Nuestra América: sus ideas
PUERTO RICO
Horacio Cerutti Guldberg
Centro Coordinador y Difusor de Estudios Latinoamericanos
Golpearon suavemente a la puerta de mi despacho en
la Torre II de Humanidades y apareció la cara sonriente —siempre
de excelente humor— de Juan David Cupeles. Con él reapareció,
después de meses y hasta años, el sabor de Puerto Rico,
su cultura, el recuerdo de colegas y amigos.
Combinamos para comer juntos y ponernos al día de lo vivido después
de mi última visita a la isla. Y nos dimos un rato intenso, de
intercambio fecundo. Puso casi de entrada, sobre la mesa, su actitud mística
ante la vida. Porque un artista no es cualquiera, me dijo, sino alguien
destinado a cumplir tareas que lo exceden. Y es que Alguien más
está pendiente y tutorea su quehacer gozoso. Por eso, lo más
importante, consiste, según él, en tener visión de
la misión encomendada; no perderla de vista. Misión creativa,
sugerente, generosa, plenificante de la cotidianidad. Expresión,
si cabe, de lo humano con mayúsculas.
Y así fue hilando Juan David, con su capacidad pedagógica
estimuladora, fruto de años de docencia artística, una panorámica
del Puerto Rico nuestro, vivo, activo, resistente. En cuatro trazos bosquejó
de modo magistral la odisea de Vieques y ejemplificó, por así
decirlo homeopáticamente, en la dignidad de Rey Quiñónez,
la de todo un pueblo. Calibré así los vacíos y ocultamientos
de la prensa experta en invisibilizar lo que no parece políticamente
correcto. Y supe de Titokayac y de los más de mil prisioneros de
conciencia, presos políticos para quienes el estado de derecho
se ha suspendido cuantas veces el arbitrio de la potencia invasora lo
ha dispuesto.
Y recordamos a los amigos comunes. Los que ya no están: Manuel
Maldonado Denis (Manolín), José Luis González. Y
los que siguen bregando por proyectos compartibles: Samuel Silva Gotay,
José Ferrer Canales, Miguel Riestra, Carlos Rojas, Angel Israel
Rivera, Luis Rivera Pagán. Y desfilaron también sobre la
mesa obras, como la de Luis López Nieves, Luis Rafael Sánchez
o la del mismo Juan David sobre Lorenzo Homar, etc. Lecturas, música,
periódicos, exposiciones, carteles, política, comida, playas,
casi todo desfiló por esa mesa con ganas de más.
Me dejó dos artículos recientes, cuya lectura disfruté
después. Uno, “Embajadores de nuestra cultura” (en:
Diálogo. Universidad de Puerto Rico, febrero 2003, p. 34) sobre
la repercusión de artistas de Puerto Rico a nivel internacional.
El otro, “Ateneo Puertorriqueño, reafirmación puertorriqueñista”
(en el suplemento En Rojo de Claridad, dedicado a “Nilita irreprimible,
irreverente”, 12 al 18 de junio 2003, año XL, n° 2625,
pp. 24-15) sobre la historia del Ateneo y, especialmente, sobre Nilita
Vientós. Recordé con nostalgia mis apasionantes lecturas
de las revistas Asomante y Sin Nombre en mis ya lejanas épocas
de estudiante en Mendoza.
Al despedirnos me quedé pensando cómo se lleva dentro a
nuestra América por porciones y hasta qué punto estas porciones
se han llegado a constituir en parte indiscernible de nuestra misma piel.
Y, el lugar común, la comunicación virtual es un apoyo inmenso
y ya indispensable, pero nada reemplaza ni reemplazará al trato
personal...
Y hubo más. Después de una gira de visitas a familiares
y amigos por el interior de México, tuvimos una cena en casa con
otros amigos. Allí llegó acompañado de Ramón
O'Neill. Otro luchador por la causa entrañable de la isla, quien
nos hizo conocer y obsequió el n° 3 de Pitirre y su lema tomado
del refrán boricua: “Cada guaraguao tiene su pitirre”...
No podían faltar las referencias a Ramón Emeterio Betances,
Pedro Albizu Campos, Lolita Lebrón. Y compartimos más de
la historia, la creatividad y la resistencia ejemplar de Puerto Rico,
sus gentes indomables, risueñas, ingeniosas a más no poder,
en la vanguardia de una búsqueda irrenunciable: la plenitud de
lo humano que comporta independencia, proyecto, autorreconocimiento y...
dignidad.
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