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…se sabe que es un cosmos…
Las
incursiones precursoras de Miguel Ángel
Asturias, Gabriel García Márquez y Jorge Luis Borges en el
Periodismo Interpretativo han sido poco reconocidas todavía, pero
menos estudiado aún permanece el reportaje fantástico que ellos
publicaron en periódicos y revistas, o el relato verídico que se
apega a los hechos y a la realidad con una perspectiva
absolutamente personal, y muchas otras modalidades que se han
entrelazado con fronteras que no terminan de delimitarse. Más
posibilidades se nos abren cuando tratamos de discernir la
condición entre literaria y periodística de crónicas como
Apocalipsis en Solentiname, de Julio Cortázar, o El
infierno verde, de don José Marín Cañas. Esta serie de la
guerra del Chaco salió primero en un periódico costarricense y
después resultó una novela. En una perspectiva contemporánea, no
nos cabe duda alguna que estamos con todos ellos ante gente que
sentó las bases del ADN del periodismo.
A
simple vista, la literatura de estos autores se encuentra en la
orilla del oficio periodístico con tinta y papel propiamente
dicho, pero en estas diferenciaciones es casi inevitable sentar
las premisas de un falso problema y hasta caer en las derivaciones
de una falacia. Por ejemplo, ¿cómo separar la tinta y el papel del
periodismo o de la literatura?, porque tal y como hicimos arriba,
al quedarnos en la orilla literaria dejamos por fuera a la prensa
y si reconocemos este craso error, lo mismo va a ocurrir en la
otra posibilidad que tiene que ver con la literatura. La
conclusión evidente es que estos oficios que entrevimos en dos
orillas, solamente están separados por una tenue corriente.
En 1940
Adolfo Bioy Casares afirmaba en su Prólogo para la primera edición
de la
Antología de la literatura fantástica
que con algunas de sus narrativas, Borges ha creado un nuevo
género literario que participa del ensayo y de la ficción. Sin
embargo, con estos componentes se olvidaba Bioy que entre 1933 y
1934 su amigo ya había publicado en un periódico vespertino de
Buenos Aires los reportajes a los que se refirió como “ejercicios
de prosa narrativa”, que en 1935 fueron agrupados en el libro
Historia universal de la infamia.
No más
había visto la luz y Amado Alonso le puso atención como objeto
para el estudio del estilo literario. En la revista Sur, se
refirió a las historias de infamia y a su índole estridentista y
sensacionalista. Pero en vez de asumir la condición periodística
plena de estas piezas, Alonso excusaba a su autor y, para
justificarlo, las atribuyó a “los planes estratégicos del diario
popular” en el que originalmente salieron impresas. Algo así como
una degradación en la prensa de una serie de narrativas borgianas.
El
mismo Borges parecía estar consciente de las transgresiones en
varios sentidos que había perpetrado y en las dos primeras
ediciones que se le hicieron a esta Historia universal de la
infamia, con dos décadas entre sí, dedicó sendos prólogos con
numerosas aproximaciones al problema del carácter de aquellos
escritos publicados por el vespertino Crítica. Casi no
parecía haber quedado tranquilo con la condición transfronteriza
-entre periodística y literaria- de sus historias de infamia
porque de dos maneras las consideraba Borges, por su procedimiento
y por su estilo. En cuanto a lo primero, estableció que estos
textos abusaban de algunos procedimientos como “las enumeraciones
dispares, la brusca solución de continuidad, la reducción de la
vida entera de un hombre a dos o tres escenas”. Obviamente,
tenemos que apuntar que estos procedimientos son muy propios de la
redacción periodística. En cuanto a lo segundo, ensayó una
clasificación de su propio periodismo: “Yo diría que barroco es
aquel estilo que deliberadamente agota (o quiere agotar) sus
posibilidades y que linda con su propia caricatura”. Más adelante
escribió que es barroca la etapa final de todo arte, cuando éste
exhibe y dilapida sus medios. Pero lo más sorprendente es que sin
solución de continuidad, le aplicó él mismo el calificativo de
barroco a las páginas periodísticas de 1933 y 1934. Nunca aclaró
Borges si con ello trataba de exagerar una vez más el tono
sensacionalista de aquellas incursiones en el periodismo o si, por
el contrario, se había adelantado a los juicios de Bioy Casares de
1940, pero para marcar distancia. De ser así, habría escrito
literatura barroca entre el ensayo, la crónica y la ficción. De lo
contrario, estamos en una tercera opción en la que simplemente
tenemos periodismo barroco, si aplicamos la categoría a la que
recurrió Borges. Justamente lo que en otra oportunidad
clasificamos como piezas del mejor Periodismo Interpretativo.
