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diferencia del discurso historiográfico tradicional y su afán por
recuperar eventos “reales”, el relato histórico promete recobrar
minuciosamente aquellos hechos que nunca sucedieron. Si por un
lado la práctica historiográfica cree que el pasado puede
aprehenderse; el relato histórico cree que sólo pueden
aprehenderse prácticas historiográficas. La historia como objeto
recuperable sucumbe a los procesos de historización y
deshistorización. El lenguaje de las fechas y los archivos se
fusiona con los “master tropes”,1
para intentar adjudicarle una estructura lógica a la ausencia.
Pero como ya ha explicado Hayden White, “logic itself is merely a
formalization of tropical strategies” (Tropics 6).
Notorios son los trabajos sobre teoría
histórica contemporánea en los que Paul Ricoeur, Hayden White y
Michel de Certeau ya han denunciado el
parentesco tropológico del lenguaje histórico y el literario. En
la literatura puertorriqueña, además de Luis López Nieves, Luis
Rafael Sánchez (La importancia de llamarse Daniel Santos),
Edgardo Rodríguez Juliá (en los tomos de Crónica de Nueva
Venecia) y Ana Lydia Vega (en Falsas Crónicas del Sur)
han aprovechado literariamente esta filiación para recrear épocas
y lugares de un pasado desde el cual se intenta repensar los
avatares de la identidad nacional. Indagan un origen2
que no obstante se torna más elusivo en cada intento de
recuperación. Es precisamente este carácter elusivo el que desata
la búsqueda tanto del historiador como del ficcionalizador de la
historia. No es casual que la mayoría de estos textos se
construyan alrededor de un secreto cuya develación exige la
atribulada, y a veces fatal, interrogación de documentos,
personajes y eventos “históricos”. El cuento
Seva,
de Luis López Nieves, es quizá el caso más paradigmático de la
hermandad entre literatura e historia en la literatura
puertorriqueña. Publicado como artículo investigativo en las
páginas del semanario Claridad, este cuento logró anonadar
a sus lectores con la articulación de una mentira bien
documentada: el hallazgo de archivos que evidencian una primera y
frustrada invasión norteamericana a Puerto Rico en mayo de 1898.
En novelas como La renuncia del héroe
Baltasar, La noche oscura del niño Avilés y El
camino de Yyaloide, Edgardo Rodríguez Juliá se asienta en el
siglo XVIII para producir un territorio fundacional en el que la
verdad historiada coexiste con la verdad imaginada. Sus
narraciones, comenta Grisel Maduro, corroboran “la función del
escritor análoga a la del cronista que relata, con la veracidad o
la verosimilitud que exige el destinatario, los hechos y las
realidades (imaginadas/inventadas) descubiertas en ese mundo nuevo
dieciochesco” (1). Diez y seis años después de la fascinante
mentira que supuso Seva en 1984, el nuevo libro de cuentos
de Luis López Nieves,
La verdadera muerte de Juan Ponce de León,
vuelve a jugar con las posibilidades literarias del discurso
histórico. En esta ocasión, su locus es el siglo XVI de un Puerto
Rico en gestación, en palabras del autor: “nuestro periodo
histórico más universal” (119).
