



¿Qué tendencias novedosas percibe usted en el arte de narrar en el mundo contemporáneo?
— Creo que fue Oscar Wilde quien dijo que un autor no puede sentir admiración por las obras de sus contemporáneos. Te confieso que ese parece ser mi caso, aunque realmente es falta de interés, más que falta de admiración. Me salté una generación: la mía. Leo mucho a los clásicos, es lo que más leo. En cierto sentido los clásicos son mis contemporáneos. Bueno, y leo y respeto a mis maestros, al "boom", y a mis estudiantes, porque dirijo una Maestría en Creación Literaria. Pero a los autores de mi generación realmente no los leo, apenas conozco, aunque lógicamente he escuchado cosas por aquí y por allá. Así que no puedo opinar sobre ellos como tal, pero sí puedo decirte que en la literatura abro todas las puertas, así que no me molestan ni los elementos visuales ni la ciencia ficción. De hecho, una de las razones por las que mi primer libro, "Seva", llamó mucho la atención cuando lo publiqué en el 1983 fue porque incorporé mapas, fotos y otros elementos visuales. Ciencia ficción no he escrito, pero no porque no me guste. Es que no sé nada sobre ciencia.
¿Cómo surgió la estructura de El corazón de Voltaire? ¿Cuándo cree usted que ha dado con el tono de una novela?
— Pues "El corazón de Voltaire", una novela escrita enteramente por medio de correos electrónicos, es mi cuarto libro. Resulta que en mis tres libros de cuentos anteriores siempre ha habido al menos un cuento epistolar, porque me gusta mucho ese recurso de escribir por medio de cartas: me entusiasma la inmediatez y la libertad que me ofrece como recurso. Bueno, pues empecé la novela con cartas normales, de las que llevan sello y sobre. Pero cuando iba como por la página diez de pronto me dije "¿Qué hago, cuándo fue la última vez que escribí una carta y la envié por correo?" Me di cuenta de que ya no escribo cartas. Así que cambié a correo electrónico. Y fue una maravilla, un descubrimiento, algo así como la llegada de Colón a América. Porque descubrí, de pronto, que ya no tenía limitaciones de tiempo ni de espacio. No tenía que esperar 3 semanas para que una carta llegara desde París hasta la Argentina. El correo electrónico llega en segundos a cualquier parte del mundo. La novela empezó a adquirir un ritmo veloz, muy acelerado. Me entusiasmé tanto que cuando iba como por la página 40 me dije de pronto: "Voy a escribir toda la novela por medio de correos electrónicos. Nada más. Sólo correos". Me propuse ese reto y así lo hice. Sin darme cuenta, creé algo nuevo. Así ocurren estas cosas.
¿Cómo se encuentra el género de novela negra en América Latina? ¿Qué países cree usted que están desarrollando ese género?
— Mira, te remito a la pregunta anterior. He visto, por aquí y por allá, que parece que hay un resurgir de la novela negra en España, Argentina y México. Ahí está Padura Fuentes, en Cuba. Pero realmente no soy un experto en el género ni me interesa serlo. De hecho, ya se han escrito 3 ó 4 trabajos sobre el aspecto "novela negra" de mi novela. En uno de ellos se enumeran todas las características de la novela negra y se dice que mi novela cumple con todas menos una, la más importante: no hay crimen. Entonces ahora dicen que me inventé la novela negra pero sin crimen. No fue a propósito. Cuando empecé el libro yo tenía nociones de lo que es novela negra, pero ya tú sabes que los escritores le tenemos alergia a las fórmulas. Así que realmente era imposible que yo me propusiera hacer un libro como otras personas lo han hecho. Yo tenía que proponerme un proyecto diferente.
¿Cómo es la experiencia personal en la creación de personajes?
— Variable. Hay dos extremos: puedes crear un personaje basado en una persona real, que conoces. O puedes crearlo puramente con tu imaginación. Entre medio, hay millones de opciones o combinaciones. Digamos, 75% real, 25% imaginado. O cualquier otra combinación. Cada personaje varía según lo que necesitas para la historia.
¿Cómo es la relación que usted ha desarrollado entre historia y ficción o historia trocada? ¿Hay un escritor del continente o del mundo que haya alimentado sus visiones personales?