Años después
Año de 1969. En pleno apogeo del boom literario
hispanoamericano, Carlos Fuentes había cifrado el sentido final de
la prosa de Borges en atestiguar, primero, que Latinoamérica
carecía de lenguaje y, por ende, que debía constituirlo. Dedicaba
a este asunto -así perfilado como una tarea fantástica- un
capítulo de su interpretación sobre la nueva novela
hispanoamericana y ponía de relieve que, específicamente, se le
debía a Borges la creación de una narrativa mítica. En esta
perspectiva, la apreciación literaria de Fuentes pasaba a ser en
realidad toda una interpretación cultural acerca de Hispanoamérica
y de la constitución de un lenguaje y hasta de una realidad.
Realidad epocal, pero realidad al fin. Se trataba de una realidad,
nada menos que a partir del lenguaje que Borges le había heredado
a los exponentes del boom. El lenguaje resucitado, tal y como lo
vió Fuentes, portaba la alarma, la renovación, el desorden y el
humor. Suficientes elementos que representan, marcan y
caracterizan a los enfoques de toda una época de ascenso cultural
que nunca antes se había suscitado en lengua castellana; no
después de Darío, no antes de Borges.
El
ensayo de Fuentes (1969, Joaquín Mortiz, México) había sido
precedido por la entrevista a Guillermo Cabrera Infante que
publicó Emir Rodríguez Monegal (1968, Monte Ávila,
Caracas). El narrador le reconocía al académico que una de sus
preocupaciones era convertir el lenguaje básico oral en lenguaje
literario válido. Era necesario aclararlo y desarrollarlo, y por
eso ampliaba: “Es decir, llevar este lenguaje, si tú quieres
horizontal, absolutamente hablado, a un plano vertical, a un plano
artístico, a un plano literario”. Y por ahí nos encontramos de
nuevo con el Borges de Fuentes y con la constitución borgiana, en
esa síntesis cultural que logró el boom: “una diversidad de
exploraciones verbales”, al decir del novelista mexicano.
Si
aceptamos esta pluralidad expresiva, el problema entonces, ¿va a
ser entroncar a la literatura con el periodismo? i.e.: ¿Tuvieron
Marín Cañas y García Márquez algún problema para re-editar sus
reportajes en forma de libros titulados El infierno verde o
el Relato de un náufrago? Un simple prólogo le bastó a
Gabo, en 1970, para introducir la compilación de sus entrevistas
interpretativas con el marinero y también la decisión de
reconocerle escrupulosamente a Luis Alejandro Velasco los derechos
de autor que, precisamente, iban a originar un diferendo que se
resolvió por la vía judicial.
Tenemos
a la mano otros casos. ¿Qué mejor caracterización epocal para
Hispanoamérica que la guerra del Chaco, tal y como la reporteó
Marín Cañas desde su propia imaginación y sin haber pisado suelo
paraguayo?
Y si
buscamos otras opciones, ¿no tenemos las aventuras cervantinas de
José Fabio Garnier, plasmadas en 1921 en el segundo coloquio de
los perros Cipión y Berganza y que fueron precedidas por una
revelación en los periódicos josefinos? ¿Pero no es precisamente
el canon borgiano, tal y como lo fijara Fuentes, lo que leyeron
los puertorriqueños cuando Luis López Nieves publicó el reportaje
de
Seva,
en la víspera de la Navidad de 1983?
