Crfítica a la obra de Yván Silén

Yván Silén, poeta, antinovelista, cuentista, neopolítico y antifilósofo puertorriqueño:

I-Autobiografía incompleta

Nací el 25 de diciembre de 1944 y morí emocionalmente en junio de 1955 a la edad de10 años. Era el tiempo de la muerte de mi madre. Me perdí. Posteriormente, debido a una inyección de penicilina, "enloquecí" por tres días (1956). La muerte es el peor de los electrochoques. El sueño, por otro lado, es un tropezar con la muerte, pero la locura es un tropezar con el sueño, con lo más remoto y con lo más siniestro de uno. En la locura la mente
sueña lo que la mente no ha querido plantearse racionalmente. Simultáneamente crecí seducido por la figura de Cristo y por la figura de Albizu Campos. Recitaba perdido, pero recitaba, "Las golondrinas" de Bécquer en todas las clases de español: "Volverán las oscuras golondrinas...". Mi voz afiebrada,
frágil, me anunciaba. Conocí a Nilda Hamill, pero no creyó que yo escribiera "versos". Pensó que los copiaba de los libros de la biblioteca. Algunas maestras me comparaban ingenua y ridículamente con el poeta romántico puertorriqueño Gautier Bénitez. Comencé a leer a Julia de Burgos. Mis amigos se burlaban de mi "sabiduría" y me envidiaban, porque escribía "versos". Leí El cantar de los cantares, los Salmos, a Unamuno y a Darío. Desde niño el poeta se me había convertido en un conflicto y en el delito de mi propio “yo”. Era plural, pero no lo sabía todavía. Frágil como era, asmático, temeroso, "vidente”, me sentía volar en la frontera de mí mismo. Me veía
obligado a pelear en la escuela todos los días para darme a respetar y aunque era un pequeño espantapájaro, jincho y delicado las niñas me adoraban. Por las noches las voces de la radio me espantaban. Oía un programa que se llamaba "Cosas que pasan" y luego no podía dormir. Me moría de miedo por todo
lo que presentía e intuía de la naturaleza. Las tardes, los repúsculos, las golondrinas, los murciélagos, las campanadas de la iglesia que quedaba en la esquina de mi casa me enfermaban de terror. Vivíamos en la Urbanización Roosevelt. Tenía miedo de lo que iba a acontecer: la muerte de mi madre. Pero no sabía que eso era lo que temía. Pensé que temía la soledad, la ausencia de mi padre, el silencio de las noches, las sirenas de las ambulancias. Mi madre murió (1955). No recuerdo cuando dejé de ser niño. Porque quizás nunca he
dejado de serlo. Posteriormente, al correr del tiempo, conocería a Enid Hernández (octavo grado); Creo que ya nos habíamos mudado a Caparra Heights. Mi padre se había vuelto a casar (1956) y yo había comenzado a escribir versos malos. Entonces aconteció la Revolución Cubana y yo oía Radio Habana frebril, emocionado y alegremente todos los días. Fidel Castro se declaró marxista. No me importó. Aconteció la invación de Bahía de Cochinos, como si fuera otra vez la misma manera manoseada de la Guerra Hispanoamericana.