La imaginación histórica en La
verdadera muerte de Juan Ponce de León se articula a partir de
dos concepciones de la verdad ficcional que dialogan con lo que De
Certeau llama en el discurso historiográfico, “Two Positions of
the Real” (35). Algunos cuentos postulan la realidad como el
objeto de la indagación documental, accesible sólo a través del
análisis del investigador; otros, asumen la verdad como una
recreación del “hecho”. La primera presenta al historiador como
detective. Para que el pasado suceda, el detective debe recuperar
sus pedazos, reproducir sus lugares, trazar la cartografía de sus
huellas. La segunda, más ingenua, pretende
que el evento “hable”, que el suceso se muestre a sí mismo sin la
mediación del develador. Emile Benveniste lo expone así: “The
events are chronologically recorded as they appear on the horizon
of the story. No one speaks. The events seem to tell themselves”
(citado en The Content 3). Esta posición de lo real se
observa en cuentos como “El Conde de Ovando”, “La última noche de
Rodrigo de las Nieves” y el primer relato del libro, “El gran
secreto de Cristóbal Colón”. En este último la narración adopta la
tercera persona y hace que las escenas sucedan de un modo
cronológico, progresivo, en el espacio y el tiempo. El lector
observa el acontecer del viaje de Colón abordo de la Santa María y
repara en el itinerario de sus gestos de navegante.3
Esta historia, con visos de El diario de Colón, revela en
la última línea que la primera travesía del Almirante a tierra
americana realmente fue la segunda. De ahí que un viejo indígena
lo recibiera en una lengua que sólo Colón pudo entender: “Maestro,
al fin has regresado!” (11). El relato juega con la teoría del pre-descubrimiento,4
con la idea del primer encuentro como reconocimiento. Revelado “el
gran secreto” en la última línea, el verdadero descubrimiento lo
hace el lector; hallazgo que desestabiliza la mitificación de ese
viaje iniciático. El final no sólo revela el “verdadero” secreto
de Colón, sino la ecuación que define la teoría histórica
contemporánea: el momento original es ya su reproducción.
Contagiados con el espíritu renacentista
de la época, los relatos proponen la metáfora del viaje
(intelectual, naval o terrestre) como el móvil de cada relato.
Viajes hacia espacios incógnitos en donde aguarda un destino
irónico o fatal. Movidos por la inquisitiva obsesión de encontrar
la verdad, los personajes centrales emprenden un terco recorrido
hacia su propia subjetividad. En ocasiones, como en “El conde de
Ovando”, hacia la transgresión: “La mañana del 11 de marzo de 1577
doña Isabel de Ovando y Portilla ...montó el caballo favorito de
su padre y anunció que nadie en el mundo, ni el Obispo ni el
Gobernador ni el Rey, nadie en el mundo detendría su paseo hasta
el Convento de los Dominicos” (13). El viaje de Isabel no sólo
enfrentará los dos grandes poderes de la época, el poder
eclesiástico y el poder político, sino también la legitimación de
sus respectivos discursos: uno asociado a la exégesis bíblica (la
Vulgata) del Obispo, el otro a la experimentación científica de su
padre, el gobernador. Desafiando a los guardias y a las órdenes de
su padre, Doña Isabel irá en busca de un elíxir abortivo que
marcará el término de su viaje, el límite moral por el cual será
castigada por las autoridades eclesiásticas. Su trayectoria traza
la gramática de su relato en la medida en que ésta se desplaza
desde un espacio legítimo a un territorio prohibido. Como expresa
Michel de Certeau en su trabajo sobre prácticas espaciales:
“Walking affirms, suspects, tries out, transgress, respects, etc.,
the tracjectories it ‘speaks’” (99). Su tropiezo se inscribe en la
espacialidad narrativa de su viaje dándole a la caída diversas
formas de significación. Es una caída social (de la nobleza al
vulgo); erótica (desde el caballo al fango); higiénica (de la
limpieza a la suciedad); estética (de la belleza a la fealdad); y,
finalmente, moral (del embarazo al aborto). Más que un líquido
prescrito, el brebaje abortivo que Doña Isabel busca funciona como
el espacio de la confrontación entre los dos grandes poderes de la
época. El Conde, un seudo científico que quería medir la distancia
entre la tierra y el cielo, termina encadenado en un barco rumbo a
Sevilla por haber puesto en duda la “autoridad de la Vulgata”
(41). Al final, el discurso teológico termina derrotando la
voluntad del discurso secular “científico”. Para la época, no
obstante, la Inquisición española respondía más a la voluntad de
los reyes que a la del Papa, razón por la cual su dimensión
religiosa se confundía muchas veces con la voluntad política. El
campo de acción entre ambos poderes podía inclinarse tanto hacia
la confrontación como hacia la fusión de intereses y
procedimientos. A nivel retórico y estructural, la narración de
estos cuentos informa de esa frontera desdibujada entre la verdad
teológica y la verdad laica. En el campo del discurso y su
producción de significados, ningún lenguaje se superpone o vence
al otro, sino que ambos se contaminan entre sí. Como ha notado ya
Irizarry: “There is no doubt that in the creation of these
historically themed stories, fiction and history maintain a
symbiotic relationship, mutually enriching each other” (“Luis
López Nieves’s La verdadera” 62). De ahí que el tono
narrativo del relato, su énfasis en marcar el día, el mes y el año
de los episodios, la referencialidad a lugares que aún existen
(Palacio Arzobispal, Convento Dominico, La Catedral) y la
distancia de la tercera persona, evoquen de forma lúdica la
voluntad mimética de la crónica.