El periodismo de un pasquín
El señor José Marín Cañas murió en San José sin
haber podido entender las razones por las que le habían entregado
la dirección de un periódico capitalino de mala medra -en su
propia apreciación-, cuyo valor de venta nunca pasó de cinco
céntimos pero que obtuvo una calurosa acogida por el mundo obrero
costarricense de los años treinta. No se trataba de una hoja
diaria de tendencias económicas favorables al trabajador, sino que
según el propio criterio de Marín, el favor era por el mínimo
precio. Este hecho fundamental fue el que acostumbró al obrero a
leer un diario; cosa que con el tiempo se convirtió en una
necesidad -explicaría mucho años después-. Toda una masa de
obreros ticos habían integrado La Hora a su dieta diaria,
pero como en la aldeana capital costarricense no podía pasar
desapercibido el crecimiento de aquella hoja diaria, fue
clasificada inmediatamente como un pasquín. El fenómeno de este
diario ha sido tratado con abundancia por el profesor Alberto
Cañas Escalante en sus lecciones de periodismo en la Universidad
de Costa Rica. Lo cierto es que aceptaron los trabajadores aquella
hoja y les cayó sin darle importancia alguna la clasificación de
pasquín que le dieron los intelectuales, los profesionales y la
gente culta en general. Pues bien, en este pasquín salieron
publicados, primero, los impactantes reportajes de Marín sobre la
guerra fronteriza entre Costa Rica y Panamá, que se había librado
en 1921.
“La
lectura de su texto logró un aceptable éxito entre los clientes
del pasquín y ello me dio ánimo para publicar un folleto cuyas
páginas amarillas caducaron con el tiempo”. Había nacido “Coto”,
un libro cuyo mérito, “exclusivamente íntimo”, según el decir de
este periodista, “consiste en el favor de los lectores que me
animó a emprender una obra de más envergadura”. Con estas breves
palabras de Marín, en 1976, se rememoraba el inicio del periodismo
literario costarricense porque, casi de inmediato, el joven
director del pasquín se animó con otra tirada de mayores
ambiciones y La Hora reincidió en sus páginas, esta vez con
56 entregas que se publicaron entre el 14 de enero y el 20 de
marzo de 1935, sobre los acontecimientos bélicos sudamericanos en
el Chaco. De nuevo, también, salió a circular el consabido folleto
que recopilaba las historias del fantástico cronista de guerra y,
a mediados de aquel año, la editorial Espasa-Calpe daba a conocer
su propio tiraje de “El infierno verde”.
¿Qué
había hecho Marín Cañas en La Hora? Los reportajes salieron
sin que su autor fuera debidamente identificado pero, al mejor
estilo cervantino, el libro -en su volumen literario- publicaba
una brevísima introducción en la que se explicaba que un viajero
alemán -Herbert Erkens, colega suyo pues había trabajado como
repórter de un periódico de Bonn- tenía unos papeles que, a su
vez, le había regalado su amigo Wilfred Wandrey. El tal Herbert
Erkens le heredó el manuscrito a Marín y esa era la serie
reporteril que publicó La Hora, de San José.
Index
I La primera edición de la Antología de la
literatura fantástica, que data de 1940 (Sudamericana, Buenos
Aires) incluyó un recuento de las indagatorias sobre un Mundo
Tercero también llamado Orbis Tertius, en las que intervinieron
-junto con Borges- Bioy Casares, Alfonso Reyes y Xul Solar, entre
otros.
II En
1921 salió a la luz en San José de Costa Rica, el segundo coloquio
entre Cipión y Berganza, que le daba continuidad al primero, de
Miguel de Cervantes Saavedra. El tomito no indicaba el nombre de
su autor pero sí que la edición se hizo en la casa impresora de
doña María v. de Lines.
III
Tan sólo veintitrés años antes, el General Nelson Miles había
llevado un diario de guerra en Puerto Rico que al pasar el siglo
XX su nieta, Peggy Ann Miles, le facilitó al profesor
universitario Víctor Cabañas, en Washington. Corría octubre de
1978. El contenido de los apuntes de Miles se publicó en el
periódico Claridad, de San Juan, gracias a la notable
incursión de Luis López Nieves en el periodismo, en 1983. Luego se
han sacado innumerables ediciones en forma de libro.