Crecí en una familia protestante. El padre de Enid también era ministro. (No narro cronológicamente.) En esa época me quedaba mucho en casa de mi tía (en casa de Tití) y por las noches (ella estaba en el hospital atendiendo a uno de mis abuelos) despertaba y la realidad, los objetos, las cosas, se habían separado de mí. Mi abuelo, el reverendo Angel Acevedo Ruíz, había sido un ministro incansable de la Primera Iglesia Bautista de Santurce, Puerto Rico. Yo lo admiraba como jamás admiré a mi padre y como jamás he admirado a nadie
más: ni a Dostoyevski, ni a Kafka, ni a Pessoa, ni a Artaud, ni a van Gogh, ni a Vallejo, ni a Rumi, ni a nadie. Lo admiraba, porque él representaba (pequeño, anciano, rechoncho) la figura de un Jesús antiguo. Conocí a Felisa Santiago (tenía catorce años) y su familia se opuso inmediatamente a nuestra relación, porque mi hermano y yo éramos independentistas. Su padre era un militar del ejército yanqui. Mi abuelo también era proyanqui, pero yo seguí creyendo radicalmente en la independencia de Puerto Rico. (Enid se había mudado y yo había perdido contacto con ella.) Surge la crisis de los misiles. Entré a la FEPI, después a la FUPI y posteriormente al Movimeinto Pro Independencia
que dirigía el licenciado Juan Mari Bras. En la iglesia me hice presidente de los prejóvenes y posteriormente de los juventud. El sexo y Jesús me habían dividido, me quemaba. Finalicé la escuela superior e ingresé en el Seminario Evangélico de Los Angeles, California. Estuve allí seis meses. Regresé a
Puerto Rico. Me re(encuentro) con Enid Hernández (quien posteriormente sería el personaje del cuento titulado La muerte de mamá). Me enamoré perdidamente de ella. Fracaso total. Su familia me acusó de haberla golpeado. Era falso: lo que se buscaba era detener a toda costa la inocencia de nuestra
sexualidad. La enviaron a Nueva York; regresó otra, era otra. Nos separamos. Me alejé de todo lo que tuviera que ver con la iglesia. Depresiones espantosas (ansiedades, angustias, pequeñas paranoias--desconfianzas--). En la universidad conocí a Brenda Alejandro. Dirijí la huelga universitaria
en1966 contra la Universidad Interamericana y me expulsaron. Comencé a publicar en la revista de Mester (1967-1969), dirigida por el escritor Jorge María Ruscalleda, como reacción al panfletismo de la revista Guajana (1960-67), dirigida por el poeta Vicente Rodríguez Nietzsche. Conocí a los poetas Andrés Castro Ríos, Etnairis Rivera, a Esteban Váldes, Pedro Pietri,
Alfredo Matilla, Angeluis Méndez, etc. Me casé, cometí el error de casarme y me fui a Nueva York (1967). Regresé a Puerto Rico (1970). Nació mi primer hijo (Alioscha) y publiqué mi primer libro de poesía: Después del suicidio (1970). Conozco a María Arrillaga en Nueva York y viajo en LSD con ella.
Descubro que está loca, que es cruel. Viajo en LSD para encontrarme con Dios, pero la materia no cedía. Intento escribir cuentos; fracaso total. Mi prosa no funciona. Escribo mal, pero estoy convencido de ser un poeta. Vuelvo a Nueva York, viajo a México, leo en la Universidad Autónoma y publico El Pájaro loco (1972). Rosario publica la revista Zona de carga y desgarga.
Escribo el poema sobre "Rimbaud y Verlaine" en el primer número de Zona. El choque con Rosario Ferré y con Manuel Ramos Otero parecía inminente. Crisis con mi esposa (Brenda Alejandro). Me convierto definitivamente en el poeta
del sombrero de copa (levita negra, pantalones rojos, "marihuanero", "neomístico" y conflicto con toda mi generación). Mi tía me llama burlonamente "El Conde de las Greñas". Rosario Ferré desea que yo sea su amante, pero era imposible. No había ningún tipo de química entre ella y yo.
Intenta comprarme y chocamos.

