caballerías con nostalgia dolorosa. A veces tengo la
esperanza de que mi famoso ex amigo recapacite y vuelva a llamarme por
teléfono o a enviarme su avión privado para reunirnos en Madrid, París,
Bogotá o México, como en los buenos tiempos. Pero cada vez que abro un
periódico de mi país reconozco la dura realidad de que mi amistad con
Gabriel García Márquez nació condenada.
Tomado de endi.com
|