Colofón
El Embajador mexicano en Buenos Aires le propuso a
Borges -poco antes de 1940- que junto con Bioy, Xul Solar y otros
como Carlos Mastronardi, Martínez Estrada y Drieu La Rochelle
acometieran la reconstrucción de todos los tomos de la
Enciclopedia del Orbis Tertius. Llegarían ex ungue
leonem, decía el Embajador Alfonso Reyes.
No
pasaron sino tres décadas para que otro azteca valorara en la obra
de Borges la equiparación de la libertad y la imaginación. Recalcó
Fuentes a este propósito que esta constitución borgiana contaba
con esos dos componentes de la libertad y la imaginación:
“constituye un nuevo lenguaje latinoamericano”, decía.
Adenda
Lo que no sabían Alfonso Reyes ni Carlos Fuentes,
mucho menos Borges et alii, era que los propósitos enciclopédicos
de los constituyentes del Orbis Tertius habían derivado
exclusivamente hacia los cuarenta tomos reseñados en el aporte de
Borges en la Antología de la literatura fantástica, pero
nada más. Punto. Aunque Borges había adelantado su esperanza de
que cien tomos de esta empresa vieran la luz en el siguiente
siglo, ¡la Segunda Enciclopedia!, su distinguida cofradía se
circunscribió al fantástico proyecto dentro de los límites que
resumía Reyes. ¡Lo que no era escaso por aquellos años!
En
cambio, a contrapelo de estos enciclopedistas, sucesivas
generaciones de creadores ya venían abocados a la verdadera tarea
que no era otra que editar todo lo referente a un nuevo país y no
una mera colección de tomos de una enciclopedia de Orbis
Tertius.
La
carta manuscrita de Gunnar Erfjord descubierta en un libro de
Hinton que había sido de Herbert Ashe, evidenciaba la existencia
verosímil de la rama paralela que Borges tuvo ante sus ojos y dejó
pasar sin hacer una sola “pregunta tramposa”. Recordemos que este
documento de Erfjord remitido en un sobre que tenía el sello
postal de Ouro Preto, elucidaba enteramente el misterio: A
principios del siglo XVII, en una noche de Lucerna o de Londres,
empezó la espléndida historia. Una sociedad secreta surgió para
inventar un país.
Resumiendo a Erfjord escribe Borges sobre esta trama: “Al cabo de
unos años de conciliábulos y de síntesis prematuras comprendieron
que una generación no bastaba para articular un país. Resolvieron
que cada uno de los ancestros que la integraban eligieran un
discípulo para la continuación de la obra”.
Y es en
este punto de la carta de Erfjord donde Borges se extravió sin
remedio, aunque sí hubiera indicios cruciales, pistas que tienen
que ver con el carácter de la tarea que se había fijado la
sociedad. Por ejemplo, como es todopoderosa la idea de un sujeto
único, es raro que los libros estén firmados y se ha establecido
que todas las obras son obra de un solo autor, “que es intemporal
y es anónimo”. ¿Cómo no enlazar a Cervantes con José Fabio Garnier
y luego con la puertorriqueña Rosario Ferré, como veremos?
Dalgarno y Berkeley frecuentaron esta sociedad y Cervantes recibió
en Madrid el llamado a colaborar. Se le pidió que escribiera como
punto de enlace entre los castellanos y quienes sufrían las rudas
inquisiciones, de lo que surgieron algunas páginas memorables:
Cide Hamete Benengeli como verdadero autor del Quijote, al que
Cervantes transcribió de un cartapacio toledano escrito en árabe;
luego, un juicio talmúdico, inconfundible para la tradición
hebrea, ha sido exhumado por el abogado judío costarricense
Bernardo Baruch en el capítulo XLV de la Segunda Parte.
Tengamos presente que se afirma en Orbis Tertius que hay un solo
sujeto, que ese sujeto indivisible es cada uno de los seres del
universo y que éstos son los órganos y máscaras de la divinidad.