Mi padre, mi hermano mayor y mi tía no podían entender lo que estaba sucediendo conmigo: estaba en revolución. Era la revolución misma (era lo neomístico de Dios, era "Dios") y los revolucionarios no entendían entender tampoco la subversión que yo representaba. Matos Paoli se escandalizó con el
“Cristo psicodélico” que yo exhibía con mi pequeña "cartera" llena de poemas alucinantes y mi sombrero de Cristo "jipi" lleno de cigarros de marihuna. Eramos el choque de dos “místicos” y de dos locos, de dos poetas, de dos maneras de entender la patria: uno que se sabía místico y el otro que lo ignoraba. Fue lamentable. Mi neomisticismo "surrealista", anárquico, cantarino chocó con el misticismo formal y clásico de la casa cárcel de Matos Paoli. Como dice el poeta y amigo Córdoba Iturregui: "Marina Arzola canta desde la locura (El niño de cristal), Matos Paoli (Canto de la locura, El viento y la paloma) canta emigrado ya de la locura, e Yván Silén (Casandro & Yocasta, La muerte de mamá) canta entrando y saliendo de la misma. Canto como
un vagabundo de la "manía" de Ión (véase Platón). Y Arzola, como ciudadana de la locura, cantaba del borde mismo del suicidio que terminó por realizar posteriormente; Matos Paoli como emigrado de Dios; y yo como el ilegal de Dios que bailaba incorrectamente contra su clase. Estos “conceptos”,
obviamente, no son categorías de valor, sino categorías poéticas. La ciudadana de la locura (Arzola) no fue capaz de agotar la ciudad, porque la ciudad esquiza era infinita. El huidor, el precito, (Matos Paoli), como quien huye de un deseo (de haber visto a Dios junto a su carne), anhela purificarse
al infinito; mientras el indebido (Yván Silén) sabe subrepticiamente que la imaginación lo protege del dolor y que jamás enloquecerá totalmente. La locura de la imaginación es su antídoto que lo protege de la imaginación de la locura, porque ésta es fundamentalmente poética. He aquí, entonces, la
pregunta del Maestro "loco": ¿cómo es posible que Dios pueda habitar en este loco (en este ajeno, en este "próximo", o ese prójimo de “lepra” del alma)? Estamos ante lo zen. El poeta del sombrero de copa dirá jeremíasmente: ¡Ironía de ironías, todo es viajar! La luz es oscura, la rosa es oscura, la
risa también es oscura. Aun así, el mundo es bello. (Aprovechamos para señalar que este tema de la oscuridad fascina y obsesiona a la profesora Vanessa Pintado.)

Por otro lado, leí seis veces seguidas Temporada en el infierno de Rimbaud. Vivía loco. Era loco. Amaba loco. Buscaba a Dios y buscaba la libertá. Creo que me buscaba a mí mismo. Simultáneamente a ello defendía furibundamente la
independencia de Puerto Rico y la libertá de ser lo que yo era. Conocí a Yestuschenko en la Universidad de Puerto Rico y me habló enseguida de Puschkin y de Maiakovski. Los leí. Conocí a Néstor Barreto y a Cabán Vale. Vi en alguna esquina de la Facultad de Humanidades al poeta Che Meléndes y
posteriormente choqué con el poeta Edwin Reyes (conservador, folklórico y guardaespalda de Mari Bras). Reorganicé la poesía a base de la libertá individual y a nombre de la libertá de la escritura subversiva que yo soñaba. Matos Paoli me atacó por primera vez y el Che Meléndes por su lado, y José
Luis Vega (revista Ventana) por el suyo, comenzaron a atacarme por el liderato y por el control político de la nueva poesía. Organicé el boicot a los premios coloniales del Ateneo Puertorriqueño (Edwin Reyes, Cabán Vale y Jorge Morales se dieron de baja de la actividad, no leyeron). Néstor Barreto,
un poco sonámbulo, leyó conmigo. Yo era feliz, verdadera y esquizamente era feliz. Los intelectuales del país (Nilita Vientós, Maldonado Denis, René Marqués, etc.) me atacaron en grupo. La izquierda cultural y reaccionaria del país se (re)organizaba para desprestigiarme (!?). La mayoría de los poetas,
como sucedería luego en Nueva York, estaban bajo mi influencia o sencillamente me odiaban. Aún así, yo era tímido y no me atrevía acercarme a las “vacas sagradas”. Ellos, como siempre, interpretaron mi timidez como soberbia. Yo era Hybris. Y en aquellos días trabajaba de librero en la Librería Internacional y me explotaban a pesar de haber publicado con ellos El pájaro loco (1972).