— Influencias tengo muchas. He leído miles de libros, muchos de ellos extraordinarios, que se me han quedado en el sistema sanguíneo. Eso es evidente. Sin embargo, en los trabajos que se han escrito sobre mi obra, llama la atención que el tema de las "influencias" prácticamente no se menciona. Al contrario: muchas veces se resalta la originalidad. Me es un poco pesado hablar de este tema porque parecerá que me estoy jactando, y personalmente odio la jactancia. Pero tengo que decirte, llanamente, que no conozco ningún libro que se parezca a "Seva", mi primer libro. Es posible que exista, pero no lo conozco ni ningún crítico lo ha mencionado. Al contrario: destacan la originalidad del texto. En el caso de mi libro más reciente, "El corazón de Voltaire", ese es precisamente uno de los temas que más se menciona en las críticas: el hecho de que sea la primera novela escrita enteramente por medio de correos electrónicos. Nuevamente te digo: es posible que existan otras, pero no las conozco.
En el 1983, a los 33 años de edad, yo había leído tanta y tanta historia que se me hacía difícil distinguir entre la historia y la literatura. Un día me di cuenta, de pronto, que no era necesario hacerlo, porque la historia realmente es literatura. No existe la historia objetiva, científica. Cuenta la "historia" de América desde el punto de vista de los europeos o desde el punto de vista nuestro, y verás que no hay puntos de encuentro. Son dos historias diferentes. Son literatura. Bueno, pues yo me puse a jugar con la historia, me puse a escribir literatura como si fuera historia, pero le hacía a la "historia" pequeños cambios; a eso le llamo "historia trocada". Por ejemplo, en julio del 1898 Estados Unidos invadió Puerto Rico exitosamente, le arrebató la isla a los españoles. Pues en ese libro me inventé que dos meses antes hubo una primera invasión norteamericana, pero que fracasó porque los boricuas nos levantamos en armas y los derrotamos. Lo escribí de tal manera que los puertorriqueños se creyeron el cuento y se armó tremendo revuelo en el país. A eso le llamo "historia trocada". A ello volví en "La verdadera muerte de Juan Ponce de León" y en "El corazón de Voltaire". Y parece que ha gustado, porque ambos libros ganaron el Premio Nacional en mi país. El primero en el 2000 y el segundo en el 2006.
¿Qué experiencia extrema ha tenido usted que quisiera convertir en sustancia narrativa?
— Hace unos veinte años visité Santo Domingo y me invitaron a un museo que había sido un palacio colonial. Allí había una gran abundancia de objetos del siglo XVI: armaduras, escudos, espadas, etcétera. A mitad del recorrido se fue la luz en el museo. Dejándonos llevar por la poca iluminación que entraba por algunas puertas, empezamos a buscar la salida. Perdido, entré a una habitación que estaba a media luz y me encontré de frente con un caballo disecado enorme, muy grande, completamente forrado de armadura. Tenía las patas delanteras levantadas, como si fuera a atacarme. Encima, un caballero medieval, vestido de armadura, levantaba una enorme espada de metal, también en posición de ataque. Fue el momento más aterrador y mágico de mi vida, porque durante tres segundos supe lo que sintieron los indios cuando los españoles llegaron a América. Desde ese día no ha sido necesario que nadie me lo explique. Aunque no creo en el más allá ni en la reencarnación ni en los espíritus ni en ninguna de esas cuestiones sobrenaturales, sí puedo afirmarte que durante tres segundos fui un indio del siglo XVI. No sé por qué no he escrito un cuento, una novela o tan siquiera una escena sobre esta experiencia mía. De hecho, sólo la he contado unas cinco o seis veces en los últimos veinte años, a amigos. Ésta es la primera vez que lo hago públicamente, porque en ninguna entrevista anterior me han hecho esta pregunta.
¿Cuál cree usted que ha sido la vivencia fantástica que ha vivido usted al frente del portal de internet CiudadSeva.com?