Pero hay que ubicarse con José Fabio Garnier en un pequeño país
centroamericano y ya en el siglo XX. En 1921 Garnier era un bien
establecido arquitecto y hombre de teatro que ordenó imprimir otro
coloquio de perros, el segundo. El volumen que por supuesto era
parte de la cadena cervantina se le traspapeló y salió a correr el
mundo sin indicar el nombre del autor. Un ejemplar de esta
edición, del 14 de abril de 1921, se abre con la pieza teatral “A
la sombra del amor” y seguidamente viene el “Segundo coloquio que
pasó entre Cipión y Berganza”, que carece de autor. Este tomo se
guarda en una biblioteca privada porque la reimpresión,
debidamente corregida y con el nombre bien claro de José Fabio
Garnier, es el que se conserva en la Biblioteca Nacional de San
José.
Es
claro el origen de la falacia, el tiraje no corregido tenía
destinatarios precisos entre los conjurados, para quienes todos
los libros son el producto de un único autor, pero como este
volumen se traspapeló y circuló más allá de lo convenido, pues
entonces Garnier tuvo que sacarlo para el gran público, en una
segunda reimpresión en la que él mismo se identificada
debidamente, como su autor.
Mucho
menos literaria que este Segundo coloquio de Costa Rica es la
historia de Seva, en Puerto Rico, que escrupulosamente se le
atribuye a Luis López Nieves. El diario del General Nelson Miles
estaba celosamente guardado desde que fuera escrito, de su puño y
letra en 1898, y no fue sino hasta el otoño de 1978 que el
profesor Víctor Cabañas pudo conocerlo, fotocopiarlo y hacerlo
llegar a López Nieves. Este interrumpió sus labores a las que lo
tenía destinado el PhD que ejercía con fervor e incursionó en el
periodismo.
Para
1983, en las vísperas de la Navidad, López Nieves publicó los
documentos de Cabañas en el periódico Claridad, de San
Juan. Los apuntes del General Miles y una pieza cartográfica no
dejaron lugar a la duda, porque hubo un brevísimo pueblito costero
llamado Seva.
El
manuscrito del jefe expedicionario registraba, para las 11:30
horas del 5 de mayo de 1898: “Tal y como lo habíamos planeado,
desembarcamos a las 10:00 horas por la playa del pueblo de Seva.
Pero sufrimos un serio revés”. La historia de Borinquen daba así,
con este texto de Miles, un giro hacia el siglo XX en la
constitución borgiana, gracias a un reportaje muy periodístico de
Claridad, en San Juan. (Esta misma ciudad del Caribe fue la
que conoció otro coloquio canino, no de perros sino de las perras
Franca y Fina, en el mejor estilo derivado del coloquio de
Cervantes y del que ya había restablecido Garnier, en Costa Rica.)
El
reportaje de López Nieves se reeditó con posterioridad, una y otra
vez, y ha dado origen a todo un proyecto cultural en el sitio web
www.ciudadseva.com. Se ha hecho la
observación de que recuerda mucho el propósito de la constitución
borgiana: “surgió para inventar un país”.
Desde
1941, Borges reportó que la realidad estaba cediendo en más de un
punto. “Lo cierto es que anhelaba ceder”, puntualizaba en la
Postdata de 1947 a su propio aporte para la Antología de la
literatura fantástica. “Han sido reformadas la numismática, la
farmacología y la arqueología. Entiendo que la biología y las
matemáticas aguardan también su avatar… Una dispersa dinastía de
solitarios ha cambiado la faz del mundo. Su tarea prosigue”.
Este
verdadero work in progress amarra el periodismo
interpretativo con la historia y la constitución borgiana.
Hasta
ahí Borges, hasta ahí su certero hallazgo porque difícilmente
sospechó siquiera lo que venía por lo que se refiere al
periodismo. No es que alguien iba a descubrir los cien tomos de la
anhelada Segunda Enciclopedia del Orbis Tertius sino que los
periódicos El Espectador, de Bogotá, y Claridad, de
San Juan, iban a darle un mentís al ciego profeta. Y tanto Gabo
-con el relato del náufrago Luis Alejandro Velasco- en 1955 como
López Nieves -con Seva- en 1983, se encargarían de ello.