El elogio indebido sobre El pájaro loco me enfermó. Sabía que había publicado un libro incompleto, inmaduro, incorrecto (había perdido el verdadero El pájaro loco en México) y eso me enfermaba. Mi falta la sentía a nivel inconsciente, pero todavía no podía conceptualizarla. Entonces huí de Puerto
Rico. (Jamás me permitirían regresar. Estaba proscrito.) Cometí el error de irme a España con el dinero que me había prestado Rosario Ferré para hacer una película que nunca hice. De España regresé a Nueva York y escribí Los poemas de Filí Melé. En Los Angeles nacía mi hija Marzo Alejandra. A pesar de
todo avanzaba hacia mís mismo. Me había encontrado, era yo. Anteriormente, influenciado por la poesía árabe, había escrito Don Juan y Amal, pero lo destruí. Envié Los poemas de Filí Melé al concurso de la revista "Sin Nombre" de Nilita Vientós, pero ellos le otorgaron el primer premio al sacerdote
católico español Jesús Tomé (amigo de Matos Paoli). Ramos Otero, todavía amigo mío, protestó, pero era obvio que no me podían premiar, porque mi poesía y mi persona los denunciaba. Me odiaban democráticamente, pero en aquel entonces yo no entendía su odio colonial y de clase. Yo estaba de fiesta. Era la fiesta. El deseo de seguir revolucionando la poesía me
obsesionaba. El poeta debía ser el Maestro de la revolución lingüística y de la revolución esquizoferénica que acontecería en mí políticamente. En Nueva York conocí al poeta Dionisio Cañas (español), a José Kozer (cubano), a Isaac
Goldemberg (peruano), a Roberto Echavarren (uruguayo) y organicé el primer taller de poesía en español de la ciudad de Nueva York. Posteriormente conocería a Manuel Ramos Otero que deseaba escribir poesía. Manuel escribió 8 poemas sicilianos y le aconsejé que no los publicara porque eran malos. Se molestó conmigo. Entonces publicó La novela bingo desatendiendo mi consejo de que no la publicara todavía porque le faltaba un poco de trabajo. Rosario Ferré lo apoyó. Porque no sólo deseaba utilizarlo, sino que necesitaba ubicarlo frente a mí como Caballo de Troya. Ambos buscaban utilizarse. Ambos
se unieron contra mí; era un obstáculo para ellos. Pero había conflictos entre ellos. Rosario se moría por ser famosa y Manuel, junto a Pedro Pietri y Alfredo Matilla, cada cual por su lado, comenzaron a conspirar para indisponerme con Brenda. Brenda y yo terminamos por separarnos después de
ocho intentos por realizar nuestra separación. Creo que en aquella separación dolorosa me volví a salvar como poeta. Comencé a escribir Las mariposas de alambre, texto que Ramos Otero plagiaría para utilizarlo en La mujer del mar.
Conocí también a Soto Vélez, a Miranda Archilla y al poeta chileno Díaz Casanueva, quien daría una charla medio escandalizado en la sala desierta de mi casa. Mi cabeza giraba. Trataba de escribir cuentos y filosofía, pero ni el prosista ni el antifilósofo estaban maduros todavía. Sandra Barrera me
puso en contacto con Federico Nietzsche, Así habló Zaratustra y con Cioran, Breviario de podredumbre. Comencé a pintar.