Si la historiografía y las crónicas son
la base de estos cuentos, el discurso mítico ocupa, en
consecuencia, un espacio indispensable. El cuento que da título al
libro, “La verdadera muerte de Juan Ponce de León”, se escribe
desde la subversión del mito. La búsqueda de la fuente de la
juventud será la estratagema narrativa que los indios usarán para
dar muerte al primer gobernador de Puerto Rico. El testimonio del
asesinato de Ponce de León por parte de un joven indio que lo
persuade de tener 118 años, es sólo la relación final de una serie
de historias concatenadas que se desplazan desde 1594 a nuestros
días a través de documentos y testimonios escritos. El narrador
copia el aspecto textual que mueve tanto al historiador como al
escritor. Como lo ha expuesto De Certeau: “Something of the
literary or textual analyst inspires the historiographer. Both
specialists appeal to the rhetoric of the documents they study.
They recover how the ‘speech act which seem to be recorded or
staged in their evidence betray something other that their writing
cannot entirely efface’” (X).
Si en “El gran secreto de Cristóbal
Colón” la “posición de lo real” que predomina es la del
acontecimiento como proveedor de la “verdad”, tanto en “La
verdadera muerte de Juan Ponce de León” como en “El suplicio
caribeño de Fray Juan de Bordón” lo “real” deviene del análisis y
de la investigación. Es lo que el historiador “brings to life from
a past society” (De Certau 35). En “La verdadera muerte de Juan
Ponce de León”, un pergamino de 1732 encontrado en el Palacio
Arzobispal de San Juan por el doctor en historia, Eugenio
Aristegui, y “transcrito con tal nitidez que ningún historiador
serio cuestionaría su autenticidad”, inicia la intriga de esta
narración con matices detectivescos: “Volviendo a la trayectoria
del manuscrito, sólo hay una etapa sin documentar: la última, la
que lo depositó en la parte de abajo del gabinete en que pasó casi
300 años. La explicación es evidente: alguien lo escondió ahí.
¿Quién? Pudo ser cualquiera, desde un secretario de la cancillería
hasta el mismo Obispo” (56). El lugar del misterio será finalmente
ocupado con el “acto de habla” que produce la “evidencia”
documental: la confesión del indio Danuax, quien le entierra una
flecha mortal en el pecho a Ponce de León, primero transcrita al
euskera por el Monje Vasco que lo confiesa, luego traducida al
“español contemporáneo” por el Doctor Olaguibel, amigo del
narrador, quien a su vez edita la traducción. Este catálogo
mediático de narradores deja al descubierto el carácter
“mitológico” que para Roland Barthes (1967) tiene todo “Discurso
de la historia”, en la medida en que éste llama la atención sobre
su mismo proceso de producción (citado en The Content 35). Proceso
que extiende sus redes intertextuales más allá del relato mismo,
sirviendo de suplemento a otra escritura histórica inconclusa.