Para
urdir un país no hacía falta una enciclopedia porque más elaborada
y paciente iba a resultar la conjura por la vía de los reportajes
periodísticos y algunos libros. Los tres coloquios caninos eran de
un solo autor -Cervantes, Garnier y Ferré- y lo otro…Un país,
“inventar un país”, resultaría viable por completo para asentar
una nacionalidad en una isla del Caribe Occidental; ¡un país!, o
sea el propósito original de la urdimbre que comenzó en Lucerna o
en Londres, a inicios del siglo XVII, y con Cervantes, en Madrid,
para decolar en las inmediaciones del barrio Amón de San José así
como en la sierra oriental puertorriqueña.
Entre
Darío y Borges se ubica la cronología literaria de José Fabio
Garnier y en el canon de Borges que valida Fuentes para el boom -y
que valoramos nosotros para el post-boom-, podemos insertar a Luis
López Nieves con su ejercicio periodístico. Sin duda que las
próximas páginas de la ardua invención de un país le tocan a Pedro
Mairal, Zoé Valdés o David Ruiz Puga, a William Ospina, Carmen
Boullosa o Jacinta Escudos para que hagan valer el dictado del
personaje de Gioconda Belli: “Quizás esa era nuestra misión, se
dijo, hacer existir la quimera. La idea nos cautivó”.
Llaves borgianas
José Fabio Garnier heredero de Cervantes y Luis
López Nieves adscrito a la genética del periodismo infame son dos
muy buenas líneas de continuidad para un empeño que se habría
iniciado en el siglo XVII, urdido por una sociedad secreta y
benévola que tuvo entre sus afiliados a Dalgarno y después a
Berkeley: una sociedad que surgió para “inventar un país”, según
la carta de Gunnar Erfjord descubierta por Borges en 1941. Su
texto corroboraba una hipótesis de Ezequiel Martínez Estrada.
Recordemos. El volumen en octavo mayor de Herbert Ashe que
procedía del Brasil, paró en el hotel de Adrogué donde Borges iba
a vacacionar. Ashe había muerto en septiembre de 1937 y meses
después llegó Borges. Ahí encontró el tomo y lo ojeó con un
vértigo asombrado y ligero que nunca describió. Sin embargo, con
su habitual modestia y sus habituales referencias paralelas,
escribió: “En una noche del Islam que se llama la Noche de las
Noches se abren de par en par las secretas puertas del cielo y es
más dulce el agua de los cántaros; si esas puertas se abrieran, no
sentiría lo que en esa tarde sentí”. Tal fue su impacto al toparse
con aquel ejemplar enciclopédico que la falsa carátula
identificaba: Vol. XI. Hlaer to Jangr. Recordemos también
que en la primera página del tomo y en una hoja de papel de seda
que cubría una de las láminas en colores, se apreciaba el
estampado de un óvalo azul con esta inscripción: Orbis Tertius.
Hacía
dos años que Borges había descubierto en un tomo de una
enciclopedia pirática una somera descripción de un falso país; y
ahora le deparaba el azar, en Adrogué, algo más precioso y más
arduo. Ahora tenía en las manos un vasto fragmento metódico de la
historia total de un planeta desconocido, con sus arquitecturas y
sus barajas, con el pavor de sus mitologías y el rumor de sus
lenguas, con sus emperadores y sus mares, con sus minerales y sus
pájaros y sus peces, con su álgebra y su fuego, con su
controversia teológica y metafísica. ¡Se trataba del “onceno
tomo”! Y todo ello articulado, coherente, sin visible propósito
doctrinal o tono paródico.
Hasta
ahí la revelación de Borges. Hasta allí el hallazgo en Adrogué.
¡Qué pobre les iba a resultar a otros conjurados toda esta
elaboración enciclopédica en comparación con su propia obra dentro
del ADN del periodismo!
FIN |