Comencé a leer filosofía y comienzo a escribir La casa de Ulimar. Me salvo nuevamente. Aún así, camino como si estuviera roto, como en los tiempos de Enid. Me envuelvo con el espiritismo y trato de que Ramos Otero también se entusiasme con él. Error fatal. Conozco a Octavio Armand (dirige Escandalar). Leo Piel menos mía y me entusiasma. Leo Narciso. Escribo un artículo contra Octavio Armand, porque éste publicó un segundo libro en donde defendía los
electrochoques. José Olivio Jiménez me criticó. (Los cubanos en el exilio comienzan a unirse contra mí--lo mismo harán los de Casa de las Américas influenciados por el Partido Socialista Puertorrriqueño: rechazan Los poemas de Filí Melé y posteriormente rechazarán Las mariposas de alambre.) Uno por
muy sensual y el otro por muy lógico. Descubro la semejanza que existía en ese entonces entre el Instituto de Cultura de Puerto Rico, como colonia yanqui, y la Casa de las Américas de Cuba, como colonia soviética. Mis contemporáneos no lo veían así. Mi soledad aumenta. Me aferro a la independencia de Puerto Rico. Leo con Pedro Pietri en las actividades del
Partido Socialista Puertorriqueño, pero ninguno de los dos, a pesar de nuestro "éxito", es bien visto por los “compañeros”. Explotan en mí las personalidades esquizas--el pintor, el antifilósofo, el antinovelista, el cuentista--1978). La revolución del "yo" se había instaurado definitivamente a favor de lo inconsciente. Lo plural se convertiría en la experiencia misma
de lo radical. Organizo "Los cuatro jinetes del apocalispsis" (Ramos Otero, Pedro Pietri, Néstor Barreto y yo.) Aquella noche leí "El taxista del ojo menor" influenciado levemente por Martín Adán. "Exito" total. Asisten a la actividad más de trescientas personas. Conozco a Leandro Morales, a Alexis Gómez y a José Mármol. Rompimiento definitivo con Dolly. Por otro lado, Luis López Nieves (puertorriqueño), Dionisio Cañas (español) y Dionisio de Jesús (dominicano) escribirían sobre Los poemas de Filí Melé. La influencia de mi poesía se expandía rápidamente. Había que detenerme, pero yo no estaba
conciente de ello. Todo el mundo desea detenerme. Estoy en plena hybris y en plena juventud: voluntad de ser. Conozco a la hermosa Elsa (1979), la callada, quien será mi compañera por los próximos veinte años. Conozco a Elizam Escobar. Pintor folklórico, desorientado poéticamente y sin ningún sentido de la prosa. Pero afortunadamente Elizam rompió con el folklor, ha
ido entontrando su propia voz y se ha convertido en un ensayista de importancia.

Publico El miedo del Pantócrata (1981, 1986) y publico El llanto de las ninfómanas (1981). El rompimiento con Ramos Otero parece ser inevitable. Ramos Otero intentará indisponer con el poeta Leandro Morales. A la larga lo logrará. Elizam Escobar cae preso. Comienzo a escribirle porque nadie en aquel entonces se atreve o desea escibirle. Discuto violentamente con el pintor Jorge Soto porque no desea que nadie le escriba a Elizam Escobar. Detesto su cobardía y la cobardía de todo el independentismo, incluyendo al periódico Claridad. Publico mi antinovela La biografía (1984) y publico también Nietzsche o el sentido de las ratas (1984--la editorial no corrige las erratas--) Silencio total en relación a mis escritos. El rompimiento con
Ramos Otero se hace, por fin, una realidad. Ramos Otero se molestó por el hecho de que yo escribiera novelas. Por otro lado, escribo tres ensayos sobre la pintura de Elizam y el fantasma de los presos políticos adquiere por fin forma políticamente. Hay en el aire nuevas traiciones (poéticas y las
académicas--New York University--), pero yo no concibo verlas. El neomisticismo se ha detenido. Me siento totalmente agnóstico. Dejo de fumar marihuna y dejo de viajar en mescalina y LSD. Profundizo en filosofía, en política y en el desarrollo de mi prosa. Deseo militar políticamente. Tomo el examen doctoral y fracaso. Asombros y escándalos para todo el mundo.
Definitivamente me han logrado golpear. Me derriban emocionalmente. Necesito retirarme de la escena poética. Necesito irme de Nueva York. Vendemos el apartamento de Nueva York. Regresamos a Puerto Rico. En Puerto Rico (1986) me esperaría el horror.

II-Paréntesis:

"Estoy en la tierra como en un
planeta extraño".