— Ciudad Seva tiene tres grande componentes: el relacionado con mi obra, las suscripciones a foros y talleres, y la biblioteca digital. En ésta ya hemos colocado 3100 cuentos clásicos: es la mejor colección de cuentos clásicos en internet, en cualquier idioma. No lo digo yo solamente, sino los expertos. Bueno, pues estamos recibiendo unos 20,000 visitantes diarios de todos los países de habla hispana. Con mucha, mucha frecuencia recibimos mensajes muy emotivos de profesores que nos dan las gracias por la biblioteca. Nos dicen que si no fuera por Ciudad Seva no tendrían manera de darle ciertos textos a sus estudiantes, porque no tienen el dinero para comprarlos o porque los libros simplemente no se consiguen en sus ciudades, pueblos o campos. Mientras más pobre la región, más mensajes recibimos. Durante la gran crisis en la Argentina, hace par de años, recibíamos mensajes continuamente en que nos decían que sin Ciudad Seva no podrían leer literatura, porque no había dinero para comprar libros. Esa es mi experiencia y mi satisfacción más fantástica en Ciudad Seva.
¿Hacia dónde se encaminan los diplomados de escritura creativa en el continente?
— Hacia donde ellos quieran ir, hacia donde siempre han ido los escritores. El estudio de Creación Literaria realmente no es nuevo. Siempre ha existido la relación maestro/discípulo entre escritores. Ahí están las anécdotas de Émile Zola con Guy de Maupassant, su discípulo. Las de Ezra Pound con TS Elliot. Y muchas otras. La diferencia es que antes había menos gente. Atenas, por ejemplo, a pesar de todos sus logros y renombre, sólo tenía una población de 100,000 habitantes. Un autor famoso tenía el tiempo para compartir con 3 ó 4 estudiantes... no había tantos escritores. Pero los tiempos han cambiado. Mi ciudad, San Juan de Puerto Rico, tiene un millón de habitantes. Un autor de renombre no puede jamás tener como discípulos a todos los que quisieran serlo, no puede atender diariamente a cincuenta o cien discípulos. Por eso surge la necesidad de institucionalizar esta relación maestro/discípulo. Una universidad sí puede atender a cien discípulos o más, y proveerles no uno sino varios talleres con autores relevantes. Lo que vemos, por tanto, en los programas de Creación Literaria, es una organización lógica y muy satisfactoria de la antigua relación maestro/estudiante. Los diplomados, por tanto, se encaminan hacia la realización de sus aspiraciones literarias.
¿Qué autores de América Latina cree usted que han sido insoslayables en su formación y en su trabajo creativo?
—En América Latina el "boom", por supuesto. Mis dos favoritos son Cortázar y García Márquez. Durante mis años formativos los leí mucho. Exageradamente. Por ejemplo, he leído "Cien años de soledad" más de 15 veces, al igual que "Rayuela". Fue durante mi aprendizaje. Pero un día, de pronto, me dije que no podía leerlos más. Fue un día triste, pero comprendí que la influencia de ellos era muy fuerte, apabullante, y que si yo quería ser un escritor original no los podía leer más. Decidí que sólo leería a los clásicos. Dejé de leer al "boom" para salvarme como escritor y buscar un estilo propio. Así se lo dije a Cortázar. Le entregué un cuento que yo había escrito al estilo suyo, y que le dediqué, con una nota en que le decía que le daba las gracias por todo lo aprendido, pero que había llegado el momento de matarlo. Al otro día me dijo que le había gustado mucho el cuento y me felicitó. Luego, con una sonrisa, me dijo: "Y, mire, máteme, máteme sin falta, pero que sea literariamente, por favor".
Además del "boom", se me ocurren otros dos autores importantes para mi formación, Felisberto Hernández y Leopoldo Lugones, aunque estoy seguro de que se me están olvidando varios más. Mi padre literario es Cortázar, mi abuelo es Kafka, mi bisabuelo es Stendhal y mi tatarabuelo es Cervantes.
¿Cuál era el ambiente cultural de su infancia? ¿De qué manera influye en usted el carácter y temperamento de sus padres?
— No sé en qué medida reflejo las personalidades de mis padres. Pero la influencia del ambiente de mi casa es claro, porque en mi casa siempre hubo biblioteca. Siempre tuve muchos libros a la mano. Yo no sabía lo que era acostarme sin un libro para leer. Mi madre me apagaba la luz a las diez de la noche, yo esperaba un rato y volvía a prenderla. Luego leía hasta las dos de la mañana. Aunque nunca le he preguntado, puedo suponer que mi madre lo sabía, que veía la luz por debajo de la puerta. Así que, ahora que lo pienso, quizás el temperamento liberal de mi madre influyó en mí porque me dejó leer. Si hubiera regresado al cuarto con una correa y se hubiera llevado el libro que yo tenía debajo de la almohada, jamás habría leído todo lo que he leído.
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