Carlos Esteban Cana
... ver, en ese instrumento
musical, en ese símbolo
de paz, el agujero que dejó
aquella bala, me toca,
me conmueve el alma
Antonio Aguado Charneco
Compartir con los lectores acerca de los cuentos que uno ha
ido produciendo a través del tiempo es algo que disfruto. A
veces ese intercambio, esa conversación fortuita, les destina
a los autores las más diversas sorpresas. Una de esas
situaciones que me han dado algunos de mis cuentos dispersos
ha sido la incredulidad manifiesta ante ciertos pasajes que
describen ad verbatim elementos de la realidad. Un amigo
lector me comentaba acerca de Frente, cuento que trata sobre
la vida en un asilo de ancianos, que era inverosímil encontrar
puertas pesadas de metal en estos centros. Después de
escucharlo, le expliqué que ese dato fue descrito tal como lo
había visto, por muchos años, siendo monaguillo.
Me toca reconocer que mis cuentos, en su gran mayoría,
parten de experiencias reales que la alquimia creativa, esa
distancia que el escritor establece, elabora. No importa si es
algo que observé, algo que me ocurrió o le sucedió a otro,
aquello que trabajo en la mesa de la ficción nace porque me
conmueve. Por otro lado, hay piezas en las que prevalece el
ánimo de divertirme; juego con el contenido, incluso con la
estructura, e hiperbolizo la realidad. Ése fue el caso de
Odisea púrpura o al que no le gusta el caldo... Este cuento,
escrito en primera persona, narra la aventura que enfrenta un
padre que odia a un personaje infantil televisivo, cuando el
destino lo coloca en la encrucijada de tener que disfrazarse
de ese muñeco que detesta.
Y aunque sólo unas notas iniciales las tomé de una
situación que enfrentó mi compadre, Armando Morales, lo demás
fue un proceso lúdico sobre una situación que la imaginación
amplificó. Curioso fue lo que ocurrió después. Con lo que no
contaba era que a nadie del equipo editorial (del mensuario
que me lo publicó) se le ocurrió colocar la palabra “cuento”
en algún lugar de la página. Omisión involuntaria que ha
provocado que más de una vez tenga que aclarar que Odisea
púrpura no es un testimonio y no canto en cumpleaños,
divorcios o funerales disfrazado de Barney. Le comentaba sobre
esto al escritor
Luis López Nieves, autor de creaciones que
forman parte de nuestro canon literario como Seva (cuento que
también fue tomado como testimonio; claro, salvando la
distancias). En fin, que luego López Nieves me envió el
siguiente emilio: “Te felicito. Me reiré el próximo mes cuando
vea: ERA UN CUENTO: Cana no se alquila”.
Las sorpresas pueden acudir en cualquier momento y más allá
de que puedan agradar, siempre es bueno saber que leen a uno;
que el cuento, el poema o el ensayo mueve alguna fibra interna
y hace que quien lee pueda hacer su propia reflexión, sin que
esto implique que se identifique con lo que uno plantea.
Quizás se trata de que los artistas somos cronistas de la
época y el lugar que nos ha tocado vivir; de alguna manera,
esto que llamamos creación es un modo de representarnos a
todos, al individuo o al colectivo. Para ilustrar este punto,
me sirvo de un ensayo de Kalman Barsy publicado en 1992 por la
Revista de Estudios Generales, titulado La literatura como
forma de conocimiento. En la conclusión del mismo, Barsy, al
nombrar lo que él entiende como el sentido más profundo de la
mímesis aristoteliana, escribe: “La literatura busca una
restauración significativa de la vida misma que ella -más que
imitar- conjura por medio de las palabras”.
Conjurar... ser cronista… la vida misma y las palabras… En
mi caso, hay otro objetivo que me mueve a escribir. Para
explicarlo, me gustaría hacer referencia a una entrevista que
le hicieron a Joan Manuel Serrat, en la que le preguntaron
para qué servía una buena canción. Serrat sentenció: “Una
buena canción sirve para acompañar a la gente en sus días
cotidianos o en los acontecimientos más importantes de sus
vidas”. Yo he llegado a la misma conclusión. El arte, llámele
música, literatura o la manifestación creativa que quiera
mencionar, sirve para algo más que mostrar.
Por eso cuando pienso en algunos de mis cuentos una leve
tristeza me invade. Como he mencionado antes, muchos de ellos
parten de lo que interpreto como mi realidad, es decir, sobre
lo que entiendo que sucede aquí en Puerto Rico. Cuentos como
Nuevamente, Variante XXI o Una bala perdida fueron escritos
hace años. Sin embargo, parecen que fueron sacados de esa
parte de nuestra cotidianidad que actualmente es reseñada en
los periódicos y medios noticiosos.
Entonces me pregunto si vale la pena, si tiene valor esto
de crear, de escribir... Es aquí cuando los pensamientos dan
paso al silencio y enmudezco.
Guardo silencio cuando escucho que una adolescente, que
salía de estudiar con sus compañeras, fue víctima de una bala
perdida... Guardo silencio, nuevamente, cuando veo la trompeta
silenciada de un joven músico... Guardo silencio cuando siento
el dolor de una madre; supo que su hijo no regresaría de su
primera clase de guitarra en la iglesia, todo por una
“variante” del destino... Guardo silencio mientras el hedor de
los aguaceros de plomo que nos arropa en pleno siglo XXI se
esparce por doquier y esta vez alcanza a un niño que esperaba
por medicinas que su padre le compraba, mientras descansaba en
el auto... Guardo silencio cuando otro padre y sus hijas
mueren asesinados esperando un cambio de luz...
Aquí es cuando guardo silencio y enmudezco... aunque mañana
vuelva a colocar la página con la esperanza de que algunas de
mis palabras puedan, al menos, simplemente,
acompañar.