Jean-Jacques Rousseau

He cometido errores conmigo y he cometido errores con mis amigos, pero casi nunca han sido por maldad. Sencillamente ha sido por pasión, por vocación. Algunos aprovecharon esos "lapsus" de mi personalidad para difamarme como a
un asesino (olvidamos que la sangre que vierten los asesinos es la sangre que nosotros vertimos a través de ellos. Pero hemos olvidado también que la sangre que vierten los asesinos es nuestra propia sangre.) Mi pasión, esa pasión que he sido y que me ha salvado de lo burgués, me ha hecho chocar
sistemáticamente con esos independentistas (o socialistas) de la reacción y del silencio (véase mi poema titulado "Antipoema de amor para los días oscuros"). Estos políticos e intelectuales que no poseen una política de la ofensiva, sino que reaccionan no de acuerdo al ideal, o a las necesidades del pueblo, sino de acuerdo al oportunismo que los consume y de acuerdo a la
política colonial. Los independentistas de las tacitas de té y los
socialistas del oportunismo se han empeñado en censurarme, en callarme, en hacerme desaparecer. En otras palabras, le han hecho el trabajo a la derecha anexionista y a los "centristas" igualmente derechistas. Los intelectuales
han convertido el desempleo, a veces el "part-time", el exilio y el silencio en la cárcel idónea de la demokracia. ¡La demokracia se ha convertido en la mierda de la libertad!

A pesar de ellos están los amigos que creen en la lucidez de mi poesía (en la locura de mis cuentos y de mis novelas) y en la revuelta política de mi antifilosofía. Mi política, Los ciudadanos de la morgue, para asombro de ellos se ha convertido en la ética misma de la libertá. Mi política es mi manera “excéntrica” de pensar el ser (la naturaleza, las cosas y los hombres). Mi política es la pasión de mi amor por la vida. Estar vivo, esa
gracia, es la política del ser. Sin política no hay ser (sin ser lo
irreductible no hay política).

¿Qué sucedió entonces? ¿Me paranoiaban? Sí, la angustia, la soledad pero, sobre todo, el exilio en medio del racismo norteamericano, producen una paranoia insostenible. Pero lo que ellos no sospechaban era que mi "paranoia" se tornara política, que mi "paranoia" se tornaba la crítica de la cultura de
ellos. Mi "paranoia" (mi hipersensibilidad lastimada) descubriría que la columna vertebral de la demokracia era y es el racismo. Mi “paranoia política” era el desprecio de los premios de ellos, de la fama de ellos, del éxito de ellos. Sería oscuro. Mi "antifama" sería la denuncia del exilio al que ellos me sometían "voluntariamente". No era como el resto de los latinoamericanos, no quería serlo: no deseaba vivir en Nueva York, ni en Chicago, ni en Miami. Estaba saturado. Era y soy antineoyorquino. (No deseo un “jaquet”, ni un celular, ni unos mahones, ni una gorra de los Yankees, ni la ciudadanía norteamericana, ni unas tenis, ni una bicicleta, ni el salario mínimo, ni vender mexicanamente rosas en las esquinas de Manhattan, o de Brooklyn, o en las esquinas de la violencia, porque he tenido de todo. He tenido la poesía.) Soy el anticiudadano yanqui, porque soy el Antinihilista
(y como he sido antiglobalización, antipostmodernista y antineoliberal), no deseo ser el ciudadano del Hades. Mi deseo sólo es regresar a Puerto Rico. Mi deseo es regresar al Viejo San Juan.

Si hay que revolucionar lo "biográfico", el "ensayo filósofico", los "ensayos académicos", la "novela", los "cuentos", las "cartas", los "email"--la lengua misma--, se revolucionarán no importa que grite el coro, o que griten los inquilinos del Aposento Alto, o los burócratas del Comité Ejecutivo, o las vanguardias o las retaguardias del mundo. Lo biográfico es, pues, un mito y
como mito debe ser manejado. Cuando se trata de mi poesía, de mi "escritura subversiva", ésta tiene que acontecer bajo lo que yo entiendo que está aconteciendo en mi psiquis y de lo que está aconteciendo en lo inédito del mundo y no en los conceptos estéticos de los demás. No de los conceptos estéticos del Partido, ni de la Iglesia oligárquica, ni de los poetas, ni de
los revolucionarios, ni de los farmacéuticos, ni de los críticos, ni de los cocineros (pensemos en Platón), ni de los derrideanos, o los nietzscheanos, o lo marxistas, etc., etc., etc., sino de lo que significa estar frente a ese devenir que tengo delante y que prácticamente me ha consumido. Si me han "despedido" de otras jerarquías (los místicos, los marxistas, los nietzscheanos--los amigos, los pintores, los folkloristas, los censurados,
etc.--) qué me importar, entonces, que tú lector me borres o me hayas borrado de tu página o de tu lista de correo. Sé que yo pierdo, que mis enemigos políticos se aprovecharán de mi silencio una vez más, pero creo que tú lector pierdes idiotamente más que yo.

