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Atrévete
a preguntar

“Lo que más se necesita
para aprender es un espíritu humilde”.
Confucio

Cuando comencé a estudiar Periodismo, recuerdo que una de mis profesoras enfatizaba sobre la importancia de preguntar todo aquello que no se entendiera. Según ella, el peor error que podía cometer un comunicador era tratar de explicar algo que no sabía. En aquel momento no comprendí por qué consumía tanto tiempo de la clase para explicar una cuestión tan lógica.
Sin embargo, más adelante en mi vida, y a pesar de sus advertencias, en ocasiones no he sido lo suficientemente humilde como para atreverme a cuestionar datos claves para la redacción de un artículo, por temor a parecer “bruta”. Lo más grave de esto es que también me ha ocurrido en otros momentos cruciales, en los cuales he preferido quedarme callada y he tenido que pagar las consecuencias.
Hace algunos meses, durante una clase de redacción que tomo en la Universidad del Sagrado Corazón, el profesor Luis López Nieves leyó un cuento llamado “Inamible”. Antes de comenzar nos preguntó maliciosamente a todos los presentes si sabíamos el significado de ese título. Con un arrebato de sarcasmo, que me sirvió (o eso creía yo) para ocultar mi vergüenza por desconocer lo que quería decir esa dichosa palabra, dije entre risas nerviosas: “por supuesto”. Y en vez de cuestionarle me quedé callada, al igual que el resto de mis compañeros.
A medida que él avanzaba en la lectura nos dimos cuenta que el vocablo no era más que un invento de Baldomero Lillo (el autor del cuento) para demostrar lo tontas que pueden lucir las personas cuando no se atreven a preguntar algo que no entienden, tan sólo por guardar las apariencias. Desde entonces consulto todo lo que no sé, sin temor a que los demás me tilden de “morona”.
Reflexionando sobre este asunto me di cuenta que cuestionar es una cualidad que deberíamos copiar de los niños. Estos no suelen sentirse ridículos y lo hacen con naturalidad, en una actitud tan humilde que me parece una lección de sabiduría. Y es que es la manera más sencilla de aprender y de comprender el mundo que nos rodea. Ellos lo saben instintivamente. No obstante, la mayoría de los adultos cae en la trampa del ego y prefiere hacerse sabia, aun a costa de lucir como ignorante.
No atreverte a preguntar puede causarte problemas innecesarios. Por ejemplo, llegas a la oficina y el jefe te recibe con mala cara. Lo más razonable sería que te acercaras a donde él para saber qué le pasa. En vez de hacerlo, comienzas a elaborar en tu mente la respuesta. Se te ocurre que está molesto contigo porque te fuiste temprano la tarde anterior, que no le gusta la forma en que te vistes o que no está complacido con tu trabajo... Mas es posible que simplemente haya peleado con su pareja, pero tú te inventas toda una tragedia personal y terminas pensando que estás despedido. ¿Por qué complicarte tanto la vida? Si no sabes, ¡pregunta!

Giselda Fernández Borrero
Gizelle