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Querida Eudocia: En el
siglo XI el primer Viejo de la Montaña fundó en Persia (hoy Irán) la secta de
los “Asesinos”, que durante 200 años habría de ser famosa en el mundo entero.
Esta secta tenía sus cuarteles principales en el castillo de El Alamut, una
fortaleza inexpugnable situada a 2000 metros de altura. Durante dos siglos
ningún gobernante del Oriente Medio durmió en paz. La estrategia del Viejo de la
Montaña era simple: expresaba su voluntad a los emperadores, reyes, emires,
califas, visires y demás hombres poderosos. Si éstos no cumplían, los hacía
asesinar. El primer Viejo de la Montaña (éste siempre fue el título de los
sucesivos jefes de la secta) inventó un adiestramiento tan sofisticado como
mortífero. Funcionaba de la siguiente manera:
La secta reclutaba jóvenes sin educación. Durante el
día aprendían a matar con sigilo, a hacerse casi invisibles, a infiltrarse en
los lugares más protegidos del mundo... y muchas otras destrezas necesarias para
ser asesinos eficaces. Durante la noche aprendían el arte de consumir hachís y
dejar volar la imaginación.
Cuando surgía una nueva misión, el Viejo de la Montaña
seleccionaba a uno de los estudiantes más destacados, a quien hacía narcotizar
en secreto. El elegido despertaba en un sector oculto del castillo, donde se
había construido una réplica del paraíso musulmán. Era atendido como un rey por
decenas de mujeres hermosas, en un frondoso jardín con fuentes de agua, árboles
frutales y flores aromáticas. Las mujeres le obsequiaban vino, manjares y sus
cuerpos perfumados.
Tras varios días o semanas en este éxtasis perpetuo, se
volvía a endrogar al joven en secreto. Horas más tarde despertaba, nuevamente en los crudos cuarteles militares. En este momento le decían a quién
tenía que matar y le aclaraban que si cumplía bien su misión pasaría el resto de
sus días en el paraíso que ya había visitado; si moría llevando a cabo la
misión, los ángeles en persona lo llevarían hasta el paraíso. Entonces le
entregaban un puñal, oro y mucho hachís para el camino. Los asesinos nunca
regresaban vivos.
Durante dos siglos la figura del Viejo de la Montaña
inspiró horror a los gobernantes del Medio Oriente. Una vez se anunciaba la
condena de un soberano, éste no podía salvarse. Si el primer “mensajero”
fallaba, se continuaba enviando jóvenes con puñales una y otra vez hasta lograr
el objetivo. En una ocasión dos asesinos se hicieron pasar por monjes cristianos
y vivieron dos años en un convento, hasta que pudieron llevar a cabo su misión.
(El Viejo también aportó un nuevo vocablo a la lengua
española, ya que “asesinos” proviene del nombre árabe de la secta, “aassissin”,
que significa “bebedor de hachís”.)
A tal punto llegaba el poder del Viejo de la Montaña que
los gobernantes transaban con él, le pedían perdón, le pagaban tributos o le
enviaban sobornos, siempre con el fin de garantizar sus vidas. Nadie se sentía a
salvo de sus famosos puñales. El musulmán más poderoso de la época, el célebre
Saladino, al despertar una mañana encontró sobre su almohada un puñal que le
habían dejado como advertencia. Desde ese día hizo la paz con el Viejo de la
Montaña, y se dice que nunca más permitió que se le acercara un desconocido.
A pesar de este inmenso poder, la secta de los Asesinos
nunca mató a inocentes. Se regían por una filosofía muy clara: sólo debían morir
los culpables de los abusos de poder, nunca los inocentes. Por eso iban directo
al corazón de los aterrados príncipes.
En fin, querida hermana, te cuento esta historia que
aprendí hace muchos años porque esta mañana, mientras leía las noticias, de
pronto me acordé de esta famosa secta y me dije: Gracias a las guerras
imperiales de Estados Unidos, hoy día el Oriente Medio cuenta con un nuevo Viejo de
la Montaña: Osama bin Laden.
Te abraza tu hermano,
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