Afortunadamente sigo creyendo que la poesía es más importante que la política (Rubén Darío es más importante que Lenín, de la misma manera que Pessoa no es más importante que Nietzsche y que Artaud es tan "santo" como el Papa, y que
Gandhi es más importante que los desobedientes civiles de mi país que se acomodan a las condiciones políticas de la colonia y de los invasores). Si soy el poeta que soy (con brotes de paranoia política o con angustia de soledad política), si soy el poeta que tengo que ser, ¿qué puedo hacer? ¿Suicidarme, someterme, venderme? Nada de eso. Hace tiempo que le dije no al suicidio por entender que el suicidio de los poetas no es otra cosa que el crimen político que realiza el poder en los poetas de la angustia.

Esta es todavía la “est(ética)” de lo radical: ¡el poeta no tiene precio!

El suicidio de los poetas (de los filósofos, de los pintores, de los "locos", de lo "santos", etc.) es el triunfo político del Estado sobre la libertá y sobre la subversión que el arte, pero sobre todo la poesía, no han dejado de ser. Digámoslo filosóficamente: el ser es la poesía, porque la poesía es el "alma"--el zen--del ser. O más aún: la poesía es el ser, porque el ser, aún
en sus manifestaciones más horrorosas, sólo puede acontecer como poesía y como verdad. No hay nada más hermoso que la quietud de un lago, pero hay que levantarse de ahí, hay que levantarse de la “contemplación” y marchar con los que marchan, marchar con los que sufren. Esto tiene que ser así para que la “contemplación” (el saber, la naturaleza--el zen--) no se convierta en un crimen. Esto tiene que acontecer así para que la belleza (el mundo--la mujer-- lo “bello”) no se convierta en un crimen.

Sé que te molesta el "tono" de mi voz, el "mood" de mi voz (algo ha escrito Heidegger sobre ésto), pero no hay mala fe en el tono de mi voz. Es el sonido, el chirriar mismo de mi pasión. A veces grito, a veces doy con mi cabeza sobre el pupitre, pero mi grito, el sonido de mi voz, me recuerda el grito fañoso de Ulises contra las sirenas. Y hoy desafortunadamente me recuerda el sonido de las sirenas de la postmodernidad, del neoliberalismo (esos eufemismos del imperialismo norteamericano). Pensar hoy en día, cosa que se les olvida a los filósofos, es pensar contra las sirenas políticas y no sólo contra las sirenas de la nada. Pensar es pensar radicalmente la verdad contra los políticos de la demokracia. No, no es la muerte la verdadera sirena de la realidad, sino la política. Esa política que me censura, que te idiotiza, que me exilia, que te desemplea, etc. Porque cuando llegue la otra sirena, el Mesías, como decía Singer, mi cuerpo y mi obra será el triunfo o la derrota de esta voluntad de ser, de esta voluntad de imposibles que tú has arrojado a los retretes. Prefiero perder volando a la velocidad de la luz de mi poesía y de mi antifilosofía, que ganar a la velocidad (lenta, inmóvil, muerta) de lo establecido. Mi poesía es zen y no es zen; es Cristo y es antiCristo, es fe y es antifé. Mi filosofía (que los filósofos resisten paradójica e irónicamente cuando dicen, con simpatía o sin ella--"¡Oh, docta ignorancia! ¡Oh, sublime ateísmo el de la poesía!"--) no puede acontecer de otra manera. Si la subversión es algo (si el hombre tiene posibilidades), si la escritura quiere servir para algo y quiere ser algo, tiene que acontecer en esta dirección. Cualquier otra dirección es la dirección del mercado. Nietzsche no se extravió en este sentido: “Todo lo grande se aparta del mercado y de la fama” (Así habló Zaratustra 87).