Como expresa Estelle Irizarry: “‘La verdadera muerte de Juan Ponce
de León’ llena otra laguna histórica dejada por el cronista
Gonzalo Fernández de Oviedo que en 1535 da la noticia escueta y
lacónica de que el primer gobernador de Puerto Rico ‘volvió de
allá desbaratado y herido de una flecha, de la cual vino a morir a
la isla de Cuba’” (4). El relato resuelve el enigma de la flecha a
través de la confesión escrita que le hiciera Fray Pedro de
Azpeitía al indio Danuax, quien usó el ardid del mito de la fuente
de la juventud para asesinar al gobernador, pues si los españoles
creen en un hombre que caminó sobre las aguas y es padre de sí
mismo, “éstos creen en cualquier cosa” (64). Lo que el indio
intuye de la imaginación histórica occidental no es su carácter
persuasivo radicado en su documentado poder, sino precisamente en
su ignorada vulnerabilidad: para que la relación histórica sea
creíble ésta no tiene que ser ni verdadera ni revelada por un
historiador, tiene que ser verosímil. Roland Barthes sintetiza la
fórmula del siguiente modo: “the sign of History from now on is no
longer the real, but the intelligible” (20).
Sobre un andamiaje textual más complejo
se desarrolla “El suplicio caribeño de fray Juan de Bordón”.
Archivos, epístolas, traducciones, pesquisas, crónicas, son
recursos que se entrecruzan entre Francia, Puerto Rico y España
para recrear el proceso infinitamente mediático de la escritura de
la historia. La búsqueda genealógica de su apellido lleva al
historiador francés Henri de Bordoin al borde de la obsesión.
Curiosidad de veinte años que lo conduce a descubrir el parentesco
con un fraile dominico del siglo XVI que fue víctima de un
equívoco fatal. El mismo poder católico al que fue fiel toda su
vida lo somete al final a las torturas inquisitoriales de un
hugonote. Narrativamente, las descripciones del suplicio son
ejemplares; también lo es la excesiva misericordia del Inquisidor,
quien después de tragar los vómitos del fraile atormentado,
explica: “Hijo, así como Juan de la Cruz lame las heridas de los
leprosos yo lamo sin miedo los desperdicios que el demonio arroja
desde su pérfida guarida dentro de tu cuerpo” (114) .
Dos personajes reales vivos se
ficcionalizan en este relato: uno es el propio autor y el otro es
la profesora de la Universidad de Puerto Rico (Bayamón) Elsa Gelpí
Báez, a quien López Nieves dedica el libro, sin duda por sus
valiosos estudios sobre el siglo XVI en Puerto Rico, y porque ha
fotocopiado el 60 por ciento de los documentos relacionados con
Puerto Rico que están en el Archivo de Indias. Personajes y
archivos se utilizan como las piezas desordenadas de un
rompecabezas. La historia como una totalidad fragmentada, perdida
e irrecuperable, a pesar de la ilusoria reconstrucción que lleva a
cabo el investigador. El aspecto lúdico de la historia se exacerba
en este relato. Transcripciones parciales, cartas sin leer,
archivos secretos del Santo Oficio, tinta visible sólo con luz
ultravioleta y fechas tergiversadas llenan el silencio de la
historia con una “verdad” en la que toda hipótesis parece posible
(Irizarry 5).
La excesiva visibilidad del gesto
histórico (y por tanto, trópico) en estos cuentos hacen que el
lenguaje se dramatice y “actúe”. La retórica desplaza su función
meramente decorativa o escenográfica para subirse a escena y tomar
un espacio protagónico. Al abordar el libro el lector acude a una
poética de la historia. Si para De Certeau el historiógrafo
moderno es un “poeta del detalle”, por filiación, el narrador
histórico también lo es. Copiando los recursos que las estrategias
historiográficas usan para que el pasado se realice, estos relatos
logran darle forma y simetría a esa ausencia. Contrario a la
pretensión historicista, éstos no pretenden recobrar el pasado,
sino provocarlo, hacer que se ensaye siempre una vez más.
FIN |