Milité cristianamente, desde los dieciséis años, en los movimientos de izquierda, pero mantengo una crítica virulenta contra la “izquierda” de las tacitas de té y contra la iglesia de la mansedumbre y de los colaboracionistas. Esta crítica me ha llevado a oponerme a la “seudo”representación liberal y a combatir a los parlamentos y a las legislaturas oficialistas del mundo a nombre de lo que Cristo, Gandhi, Artaud, Nietzsche, Dostoyevski, Bataille, Borges, Cervantes, Heidegeer, Marx, Pessoa y Kafka, entre otros, significan para mí. Porque el ser, entendámoslo de una vez y por todas, es irrepresentable. He sido acusado infinidad de veces de ser anarquista y de ser esquizofrénico. ¡Vaya calumnia! Quizás por eso vivo exilado "demokráticamente" en Nueva York, no porque me guste Nueva York, sino porque no se me ha permitido hasta el día de hoy trabajar libremente en Puerto Rico. Mi carencia de trabajo, mi persecución política y cultural no sólo empañan la demokracia enlatada de los Kotex, sino que empañan también el éxito de los poetas que viven bien en el mercado de la infamia.

Defiendo, pues, la independencia de Puerto Rico y mantengo una crítica radical contra la demokracia invasora norteamericana y contra esa demokracia latinoamericana que las oligarquías imponen cínicamente como globalización, como privatización, como postmodernidad, como neoliberalismo, como explotación y como crimen. Entiendo, estoy convencido de que la poesía no sólo es superior a la locura, a la política, a la religión y a la filosofía, sino que también el poeta es una de las figuras zen y revolucionarias más radicales de la política contemporánea. Mi poesía es una poesía inquietantemente lírica, libre y soberana, porque comprendo que la liberación del poeta subversivo y, por ende, la de mis lectores, está en escribir contra la gramática del poder (Nietzsche). Entiendo también que la fe de los cristianos tiene que ser revolucionaria. Soy, pues, aunque mis enemigos no lo deseen oír, el Antinihilista por excelencia; el Anticristiano de las letrinas de la teología de la pobreza.

El poeta es el hombre que atalaya las fronteras inciertas de todas las cosas (del ser). Esta es la razón por la cual los hombres de la sepsis levantan representaciones políticas en la-realidad-“mytho” contra él, porque no desean ni aman al poeta de los encuentros fortuitos de la libertá. Esos “pensadores” policías, o esos “poetas” zoilos o “livorosos” de la cultura, no son otra cosa que los periodistas metafísicos de la cacofonía, o la plebe del sida de la trivialidad demokrática. El poeta de la verdad fortuita del ser debe ser arrojado socialistamente de las “repúblicas demokráticas” y de los tabloides para que los simuladores, los-poetas-ratas, los ensayistas rancios, factótum, los mediocres de Dios, no se vean obligados a delatarlo, a venderlo, a censurarlo fábulamente como hacen con ellos mismos a pesar de las apariencias. Los mediocres de la demokracia viven o sobreviven políticamente enajenados. La complicidad de los mucamos es total. La realidad de estos “sujetos” de la aseidad no sólo pretende ser la idealidad misma del proyecto político demokrático, sino que desea “serlo” contra la mirada inocente del poeta expulsado. El nihilismo (la desfachatez, el cinismo) ha comenzado a devorar a los poetas de los “premios”. El nihilismo los está convirtiendo en las momias de la frivolidad. La “fama” los está convirtiendo en el adorno del poder demokrático.

No sé...Creo que mi palabra viene un poco de Dios. Creo que me he encontrado con El en algún callejón de la Gramática. Pero desafortunadamente no lo he visto en ninguno de los viajes emprendidos por mí en ácido, pero creo que El me ha mirado con amor y con paciencia en cada uno de ellos. Dios es incierto; Dios es angustioso; Dios es como una mujer desnuda.

Dios es como un tabaco de yerba...

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